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martes, 13 de noviembre de 2018

XXXIII DOMINGO ORDINARIO
 
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XXXIII DOMINGO ORDINARIO
 

En estos domingos finales del año litúrgico, las lecturas nos invitan a echar una mirada a nuestra vida, a mirar al futuro que a todos nos aguarda.  El próximo domingo terminaremos el año litúrgico, y es bueno que reflexionemos sobre la vida de aquí y la vida del más allá.

La 1ª lectura del libro del profeta Daniel nos muestra al pueblo judío que no goza de paz porque está siendo perseguido y en estas circunstancias el profeta Daniel les anuncia que Dios va a intervenir para liberar al pueblo fiel.  Hay que mantener la fe y la esperanza, hay que ser fieles a Dios, a pesar de las persecuciones y de las pruebas, ya que la fidelidad a Dios será recompensada con la vida eterna.
 
Hay personas, hoy en día, que son “perseguidos” por ser fieles a los valores cristianos, y si acaso no son perseguidos sangrientamente, sí, muchas veces no son tomadas en cuentas estas personas o son motivo de risa, de marginación o de rechazo.
 
La lectura de hoy nos dice que Dios no abandona a aquellas personas que le son fieles y que la victoria final será para aquellos que se mantienen fieles a Dios y que siguen su camino.
 
Hoy, hay personas que por conveniencias políticas o sociales, por imposiciones de la moda dejan de lado los valores cristianos y su fidelidad a Dios.  Por ello, el profeta Daniel nos invita a no dejarnos deslumbrar por los antivalores que nos presenta nuestro mundo, sobre todo, que no nos dejemos llevar por esos antivalores que ponen en riesgo los valores morales más importantes de nuestra vida cristiana.
 
Como cristianos, no podemos dejarnos llevar por las modas o por intereses y olvidarnos de las exigencias fundamentales de nuestra fe, sino que tenemos, en diálogo constante con el mundo, dar testimonio de los valores de Dios.
 
En esta batalla diaria entre vivir de acuerdo a los valores de Dios o vivir de acuerdo a los antivalores que nos presenta nuestro mundo, tenemos que ser muy conscientes que Dios no nos va a abandonar y que el justo, es decir, el que ha permanecido fiel a Dios despertará para la vida eterna; los otros, los que no han sido fieles a Dios despertarán para la agonía perpetua.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.
 
Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos puede apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.
 
Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.
 
El Evangelio de san Marcos, nos presenta a Jesús garantizándonos que, en el futuro, en una fecha sin determinar, el mundo viejo del egoísmo y del pecado se acabará y en su lugar, Dios va a hacer aparecer un mundo nuevo, de vida y de fidelidad sin fin.  Esta es la gran promesa que Dios nos hace: una Tierra nueva y un Cielo nuevo.
 
El futuro que Jesús nos promete se está llevando a cabo ya en el presente.  Cada uno de nosotros, con lo que hacemos hoy y como vivimos hoy, nos estamos forjando ese futuro. 
 
Dios nos invita a colaborar con Él para que el Reino de la paz, de la justicia y de la libertad se haga realidad lo más pronto posible.  Dios nos recuerda también hoy que a pesar de nuestras injusticias y egoísmos, al final el triunfo del bien y del amor están asegurados.
 
A nosotros nos toca decidirnos ya desde ahora a colaborar para que esa Tierra Nueva y esos Cielos Nuevos se hagan realidad lo antes posible; o podemos también ser un obstáculo para que el Reino de Dios se haga presente en nuestro mundo.
 
Claro, que, cuando uno ve las noticias de guerras, catástrofes, muertes, corrupción e insolidaridad, quizás pensemos que es difícil que el Reino de Dios llegue a este mundo, pero la realidad es que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, como una semilla, pero ya es una realidad.  A nosotros nos toca colaborar a que esa semilla crezca y se instaure el Reino de Dios en el mundo.
 
