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martes, 28 de noviembre de 2017


I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 

Con el primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año cristiano.  El Adviento es un tiempo especial en la Iglesia, un tiempo en el que miramos al pasado en el que ocurrió el acontecimiento del nacimiento de Cristo y también miramos al futuro hacia esa segunda venida del Señor que nos prometió.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza. 

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, le pedía a Dios que ¡ojalá rasgaras los cielos y bajaras!  La situación religiosa que vivía el pueblo de Israel después del exilio, y que nos transmite Isaías, podría asemejarse a la que vive nuestra sociedad actual: abandono de Dios, una vida centrada en los bienes de este mundo (materialismo), flojera espiritual. Hoy ese grito del profeta sigue siendo necesario.

Hay muchas personas que prescinden de Dios en su vida, que no viven los mandamientos.  Nosotros hoy hemos de preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida?  ¿qué importancia le doy a vivir los mandamientos de Dios?

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios es fuente de salvación y de redención.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida.

Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida?

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos recuerda la paciencia y la misericordia que Dios tiene con nosotros. A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Sin embargo, a pesar de haber recibido inmensos dones, hay cristianos que, este Adviento pasará para ellos inadvertido y no se prepararán para mantenerse firmes para esa segunda venida de Cristo.

Nosotros, como creyentes, debemos vivir permanentemente escuchando y acogiendo los dones que Dios nos da.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Dios y seamos felices; no son para fines egoístas, como puede ser buscar mi promoción personal o mi satisfacción personal.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas.

El evangelio de San Marcos, nos sitúa ante una certeza fundamental: “El Señor viene”.

Hay esperanza.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Hoy los seres humanos necesitamos recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo en el que se han perdido los grandes ideales; donde los proyectos se ven más desde el dinero que uno se puede robar que desde el bien que puede hacer a la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra manera de vivir.  El único objetivo de la vida es pasarlo lo mejor posible, que no nos falte de nada y vivir lo más cómodamente posible. Sentimos indiferencia ante la formación humana y el compromiso social.

Por eso al comenzar este Adviento, este nuevo año cristiano, hemos de recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se dirige hacia el encuentro con Dios.  Una esperanza que nos dice que todavía es tiempo para mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozcan la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupos.

Una esperanza que nos dice que aunque sea poco, cada uno de nosotros puede aportar algo al proyecto del Reino de Dios.  Por eso la mejor actitud que podemos tener para recuperar la esperanza es la vigilancia: ¡Velen porque nos sabemos ni el día ni la hora!

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.

Miremos a nuestro alrededor para descubrir la presencia amorosa de Dios que denuncia nuestras injusticias y nos impulsa a salir de nuestra apatía.

Vigilemos lo que pensamos, lo que vemos, lo que decimos, lo que hacemos para que nuestro corazón no se corrompa con el virus de la indiferencia.

Pidamos a Dios, que la celebración de este Adviento nos permita recuperar la esperanza y despertar en nosotros la ilusión por un mundo, un pueblo y una familia mejores.

 

martes, 21 de noviembre de 2017


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Terminamos hoy el año litúrgico con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.  Las lecturas nos hablan del Reino de Dios.  El Reino de Dios es presentado como una realidad que Jesús sembró, que los discípulos estamos llamados a construir en la historia y que se realizará definitivamente en el mundo que ha de venir.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel utiliza la figura del Buen Pastor para hablarnos de Dios y de su relación con su pueblo.

En el Antiguo Testamento al rey se le representaba muchas veces bajo la figura del pastor que debía hacer justicia de acuerdo a las necesidades de cada uno de las personas de su pueblo.  Sin embargo, esto no había sido así.  Por eso, el profeta Ezequiel señala al rey como el culpable de todos los males del pueblo.  Es por ello que Dios mismo se tiene que declarar como el único Rey del pueblo de Israel.

Dios no puede dar por bueno lo que no es bueno.  Dios no puede mirar a otro lado cuando unos pocos abusan de los débiles, indefensos y abandonados.  Dios es el que asegura que habrá justicia y que la última palabra la pronunciará Él.  Por eso habrá un juicio de Dios, y ese deseo de justicia que todos tenemos se hará realidad en el juicio final.

