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lunes, 25 de marzo de 2024

 

JUEVES SANTO (CICLO B)

Con esta celebración de la Cena del Señor entramos en el Triduo Pascual, en el cual vamos a asistir a ese milagro de amor que es la Muerte y la Resurrección de Jesús.

Celebramos el Jueves Santo, el día del amor fraterno, el día de la caridad, el día del sacrificio y el sacerdocio.

En aquella Cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, Jesús nos dejó el Mandamiento del amor: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; que quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, nos esforcemos por vivir el Mandamiento del amor, ya que si nos amamos los unos a los otros, nos dice el Señor, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de amarnos.  Y amarnos no sólo con palabras, sino con obras y de verdad.  Hoy también tenemos que tomar conciencia de la necesidad que tenemos de ayudarnos y comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.  Hoy también tenemos necesidad de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad y nuestro tiempo.

Hoy también tenemos necesidad de perdonarnos unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.  Por eso hoy celebramos el día del amor fraterno,  pero hoy también es el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, nos amó hasta el fin.  Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras: perdonando a los pecadores, curando enfermos, ayudando a los necesitados, defendiendo a las mujeres, hasta perdonando a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupa por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con promesas.  Jesús nos promete la paz: “la paz os dejo, mi paz os doy”.  Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestros corazones y nadie os quitará esa alegría”

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del jueves Santo es el lavatorio de los pies.

Al lavar los pies a sus discípulos, Jesús nos está diciendo y enseñando lo que debe ser y hacer un cristiano.  Cristiano es el que sirve a los demás; el que se despoja y da incluso de lo que él necesita; es el que se pone a los pies del hermano, incluso del enemigo; es el que ama, el que ayuda, el que escucha, el que comprende y el que perdona.

La gran revelación de Jesús sobre Dios, es decir, lo más importante que Jesús nos dijo sobre Dios: no es que Dios existe, sino que nos ama; no es que Dios es Dios, sino que es nuestro Padre; no es que Dios es todopoderoso, sino que es misericordioso; No es que Dios es un Dios lejano, que está en el cielo, sino que es un Dios cercano, que está dentro de nosotros.

Si el amor de Dios a los hombres es lo más importante del mensaje de Jesús, nosotros tenemos que dar una respuesta a ese amor de Dios, amándolo a Él y amando al prójimo.

El Jueves Santo celebramos también la institución de la Eucaristía como manifestación del amor de Dios por nosotros.  Jesús en la Eucaristía se parte por nosotros, entrega su vida por nosotros. 

A la mesa de la Eucaristía todos somos invitados, a nadie se le excluye, por eso la Eucaristía es “la fuente y la cima de la vida cristiana”.  La Iglesia vive de la Eucaristía. 

No existe una verdadera comunidad cristiana si no celebra el sacramento de la Eucaristía, pero tampoco hay una auténtica Eucaristía, si no hay una verdadera comunidad cristiana.  Porque la Eucaristía es un banquete, una fiesta de comunión de hermanos.  No puede haber Comunión si no hay comunión de vida.

¿Quiénes no pueden ni deben participar en la Eucaristía?  Aquellos que no quieren vivir el valor de la fraternidad; aquellos que excluyen a los demás, aquellos que no comparten, aquellos que dicen amar a Dios con su boca pero se la llevan haciendo daño a los que lo rodean.  Aquellos que se creen mejores cristianos que los demás, aquellos que no están dispuestos a lavar los pies entregándose por todos, amigos y enemigos.

No podemos olvidarnos también hoy de la institución del sacramento del orden sacerdotal. 

Demos gracias a Dios por los sacerdotes. Jesús, en este día, se constituye en sacerdote, víctima y altar. ¡Cómo no dar gracias a Dios por este don! Pedid por nosotros los sacerdotes. Muchas son nuestras debilidades y otras tantas nuestras contradicciones. Que seamos capaces de mantener viva, con la ayuda del Espíritu Santo, la llama de la fe, el Ministerio que Dios nos ha regalado sin merecerlo.

Que con el testimonio, la audacia y valentía de todos los sacerdotes podamos seguir pregonando que Cristo está vivo y que, su presencia, es el camino, la verdad y la vida que el mundo necesita.

Esta tarde y el Domingo de Ramos son las dos ocasiones en que se proclama en la Iglesia la Pasión del Señor.

Hoy es el único día del año en que se suprime la celebración de la Eucaristía para dar paso, en la Liturgia de la Palabra, a la contemplación del acontecimiento en donde tienen origen todos los sacramentos, ya que del costado de Cristo en la cruz nacen todos ellos y nace la misma Iglesia.

Nos decía san Juan en el relato de la Pasión: “mirarán al que traspasaron”.  Nosotros miramos hoy a Cristo clavado en la cruz, el mismo a quien Pilato presentó al pueblo diciendo: “ahí tienen al hombre”.   Ahí está Cristo: perseguido como un criminal, calumniado, torturado física y moralmente, en medio de dos malhechores, ante las burlas del pueblo.

Hoy centramos toda nuestra liturgia y nuestra atención en la muerte de Cristo.  La celebración la hacemos con vestiduras rojas, el color de la sangre, por la muerte del primer mártir, Cristo Jesús.

Las lecturas que hemos proclamado nos presentan el dolor de Cristo, como el siervo que ha cargado sobre sus hombros el mal de toda la humanidad, como el enviado por Dios para salvarnos.  Jesús fue enviado por Dios para salvarnos y obedeció hasta el final, experimentando en sí mismo todo el dolor que puede sufrir una persona.

En la cruz de Cristo están representado todas las personas que han sufrido antes y después de Él: los que son tratados injustamente, los enfermos y desvalidos, los que no han tenido suerte en la vida, los que sufre los horrores de la guerra, del hambre o de la soledad.

Pero Dios no está ajeno a nuestra historia.  No es un Dios que no se preocupe por nosotros.  Por medio de su Hijo ha querido experimentar lo que es sufrir, llorar y morir.  Cristo no sólo ha sufrido por nosotros, sino que ha sufrido con nosotros y como nosotros.  Cristo ha asumido nuestro dolor.

