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lunes, 17 de julio de 2023

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una llamada de atención para que no nos olvidemos que Dios siempre nos ofrece la oportunidad para cambiar porque Él es paciente con nosotros.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos enseña que Dios, pudiendo condenar nuestra maldad, siempre está dispuesto a perdonarnos, ofreciéndonos el camino de la conversión. Nosotros, juzgamos a los hombres y sin embargo Dios siempre nos da una oportunidad para el arrepentimiento. ¡Qué manera tan distinta la actuación de Dios y la nuestra!

Dios no quiere la muerte del pecador, sino su conversión; Dios ama a todos los hombres que ha creado, incluso a aquellos que hacen el mal.

Además, todos somos pecadores, pero nuestros fallos y caídas no han de alejarnos de Dios, sino que nos deben servir para acudir, como hijos débiles al abrazo de Dios nuestro Padre, que siempre espera nuestro arrepentimiento. El mayor pecado del hombre es desconfiar del amor y del perdón de Dios. Sentirse amados y perdonados por Dios es el comienzo de una vida nueva que nos ha de llevar a sentir compresión por aquellos que optar por vivir injustamente.

La 2ª lectura, de san Pablo a los romano, señala de otra forma, la bondad y la misericordia de Dios, al afirmar que el Espíritu Santo nos ayuda en nuestras fragilidades y nos guía por buen camino.

Tenemos que tomar conciencia del amor que Dios nos tiene y que lo que desea es salvarnos y que nos realicemos plenamente. Somos hijos de Dios y por ello, Dios no se cansa de indicarnos, todos los días, el camino hacia la felicidad a través del Espíritu Santo.

El ritmo de la vida diaria nos puede apartar de Dios. El trabajo, los problemas familiares, la necesidad de ganarnos la vida nos tiene todos los días ocupados, cansados y estresados y esto hace que nos olvidemos de poner nuestra atención en lo esencial. Es necesario encontrar tiempo y espacio para ver si estamos conduciendo nuestra vida según el Espíritu de Dios, según la voluntad de Dios o según nuestros caprichos.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado tres parábolas: la cizaña en medio del trigo, el grano de mostaza que crece hasta que anidan los pájaros en sus ramas, y la levadura que fermenta toda la masa.

El trigo y la cizaña es la realidad de nuestros días. Acostumbramos a dividir el mundo, la historia y las sociedades, en buenos y malos. Los que piensan distinto a nosotros, los que son de otro grupo o religión, los de diferente partido no solamente son “los otros”, con frecuencia son considerados perversos, separados y en extremos opuestos. Han cometido el delito de ser diferentes.

Las actuales guerras, los conflictos internacionales, las diferencias políticas, son casi imposibles de resolver porque no aceptamos a los otros, porque los juzgamos incapaces de tener algo bueno y condenamos a priori cualquier propuesta o posible solución que los otros presentan.

La parábola de la cizaña tiene sus grandes enseñanzas: es en realidad el mal en nuestra vida, no podemos arrancar al otro simplemente porque a nosotros nos parezca mal, sólo hay un verdadero juez que en el momento justo revelará la verdad.

Con la parábola del trigo y la cizaña, Jesús nos enseña que Dios está en todas partes y que a todos acoge, y lo expresa despertando el respeto por los demás, alentando la paciencia y fortaleciendo la esperanza en que habrá un día en que se puedan alcanzar niveles de justicia, de igualdad y de paz. Pero el camino no es exterminando, destruyendo, sino respetando procesos y diferencias.

El mal que está no sólo en nuestro mundo, sino en nuestra propia persona. Tenemos que reconocer que en el corazón de cada uno de nosotros descubrimos grandes riquezas, pero también hay graves errores, tropiezos, egoísmos y equivocaciones. Es fácil reconocer los defectos de los demás pero ¡qué difícil es reconocer nuestros propios fallos!