Mientras llega ese juicio final trabajemos todos por una sociedad más justa que es lo que todos anhelamos y es la meta que todos deseamos para vivir en un mundo más feliz.  Esto es lo que esperamos y deseamos de todas las autoridades: que hagan justicia igual para todos y que construyan un mundo más justo.  Y esto sólo será posible si todos: autoridades y pueblo vivimos la caridad cristiana, sólo así podremos crear un mundo justo.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios nos dice que la meta final del hombre es el Reino de Dios.

Contrariamente a lo que suelen prometer las autoridades y gobernantes de este mundo, Cristo promete a sus discípulos, a quienes quieran pertenecer a su Reino: sufrimientos, persecuciones, duros trabajos, etc.  Parece que este no es un programa demasiado atractivo comparado con lo que ofrecen los gobernantes: triunfo, éxitos, puestos importantes, seguridad, comodidades, etc.  Pero hay algo especial que ofrece el mensaje de Jesús y que no pueden ofrecernos los demás.  Es lo que nos decía hoy san Pablo: “Cristo venció a la muerte”… “en Cristo todos volverán a la vida”

Con la destrucción de la muerte, Cristo ha destruido también todo poder y dominación del maligno en este mundo y así un día, cuando llegue la total purificación y destrucción de todo mal en el mundo, podremos reinar también nosotros con Cristo en el cielo para siempre.  Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: el Cielo.

El Evangelio de San Mateo nos habla hoy del encuentro de toda la humanidad con Jesús en su segunda venida, en el día del juicio final.

En el Reino de Jesús todos cabemos, todos estamos llamados a pertenecer a su Reino.  La única condición que nos pone Jesús es “amar a Dios con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos”.  Cuando Jesús venga al final de los tiempos, en su segunda venida Él nos va a juzgar en el amor ante los necesitados o en la indiferencia por los necesitados.  Seremos examinados en el amor.

Ese día, Dios nos preguntará: ¿Cuántos hemos amado en esta vida?, ¿Cuántas ofensas hemos perdonado? ¿Cuántas veces nos hemos puestos en los zapatos de nuestros hermanos, en sus preocupaciones, en su hambre humana y espiritual, en su enfermedad? porque como nos decía hoy el Señor “todo lo que hagamos por los necesitados, lo estamos haciendo por Él”

Vivimos en un mundo global, en el que todos los días somos testigos a través de los medios de comunicación de las grandes miserias que viven muchos seres humanos: imágenes de niños enfermos y hambrientos, el problema de los inmigrantes que van buscando mejores condiciones de vida, falta de trabajo, etc.  Si somos auténticamente solidarios, si somos auténticos cristianos ese panorama mundial tiene que hacernos daño, tiene que ser una llamada de atención a nuestras conciencias, no podemos vivir indiferentes ante tantos males que amenazan nuestro mundo.

Por ello, el Señor hoy también nos decía que son malditos todos aquellos que son los causantes de la pobreza de este mundo; son malditos los que ahora ríen y se lo pasan bien a costa de las lágrimas de otras personas.

Jesús fue “el hombre para los demás”.  Por eso, el Reino predicado por Jesús no es como los reinos de este mundo en el que vemos a tantos gobernantes que llenan sus bocas diciendo que están para servir a todos pero que a la hora de la verdad no cumplen sus promesas.

Tenemos que empezar, como cristianos, a ir construyendo el Reino de Dios en este mundo para vivirlo en plenitud en el Cielo y el Reino de Dios se construye con entrega y generosidad; en una palabra con el amor en las cosas grandes y en las cosas sencilla de nuestra vida, siendo solidarios de la misma pobreza de Cristo manifestada en la pobreza de nuestros hermanos los hombres.  Confesando y afirmando con nuestra fe que Jesús el centro de la historia, de la humanidad y del mundo entero.  Confesando que Jesucristo es nuestro Rey.

 

lunes, 13 de noviembre de 2017


XXXIII DOMINGO ORDINARIO 

 
La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Por eso cada cristiano tiene que tomar conciencia de la responsabilidad de ser un cristiano activo y comprometido con el proyecto salvador de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer  ideal dentro de la familia. 
 