Con el ejemplo de la pasión y muerte de Cristo, tenemos más motivos para aceptar en nuestras vidas el misterio del dolor y del mal.

Lo que celebramos hoy da sentido a nuestros momentos de dolor y fracaso.  Ser cristiano no significa que nos vamos a ver libres de las dificultades o de la enfermedad o la soledad, el fracaso o la muerte.  Pero sí se nos ofrece luz y fuerza para que nuestra vivencia de todos esos momentos sea en sintonía con Cristo. Aunque no entendamos el misterio del mal o de la muerte, sabemos que si estamos unidos a Cristo en su Pasión, podremos vencer tanto el mal que nos rodea como la muerte eterna.

Ese Cristo clavado en la cruz, que dedica palabras de perdón al ladrón arrepentido y que ofrece su vida al Padre por nosotros, es nuestro modelo más vivo y convincente para nuestra vida. 

Al venerar y besar la Cruz de Cristo, veneremos y besemos también todo dolor y toda lucha de cualquier hombre y mujer que comparta la Cruz de Cristo. Y sepámonos preguntar qué hacemos por compartir este dolor, por ayudar a esta lucha.

Cuando hoy besemos la cruz, como signo de adoración a Cristo, pidámosle que nos enseñe a llevar nuestra cruz, nuestra pequeña o gran cruz, con la misma entereza con que Él la cargó sobre sus hombros.

Desde la Cruz, Jesucristo, es más que nunca hermano y compañero, amigo y amante de todos los hombres, de todos nosotros. Desde la Cruz, Jesucristo, nos enseña a vivir con los brazos abiertos, con el corazón abierto –con el corazón traspasado- del que brotó sangre y agua, símbolos de amor y de vida, para que también en nosotros lo que sea cruz se convierta en resurrección.

En un mundo lleno de noticias preocupantes, que nos inclina al desánimo; en medio de una sociedad indiferente, que estos días piensa tal vez más en las vacaciones que en la Pascua del Señor, nosotros nos hemos reunido esta noche para escuchar la Buena Noticia de la resurrección de Cristo Jesús.

¡Cristo ha resucitado!  Hoy es una noche de gozo y de alegría.  Jesucristo ha roto las cadenas de la muerte.  No tengamos  miedo.  Es cierto, es verdad: Jesús ha resucitado.  No tengamos miedo porque el Señor es nuestra Luz y nuestra salvación.  Confiemos en Él.

Las lecturas que esta noche hemos leído han sido nueve: siete lecturas del Antiguo Testamento, una lectura del apóstol san Pablo y el Evangelio.  Las siete lecturas son una historia de amor, de promesas y esperanzas que tienen su plenitud y cumplimiento en la vida, muerte y resurrección de Cristo, fiesta que hoy celebramos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a  las mujeres que fueron a buscar a Jesús al sepulcro, pero Dios lo había sacado de ahí definitivamente.  Ahora, después de más de dos mil años, Jesús sigue vivo y presente, aunque no lo veamos, dando ánimo a su comunidad.  Quizás también nosotros necesitemos escuchar las palabras del ángel: “no tengáis miedo… no está aquí: ha resucitado”.

La resurrección de Cristo es lo que da sentido a nuestra fe.  Si somos cristianos es por eso, porque Jesús no se quedó en el sepulcro, sino que Dios los hizo pasar de la muerte a la vida.  Y desde entonces Jesús se nos hace presente continuamente sobre todo en la Eucaristía.

Ese “sepulcro vacío” es un símbolo elocuente de la victoria de Cristo sobre la muerte.  Nosotros no seguimos a un muerto, por importante que hubiera sido en su vida.  Seguimos a uno que está vivo.  El aviso del ángel es una consigna para todas las generaciones cristianas: “Jesús ha resucitado y va por delante de nosotros”

La alegría y la esperanza de esta noche deben recordarnos también el sentido del sacramento del Bautismo.  Por eso esta noche renovaremos nuestras promesas bautismales.  En nuestro bautismo, como nos dice san Pablo, fuimos sepultados con Cristo en la muerte, para que así “como Cristo fue resucitado de entre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida nueva”.

En esta noche santa debemos pedirle a nuestro Padre Dios que por los méritos de su Hijo, haga morir en nosotros al hombre viejo, para que podamos vivir revestidos del hombre nuevo. Debemos pedirle a Dios, nuestro Padre que el Espíritu de Cristo en el que fuimos bautizados se haga cada día más vivo y presente dentro de nosotros.

Esta noche también hemos bendecido el fuego nuevo.  Es el fuego de Cristo, su luz que queremos que se encienda en nosotros, que nos guíe y nos conduzca por el camino de una vida santa hasta la vida eterna.  Con esta intención hemos encendido nuestra vela en la Luz de Cristo, en el Cirio Pascual para pedirle a Dios que no se apague nunca en nosotros el fuego de su Espíritu.

Cristo vive para siempre.  Esta es la gran noticia de esta noche.  La Luz ha disipado definitivamente las tinieblas.  Todo es nuevo.  Todo puede volver a empezar de verdad.  Todo es posible.

Hoy es el domingo más importante del año, del que reciben sentido todos los demás.

En este día de Pascua me dirijo a todos vosotros con la noticia más importante que el hombre haya podido escuchar y conocer jamás: Nuestro Señor Jesucristo, que sufrió todo un sin fin de tormentos hasta morir en la cruz del Gólgota para que fueran perdonados nuestros pecados, ha resucitado como lo había dicho.  

Demos gracias al Padre porque Jesús ha vencido a la muerte, y con esa victoria también nosotros la venceremos y podremos disfrutar algún día, con Él y con todos los santos, las moradas que nos tiene preparadas en el cielo.

San Pablo nos decía anoche en la Vigilia Pascual: “Los que por el bautismo nos incorporamos a Cristo, fuimos incorporados a su muerte”, por ello, con su resurrección, también resucitamos todos los bautizados a una vida nueva, porque el que resucita ya no muere más; la muerte ya no tiene dominio sobre él.

