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martes, 1 de septiembre de 2026

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


 


 La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

 La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

 El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

 Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

 Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

 La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

 Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

 Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

 El evangelio de san Mateo nos propone hoy que ayudemos a los hermanos a tomar conciencia de sus errores.

 Por desgracia, cada día vivimos más en una sociedad individualista.  Esto se refleja incluso en el lenguaje cuando utilizamos frases como “es mi vida”, “que nadie se meta conmigo” “es mi problema” “que cada quien haga lo que quiera”.

 Es verdad, que en épocas pasadas tuvimos que soportar que las autoridades civiles y religiosas dirigiesen demasiado nuestra vida.  Aquello de antes no era bueno, pero es que ahora nos hemos pasado al otro extremo, en el que cualquier corrección sobre nuestra conducta hiere nuestra susceptibilidad.  Por eso es necesario que encontremos un equilibrio.

 En la sociedad civil tenemos leyes y normas que regulan nuestra convivencia, pero esas leyes y normas sólo nos dicen lo que no podemos ni debemos hacer, pero no orientan nuestra vida y mucho menos le dan sentido a la vida.  Es necesario en nuestra sociedad una moral y una ética que nos orienten y den respuestas al sentido de la vida.  Nosotros, como cristianos, tenemos esa moral que puede orientar y dar sentido a nuestra vida.

 Esto es lo que nos propone Jesús en el evangelio de hoy: la corrección fraterna.  Es decir la necesidad que todos tenemos de corregir y ser corregidos por los demás en nuestros defectos y errores y orientarnos por el buen camino.  Porque nadie puede decir que está tan seguro de sí mismo como para pensar que nunca comete errores. 

 Corregir no es fácil, porque cuando corregimos a alguien, a veces, no lo hacemos con cariño y respeto.  A veces, bajo el pretexto de corregir, lo que hacemos es humillar al otro que no piensa ni actúa como nosotros.  Por eso la corrección ha de hacerse con sumo cuidado que nunca haya duda de que esa corrección busca el bien del otro.  Y esto es importantísimo también en la familia, ya que es en la familia donde primero se ejerce la corrección y la orientación, y es ahí donde todos tienen que esforzarse para que la corrección y la orientación se hagan con respeto y cariño.

 Todos estamos invitados a descubrir y practicar este instrumento inmejorable para conseguir ser mejores.  Corregirnos y orientarnos mutuamente en el mandamiento que nos dejó Jesús: el amor a Dios y al prójimo, como Él nos ha amado.   Que Dios nos dé la sabiduría de corazón para hacerlo bien.

  

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