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lunes, 21 de abril de 2025

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.

Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?

Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 

Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.

Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 

Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.

Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.

No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.

El evangelio de San Juan nos presenta la primera de las apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles, pero faltaba Tomás.

Tomas, es el que necesitaba ver para creer.  A nosotros también nos cuesta  creer, nosotros también quisiéramos ver y tocar las heridas del Señor.

A veces nos puede parecer que el Señor es como un fantasma que vive en nuestra imaginación.  Creer es difícil, por eso el Señor tuvo que decir: “Dichosos los que crean sin haber visto”

Pero ¿cómo creer? ¿Cómo experimentar hoy en nuestro corazón que el Señor está vivo?

El Evangelio nos dice que Tomás no estaba con los discípulos cuando se presentó Jesús.  Aquí hay una llamada a no abandonar la comunidad.  Hay que ver cómo está nuestra participación en esta comunidad en la que vivimos, quizás estamos abandonando nuestra participación en la misa y en los sacramentos, quizás no rezamos, quizás nuestra vida moral deja mucho que desear.

El Evangelio nos dice que Tomás no creyó a sus compañeros.  Y nosotros no nos tendremos que preguntar si a base de tanto criticar a los obispos, a los sacerdotes, a los catequistas, a todos lo que hacen algo en la Iglesia, no hemos terminado desconfiando de aquellos que nos trasmiten el mensaje del Señor.  Porque todos somos criticables, ¿pero sabemos criticar con cariño?

El Señor invita a Tomás a tocar sus heridas.  El Señor también nos invita a ver y tocar las heridas de todos los que sufren en nuestro mundo para sanarlas.

Este es el camino para creer. Un camino que pasa por permanecer en la comunidad, confiar en el testimonio de los apóstoles y de todos los que a lo largo de los siglos han creído y nos han transmitido su fe, y por último salir a remediar el sufrimiento de nuestros hermanos que sufren.  

Quizás entonces, Dios tenga a bien revelarnos su rostro, dejarnos experimentar en el corazón la alegría profunda del Resucitado, quizás entonces, como Tomás, saldrán también de nuestra boca aquellas palabras de adoración y reconocimiento: ¡Señor mío y Dios mío!

lunes, 1 de abril de 2024

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  La Pascua de resurrección es una fiesta tan grande que no se puede celebrar en un solo día.  Por eso la Iglesia dedica 50 días para celebrarla.  Este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes.  La Iglesia es una comunidad que agrupa a personas de diferentes razas y culturas, unidas por Jesús y su proyecto de vida, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La Iglesia es una comunidad fraterna, solidaria, que comparte y se entrega al servicio de todos y así testimonia a Jesús resucitado.  La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos. 

La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos simplemente porque venimos a la Iglesia, pero nos pasamos la vida acumulando bienes materiales y viviendo al margen de los sufrimientos de los hermanos más pobres.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

¿Qué nos ha pasado a los cristianos?  En nuestros corazones muchas veces lo único que hay es ambición y egoísmo.  La ley del amor la hemos sustituido por “mío, mío”, o “yo, yo, yo”.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.

El amor vence todo aquello que oprime al hombre y que le impide vivir una vida verdadera, una felicidad total.  Aunque el amor, a veces, parezca debilidad frente a los poderosos y a los dueños de este mundo, la verdad es que el amor siempre tendrá la última palabra.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de San Juan, insiste hoy en que Jesús está vivo y presente en la comunidad, sobre todo cuando nos reunimos el domingo para celebrar la Eucaristía.

Los apóstoles estaba encerrado por miedo a los judíos y se aparece Jesús y les dice: “Paz a vosotros”. A nosotros los que estamos inquietos, belicosos unos contra otros, en una guerra interior más o menos sorda o ruidosa, a nosotros que hemos perdido la paz interior y quizá también la exterior, Jesucristo nos puede dar la paz, esa paz que sólo puede dar el que ha vencido definitivamente el odio y la violencia desde la cruz.

“Los apóstoles, al verlo, se llenaron de alegría”. También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”.

