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jueves, 17 de septiembre de 2026

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 


La liturgia de este domingo nos invita a descubrir a un Dios cuyos caminos y cuyos pensamientos están por encima de los caminos y de los pensamientos de los hombres.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recuerda que debemos buscar al Señor y seguir sus caminos; hay que dejar que Él sea el que guíe nuestra vida y no seguir los caminos erróneos de los hombres.

Si le preguntamos a la gente si creen en Dios, seguramente la mayoría nos diría que sí, pero ¿creemos en el Dios verdadero?  ¿No tenemos otros dioses a los cuales estamos sometidos y a los que les dedicamos más tiempo y más energías que al Dios verdadero?

Nuestra cultura actual, quiere prescindir de Dios.  Cree que el hombre es el único señor de su destino y que cada persona tiene derecho a construir su felicidad al margen de Dios y sus valores, considera que los antivalores del mundo pueden llegar a ser mejores que los valores de Dios.

Por eso el profeta Isaías nos invita a buscar a Dios, a volvernos a Él.  Es decir, a reorganizar nuestra vida, de modo que Dios sea el centro de nuestra existencia, que Dios ocupe siempre en nuestra vida el primer lugar.

Si volvemos a Dios, Dios tendrá compasión y misericordia de nosotros.  No nos encerremos en nosotros mismos.  Abramos nuestro corazón a Dios, dejemos que Él habite dentro de nosotros.  Dios no viene a destruirnos, ni a quitarnos nuestra libertad, sino que Dios viene a dignificarnos y hacernos felices.  Si buscamos, sinceramente a Dios, nunca quedaremos defraudados.  No demos nuestro corazón a los ídolos de este mundo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos muestra el dilema en el que se encuentra san Pablo; no sabe qué elegir si el bien de su muerte para unirse a Cristo para siempre, o seguir viviendo para ejercer su misión de servicio a la comunidad. 

Cada uno de nosotros tenemos una misión en el mundo y no podemos huir, renunciar o abandonar la tarea que Dios nos ha encomendado, hasta que esa tarea la llevemos hasta el final, aunque encontremos dificultades a la hora de cumplir con nuestra misión.  Como cristianos debemos saber que el trabajo que realicemos por y para el Señor no será inútil a pesar de las contrariedades que podamos tener.  Hay que seguir adelante con ánimo, confiando en la ayuda del Señor y la presencia del Espíritu Santo.

El Evangelio de san Mateo nos decía hoy que todos somos invitados a trabajar en la viña del Señor y no hay trabajadores de primera o de segunda clase.  Lo que hay es personas que aceptan la invitación del Señor.

Al escuchar este evangelio de hoy, podríamos pensar que Dios es injusto al pagar lo mismo a todos.  Pero Dios no es injusto porque les paga a todos lo que había convenido con cada uno.

Dios no nos da recompensas según pensamos que son nuestros méritos.  Todo lo que Dios nos da es un don gratuito, nos da lo que no hemos merecido.  Dios nos ama con amor infinito y generoso a todos, ¿por qué vamos a tener envidia de que ame a otros igual que a nosotros?  No olvidemos que Dios es bueno con todos, lo merezcamos o no.

El mercado de trabajo, en el sistema capitalista, pone precio a lo que hacen los obreros, pero no valora la dignidad de los trabajadores.  El sistema sólo tiene ojos para ver el rendimiento que producen los trabajadores, pero no su dignidad.  El Papa San Juan Pablo II en la encíclica “Laborem Exercens” (los que trabajan) decía que el sistema capitalista consideraba el trabajo como una mercancía, que ponía precio al esfuerzo del trabajador, pero menospreciaba la dignidad humana del obrero.

En el año de 1891, el Papa León XIII decía que el salario para ser justo no basta con haber sido fijado en el mercado, sino que debe ser suficiente para el trabajador.

Por eso hay que preguntarse: ¿cómo se puede fijar un salario mínimo para los demás, y asignarse a sí mismo los que fijan ese salario mínimo, un salario cien veces superior al salario mínimo?  ¿Se creen que son más que los demás?

En nuestras manos está que todos los seres humanos puedan ejercer su derecho a trabajar, a aportar su esfuerzo para incrementar el bienestar de todos y mejorar el mundo.  En nuestras manos está quitar las trabas que ponemos a ciertas personas y dar facilidades para que todos puedan trabajar y vivir con dignidad de su trabajo.

En nuestras manos está hacer que el trabajo no se reduzca a una mercancía, sino que sea la auténtica expresión del hombre, que, por el trabajo, coopera con Dios en la creación y en la vida y en la felicidad de todos.  Hay que darse cuenta que la vida no es un negocio, sino una convivencia y hay que superar esa mentalidad de pensar que el tiempo es oro, para convencernos de que el tiempo es la gran oportunidad para vivir como hermanos.  Sino no nos damos cuenta de todo esto, no tendremos futuro como humanidad.

No olvidemos que Dios no es un negociante, sino un Padre lleno de amor para con todos.

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