Vistas de página en total

lunes, 4 de diciembre de 2017


II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 

Durante el tiempo de Adviento hay una invitación constante, una llamada a la conversión, al encuentro del hombre con Dios.  Dios está siempre dispuesto a ofrecer al hombre un mundo nuevo de libertad, de justicia y de paz; pero esto será posible cuando los hombres abramos nuestro corazón a los valores de Dios.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos hacía una llamada a la conversión; una llamada a preparar el camino al Señor y a quitar los obstáculos que dificultan o retrasan la venida del Señor.

Para ello se nos pide que abandonemos nuestros hábitos de comodidad, de egoísmo y de autosuficiencia y que aceptemos los retos que Dios nos presenta.

La primera lectura contiene un mensaje de consolación para todas aquellas personas que viven amargadas o desilusionadas.  Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no son tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre.  Dios viene a nuestro encuentro y nos ofrece llevarnos con amor y solicitud al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad.

El Señor trae paz y justicia, pero espera nuestra colaboración.  Nuestra tarea es preparar el camino a nuestro Dios, y para ello hemos de rebajar el monte de nuestro orgullo.  El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. El Adviento es el tiempo favorable para que limpiemos los caminos de nuestra vida, de forma que Dios pueda nacer en nosotros y, a través de nosotros, liberar al mundo.

La 2ª lectura, de la carta de San Pedro,  nos invitaba a la vigilancia.  La segunda venida del Señor, no es cuestión de fechas, sino de cómo esperar y preparar ese momento.  Hay que estar vigilantes para ese momento, esto no significa quedarnos mirando hacia el cielo esperando al Señor sin hacer nada y despreciando las cosas de este mundo y los problemas de los hombres; sino que significa vivir el día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, comprometiéndonos con la transformación del mundo y trabajando en la construcción del Reino de Dios.

Esperar a Dios pasivamente, esperar a Dios de brazos cruzados no es una espera cristiana.

El evangelio de San Marcos, nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión para recibir a Jesús en nuestra vida.

Qué diferencia entre Juan Bautista y nosotros, con respecto a la comunicación con Dios.  Nosotros no paramos de hablar y de recibir información a través de internet, celulares, etc. 

Juan nos decía: “preparen el camino del Señor”.  Hablamos mucho, pero muy poco con Dios.  Hay muchos que afirman creer en Dios, pero se comunican tan poco con Dios.

El Adviento nos recuerda las ganas que tiene Dios de platicar con nosotros, de venir, de llegar a nuestra vida y hacerla más feliz.

Qué poco sensibles somos al Señor y esto es debido a que estamos tan llenos de autosuficiencia, de cosas, que ya Dios no cabe en nuestra vida.  Acudimos poco a Dios y esto es porque creemos que no necesitamos ser salvados.  Por ello necesitamos fijarnos en Juan el Bautista que va vestido de piel de camello, con un cinturón de cuero y se alimentaba de saltamontes y miel silvestre.  Nada que ver con nuestros preparativos que hacemos para la Navidad.

Juan el Bautista es un hombre que no depende de las cosas para vivir.  Es un hombre libre.  En nuestro proyecto de Adviento debemos vaciarnos de muchas cosas que nos dominan, principalmente el consumismo en estas celebraciones navideñas.

No hay tiempo que perder.  Dios viene.  Y esto exige de nosotros conversión.

Dios no quiere odios ni violencia, ni guerras ni pobreza, ni mentiras, ni corrupción.  Dios quiere que seamos sus hijos, que vivamos como hermanos entre nosotros.  Que hagamos el bien.  Dios nos ha hecho capaces para amar y para dominar el mundo. ¿Estará conforme Dios de cómo lo estamos haciendo?

Dios nos invita a la conversión ¿estamos dispuestos a convertirnos para que el Señor que viene esta Navidad pueda encontrar un corazón limpio y dispuesto para que Él nazca en nuestra vida?

 
 
 
HOMILIAS PARA ADVIENTO Y NAVIDAD.
 
 


martes, 28 de noviembre de 2017


I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

 

Con el primer domingo de Adviento, comenzamos un nuevo año cristiano.  El Adviento es un tiempo especial en la Iglesia, un tiempo en el que miramos al pasado en el que ocurrió el acontecimiento del nacimiento de Cristo y también miramos al futuro hacia esa segunda venida del Señor que nos prometió.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza. 