En efecto, Cristo ha redimido a la humanidad entera, a todos los hombres, sin excepción de la muerte. Cristo, víctima inocente de una cruz, que debía ser la nuestra, nos ha reconciliado a nosotros, pecadores, con el Padre. Por eso, en esta gran Fiesta de la Pascua de Resurrección anunciamos la reconciliación de la humanidad con Dios, por obra de Cristo.

Pues bien, ésta es la historia del hombre. Éste pasa su vida luchando contra el mal, enfrentándose de continuo a la muerte. Pero, he aquí que, de pronto, descubrimos hoy, Domingo de la Resurrección de Jesucristo, que Dios interviene en nuestras pobres existencias para hacernos saber que los afanes por salvar nuestra vida son cumplidos por la misericordia de Dios.

¡Deténgase la angustia del hombre! Hoy la muerte ha sido derrotada. Y si ésta es la noticia, como hijos salvados del pecado y de la muerte, ahora nosotros tenemos el deber hermosísimo de continuar la obra que Él inició.

Porque quien murió por nuestros pecados quiere que nosotros seamos quienes lo ayudemos a llevar el mensaje de la Resurrección al resto de nuestros hermanos, allí donde se encuentren.

Pero, ¿dónde se encuentran nuestros hermanos? Las mujeres que acudieron al sepulcro en aquella primera mañana de Pascua con el ejemplo perfecto de la transmisión de la buena noticia. No dudaron. Corrieron donde estaban los tristes, los acobardados, los sufrientes, y así, ellos fueron los primeros en recibir el mensaje de la salvación.

No es difícil encontrar entre nosotros a hombres y mujeres tristes y desconsolados porque no encuentran el sentido de sus vidas: cuando muere un familiar, cuando la crisis económica amenaza a tantas de nuestras familias de este nuestro país, cuando vemos tantas injusticias a las que no podemos poner remedio desde nuestros limitados recursos humanos… Todos sabemos quién es ese familiar, amigo o vecino que necesita de la esperanza de la resurrección para continuar su vida con dignidad.

En nuestros tiempos, donde los hombres caminan tan perdidos detrás de las modas y de los falsos profetas, se hace urgente que todos los cristianos seamos testigos de la Resurrección del Señor. Proclamemos, pues, todos juntos y cada uno en su lugar, que Cristo es la esperanza para todos los hombres.

Que Dios permita participar de la alegría pascual a todos nuestros hermanos: los que viven bajo la tensión de las armas, los que entran o salen de nuestras fronteras en busca de una mejor vida para sí y para sus familias, los que sufren la violación de sus derechos, los que viven bajo la persecución religiosa…

Podemos decir hoy, con la antorcha de la fe en Cristo en nuestras manos, sí a la vida y a la esperanza.  Sí a la dignidad de la persona humana, al amigo, a la esposa(o), al niño.  Sí al enfermo y al anciano.  Sí a Cristo que nos precede y que ha abierto un horizonte de esperanza a la humanidad.

“No temáis”.  Cristo está con nosotros.  Él está vivo.  Él nos ha dejado su memorial, la Eucaristía.  Comulgar hoy, con Él, transformará nuestros corazones y nos hará testigos de su resurrección.

Renovemos hoy nuestra fe, como María Magdalena, como Pedro, como Juan, proclamemos que Cristo vive y está muy dentro de nosotros.  Él transforma nuestra vida. 

Hoy es un día para hacer fiesta con los hermanos.  Hoy es un día para vivir comunicando esperanza en que la muerte no podrá con la vida porque Dios está con nosotros.  Esta es la razón más profunda de nuestra fe y nuestra esperanza.

Hoy tenemos que profesar nuestra fe en el Dios de la vida y nosotros hemos de ser cultivadores, guardianes y protectores de la vida y de la fraternidad.

Hoy es un día para salir al mundo y gritar con nuestro testimonio y con nuestro estilo de vida: ¡Cristo ha resucitado!  ¡Alegrémonos!

lunes, 3 de abril de 2023

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUA Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN (CICLO A)

JUEVES SANTO

La fiesta del Jueves Santo está íntimamente relacionada con el Amor.

Por una parte, el Amor Fraterno. En aquella cena Pascual que Jesús celebró con sus íntimos amigos los apóstoles, el primer Jueves Santo de la Historia, Jesús nos habló del Amor y nos dejó su Mandamiento: “Amaos  unos a otros como yo os he amado”.

Es necesario que, quienes nos llamamos cristianos, porque creemos en Jesús; quienes nos consideramos cristianos, porque intentamos seguir a Jesús en nuestra vida, “nos esforcemos por vivir el Mandamiento del Amor”, ya que si nos amamos, nos dice Jesús, “somos verdaderos seguidores suyos”.

Hoy, Jueves Santo, y todos los días de nuestra vida, los cristianos tenemos que concienciarnos individual y colectivamente: en primer lugar de la necesidad que tenemos de amarnos: no tanto con palabras, sino con obras y de verdad.

En segundo lugar  de la necesidad que tenemos de ayudarnos y de comprendernos, como Cristo ayudó y comprendió siempre a quienes necesitaban ayuda y comprensión.

En tercer lugar de la necesidad que tenemos de compartir lo que somos y lo que tenemos: nuestra fe, nuestra alegría, nuestra ilusión, nuestra generosidad, nuestro tiempo.

En cuarto lugar de la necesidad que tenemos de perdonarnos: unos a otros cuando nos ofendemos, como señal de amor.

Pero hoy, además de ser el día del Amor Fraterno, es también el día del amor de Cristo, que en una tarde como ésta, hace más de 2023 años, nos amó hasta el fin. Y Cristo nos manifestó su amor de muchas maneras.

Cristo nos manifestó su amor con amor. Por amor: acogía y perdonaba a los pecadores, curaba enfermos, ayudaba necesitados, defendió a la mujer adúltera,  perdonó  a sus propios verdugos.

