Vistas de página en total

martes, 30 de julio de 2019

XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx



XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
La liturgia de este domingo nos interroga acerca de la actitud que tomamos frente a los bienes de este mundo. Los bienes de este mundo no pueden ser el dios que dirija nuestra vida.
 
La 1ª lectura del Libro del Eclesiastés, nos decía que todo es “vana ilusión”.  ¿Para qué tanto esfuerzo y tanto agotamiento? ¿Para qué luchar tanto si todo lo dejaremos aquí?, ¿para qué tanto esfuerzo y desasosiego si no somos felices ni nuestro corazón descansa tranquilo?
 
¡Hay personas que no tienen tiempo para disfrutar de la vida! Y la gran ironía de la vida es que su trabajo no les obtiene ningún provecho, otros lo disfrutan.
 
Es muy triste que haya hombres que trabajan para que otros disfruten las ganancias. Esta es una actitud muy frecuente en nuestras vidas y así solemos decir: “todos mis esfuerzos son para dejarles un porvenir a mis hijos” o decimos: “sólo me importa el futuro de los míos”.  El libro del Eclesiastés nos advierte y nos dice que todos esos esfuerzos son vana ilusión porque en muchas ocasiones los hijos malgastan las herencias y los nietos terminan siendo pobres.  Este es el peligro de subordinar todo al trabajo y a las ganancias.
 
Los bienes materiales no dan sentido a nuestra vida.  Dios es el único que llena el “vacío” que no pueden llenar los bienes de la tierra.
 
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Colosenses nos aconsejaba buscar los bienes del cielo donde está Cristo esperándonos para premiarnos si nuestra vida ha sido buena. 
 
No nos apeguemos demasiado a las cosas terrenas porque cuando llegue nuestra hora, cuando el Señor decida llamarnos, lo dejaremos todo aquí. Hemos de luchar por aquellos bienes que no se terminan con la muerte; por los bienes que sí podemos “llevar con nosotros”.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola del “rico insensato”
 
El evangelio de hoy cuestiona fuertemente algunos de los fundamentos sobre los que se construyen nuestra sociedad.  El capitalismo salvaje que, por amor al dinero, esclaviza y obliga a trabajar hasta el agotamiento (y por sueldos miserables) a hombres, mujeres y niños continúa presente en muchos países.
 
Muchos trabajadores, probablemente, pasan la vida esclavos del trabajo y de los bienes, que no nos dejan tiempo ni disponibilidad para las cosas importantes: Dios, la familia, el prójimo.  Muchas veces, el mercado del trabajo, no nos da otra posibilidad (si no producimos lo que la empresa ha planificado, otro ocupará nuestro lugar).  Otras veces, somos esclavos del trabajo porque queremos serlo.  Cuántas personas deciden no tener hijos, para dedicarse a una carrera de éxito profesional que los haga ricos antes de los 40 años.
 
En un país en donde a muchas familias el dinero no les alcanza para comprar el alimento necesario; en donde muchos mueren porque no tienen dinero para curarse las enfermedades más sencillas, en un ambiente en donde con frecuencia vemos que la justicia se compra con dinero, es fácil que nos suenen  atrayentes frases como: “El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla,”  o “poderoso caballero es Don Dinero.”
 
Con frecuencia pensamos que “el dinero abre todas las puertas”, pero Jesús y la experiencia nos aseguran que la vida, la felicidad y las cosas que verdaderamente valen no se compran con dinero. 
 
¡Cuántas familias divididas a causa de las herencias!  ¡Cuánta corrupción social por un puñado de monedas!  ¡Cuánta esclavitud, prostitución y drogadicción, para que unos cuantos amasen fortunas!
 
El riesgo de quien vive disfrutando de sus bienes es olvidar su condición de hijo de Dios y de hermano de todas las personas. Su condena es ir cargando sobre sus hombros el pesado fardo que ha amasado pero que terminará oprimiéndole el corazón y pasará a otras manos. Como el burro del aguador que se muere de sed llevando sobre sus lomos los cántaros de agua. Si la riqueza no se comparte, corrompe el corazón, lo atrofia y lo hace infeliz.
 
La vida de una persona sólo tiene sentido si se hace rico ante Dios, por eso Jesús nos pide hoy que busquemos sobre todo el Reino de Dios y su justicia, que seamos solidarios y compartamos las riquezas para que nuestras manos no estén vacías cuando nos presentemos al final de nuestra vida ante Dios.
 