El Evangelio nos invita a saber leer los signos de los tiempos, es decir, a ver en todos aquellos gestos de solidaridad, la llegada del Reino de Dios.  También hemos de ver la llegada del Reino de Dios en los avances por la dignidad del ser humano, de la democracia, en el cuidado de nuestro planeta, en la tolerancia y el respeto por ideas y formas de pensar diferentes.  En todo esto está actuando la semilla del Reino de Dios.
 
A pesar de que, a veces, hay retrocesos, egoísmos personales y sociales, la humanidad avanza hacia ese futuro, hacia ese hombre nuevo, hacia esa Tierra Nueva y ese Cielo Nuevo.
 
Es tiempo de decidirnos: colaborar con Dios o ser un obstáculo a sus planes.
 
 
 
 
 
 

 

martes, 6 de noviembre de 2018

XXXII DOMINGO ORDINARIO
 
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XXXII DOMINGO ORDINARIO
 
 
Las lecturas de este domingo son una invitación a que seamos auténticos, coherentes, personas con una vida interior.  Podemos vivir una vida de apariencias, preocupados por lo que piense la gente, o podemos vivir una vida auténtica, llena de riqueza interior.
 
La 1ª lectura del primer libro de los Reyes nos ofrece el ejemplo de una viuda pobre, sin recursos, sin lo indispensable para comer, pero con una inmensa confianza en Dios.
 
La historia de esta viuda que reparte con el profeta Elías el poco alimento que tiene, nos dice y nos garantiza que la generosidad, el compartir y el ser solidarios no empobrece, sino que nos da vida y vida en abundancia.
 
No podemos vivir una vida de egoísmo, de estar acumulando y guardando y olvidarnos de tantas veces que Dios nos llama a compartir y a ser solidarios con nuestros hermanos más necesitados.
 
Cuando compartimos, con generosidad y amor, aquello que Dios puso a nuestra disposición, no nos hacemos más pobres.  Hay un dicho que ha sido probado un millón de veces: “el dar jamás ha empobrecido a nadie”.  Los bienes compartidos se convierten en fuente de vida y de bendición para nosotros y para todos aquellos que de esos bienes se benefician.
 
Hoy en día, se oye decir que “no me fío de esta o aquella persona”.  No confiamos en las personas porque muchas veces nos han defraudado.  Y esta manera de pensar pareciera que también se la aplicamos a Dios porque confiamos más en las cosas o en nuestras fuerzas que en el mismo Dios.  Solemos decir que con dinero, con influencias, se arreglan todas las cosas y se abren todas las puertas.  Sin embargo, Dios no piensa así.  Dios nos pide lo que tenemos, sea poco o mucho y Él nos da esperanza y plenitud de vida. Si hacemos como esta viuda y confiamos en Dios, Dios nos recompensará con el pan y el aceite que necesitamos para vivir y que jamás se nos acabarán.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos ofrece el ejemplo de Cristo que entregó su vida, lo máximo que uno puede dar, a favor de los hombres.
 
Dios quiere y espera de cada uno de nosotros, más que dinero u otros bienes materiales, que nos pongamos a su servicio, que trabajemos para que todos los hombres se salven, para mejora este mundo.
 
Tenemos que ser uno con Cristo, y esto significa, vivir día a día como Jesús: haciendo de nuestra vida una entrega de amor a los hermanos; luchando contra todas las estructuras que generan injusticias y pecado; participando y colaborando con Cristo para eliminar el pecado del mundo.
 
¡Dios mismo murió por nosotros! ¡Dios mismo lo dio todo por cada uno de nosotros! Si Dios mismo lo dio todo por nosotros, ya no debemos tener miedo de darlo todo por Dios y su Hijo.
 
El Evangelio de san Marcos nos pone el ejemplo de la generosidad humilde de una pobre viuda.
 
