Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta XXX domingo ordinario. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta XXX domingo ordinario. Mostrar todas las entradas

lunes, 20 de octubre de 2025

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico  define a Dios como a un “juez justo”, que no se deja sobornar por las ofrendas de los poderosos que practican la injusticia con el prójimo.

Qué necesitados estamos de justicia, qué necesitados estamos de imparcialidad. Fácilmente somos juzgados con ligereza, con falta de rectitud. Se interpretan mal nuestras acciones, o no se aprecian en su debido valor.

Cuántos inocentes que son condenados y cuántos culpables que son absueltos. Y cuánto héroe desconocido, cuánto sacrificio oculto, cuánto genio incomprendido, cuanto santo menospreciado. Por eso consuela el pensar que Dios es justo e imparcial, un juez inteligente que no se deja llevar de las apariencias, que mide con exactitud las intenciones…

Cuántos que brillaron en la tierra quedarán apagados en el más allá. Y por el contrario, muchos que aquí pasaron desapercibidos brillarán eternamente como estrellas de primera magnitud… Esta realidad nos ha de mover a vivir de cara a Dios, libres del aplauso de los hombres, conscientes de que el juicio que realmente cuenta, el que será definitivo, no es el juicio de los hombres, sino el juicio de Dios.

Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.

Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.

Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, pero desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador  y se arrepiente ante Dios.

Hoy sigue habiendo fariseos.  Fariseo es aquel que se cree satisfecho de sí mismo y seguro de su valer.  Es el hombre que cree tener siempre la razón.  Es el que cree poseer en exclusividad la verdad y por eso juzga y condena a los demás.

El fariseo cree que no tiene que cambiar, no se arrepiente de nada, no se corrige. No se siente cómplice de ninguna injusticia. Por eso, exige siempre a los demás cambiar, renovarse y ser más justos, pero siempre los otros, él nunca.

Quizá sea éste uno de los males más graves de nuestra sociedad. Queremos cambiar las cosas. Lograr una sociedad más pacífica, más humana y más habitable. Queremos transformar la historia de los hombres y hacerla mejor. Pero, creemos que podemos cambiar la sociedad sin cambiar ninguno de nosotros, sin revisarnos ni corregir nada de cada uno de nosotros mismos.

Queremos paz y reconciliación y va creciendo en nosotros la actitud de resaltar los errores y defectos de los demás, olvidando u ocultando los propios y eso no es sólo cosa que hacen los políticos.

Queremos proclamar y defender la verdad y nuestras conversaciones están llenas de mentiras y palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño.

Queremos una familia unida y en nuestras relaciones familiares no somos capaces de acercarnos unos a otros, de escucharnos, de respetarnos, de dialogar.

Todos podemos actuar como esos grupos a los que Jesús critica en su parábola porque “teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”.

Todos somos pecadores, aunque sólo sea por nuestra pasividad o por nuestra indiferencia. Y todos debemos decir como el publicano: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’”

lunes, 21 de octubre de 2024

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de hoy nos invitan a la esperanza y a la alegría, a pesar de los males que nos pueden afectar, personal y comunitariamente.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta.

Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

De esta lectura podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestras fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: Maestro, que pueda ver.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.

Maestro, que pueda ver.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha salvado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza.

lunes, 23 de octubre de 2023

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.

Hay que amar al Señor durante toda la vida, pero hay que amar al prójimo también con corazón sincero. 

El amor a Dios y al prójimo hay que expresarlo con todas las facultades del hombre: corazón, alma, ser.  Hay que amar a Dios y al prójimo en plenitud.  Por lo tanto lo que no te gusta a ti, no se lo hagas al prójimo.  Hay que amar al prójimo como a uno mismo.

Pero no olvidemos esto que Jesús nos dice amar al prójimo como a ti mismo.  Hay un deber de amarnos a nosotros mismos, esto no quiere decir ser egoísta.  Hay que aceptarse a uno mismo, amarse a uno mismo para poder amar a los demás.  Yo creo que muchos cristianos son incapaces de amar y aceptar a los demás, porque son incapaces de amarse y aceptarse a sí mismos.

Hay que aprender a amar y esto sólo lo haremos si empezamos amándonos.  El amor al prójimo es la medida para amar a Dios.

¿Y quién es mi prójimo?  Los que me caen bien y los que me caen mal, todos son mis prójimos.

Un día Jesús dijo: “Amaos los unos a los otros”  y nosotros hemos entendido: “Armaos los unos contra los otros”.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.  Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.

lunes, 17 de octubre de 2022

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.

La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.

Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.

Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.

Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.

No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.

La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.

Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.

Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios.

El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.

Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.

Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.

Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.

El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás.

El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.

Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.

Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo.

Celebramos hoy la Jornada Mundial de las Misiones, el «Domingo Mundial de la Propagación de la Fe», el Domund. Esta Jornada nos recuerda que la misión de Cristo, confiada a la Iglesia, está aún lejos de cumplirse y que debemos comprometernos con todas nuestras energías en esta tarea, porque a cada uno de nosotros se nos ha dicho: “Seréis mis testigos”

La Jornada del Domund que hoy celebramos nos invita a sostener la misión y a los misioneros con nuestra oración y también con nuestra cooperación económica. Llega el momento de la colecta. Recordemos que nuestra generosidad es otra forma de ser testigos y que nuestra aportación colabora de forma eficaz para que el Evangelio sea predicado “hasta los confines de la tierra”

lunes, 18 de octubre de 2021

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la preocupación que Dios tiene porque el hombre encuentre la vida verdadera y nos señala el camino que es necesario seguir para alcanzar esa meta.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta al profeta invitando a los judíos que sufrían en el destierro una situación desesperada, a tener ánimo, porque Dios los quería liberar.

El Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la primera lectura nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera. Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

Jesús, al asumir nuestra humanidad, experimentó nuestra fragilidad, nuestra debilidad; se hizo tan humano, que es capaz de comprender nuestros errores y fallos y mirarnos con ojos de bondad y misericordia.  De esta manera de mirarnos Jesús, podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba el episodio del ciego Bartimeo. 

El ciego está “sentado, al borde del camino, pidiendo limosna”. Esto indica una situación de marginación y exclusión y cierta pasividad. Lo único especial es que el ciego conoce su situación y quiere salir de ella, por lo que suplica: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Esta situación quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Conocida la realidad de nuestro mundo, viene otro momento importante del proceso de la fe: los intermediarios. Normalmente todos debemos nuestra fe al ejemplo de alguna persona, a la educación de alguien… En el pasaje del evangelio los intermediarios entre Jesús y el ciego tienen una doble actitud. Por un lado, le regañan para que no moleste a Jesús; por otro lado, le dicen: “Ánimo, levántate que te llama”. Todos nosotros podemos ser intermediarios en el proceso de la fe de nuestros hermanos. Y podemos ser un obstáculo o una ayuda. Ojalá que no seamos un impedimento para nadie en su fe. Pero el papel del intermediario es mediar y desaparecer, porque después viene lo que es realmente importante en el proceso de la fe: la relación personal con Jesús.

El ciego da un salto, deja el manto y se acerca a Jesús. “¿Qué quieres que te haga?… que recobre la vista… Anda, tu fe te ha salvado”. Lo importante es que el ciego y Jesús tienen un encuentro personal en el que el ciego expresa lo que desea y Jesús lo libera del mal que le entristece. En el proceso de la fe, lo importante es el encuentro personal con Jesús.

¿Cómo se puede ser cristiano, por la fuerza de la costumbre o ciertas tradiciones, sin experimentar esta relación personal con Dios en la oración y en los sacramentos?

Después del encuentro, viene el seguimiento: “Y lo seguía por el camino”. Si uno de verdad se ha encontrado con Dios, su vida se transforma; comienza a seguir a Jesús; es decir a identificarse con su mensaje, con sus valores, con su modo de entender la vida y su modo de vivirla. ¡Cuántos cristianos, bautizados, no han llegado a este nivel en el proceso de su fe!

El seguimiento de Jesús tiene un proceso y un momento importante de este proceso es la relación personal con Jesús, en la que uno tiene que experimentar cómo Dios lo cura de sus pecados, de su ceguera, lo libera.

El mal del que Jesús nos quiere curar quizá no sea nuestra ceguera, físicamente hablando, sino la ceguera espiritual. No hay mayor ceguera que la obstinación, la cerrazón, la cabezonería, en lo que uno piensa acerca de Dios y de los demás. También nosotros podemos estar ciegos en este sentido. Nuestro modo de concebir a Dios, a la Iglesia, puede ser un obstáculo para descubrir la novedad del mensaje del Evangelio. Por eso debemos hacer nuestra la petición del ciego: “Maestro, que pueda ver”.

Que seamos conscientes de que nuestra fe tiene un proceso, unas etapas. Que lleguemos al final de ese proceso, al seguimiento e imitación de Jesús.

lunes, 19 de octubre de 2020

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos.  

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata.  

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados. 

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados?  

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús. 

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios.  

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios. 

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan. 

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás. 

El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos. 

Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llaman autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo. 

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios. 

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene. 

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales. 

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.


martes, 22 de octubre de 2019

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.
 
La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.
 
Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.
 
Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.
 
Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.
 
No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.
 
Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.
 
Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.
 
En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios. 
El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.
 
Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.
 
Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.
 
Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.
 
El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás. 
El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.
 
Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.
 
Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo. 

martes, 23 de octubre de 2018

XXX DOMINGO ORDINARIO
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

XXX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de este domingo son una invitación a que experimentemos en nosotros la salvación que Dios nos ofrece, como una cosa real y concreta, para que esa experiencia nos estimule a seguir mejor al Señor.
 

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre. A lo largo de nuestra vida, también experimentamos, como los israelitas, la experiencia de la esclavitud, de la dependencia, del miedo, de la desesperación, de la decepción.
 

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.
 

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.
 

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.
 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, presenta a Jesús como el sumo sacerdote que el Padre llamó y envió al mundo a fin de conducir a los hombres a la comunión con Dios.
 

Al presentar a Jesús como el sumo sacerdote, llamado por el Padre y enviado al mundo para liberar a los hombres del egoísmo y del pecado y para conducirlos a la comunión con Dios, el autor de la Carta a los Hebreos nos invita a contemplar la grandeza del amor que Dios nos ofrece.
 

Hay dos consecuencias, para nuestra vida concreta, que surgen de la segunda lectura.
 

La primera, nos lleva a la confianza y a la esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.
 

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a identificarnos con los sufrimientos y angustias, con las alegrías y esperanzas de cada hombre o mujer; nos invita a hacer lo que esté a nuestro alcance para promover a aquellos que son humillados, explotados, incomprendidos, situados al margen de la vida.
 

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.
 

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.
 

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 
 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.
 

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.
 

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!
 

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.
 

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver”.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.
 

“Maestro, que pueda ver”.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.
 

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha curado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza.