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lunes, 16 de junio de 2025

 

CORPUS CHRISTI (CICLO C


El domingo siguiente al domingo de la Santísima Trinidad, la Iglesia celebra la solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo, la fiesta del Corpus Christi.

Cristo Jesús, antes de morir, quiso dejarnos como testamento la Eucaristía, el sacramento en el que nos da su Cuerpo y su Sangre, o sea, su misma Persona, como alimento para el camino.

Cristo está presente, como Señor Resucitado, invisiblemente, en todo momento. Cuando el día de la Ascensión iba a desaparecer de nuestra visión humana, se despidió diciendo: “Yo estoy con vosotros todos los días”. Pero además quiso estar sacramentalmente presente, como Pan y Vino. Porque sabía que nuestro camino iba a ser difícil y necesitaríamos su fuerza.

Esto es lo que celebramos hoy, en la fiesta del Corpus Christi.  Cada domingo —algunos, cada día— celebramos la Eucaristía y recibimos a Cristo como Palabra y como comunión eucarística. Pero hoy, además, le dedicamos una fiesta, o sea, lo alabamos y agradecemos especialmente que haya pensado en este entrañable modo de apoyarnos en nuestra vida, siendo nuestro alimento.

Además, hoy vamos a salir en procesión por las calles para mostrar esta fe y esta gratitud.

Las lecturas de hoy nos ayudan a entender qué es la Eucaristía.  Nos han presentado, ante todo, a Melquisedec, un misterioso sacerdote de Salem (Jerusalén), que ofreció pan y vino a Abrahán, que volvía de una batalla contra los enemigos.

Este personaje, Melquisedec, se ha considerado siempre como figura profética de Cristo Jesús, del que en el evangelio hemos leído que a la multitud, cansada y hambrienta, le ofreció alimento, multiplicando los panes y los peces. Con esa multiplicación de panes, aunque todavía no se trataba de la Eucaristía, ya nos anunciaba qué iba a dejarnos en este sacramento después de su Pascua.

San Pablo en la segunda lectura, no decía cómo Jesús, en la cena de despedida, tomó el pan y el vino, y pronunció sobre ellos unas palabras que conocemos muy bien. Para sus seguidores, ese pan y ese vino iban a ser nada menos que el Cuerpo entregado de Cristo y su Sangre derramada por nuestra salvación.

Cristo, es nuestro Alimento. Como Abraham vendría cansado de su expedición. Como la multitud, al caer de la tarde, estaría cansada y hambrienta.  Así nosotros, en nuestra vida cristiana, nada fácil en este mundo, necesitamos descanso y alimento. Cristo mismo ha querido ser nuestro “viático”, que significa “pan para el camino”.

Así podemos intuir toda la sencillez y profundidad de este gesto sacramental. Cristo ha querido ser, desde hace más de dos mil años, y hasta el fin de los tiempos, no sólo nuestro Maestro, o la Palabra viviente de Dios, sino también el Alimento que nos sostiene y da vida a sus seguidores.

Siempre que celebramos la Eucaristía, hacemos el memorial de la muerte salvadora de Jesús y de su resurrección, y así participamos de su vida y de su fuerza. Él mismo nos dijo: “Quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él… vivirá de mí como yo vivo del Padre”.  La Eucaristía es un admirable sacramento de comunión con Cristo Jesús.

Pero además, ya que en el sagrario ha quedado también, sobre todo como Pan eucarístico disponible para los enfermos y moribundos, eso nos invita a que hoy, o durante cualquier día de la semana, sepamos encontrar unos momentos para escapar de las prisas de la vida y entrar en la iglesia para orar ante el Señor, presente en el sagrario, y agradecerle su don. Así podemos tener un tiempo de reposo meditativo, que nos ayuda a profundizar en nuestra fe y a tomar fuerzas para que nuestra vida cristiana vaya siendo en verdad una vida según el estilo de ese Cristo Jesús, que ha querido ser “pan partido” y “cuerpo entregado” por todos.

