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lunes, 29 de mayo de 2023

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)


El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. La Trinidad es un misterio de fe, es “uno de los misterios escondidos en Dio, que no pueden ser conocidos si no son revelados desde lo alto”.

La Trinidad es una.  No confesamos 3 dioses sino un solo Dios en 3 personas.  Cada una de las personas divinas es enteramente Dios: “El Padre es lo mismo que es el Hijo, el Hijo lo mismo que es el Padre, el Padre y el Hijo lo mismo que es el Espíritu Santo, es decir, un solo Dios por naturaleza”.

El misterio de la Trinidad es la síntesis de nuestra fe cristiana y del Año litúrgico. La Trinidad no es un problema numérico, como si se tratase de que tres sean uno.

Los cristianos somos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, somos bautizados en un solo Dios: la Santísima Trinidad. 

El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio central de la fe y de la vida cristiana.  Es el misterio de Dios en sí mismo. Creer en la Trinidad no es cuestión de alta teología; sino de vivir y experimentar profundamente la fe y el amor del Padre por el Hijo y en el Espíritu Santo.

Dios es Padre, y cuando decimos esto, pensamos sin duda alguna que Dios es algo parecido a mi padre de la tierra.  Pero Dios es mucho más padre que nuestro padre terrenal.  Las cosas terrenales están hechas a imitación de las cosas celestiales.  Nuestros padres no son más que imagen y reflejo de Dios.

Dios es un verdadero Padre porque se entrega totalmente a su Hijo.  “Todo lo que es tuyo, es mío”, dice Jesús, “y todo lo que es mío es tuyo”.  Toda la vida de Dios Padre es darse, en Él no hay ni una partícula de egoísmo.  Por eso mismo es por lo que el Padre tiene un Hijo perfecto: porque le ha dado todo, porque todo lo ha recibido su Hijo de su Padre.

Dios es Hijo.  El Padre, al amarse, al difundirse, forma una imagen purísima de sí mismo.  Dios de Dios, luz de luz, Dios verdadero de Dios verdadero.  El Hijo es igual a su Padre.  El Hijo es el que manifiesta al Padre, el que cuenta, el que manifiesta a Dios Padre.  Dice Jesús: “a fin de que el mundo sepa que yo amo al Padre y que obedezco los mandatos que el Padre me ha dado”.

Dios es Espíritu.  El Señor decía: “¡Padre, que sean uno como tú en mí, y yo en ellos, que ellos sean uno como nosotros!”.  De esta manera revelaba Cristo aquel Espíritu de familia vivido en aquella familia divina en la que la entrega del Padre al Hijo y la del Hijo al Padre es una realidad tal que se convierte en una persona, en un Espíritu de amor y de entrega.

La Trinidad es como una familia en la que 3 personas son perfectamente una, perfectamente transparentes entre sí en su conocimiento y amor.  Este es el motivo por el que realizamos todas nuestras acciones y recibimos todos los sacramentos en el nombre de la Trinidad, esto es, en el nombre del Espíritu de amor, de entrega mutua y de unión que debe inspirarnos a nosotros cada vez que realicemos cualquier cosa en nuestra vida.

La Trinidad es pues, Tres divinas personas que se aman desde toda la eternidad. El Padre, que engendra al Hijo, y el Espíritu Santo que procede del Padre y del Hijo. Una sola naturaleza divina y tres divinas personas, que no son tres dioses sino un solo Dios. Iguales en todo, en la divinidad, en la gloria, en la majestad.

Como es el Padre así es el Hijo y así el Espíritu Santo: increado, inmenso, eterno, omnipotente. En la Santísima Trinidad nada es anterior o posterior, nada mayor o menor, sino que las tres personas son coeternas entre sí e iguales.  Dios es compasivo, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad, en amor y fidelidad, en bondad y en verdad. Ante este profundo misterio de amor que es  Dios Uno y Trino, sólo nos queda postrarnos por tierra, en actitud de honda adoración.

La Iglesia nos invita hoy a recordar al Dios Trinidad.  Celebremos esta fiesta dando gracias a Dios Padre que nos ha creado; dando gracias a Jesús, nuestro hermano, que dio su vida por nosotros; y dando gracias al Espíritu Santo que nos fortalece y nos convierte en Templos vivos de Dios.

lunes, 24 de mayo de 2021

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO B)

Estamos hoy celebrando la festividad de la Santísima Trinidad.  El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio.  Es el misterio central del cristianismo.  