Los seres humanos miramos más las apariencias que lo que realmente son las personas, pero Dios mira el corazón.  Para Dios la generosidad de esta viuda no se mira por la cantidad que dio –dos moneditas de poco valor– sino por el desprendimiento que tenía de todo lo que poseía.
 
El valor de una ofrenda no se mide por su cantidad, sino por su relación con lo que tenemos. Da más no quien deposita más, sino quien queda privado de más según su capacidad y posibilidad.
 
Lo fundamental en una ofrenda es su calidad, y ésta se mide por la renuncia que lleva implícita. Para muchas personas la limosna es simplemente dar esa moneda que nada significa para nosotros, esa moneda que nos pesa en el bolsillo.
 
El evangelio de hoy denuncia éste tipo de limosna como hipócrita y corrompida. Y en este sentido se puede afirmar que el cristiano no debe dar limosnas, sino que debe darse a sí mismo, todo entero, por los demás. Por otra parte, suele ser una excusa muy común el decir que no damos “porque no nos sobra dinero, no nos sobra tiempo”, etc. San Marcos nos hace descubrir que, ayer como hoy, los que dan son aquellos que en realidad carecen de dinero y de tiempo. Dar no es un problema de cantidad sino de generosidad.
 
¿Somos personas generosas con las necesidades de los demás o somos egoístas? ¿Cuáles son las excusas que tenemos para dar solamente lo que nos sobra?
 
El valor de las cosas no depende de su tamaño, ni de su brillo, ni del ruido que producen, se mide por la generosidad que las acompaña, la viuda dio todo, los otros las sobras.
 
Que la Eucaristía sea lo que fue para Cristo: un darnos todo a todos.
 

miércoles, 31 de octubre de 2018

TODOS LOS SANTOS
 
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TODOS LOS SANTOS
 
Hay 3 tipos de santos: los canonizados, es decir, los inscritos en la lista de la Iglesia, oficialmente proclamados como tales; a lo largo del año litúrgico vamos celebrando sus fiestas; están también los santos no canonizados, pero no por eso menos santos; son todos aquellos que gozan de la compañía de Dios, aunque no se les haya reconocido oficialmente esa condición de santidad; y están los “santos en curso”, es decir, nosotros, los que hemos aceptado la fe y nos esforzamos por vivir en coherencia con esa fe. 
 

Hoy celebramos a todos los santos, no solo a los que están en nuestras listas oficiales sino a los que están en las listas de Dios, que son muchísimos. Son nuestros hermanos, los mejores hijos de la Iglesia. En ellos encontramos ejemplo y ayuda para nuestra debilidad. 
 
Hoy nos alegramos porque una multitud de hermanos nuestros participan de la felicidad de Dios, esa felicidad que todos buscamos mientras vivimos peregrinando en este mundo.
 
Los Santos no han sido ángeles y héroes de otro planeta, son “nuestros hermanos”, personas que han vivido este nuestro mundo. Fueron hombres y mujeres de nuestra misma carne y sangre, con las mismas luchas y contradicciones que nos acompañan en muestra luchas, necesidades y contradicciones, como seres humanos. Poco ayudados generalmente como nosotros por el ambiente, pero han amado, se han esforzado y han realizado en sus vidas el proyecto de vida de Cristo.
 
Los santos son aquellas personas que la Iglesia hoy propone como modelo porque de una manera heroica y constante lucharon para que la Gracia triunfara en su ser y en su obrar.
 
Los Santos han respondido positivamente al llamamiento del Señor a vivir la santidad. Esta llamada está dirigida a todo el mundo. Todos somos llamados a la santidad, es una llamada universal.
 
Pero ¿Qué es la santidad?  Santidad no es una palabra rara.  Santidad es sencillamente vivir y actuar en Gracia de Dios.  Esto quiere decir que debemos borrar, eliminar el pecado en nuestra vida.  La gracia es la luz, el pecado es la tiniebla.  En segundo lugar la Gracia nos hace amigos de Dios, atrayendo hacia nosotros todas las bendiciones de Dios.
 
