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martes, 18 de septiembre de 2018


                                    XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria (martes-viernes), misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia (uno por mes), artículos sobre la catequesis (uno por mes), artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
El afán de superación, el deseo de ser el primero, de triunfo y éxito en la vida, parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas.  Por ello la Palabra de Dios hoy nos dicen que no busquemos la sabiduría del mundo, sino que nos esforcemos por buscar la sabiduría de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos presenta la figura del justo que es despreciado porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen un mal comportamiento.  Es la eterna lucha entre el bien y el mal.
 
Para muchas personas la vida es para gozarla, para pasarla bien y por lo tanto aquellas personas que tienen una visión diferente de vivir la vida, aquellas personas que no comparten esa actitud y conducta nos resultan incómodas.
 
Al hombre justo lo queremos eliminar o al menos callar porque nos estorba. Como nos cuestionan y estorban todas aquellas personas que han levantado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.
 
Las personas que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, de justicia, de paz, de solidaridad y respetuosa con las leyes y valores; las personas que quieren vivir fieles a Dios, no son muy bien valoradas, sin embargo, hoy, para muchos jóvenes, las personas a imitar son aquellos que no tienen respeto por nada, que se burlan de la ley, que pisotean los derechos y la moral; para muchos el único fin de la vida es el éxito, el poder, el dinero y no se detienen ante nada ni nadie para obtener estas cosas, aunque tengan que chantajear, traicionar, asesinar o robar.  Todo se vale si me hace feliz.
 
Por eso el hombre justo es, muchas veces, atacado, puesto a prueba en su fidelidad y ejemplaridad.  Pero el hombre justo sale victorioso de las pruebas que le ponen los malvados porque Dios está con él.
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.
 
Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y demandas están al orden del día.
 
La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.
 
Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.
 
¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!
 
El Evangelio de San Marcos, nos dice hoy que en la comunidad cristiana no hay señores, ni personas privilegiadas, ni persona más importantes que otras, ni distinciones basadas en el dinero, en la belleza o en la posición social.  En la comunidad cristiana hay hermanos iguales, a quienes se les encomienda diversos servicios pero todos en función del bien común.
 
Hoy el Señor nos decía: “el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”.  Jesús no niega que haya personas que quieran buscar ser los primeros, pero el que quiera ser el primero, el más cercano al Señor, ha de ser el servidor de los demás.
 
Para algunas personas servir a los demás, servir al pueblo se utiliza con frecuencia como un trampolín para buscar ante todo dinero o poder.  Jesús no habla de este tipo de servicio sino de un servicio sin factura ni beneficios.
 
Hay profesiones que son más de servicio que otras, sobre todo aquellas profesiones que  son necesarias para la sociedad, puestos públicos, puestos sociales, políticos, puestos de enseñanza, pero hay que ser sinceros, cuando elegimos esos puestos, ¿los elegimos para servir? ¿O los elegimos por las ventajas económicas que obtenemos, la posición social que nos da, los sueldos que cobramos?  Y la pregunta es ¿dónde quedan las gentes que queremos ayudar, dónde queda la ayuda?
 
Desde cualquier puesto se puede servir.  Lo importante es que tengamos el deseo y la actitud sincera de servir, de ayudar.
 
Hay que servir pero sin pasar factura.  No olvidemos: “el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”
 

martes, 11 de septiembre de 2018

XXIV DOMINGO ORDINARIO 

 


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XXIV DOMINGO ORDINARIO 

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más. 

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor. 

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado. 

No podemos pasarnos la vida inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. 

Hay que confiar en Dios.  Dios tiene que ser para nosotros esa piedra segura a la que nos podemos agarrar, incluso cuando parece que todo se hunde.  Hay que vivir la vida con serenidad y confianza en Dios.  El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en los brazos de su madre.  Sólo confiando en Dios, podremos vivir libres del miedo, con un corazón en paz, aceptando tranquilamente los planes que Dios nos mande. 

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

Ser cristiano no es sólo cumplir unos ritos, ni estar anotado en el libro de bautismos.  Ser cristiano es imitar a Cristo. 

Si Cristo luchó por la justicia, por la verdad; denunció todo lo que esclaviza al hombre y le impide ser feliz; supo perdonar y dar paz y entregar su vida para salvarnos, nosotros si queremos seguir a Cristo tenemos que luchar contra todo lo que genera injusticias y opresión; tenemos que amar a los que la sociedad margina y rechaza; tenemos que estar en contra de la violencia y del odio y trabajar por la tolerancia y el amor. 

Si queremos ser de Cristo no podemos quedarnos sólo en oración y misa o en la construcción de Iglesias o salones parroquiales, o en colaborar en las actividades parroquiales. 

No podemos venir a misa y luego en la vida diaria cometer injusticias, pactar con la corrupción, tratar con poca caridad a los que viven a nuestro lado, ser indiferentes a las necesidades y dolores de nuestros hermanos, marginar a los que no nos caen bien, etc. 

Si queremos ser de Cristo no puede haber una separación entre la vida y la fe.  Este es el mensaje importante que hoy nos transmite Santiago. 

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”. 

Para muchas personas lo importante es disfrutar la vida al máximo, sin límites.  Gozar de todo placer.  Poseer siempre más.  Hacer lo que me apetece.  Para otros, la vida es buscar el poder, el dominio, el triunfo, el éxito, estar al lado de los vencedores, buscar un buen puesto en la administración pública, etc. 

Sin embargo Jesús es muy claro: quien quiera salvar su tranquilidad, sus intereses, quien quiera vivir al margen del Evangelio destruirá su vida para siempre.   

Jesús nos dice hoy: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.  “El que quiera”.  Es voluntario seguir a Jesús, pero quien lo haga lo tiene que hacer por el camino que Él nos indica. 