Dios es Uno y, al mismo tiempo, Tres. Un misterio que quizá es difícil de entender y de explicar, pues no podemos concebir cómo se puede ser al mismo tiempo uno y tres. Hay una sola naturaleza divina y tres personas con esa naturaleza divina. Un solo Dios verdadero y tres personas distintas.

Muchos Teólogos han tratado de explicar lo de las Tres Personas y un solo Dios mediante diversas comparaciones, tratando de ponerlo al alcance de todos.  Una de estas comparaciones, tal vez la más convincente, es la de comparar a las Tres Divinas Personas con tres velas encendidas, cuyas llamas se unen formando una sola llama. Todas las comparaciones humanas, sin embargo, quedan cortas, como es todo lo humano al referirlo a la infinidad de Dios. 

El Misterio de la Santísima Trinidad es una verdad que está muy, muy por encima de nuestras capacidades intelectuales, pues entre nuestra inteligencia y la Sabiduría de Dios existe una distancia ¡infinita!

Sin embargo, lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura, incompleta.  Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es. En efecto, nuestro fin último es la unión para siempre con Dios en el Cielo. Pero desde aquí en la tierra podemos comenzar a estar unidos a la Santísima Trinidad y a ser habitados por las Tres Divinas Personas. Jesucristo nos dice: “Si alguno me ama guardará mi Palabra y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él”. 

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios.  Y Dios comienza a revelarse como Trinidad poco a poco. Desde el segundo versículo de la Biblia, desde el momento mismo de la creación, vemos una alusión al Espíritu Santo: “el Espíritu de Dios aleteaba sobre las aguas” nos dice el libro del Génesis.

Luego es Jesucristo mismo quien nos lo da a conocer. El primer momento en que se revelan las Tres Personas juntas fue en el Bautizo de Jesús en el Jordán. Nos dice así el Evangelio: “Una vez bautizado Jesús salió del río.  De repente se le abrieron los Cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como paloma y venía sobre Él. Y se oyó una voz celestial que decía: ‘Este es mi Hijo, el Amado, en el que me complazco’ ” 

Posteriormente Jesucristo al dar el mandato de evangelizar a sus Apóstoles, les ordena bautizar “en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. 

Aunque las Tres Divinas Personas son inseparables en su ser y en su obrar, al Padre se le atribuye la Creación, al Hijo la Redención y al Espíritu Santo la Santificación.

Muchas veces recordamos nuestra pertenencia gozosa a Dios Trino. 

Al principio de nuestra vida cristiana ya fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, como hemos escuchado en el evangelio de hoy. Por tanto, ya desde entonces fuimos como sellados por su amor salvador. 

¿Cuántas veces trazamos sobre nosotros mismos la señal de la cruz, invocando a las tres Personas? 

¿Cuántas veces decimos el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, expresándole nuestra alabanza y gratitud? 

Al inicio de cada Eucaristía, el sacerdote nos saluda deseándonos la gracia y la paz de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu, y al final nos despide bendiciéndonos en el mismo santo nombre. 

Nuestra oración litúrgica va siempre dirigida al Padre, por medio del Hijo, y movidos por el Espíritu.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos creer en Dios Padre, en Cristo Jesús que murió y resucitó, y en el Espíritu Santo, que anima a la Iglesia y la lleva a la unidad.

Nuestra vida es claramente trinitaria. Eso nos tiene que llenar de luz. Tiene que dar sentido a nuestra historia de cada día. Iniciamos nuestra vida en el nombre de Dios Trino, y esperamos terminar la etapa de aquí abajo con su bendición, para iniciar, ya para siempre, una vida llena de felicidad, plenamente en comunión con Él.

Recordemos hermanos, que lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y recordemos que aunque aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario de una manera oscura, incompleta, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.   

Decir Trinidad significa decir amor.  Si no existiese la Trinidad, no existiría el amor.  Y si no hay amor no hay nada.


martes, 2 de junio de 2020

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO A)

El domingo pasado terminábamos el tiempo de Pascua, y esta semana al comenzar la segunda parte del Tiempo Ordinario lo celebramos con una fiesta también solemne, que es la Santísima Trinidad. Es el misterio central de nuestra fe. El misterio de la Santísima Trinidad es el misterio de un solo Dios en tres Personas.

