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martes, 25 de septiembre de 2018


XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
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XXVI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO

Seguir a Jesús no es un privilegio de nadie.  Nadie tiene el monopolio de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera.  Todo lo tenemos que hacer de acuerdo a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión y Moisés no se siente celoso por eso.

Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos nos vuelven egocéntricos y si una persona celosa es un peligro cuando se deja llevar por los celos, mucho más peligroso es un grupo social movido por los celos, con el agravante de que en esos grupos, todos se autoconvencen de tener y estar en la verdad absoluta.

Los celos de ciertos grupos, de ciertas personas, hacen que se generen persecuciones, que condenemos a lo demás, que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; los celos nos hacen que no seamos generosos, que no reconozcamos las capacidades del otro.  Por desgracia hay celos en lo deportivo, en lo político, en lo religioso.
 
Por celos caemos en fanatismos, en intransigencias e intolerancia e impedimos que otras personas, que pueden ser muy valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no dejamos que los demás nos ayuden, no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.
 
¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!  ¡Cuántas cosas tendrá Dios que dejar de hacer porque por celos impedimos que se lleve a cabo la obra de Dios en el mundo!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no poner nuestra esperanza y nuestra confianza en el dinero porque éste se acaba.
El apóstol Santiago, como Jesús, no desprecia los bienes materiales.  Son “bendición de Dios”.  Dios ha creado las riquezas para cubrir las necesidades de los hombres.  Lo que se denuncia en la lectura de hoy es el abuso de la riqueza y el poder e injusticia que lleva consigo.

Hacer dinero es el único objetivo en la vida para muchas personas y cuando lo tienen creen que ya son felices porque lo tienen todo.  El dinero, una buena cuenta en el banco, un buen coche, una buena casa, nos dan satisfacciones inmediatas, y quizás hace que los demás nos vean como gente importante, pero todo esto no sacia nuestra sed de felicidad, de vida eterna.

No podemos, pues, acumular riqueza a costa de la miseria y de la explotación a los seres humanos.  No es cristiano quien no paga el sueldo justo; no es cristiano quien se aprovecha de la ignorancia y de la miseria para realizar negocios “ilícitos” que lo enriquezca.
 
El dinero mal adquirido nos aleja de Dios.  El dinero bien adquirido con nuestro trabajo y entrega, Dios lo hace crecer y lo multiplica, por ello atesoremos para Dios y evitemos la ambición de las riquezas.
 
El Evangelio de San Marcos nos muestra una actitud intolerante de los discípulos a que alguien fuera del grupo pueda hacer el bien.
 
Vivimos cada vez más en un mundo plural donde debemos propiciar un valor fundamental como es la tolerancia.  La tolerancia es algo positivo porque en vez de restar energías, sumamos esfuerzos.
 
Hay que aprender a ser tolerantes y para ello es necesario, sobre todo, aceptar lo bueno y razonable que otros puedan tener.  Hemos de aceptar a esas personas, a esos grupos que son capaces, como Jesús dice hoy, de hacer el bien.  Hemos de colaborar con todas aquellas personas y grupos que trabajen por “expulsar demonios”, es decir, colaborar con todos aquellos que trabajan por liberar al hombre de la opresión, del hambre, de la injusticia, de la violencia.  Todos los que trabajan por humanizar este mundo, no están contra nosotros los cristianos, están con nosotros.
 
Los políticos que trabajan por una sociedad más justa, los periodistas que defiende la verdad y la libertad, los líderes sindicales que buscan mejoras para sus agremiados, los maestros que son verdaderos educadores, aunque no sean de los nuestros, pero si se esfuerzan por un mundo mejor, están a favor nuestro.
 
No despreciemos a nadie y sobre todo seamos tolerantes con todos aquellos, que junto con nosotros los cristianos, se esfuerzan por un mundo mejor.

 


 



 




 






 







 








 








 










 










 










 










 









 









 









 









 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

 

martes, 18 de septiembre de 2018


                                    XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO


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XXV DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
El afán de superación, el deseo de ser el primero, de triunfo y éxito en la vida, parecen, en principio, aspiraciones legítimas del ser humano; el problema está en los medios que utilizamos para alcanzar esas metas.  Por ello la Palabra de Dios hoy nos dicen que no busquemos la sabiduría del mundo, sino que nos esforcemos por buscar la sabiduría de Dios.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, nos presenta la figura del justo que es despreciado porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen un mal comportamiento.  Es la eterna lucha entre el bien y el mal.
 