Cristo nos manifestó su amor con palabras cariñosas: llama a sus discípulos “amigos, hijos”; les hace recomendaciones como un padre o una madre que se preocupan por sus hijos; los invita a vivir “unidos a Él”, como el sarmiento está unido a la vid.

Cristo nos manifestó su amor con gestos. Muchas veces en la vida acudimos a los gestos, porque los gestos, a veces, expresan más que las palabras. Y el gesto más importante de Jesús, en esta noche del Jueves Santo, es el lavatorio de los pies: un servicio propio de esclavos. Y es que Jesús quiere ser, no sólo maestro, hermano, amigo, sino esclavo nuestro.

Cristo nos manifestó su amor con promesas. Jesús nos promete la paz: “La paz os dejo, mi paz os doy”. Jesús nos promete la alegría: “Se alegrará vuestro corazón y nadie os quitará esa alegría”.

Agradezcamos a Jesús todo lo que por nosotros ha hecho por amor y aprendamos de Él a amar, a comprender, a perdonar.

Hoy, Jueves Santo, recordamos también la Institución de la Eucaristía, aquella ocasión en la que tomó pan y lo transformó en su Cuerpo, tomó vino y lo transformó en su Sangre. Esta verdad requiere de nosotros fe, y esta fe es Él quien nos la da. Es necesaria la humildad, para que nuestra mente reconozca que lo que era pan, ahora es su Cuerpo, y que lo que era vino ahora es su Sangre. Nuestro acto de fe en esta gran verdad necesita ser renovado constantemente e irse cultivando.

Finalmente, hoy Jesús instituye también el orden sacerdotal.  Fue a los apóstoles a quienes dio el mandato de hacer la cena “en memoria mía”.  Jesús confió el sacerdocio a hombres frágiles, sacados del pueblo, pero consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación.  Pidamos también hoy por los sacerdotes, para que no falten pastores a su Iglesia.

Que esta celebración nos ayude, pues, a adentrarnos en los misterios que celebramos estos tres días y nos estimule a seguir el ejemplo de amor de Jesús, el ejemplo de su actitud de servicio hacia todos y la entrega voluntaria y generosa de su persona y de su vida.

VIERNES SANTO

La liturgia del Viernes santo es muy especial: es el único día del año en que la Iglesia no celebra la eucaristía, y sólo en la parte final de la celebración se distribuye la comunión. Podemos decir que si habitualmente la parte central de la eucaristía es la consagración, hoy lo va a ser la presentación y la adoración de la cruz.

Hoy vamos a contemplar a Jesús muerto en la cruz.  En la cruz de Cristo, descubrimos el gran amor de Dios al mundo.  Dios se hace solidario con el sufrimiento de todos los seres humanos.

Jesús se encuentra ahora absolutamente solo.  Y grita: “tengo sed”.  La sed de Jesús revela el deseo de Dios de derribar los muros que nos separan de Él, que nos encierran en nosotros mismos y nos hace que no veamos la realidad y que no nos sintamos plenamente vivos.

Después Jesús dice: “Todo está cumplido”.  ¿Qué es lo que está cumplido?  El amor radical, definitivo e incondicional de Dios por los seres humanos.  Se ha cumplido el amor “hasta el extremo”.  Todo ha terminado porque Jesús ha llevado a cabo su misión.  “E inclinando la cabeza entregó su espíritu”.  Su último acto antes de morir es darnos su Aliento de Vida.

Pero la Pasión de Jesús no ha terminado, porque continúa en los millones de personas que sufren hambre y pobreza extrema en nuestro mundo.  La mayor tragedia de la humanidad sigue siendo el hambre y la desigualdad. También las víctimas de las guerras, del terrorismo y de todo tipo de violencia son parte de la Pasión de Jesús.

Hoy, Viernes Santo hemos de recordar que Jesús sigue muriendo en nuestro mundo.  En su muerte encontramos muchas muertes.  En su cruz, hay muchas cruces, porque Jesús sigue cargando con nuestros miedos, nuestros dolores y tribulaciones.  La Pasión del Señor continúa en los sufrimientos de los hombres y mujeres de toda la tierra.

Hoy Cristo continúa sufriendo su Pasión en los pobres, en los que no tienen trabajo, en los inmigrantes, en los enfermos, los ancianos que se sienten solos y en todos los que viven en el desamor y la angustia.

Hoy, más que nunca, necesitamos el consuelo del Señor que nos ha amado hasta el extremo. Jesús crucificado es el verdadero consuelo de la humanidad.  Sólo mirando a Jesús crucificado podemos afrontar el sufrimiento y la muerte.   

A pesar de tanto mal y de tanta muerte en este mundo, hoy Viernes Santo nos acercaremos, una vez más, a besar la Cruz.  Besando la cruz de Cristo, estamos besando todas las heridas del mundo, todas las heridas de la humanidad.  Al besar hoy la cruz de Cristo, estamos besando también a todos los crucificados; besando la cruz de Cristo estamos también besando nuestras propias heridas, nuestros sufrimientos, nuestras soledades, todo lo que nos preocupa y nos angustia.

Al besar hoy la Cruz de Cristo, acogemos su beso, el beso de su amor, que nos reconcilia con nosotros mismos y nos hace vivir.  Cristo nos dice hoy a cada uno: entrégame todo los que te pesa demasiado, todo lo que te esclaviza, todo lo que te preocupa, todo lo que te entristece.  Entrégamelo todo.

Hoy es un día para mirar hacia la cruz en la que Jesús murió, y agradecerle su amor, y decirle que creemos en Él y que lo amamos.

VIGILIA PASCUAL

“No temáis”, les dice el ángel a las mujeres.  Y después Jesús se lo vuelve a repetir: “No tengáis miedo”.  Es éste uno de los grandes mensajes de esta noche.   Este es el gran mensaje de Pascua, hoy: “No tengáis miedo”.