Sin la Eucaristía persiste el frío de la vida espiritual y la debilidad de la vida moral. “Por eso hay muchos enfermos y débiles, y son bastantes los que mueren por esta razón”: creen en la Eucaristía, pero no la apetecen ni la buscan con apasionamiento. No sienten necesidad de ella. Y viven en su seguridad, expuestos a todas las enfermedades del alma. Estos son los cristianos tibios que, ojalá, no reciban el rechazo de Dios.

La Eucaristía, celebrada en la misa y prolongada en estos momentos, personales o comunitarios, de adoración ante el sagrario, será así el motor de nuestra actividad cristiana en el mundo de hoy.

La Eucaristía es el Regalo más grande que Jesús nos ha dejado, pues es el Regalo de su Presencia viva entre los hombres.

Celebrar el “día del Corpus” es honrar a Jesucristo presente en la Eucaristía y presente también en nuestras vidas. Es dar gracias a Dios por el don de su Palabra y de su Cuerpo, entregado por nosotros, y su Sangre, derramada por nosotros.

lunes, 27 de mayo de 2024

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)


Una de las fiestas más luminosas y más profundas de nuestra religión, es la fiesta que estamos celebrado, la fiesta del Corpus Christi, fiesta de luz, porque Cristo, Luz del mundo, vino a nosotros, se entregó por nosotros y se quedó con nosotros para acompañarnos en el camino de nuestra vida, durante esta peregrinación que realizamos en esta tierra. Vino a quedarse, y por amor y su decisión se encerró en un pedazo de Pan y en un sorbo de Vino, para fortalecer nuestros pasos y para ser compañero de camino.

Sin comida no se puede caminar, sin alimento no se puede crecer en el amor al Evangelio.

Jesús, en la última Cena, se hizo “pan”. Cuando hablamos de pan todos entendemos que es un alimento que nos sustenta y nos fortalece. Jesús quiso ser eso para nosotros: un alimento que nos hiciera más fuertes por dentro. ¿Cómo? Pues transmitiéndonos, cuando comulgamos, todos los valores que Él vivió y enseño a sus discípulos.

Comulgando de ese pan aprendemos a ser como fue Jesús: generosos con los demás, caritativos con los que menos tienen, creando lazos de comunión con las personas, sin importarnos las diferencias, respetando la dignidad y los derechos de cada uno, sirviendo a los demás, sin servirnos de ellos, haciendo las cosas gratuitamente, sin esperar nada a cambio, y sobre todo, amando al máximo, hasta entregarnos, hasta hacernos nosotros también “pan”, como Jesús.

Jesús también se hizo “vino”. Y el vino expresa fiesta, alegría… Brindamos en los grandes momentos de nuestra vida. El vino es religioso porque con él Jesús quiso expresar que la vida, la fiesta y la alegría son la mejor manera de expresar nuestra religión. Además, el pan y el vino saben mejor cuando se comparten y cuando se toman con compañía. Jesús quiso hacerse “pan” y “vino” para estar siempre cerca de nosotros, para que lo tuviéramos a mano, para que entendiéramos que Él es el alimento, la fuerza que necesitamos para “andar el camino” de la vida.

Jesús en la última cena dijo: “haced esto en memoria mía”.   “Esto” es lo que mandó Cristo a sus discípulos, cuando instituyó su eucaristía: que cada vez que se reunieran para celebrar la fracción del pan lo hicieran pensando en lo que Él había hecho e iba a ahora a consumar: entregar su cuerpo y derramar su sangre por amor a todos nosotros.

Nuestras eucaristías deben ser un memorial de la vida, pasión y gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Un memorial que no sólo consiste en recordar, sino en celebrar, en unir nuestra vida a la vida de Cristo, en comulgar con Él, en unir nuestro destino a su destino. Sólo el que celebra la eucaristía estando dispuesto a entregar su vida por los demás, lo hace realmente en memoria de Cristo. Esto es lo que los cristianos debemos proclamar hoy, día del Corpus: que nosotros somos la memoria viva de Jesús.