Los santos han sabido reconocer que son pecadores, pero esto no les ha impedido pedir perdón a Dios y reconocer la misericordia de Dios con el pecador arrepentido.
 
Ellos, los Santos, se han alimentado asiduamente de la palabra de Dios y del Pan de Vida Cuerpo y Sangre de Cristo, ellos han sido fieles a la Iglesia, ellos han sufrido también muchas tribulaciones pero sin perder la alegría del corazón y con la esperanza puesta siempre en Dios, ellos han sabido decir siempre sí a la voluntad de Dios.
 
Ellos impulsados por el Espíritu del Señor han buscado a Dios con el corazón sincero que es el sentido de la vida y se han dejado encontrar por Dios, por el Dios de Jesucristo, Dios que es amor, ellos han hecho un seguimiento firme, decidido, valiente de Jesucristo y han vivido heroicamente las virtudes cristianas, ellos hechos de barro como nosotros han comprendido el misterio del amor de Dios revelado en Jesucristo y han respondido a su llamamiento con verdadera conversión de corazón.
 
Ellos fueron felices porque en el camino de esta vida hacían el esfuerzo con la gracia de Dios de configurarse cada día más y más a la imagen de nuestro Señor Jesucristo verdadero modelo de santidad y de vida por esto estaban siempre alegres, contentos, felices porque vivían una vida con Cristo en Dios.
 
Ellos son santos porque vivieron el amor, porque creyeron en el amor.  Dios nos ama por igual a todos, pero no todas las personas saben reconocer ese amor de Dios de la misma manera; no todos son conscientes de ese amor y no todos responden al amor de Dios con la misma intensidad.  Ellos son santos porque vivieron el amor a Dios de una manera real e intensa y se esforzaron por ir perfeccionando día a día la vivencia de ese amor.
 
Alegrémonos, pues, hoy, por todos esos hermanos nuestros que ya gozan de la presencia de Dios; que rueguen por nosotros para que también nosotros podamos gozar un día de la presencia de Dios con todos ellos y sobre todo no nos olvidemos que a todos nos llama Dios a la santidad, a ser felices por el camino de la Gracia y del amor a Dios y a nuestros hermanos.
 
 
 
 
 

 

martes, 30 de octubre de 2018

XXXI DOMINGO ORDINARIO
 
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XXXI DOMINGO ORDINARIO 
 
La celebración de este domingo es una invitación a que redescubramos qué es lo más importante en nuestra vida y en nuestra fe, porque quizás lo hemos olvidado y tenemos que saber qué es lo más importante para poder llevarlo a la práctica.
 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 
 
El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.
 
A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.
 
Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 
 
Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.
 
Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.
 
Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.
 
Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.
 
Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.
 
El evangelio de san Marcos nos dice hoy qué es lo central, lo primero y principal, lo fundamental para un cristiano.  Y Jesús nos dice que es el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.
 
Amar a Dios y al prójimo, a la vez, sin división, porque el amor al prójimo es prueba del amor que decimos profesar a Dios.   Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. 
 
Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor.  Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor... ¿qué es el amor?  ¿Cuál es el verdadero amor?  Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. 
 
Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos. Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general. Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación...  ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!
 
La solución hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo revelará a sus discípulos cómo tienen que amarse: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” les dirá.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás.  Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero.  Es como dar un cheque en blanco. 
 
Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera no es fácil.  Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.
 
Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón. 

martes, 23 de octubre de 2018

XXX DOMINGO ORDINARIO
 
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XXX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de este domingo son una invitación a que experimentemos en nosotros la salvación que Dios nos ofrece, como una cosa real y concreta, para que esa experiencia nos estimule a seguir mejor al Señor.
 