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, le pedía a Dios que ¡ojalá rasgaras los cielos y bajaras!  La situación religiosa que vivía el pueblo de Israel después del exilio, y que nos transmite Isaías, podría asemejarse a la que vive nuestra sociedad actual: abandono de Dios, una vida centrada en los bienes de este mundo (materialismo), flojera espiritual. Hoy ese grito del profeta sigue siendo necesario.

Hay muchas personas que prescinden de Dios en su vida, que no viven los mandamientos.  Nosotros hoy hemos de preguntarnos: ¿qué lugar ocupa Dios en mi vida?  ¿qué importancia le doy a vivir los mandamientos de Dios?

Como cristianos hemos de reconocer que sólo Dios es fuente de salvación y de redención.  Nosotros, por nosotros mismos, somos incapaces de superar la indiferencia, el egoísmo, la violencia, la mentira, la injusticia que tantas veces están presentes en nuestra vida.

Cuando uno contempla los males del mundo: hambre, guerra, violencia, injusticia, terrorismo, etc., y comprobamos la impotencia de la humanidad para salir de esta situación, nos damos cuenta que esto ocurre porque nos olvidamos de Dios, el mundo se olvida de Dios y hemos de tomar conciencia de que Dios es nuestro Padre y nuestro Salvador y Él está siempre dispuesto a ofrecernos, gratuita e incondicionalmente, la salvación.  ¿Estamos dispuestos en este Adviento que estamos comenzando a acoger a Dios en nuestra vida?

La 2ª lectura, de San Pablo a los Corintios, nos recuerda la paciencia y la misericordia que Dios tiene con nosotros. A través de los dones que Dios nos da, Dios viene a nuestro encuentro y nos manifiesta su amor.  Sin embargo, a pesar de haber recibido inmensos dones, hay cristianos que, este Adviento pasará para ellos inadvertido y no se prepararán para mantenerse firmes para esa segunda venida de Cristo.

Nosotros, como creyentes, debemos vivir permanentemente escuchando y acogiendo los dones que Dios nos da.  Los dones que Dios nos da son para que seamos fieles a Dios y seamos felices; no son para fines egoístas, como puede ser buscar mi promoción personal o mi satisfacción personal.  Por ello hemos de estar vigilantes y preparados para acoger a Dios que viene a nuestro encuentro y nos muestra su amor a través de sus dones que nos da y hay que estar vigilantes para que esos dones no sean utilizados para fines egoístas.

El evangelio de San Marcos, nos sitúa ante una certeza fundamental: “El Señor viene”.

Hay esperanza.  El Adviento es un tiempo para recuperar la esperanza.  Hoy los seres humanos necesitamos recuperar la esperanza.  Porque vivimos en un mundo en el que se han perdido los grandes ideales; donde los proyectos se ven más desde el dinero que uno se puede robar que desde el bien que puede hacer a la humanidad.

Desencanto, apatía, indiferencia, son palabras que expresan nuestra manera de vivir.  El único objetivo de la vida es pasarlo lo mejor posible, que no nos falte de nada y vivir lo más cómodamente posible. Sentimos indiferencia ante la formación humana y el compromiso social.

Por eso al comenzar este Adviento, este nuevo año cristiano, hemos de recuperar al menos nosotros los cristianos la esperanza.  Una esperanza que nos dice que el mundo, a pesar de todo, se dirige hacia el encuentro con Dios.  Una esperanza que nos dice que todavía es tiempo para mejorar las condiciones de vida humanas, de luchar para que se reconozcan la dignidad humana por encima de los intereses económicos, de partido o de grupos.

Una esperanza que nos dice que aunque sea poco, cada uno de nosotros puede aportar algo al proyecto del Reino de Dios.  Por eso la mejor actitud que podemos tener para recuperar la esperanza es la vigilancia: ¡Velen porque nos sabemos ni el día ni la hora!

Vigilar porque estamos malgastado nuestra vida, nuestra realización como personas.  Hay que despertar de nuestra indiferencia e involucrarnos en la promoción del ser humano.

Miremos a nuestro alrededor para descubrir la presencia amorosa de Dios que denuncia nuestras injusticias y nos impulsa a salir de nuestra apatía.

Vigilemos lo que pensamos, lo que vemos, lo que decimos, lo que hacemos para que nuestro corazón no se corrompa con el virus de la indiferencia.