También nos ayuda esta parábola a cuestionarnos sobre el bien y el mal. Es tendencia actual disculpar todo y caminar como si cada quien pudiera hacer lo que le venga en gana sin importar si es bueno o malo. Y Jesús nos recuerda que en el mundo también hay el mal y que no lo podemos llamar “bien” por más que se le parezca o se le disfrace.

Conscientes de que en nuestro propio interior encontramos esa duplicidad del bien y el mal ¿somos comprensivos con el hermano diferente y descubrimos sus cualidades? ¿Cuánta paciencia tenemos con los demás y con nosotros mismos?

lunes, 12 de julio de 2021

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla del amor y el cuidado que Dios tiene por todos nosotros.  Un amor que se traduce en una oferta de vida plena que Dios hace a todos los seres humanos.

En la 1ª lectura del profeta Jeremías, Dios condena a los pastores indignos que utilizan a las personas para sus propios intereses personales.

La primera lectura de hoy es pues una denuncia contra los malos pastores, contra los malos líderes del mundo, contra los malos gobernantes, es decir, contra aquellas personas que están encargadas de cuidar a la comunidad y utilizan a los ciudadanos para beneficio propio y han herido, torturado, robado, asesinado, privando de la vida y de la felicidad a esas personas que Dios les confió.

La Palabra de Dios nos asegura que Dios es el “Pastor” que se preocupa de nosotros, que está atento a cada una de sus “ovejas”; Él cuida de nuestras necesidades y está permanentemente dispuesto a intervenir en nuestra historia para conducirnos por caminos seguros y para ofrecernos la vida y la paz. En Él tenemos que confiar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que para Dios nos hay distinciones de personas ya que todos somos hijos amados de Dios.  Dios es un Padre que no margina a ninguno de sus hijos.

Vivimos en un mundo globalizado que supuestamente nos acerca más a los seres humanos en esta casa común que es el mundo.  Sin embargo, el odio nos hace ser intolerantes y levantamos muros entre los seres humanos por diferencias raciales, políticas, religiosas y sociales que nos hacen que no podamos vivir esa fraternidad universal a la que nos llama Dios.

En nuestra vida personal y familiar y en nuestra experiencia de camino comunitario, aparecen frecuentemente muros que nos dividen, que impiden la comunicación, el encuentro, la comunión. Los grandes sufrimientos de nuestra humanidad son debido a que levantamos muros que nos separan, a nosotros y los demás; muros tanto morales como físicos.

Hoy el Señor nos dice que esos muros pueden y deben ser destruidos.

El Evangelio de San Marcos, nos decía que “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor”, es decir andaban desorientados.

¡Cuántas personas hoy en día andan como ovejas sin pastor: desorientados y separados de las demás! Personas heridas por innumerables sufrimientos: enfermedades, muertes, incomprensiones, insatisfacciones, frustraciones… Personas sin futuro, sin esperanza, sin horizonte. No hay cosa peor en la vida que estar desorientado, sin rumbo, sin un sitio al que ir, sin un horizonte en la vida, sin un por qué para seguir viviendo.

Hoy hay mucha gente desesperada; es decir, que han perdido la esperanza en un futuro mejor, aquí en la tierra y en el cielo.  Hay otra mucha gente que, ante la falta de perspectiva de futuro, se han instalado en el presente. Lo único que les preocupa es el presente: vivamos lo mejor posible, «comamos y bebamos que mañana moriremos».  Hay también mucha gente que se ha quedado anclada en el pasado, lo que les impide vivir el presente y esperar un futuro mejor.

Es fácil comprobar el vacío existencial de muchas personas. En forma de desgana de vivir, ansiedad, depresiones, consumidos por el consumo desenfrenado, como veletas que giran para donde sopla el viento, como ovejas sin pastor. Una multitud que camina, pero sin rumbo, sin una palabra orientadora, sin pastores que le acompañen.

Una oveja sin pastor no puede encontrar el camino, ni tampoco tiene defensa frente a los peligros que le acechan. Una persona alejada de Dios no tiene sentido para la vida, ni solución para la muerte.