“Transcurrido el sábado, al amanecer del primer día de la semana, María Magdalena se dirige al sepulcro”.  Los hombres, los apóstoles, no están.  Se han quedado en casa, con las puertas bien cerradas, esperando con una secreta esperanza algo que, en el fondo de su corazón, están convencidos de que ha de suceder.   Algo que ni se atreven a formular, que ni se atreven a decirse unos a otros, pero que esperan, que creen.   Y, no obstante, no van al sepulcro.   Van las mujeres.   Querían demasiado a Jesús, no podían quedarse en casa quietas, sin hacer nada. Van al sepulcro desconcertadas, atemorizadas, pero también con la secreta y extraña esperanza.

Y, allá en el sepulcro, todo es novedad, todo se transforma, cambia el mundo entero.   Y ellas experimentan el mundo renovado que empieza entonces.   Porque Jesús, el crucificado no ha quedado aprisionado por las cadenas de la muerte, la piedra del sepulcro no ha podido retener la fuerza infinita de amor que se manifestó en la cruz.  

Aquel camino fiel de Jesús, aquella entrega constante de su vida hacia los pobres, aquel combate contra todo mal que ahogara al hombre, aquel amor ¿cómo podría haber quedado encerrado, muerto ahí por siempre?  No, no quedó encerrado.   La fuerza del amor de Jesús, la fuerza del amor de Dios, vence a la muerte y cambia el mundo.   Y por eso el ángel puede decir, y Jesús puede repetir después: “No tengáis miedo”.

El miedo es pensar que el mal y la muerte pueden vencer al amor, a la fraternidad, a la justicia, a la generosidad.   El miedo es pensar que Jesús ha fracasado.   El miedo es no ser capaces de creer que Jesús ha resucitado y que, con su resurrección, podemos caminar en paz su mismo camino.

El miedo es no creer que, ocurra lo que ocurra, y aunque a veces no lo parezca, el amor vence siempre.

Esta es, hermanos nuestra fe.   Esta es la fe que expresábamos cuando, al empezar la celebración de esta noche santa, veníamos hacia aquí, hacia la Iglesia, guiados en medio de la noche, por la claridad de Jesucristo vivo.   Esta es la fe que se nos ha proclamado en las lecturas que acabamos de escuchar: la fe que empieza a encenderse con las primeras luces de la creación, la fe de Abraham, la fe del pueblo liberado de la esclavitud por el Dios que ama, la fe de los profetas, la fe del apóstol Pablo.   Esta es la fe que fue proclamada en nuestro bautismo.

Esta es la fe, que cada domingo, cuando celebramos la Eucaristía, recordamos y reafirmamos.   La fe de la confianza, la fe contra el miedo, la fe que nos dice que sí, que el camino de Jesucristo es nuestro camino, el único camino de vida.

Jesús, hoy, esta noche santa de Pascua, nos dice a cada uno de nosotros: ¡No tengáis miedo!»  Id con los vuestros, a vuestro trabajo, a vuestras casas, a vuestros pueblos, ahí donde se construye vuestra vida, ahí donde sois felices y ahí donde sufrid.   Ahí me veréis porque Cristo ha resucitado.

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hermanas y hermanos: hoy es la gran fiesta cristiana, la mayor de todas. Una fiesta tan fiesta que no tenemos bastante con un día para celebrarla: por eso la Pascua dura nada menos que 50 días, siete semanas, hasta la Pascua de Pentecostés (que significa precisamente “cincuenta”). Y todo como una sola y única y gran fiesta.

En realidad, es la única fiesta de los cristianos porque es la que celebramos también cada domingo. Y es normal que así sea porque la Pascua significa aquello que es el núcleo, la raíz y la fuerza de la fe cristiana: la gran afirmación de que Jesucristo ha resucitado, está plenamente vivo, es el triunfador de la muerte y de todo mal.Es la gran afirmación de nuestra fe y es una afirmación no para guardarla -como en el frigorífico para que se conserve- sino para sembrarla en lo más vivo de nuestra vida para que la renueve, penetre y transforme. Porque si Jesucristo vive, vive para nosotros y en nosotros.

Ayer por la noche la comunidad cristiana se reunió para celebrar la Vigilia Pascual que desemboca en el canto jubiloso del aleluya.  La vigilia pascual, es la más importante de las reuniones cristianas del año. Y allí los cristianos que pudieron asistir, renovaron su compromiso bautismal   -como haremos nosotros en esta misa- para expresar sencillamente esto: queremos compartir la muerte y resurrección de Cristo, es decir, luchar contra todo lo que hay de mal en nosotros y en el mundo, abrirnos a la vida que es de Dios, que nos enseñó Jesús de Nazaret, que siembra en nosotros el Espíritu Santo.

Los primeros relatos evangélicos reflejan las dudas de los discípulos. No les resultaba fácil creer. Ante el sepulcro vacío, pensaban que alguien había robado el cuerpo del Señor. El evangelio dice que “hasta entonces no habían entendido la Escritura: que Él había de resucitar de entre los muertos”. Sin embargo, casi inmediatamente después de ese desconcierto inicial, Jesús, con sus apariciones, va recuperando a todos sus discípulos.

Pedro podrá decir que “Dios lo resucitó y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo, sino a nosotros que hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los primeros discípulos pudieron disfrutar felices de la presencia de Jesús resucitado.

Hoy podemos decir que lo que celebramos en nuestras iglesias es que Jesús resucitó y está vivo entre nosotros. Con Él no pudieron los poderes de este mundo ni la muerte. Cristo resucitado simboliza el triunfo de lo pobre, lo débil y lo sencillo en las manos de Dios.

Al que en la cruz parecía un pobre ser humano, derrotado por las fuerzas del mal, Dios le dio la razón y lo resucitó. Y como está resucitado, está vivo y anda con nosotros en la lucha contra el mal y el pecado.

Jesús va delante, es el primero de los hermanos, animando e iluminando nuestra vida cristiana. A su luz descubrimos que nosotros también vamos resucitando a una vida nueva, vamos esforzándonos por ser mejores, hacia el hombre nuevo y resucitado del que nos habla san Pablo. Atrás vamos dejando, casi sin darnos cuenta, otras formas de ser persona. La fiesta de la resurrección del Señor es también nuestra fiesta.

