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lunes, 9 de septiembre de 2024

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de que el camino de la realización plena del hombre pasa por la obediencia a los proyectos de Dios, por la aceptación del dolor humano y el servicio a los hermanos.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo.

Hay que confiar en Dios.  Dios tiene que ser para nosotros esa piedra segura a la que nos podemos agarrar, incluso cuando parece que todo se hunde.  Hay que vivir la vida con serenidad y confianza en Dios.  El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en los brazos de su madre.  Sólo confiando en Dios, podremos vivir libres del miedo, con un corazón en paz, aceptando tranquilamente los planes que Dios nos mande.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

Ser cristiano no es sólo cumplir unos ritos, ni estar anotado en el libro de bautismos.  Ser cristiano es imitar a Cristo.

Si Cristo luchó por la justicia, por la verdad; denunció todo lo que esclaviza al hombre y le impide ser feliz; supo perdonar y dar paz y entregar su vida para salvarnos, nosotros si queremos seguir a Cristo tenemos que luchar contra todo lo que genera injusticias y opresión; tenemos que amar a los que la sociedad margina y rechaza; tenemos que estar en contra de la violencia y del odio y trabajar por la tolerancia y el amor.

Si queremos ser de Cristo no podemos quedarnos sólo en oración y misa o en la construcción de Iglesias o salones parroquiales, o en colaborar en las rifas parroquiales.

No podemos venir a misa y luego en la vida diaria cometer injusticias, pactar con la corrupción, tratar con poca caridad a los que viven a nuestro lado, ser indiferentes a las necesidades y dolores de nuestros hermanos, marginar a los que no nos caen bien, etc.

Si queremos ser de Cristo no puede haber una separación entre la vida y la fe.  Este es el mensaje importante que hoy nos transmite Santiago: coherencia entre fe y estilo de vida.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado a Jesús haciendo una doble pregunta: ¿Quién dice la gente que soy yo? ¿Y vosotros, ¿quién decís que soy?

¿Quién es Jesús para nosotros? También nosotros, muy frecuentemente, pensamos como hombres, no como Dios, y creemos que Cristo es el que tiene que resolvernos nuestros problemas particulares y los problemas del mundo entero.

Acudimos a Cristo como el que acude al médico, o al banco, o al psicólogo, para que nos arregle nuestros problemas de salud, y de dinero, y nuestras angustias y disgustos interiores. Y es natural, es muy humano que lo hagamos así, porque somos cien por cien humanos.

También nosotros, como Pedro, podemos decir: “¡Tú eres el Mesías!”. Tenemos a Alguien en quien creer y que da sentido a nuestra vida. Jesús es el Señor y el amigo, es la luz y la fuerza, es Aquel en quien hemos puesto toda nuestra esperanza. Sabemos con quién podemos contar y que nunca nos fallará.

Pero Cristo nos dice que Él no ha venido al mundo para eliminar milagrosamente la enfermedad, o el dolor, o el hambre y la miseria. Él vino al mundo para enseñarnos a luchar y a vencer la enfermedad y el dolor y las miserias y debilidades psicológicas y humanas, con sufrimiento, y con valor, y sobre todo con un amor inmenso y sincero.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo.

Jesús nos dice hoy: “El que quiera salvar su vida la perderá; pero el que pierda su vida por Mí y por el Evangelio la salvará”.

Tratemos hoy de pensar quién es Cristo para cada uno de nosotros.

lunes, 11 de septiembre de 2023

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan sobre el perdón y la misericordia.  Un tema que no está muy de moda en un mundo lleno de venganza y violencia.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.

Todos los días, los medios de comunicación, nos presentan noticias de todos los lugares del mundo, de violencia y de muerte.  Para vengar ofensas reales o imaginarias, buscamos mecanismos de venganza que son responsables de la muerte de inocentes, de sufrimiento y de violencia sin límites.  ¿Este es el mundo que queremos?

Hay personas que piensan que sólo somos fuertes cuando respondemos con fuerza y agresividad ante las ofensas de los demás, sin embargo, el libro del Eclesiástico nos dice que el éxito y la felicidad del ser humano, no se obtienen alimentando sentimientos de odio y de rencor sino cultivando sentimientos de perdón y de misericordia.  La paz interior sólo la tendremos perdonando y siendo misericordioso como Dios lo es con nosotros.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.

Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.

El Evangelio de san Mateo nos presentaba a san Pedro preguntándole a Jesús: “si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo?

Hay que reconocer que a los adultos nos cuesta perdonar y nos cuesta también pedir perdón.

Como cuesta perdonarse incluso entre miembros de una misma familia.  A veces surgen conflictos entre marido y mujer, entre padres e hijos, entre hermanos que supuestamente se quieren.  En ocasiones esos conflictos son cosas pequeñas pero que al repetirse adquieren peso en la convivencia.    Convertimos el hogar en una especie de infierno, lo que tendría que ser lugar de descanso, un anticipo del paraíso.

Qué fácilmente surge el odio y el rencor ante una ofensa, ante una  acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma. Aunque a veces sea tan sólo por cosas sin importancia.  Cuánto enfado y mal humor se acumula en las carreteras, en las calles y plazas de nuestras ciudades. Cuánto insulto, cuánta palabra malsonante, medio reprimida o dichas, de modo incontrolado y conscientemente. En ocasiones, cuando estamos en la calle reprimimos nuestros enfados, pero al llegar a la casa damos rienda suelta a ese enfado amargándoles la vida a nuestros familiares.

En la amistad, en el trabajo, entre vecinos, quizá disimulamos nuestros odios, pero la relación a menudo se hace difícil, dura y cada vez menos cordial.  Hay personas que no se hablan incluso siendo familiares, o compañeros de trabajo, o vecinos.  Todos debemos reconocer que tenemos establecidos unos límites a  nuestra capacidad de perdón.  Cuando nos parece excesivo lo que nos han hecho, muchas  veces no somos capaces de perdonar.

A veces también otorgamos un perdón de escasa calidad: es lo que reflejan frase como “perdono pero no olvido”, “perdono pero que se vaya con cuidado”.  Esto es a nivel personal.  Pero sucede también a nivel colectivo: Los conflictos entre países  están basados en hechos reales, pero también hay una considerable dificultad para perdonar.

El Evangelio nos hablaba hoy del siervo malvado que tras recibir el perdón de su amo, es incapaz de perdonar a su compañero que le debía menos que lo que a él le perdono su amo.

¿No nos ocurre esto con frecuencia también a nosotros? Acudimos a Dios buscando el perdón ante nuestras faltas y, luego, somos capaces de humillar gravemente a nuestros hermanos ante faltas mucho menos graves.

¿Cómo puede Dios perdonarnos, si nosotros regateamos tanto nuestro perdón a los demás? No nos damos cuenta de que si no perdonamos al marido o a la esposa, al hijo al padre, al amigo, al compañero, al vecino, a quien sea, pedimos que Dios no nos perdone. 

El amor nos ayudará a entender y perdonar. Si somos capaces de perdonar, mejoraremos como personas y seremos también capaces de perdonarnos a nosotros mismos.

La “revolución” que trae Jesús al mundo, es precisamente el amor y el perdón.

Pidamos al Señor que nos ayude a perdonar como Él lo supo siempre hacer.

lunes, 5 de septiembre de 2022

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos habla de cómo Dios ama infinita e incondicionalmente al hombre y por eso siempre está dispuesto a ofrecernos su perdón.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos presenta a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo.  Dios había sacado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y poco después, este pueblo se había desviado del camino adorando a una imagen de metal.  Dios deseaba castigar a ese pueblo, pero Moisés pide al Señor que no lo destruya, y Dios perdonó al pueblo.

Cuántas personas hay que son capaces de “vender su alma al diablo” para ser importantes, para tener éxito, para llegar a los primero puestos.  Cuántas personas hay que son capaces de sacrificar los valores más sagrados para ser populares, conocidos, famosos, para que la gente les tenga envidia, o para tener influencias.

Esta clase de personas son capaces de abandonar al Dios verdadero y hacerse adoradores de ídolos para llegar a ser importantes.  Hoy los hombres siguen fabricando ídolos: dinero, placer, comodidad, etc.  Nos entusiasmamos con Dios y le juramos lealtad y, al rato, lo dejamos para seguir otros caminos.

