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lunes, 26 de agosto de 2024

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen.

La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”. 

Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea.

La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción.  Si nos quedamos únicamente en la escucha y contemplación de la Palabra, se hace estéril e inútil.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía de los fariseos.

En todos los tiempos ha habido fariseos.  Hoy también podemos vivir un cristianismo superficial, de celebraciones sociales con agua bendita, de exterioridad. Por el contrario, Cristo exige un cristianismo que sea una verdadera respuesta personal a la llamada de Dios y a las necesidades de los hermanos.

No se puede, ni se debe, encerrar nuestra fe en una sacristía ni acallar con una novena; tiene que ir al fondo de la vida y dinamizar cada acción de quien se dice cristiano.

Ser discípulo no es llevar una medalla en el pecho ni exhibir un documento que nos acredite como cristianos; no es cumplir rituales ni ceremonias, es una vida interior.

No es posible decirse verdadero cristiano y desfalcar los fondos de la comunidad, jugar con la justicia, mentir descaradamente. No se puede decir que escuchamos el evangelio si después ponemos al dinero como nuestro dios, convivimos con la injusticia y entregamos al placer todos nuestros esfuerzos.

Nos equivocamos rotundamente cuando ponemos más atención a los comportamientos exteriores que al cuidado interior. 

Hoy Jesús nos dice que  hay que cuidar el interior, no lo superficial. Están bien todos los intentos de embellecer y dar su manita de gato con programas sociales, pero si no vamos al fondo, si no cambiamos las estructuras injustas, si no se cambia el corazón del hombre, todo queda en buenos deseos.

No habrá ninguna transformación y mejora social si antes no hay una conversión personal. ¡Qué importa vestir bonito cuando se tiene el corazón podrido!

Es falsa ilusión decir que estamos buscando una sociedad más justa y humana, si ninguno de nosotros estamos dispuestos a reconvertir y a cambiar el corazón, y seguimos aferrados a nuestras tradiciones y privilegios.

¿Influye el evangelio en cada momento de nuestra vida? ¿Es solamente una accesorio o brota desde nuestro interior? ¿Qué tendremos que cambiar?

lunes, 28 de agosto de 2023

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas.

Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar. 

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos exhorta a que nos ofrezcamos como “sacrificio vivo, santo, agradable a Dios”. 

El culto no es principalmente pedir a Dios, agradecer a Dios, alabar a Dios… aunque es cierto que con todo esto le rendimos culto. El culto consiste principalmente en ofrendar nuestro ser, nuestra vida, todo lo que somos y tenemos a Dios. Así seremos santos y agradables a Él, como nos dice San Pablo.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga.”  Al que se une a Jesús, Él le promete el descanso y el alivio en sus tareas.

Jesús nos habla en el evangelio de “negarse a sí mismo”, de “cargar la cruz”, de “perder la vida”. 

Años atrás se nos decía a los cristianos que habíamos venido a esta vida a sufrir.  Ahora, el hombre moderno huye de la cruz de Cristo, huye del sufrimiento.  Casi sin darnos cuenta, hemos construido una sociedad donde lo importante es “obtenerlo todo y ahora mismo”.

Tenemos una educación excesivamente permisiva, una falta casi total de autodisciplina. Uno de los rasgos más característicos de la sociedad actual es la incapacidad para el sufrimiento y la renuncia.

Nuestra civilización del confort y la comodidad no quiere oír ni entender que no puede construirse un verdadero hombre sin renuncia y esfuerzo. Una sociedad incapaz de “renunciar” es una sociedad que avanza hacia su propia descomposición.

Esto lo vemos en la educación de los hijos a los que se les quiere ahorrar el mínimo sufrimiento.  Esto es un gran error por parte de los papás.  Escuchamos a los hijos que cuando sus papás les piden algo, ellos contestan: “no tengo ganas”, “no me apetece”.

Hoy hay que enseñar a los hijos ejercicios de gimnasia de fuerza de voluntad para que aprendan “a hacer esto sin ganas porque es su obligación.  Me obligo a hacer aquella tarea, aunque no me apetezca, porque sé que es bueno para mí.  Más tarde haré aquello otro porque hará de mí una persona mucho más preparada”.  ¡Qué pena da, la imagen del niño consentido que siempre hace lo que quiere! ¡No llegará muy lejos en la vida!

Esta actitud de los hijos, es también la actitud de tantos cristianos, jóvenes y adultos, que, para justificar su falta de participación en la Eucaristía, dicen: es que no me apetece ir.  Participar en la Eucaristía no es cuestión de ganas o de gustos, sino de convicción.  ¿Qué pasaría si los papás dejaran de atender y alimentar a sus hijos cuando no tienen ganas de hacerlo?  ¿Qué pasaría si dejáramos de trabajar cuando no nos apetece?

Cuando cada uno va a lo suyo o quiere salir con la suya, la sociedad se convierte en un auténtico infierno. ¿Por qué rompen muchos matrimonios casi en sus mismos comienzos? Porque ninguno de los cónyuges ha aprendido a renunciar, buscan una felicidad barata y a costa del otro. El niño o joven consentido de hoy es el esposo y el padre frustrado y frustrante del mañana. Por eso, consentir a los hijos es prepararlos para la desventura.

Lo queramos o no, el hombre madura y crece, cuando sabe renunciar a la satisfacción inmediata y caprichosa de todos sus deseos en aras de una libertad, unos valores y una plenitud de vida más noble, digna y enriquecedora.

Recordemos hoy las palabras de Jesús en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga…  ¿de qué le servirá a un hombre ganar el mundo entero, si pierde su alma?

lunes, 23 de agosto de 2021

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

La 2ª lectura del apóstol Santiago invita a los creyentes a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Nuestra sociedad padece una superabundancia de palabras, y la palabra se ha desvalorizado. Nos habituamos a no tomar demasiado en serio las palabras que escuchamos y a no concederles crédito.