En la 1ª lectura, del libro del Éxodo, vemos cómo Dios se muestra como Padre.  Moisés habla con Dios-Padre y le pide dos cosas importantes: una, que perdone la infidelidad del pueblo a la alianza que había hecho con Dios; y la otra, que Dios los acompañe en su peregrinación por el desierto.  Y este Dios Padre se muestra compasivo y misericordioso, que concede siempre su favor a los que confían en Él.

Aunque nos equivoquemos, aunque pequemos, y tantas veces nos alejemos de Dios, Dios no nos abandona, siempre nos acompaña y se hace presente en nuestra vida y camina a nuestro lado. El amor de Dios por nosotros es gratuito y libre.  Por ello ante este Dios Padre, nosotros debemos de tener una actitud de agradecimiento, de adoración, de contemplación y hemos de darle gloria y alabanza a Dios por los siglos.

La 2ª lectura, de la 2ª carta de San Pablo a los Corintios, terminaba con el saludo litúrgico trinitario que usamos en todas nuestras celebraciones: “La gracia del Señor Jesucristo, el amor de Dios y la comunión del Espíritu Santo estén siempre con todos vosotros”.  Como comunidad cristiana estamos invitados a descubrir que Dios es amor.  La fórmula “Padre, Hijo y Espíritu Santo” expresa esa realidad de Dios como amor, como familia, como comunidad.

Como bautizados estamos llamados a formar una comunidad de amor.  Nuestro fin en esta tierra es pertenecer a la familia trinitaria.  Estamos llamados a vivir una vida comunitaria.  Nuestra relación con los hermanos debe reflejar el amor, la ternura, la misericordia, la bondad, el perdón, el servicio, que son las consecuencias prácticas de nuestro compromiso con la comunidad trinitaria.

El Evangelio de san Juan nos decía: “Tanto amó Dios al mundo…”

La vida de la Trinidad es una vida de amor.  Y el amor es sinónimo de entrega, donación y diálogo.

Dios Padre es el que desde siempre nos ha amado.  Él es la fuente del amor.

El Hijo se hizo hombre por amor a nosotros, murió en la cruz, como máxima expresión de amor por la humanidad.

El Espíritu Santo es el fuego que enciende en nosotros el amor, para que podamos nosotros amarnos como se aman entre sí Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Nuestra vida, es una vida trinitaria de principio a fin.  Toda nuestra vida está marcada y orientada por el amor de Dios.

En nuestro bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  Ya desde el principio de nuestra existencia fuimos envueltos por el amor de Dios.

En la celebración de la Eucaristía, al principio nos santiguamos en su nombre, el sacerdote nos saluda en su nombre y al final nos bendice también en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Durante la misa cantamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote, en nombre de la comunidad, siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y en el Espíritu.

En la alabanza final de la Plegaria Eucarística, se dice solemnemente cuál es la dirección de toda nuestra oración: “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

¿Cuántas veces, durante nuestra vida, nos santiguamos en el nombre del Dios Trino, recordando nuestra pertenencia a Él?

¿Cuántas veces rezamos esa breve y densa oración que es el “Gloria al Padre”, como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Realmente se puede decir que todos “somos trinitarios”, que estamos invadidos del amor y la cercanía y la vida de ese Dios Trino. Eso es lo que puede darnos fuerzas para seguir con confianza el camino de Jesús en nuestra vida.

Nosotros creemos en un Dios trinitario: tres personas distintas, un solo Dios verdadero.  Estamos ante un misterio que nuestra inteligencia humana no puede resolver ni comprender.

martes, 11 de junio de 2019

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)
 
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SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta de la Santísima Trinidad, fiesta en la que contemplamos el misterio de Dios, en el que creemos que Dios es Padre, es Hijo y es Espíritu Santo, tres personas distintas pero un solo Dios verdadero.
 
La fiesta que hoy celebramos es una invitación, no a tratar de descifrar este misterio, sino a contemplar a Dios que es amor, que es familia, que es comunidad y que creó al hombre para que participara de este amor.
 
La 1ª lectura del libro de los Proverbios nos presenta a Dios Padre que creó todo para nosotros con sabiduría.  Dios es un Padre amoroso, que tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros y para el mundo.  Si contemplamos la creación veremos en ella la mano de Dios, de un Dios lleno de bondad y de amor. 
 