Y Cristo no sólo ha resucitado para resucitarnos a nosotros, ha resucitado también para resucitar a todas y cada una de las comunidades cristianas.

Que haya cada vez más gente preocupada por su pueblo o por su barrio, por los pobres del mundo, por la paz y las relaciones de justicia entre los países; que haya personas dedicadas a cuidar de los niños, de los jóvenes, de los ancianos y los enfermos; que las parroquias sean un lugar de generosidad de servicio alegre, es algo muy hermoso. Es señal de resurrección porque significa que Jesús está vivo entre nosotros, que nos va sacando de nuestras apatías y nos lleva hacia la vida.

Pero sabemos bien que nos quedan demasiadas tareas en las que mejorar y en ellas habremos de pagar un precio de esfuerzo y de gracia. No se nos olvide que la cruz es el camino de la resurrección. La cruz es también nuestro camino.

Tendremos que dejarle al Señor entrar en nuestra vida para crecer en sencillez, en solidaridad con los pobres y en servicio humilde a nuestros hermanos. Así pasamos a ser personas nuevas, resucitadas, con los rasgos de Jesús.

Gente que solo piensa en ella misma y hace su vida eludiendo todo compromiso solidario, hay mucha. Los cristianos tenemos otro estilo de vivir: el de Jesús. Su estilo de vida va en nuestra alma.

Podemos decir con Él hemos resucitado también nosotros en esta Pascua.

lunes, 11 de abril de 2022

 

JUEVES SANTO, VIERNES SANTO, VIGILIA PASCUAL Y DOMINGO DE RESURRECCIÓN

JUEVES SANTO

Esta tarde comenzamos, como un momento muy especial de gracia, el triduo pascual: tres días que nos sumergen de una manera especial en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de nuestro Salvador. Iniciamos, pues, hoy, celebrando la institución de la Eucaristía como memorial de la nueva alianza. Hoy también celebramos el día del Amor fraterno y la institución del sacerdocio ministerial, íntimamente ligados a la Eucaristía.

La celebración de esta tarde tiene un tono especial, que quiere rememorar aquel mismo ambiente íntimo, intenso, que debía tener aquel encuentro de Jesús con sus discípulos. “Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que había llegado la hora de pasar de este mundo al Padre”. Y en estos últimos momentos, Jesús quiere reunirse con sus amigos, para despedirse de ellos para dejarles su último mensaje.


Nosotros, esta tarde, queremos ser aquellos amigos de Jesús que estamos con Él en ese momento importante, porque lo amamos y queremos cumplir su voluntad.

Hoy, Jesús en su última cena, la víspera de su muerte en cruz, culmina una vida abierta y ofrecida a Dios y a los demás. Una vida que alcanza a toda  la gente y a los discípulos que lo siguen. Jesús no ignora a nadie. Incluso los que se saben alejados de Dios, encuentran un lugar cerca de Jesús. En la última cena los doce apóstoles están cerca de Jesús, y ellos representan a la Iglesia, es decir, nos representan a todos nosotros.

Jesús toma el pan y toma el cáliz, lleno de vino, y los ofrece a los discípulos. Parte el pan, después de dar gracias a Dios por el humilde don que alimenta a todos, y dice: “Esto es mi cuerpo que se entrega por vosotros”.  Aquel pan es el cuerpo del Señor, para la vida del mundo. Con el pan de la Eucaristía recibimos la vida, abrimos la puerta al mismo Señor que entra en nuestra casa y habita en nosotros.

Hoy, los apóstoles comen y beben el cuerpo y la sangre de Señor. Mañana su cuerpo será triturado por la malicia de los hombres.

Esta tarde, permitamos, a Jesús, no sólo que nos alimente, sino también que nos lave los pies. Es decir, que nos preste el servicio —puesto que a eso vino— de salvarnos del odio y de la mentira, a fin de que podamos nosotros, por nuestra parte, abrirnos unos a otros en el amor. Jesús se entregó por nosotros, como acción suprema del amor de Dios por nosotros y nos mandó que nos atreviéramos a hacer lo mismo. Que nuestra felicidad no dependiera de otra cosa que no fuera el amor hasta la muerte por los que nos necesitan.


La Eucaristía es el signo eficaz del amor de Dios por nosotros y, por eso, la fuente del amor en el servicio de unos con otros. El servicio que da sentido a todo lo que vivimos en la ventura y en la desventura. El servicio es lo que más nos asemeja a Dios porque es la mejor expresión del amor.

Amor, servicio y vida es lo que celebramos hoy en este jueves santo.  No hay amigo que haya dado su vida por el amigo con tanto derroche de dolor y de amor como Cristo nuestro Señor. Y por eso Cristo nos dice: Esta será también la señal del cristiano, este mandamiento nuevo les doy: “Que se amen como yo los he amado”.

Esta es la gran enfermedad del mundo de hoy: No saber amar. Todo es egoísmo todo es explotación del hombre por el hombre. Todo es crueldad y tortura. Todo es represión y violencia. Cultura de la muerte frente a la cultura del amor.

Junto con la Eucaristía e inseparable de ella, más aún, en función de ella, Jesús nos ha dejado el don del sacerdocio ministerial. Es un don para la Iglesia más que un don personal. Porque fue a los apóstoles a quienes dio el Señor el mandato de hacerla “en memoria mía”.  Esta es la razón por la que en este día celebramos la institución del sacerdocio de Cristo, confiado a hombres frágiles, entresacados del pueblo, consagrados por la fuerza del Espíritu Santo, para presidir los sagrados misterios y proclamar la Palabra de salvación, Por el ejercicio sacerdotal, la Iglesia se congrega para la escucha de la Palabra y para ofrecer a Cristo al Padre y con Él también ella se ofrece.

Hoy es muy buena ocasión para valorar y orar por las vocaciones sacerdotales. Por tanto oremos para rogar al Padre de misericordia que suscite en los corazones de mucho jóvenes el deseo de consagrar la vida al servicio del Reino y de sus hermanos. Por nuestra parte trabajemos porque en nuestras familias se vivan de tal manera los valores del Evangelio que sea el mejor ambiente para cultivar esas vocaciones.