La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos.
 
No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres,
 
Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida.
 
Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer.
 
La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos hace saber que lo importante no es conocer cuándo vendrá el Señor por segunda vez sino estar vigilantes y preparados.
 
A nosotros no nos debe importar la fecha de la segunda venida del Señor, sino cómo esperar y preparar ese momento.  San Pablo nos dice que hay que estar vigilantes.  “Estar vigilantes” no significa mirar hacia el cielo, sin hacer nada, y olvidarnos de las cosas del mundo y de los problemas de los hombres, sino que significa vivir, día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, esforzándonos por la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios.
 
Los creyentes, tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, abiertos al futuro, un futuro que tenemos que conquistar con fe y amor, pero sobre todo un con esperanza de que podremos estar con Dios para siempre.
 
El Evangelio de san Mateo nos dice que hay que poner a trabajar los talentos, los dones que Dios nos ha dado.
 
Ante la parábola de hoy tenemos dos importantes preguntas que hemos de hacernos: ¿cuáles son las tareas, los asuntos que Dios nos encomienda hacer? y ¿cual de los tres empleados soy yo?
 
El gran error, el gran pecado, es no arriesgarnos en hacer el bien.  Queremos contentarnos con “guardarnos el talento” que Dios nos ha dado y vivir sin trabajar.
 
Hoy existen muchas necesidades sociales y familiares.  Hay personas que de modo generoso ponen su creatividad, su tiempo, su dinero, sus bienes, toda su vida en organizaciones para buscar soluciones a los problemas existentes.  La realidad es que mientras tenemos vida, podemos hacer algo por este mundo, por nuestra familia, por nuestra iglesia.  ¿Estamos colaborando y apoyando a instituciones y organizaciones sociales y a la Iglesia con los talentos que Dios nos ha dado? 
 
Los cristianos hemos sido llamados por Jesús para ser constructores con Él en la edificación de su Reino.  Hemos sido llamados, no para ser piezas de museo, sino para ser personas activas en la construcción del mundo y de la Iglesia.  Si nos presentamos ante el Señor con las manos vacías, ya sabemos cómo nos irá como nos ha dicho la parábola de hoy.
 
Cuántas personas, cuántos profesionistas, cuántos estudiantes están capacitados para trabajar, para aconsejar, para organizar y pasan las horas sin hacer nada de provecho, pudiendo promover, apoyar, realizar cosas valiosísimas en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
 
Algunas personas podrían decir: “no estoy preparado”  y si no lo estás, ¿por qué no te preparas?
 
La apatía es el gran pecado de nuestro mundo.  Ante Dios cada uno tenemos un quehacer al que no podemos renunciar. Una tarea en la que nadie nos puede sustituir.

martes, 7 de noviembre de 2017

 
XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)
 
La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada.
La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga.
 
La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas.
La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino.
Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios.
La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor.
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios.
Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa.
 No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros.
El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad.
Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe.
Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido.
Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia.
 Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie.
El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia.
Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor. 
Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.


martes, 31 de octubre de 2017


XXXI DOMINGO ORDINARIO  (CICLO A)

En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.
 
La 1ª Lectura del Profeta Malaquías  es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.
El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.
Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.
Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.
 
El amor a la comunidad  lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.
El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.
Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.
Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 
Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.
A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.
Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?
Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.
Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.

martes, 24 de octubre de 2017


XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.
 
El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos.
 
Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llama autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo.

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios.

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene.

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales.

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.

TODOS LOS SANTOS  (CICLO A)

 Celebramos hoy la solemnidad de Todos los Santos.  Hoy celebramos a todas aquellas personas que viven con Dios.  A todos aquellos que viven ya en el cielo.  Uno son santos canonizados, es decir, están oficialmente en la lista de santos de la Iglesia y los celebramos a lo largo del año litúrgico.  Otros son santos no canonizado, pero no por eso menos santos.  Ellos gozan ya de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente la condición de santos.
 