Que cuando las demás personas nos miren y nos vean a los cristianos, vean en realidad a Cristo, se acuerden de Él, vean en nosotros la memoria de Él. Para eso, los cristianos debemos ser vistos hoy más como humildes continuadores de la caridad de Cristo, que como insignes portadores de su grandeza y poder. No se nos pide hoy a los cristianos, en esta celebración del día del Corpus, que exhibamos nuestra fuerza y poder, sino nuestra caridad y amor.

Debemos ser conscientes de que cada vez que participamos en la eucaristía, lo que estamos haciendo es hacer memoria de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Celebrando la presencia del Señor en medio de nosotros. Una presencia sacramental que se da, reparte y comparte con todos nosotros, en forma de Palabra, de pan y vino, porque nosotros somos sus amigos, para que nosotros a nuestra vez, nos demos, repartamos y compartamos nuestra palabra y nuestro pan.

Cada eucaristía es un Banquete en el que Dios mismo es a la vez el anfitrión y el alimento. Un banquete en el que los pobres y necesitados tienen preferencia, un banquete en el que los humildes son los primeros. Un Banquete que denuncia nuestros banquetes en los que excluimos a tantas personas por enemistad o por insolidaridad.

Hoy tendremos la procesión con el Santísimo.  Sacar el Cuerpo de Cristo a la calle indica una fe muy grande en Jesús, en que Él nos puede y nos quiere ayudar a vivir más felices.  Al igual que el pan se transforma, por la fuerza del Espíritu Santo, en el Cuerpo de Cristo, al sacarlo a la calle los cristianos, también con la fuerza del Espíritu, tenemos la tarea de transformar a ese Cristo en pan para los más necesitados.

Que Jesús Sacramentado bendiga nuestros hogares, nuestras familias, a los enfermos y a los más necesitados, a los que no tienen trabajo y lo buscan, a los que sufren por cualquier razón.

lunes, 5 de junio de 2023

 

CORPUS CHRISTI (CICLO A)


Hoy estamos celebrando la solemnidad del Corpus Christi. Celebramos el gran regalo que Cristo nos dejó al quedarse entre nosotros en el Santísimo Sacramento del Altar.

La Eucaristía es, en primer lugar, el sacramento de la presencia de Cristo entre nosotros. Cristo se ha quedado para siempre con nosotros. No nos ha dejado solos. Aquí está día y noche bajo las especies del Pan y del Vino.

En la Eucaristía, Cristo se ofrece constantemente en sacrificio por nosotros y por nuestra salvación. Cada vez que ofrecemos la Eucaristía hacemos presente entre nosotros su entrega en la cruz. Por eso es tan importante la celebración de la Eucaristía.

No se trata simplemente de una ceremonia piadosa. No se trata de un acto de culto. Es el sacrificio de Cristo que se actualiza entre nosotros para que tengamos vida y la tengamos en abundancia.

Y no solamente se ofrece Cristo en Sacrificio, sino que además ha querido darse a nosotros como alimento. Nos invita a alimentarnos de su cuerpo y de su sangre. Por eso, se nos da como alimento para sostenernos en el camino de la vida, para que no vayamos a desfallecer.

El Evangelio de hoy nos dice que Jesús es el pan vivo que ha bajado del cielo, pan que da la vida eterna, no como el maná, que lo comieron y murieron. El cuerpo de Cristo es alimento para la vida presente y para la vida eterna.

Un cristiano no puede vivir sin Eucaristía, sin comulgar el Cuerpo de Cristo. ¡Cuántos cristianos hay que pretenden vivir su fe por libre sin celebrar la Eucaristía con la comunidad! ¡Cuántos cristianos hay que, celebrando la Eucaristía, no se atreven a comulgar porque tienen conciencia de estar alejados de Dios por el pecado, pero no se acercan al sacramento de la penitencia! No se puede ser cristiano sin celebrar la Eucaristía.

Así como necesitamos el alimento material para vivir, así también necesitamos el alimento espiritual que es el Cuerpo y la Sangre de Cristo para conservar y hacer crecer la Gracia que recibimos en el bautismo.  No puede uno vivir como cristiano y no alimentarse del Pan de la Vida en la Eucaristía.  Como tampoco puede haber una comunidad cristiana auténtica si no tiene como sustento la celebración de la Eucaristía.