Agradezcámosle a Jesús su invitación a estar con Él esta tarde tan importante, digámosle que lo amamos y queremos cumplir su voluntad y que estamos convencidos de que como discípulos suyos tenemos que distinguirnos por nuestra capacidad de amar.

VIERNES SANTO

Esta tarde nos reunimos para contemplar el rostro doliente de Cristo crucificado.  Queremos acercarnos al misterio de su Pasión y de su cruz, queremos comulgar con sus padecimientos, queremos agradecer la inmensidad de su amor.

Al comenzar esta tarde la celebración de la muerte de Cristo, lo hemos hecho arrodillándonos en silencio meditativo y agradecido.  Es la actitud de quien adora.  Ante esta realidad de un Dios que muere por nosotros, ¡qué otra cosa podemos hacer sino echarnos por tierra repitiendo en el corazón: qué grande, y qué fuerte, Dios mío es tu amor! ¡Tu amor ha llegado hasta el fin! ¡Tu amor nos ha salvado! ¡Gracias, Señor!

La celebración de esta tarde toda ella se centra en la Cruz.  Hoy, de hecho, la Iglesia no celebra la Eucaristía, el más importante sacramento del culto católico; pero asistimos al memorial mismo de la muerte de Cristo.

Veamos en la cruz algunos aspectos que a lo largo del año litúrgico pasamos por desapercibidos: La cruz implica sufrimiento, pero se trata del sufrimiento que lleva a la alegría.

La Iglesia, mediante su liturgia de hoy, nos invita a creer en el Mesías crucificado y a aceptar en la fe: que la muerte de Cristo es el acto de amor supremo de Dios, por medio del cual nos salva; que Dios ha querido manifestar todo su poder en la debilidad de la cruz; que la locura de la cruz es más sabia que la sabiduría del mundo; que a partir de la muerte de Jesús en el calvario, todo en la vida del creyente adquiere un sentido imposible de alcanzar por otros medios; que gracias a la cruz del Señor podemos tener la certeza de que todos nuestros pecados han quedado perdonados; que después de la cruz, no existe otra fuerza mayor en el mundo que no sea el amor;  y, que la vida adquiere su mayor sentido en el amor.

Acabamos de escuchar el impresionante relato de la Pasión.  Jesús ha dado su vida por nosotros.  Él, el inocente y el justo, ha muerto violentamente a manos de verdugos como si de un criminal se tratase.

La pasión nos muestra todo lo que Jesús ha hecho por nosotros, todo el inmenso amor que ha tenido para con todos los hombres.  Hoy, más que nunca, debemos compartir su sufrimiento.  Y, también hoy, debemos sentirnos más cerca de Jesús, incluso sintiéndonos culpables de haber pecado, puesto que, como hemos escuchado en la 2ª lectura, Él no es alguien que “no sea capaz de compadecerse de nuestras flaquezas”.  Jesús ha pagado a un precio muy caro el mal del mundo.  Por eso podemos acercarnos a Él sabiendo que nos perdona y que somos bien acogidos. 

Esta tarde, nos acercamos a la cruz con humildad y confianza, sabiendo que Jesús abre sus brazos para acogernos, perdonarnos y fortalecernos.  ¡Ojalá supiéramos contemplar los brazos abiertos de Jesús!  Por una parte, estos brazos abiertos vencen todo el mal y todo el pecado de nuestro corazón y nos hace mejores y más sencillos, y, por otra parte, nos animan a acercarnos a Él con más fuerza que nunca, con mayor ilusión, superando el desánimo y el desencanto.

Es tremendo la inmensidad de sufrimiento que existe en nuestro mundo.  Sufrimiento físico y moral.  Guerras, miseria, hambre, violencia y muerte.  Toda clase de sufrimientos.  Cárceles y torturas.  Odios, envidias y desprecios.  Y la lista sería interminable.  ¡Cuántos rostros marcados por el dolor!

Jesús hoy y aquí sigue muriendo por nuestros hermanos.  Jesús sigue siendo escupido, pisoteado, abandonado, torturado, despreciado.  En toda persona que sufre debemos ver el rostro de Cristo.  Si así lo hiciéramos, nuestra visión del mundo sería muy distinta y nos daríamos cuenta de los valores por los que vale la pena trabajar.  Cuando en el camino de nuestra vida nos encontramos con el sufrimiento propio o de algún hermano, sepamos que en este sufrimiento está presente Jesús con los brazos abiertos.  De este modo nunca estaremos totalmente solos.  Siempre Jesús estar con nosotros.  Desde Jesús, la soledad total ya no existe.

Que esta tarde sea para nosotros, tarde de silencio contemplando al crucificado, tarde de oración y de plegaria ante Cristo en la cruz, tarde de adoración y agradecimiento a Jesús que por su cruz nos ha librado de la muerte, tarde de silencio y acompañamiento junto a María que nos dio tal redentor, tarde de esperanza porque nuestra semana santa no termina en viernes de sepultura sino en Domingo de Resurrección.

VIGILIA PASCUAL

¡Jesucristo ha resucitado!  Acabamos de escucharlo. Y ésta es una gran noticia. Sí, Jesús no podía corromperse en el interior del sepulcro. Por eso aquellas mujeres piadosas que iban a ungir el cuerpo de Jesús con aromas se encontraron con aquellos dos hombres con vestidos refulgentes que les dije­ron: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?” “No está aquí: ha resucitado”. ¡Jesús vive! ¡Jesús ha resucitado! La muerte no ha podido destruirlo.

Es lo que celebramos esta noche. Y la liturgia se vuelca en ello con toda la abundancia de signos: fuego, luz, agua, Palabra, cantos y flores. Todo es vida. Todo proclama la resurrec­ción de Jesús. Todo, esta noche, es un grito de fiesta. Todo se puede resumir en una palabra significativa y que hemos cantado con toda el alma: ¡ALELUYA!