Cristo es el único que puede orientar nuestra vida, el único que puede dar sentido a nuestra existencia.  Dejémonos guiar por Él.

lunes, 13 de julio de 2020


XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos invita a descubrir al Dios paciente y lleno de misericordia.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, nos habla de un Dios que a pesar de ser omnipotente, es indulgente y misericordioso para con todos y que nos invita a ser “humanos”, es decir a tener un corazón misericordioso como el corazón de Dios.

Esta lectura, manifiesta el modo tan distinto de actuar Dios al de los hombres.  Dios es creador de todo y no quiere destruir lo que ha creado por amor.  Ni siquiera quiere destruir al hombre injusto y malvado.  Dios espera la conversión de las personas.

El modo de demostrar Dios su poder, al contrario de la mayoría de los poderosos, es el perdón.  La tiranía y el dominio sobre los demás no caben en los creyentes.  Nosotros tenemos que actuar como lo hace Dios: confiando y creyendo en la capacidad de los seres humanos para cambiar.

Dios no considera el pecado como algo definitivo, nuestro alejamiento de Él como algo definitivo.  Dios mantiene su confianza en que cambiemos, en nuestra conversión.  Dios nos invita a confiar y a creer en el hombre.

La gran diferencia entre Dios y nosotros es que Dios ejerce su poder y su fuerza para perdonar y salvar, y nosotros solemos utilizar el poder para condenar y castigar.

La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos dice que como consecuencia de nuestras limitaciones, a veces, no sabemos lo que nos conviene, no sabemos qué opción elegir, por eso nos recuerda san Pablo que contamos con la ayuda del Espíritu Santo.

Cuantas veces decimos: “no sé rezar”, o “no sé qué decir”, o “me pongo a rezar y no me sale nada”.  Como seres humanos, ante Dios, siempre hemos de sentirnos necesitados de su ayuda.  Y es precisamente el Espíritu Santo el que viene en ayuda de cada uno de nosotros y reza en nosotros y por medio de nosotros.

La oración cristiana, la espiritualidad cristiana, no es un trabajo que realicemos por nosotros mismos o por nuestros propios medios, sino que es obra del Espíritu Santo al cual debemos dejarlo actuar en nuestra vida.

El evangelio de san Mateo nos decía que, al lado del buen trigo, apareció la cizaña.  En nuestras vidas hay esta mezcla: de trigo y cizaña. 

Cuando amamos a una persona, tendemos a verle sólo cosas buenas.  Cuando alguien no nos cae bien, sólo le vemos cosas malas.  Jesús quiere ayudarnos a descubrir el bien y el mal que hay en todos, en los grupos, en la Iglesia, en nosotros mismos, en cada uno de nosotros.

A veces, si nos fijamos bien, veremos que hay mucho más de bueno que de malo.  Claro que lo malo se siente mucho más, es noticia, sale en los diarios, nos hace daño.  Lo que hay de bueno es normal, se cuenta con ello, no hace falta hablar de ello.  Quizás ya es hora de revisar esta actitud y aprender a ver las cosas buenas que hay en los demás: promover el sentido de la admiración en contra del ya gastado sentido de la crítica.

La tentación que tenemos es querer arrancarlo todo y en seguida. 

La pena de muerte, el terrorismo, la tortura, la violencia, son cosas antievangélicas.  ¡Cuántos ejecutados que después se ha descubierto que eran inocentes!  Además, personas que han tenido un pasado malo, pueden cambiar, pueden convertirse en personas dignas y servir a la humanidad. 

El mensaje del evangelio es que Dios tiene tiempo.  Dios da tiempo para el arrepentimiento.  El mensaje cristiano proclama la tolerancia: “Dejad que crezcan juntos hasta el tiempo de la cosecha”.  La hora de la siega no está en las manos de los hombres, sino en manos de Dios.  El hombre no tiene derecho a anticipar el juicio final.  Eso toca a Dios exclusivamente.

martes, 16 de julio de 2019

XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este Domingo nos invitan a reflexionar sobre la hospitalidad y a vivir nuestra relación con Dios desde la oración y el trabajo.
 