Hay que tomar la cruz, esto no quiere decir sinónimo de masoquismo, ni de resignación.  No es huir del mundo.  Tomar la cruz es enfrentar la vida tal como viene, aceptar nuestra vida con sus luces y con sus sombras y trabajar para que cada vez haya menos crucificadores y crucificados en este mundo.  Tomar la cruz y seguirlo es caminar con Él hasta el final y afrontar la vida sin drogas ni pretextos para no seguir adelante. 

Que Jesús sea para nosotros no un personaje más de la historia, sino nuestro camino, verdad, vida, Pan vivo y que estemos dispuesto a seguirlo hasta el final.

 

martes, 4 de septiembre de 2018


XXIII DOMINGO ORDINARIO 

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios. 
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo. 
 
Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.  
 
Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones. 
 
Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos. 
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie. 
 
¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto? 
 
En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son. 
 
Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación. 
 
El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo. 
 
El sordomudo representa a todos esos que no quieren escuchar a Dios, que construyen su vida sin contar con Dios.  Representa también a todos aquellos que no saben comunicarse, que no saben dialogar, que no son tolerantes. 
 
Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. 
 
Nosotros también, muchas veces, somos sordos.  Somos sordos de conveniencia, cuando escuchamos nada más que lo que nos conviene, lo que está de acuerdo con nuestras ideas. 
 
Vivimos en la era de la comunicación: radio, televisión, e-mail, internet, mensajes por los móviles, pero a la vez, cada día más aumenta la incomunicación y la soledad en la sociedad. En la familia hay muchas sorderas a causa de la incomunicación entre padres e hijos.  Lo que hoy nos sobra es información pero nos falta comunicación en nuestras relaciones personales. 
 
La falta de comunicación puede deberse a muchas cosas.  Pero una de las razones es el temor a confiar en los demás, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarnos dentro de nosotros mismos. 
 
Somos sordomudos porque nos vamos aislado cada vez más, porque dejamos de hablar con los demás, porque pensamos que ¿qué nos pueden decir los demás que yo ya no sepa? O ¿qué puedo decir yo a los demás si cada cual va a los suyo, buscando sus propios intereses? 
 
Por ello hoy el Señor nos tiene que decir también a nosotros: “Effetá! ¡Abrete!   
 
Effetá: que nuestros oídos escuchen y nuestra lengua se suelte en la intercomunicación familiar, entre esposos, padres e hijos, sin olvidar a los mayores. 
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que se abran nuestros oídos, para que sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios que nos habla constantemente.  Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, con amor, de corazón a corazón.
 

martes, 28 de agosto de 2018

XXII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos. 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella. 
Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes. 
Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.
Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad. 
“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen. 
La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”.   
Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea. 
La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción. 
La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano. 
La religión que agrada a Dios no es la de la observancia de normas externas y vacías, sino la de la vivencia de la justicia, la de la atención a los necesitados, la de la honradez y la honestidad. 
En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía. 
Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar. 
A muchas personas se les ve también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios. 
Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior. 
Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar. 
El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?
La vida de un cristiano tiene que estar de acuerdo entre lo que dice y lo que hace, entre lo que reza y lo que practica.  Por eso hoy el Señor denuncia la hipocresía: rezar con los labios y ofrecer un culto vacío; y una doble conducta moral: contentándonos con ritos, pero olvidándonos del verdadero mandamiento, que es el amor a Dios y al prójimo. 
¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!” 

martes, 14 de agosto de 2018


XX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”.  En la Biblia, la sabiduría es el arte de vivir y nos ayuda para orientarnos en este mundo y así vivir y actuar mejor.  Por lo tanto optar por la sabiduría significa acoger la vida, la felicidad, la realización como persona; optar por la ignorancia es escoger la muerte, la infelicidad, el fracaso.   

Hay que saber elegir: sabiduría o ignorancia.  Si queremos triunfar en la vida, si queremos realizarnos plenamente como personas y alcanzar la felicidad hay que escoger la sabiduría.  Sin embargo, muchas veces buscamos nuestra realización plena y nuestra felicidad al margen de Dios y sus valores, al margen de esa sabiduría de Dios y Dios no puede ser excluido de nuestra vida si queremos tener éxito y ser felices.  No podemos llegar a nuestra realización plena ignorando a Dios y a sus propuestas. 

La sabiduría que procede de Dios es fuente de experiencia, y la experiencia, a su vez, es fuente de prudencia. 

La sabiduría sale a nuestro encuentro, pero cada uno es libre de aceptarla o no.  Quien la acepte será un hombre prudente y vivirá una mejor vida, quien la desprecie seguirá por el camino de la imprudencia. 

La Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos la existencia. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez.   

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias. 

La insensatez nos lleva al libertinaje; la sensatez, en cambio, es estar cerca de Dios.  Sólo la persona insensata se aparta de Dios y de esa sabiduría que procede de Dios. 

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez.

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz. 

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre. 

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena. 

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y mirar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó. 

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva. 

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira.   

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida. 

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

martes, 7 de agosto de 2018


XIX DOMINGO ORDINARIO  

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza. 

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión. 

También nosotros podemos estar cansados y en crisis.  No sólo se cansan de buscar sentido a su vida aquellos que abandonan su fe, sino que hay también muchas personas que se cansan de hacer el bien y sufren porque su voz no es oída y porque ven que se van perdiendo los valores cristianos en este mundo en el que vivimos.  Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte. 

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza. 

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la flojera, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir. 

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe. 

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica. 

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios. 

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mi, tiene vida eterna”. 

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores. 

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios. 

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios. 

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!