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martes, 30 de octubre de 2018

XXXI DOMINGO ORDINARIO
 
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XXXI DOMINGO ORDINARIO 
 
La celebración de este domingo es una invitación a que redescubramos qué es lo más importante en nuestra vida y en nuestra fe, porque quizás lo hemos olvidado y tenemos que saber qué es lo más importante para poder llevarlo a la práctica.
 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 
 
El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.
 
A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.
 
Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 
 
Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.
 
Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.
 
Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.
 
Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.
 
Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.
 
El evangelio de san Marcos nos dice hoy qué es lo central, lo primero y principal, lo fundamental para un cristiano.  Y Jesús nos dice que es el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.
 
Amar a Dios y al prójimo, a la vez, sin división, porque el amor al prójimo es prueba del amor que decimos profesar a Dios.   Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. 
 
Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor.  Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor... ¿qué es el amor?  ¿Cuál es el verdadero amor?  Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. 
 
Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos. Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general. Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación...  ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!
 
La solución hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo revelará a sus discípulos cómo tienen que amarse: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” les dirá.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás.  Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero.  Es como dar un cheque en blanco. 
 
Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera no es fácil.  Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.
 
Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón. 

martes, 23 de octubre de 2018

XXX DOMINGO ORDINARIO
 
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XXX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de este domingo son una invitación a que experimentemos en nosotros la salvación que Dios nos ofrece, como una cosa real y concreta, para que esa experiencia nos estimule a seguir mejor al Señor.
 

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre. A lo largo de nuestra vida, también experimentamos, como los israelitas, la experiencia de la esclavitud, de la dependencia, del miedo, de la desesperación, de la decepción.
 

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.
 

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.
 

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.
 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, presenta a Jesús como el sumo sacerdote que el Padre llamó y envió al mundo a fin de conducir a los hombres a la comunión con Dios.
 

Al presentar a Jesús como el sumo sacerdote, llamado por el Padre y enviado al mundo para liberar a los hombres del egoísmo y del pecado y para conducirlos a la comunión con Dios, el autor de la Carta a los Hebreos nos invita a contemplar la grandeza del amor que Dios nos ofrece.
 

Hay dos consecuencias, para nuestra vida concreta, que surgen de la segunda lectura.
 

La primera, nos lleva a la confianza y a la esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.
 

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a identificarnos con los sufrimientos y angustias, con las alegrías y esperanzas de cada hombre o mujer; nos invita a hacer lo que esté a nuestro alcance para promover a aquellos que son humillados, explotados, incomprendidos, situados al margen de la vida.
 

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.
 

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.
 

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 
 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.
 

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.
 

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!
 

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.
 

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver”.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.
 

“Maestro, que pueda ver”.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.
 

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha curado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza. 

martes, 16 de octubre de 2018

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos. Hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones (Domund), bajo el Lema: Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos.
 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.
 
Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.
 
 
En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza. 
 
 
Presentándonos la figura del “Siervo” insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios, la primera lectura nos recuerda que Dios, siguiendo su lógica viene, tantas veces, a nuestro encuentro en la pobreza, en la pequeñez, en la sencillez, en la fragilidad, en la debilidad. 
 
No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos. 
 
La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.
 
Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra pereza, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.
 
 
En el Evangelio de san Marcos, Jesús invita a los discípulos a no dejarse manipular por los sueños personales de ambición, grandeza, poder y dominio, sino a hacer de la vida un don de amor y de servicio.
 
Hoy, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.
 
Muchas veces, en las relaciones entre diferentes países se da una cierta tendencia de autoridad y de súbdito, de explotador y explotado.
El evangelio de hoy encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “ya sabéis que los jefes de las naciones las gobierna como si fueran sus dueños y los poderosos os oprimen”. 
Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.
 
Jesús nos propone un camino: “Pero no debe de ser así entre vosotros: el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder. Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.
 
“El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.
 
El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.
 
Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos.
 
El Santo Padre invita a todos los cristianos, especialmente a los jóvenes, a llevar el Evangelio hasta los confines de la tierra, testimoniando el amor de Dios
 
“Lo que me impulsa a hablar a todos,… es la certeza de que la fe cristiana permanece siempre joven cuando se abre a la misión que Cristo nos confía” señala Papa.
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

martes, 9 de octubre de 2018

XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre las elecciones que hacemos; nos recuerda que no siempre lo que reluce es oro y que es necesario, a veces, renunciar a ciertos valores perecederos, a fin de adquirir los valores de la vida verdadera y eterna.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar la verdadera sabiduría que es un don de Dios.
 