Pidamos a Dios, que la celebración de este Adviento nos permita recuperar la esperanza y despertar en nosotros la ilusión por un mundo, un pueblo y una familia mejores.

 

martes, 21 de noviembre de 2017


JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO

Terminamos hoy el año litúrgico con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo.  Las lecturas nos hablan del Reino de Dios.  El Reino de Dios es presentado como una realidad que Jesús sembró, que los discípulos estamos llamados a construir en la historia y que se realizará definitivamente en el mundo que ha de venir.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel utiliza la figura del Buen Pastor para hablarnos de Dios y de su relación con su pueblo.

En el Antiguo Testamento al rey se le representaba muchas veces bajo la figura del pastor que debía hacer justicia de acuerdo a las necesidades de cada uno de las personas de su pueblo.  Sin embargo, esto no había sido así.  Por eso, el profeta Ezequiel señala al rey como el culpable de todos los males del pueblo.  Es por ello que Dios mismo se tiene que declarar como el único Rey del pueblo de Israel.

Dios no puede dar por bueno lo que no es bueno.  Dios no puede mirar a otro lado cuando unos pocos abusan de los débiles, indefensos y abandonados.  Dios es el que asegura que habrá justicia y que la última palabra la pronunciará Él.  Por eso habrá un juicio de Dios, y ese deseo de justicia que todos tenemos se hará realidad en el juicio final.

Mientras llega ese juicio final trabajemos todos por una sociedad más justa que es lo que todos anhelamos y es la meta que todos deseamos para vivir en un mundo más feliz.  Esto es lo que esperamos y deseamos de todas las autoridades: que hagan justicia igual para todos y que construyan un mundo más justo.  Y esto sólo será posible si todos: autoridades y pueblo vivimos la caridad cristiana, sólo así podremos crear un mundo justo.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios nos dice que la meta final del hombre es el Reino de Dios.

Contrariamente a lo que suelen prometer las autoridades y gobernantes de este mundo, Cristo promete a sus discípulos, a quienes quieran pertenecer a su Reino: sufrimientos, persecuciones, duros trabajos, etc.  Parece que este no es un programa demasiado atractivo comparado con lo que ofrecen los gobernantes: triunfo, éxitos, puestos importantes, seguridad, comodidades, etc.  Pero hay algo especial que ofrece el mensaje de Jesús y que no pueden ofrecernos los demás.  Es lo que nos decía hoy san Pablo: “Cristo venció a la muerte”… “en Cristo todos volverán a la vida”

Con la destrucción de la muerte, Cristo ha destruido también todo poder y dominación del maligno en este mundo y así un día, cuando llegue la total purificación y destrucción de todo mal en el mundo, podremos reinar también nosotros con Cristo en el cielo para siempre.  Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: el Cielo.

El Evangelio de San Mateo nos habla hoy del encuentro de toda la humanidad con Jesús en su segunda venida, en el día del juicio final.

En el Reino de Jesús todos cabemos, todos estamos llamados a pertenecer a su Reino.  La única condición que nos pone Jesús es “amar a Dios con toda el alma y al prójimo como a nosotros mismos”.  Cuando Jesús venga al final de los tiempos, en su segunda venida Él nos va a juzgar en el amor ante los necesitados o en la indiferencia por los necesitados.  Seremos examinados en el amor.

Ese día, Dios nos preguntará: ¿Cuántos hemos amado en esta vida?, ¿Cuántas ofensas hemos perdonado? ¿Cuántas veces nos hemos puestos en los zapatos de nuestros hermanos, en sus preocupaciones, en su hambre humana y espiritual, en su enfermedad? porque como nos decía hoy el Señor “todo lo que hagamos por los necesitados, lo estamos haciendo por Él”

Vivimos en un mundo global, en el que todos los días somos testigos a través de los medios de comunicación de las grandes miserias que viven muchos seres humanos: imágenes de niños enfermos y hambrientos, el problema de los inmigrantes que van buscando mejores condiciones de vida, falta de trabajo, etc.  Si somos auténticamente solidarios, si somos auténticos cristianos ese panorama mundial tiene que hacernos daño, tiene que ser una llamada de atención a nuestras conciencias, no podemos vivir indiferentes ante tantos males que amenazan nuestro mundo.

Por ello, el Señor hoy también nos decía que son malditos todos aquellos que son los causantes de la pobreza de este mundo; son malditos los que ahora ríen y se lo pasan bien a costa de las lágrimas de otras personas.

