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lunes, 28 de julio de 2025

 


Las lecturas de hoy nos recuerdan lo corta que es la vida del ser humano sobre la tierra. Nuestra vida, por muy larga que sea, pasa pronto y durante los años que dura hay muchas fatigas y mucho dolor.

La 1ª lectura del libro Eclesiastés, nos decía que todo es “vana ilusión”.  ¿Para qué tanto esfuerzo y tanto agotamiento? ¿Para qué luchar tanto si todo lo dejaremos aquí?, ¿para qué tanto esfuerzo y agobio si no somos felices ni nuestro corazón descansa tranquilo?

¡Hay personas que no tienen tiempo para disfrutar de la vida! Y la gran ironía de la vida es que su trabajo no les reporta ningún provecho, otros lo disfrutan.

Es muy triste que haya hombres que trabajen para que otros lo disfruten. Esta es una actitud muy frecuente en nuestras vidas y así solemos decir: “todos mis esfuerzos son para dejarles un porvenir a mis hijos” o decimos: “sólo me importa el futuro de los míos”.  El libro del Eclesiastés nos advierte y nos dice que todos esos esfuerzos son vana ilusión porque en muchas ocasiones los hijos malgastan las herencias y los nietos terminan siendo pobres.  Este es el peligro de subordinar todo al trabajo y a las ganancias.

Frente a la “vaciedad” de las cosas si ponemos en ellas nuestro corazón, está la presencia de Dios que llena el “vacío” que no pueden llenar los bienes de la tierra.

Por ello San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Colosenses nos aconsejaba buscar los bienes del cielo donde está Cristo esperándonos para premiarnos si nuestra vida ha sido buena. 

No nos apeguemos demasiado a las cosas terrenas porque cuando llegue nuestra hora, cuando el Señor decida llamarnos, lo dejaremos todo aquí. Hemos de luchar por aquellos bienes que no se terminan con la muerte; por los bienes que sí podemos “llevar con nosotros”.

En el Evangelio de San Lucas, Jesús aprovecha la ocasión para enseñar a sus discípulos sobre la actitud cristiana que tenemos que tener ante la vida y en concreto ante los bienes materiales.

El Señor nos previene contra ese modo de pensar, tan extendido entre los humanos, de que cuanto más acumulemos, más segura y feliz será nuestra vida.  Por ello Jesús nos decía: “Evitad toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea”.

La codicia, el afán de acumular, el convertir los bienes materiales en el fin primordial de nuestro interés, de nuestra vida, ese es el error contra el que nos advierte el Señor. Un seguidor de Jesús no puede orientar su vida con esos criterios de ambición egoísta. Sobre todo cuando vemos que el acumular no garantiza la felicidad, ni mucho menos la vida. Más aún, cuando comprobamos el desastre de un mundo injusto e insolidario que estamos construyendo con dicha actitud.

La vida es mucho más que una acumulación de dinero, propiedades, conocimientos y placeres. La búsqueda incesante de seguridades sólo lleva a vivir en un estado de agitación y de angustia existencial. El esfuerzo que es necesario realizar para alcanzar lo que la sociedad nos propone como ideales de vida, generalmente no es proporcional a las satisfacciones. La dinámica de vivir tras las riquezas, el poder y el prestigio termina por convertir la existencia de los seres humanos en una interminable preocupación que nunca se resuelve.

“Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios”.  Estas palabras con que termina el evangelio, resumen perfectamente el mensaje de hoy. No se trata de acumular bienes; se trata de acumular bondad, que es la riqueza ante Dios. Llenando nuestra vida de bondad, de buenas obras, podremos repartir a manos llenas ayuda, comprensión, convivencia, perdón, fraternidad, reconciliación. 

Si hacemos esto, haremos cosecha de la mayor riqueza de Dios, su vida de amor. Y entonces sí que disfrutaremos de la vida en los mil detalles que nos proporciona cada día, porque sembraremos en ellos amor, y el amor siempre florece en dicha y gozo.  

Disfrutemos de este tiempo especial que nos concede la vida, que nos regala Dios. “No vivimos para trabajar, trabajamos para vivir”.  Hay que buscar los medios económicos necesarios para una vida humana digna, pero digna para toda la humanidad y como cristiano es un deber hacer el bien. Y comprobaremos la felicidad que se siente al vivir así.

lunes, 31 de julio de 2023

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo, la podríamos resumir en unas palabras: el milagro de compartir.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.  Debemos alimentarnos de algo más que de cosas materiales.

“venid a mí: escuchadme y viviréis”, nos decíael profeta Isaías. Estas palabras están llenas de verdad.  Mientras que el Señor nos ofrece lo mejor, sin pagar nosotros nada, vamos ansiosos de aquí para allá y tiramos y tiramos el dinero y la vida, comprando un pan que no alimenta y unos manjares que no satisfacen. 