 

martes, 23 de julio de 2019

XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos habla sobre la oración y la actitud que nosotros como cristianos debemos tener cuando oramos a Dios.
 
La 1ª lectura del libro de Génesis nos presenta a Abraham dialogando y regateando con Dios para salvar a Sodoma y Gomorra de su destrucción.
 
Con Abraham nos damos cuenta que el deseo de salvar de Dios es mucho más fuerte que la decisión de castigar.  En realidad, son los habitantes de ambas ciudades que por los excesos de su vida corrompida no dejan a Dios otra salida; ellos mismos se han autocondenado.
 
Si nos fijamos en la historia de las grandes civilizaciones, hallamos épocas de gran poder, construidas a veces sobre todo tipo de vicios, injusticias, falta de ética y de corrupción a todos los niveles, todas estas cosas han sido la ocasión para el derrumbamiento, el hundimiento hasta la desaparición de aquellos imperios.
 
Hoy día tenemos que tener los ojos abiertos y un espíritu crítico ante las deficiencias y pecados de nuestra sociedad.  Estamos en un punto de nuestra historia muy parecido a Sodoma y Gomorra.  Comprobamos, con dolor, que cada día hay más y más personas que ven el pecado como algo normal.  Nada ven como pecado. 
 
Hay que rezar cada día para que esta sociedad cambie y se acerque más a Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es una catequesis sobre el Bautismo.
 
Por el bautismo nos incorporamos a la muerte y resurrección de Cristo: morimos al pecado para renacer como hijos de Dios.  Nos incorporamos también a formar parte de una comunidad parroquial, ya no somos seres aislados y solitarios formamos parte de la gran familia de los hijos de Dios.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a los discípulos pidiéndole a Jesús que los enseñe a orar.
 
Parecería extraña y fuera de lugar en nuestros tiempos la súplica de los discípulos que piden: “Señor, enséñanos a orar”. ¿Por qué orar en nuestros tiempos? ¿Tendrá sentido la oración en un mundo tan lleno de ciencia y de técnica que parece que ya todo lo sabemos, todo lo podemos y todo lo prevenimos?
 
Hoy más que nunca necesitamos hacer la misma petición a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”. Y no tanto porque necesitemos oraciones o novenas que como ritos mágicos nos alcancen el favor que estamos pidiendo; no padrenuestros dichos corriendo para cumplir con las obligaciones de un rito. 
 
Orar es ponerme frente a Dios. Sin más preocupaciones.  Nosotros que tenemos tantas actividades y nos hemos llenado de preocupaciones y evasiones, debemos  aprender a “estar” calladamente delante de Dios que sabemos que nos ama. No es posible vivir la fe cristiana ni nuestra vocación humana sin orar.
 
Al rezar hemos de invocar a Dios como “Padre nuestro”.  Dios es ese Padre bueno que siempre nos escucha.  Pero además al decir Padre nuestro estamos saliendo de nuestro individualismo, estamos reconociendo en todo hombre la misma dignidad de ser hijos de Dios. 
 
No podemos decir que Dios es Padre “nuestro”, si damos la espalda y rechazamos la construcción del Reino de Dios que se hace con todos los hermanos; no podemos pedir que se haga la voluntad del Padre buscando injustamente sólo nuestros intereses a costa del dolor de los hermanos.
 
Pedir el pan es dejar a un lado las ambiciones egoístas que nos llevan a esconder y acumular los bienes de todos, haciendo sufrir y creando estructuras injustas que empobrecen a muchos hermanos nuestros. Pedir el pan de cada día es confiar en la Providencia y tender la mano abierta a compartir el pan que hoy Dios mi Padre me ha regalado.
 
Perdonar y ser perdonados.  No hay peor cosa que el rencor, la envidia, la mentira, la injusticia y la venganza. Necesitamos purificar nuestro interior y pedir que alcancemos la gracia de estar en paz tanto con los que nos han ofendido como con aquellos a quienes hemos ofendido nosotros.
 
Hoy necesitamos aprender nuevamente el Padre Nuestro, aprender a recitarlo y a vivirlo, hacer vida cada una de las palabras contenidas en el Padre Nuestro.
 