Jesús fue “el hombre para los demás”.  Por eso, el Reino predicado por Jesús no es como los reinos de este mundo en el que vemos a tantos gobernantes que llenan sus bocas diciendo que están para servir a todos pero que a la hora de la verdad no cumplen sus promesas.

Tenemos que empezar, como cristianos, a ir construyendo el Reino de Dios en este mundo para vivirlo en plenitud en el Cielo y el Reino de Dios se construye con entrega y generosidad; en una palabra con el amor en las cosas grandes y en las cosas sencilla de nuestra vida, siendo solidarios de la misma pobreza de Cristo manifestada en la pobreza de nuestros hermanos los hombres.  Confesando y afirmando con nuestra fe que Jesús el centro de la historia, de la humanidad y del mundo entero.  Confesando que Jesucristo es nuestro Rey.

 

lunes, 13 de noviembre de 2017


XXXIII DOMINGO ORDINARIO 

 
La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Por eso cada cristiano tiene que tomar conciencia de la responsabilidad de ser un cristiano activo y comprometido con el proyecto salvador de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer  ideal dentro de la familia. 
 
La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos.
 
No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres,
 
Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida.
 
Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer.
 
La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos hace saber que lo importante no es conocer cuándo vendrá el Señor por segunda vez sino estar vigilantes y preparados.
 
A nosotros no nos debe importar la fecha de la segunda venida del Señor, sino cómo esperar y preparar ese momento.  San Pablo nos dice que hay que estar vigilantes.  “Estar vigilantes” no significa mirar hacia el cielo, sin hacer nada, y olvidarnos de las cosas del mundo y de los problemas de los hombres, sino que significa vivir, día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, esforzándonos por la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios.
 
Los creyentes, tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, abiertos al futuro, un futuro que tenemos que conquistar con fe y amor, pero sobre todo un con esperanza de que podremos estar con Dios para siempre.
 
El Evangelio de san Mateo nos dice que hay que poner a trabajar los talentos, los dones que Dios nos ha dado.
 
Ante la parábola de hoy tenemos dos importantes preguntas que hemos de hacernos: ¿cuáles son las tareas, los asuntos que Dios nos encomienda hacer? y ¿cual de los tres empleados soy yo?
 
El gran error, el gran pecado, es no arriesgarnos en hacer el bien.  Queremos contentarnos con “guardarnos el talento” que Dios nos ha dado y vivir sin trabajar.
 
Hoy existen muchas necesidades sociales y familiares.  Hay personas que de modo generoso ponen su creatividad, su tiempo, su dinero, sus bienes, toda su vida en organizaciones para buscar soluciones a los problemas existentes.  La realidad es que mientras tenemos vida, podemos hacer algo por este mundo, por nuestra familia, por nuestra iglesia.  ¿Estamos colaborando y apoyando a instituciones y organizaciones sociales y a la Iglesia con los talentos que Dios nos ha dado? 
 
Los cristianos hemos sido llamados por Jesús para ser constructores con Él en la edificación de su Reino.  Hemos sido llamados, no para ser piezas de museo, sino para ser personas activas en la construcción del mundo y de la Iglesia.  Si nos presentamos ante el Señor con las manos vacías, ya sabemos cómo nos irá como nos ha dicho la parábola de hoy.
 
Cuántas personas, cuántos profesionistas, cuántos estudiantes están capacitados para trabajar, para aconsejar, para organizar y pasan las horas sin hacer nada de provecho, pudiendo promover, apoyar, realizar cosas valiosísimas en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia.
 
Algunas personas podrían decir: “no estoy preparado”  y si no lo estás, ¿por qué no te preparas?
 
La apatía es el gran pecado de nuestro mundo.  Ante Dios cada uno tenemos un quehacer al que no podemos renunciar. Una tarea en la que nadie nos puede sustituir.

martes, 7 de noviembre de 2017

 
XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)
 
La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada.
La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga.
 
La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas.
La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino.
Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios.
La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor.
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios.
Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa.
 No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros.
El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad.
Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe.
Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido.
Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia.
 Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie.
El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia.
Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor. 
Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.


martes, 31 de octubre de 2017


XXXI DOMINGO ORDINARIO  (CICLO A)

En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.
 
La 1ª Lectura del Profeta Malaquías  es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.
El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.
Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.
Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.
 
El amor a la comunidad  lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.
El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.
Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.
Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 
Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.
A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.
Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?
Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.
Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.