Dios es siempre fiel, si nos hemos equivocado y hemos ido tras los ídolos de este mundo, podemos pedirle perdón y volver de nuevo a Él.  Dios sabe perdonar, aunque nos exige fidelidad a Él.

En la 2ª lectura de san Pablo a Timoteo San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio.

San Pablo le asegura a Timoteo que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores.  Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien se confiesa el más grande pecador.

El evangelio de hoy de San Lucas, es llamado las parábolas de la misericordia. Las tres nos hablan de la alegría de la recuperación de lo que se había perdido: la oveja, la moneda, el hijo. Y en los tres casos se señala la alegría de esa recuperación por parte del pastor, de la mujer y del padre, respectivamente.

Estas parábolas nos hablan de cómo es Dios, un Dios que “nos deja desconcertados” porque a menudo, sus caminos no son nuestros caminos,  un Dios que es capaz de salir a buscar al pecador representado en esa oveja y en esa moneda perdida. Un Dios que se sienta a la puerta de la casa a esperar ver volver al hijo pródigo, y cuando lo ve lo abraza y hace una gran fiesta en su casa.   Todas estas parábolas nos sorprenden porque nos hablan de que el amor de Dios es infinito, tiende a desbordarse, el amor de Dios no lleva cuentas del mal, perdona siempre y no pone condiciones al perdón, espera siempre y siempre está dispuesto a darse.  

Nuestro amor, la mayoría de las veces es interesado, somos amigos de nuestros amigos mientras ellos nos correspondan, siempre exigiendo nuestros derechos y nunca dispuestos a reconocer los derechos de los demás.  Aceptamos al que piensa como nosotros, pero al que no piensa igual, estamos siempre dispuestos a humillarlo. A veces hasta el amor a nuestros hijos se ve corrompido por querer someterlos a nuestra voluntad y a nuestros deseos.

Jesús nos invita a sentirnos amados por Dios, a sentirnos queridos, cada uno de una manera especial porque cada uno es único ante Él,  a sentirnos perdonados sin condiciones, aceptados tal y como somos. Y desde esa experiencia gratuita y gratificante, levantar nuestra mirada hacia los demás y reconocer en ellos no a nuestros competidores, ni a nuestros enemigos, sino a nuestros hermanos tan pecadores y tan necesitados de perdón como nosotros, tan hijos de Dios como nosotros. Y desde ese reconocimiento tender la mano a todos.

Los cristianos no debemos temer a relacionarnos con los que son reconocidos como pecadores; antes bien podemos ser ocasión propicia para ellos para recuperarlos para el Padre.

Ojalá empecemos a comprender que la verdadera vida, la vida que es más fuerte que la muerte, consiste en amar a los hermanos como Dios ama.

lunes, 6 de septiembre de 2021

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida, inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. Hay que confiar en Dios.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

La fe tiene que ser acompañada por las obras. Lo que pide Santiago es coherencia entre la fe y el estilo de vida.

Santiago denuncia la tendencia que todos tenemos a contentarnos con las palabras – palabras bonitas, solemnes – pero sin pasar a cumplirlas en la vida.

¿Cómo es nuestra conducta con los que no tienen que comer ni vestir?  No basta con decirles palabras de ánimo y no ayudarles.

Mirando a países más pobres, o mirando sencillamente a nuestro alrededor, referido a lo económico, o también a lo humano: ¡cuántos necesitan de nuestro interés, de nuestro tiempo, de nuestra acogida, de nuestra esperanza! Y podemos quedarnos en palabras muy bien sonantes – comunidad, solidaridad, justicia, democracia, amor fraterno – y no pasar a lo concreto, a una actuación coherente. También lo dice san Juan en su primera carta: “Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad”

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo. Pero no estamos solos. Podemos vivir el sufrimiento acompañados por Jesús.

El que gane su vida la perderá, el que no piense más que en todo eso que tantas veces constituye nuestra vida: el dinero, la posición social, la diversión, la salud. El que no viva más que para triunfar a toda costa en la vida humana se perderá a sí mismo.

El hombre vale, no lo que valen sus posesiones. El hombre vale lo que vale su corazón, en su tendencia hacia fuera. El hombre comienza a ser hombre de verdad cuando empieza a amar y llega al sumo de ser hombre, cuando se da del todo y da su vida por el amigo.  “el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero… ¿qué significa querer salvar nuestra vida? Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Si pretendemos salvar todo esto, lo perderemos y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”. Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna.