La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Sólo cuando experimentemos la salvación hecha perdón, paz, alegría, habremos descubierto lo que significó para los primeros cristianos decir “Jesús es el Señor”. Sólo cuando descubramos que Jesús es “nuestro Señor”, le encontraremos sentido a una catequesis continua en nuestra vida, sólo así podremos descubrir la maravilla de celebrar los sacramentos, no como ritos muertos, sino como presencia viva del Resucitado.

lunes, 10 de abril de 2023

 

II DOMINO DE PASCUA (CICLO A)


A los ocho días de la fiesta de Pascua de resurrección volvemos a reunirnos.  Como han hecho los discípulos del Señor desde aquel domingo de Resurrección, cada domingo nos reunimos. 

Y celebramos también la fiesta de la Divina Misericordia instituida por el Papa San Juan Pablo II. 

En la 1ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, tenemos una fotografía de cómo vivían los primeros cristianos.  La vida de los primeros cristianos giraba en torno a cuatro cosas fundamentales: escuchar las enseñanzas de los apóstoles, tener todo en común y celebrar la eucaristía y orar juntos.

Como comunidad de cristianos tenemos que proponer al mundo una forma distinta de vida.  Tenemos que dar testimonio de cómo el amor, el compartir, el darse a los demás, el servicio, la sencillez y la alegría son generadoras de vida y no de muerte. 

Como comunidad cristiana debemos ser una comunidad de hermanos que escuchemos las enseñanzas de los apóstoles, es decir, que estemos siempre dispuestos a la formación permanente en la fe, que nuestra vida gire en torno a la Palabra de Dios y que escuchemos esa Palabra de Dios y la compartamos con los demás.  ¿Hasta qué punto nos interesa formarnos como cristianos y nos interesa lo que dice la Palabra de Dios?

Como comunidad cristiana debemos también tener todo en común, es decir, debemos aprender a compartir.  Como cristianos no podemos vivir encerrados en el egoísmo, en la indiferencia ante los sufrimientos y problemas de nuestros hermanos.  No podemos ser una comunidad cristiana donde hay algunos que derrochan sus bienes y otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente.

Como comunidad cristiana debemos celebrar la Eucaristía y rezar juntos, es decir, si celebramos juntos la Eucaristía, la comunidad se va haciendo más fuerte, nos vamos uniendo más entre nosotros, y nos hacemos más fuertes para dar testimonio de la salvación.  Nuestra Eucaristía no debe ser un rito frío, al que “voy” por obligación, sino una verdadera experiencia de encuentro con el Jesús del amor y de la vida y una experiencia de amor compartido con mis hermanos.

Hemos de preguntarnos hoy cómo es nuestra comunidad parroquial, si de verdad somos una comunidad de hermanos que vivimos en el amor, o somos un grupo de personas aisladas, en el que cada uno defiende sus propios intereses, aunque esto suponga ofender al resto de los hermanos.

La 2ª lectura, de la 1ª carta de san Pedro, nos invita a vivir la vida con esperanza a pesar de los sufrimientos.  El sufrimiento nos puede ayudar a madurar como personas, a dejar atrás el orgullo y la autosuficiencia, a confiar más en Dios, por eso estamos invitados a vivir la vida con esperanza y a poner nuestros ojos en la salvación que Dios nos ofrece, para ello hay que confiar mucho más en Dios y en su amor.

El Evangelio de san Juan nos ha presentado la figura del Tomás.

Jesús resucitado se dirige a Tomás con unas palabras que tienen mucho de invitación amorosa, pero también de llamada apremiante. “No  seas incrédulo, sino creyente” Tomás responde con la confesión de fe más solemne de todo el Nuevo Testamento: “Señor mío y Dios mío”. 

¿Cómo se camina desde la resistencia y la duda hasta la confianza? La pregunta no es superflua, pues, más tarde o más temprano, de forma totalmente inesperada o como fruto de un proceso interior, todos podemos escuchar más o menos claramente la misma invitación: “No seas incrédulo, sino creyente”.

Tal vez la primera condición para escucharla es percibirse amado por Dios, cualquiera que sea mi postura o trayectoria religiosa. “Soy amado”, ésta es la verdad más profunda de mi existencia. Soy amado por Dios tal como soy, con mis deseos inconfesables, mi inseguridad y mis miedos. Soy aceptado por  Dios con amor eterno. Dios me ama desde siempre y para siempre, por encima de lo que otros puedan ver en mí.