La Eucaristía es el centro de la vida cristiana porque es Cristo mismo que se hace presente en medio de nosotros. No es una imagen, ni un recuerdo, ni un  signo de su persona. Es Cristo que realmente está presente en el Santísimo Sacramento del Altar. 

Por eso es que la Eucaristía es nuestro gran tesoro. Pero nosotros muchas veces no lo hemos sabido apreciar.  

La Eucaristía es la presencia del mejor amigo que nosotros podemos tener. Es la presencia de Cristo.  Es el memorial de su Pasión, porque cada vez que nosotros celebramos la Eucaristía, el único sacrificio de Cristo se hace realmente presente en medio de nosotros. Y es nuestro alimento. Cristo nos une íntimamente a Él. Nos hace un solo cuerpo con Él. Es la unión más profunda que podemos tener con Aquel que nos ama infinitamente. 

Sólo unidos a Cristo es como podemos encontrar las fuerzas que necesitamos para perseverar en el camino de nuestra vida cristiana sin desfallecer. 

Todos sabemos por experiencia que vivir la vida cristiana, no es nada fácil ni sencillo. Tenemos que luchar en contra del mal y del pecado. Tenemos que luchar en contra de las tentaciones. Tenemos que luchar en contra de los desánimos y desalientos. Tenemos que ir creciendo en gracia y santidad.  

Cristo ya nos conoce, por eso quiso unirse a nosotros de tal manera que con su misma fuerza podamos ir creciendo en la vida divina que recibimos en el bautismo.

Además, la Eucaristía no solamente nos une íntimamente a Cristo, sino que es el alimento que nos une a todos aquellos  que lo comen. Nos une a los cristianos para que formemos un solo cuerpo: el Cuerpo de Cristo. 

Por eso es que la Eucaristía es el Sacramento del amor. Solamente alimentándonos del cuerpo y de la sangre de Cristo es como podemos ir creciendo en la vida de los hijos de Dios. 

Aprovechemos cada vez más y mejor este alimento que se nos ofrece. Para eso es necesario que nos preparemos bien para recibir la Sagrada Comunión. No se trata solamente de comulgar o de comulgar por rutina, sino de participar digna y conscientemente. 

Para ayudarnos a recibir dignamente el Sacramento de la Eucaristía la Iglesia nos enseña que hemos de estar en gracia de Dios; que hemos de ser conscientes de que vamos a recibir al mismo Cristo; y que hemos de tener libre el corazón de odios y resentimientos contra nuestro prójimo. 

Ojalá que esta Celebración avive en nosotros el amor y el cariño hacia Cristo en el Santísimo Sacramento del altar. 

martes, 18 de junio de 2019

CORPUS CHRISTI (CICLO C)
 
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CORPUS CHRISTI (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta del “Corpus Christi”, la fiesta del Cuerpo y la Sangre del Señor.  Hoy celebramos de un modo especial, la presencia verdadera, real y substancial de Cristo en la Eucaristía.
 
En la 1ª lectura del libro del Génesis se nos dice cómo el sacerdote y rey Melquisedec ofrece pan y vino.  Melquisedec es un sacerdote ­–rey de la justicia– que anuncia la figura de Jesucristo.  En el Antiguo Testamento había dos clases de sacerdocio: el sacerdocio levítico, que es fiel cumplidor de las normas y de los sacrificios rituales de animales, y el sacerdocio eterno del orden de Melquisedec: que en vez de ofrecer sacrificios de animales se ofrece a sí mismo.  La figura de este rey-sacerdote es el anuncio de un cambio importante en el sacerdocio del pueblo de Israel y de su culto.  El cambio está en que para relacionarse con Dios no hay que darle cosas en sacrificio, sino la propia vida, la propia existencia.  Esto es lo que hizo Jesucristo entregarse dando su cuerpo y derramando su sangre.
 
En la 2ª lectura de san Pablo a los Corintios podemos ver uno de los textos más antiguos que nos hablan de la Última Cena: Cristo entrega su Cuerpo y derrama su Sangre para la salvación del mundo.  Deja establecido que se haga lo mismo en conmemoración suya.
 