Los programas de estudio de los escolares y profesionales, son cada vez más duros, más exigentes. A los profesionales se les pide una mayor y mejor preparación para desempeñar debidamente su oficio.
 
La gente, por tanto, estudia más, está mejor preparada y sabe más. Pero hay una sabiduría que no se aprende en los libros, sino que viene de Dios; procede de un corazón recto y tiene su origen en la humildad del hombre y grandeza de Dios. De esta sabiduría nos habla la primera lectura de hoy.
 
Sabiduría es saborear la vida, es saber vivir en armonía con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. Ser sabio no equivale a ser un científico. La sabiduría es más un conocimiento de la vida, de Dios y de todo lo necesario para vivir bien y ser feliz. Sabiduría y felicidad van de la mano.
 
La sabiduría es lo máximo a lo que un ser humano puede aspirar. De nada vale todo el conocimiento científico, todas las riquezas del mundo, toda la fama y todo el poder, la salud y la belleza, si no se sabe vivir en armonía con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo, si no se aprende a amar, a disfrutar y a ser felices.
 
Quien quiera ser “sabio de verdad”, ha de ponerse a hablar con Dios y recibir de Él la Sabiduría como regalo que de Él procede. Quien se deje guiar por la luz de esta sabiduría, está en el camino de Dios.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.
 
La Palabra de Dios, es Dios mismo que nos habla, nos guía, nos alienta, nos anima y también nos juzga. 
 
La Palabra de Dios nos ayuda a discernir el bien y el mal y a realizar las opciones correctas. Cualquier persona que se acerque a la Palabra de Dios va a encontrar algo que le resulte interesante para su vida. Tenemos que descubrir la necesidad de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede aclarar nuestra vida, discernir nuestras intenciones, ayudarnos a crecer.
 
El Evangelio de San Marcos, nos hace ver lo que nos lleva a Dios y lo que nos aparta de Él.
 
Cuantas personas se pueden ver reflejadas en el evangelio de hoy, y no porque seamos jóvenes o ricos, sino porque este evangelio nos habla de las condiciones para seguir a Jesús.
 
Hay personas, que como este joven rico, tienen todo resuelto en la vida, tienen todo y pareciera que son felices.  Sin embargo, a pesar de que podemos tenerlo todo, nos sentimos vacíos, porque vemos que la vida es algo más que dinero o tener cosas.
 
Tenemos de todo, y sin embargo en el fondo de nosotros mismos sentimos que nos falta lo fundamental.  A veces por las noches, cuando estamos solos, cuando nos enfrentamos con la verdad de lo que somos y de nuestra vida, nosotros también a menudo nos sentimos vacíos. Nos damos cuenta que nada ni nadie acaba de llenarnos.  Y nos preguntamos: ¿es así la vida?  ¿Para esto hemos nacido?  Preguntas parecidas debió hacerse aquel joven, hasta que un día oyó decir que Jesús de Nazareth iba a pasar por allí. Y la pregunta del joven: Maestro, ¿qué puedo hacer para dar sentido a mi vida?, ¿Cómo puedo encontrar respuestas a estas preguntas?, ¿Dónde encontraré esa felicidad que busco?  Y Jesús se le queda mirando con cariño y le dice: “sólo te falta una cosa, vende lo que tienes, dale el dinero a los pobres y luego sígueme”    
 
El problema del joven rico fue que pensó más en lo que tenía que dejar que en lo que había encontrado.  Y lo que había encontrado era la amistad y el cariño de Jesús de Nazareth.  Pero aquel joven no supo verlo.
 
Como nosotros, muchas veces también Dios mismo, por medio de su Espíritu y de su Palabra, nos invita a eso, a vender lo que tenemos, a dárselo a los pobres y a seguirlo.   Pero nosotros inmediatamente nos echamos mano al bolsillo, nos entra un sudor frío, y acabamos aceptando que eso no va para con nosotros.  Y mientras tanto seguimos buscando y buscando, seguimos intentando llenar el vacío de nuestras vidas, sin decidirnos a entregarnos plenamente al Único que nos puede dar la vida verdadera y la felicidad eterna. 
 