Hoy le damos gracias a Dios por todos esos santos.  Por todas esas personas de nuestra raza, de nuestra familia, hijos de esta tierra.  Porque ellos son nuestra familia del cielo, con los que nos sentimos en comunión.  Por eso decimos en el Credo: “Creo en la comunión de los Santos”.
 
Todos estamos llamados a ser santos.  Ser santos no es ser gente extraordinaria.  Todos esos santos que hoy celebramos nos enseñan que seguir a Cristo es posible, y que eso es la santidad.  Creyeron en el Evangelio y lo cumplieron y lo vivieron.

Los santos son aquello que han comprendido, y vivido, que la felicidad se encontraba en el camino de Jesús, que es el camino de las bienaventuranzas.  Las bienaventuranzas son el camino para alcanzar la felicidad en este mundo y alcanzar la santidad para el cielo. 

Quizás nos preguntemos: ¿y yo, cómo puedo llegar a ser santo? ¿Cómo puedo llegar a ser feliz?

La palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ofrecido la respuesta a estas preguntas, nos ha dicho cómo vivir aquí y alcanzar la felicidad en la vida con Dios después de la muerte.
 
El primer sermón que pronunció Jesús, las primera palabras que nos comunica son: Felices, dichosos, santos son los que practican la justicia.  Si practicamos la justicia seremos pobres, porque no podremos enriquecernos a costa de otras personas, ni adorar al ídolo del dinero o del poder; lloraremos, amaremos a los que sufren, seremos perseguidos, porque practicar la justicia nos hará pensar en los injustamente tratados; nos quitarán nuestras seguridades y además nos perseguirán y tendremos que enfrentarnos a una sociedad que vive con otros valores.

Este es el camino de Jesús y éste es el camino que Él nos propone para ser santos: tener un corazón justo para poder ser pobre y misericordioso con todos.

Puede ser que a nosotros estas palabras del Señor nos resulten difíciles, nos den miedo porque pensamos que la felicidad está en gozar, en pasárselo bien, en ser más que los demás, en no preocuparnos por los que lo pasan mal o sufren necesidades. 

Nuestro problema consiste en que la sociedad actual nos programa para buscar la felicidad por caminos equivocados que al final nos llevan a vivir de manera desdichada.   Nuestra sociedad nos dice: “si no tienes éxito, no vales” 

Una persona que sólo busca el éxito difícilmente será feliz.  Necesitará tener éxito en todas sus pequeñas o grandes empresas.  Cuando fracase en algo, sufrirá muchísimo.  Será una persona agresiva contra la sociedad y contra la misma vida.  Esa persona no será capaz de descubrir que vale por si misma, por lo que es, no por sus éxitos o logros personales.

Nuestra sociedad nos dice también: “si quieres tener éxito, has de valer más que los demás”.  Hay que ser siempre más que los otros, sobresalir, dominar a los demás.  Una persona así está llamada a sufrir.  Vivirá siempre envidiando a los que han tenido éxito, a los que tienen un mejor nivel de vida, a los que tienen una mejor posición en la vida.  Una persona así no sabrá disfrutar lo que es y lo que tiene, y por supuesto no será feliz.

No podemos lograr la felicidad de cualquier manera.  Tampoco podemos comprar la felicidad.  Con dinero sólo podemos comprar apariencia de felicidad.

La fiesta de Todos los Santos nos recuerda que hay otro camino de felicidad.  Ser cristiano es buscar la verdadera felicidad como lo hicieron esos santos “nuestros” cercanos a nuestra vida.  Ellos nos demuestran que es posible vivir esa felicidad que nos dice Jesús hoy.  Una felicidad que comienza aquí, y alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios en el cielo. 

En esta fiesta de Todos los Santos, el Señor nos invita a que seamos auténticos hijos de Dios, cada quien desde su propia vocación, desde sus propios carismas, tenemos que buscar la santidad.  Tenemos que vivir como hijos del mismo Padre, como hermanos de quienes nos rodean, especialmente de los más necesitados, sin esto no hay santidad. 

No olvidemos que cada uno de nosotros somos llamado a alcanzar el camino de la felicidad y de la santidad porque a esto es a lo que nos llama y nos invita el Señor al celebrar esta fiesta de Todos los Santos.