 

martes, 16 de julio de 2019

XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

XVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este Domingo nos invitan a reflexionar sobre la hospitalidad y a vivir nuestra relación con Dios desde la oración y el trabajo.
 
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham acogiendo a tres personajes y siendo hospitalario con ellos.  Acogiendo a estos tres personajes, Abraham estaba acogiendo al mismo Dios en su casa.

 
Se ha perdido en nuestro tiempo un valor que era fundamental para nuestros padres. Ahora hay más desconfianza ante el desconocido o forastero, más desconfianza ante aquél que no es de los nuestros: solemos cerrar la puerta de nuestras casas; desconfiamos del desconocido que se acerca a nuestra puerta, limitamos nuestra comunicación con los demás, nos encerramos en nuestra casa o en nosotros en vez de salir al encuentro del que viene. Quizá esto es debido a la sensación que tenemos que no nos falta de nada,  y llegamos a la conclusión de que no necesitamos a los demás.  Pensamos que cada cual se las debe arreglar como pueda, cada uno que solucione sus problemas, pues no es nuestro problema. No nos damos cuenta de que acoger a los demás enriquece nuestra vida, nos abre nuevos horizontes, nos hace sentir el gozo de la fraternidad y nos ayuda a encontrarnos con nosotros mismos y con Dios.
 
Sin embargo, la hospitalidad sigue siendo una gran virtud y una gran necesidad en nuestro mundo. El acoger al hombre es dar acogida a Dios en nuestra vida.
 
En la 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses,  san Pablo nos ha explicado los grandes bienes que le han sido dados como consecuencia de haber recibido a Jesús con fe y amor. 
 
Nos decía San Pablo que hay que corregir y enseñar para que todos lleguen a la madurez en la vida cristiana.  ¿Cuándo se puede decir que un cristiano es maduro? Las lecturas nos vienen a decir cuando uno acepta y acoge la Palabra de Dios y la cumple, cuando uno acepta la voluntad de Dios en su vida. Normalmente queremos que Dios haga lo que nosotros queremos y no nos damos cuenta que lo que tenemos que hacer es ponernos en sus manos, para que se haga su voluntad, que es nuestra felicidad.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de Marta y María.
 
Muchas veces se ha caracterizado a nuestra época como una época de cambio, de movimiento, de ruido y de banalidad. Vivimos tan de prisa y nos llenamos de tantas cosas que al final nos quedamos vacíos.
 
La imagen de Jesús compartiendo familiarmente con los amigos, dialogando, proponiendo y dejando espacios de comunicación tendría que ser para nosotros un fuerte reclamo a las prisas, los ruidos, las carreras y el activismo que a toda hora nos come y nos quita tiempo.
 
Parecería que le tenemos miedo al silencio, a la contemplación y a la reflexión. Las palabras de Jesús a Marta son palabras también para nosotros: “Marta, Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas; solo una es necesaria”. Lo que Jesús le dice a Marta no es que esté equivocada al hacer sus quehaceres, sino en la forma de hacerlos y en querer que María también se ponga en actividad frenética.
 
El caso de Marta y María es aprovechado por San Lucas para resaltar el valor de la escucha de la Palabra de Dios. Para conocer y amar a Jesús tiene que haber un encuentro y para el encuentro se requiere silencio, apertura y espacios.
 
Hoy en día vemos cómo las personas pueden durar horas hablando por Internet, teléfono, o Chat, pero son incapaces de comenzar una conversación a corazón abierto, frente a frente, con el hermano, el amigo, la mamá o el vecino, o con Dios. Tenemos miedo al encuentro porque todo encuentro, para bien o para mal, tiene sus consecuencias. Todos debemos confesar que en nuestra vida hemos encontrado personas que nos han marcado íntimamente.
 
Hoy Cristo nos invita a un encuentro con Él.  Y lo primero que exige Jesús para un encuentro es saber escuchar su palabra.
 
Es necesario no sólo escuchar a Jesús sino también a los otros.  Es necesario aprender a escuchar a los demás en el trabajo, en la escuela, en los grupos, a los pobres.   A veces hacemos y hacemos, pero no lo que los otros esperan de nosotros. A veces nos deshacemos en actividad pero no la importante, no la que quiere Jesús.
 
Que hoy podamos escuchar la Palabra de Jesús para después expresarla en el verdadero servicio a los hermanos.
 

martes, 9 de julio de 2019

XV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

XV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo son una invitación a amar a Dios y al prójimo y vivir así una vida en plenitud.
 
 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos invita a poner a Dios en el centro de nuestra vida y a amarlo con todo el corazón.  ¿Cómo?  Escuchando su voz en lo íntimo del corazón. Tenemos que escuchar, prestar atención a lo que Dios nos dice, porque lo que Dios nos dice nos tiene que interesar enormemente para nuestra vida.
 
 
Ante Dios que nos habla al corazón no tengamos una postura pasiva, dejando que las palabras de Dios nos resbalen, como el agua resbala por una superficie grasosa.  Cuando Dios habla hay que escucharlo porque nos ama.
 
Escuchar a Dios significa que debemos cumplir sus mandamientos.  A veces creemos que los mandamientos de Dios están por encima de las posibilidades del hombre normal, pensamos que los mandamientos superan las fuerzas humanas.  Y creemos que sólo unos pocos superhombres pueden cumplirlos.
 
Si esto fuera así, Dios sería un monstruo, porque exigiría al hombre lo que jamás el hombre podría cumplir.  Lo que Dios nos manda que cumplamos no es algo para superhombres, no es algo inalcanzable.

 
Los mandamientos de Dios están grabados en nuestro corazón y en nuestra conciencia.  Los mandamientos del Señor nos ayudan a apartarnos del mal y hacer el bien y no son difíciles de cumplir. 
La 2ª lectura de San Pablo a los Colosenses nos presenta un himno de acción de gracias a Cristo porque Él es el centro alrededor del cual se construye la historia y la vida del creyente.
 
Para nosotros Cristo tiene que ser el centro de nuestra vida.  Nuestra vida no puede estar centrada y basada en cosas secundarias que no son el Señor.
 
Hay que estar muy atentos porque hay ídolos, poderes o incluso “santos” en quienes centramos nuestra vida y nos desviamos de Cristo.  El Señor no puede ser para nosotros solamente un hombre bueno, que dio la vida por un ideal, pero que no ocupa el centro de nuestra vida.
 

Quien quiera llegar a encontrarse con Dios no tiene otro camino que Cristo.  Quien quiera llegar a ser perfecto no puede hacerlo al margen de Cristo.  Quien quiera iniciar un camino de conversión para volver a Dios Padre, no puede hacerlo sino en Cristo y con Cristo.

 
Dejemos, pues, que Cristo habite en nuestros corazones.

 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola del Buen Samaritano. 
 

La pregunta del doctor de la Ley, es la pregunta que todos los hombres nos hacemos: “¿qué hacer para llegar a la vida plena, a la felicidad? ¿Cómo dar, verdaderamente, sentido a la vida?”
 
La respuesta a estas preguntas es: “haz de Dios el centro de tu vida, ámalo y ama también a tu prójimo”  Sólo desde el amor a Dios y al prójimo alcanzaremos nuestra realización plena.

 
Y ¿qué significa amar al prójimo?  Se trata de ver en cada persona, sin excepción, a un hermano y darle la mano siempre que lo necesite.  Cualquier persona con quien nos crucemos por los caminos de la vida, tiene derecho a nuestro amor, a nuestra misericordia, a nuestro cuidado.
 

Hoy, por desgracia, vivimos en un mundo globalizado pero individualista.  Nos preocupamos nada más que de nosotros mismos y no de los demás ni de Dios.  Vemos a los demás como una amenaza para nuestros intereses, e incluso en nombre del respeto a la libertad del otro, lo dejamos que “viva como quiera” “que haga lo que quiera”, aunque se esté destruyendo y acabando con su vida.
 
No podemos construir nuestra vida desde el aislamiento y la soledad, viviendo distanciados unos de otros y sin importarnos lo que ocurre a nuestro alrededor o lo que le ocurre a los que viven cerca de nosotros.
 
Cuantas veces por no complicarnos la vida, o porque así están las leyes, o porque decimos que “ellos se lo han buscado” o porque es obligación del gobierno, no ayudamos a los demás.  Lo que otros hagan o dejen de hacer no justifica nuestra pasividad.
 
No olvidemos nunca que “al atardecer de nuestra vida nos examinarán en el amor a Dios y al prójimo”.