Todos buscamos disfrutar tanto de la vida y nos damos cuenta, con todas las consecuencias, de que nuestro corazón es demasiado grande para que pueda saciarlo nada ni nadie, excepto Dios que nos ha creado.  San Agustín lo dijo con una frase memorable: “Nos creaste para Ti, Señor, y nuestro corazón está intranquilo mientras no descanse en Ti”.

El profeta nos invita a poner nuestros ojos en Dios que será el único que saciará nuestros deseos y nuestra hambre.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada debe apartarnos del amor de Dios. 

Las dificultades, las persecuciones, no son suficientemente fuertes como para derrotar al cristiano.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados. 

Jesús para realizar el Milagro pide colaboración. Cuando un muchacho ofrece lo que tiene, cuando pone lo suyo a disposición de los demás se realiza el milagro.  Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.

Lo que a uno le sobra, a otro le falta. Lo que para uno puede ser ya innecesario para otros puede ser algo esencial. Muchos vivirían dignamente como personas con lo que les sobra a muchos otros.


¿Te has puesto a pensar cuántas cosas abundan en tu corazón y que pudieras compartir con los demás? Y no siempre se trata de llenar estómagos vacíos. No solo el estómago tiene necesidades. Hay otras muchas necesidades vitales en el corazón humano.

En tu corazón abunda y sobra mucho amor. No lo desperdicies dándolo solo a tus amigos, a los que tienes cerca o a los que te caen bien. Hay tanta gente hoy necesitada de un poco de cariño, de un poco de amor. Gente que se muere de hambre de pan, pero también de hambre de un poco de amor y de cariño. Comparte el amor que sobra en tu corazón que es mucho. ¡Que no se pierda nada del amor que es capaz de dar tu corazón!

En tu corazón abunda la bondad. No la des solo a quienes ya tienen suficiente. ¡Como siempre nos han enseñado a ver todo lo que llevamos de malo, ya nos hemos olvidado de reconocer toda la bondad que brota de nuestro corazón! Porque hay muchos que están necesitados: de una palabra de cariño, de un gesto de bondad que les haga sentirse mejor. 

En tu corazón abunda y sobra el tiempo. ¿Sabes cuánto tiempo tienes de sobra? Examina bien cómo administras tu tiempo y verás que tienes tiempo de sobra. ¿Y por qué no dedicar un poco de tu tiempo a quienes viven solos, sin tener con quien hablar, sin que nadie los visite? A eso que cada día se están muriendo en su soledad, en la soledad de su corazón.  Enfermos que nadie visita. Ancianos que nadie les hace compañía. Niños que carecen de hogar y de familia. Regalarles un poco de ese tiempo que a ti te sobra, sería como devolverles un poco de vida que no tienen.

En tu corazón abunda la generosidad. Es posible que haya mucho de egoísmo dentro de ti. Todos llevamos demasiado. Pero aun así, ¿te das cuenta de cuánta generosidad hay dentro de tu corazón? No la repartas sólo con los que ya tienen demasiado. ¡Hay tantos necesitados de eso que a ti te está sobrando!  No te piden que se la regales toda. Basta que les regales todo lo que tienes de sobra para ti y para los tuyos.

En tu corazón abunda la alegría.  ¿No podías compartir un poco de ella con tanta gente que vive triste, angustiada, desolada, desconsolada?

En tu corazón te sobra paciencia.  ¿Qué ancianos son insoportables? Regálales un poco de la paciencia que te sobra. ¿Que los vecinos ya no los aguantas? Regálales algo de la paciencia que te sobra.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas.  Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

lunes, 26 de julio de 2021

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad. 

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos. Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor.

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?

lunes, 27 de julio de 2020


XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos hacen ver que no estamos nunca solos porque Dios, como un buen Padre siempre está pendiente de nosotros saciando nuestros deseos de felicidad y de realización personal.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace tomar conciencia de que gastamos mucho tiempo y muchas energías en lo que realmente no nos llena ni nos da la felicidad.

Vivimos en una sociedad de la abundancia, donde constantemente se nos invita a consumir por consumir y no nos preocupamos de las verdaderas necesidades del ser humano.  Muchas veces compramos cosas, no porque las necesitemos, sino para presumir que tenemos tal posición social.  Nos dejamos influenciar por la publicidad, que nos invita constantemente al consumismo, haciéndonos creer que ahí está la felicidad en tener muchas cosas y en ser diferentes a los demás, para que los demás nos admiren.  La publicidad explota la necesidad que tenemos de ser felices y de ser importantes para los demás.  Por desgracia la felicidad no se puede comprar a un precio tan barato.