Que esta Eucaristía que ahora celebramos nos dé la fuerza que necesitamos para vivir con mayor intensidad la enseñanza de Jesús.

lunes, 7 de septiembre de 2020

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de hoy nos habla del perdón.  Dios mismo nos demuestra su amor perdonando. Si vivimos superando rencores y ofensas y derramando perdón, nos parecemos a Dios.

 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico no dice que el rencor y el odio son sentimientos malos que no nos ayudan a alcanzar la felicidad y la realización como personas.
 
Con que facilidad el enfado y el mal humor ante una ofensa, ante una acción injusta, ante quien nos hiere de alguna forma.  A veces nos enfurecemos por cosas insignificantes, como con el conductor del coche que nos adelantó.  Cuanto enfado y rencor se aculan en las carreteras, en las calles.  Cuantos insultos decimos, a veces calladamente, a lo largo del día.
 
Cuantos enfados hay en el hogar.  Convertimos en un infierno lo que tiene que ser un lugar de descanso.  Cuanto mal humor reprimimos con una sonrisa falsa, para luego amargar la vida a los familiares y amigos.
 
“Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo… y pasa por alto la ofensa”, nos decía hoy la primera lectura.
 
Tenemos que tomar la vida con sentido del humor, tomar a risa eso que nos altera los nervios.  Si lo hacemos, entonces, seremos más felices y haremos más felices a los demás.  Perdona la ofensa al prójimo, y se te perdonarán tus pecados. En caso contrario no esperemos que Dios nos perdone. Por eso Dios cierra las puertas de su perdón al que se niega a perdonar a los demás.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos dice que “Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor”.  El cristiano, tanto en la vida como en la muerte, pertenece al Señor resucitado que ha vencido la muerte y nos ha dado la vida.
 
Jesús es el Señor de vivos y muertos.  Si somos cristianos, tenemos que orientar toda nuestra vida hacia Dios y orientar nuestra vida hacia Dios significa que tenemos que vivir al estilo de Jesús, es decir, hay que amar al prójimo y vivir para el Señor, y esto no se puede separar.  Quien vive para el Señor amará, comprenderá, servirá y perdonará a su prójimo porque en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
El Evangelio de san Mateo nos habla de un Dios lleno de bondad y de misericordia que derrama sobre sus hijos, de forma total, ilimitada y absoluta, su perdón.
 
Tanto en los tiempos de Jesús como en nuestro tiempo el corazón del ser humano está tentado por el odio y la violencia. Las graves matanzas que estamos sufriendo, los terribles asesinatos y los horrendos crímenes, no se pueden entender de personas con sentimientos humanos, muchos menos cristianos. Cuando hay odio y rencor el sentimiento de venganza hace presa de nuestro corazón, se nubla la razón, se endurecen nuestras entrañas y se comenten los más atroces actos.
 
¿Qué pasa en el corazón de una persona para actuar de esa manera? El odio y el rencor no sólo hacen daño a los otros sino que nos hacemos daño a nosotros mismos.  Sólo el perdón auténtico, dado y recibido, será la fuerza capaz de transformar el mundo.
 
Y no sólo pensemos en el plano meramente individual; el odio, la violencia y la venganza como instrumentos para resolver los grandes problemas de la humanidad están presenten también en el corazón del sistema social vigente. Hay pueblos, naciones enteras, que se mueven por sentimientos de odios y revanchas.
 
La mejor manera de decir que somos discípulos de Jesús es perdonando, o dicho de otra manera, amando a los enemigos.  Amar a los que nos aman y nos tratan con consideración no tiene ninguna dificultad; pero amar a quien juzgamos que nos ha ofendido, requiere un heroísmo grande y una grandeza de corazón. El perdón es un don, una gracia que procede del amor y la misericordia de Dios. Pero exige abrir el corazón a la conversión, es decir, a actuar con los demás según los criterios de Dios y no los del sistema vigente.
 
Sólo quien se sabe amado por Dios es capaz de amar gratuitamente a los demás, y sólo quien ha experimentado la grandeza del perdón de Dios, será capaz de superar las ofensas y dar de corazón el perdón. Es tratar a los demás como Dios nos ha tratado a nosotros.
 