El apóstol Pablo nos ha dicho en la epístola de esta noche: “Así como Cristo resucitó de en­tre los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros llevemos una vida nueva”. No­sotros creemos en la vida. Y queremos que todo el mundo viva dignamente. Y porque cree­mos en la resurrección de Jesucristo y en la vida, se nos abren nuevos y amplios horizontes.

Nos damos cuenta de que es posible cambiar y que hay que cambiar, puesto que debemos emprender una nueva vida. Tenemos que abandonar el pecado, el egoísmo y todo lo que nos encadena. Tenemos que saber ser libres de verdad. Es el mismo Pablo quien nos lo dice: debemos vivir “libres de la esclavitud del pecado”.

Dejar la esclavitud y proclamar la vida. He aquí la grandeza de nuestra misión. Y podemos conseguir esto porque la energía de Jesús resucitado también nos ha transformado. Pode­mos ser diferentes. Podemos ser mejores.

Esta noche es también la noche de la esperanza. Debemos proclamar muy fuerte, con el tes­timonio de nuestra vida, que nuestro mundo dormido y triste, puede cambiar. Sin ilusión y esperanza somos personas derrotadas y, de este modo, no podemos ser testigos de Aquel que luchó, dio la vida y resucitó. Tenemos que saber ver y valorar la vida en toda su riqueza y en todas las personas.  A veces quedamos atrapados por algo que nos preocupa y dejamos escapar una inmensidad de vida sin darnos cuenta.

¡Cuánta vida pasa ante nosotros! Valorar la vida en todas sus manifestaciones y promocionarla, podría ser también un fruto de la Pascua.

Emprendamos, pues una nueva vida.  Vencer la esclavitud, vivir con esperanza y amar la vida y valorarla.  Estos deseos podrían ser nuestra felicitación pascual.

Por esto hoy, en esta noche, exultamos de alegría con toda la tierra, tal como se ha proclamado en el anuncio de la Pascua: “Goce también la tierra, inundada de tanta claridad y que radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero”

Hoy, todo es vida, todo es luz, todo es alegría, todo es esperanza, porque Jesús ha resucitado y nosotros también hemos de resucitar con Él.

¡Feliz Pascua de resurrección para todos!

DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Hermanos: Esta es la fiesta de los cristianos. Ninguna otra es fiesta si no está fundada en ésta. Los cristianos vivimos en fiesta. Cristo ha resucitado lo cual significa que ha vencido definitivamente a la muerte. Y si su muerte fue nuestra muerte, con mayor razón su victoria es nuestra victoria. Este es la gran noticia que la Iglesia pregona a los cuatro vientos y por todas las edades, desde hace más dos mil años.

El primer día después del sábado, María Magdalena va al sepulcro y lo encuentra vacío. Su desilusión es inmensa. Corre al encuentro de Pedro y le dice: “Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo habrán puesto”. Pedro y Juan acuden al sepulcro y lo encuentran todo tal como María se lo ha contado. Y entonces es cuando creen, puesto que, precisamente al ver el sepulcro vacío, comprenden lo que el Señor les había dicho: “Él debía resucitar de entre los muertos”.

Sí, hermanos, nosotros creemos que Jesús ha resucitado. Este es el fundamento de nuestra fe y hoy, más que en otros momentos, lo celebramos solemnemente y con gran gozo. Fíjen­se en este cirio que esta noche hemos estrenado. Su luz es el símbolo de Jesucristo resuci­tado que quiere iluminar nuestra vida. Y también las flores y la luz y el agua. Hoy estamos rodeados de fiesta.    

Nosotros, que creemos en Jesús sentimos una gran alegría en nuestro interior porque cree­mos en Alguien que vive, que ha resucitado. La muerte no lo atrapó. Él es el vencedor de la muerte y del mal. El sepulcro no pudo retenerlo, porque el sepulcro es el lugar de los muertos.

Lo hemos escuchado en la primera lectura: “Nosotros somos testigos de cuanto Él hizo en Judea y en Jerusalén… hemos comido y bebido con Él después de su resurrección”. Los apóstoles anunciaban por todo el mundo la buena noticia de la resurrección de Jesús.

También nosotros hemos creído y creemos que Jesús ha resucitado. Y por eso creemos que también nosotros resucitaremos.

Esta fe nos ayuda a luchar por la vida y a amarla. Los cristianos debemos trabajar, por tanto, en todas las instituciones y grupos que quieren mejorar el mundo, tenemos que dar un alien­to a la vida y a la esperanza. Sí, la fe en Jesús nos ayuda a luchar contra el mal y el egoísmo.

Sí, ya es hora de cambiar. Con la fuerza de Jesús seremos más capaces de luchar contra el mal, de abandonar el egoísmo. El mensaje de la Palabra de Dios nos atrae: “Puesto que vosotros habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de arriba, donde está Cristo, sentado a la derecha de Dios. Poned todo el corazón en los bienes del cielo, no en los de la tierra”.

Los apóstoles tuvieron una experiencia única. Fueron testigos de la resurrección. Y esto los transformó. Ellos resucitaron con Cristo. Y desde entonces nada los detuvo.

Tenemos que ver más allá de nosotros mismos, debemos tener unas metas más elevadas, debemos mirar a lo alto. Y ello no para alejarnos de la realidad, sino todo lo contrario. Con esta fe y mirada profundas tendremos la fuerza necesaria para transformar la realidad.

La Pascua nos hace optimistas. Con frecuencia los defectos y las dificultades nos abruman, nos entristecen y nos envejecen. Sabemos que es difícil mejorar. Pero, sea cual sea nuestra edad, la Pascua nos invita a ser mejores, a dar muerte a nuestro pecado. a no dejarnos arrastrar por la rutina, a liberarnos de la tristeza… y nos dice que esto es posible.

La fiesta de Pascua es, por tanto una fiesta de optimismo. Jesús resucitado nos dice que podemos amar más, que podemos tener más gozo que podemos tener más paciencia, que podemos en una palabra, mejorar, porque hemos “resucitado con Cristo”.