Para muchas personas la vida es para gozarla, para pasarla bien y por lo tanto aquellas personas que tienen una visión diferente de vivir la vida, aquellas personas que no comparten esa actitud y conducta nos resultan incómodas.
 
Al hombre justo lo queremos eliminar o al menos callar porque nos estorba. Como nos cuestionan y estorban todas aquellas personas que han levantado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.
 
Las personas que viven y quieren vivir en una sociedad de derecho, de justicia, de paz, de solidaridad y respetuosa con las leyes y valores; las personas que quieren vivir fieles a Dios, no son muy bien valoradas, sin embargo, hoy, para muchos jóvenes, las personas a imitar son aquellos que no tienen respeto por nada, que se burlan de la ley, que pisotean los derechos y la moral; para muchos el único fin de la vida es el éxito, el poder, el dinero y no se detienen ante nada ni nadie para obtener estas cosas, aunque tengan que chantajear, traicionar, asesinar o robar.  Todo se vale si me hace feliz.
 
Por eso el hombre justo es, muchas veces, atacado, puesto a prueba en su fidelidad y ejemplaridad.  Pero el hombre justo sale victorioso de las pruebas que le ponen los malvados porque Dios está con él.
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.
 
Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y demandas están al orden del día.
 
La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.
 
Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.
 
¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!
 
El Evangelio de San Marcos, nos dice hoy que en la comunidad cristiana no hay señores, ni personas privilegiadas, ni persona más importantes que otras, ni distinciones basadas en el dinero, en la belleza o en la posición social.  En la comunidad cristiana hay hermanos iguales, a quienes se les encomienda diversos servicios pero todos en función del bien común.
 
Hoy el Señor nos decía: “el que quiera ser el primero, que sea el último y el servidor de todos”.  Jesús no niega que haya personas que quieran buscar ser los primeros, pero el que quiera ser el primero, el más cercano al Señor, ha de ser el servidor de los demás.
 
Para algunas personas servir a los demás, servir al pueblo se utiliza con frecuencia como un trampolín para buscar ante todo dinero o poder.  Jesús no habla de este tipo de servicio sino de un servicio sin factura ni beneficios.
 
Hay profesiones que son más de servicio que otras, sobre todo aquellas profesiones que  son necesarias para la sociedad, puestos públicos, puestos sociales, políticos, puestos de enseñanza, pero hay que ser sinceros, cuando elegimos esos puestos, ¿los elegimos para servir? ¿O los elegimos por las ventajas económicas que obtenemos, la posición social que nos da, los sueldos que cobramos?  Y la pregunta es ¿dónde quedan las gentes que queremos ayudar, dónde queda la ayuda?
 
Desde cualquier puesto se puede servir.  Lo importante es que tengamos el deseo y la actitud sincera de servir, de ayudar.
 
Hay que servir pero sin pasar factura.  No olvidemos: “el que quiera ser el primero, que sea el servidor de todos”
 

martes, 11 de septiembre de 2018

XXIV DOMINGO ORDINARIO 

 


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XXIV DOMINGO ORDINARIO 

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más. 

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor. 

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado. 

No podemos pasarnos la vida inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. 

Hay que confiar en Dios.  Dios tiene que ser para nosotros esa piedra segura a la que nos podemos agarrar, incluso cuando parece que todo se hunde.  Hay que vivir la vida con serenidad y confianza en Dios.  El creyente que confía en Dios, se siente seguro y protegido, como un niño en los brazos de su madre.  Sólo confiando en Dios, podremos vivir libres del miedo, con un corazón en paz, aceptando tranquilamente los planes que Dios nos mande. 

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

Ser cristiano no es sólo cumplir unos ritos, ni estar anotado en el libro de bautismos.  Ser cristiano es imitar a Cristo. 

Si Cristo luchó por la justicia, por la verdad; denunció todo lo que esclaviza al hombre y le impide ser feliz; supo perdonar y dar paz y entregar su vida para salvarnos, nosotros si queremos seguir a Cristo tenemos que luchar contra todo lo que genera injusticias y opresión; tenemos que amar a los que la sociedad margina y rechaza; tenemos que estar en contra de la violencia y del odio y trabajar por la tolerancia y el amor. 

Si queremos ser de Cristo no podemos quedarnos sólo en oración y misa o en la construcción de Iglesias o salones parroquiales, o en colaborar en las actividades parroquiales. 