Gastamos dinero en bienes que no alimentan nuestra vida, nuestro deseo de felicidad o de realización personal.

¿Cuáles son los bienes que merecen la pena adquirir y que pueden contribuir a nuestra felicidad?  El profeta Isaías nos dice hoy que la felicidad, lo deseos que tenemos los seres humanos de estar bien no se pueden comprar sino que hay que recibirlos gratuitamente como un don, porque son un regalo de Dios.  La verdadera felicidad la vamos a encontrar en Dios.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos recuerda, que nada puede apartarnos del amor de Dios.  Cuando creemos esto firmemente, desparecen muchos problemas porque sabemos que en las dificultades, Dios sale a nuestro encuentro para ayudarnos.

Todos tenemos deseos de ser amados, de que alguien nos ame incondicionalmente, porque todos sabemos que el verdadero amor ni se compra ni se vende por dinero.  Ese amor nos lo ha manifestado Dios en la persona de Jesús, que se entregó por nosotros.  A los ojos de Dios cada uno de nosotros tiene un valor infinito y nada nos puede separar de ese amor.  Ciertamente que tendremos que pasar por pruebas, problemas, incluso por la muerte.  Pero la presencia de Cristo a nuestro lado nos hará triunfar sobre cualquier enemigo que tengamos.  Nada nos puede separar del amor de Dios, excepto el pecado, es decir, nuestra decisión de no querer acoger el amor de Dios.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado el relato de la multiplicación de los panes y los pescados.

Este milagro nos invita hoy a nosotros a pensar que el deseo de Jesús es que vivamos en fraternidad con los que sufren y pasan hambre y nos decidamos a compartir lo que tenemos, que convivamos como hermanos, porque vivir en fraternidad y solidaridad es la única manera de seguir a Jesús.

Jesús nos recuerda hoy que no podemos comer, ni vivir tranquilos mientras que junto a nosotros haya hombres y mujeres amenazados de tantas hambres.

No podemos admitir que unos tengan más alimento de lo que pueden consumir, mientras que otros muchos no tienen lo necesario para subsistir.  El problema del hambre en el mundo es consecuencia de una injusta distribución de los bienes, de una mala justicia social.  El hambre en el mundo no se va a resolver recurriendo únicamente a programas de asistencia social, o dando “limosnas”, sino que se necesita un cambio de mentalidad que lleve a los hombres a la lógica del compartir.

La Tierra produce y puede producir mucho más de lo necesario para alimentar a los millones de personas que la habitamos, pero para ello es necesario que aprendamos todos a compartir.  Los bienes que Dios puso a disposición de sus hijos, no pueden ser acaparados por algunos; pertenecen a todos los hombres y deben ser puestos al servicio de todos.

Cuando se comparte, Dios hace el milagro de que haya para todos y aún sobre.  Lo que a unos le sobra, a otros les falta.  Lo que para unos puede ser algo innecesario para otros puede ser algo esencial.  Cuantas personas podrían vivir dignamente como personas con lo que les sobre a muchos otros.

Si te miras por dentro, te darás cuenta de cuántas cosas sobran en tu vida, que no sabes qué hacer con ellas. Cosas que tú mismo ya no consumes e incluso hasta te pueden estorbar y no sabes qué hacer con ellas. No te fijes tanto en tu chequera, ni en los guardarropas que ya están llenos, ni siquiera en la nevera donde hay muchas cosas que se están echando a perder. Es preferible que mires a tu corazón. Porque es ahí donde más abundancia hay en tu vida y la podrías compartir con muchos a los que podrías enriquecer.

Hagamos el milagro de compartir todas esas cosas que nos sobran y que tenemos almacenadas en nuestro corazón y veremos cómo se produce el milagro.

martes, 30 de julio de 2019

XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx



XVIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
La liturgia de este domingo nos interroga acerca de la actitud que tomamos frente a los bienes de este mundo. Los bienes de este mundo no pueden ser el dios que dirija nuestra vida.
 
La 1ª lectura del Libro del Eclesiastés, nos decía que todo es “vana ilusión”.  ¿Para qué tanto esfuerzo y tanto agotamiento? ¿Para qué luchar tanto si todo lo dejaremos aquí?, ¿para qué tanto esfuerzo y desasosiego si no somos felices ni nuestro corazón descansa tranquilo?
 
¡Hay personas que no tienen tiempo para disfrutar de la vida! Y la gran ironía de la vida es que su trabajo no les obtiene ningún provecho, otros lo disfrutan.
 
