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martes, 7 de noviembre de 2017

 
XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)
 
La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada.
La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga.
 
La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas.
La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino.
Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios.
La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor.
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios.
Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa.
 No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros.
El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad.
Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe.
Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido.
Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia.
 Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie.
El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia.
Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor. 
Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.


martes, 31 de octubre de 2017


XXXI DOMINGO ORDINARIO  (CICLO A)

En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.
 
La 1ª Lectura del Profeta Malaquías  es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.
El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.
Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.
Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.
 
El amor a la comunidad  lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.
El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.
Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.
Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 
Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.
A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.
Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?
Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.
Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.

martes, 24 de octubre de 2017


XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.
 
El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos.
 
Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llama autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo.

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios.

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene.

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales.

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.

TODOS LOS SANTOS  (CICLO A)

 Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos.  Hoy celebramos a todas aquellas personas que viven con Dios.  A todos aquellos que viven ya en el cielo.  Uno son santos canonizados, es decir, están oficialmente en la lista de santos de la Iglesia y los celebramos a lo largo del año litúrgico.  Otros son santos no canonizado, pero no por eso menos santos.  Ellos gozan ya de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente la condición de santos.
 
Hoy le damos gracias a Dios por todos esos santos.  Por todas esas personas de nuestra raza, de nuestra familia, hijos de esta tierra.  Porque ellos son nuestra familia del cielo, con los que nos sentimos en comunión.  Por eso decimos en el Credo: “Creo en la comunión de los Santos”.
 
Todos estamos llamados a ser santos.  Ser santos no es ser gente extraordinaria.  Todos esos santos que hoy celebramos nos enseñan que seguir a Cristo es posible, y que eso es la santidad.  Creyeron en el Evangelio y lo cumplieron y lo vivieron.

Los santos son aquello que han comprendido, y vivido, que la felicidad se encontraba en el camino de Jesús, que es el camino de las bienaventuranzas.  Las bienaventuranzas son el camino para alcanzar la felicidad en este mundo y alcanzar la santidad para el cielo. 

Quizás nos preguntemos: ¿y yo, cómo puedo llegar a ser santo? ¿Cómo puedo llegar a ser feliz?

La palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ofrecido la respuesta a estas preguntas, nos ha dicho cómo vivir aquí y alcanzar la felicidad en la vida con Dios después de la muerte.
 
El primer sermón que pronunció Jesús, las primera palabras que nos comunica son: Felices, dichosos, santos son los que practican la justicia.  Si practicamos la justicia seremos pobres, porque no podremos enriquecernos a costa de otras personas, ni adorar al ídolo del dinero o del poder; lloraremos, amaremos a los que sufren, seremos perseguidos, porque practicar la justicia nos hará pensar en los injustamente tratados; nos quitarán nuestras seguridades y además nos perseguirán y tendremos que enfrentarnos a una sociedad que vive con otros valores.

Este es el camino de Jesús y éste es el camino que Él nos propone para ser santos: tener un corazón justo para poder ser pobre y misericordioso con todos.

Puede ser que a nosotros estas palabras del Señor nos resulten difíciles, nos den miedo porque pensamos que la felicidad está en gozar, en pasárselo bien, en ser más que los demás, en no preocuparnos por los que lo pasan mal o sufren necesidades. 

Nuestro problema consiste en que la sociedad actual nos programa para buscar la felicidad por caminos equivocados que al final nos llevan a vivir de manera desdichada.   Nuestra sociedad nos dice: “si no tienes éxito, no vales” 

Una persona que sólo busca el éxito difícilmente será feliz.  Necesitará tener éxito en todas sus pequeñas o grandes empresas.  Cuando fracase en algo, sufrirá muchísimo.  Será una persona agresiva contra la sociedad y contra la misma vida.  Esa persona no será capaz de descubrir que vale por si misma, por lo que es, no por sus éxitos o logros personales.