No podemos venir a misa y luego en la vida diaria cometer injusticias, pactar con la corrupción, tratar con poca caridad a los que viven a nuestro lado, ser indiferentes a las necesidades y dolores de nuestros hermanos, marginar a los que no nos caen bien, etc. 

Si queremos ser de Cristo no puede haber una separación entre la vida y la fe.  Este es el mensaje importante que hoy nos transmite Santiago. 

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “el que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el evangelio, la salvará”. 

Para muchas personas lo importante es disfrutar la vida al máximo, sin límites.  Gozar de todo placer.  Poseer siempre más.  Hacer lo que me apetece.  Para otros, la vida es buscar el poder, el dominio, el triunfo, el éxito, estar al lado de los vencedores, buscar un buen puesto en la administración pública, etc. 

Sin embargo Jesús es muy claro: quien quiera salvar su tranquilidad, sus intereses, quien quiera vivir al margen del Evangelio destruirá su vida para siempre.   

Jesús nos dice hoy: “El que quiera venirse conmigo, que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga”.  “El que quiera”.  Es voluntario seguir a Jesús, pero quien lo haga lo tiene que hacer por el camino que Él nos indica. 

Hay que tomar la cruz, esto no quiere decir sinónimo de masoquismo, ni de resignación.  No es huir del mundo.  Tomar la cruz es enfrentar la vida tal como viene, aceptar nuestra vida con sus luces y con sus sombras y trabajar para que cada vez haya menos crucificadores y crucificados en este mundo.  Tomar la cruz y seguirlo es caminar con Él hasta el final y afrontar la vida sin drogas ni pretextos para no seguir adelante. 

Que Jesús sea para nosotros no un personaje más de la historia, sino nuestro camino, verdad, vida, Pan vivo y que estemos dispuesto a seguirlo hasta el final.

 

martes, 4 de septiembre de 2018


XXIII DOMINGO ORDINARIO 

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios. 
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo. 
 
Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.  
 
Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones. 
 
Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos. 
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie. 
 
¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto? 
 
En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son. 
 
Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación. 
 
El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo. 
 
El sordomudo representa a todos esos que no quieren escuchar a Dios, que construyen su vida sin contar con Dios.  Representa también a todos aquellos que no saben comunicarse, que no saben dialogar, que no son tolerantes. 
 
Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. 
 
Nosotros también, muchas veces, somos sordos.  Somos sordos de conveniencia, cuando escuchamos nada más que lo que nos conviene, lo que está de acuerdo con nuestras ideas. 
 
Vivimos en la era de la comunicación: radio, televisión, e-mail, internet, mensajes por los móviles, pero a la vez, cada día más aumenta la incomunicación y la soledad en la sociedad. En la familia hay muchas sorderas a causa de la incomunicación entre padres e hijos.  Lo que hoy nos sobra es información pero nos falta comunicación en nuestras relaciones personales. 
 
La falta de comunicación puede deberse a muchas cosas.  Pero una de las razones es el temor a confiar en los demás, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarnos dentro de nosotros mismos. 
 
Somos sordomudos porque nos vamos aislado cada vez más, porque dejamos de hablar con los demás, porque pensamos que ¿qué nos pueden decir los demás que yo ya no sepa? O ¿qué puedo decir yo a los demás si cada cual va a los suyo, buscando sus propios intereses? 
 
Por ello hoy el Señor nos tiene que decir también a nosotros: “Effetá! ¡Abrete!   
 
Effetá: que nuestros oídos escuchen y nuestra lengua se suelte en la intercomunicación familiar, entre esposos, padres e hijos, sin olvidar a los mayores. 
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que se abran nuestros oídos, para que sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios que nos habla constantemente.  Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, con amor, de corazón a corazón.
 

martes, 28 de agosto de 2018

XXII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos. 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella. 
Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes. 
Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.
Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad. 
“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen. 
La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”.   
Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea. 
La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción. 
La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano. 
La religión que agrada a Dios no es la de la observancia de normas externas y vacías, sino la de la vivencia de la justicia, la de la atención a los necesitados, la de la honradez y la honestidad. 
En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía. 
Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar. 
A muchas personas se les ve también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios. 
Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior. 
Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar. 
El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?
La vida de un cristiano tiene que estar de acuerdo entre lo que dice y lo que hace, entre lo que reza y lo que practica.  Por eso hoy el Señor denuncia la hipocresía: rezar con los labios y ofrecer un culto vacío; y una doble conducta moral: contentándonos con ritos, pero olvidándonos del verdadero mandamiento, que es el amor a Dios y al prójimo. 
¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!”