Mirando la obra de Dios, aprendemos que el hombre no es un adversario ni un competidor de Dios, ni Dios es adversario del hombre.  El hombre tiene que reconocer el poder y la grandeza de Dios y entregarse, confiadamente, en las manos de Dios que todo lo creó con amor y que todo nos lo entrega para nuestro servicio.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Romanos nos invita a mantenernos en paz con Dios por medio de Jesucristo.  La venida de Jesucristo a este mundo es la expresión plena del amor de Dios y manifestación de que Dios no nos abandona ni se olvida de nosotros, sino que quiere que seamos sus hijos.
 
A pesar de que tantas veces refutamos y nos olvidamos de Dios, Él siempre nos busca para caminar a nuestro lado.  A pesar de que nosotros caemos en el pecado, Dios continúa amándonos gratuita e incondicionalmente.
 
¿Qué queremos decir al confesar nuestra fe en la Trinidad?
 
Al decir creo en la Trinidad decimos que: “Creo en Dios Padre, creador del cielo y de la tierra”.  Dios es mi Padre, Él es mi origen y mi destino.  Él me creó sólo por amor; Él me espera con corazón de Padre.  No sólo a mí, sino a todos los hombres y mujeres que son mis hermanos.  No estoy sólo ni vivo olvidado.  Tengo una razón para vivir, a pesar de que en ocasiones la vida parezca que no tiene sentido, Dios mi Padre me ama.
 
Creer en la Trinidad significa también decir: “Creo en Jesucristo, su único Hijo”.  Jesús es el Hijo de Dios enviado por el Padre.  En Él descubro el rostro de Dios.  En sus gestos descubro su amor.  En Él siento a Dios cercano, humano y amigo.  Él me libera de toda esclavitud, de todo temor, de todo lo que impide que me realice como persona en plenitud.
 
Jesús no es sólo un modelo a imitar, o un maestro a seguir, es Dios hecho hombre, hecho pan que me alimenta para este caminar diario en mi vida.
 
Creer en la Trinidad significa también decir: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”.  Creo en la presencia viva del Espíritu Santo en mí y en todos los hombres y mujeres.  El amor del Espíritu Santo se ha derramado en nuestros corazones.  El Espíritu Santo que es dador de vida, fuego vivo, porque pone en mí, amor, luz, calienta mi vida, mi corazón y alumbra mis pasos para que no me equivoque en el camino, llevándome hasta la verdad plena.
 
La vida cristiana se desarrolla bajo la presencia de la Trinidad.  Al inicio de nuestro ser cristiano, fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.  La Santa Misa la hemos comenzado en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo y la terminaremos con la bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo.  Todo lo que decimos y hacemos durante la misa no es otra cosa sino un diálogo que tenemos con el Padre, por medio de Jesucristo, con la fuerza y bajo la inspiración del Espíritu Santo. 
 
Lo importante de la fiesta de hoy no es que comprendamos el misterio que celebramos sino que nos demos cuenta que nuestro Dios no es un Dios solitario, sino que es un Dios comunidad.  Nuestro Dios es una comunidad de iguales unidos inseparablemente por el amor.  Un amor tan grande que ha hecho la creación y al ser humano.  Dios nos ha hecho a su imagen y semejanza, y si Dios es comunidad, esto significa que Dios nos ha hecho para que convivamos, para que compartamos, colaboremos y vivamos fraternalmente.
 
Dios Trinidad nos invita a participar de esa comunidad divina, siendo hijos y hermanos.  Por eso un cristiano no puede ser una persona individualista, no puede desentenderse de los problemas de los demás, no puede vivir sólo para sí mismo.  Un cristiano deberá buscar siempre crear comunidad, superar las diferencias, trabajar por la unidad.
 
Este es, hermanos el gran mensaje de hoy.  Nos alegramos al contemplar hoy a este Dios, que se nos está revelando como amor y misericordia que se entrega. Un Dios que por amor nos creó, por amor nos redimió y salvó, y por amor nos dio su Espíritu para que día a día podamos construir la comunidad humana y así poder participar del gozo y de la plenitud que sólo Dios Uno y Trino tiene.  A Él la gloria y la alabanza por los siglos de los siglos.