 

 



 





 
 
 



 



 
 
 
 
 

martes, 2 de julio de 2019

XIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx


XIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a seguir a Jesús y dar testimonio de su Reino.
 
La 1ª lectura del libro del profeta Isaías invita al pueblo de Israel a la alegría y a la esperanza. Los israelitas vuelven del exilio y se encuentran con su país destruido e invadido por otros pueblos.  El profeta Isaías invita a los israelitas a unirse en la reconstrucción de su pueblo y a confiar en Dios.
 
Casi nunca estamos satisfechos del momento presente y de cómo lo vivimos.  Siempre estamos pensando en el futuro y alimentamos la esperanza de que el mañana será mejor.  El niño pequeño desea ser grande; el adolescente desea ser mayor de edad; el universitario desea terminar su carrera y encontrar trabajo; el soltero desea formar una familia; el casado desea su primer hijo; el campesino espera la buena cosecha; el enfermo desea la salud.
 
La vida del creyente, también se alimenta de esperanza basada en la promesa de Dios que nos dice: “alegraos”, confiad en Mí, “como una madre consuela a su niño, así os consolaré yo”. 
 
Que importante es que tengamos en cuenta siempre estas palabras porque puede que haya momentos difíciles en nuestra vida o en nuestra familia o en nuestro pueblo o en el mundo entero.  El miedo y las preocupaciones no pueden ser nuestros compañeros de viaje, porque el amor y la bondad de Dios nos acompañan, nos consuela y hace amanecer para nosotros, todos los días, un mundo nuevo de vida en plenitud.
 
Hoy podemos llevar luto, pero con la gracia de Dios podemos reconstruirlo todo.  Necesitamos no dejarnos tentar por la increencia, resistir al mal, trabajar con fe, con esperanza y con la confianza puesta siempre en nuestro Padre Dios.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos recuerda que el encuentro personal de San Pablo con Cristo fue decisivo en su vida y que desde entonces todo lo demás ha dejado de tener importancia en su vida.
 
Como cristianos tenemos que unirnos a la cruz de Cristo.  Esto quiere decir que seremos blanco de persecuciones, de críticas y esto nos debe alegrar porque significa que llevamos en nosotros la marca del Señor y que lo servimos con lealtad hasta la muerte si fuera necesario.
 
En cambio quien sólo reciba halagos, alabanzas y aplausos de los hombres, por su forma de hablar de Cristo, quiere decir que no es un auténtico apóstol de Señor.  Que nuestra gloria no sean las recompensas humanas, sino la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
 
El Evangelio de San Lucas nos muestra a Jesús enviando a sus discípulos a anunciar la Buena Nueva del Evangelio y a anunciar la paz.
 
La invitación a vivir en paz es parte del mensaje del Señor.  La paz a la que nos invita Jesús se apoya en el amor a los hermanos.
 
Todo cristiano, cada uno de nosotros, somos enviados por Jesús para anunciar el Evangelio, para difundir su paz.
 
Cuando hablamos de paz solemos pensar casi siempre en la paz social, en los grandes problemas que tiene nuestra sociedad y nos olvidamos de otros espacios en los que también hemos de preocuparnos de que haya paz verdadera.
 
En primer lugar, para poder sembrar paz, es necesario vivir en paz con nosotros mismos, alcanzar la paz interior.  La persona egoísta, indiferente, no trabaja por la paz.
 
Hay que, en segundo lugar, llevar paz a la familia y con los amigos.
 
La paz en nuestras familias es necesaria porque en las familias muchas veces se da el olvido, el egoísmo y hasta la violencia.  La paz en nuestras familias nos lleva a pensar, que el encuentro de quienes viven en familia, necesita, a veces de calma, de tranquilidad para vivir con más plenitud la generosidad del afecto, la comprensión mutua y el apoyo mutuo de todos sus miembros.
 
Es necesario, dentro de la familia, el encuentro de padres e hijos para ayudar a la formación de la personalidad, de la educación y de la conciencia de los hijos, y si no hay paz, difícilmente se darán estos encuentros.
 
Hemos de esforzarnos para que haya un buen entendimiento, respeto y disposición de ayuda entre los amigos y entre todas las personas con las que convivimos diariamente.
 
Pidamos al Señor que siempre confiemos en Él, que nuestra gloria sea la cruz de Cristo y que nos llenemos de la paz que El Señor nos da hoy y siempre.