Se puede dar un paso más. “Soy bendecido por Dios”.  Él no me maldice nunca, ni siquiera cuando yo mismo me condeno. Más de una vez escucharé en mi interior voces que me llaman perverso, mediocre, inútil o hipócrita. Para Dios soy algo valioso y muy querido. Puedo confiar en Él a pesar de todo. Puedo confiar en Él sin miedo, con agradecimiento.

Cada uno podemos hacernos las preguntas decisivas: ¿Por qué no creo?, ¿por qué no confío?, ¿qué es lo que en el fondo estoy rechazando? No se me debería pasar la vida sin enfrentarme con sinceridad a mí mismo.

Jesús decía a Tomás: “¿Crees porque has visto? Dichosos los que creen sin haber visto”. Nosotros no estuvimos allí. No pudimos ver al Señor con los ojos de la cara, pero también creemos que Jesús está vivo y anda con nosotros en nuestras comunidades cristianas produciendo cosas asombrosas. El Señor resucitado vive entre nosotros.

lunes, 18 de abril de 2022

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.

Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?

Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 

Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.

Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.

El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?

La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 

Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.

Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.

No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.

El evangelio de San Juan nos ha presentado la figura de Tomás el incrédulo,el que decía que a él no lo podían engañar diciéndole que Cristo había resucitado.

Tomás es como los hombres modernos de hoy, que no creen más que en lo que tocan, o en lo que pueden medir o contar.  Tomás representa a tantas personas que no confían en Cristo-resucitado.

Es notable la testarudez de este discípulo: “Si no veo en sus manos las huellas de los clavos, si no meto mi dedo  por el agujero de los clavos y mi mano en su costado, ¡no creeré!”  Este hombre se resiste a creer.  Para creer exige pruebas.  No tiene esperanzas.

Los hombres de hoy arriesgan su vida varias veces al día: atraviesan calles sin mirar, se bajan del autobús en marcha, adelantan imprudentemente al coche que va delante.  Pero no les gusta ofrecer su vida por Cristo.

¡Es hermosa la época que nos ha tocado vivir!  Pero no ha habido jamás ningún otro tiempo en el que se haya creído tan poco, en el que se haya sido tan ateo, tan desesperados y negativos.

Tenemos miedo a que nos engañen, y creemos que Cristo nos va a engañar, por eso nuestra vida religiosa no es una vida comprometida, porque no se  nos da lo que pedimos.

Tomás presenta una serie de exigencia para tener fe y Cristo le responde diciendo: “Ven Tomás, mete tu dedo… mete tu mano… y no seas incrédulo sino fiel”.  Y cuando Tomás vio al Señor, lleno de ternura, resplandeciente de paz y de amor, comprendió enseguida que Cristo había resucitado.  El peor castigo que se le pudo dar a Tomás fue concederle aquello que exigía.  Él se dio cuenta que había fallado, de que tenía que haber tenido fe.  Jesús tiene que decirle: “Tomás, porque has visto, has creído; ¡dichosos los que no han visto y han creído!”  Estas palabras eran humillantes para Tomás y por eso no le queda más remedio que  exclamar: “¡Señor mío y Dios mío!”

De ese pobre Tomás que no creía, ha obtenido Jesús el acto de fe más hermoso del evangelio. 

Tengamos cuidado, no vayamos a ser como Tomás, que pedimos pruebas a Dios y Dios acceda a nuestras pretensiones y tengamos que humillarnos ante Dios como lo hizo Tomás.   Hay que creer sin ver.

lunes, 5 de abril de 2021

 

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO B)


Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor. El tiempo pascual comienza con el domingo de resurrección y dura hasta Pentecostés.  A este segundo domingo de Pascua se le llama el domingo de la Divina Misericordia.

La 1ª lectura, del libro de los Hechos de los Apóstoles, nos presenta los rasgos de la comunidad ideal: es una comunidad formada por personas diferentes, pero todos los miembros de la Iglesia tienen y viven la misma fe con un solo corazón y una sola alma.