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham acogiendo a tres personajes y siendo hospitalario con ellos.  Acogiendo a estos tres personajes, Abraham estaba acogiendo al mismo Dios en su casa.

 
Se ha perdido en nuestro tiempo un valor que era fundamental para nuestros padres. Ahora hay más desconfianza ante el desconocido o forastero, más desconfianza ante aquél que no es de los nuestros: solemos cerrar la puerta de nuestras casas; desconfiamos del desconocido que se acerca a nuestra puerta, limitamos nuestra comunicación con los demás, nos encerramos en nuestra casa o en nosotros en vez de salir al encuentro del que viene. Quizá esto es debido a la sensación que tenemos que no nos falta de nada,  y llegamos a la conclusión de que no necesitamos a los demás.  Pensamos que cada cual se las debe arreglar como pueda, cada uno que solucione sus problemas, pues no es nuestro problema. No nos damos cuenta de que acoger a los demás enriquece nuestra vida, nos abre nuevos horizontes, nos hace sentir el gozo de la fraternidad y nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con Dios.
 
Sin embargo, la hospitalidad sigue siendo una gran virtud y una gran necesidad en nuestro mundo. El acoger al hombre es dar acogida a Dios en nuestra vida.
 
En la 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses,  san Pablo nos ha explicado los grandes bienes que le han sido dados como consecuencia de haber recibido a Jesús con fe y amor. 
 
Nos decía San Pablo que hay que corregir y enseñar para que todos lleguen a la madurez en la vida cristiana.  ¿Cuándo se puede decir que un cristiano es maduro? Las lecturas nos vienen a decir cuando uno acepta y acoge la Palabra de Dios y la cumple, cuando uno acepta la voluntad de Dios en su vida. Normalmente queremos que Dios haga lo que nosotros queremos y no nos damos cuenta que lo que tenemos que hacer es ponernos en sus manos, para que se haga su voluntad, que es nuestra felicidad.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de Marta y María.
 
Muchas veces se ha caracterizado a nuestra época como una época de cambio, de movimiento, de ruido y de banalidad. Vivimos tan de prisa y nos llenamos de tantas cosas que al final nos quedamos vacíos.
 
La imagen de Jesús compartiendo familiarmente con los amigos, dialogando, proponiendo y dejando espacios de comunicación tendría que ser para nosotros un fuerte reclamo a las prisas, los ruidos, las carreras y el activismo que a toda hora nos come y nos quita tiempo.
 
Parecería que le tenemos miedo al silencio, a la contemplación y a la reflexión. Las palabras de Jesús a Marta son palabras también para nosotros: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria”. Lo que Jesús le dice a Marta no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética.
 
El caso de Marta y María es aprovechado por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Para conocer y amar a Jesús tiene que haber un encuentro y para el encuentro se requiere silencio, apertura y espacios.
 
Hoy en día vemos cómo las personas pueden durar horas hablando por Internet, teléfono, o Chat, pero son incapaces de comenzar una conversación a corazón abierto, frente a frente, con el hermano, el amigo, la mamá o el vecino, o con Dios. Tenemos miedo al encuentro porque todo encuentro, para bien o para mal, tiene sus consecuencias. Todos debemos confesar que en nuestra vida hemos encontrado personas que nos han marcado íntimamente.
 
Hoy Cristo nos invita a un encuentro con Él.  Y lo primero que exige Jesús para un encuentro es saber escuchar su palabra.
 
Es necesario no sólo escuchar a Jesús sino también a los otros.  Es necesario aprender a escuchar a los demás en el trabajo, en la escuela, en los grupos, a los pobres.   A veces hacemos y hacemos, pero no lo que los otros esperan de nosotros. A veces nos deshacemos en actividad pero no la importante, no la que quiere Jesús.
 
Que hoy podamos escuchar la Palabra de Jesús para después expresarla en el verdadero servicio a los hermanos.