En el Evangelio de san Lucas hemos escuchado el relato de la multiplicación de los panes y de los pescados, que es una prefiguración de la Eucaristía.  Cristo se nos da en comida.
 
En el Evangelio de hoy encontramos un clásico problema del ser humano: el hambre.  Hay dos posturas distintas ante este problema: el desentenderse del problema y la postura del compromiso ante este problema.
 
La primera postura fue la de los apóstoles.  Ellos le dijeron a Jesús: “Despide a la gente; que vayan a las aldeas y cortijos de alrededor a buscar alojamiento y comida, porque aquí estamos en descampado”.
 
Esta postura la tienen aquellas personas quienes creen que la fe se reduce sólo a rezar y a recibir la comunión como un acto piadoso individualista.  Es la postura de aquellos que adoran a Cristo presente en la Eucaristía dentro de la custodia, pero no les importa para nada el hambre de la humanidad.  Puede ser que incluso recen para que los 850 millones de seres humanos que en el mundo padecen desnutrición, encuentren ayuda y para que los niños que a cada minuto mueren de hambre, se puedan salvar.
 
Es un signo muy preocupante que crezca cada vez más la brecha entre ricos y pobres y que haya tanta gente empobrecida y tanto dinero en manos de unos pocos por causa de la corrupción, la injusticia y los “pecados sociales”.
 
Ante esta postura de despreocuparnos del hambre en el mundo, Jesús nos dice: “Dadles vosotros de comer”  Se trata de enfrentar la realidad y buscar la solución a las dificultades con la gracia del Espíritu de Jesús resucitado.  Es necesario buscar soluciones para que el ser humano tenga lo básico para que viva dignamente: alimento, salud, vestido, vivienda, etc.
 
Quizás nos preguntemos: ¿Pero cómo vamos nosotros a solucionar este problema?  Los discípulos también le dijeron a Jesús: “No tenemos más que cinco panes y dos peces”
 
La solución no está en dar limosna a quien no tiene qué comer, no se trata dar despensas ni inventar programas sociales.  Se trata de crear fuentes de trabajo, se trata de crear estructuras que posibiliten la producción y distribución justa de los recursos de la tierra para todos los seres humanos y no para unos pocos.
 
Por eso les dijo Jesús: “Haced que se sienten en grupos de unos cincuenta cada uno”.  En el mundo antiguo sólo los hombres libres podían comer sentados; los esclavos debían comer de pie porque estaban siempre dispuestos a las órdenes de su amo. 
 
Sentarse por grupos significa trabajar de manera libre y organizada, para hacer realidad el Milagro de la multiplicación de los panes y de los peces.  El cristiano es aquel que hace la obra de Jesús.
 
San Pablo le hace un fuerte llamado de atención a la comunidad de Corinto por las eucaristías mal celebradas.  No porque tuvieran errores doctrinales o litúrgicos.  El problema era: “Mientras uno pasa hambre el otro se emborracha”.  De esa manera se come indignamente la cena del Señor.  Y ante esto Pablo fue muy categórico: “el que come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación, por no reconocer el Cuerpo de Cristo”.  Y cada uno de nosotros forma parte de ese Cuerpo de Cristo.
 
Si queremos seguir a Jesús, debemos vivir del amor solidario, debemos vivir de la Eucaristía y la Eucaristía nos tiene que impulsar a compartir el pan como lo hizo Jesús.
 
La Eucaristía es el centro y culmen de la vida de la Iglesia y del cristiano. Pero, para que ello sea verdad, no es suficiente celebrar la Eucaristía como un mero rito. No basta adorar la Eucaristía como una devoción; el culto cristiano a la Eucaristía nos remite a la vida, que hemos de vivir entregándola, derramándola, como ofrenda de amor agradable a Dios, como hizo el Señor. Los que nos alimentamos del Cuerpo y Sangre de Cristo, estamos llamados a prolongar la Eucaristía en el mundo; llamados a hacer nuestra existencia eucarística.