Por eso hoy, ¿será verdad que la vida consiste en entregarla, en compartir lo que tengo?  ¿Por qué no voy yo a corresponder al amor que Dios me tiene?  ¿Seguiré confiando más en mi dinero y en mis cosas que en el Señor? ¿Y si es verdad que Jesús tiene razón? ¿Y si es verdad que yo también puedo encontrar la plenitud? 
 
Hermanos, dejemos que el Espíritu del Señor transforme nuestros corazones y nos haga gozar del Amor que Dios tiene por cada uno de nosotros.

martes, 2 de octubre de 2018

XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
Las lecturas de este domingo nos presentan el proyecto que Dios tiene para el hombre y la mujer.  Dios quiere que el hombre y la mujer formen una comunidad de amor estable e indisoluble que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.
 
“No es bueno que el hombre esté sólo”.  Estas palabras, dichas por Dios, nos hacen ver que el hombre ha sido creado como un ser social y no como un solitario.  Si queremos realizarnos como personas no lo podemos hacer siendo seres solitarios sino relacionándonos con los demás.
 
La persona solitaria es aquella que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, que es profundamente infeliz y difícilmente conocerá la felicidad plena.
 
Hay personas que se preocupan sólo por hacer dinero, por realizarse en su trabajo, por el éxito y para ello renuncian al amor, a tener una familia, a no tener tiempo para los amigos.  Y un día, después de haber acumulado mucho dinero o haber llegado a ser administrador de una empresa o haber obtenido la fama, se dan cuentan que están solos y que su vida ha sido una vida estéril y vacía.
 
La vocación del ser humano es el amor, no la soledad.  Por ello Dios creó al hombre y a la mujer y los creó iguales en dignidad.  Hombre y mujer son iguales; se complementan uno al otro y se ayudan mutuamente.  Hombre y mujer son iguales por eso el hombre y la mujer tienen que respetarse mutuamente y se debe desterrar por completo cualquier actitud que signifique dominación, esclavitud, poder de uno sobre el otro.  La relación entre el hombre y mujer debe ser desde la igualdad.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.
 
Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.
 
Sin embargo, cuando escuchamos a acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.
 
El Evangelio de san Marcos, nos presenta el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer que se aman: el sacramento del matrimonio.
El amor de un hombre y una mujer que son bendecidos por el sacramento del matrimonio tiene que ser un amor eterno e indestructible, como reflejo del amor de Dios por nosotros.
 
El sacramento del matrimonio pide unidad, indisolubilidad y procreación.
 
Igual que el oxígeno y el hidrógeno forman el agua tan necesaria para la vida, el hombre y la mujer, unidos en matrimonio forman una unidad especial para la sociedad.  El matrimonio cristiano no es un contrato sino un sacramento.
 
El matrimonio cristiano es indisoluble, no se puede disolver: “lo que Dios ha unido no lo separa el hombre”. 
 
La Iglesia sólo admite la nulidad, es decir, que aunque pareciera que hubo sacramento, pero hubo engaño o falta de libertad y no se dio el sacramento.  La Iglesia admite también la separación, es decir, que cada una de las partes se vaya a vivir por separado para salvar las dificultades de la convivencia.
 
Fruto del amor son los hijos.  Desde la paternidad responsable, los esposos deben decidir en conciencia cuantos hijos deben tener, los que responsablemente puedan educar.
 
La Iglesia sigue diciendo hoy que para los matrimonios cristianos, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y fácil para resolver los problemas de los matrimonios.
 
Ahora bien, cuando no hay otro camino, otra solución que el divorcio, también hemos de tener en cuenta que por ser divorciados no han sido expulsados de la Iglesia.  Los divorciados forman parte de la Iglesia, tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, a asistir a misa, a colaborar en la Iglesia y a recibir la ayuda que necesiten para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.
 
El divorcio es un mal y no está de acuerdo con el plan de Dios, pero las raíces que llegan a ese mal, están en un mal de fondo: la falta de amor verdadero a la hora de casarse y la falta de madurez humana para dar ese importante paso.
 
Pidamos al Señor que renueve en todos los que están casados el compromiso matrimonial que un día expresaron ante Dios y ante la Iglesia.