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos dice que el Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre. A lo largo de nuestra vida, también experimentamos, como los israelitas, la experiencia de la esclavitud, de la dependencia, del miedo, de la desesperación, de la decepción.
 

La primera lectura nos garantiza que no estamos solos frente a los dramas y sufrimientos; Dios va a nuestro lado y, con amor de Padre, cuida de nosotros, nos da la mano, nos conduce al encuentro de la vida eterna y verdadera.  A nosotros nos queda reconocer su presencia (a veces tan discreta que no la notamos) y, con humildad y sencillez, aceptar su amor.
 

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, los crímenes contra el medio ambiente, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, los valores efímeros, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la Palabra de Dios que hoy se nos propone nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera.
 

Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.
 

La 2ª lectura, de la carta a los Hebreos, presenta a Jesús como el sumo sacerdote que el Padre llamó y envió al mundo a fin de conducir a los hombres a la comunión con Dios.
 

Al presentar a Jesús como el sumo sacerdote, llamado por el Padre y enviado al mundo para liberar a los hombres del egoísmo y del pecado y para conducirlos a la comunión con Dios, el autor de la Carta a los Hebreos nos invita a contemplar la grandeza del amor que Dios nos ofrece.
 

Hay dos consecuencias, para nuestra vida concreta, que surgen de la segunda lectura.
 

La primera, nos lleva a la confianza y a la esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.
 

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a identificarnos con los sufrimientos y angustias, con las alegrías y esperanzas de cada hombre o mujer; nos invita a hacer lo que esté a nuestro alcance para promover a aquellos que son humillados, explotados, incomprendidos, situados al margen de la vida.
 

El Evangelio de San Marcos nos presenta el episodio del ciego Bartimeo.
 

Bartimeo representa la marginación a la que una sociedad puede llegar a someter a un ser humano.  Bartimeo es para nosotros hoy la imagen de la desesperanza.
 

La desesperanza del que se da por vencido, del que ya no cree en nada ni en nadie, del que ha perdido la ilusión, del que ha sido tan golpeado por los demás o por la enfermedad que sólo quiere que lo dejen en paz. 
 

Desesperanza de muchas personas que se sientan cada día delante de la televisión para ver pasar la vida de otros, vidas engañosamente felices, de ricos, artistas, famosos y todo para conseguir que por un momento olvidemos la mediocridad de nuestras vidas.
 

Hoy nosotros estamos llamados a levantar a tanta gente que vive así: una vida de marginación.  Tenemos la misión de hacer levantar a la humanidad y llevarla hasta Jesús.  Porque hay mucha gente que se encuentra al borde del camino.
 

Al borde del camino quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!
 

Al borde del camino de la vida hay mucha gente que no puede disfrutar de la vida porque están marginados o son pobres; hay jóvenes que no saben vivir porque creen que la vida se vive al margen de Dios; hay gente que anda viviendo una vida sin sentido porque no ven el camino, pues le dieron todos los medios para vivir, pero no les dieron lo más importante: razones para vivir.  Hay tanta gente que son pobres de cariño, de esperanza, de ilusiones.  Y todas estas personas tienden su mano y nos gritan para que los escuchemos y les tendamos nuestra mano para ayudarlos.
 

Pidámosle hoy nosotros a Jesús, como el ciego Bartimeo: “Maestro, que pueda ver”.  Que podamos ver que nuestro mundo no es sólo esas tristes noticias que a diario vemos en los medos de comunicación; también hay muchas personas cuyas vidas son un proyecto de amor, bondad y servicio, aunque esto no sea noticia.
 

“Maestro, que pueda ver”.  Que pueda ver no sólo los defectos de los demás sino sobre todo las buenas cualidades, valores y virtudes de las personas con los que convivimos y tenemos que hacerlas felices.
 

Y que Jesús nos responda: “Anda, tú fe te ha curado” y que al momento recobremos la vista y lo sigamos por el camino con un nuevo rayo de luz, de ilusión y de esperanza.