Nuestra sociedad nos dice también: “si quieres tener éxito, has de valer más que los demás”.  Hay que ser siempre más que los otros, sobresalir, dominar a los demás.  Una persona así está llamada a sufrir.  Vivirá siempre envidiando a los que han tenido éxito, a los que tienen un mejor nivel de vida, a los que tienen una mejor posición en la vida.  Una persona así no sabrá disfrutar lo que es y lo que tiene, y por supuesto no será feliz.

No podemos lograr la felicidad de cualquier manera.  Tampoco podemos comprar la felicidad.  Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que hay otro camino de felicidad.  Ser cristiano es buscar la verdadera felicidad como lo hicieron esos santos “nuestros” cercanos a nuestra vida.  Ellos nos demuestran que es posible vivir esa felicidad que nos dice Jesús hoy.  Una felicidad que comienza aquí, y alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios en el cielo. 

En esta fiesta de Todos los Santos, el Señor nos invita a que seamos auténticos hijos de Dios, cada quien desde su propia vocación, desde sus propios carismas, tenemos que buscar la santidad.  Tenemos que vivir como hijos del mismo Padre, como hermanos de quienes nos rodean, especialmente de los más necesitados, sin esto no hay santidad. 

No olvidemos que cada uno de nosotros somos llamado a alcanzar el camino de la felicidad y de la santidad porque a esto es a lo que nos llama y nos invita el Señor al celebrar esta fiesta de Todos los Santos.

TODOS LOS FIELES DIFUNTOS  (CICLO A)

Estamos celebrando el día de los difuntos.  Un día en el que se nos invita a recordar a nuestros seres queridos que ya han muerto.  El día de hoy es un día especial para pedir a Dios por nuestros difuntos.  Es un día especial para que caigamos en la cuenta que todos somos seres mortales, que todos, un día moriremos.  Porque muchas veces vivimos como si no fuésemos a morir nunca.

Las personas que piensan que después de la muerte no hay nada son aquellos que dicen: “comamos y bebamos que mañana moriremos”, la vida no es para eso, la vida es para amar, porque el tiempo se acaba y sabemos que después de esta vida viene la vida eterna.

En este día de los fieles difuntos se nos presenta la realidad de la muerte.  Todos tenemos la dura experiencia de haber perdido a familiares y amigos nuestros.  A veces, después de largas y penosas enfermedades; otras veces, de manera repentina; en ocasiones, víctimas de la delincuencia.  Ante la muerte hay diferentes maneras de reaccionar: unos la viven apasionadamente, otros más calmados, otros más religiosamente.  Pero lo que sí es un hecho es que todos nos resistimos a morir.  No queremos morir.

Ninguna persona quiere morir, porque la muerte termina con todos nuestros proyectos, pone fin a todos nuestros esfuerzos; es el final de nuestra vida, la perdida definitiva de cuanto buscamos y queremos.

Sin embargo, la Iglesia no considera la muerte como una desgracia ni como un castigo.  La muerte forma parte de la vida y es el paso necesario para llegar hasta Dios, la muerte es necesaria para el encuentro definitivo con Dios.
 
Hoy es, para nosotros un día de recuerdo, de fe en la resurrección, de comunión fraterna con nuestros difuntos, de oración por ellos, y de esperanza en el reencuentro.

Es día de recuerdo.  Y es bueno que, este recuerdo de nuestros difuntos se haga visible en la visita al cementerio donde descansan nuestros seres queridos.  Pero como cristianos no solamente hemos de recordar a nuestros seres queridos, sino hemos de tener presentes a todos los que han muerto, conocidos o no.  A todos los queremos tener presentes en esta Eucaristía.  Aunque de una manera especial queremos recordar a nuestros familiares y amigos que ya han dejado esta vida.

Hoy es, también, un día en el cual renovamos nuestra fe en la resurrección del Señor y en la de todos los difuntos.  Creemos, como nos ha dicho la Palabra de Dios que todos los que han muerto con Cristo también resucitarán con Él.

Porque creemos en la resurrección de los muertos, porque creemos en la vida más allá de la muerte, sabemos que estamos en comunión con nuestros difuntos, nos sentimos solidarios con ellos, tal y como decimos en la plegaria IV de la misa: “nos sentimos no sólo unidos a los que murieron en la paz de Cristo, sino también en aquellos cuya fe sólo tú conociste”

Hoy es también un día de oración.  En cada Eucaristía la iglesia hace memoria de los difuntos, pero hoy lo hace de una manera especial.  Hoy ofrecemos la eucaristía y nuestras oraciones en sufragio de los que han muerto a fin de que Dios los purifique y los acoja en su casa de paz y de felicidad plena.  Nuestra oración de hoy se suma a la de toda la Iglesia que se une para pedir por el eterno descanso de nuestros seres queridos.

Por es, hoy es también un día de esperanza.  Sabemos que, después de pasar también nosotros por la puerta misteriosa de la muerte, podremos reencontrarnos con nuestros seres amados y con la multitud inmensa de hermanos que disfrutan de la victoria de Jesucristo sobre el mal y sobre la muerte.  El Señor ha sufrido la muerte para abrirnos la puerta de la Vida para siempre.  Por eso tenemos que vivir con esperanza, porque sabemos que un día nos reencontraremos con nuestros difuntos y podremos ver el rostro del Señor y podremos disfrutar personalmente del abrazo eterno de Dios nuestro Padre en el gozo del Espíritu Santo.

Como cristianos, que creemos en la resurrección, hemos de dar testimonio de que la vida no se acaba con la muerte; tenemos que ser anunciadores de la esperanza de vida eterna que hay en nosotros gracia a la fe en Cristo muerto y resucitado.  El cristiano ve la muerte y cree en la vida, porque sabe que la muerte, desde que un día Jesús murió en la cruz por amor hacia todo el mundo, no es el final, es el paso a la vida plena que Dios quiere para toda la humanidad.

Recordar, pues, en este día a los fieles difuntos, no es una ocasión para la tristeza, sino para dar gracia a Dios por ellos, para pedirle a Dios nuestro Padre que interceda por nosotros y para que la vida que ellos ya viven junto a Dios, la podamos alcanzar también nosotros un día y estar eternamente con ellos y con Dios para siempre en el cielo.

martes, 17 de octubre de 2017


XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

DOMUND
 
 

La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo. Hoy, también, celebramos el Domund.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación.

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mi no hay Dios”, nos decía hoy la primera lectura.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino.

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades. 
 
Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo.

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “Dad al César lo que es del César, y a Dios lo que es de Dios”.
 
Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se  ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer.

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión.
 
Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad. 

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios.

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas.
 
El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política.

Hoy, también, celebramos el Domund.  “Esta jornada —nos dice el Papa Francisco— nos invita a reflexionar de nuevo sobre la misión en el corazón de la fe cristiana”. Tres preguntas clave aparecen en la introducción del Mensaje: “¿Cuál es el fundamento de la misión? ¿Cuál es el corazón de la misión? ¿Cuáles son las actitudes vitales de la misión?”.

 “La misión está fundada sobre la fuerza transformadora del Evangelio”

En el corazón de la misión deben estar los jóvenes, “que son la esperanza de la misión”,  porque de ellos es el futuro; y está también la misericordia. El misionero, con esa capacidad de acercarse a los más desfavorecidos para compartir su causa y su suerte, se identifica con el Buen Pastor, que carga sobre sus hombros las debilidades de los hermanos.
 
Encontramos asimismo en el Mensaje una serie de actitudes que caracterizan la vida del misionero: “alegría contagiosa”, “confianza y valor”, “actitud de salida para llegar a las periferias” y también la humildad —“humilde instrumento de mediación del Reino” —.

Desde esa actitud de valentía que destaca el Papa en su Mensaje y que acompaña siempre al misionero, este año el lema del Domund nos hace una invitación a ser valientes para vivir la realidad de la misión en el contexto en el que nos encontramos.

 
“La Jornada Mundial de las Misiones, promovida por la Obra de la Propagación de la Fe, es una ocasión favorable para que el corazón misionero de las comunidades cristianas participe, a través de la oración, del testimonio de vida y de la comunión de bienes en la respuesta a las graves y vastas necesidades de la evangelización”