Es necesario que demos a la Palabra que Dios nos dirige un peso infinitamente superior al de las palabras sin sentido que todos los días llenan nuestros oídos y que intoxican nuestra mente.

La Palabra de Dios es Palabra generadora de vida, de eternidad, de felicidad; por eso, debe ser tan valorada por nosotros.

Nuestra religión, sin la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Dios, puede fácilmente convertirse en simple cumplimiento de ritos.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar.

Muchas personas se les ven también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios.

Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior.

Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar.

El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?

¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

lunes, 24 de agosto de 2020

XXII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A) 

Las lecturas de este domingo nos dicen que a veces es difícil ser cristiano por las incomprensiones que lleva consigo y porque si queremos ser seguidores de Dios al cien por cien, el camino es difícil porque hay que tomar la cruz para seguir a Cristo.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos hace ver que ser profeta no es una vocación fácil, cómoda y tranquila.  La historia de Jeremías, es la historia de todos aquellos a los que Dios llama a ser profetas. Ser profeta significa ser signo de Dios y de sus valores en este mundo y por lo tanto, el profeta tiene que enfrentarse a la injusticia, a la opresión, al pecado y cuestionar los intereses egoístas de los poderosos de este mundo; por eso el camino del profeta es un camino de críticas, calumnias, amenazas y mucho sufrimiento por ser fiel al encargo de Dios.

El que halaga a la gente dice a la gente lo que la gente quiere y les gusta escuchar aunque no sea verdad. Por eso este tipo de personas son bien acogidos y recibidos.  El profeta no puede halagar a un pueblo que se aparta de Dios.

Qué difícil es nadar contra corriente.  De igual forma, es arriesgado predicar lo que la gente no quiere oír, como también es una empresa difícil corregir los comportamientos o costumbres equivocadas de las personas.  Y esta es la misión ingrata, incómoda y llena de amargura del profeta.

Por ello, anunciar la Palabra de Dios, muchas veces, es ocasión de incomodidad hasta de sufrimiento.  Y sin embargo el profeta no puede callarse porque está seducido por Dios y por su proyecto de amor que no se puede silenciar.  Por eso Jeremías decía: “Me sedujiste Señor, y me dejé seducir”.  Que bella declaración de entrega y de fe hecha a un Dios que es amor y que al amor nos invita.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos dice que el culto que Dios quiere es el de nuestra vida, una vida vivida en amor, en servicio, en donación y en entrega a Dios y a los hermanos.

El cristiano es alguien que no pacta con un mundo que se construye al margen o contra los valores de Dios.  Como cristianos no podemos estar de acuerdo con la violencia como medio para resolver los problemas, ni con la mentalidad materialista de conseguir las cosas a cualquier precio, ni con las leyes neoliberales que crean cada vez más pobres, ni con una globalización que favorece a unos pocos y aumenta la miseria.

Por eso, San Pablo, hoy nos dice que nuestra vida ha de ser “limpia y ejemplar”, ajustándonos a lo que agrada a Dios.

En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos decía: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”. Al que se une a Jesús, Él le promete el descanso y el alivio en sus tareas.

Muchas veces hemos pensado que seguir a Cristo en serio, formar parte de sus seguidores de verdad es algo heroico y difícil; y es verdad, pero no del todo.

El seguir a Jesús así, no es heroico en el sentido de que haya que hacer grandes cosas, o incluso dar la vida por seguirlo, como los mártires.  No es ese el heroísmo que Dios nos pide hoy.  Pero sí es heroico en el sentido de que seguir a Jesús, ser cristiano, significa que en las pequeñas cosas de cada día tenemos que ir cumpliendo nuestro deber como cristianos, tenemos que realizar nuestras tareas cotidianas con responsabilidad y con esfuerzo.  Es decir, tenemos que ir dando poco a poco nuestra vida en esas tareas diarias.  Eso es seguir a Jesús.

Jesús, también nos dice hoy: “Venid a mi todos los que estáis cansados que yo os aliviaré”

Estas palabras de Jesús solemos tenerlas casi olvidadas.  Acudimos a Dios en momentos duros, pero no acudimos a Él para las tareas de cada día, aunque decimos que la vida es dura.  Debemos acudir a Él, no para dejar la tarea en sus manos, porque esa la debemos realizar nosotros, pero sí debemos acudir a Él para pedir apoyo y alegría.

Muchas veces cargamos con la cruz, con la tarea de cada día, pero queremos hacerlo solos; sin la ayuda de Dios ni de nadie.  El cristianismo es un estilo de vida y como tal debemos vivirla con la ayuda de Cristo y en grupo, como Él quiso.

Más de una vez hemos realizado los trabajos, las tareas de cada día entre varios, en grupos, ayudándonos unos a otros. Entonces nos hemos dado cuenta de que parece que el trabajo se multiplica y las tareas se hacen más llevaderas. La tarea se termina antes, y resulta más llevadera para todos.

Es lo que nos dice Jesús en el Evangelio: “Venid a Mí”, uníos los unos a los otros y el trabajo resultará más sencillo y no tan pesado. Uníos, ayudaos en las tareas de cada día en casa, entre vecinos, entre compañeros y la tarea no será tan pesada. Y esto es verdad, porque todos lo hemos experimentado alguna vez.

En esta Celebración de hoy vamos a aceptar esta enseñanza de Jesús, que es fácil de decir, y fácil de escuchar, pero nos cuesta ponerla en práctica.

Pero aunque nos cueste no vamos a dejar de intentarlo.  Tenemos la promesa de Jesús que nos ofrece su ayuda y el alivio en la tarea.