El ejemplo de Jesús es por demás evidente: hemos recibido miles de regalos de Dios, la vida, la salud, la familia, el tiempo… y somos malagradecidos ofendiéndolo con nuestros pecados. Recibimos su perdón, solamente porque nos ama. Pero por el contrario, nos sentimos muy indignados cuando un hermano no nos ha ofrecido el saludo, no ha respetado nuestro derecho o nos ha faltado en alguna cuestión. No hay proporción entre el amor que Dios nos otorga y el perdón que debemos ofrecer.
 
Sólo experimentando el amor que Dios nos tiene, seremos capaces de superar nuestros deseos de venganzas.

lunes, 9 de septiembre de 2019

XXIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)

La liturgia de este domingo nos hablan de cómo Dios ama infinita e incondicionalmente al hombre y por eso siempre esta dispuesto a ofrecernos su perdón.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos presenta a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo. Dios había sacado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y poco después, este pueblo se había desviado del camino adorando a una imagen de metal. Dios deseaba castigar a ese pueblo, pero Moisés pide al Señor que no lo destruya, y Dios perdonó al pueblo.
 
Cuántas personas hay que son capaces de “vender su alma al diablo” para ser importantes, para tener éxito, para llegar a los primero puestos. Cuántas personas hay que son capaces de sacrificar los valores más sagrados para ser populares, conocidos, famosos, para que la gente les tenga envidia, o para tener influencias.
 
Esta clase de personas son capaces de abandonar al Dios verdadero y hacerse adoradores de ídolos para llegar a ser importantes. Hoy los hombres siguen fabricando ídolos: dinero, placer, comodidad, etc. Nos entusiasmamos con Dios y le juramos lealtad y, al rato, lo dejamos para seguir otros caminos. 
 
Dios es siempre fiel, si nos hemos equivocado y hemos ido tras los ídolos de este mundo, podemos pedirle perdón y volver de nuevo a Él. Dios sabe perdonar, aunque nos exige fidelidad a Él. 
 
En la 2ª lectura de san Pablo a Timoteo San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio.
 
San Pablo le asegura a Timoteo que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores. Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien se confiesa el más grande pecador.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta tres parábolas de la misericordia de Dios: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. 
 
Lo primero que podemos decir de estas tres parábolas es que el protagonista no es la oveja perdida o la moneda o el hijo prodigo, sino Dios.
 
Jesús nos dice que Dios se alegra cuando nos encuentra, o más bien cuando nos dejamos encontrar; Dios se alegra cuando nos arrepentimos; Dios se alegra cuando regresamos a su casa; Dios se alegra cuando nos ve sentados a su mesa, cuando participamos de la misa que Él mismo nos ha preparado.
 
Algunos podrían pensar: sin hay más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos… si hay más fiesta por el hijo que malgastó todos los bienes y regresa a casa que por el hijo que estuvo con su padre, entonces pequemos para luego arrepentirnos y así Dios se alegre y haga fiesta.
 
Pensar así seria mal interpretar lo que nos quiere decir Jesús y tomar un camino equivocado.
 
Jesús con estas parábolas esta criticando la actitud de ciertas personas que piensan que están bien, que no tienen que arrepentirse de nada. El que no siente nunca necesidad de volver a la cada del Padre, el que no siente la necesidad del arrepentimiento, el que cree que nada de lo que hace o deja de hacer es malo, es un síntoma de soberbia, de que está enfermo espiritualmente.
 
Todos tenemos que aceptar que somos pecadores, todos tenemos que reconocer la necesidad de arrepentirnos, todos tenemos necesidad de saber que la misericordia de Dios es más grande que nuestras miserias y pecados.
 
Frente a esas personas que señalan, critican y condenan los pecados de los demás, porque ellos creen que no tienen pecado, Jesús nos dice que Dios nos ama misericordiosamente y que nos invita al arrepentimiento de nuestros pecados.
 
Frente a la pérdida de la conciencia de pecado, Jesús nos invita a la conversión y a hacer fiesta con Dios porque Él siempre busca a los alejados y pecadores para ofrecerles su amor y su misericordia.