La comunidad cristiana es una comunidad que comparte que vive el amor, el servicio.  El cristiano no puede, por tanto vivir cerrado en su egoísmo, indiferente a lo que le pasa a sus hermanos.  La comunidad ideal es aquella que sabe compartir sus bienes.  Una comunidad cristiana donde algunos malgastan sus bienes mientras otros no tienen lo suficiente para vivir dignamente, no puede ser una comunidad cristiana.  No podemos creernos que somos cristianos porque damos unas monedas de limosna en la parroquia pero explotamos a los obreros o cometemos injusticias.

Hay que compartir lo que se tiene, hay que dar al que lo necesita, hay que mirar también por los demás, hay que ser desprendidos, desinteresados y más generosos para ser esa comunidad ideal que nos describe hoy la primera lectura.

La 2ª lectura, de la primera carta de san Juan, nos dice que amar a Dios significa adherirse a Jesús y por lo tanto amar a los hermanos.  Quien no ama a los hermanos no cumple los mandamientos de Dios y no sigue a Jesús.

Si amamos a Dios, a Cristo y a los hermanos, podemos “vencer al mundo”, es decir, podemos vencer al egoísmo, al odio, a la injusticia, a la violencia que gobierna el mundo.  A esta manera de vivir de muchas personas, nosotros tenemos que vivir el amor, el estilo de vida de Jesús.  Sólo el amor nos asegura una vida verdadera y eterna, sólo el amor es el camino para construir un mundo nuevo y mejor.

El Evangelio de san Juan nos decía hoy que Jesús se presentó en medio de sus discípulos y estos se llenaron de alegría al ver a Jesús.

También nosotros, en medio de los sinsabores y angustias de la actual situación, debemos llenarnos de alegría, porque ese Jesús que “estaba en medio de ellos” es el mismo que está en medio de nosotros: “dichosos los que creen sin ver”. La fe en el Resucitado es la que puede vencer la verdadera enfermedad del hombre contemporáneo que es la tristeza. Para el hombre que anda en búsqueda nerviosa de distracciones, en afán desmedido de comodidades, nadando en placeres fugases, hay una buena noticia: el Resucitado, Cristo el Señor, puede dar una verdadera alegría que el mundo no da.

Pero la paz y la alegría no nos pueden llegar sin el perdón. Por eso Jesús el Resucitado nos ha dejado este gran regalo en su Iglesia: “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos”. Sólo podremos tener la verdadera paz cuando nos hayamos reconciliado con Dios y con los hermanos; gozaremos de la verdadera alegría cuando hayamos experimentado en nuestra vida el amor misericordioso de Aquél que entregó su vida por nosotros.

Por eso este domingo celebramos el domingo de la Divina Misericordia. 

Nuestra sociedad y nuestro mundo necesitan un baño fuerte de misericordia que haga desaparecer para siempre la violencia, el odio, la guerra, la venganza, el rencor.  Todo esto hace mucho daño al ser humano, a la historia, al mundo.  Todos necesitamos personas que, desde la experiencia de la misericordia infinita de Dios, sean testigos verdaderos y constructores auténticos de una historia llena de misericordia, de perdón, de ternura. 

Muchos seres humanos son víctimas del odio, del rencor, de la violencia, del hambre, de la marginación, de la exclusión, como    vemos en los medios de comunicación social. Muchas personas sufrientes y perseguidas son ignoradas, olvidadas, no tenidas en cuenta ¿Nos quedamos tan tranquilos ante tantos seres humanos que sufren injustamente, que padecen en la más grande soledad? ¿Damos un rodeo para no encontrarnos con los que más sufren en el camino de la vida? ¿Damos la espalda a los que vienen de lejos y se acercan a nosotros para pedirnos ayuda, pan, casa?

Esta fiesta de la misericordia de Dios es una llamada urgente a todos y a cada uno de nosotros. No nos quedemos indiferentes ante esa llamada.  Preguntémonos si en nuestro corazón hay algo de desamor, de envidia, de odio que nos hagan marginar al vecino, despreciar al que está a nuestro lado. 

Construyamos la civilización del amor, de la misericordia, del perdón.  Todos saldremos ganando siendo misericordiosos como Dios lo es con nosotros.