Es muy triste que haya hombres que trabajan para que otros disfruten las ganancias. Esta es una actitud muy frecuente en nuestras vidas y así solemos decir: “todos mis esfuerzos son para dejarles un porvenir a mis hijos” o decimos: “sólo me importa el futuro de los míos”.  El libro del Eclesiastés nos advierte y nos dice que todos esos esfuerzos son vana ilusión porque en muchas ocasiones los hijos malgastan las herencias y los nietos terminan siendo pobres.  Este es el peligro de subordinar todo al trabajo y a las ganancias.
 
Los bienes materiales no dan sentido a nuestra vida.  Dios es el único que llena el “vacío” que no pueden llenar los bienes de la tierra.
 
San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Colosenses nos aconsejaba buscar los bienes del cielo donde está Cristo esperándonos para premiarnos si nuestra vida ha sido buena. 
 
No nos apeguemos demasiado a las cosas terrenas porque cuando llegue nuestra hora, cuando el Señor decida llamarnos, lo dejaremos todo aquí. Hemos de luchar por aquellos bienes que no se terminan con la muerte; por los bienes que sí podemos “llevar con nosotros”.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola del “rico insensato”
 
El evangelio de hoy cuestiona fuertemente algunos de los fundamentos sobre los que se construyen nuestra sociedad.  El capitalismo salvaje que, por amor al dinero, esclaviza y obliga a trabajar hasta el agotamiento (y por sueldos miserables) a hombres, mujeres y niños continúa presente en muchos países.
 
Muchos trabajadores, probablemente, pasan la vida esclavos del trabajo y de los bienes, que no nos dejan tiempo ni disponibilidad para las cosas importantes: Dios, la familia, el prójimo.  Muchas veces, el mercado del trabajo, no nos da otra posibilidad (si no producimos lo que la empresa ha planificado, otro ocupará nuestro lugar).  Otras veces, somos esclavos del trabajo porque queremos serlo.  Cuántas personas deciden no tener hijos, para dedicarse a una carrera de éxito profesional que los haga ricos antes de los 40 años.
 
En un país en donde a muchas familias el dinero no les alcanza para comprar el alimento necesario; en donde muchos mueren porque no tienen dinero para curarse las enfermedades más sencillas, en un ambiente en donde con frecuencia vemos que la justicia se compra con dinero, es fácil que nos suenen  atrayentes frases como: “El dinero no da la felicidad, pero ayuda a conseguirla,”  o “poderoso caballero es Don Dinero.”
 
Con frecuencia pensamos que “el dinero abre todas las puertas”, pero Jesús y la experiencia nos aseguran que la vida, la felicidad y las cosas que verdaderamente valen no se compran con dinero. 
 
¡Cuántas familias divididas a causa de las herencias!  ¡Cuánta corrupción social por un puñado de monedas!  ¡Cuánta esclavitud, prostitución y drogadicción, para que unos cuantos amasen fortunas!
 
El riesgo de quien vive disfrutando de sus bienes es olvidar su condición de hijo de Dios y de hermano de todas las personas. Su condena es ir cargando sobre sus hombros el pesado fardo que ha amasado pero que terminará oprimiéndole el corazón y pasará a otras manos. Como el burro del aguador que se muere de sed llevando sobre sus lomos los cántaros de agua. Si la riqueza no se comparte, corrompe el corazón, lo atrofia y lo hace infeliz.
 
La vida de una persona sólo tiene sentido si se hace rico ante Dios, por eso Jesús nos pide hoy que busquemos sobre todo el Reino de Dios y su justicia, que seamos solidarios y compartamos las riquezas para que nuestras manos no estén vacías cuando nos presentemos al final de nuestra vida ante Dios.
 
 

martes, 23 de julio de 2019

XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx

XVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos habla sobre la oración y la actitud que nosotros como cristianos debemos tener cuando oramos a Dios.
 
La 1ª lectura del libro de Génesis nos presenta a Abraham dialogando y regateando con Dios para salvar a Sodoma y Gomorra de su destrucción.
 
Con Abraham nos damos cuenta que el deseo de salvar de Dios es mucho más fuerte que la decisión de castigar.  En realidad, son los habitantes de ambas ciudades que por los excesos de su vida corrompida no dejan a Dios otra salida; ellos mismos se han autocondenado.
 
Si nos fijamos en la historia de las grandes civilizaciones, hallamos épocas de gran poder, construidas a veces sobre todo tipo de vicios, injusticias, falta de ética y de corrupción a todos los niveles, todas estas cosas han sido la ocasión para el derrumbamiento, el hundimiento hasta la desaparición de aquellos imperios.
 
Hoy día tenemos que tener los ojos abiertos y un espíritu crítico ante las deficiencias y pecados de nuestra sociedad.  Estamos en un punto de nuestra historia muy parecido a Sodoma y Gomorra.  Comprobamos, con dolor, que cada día hay más y más personas que ven el pecado como algo normal.  Nada ven como pecado. 
 
Hay que rezar cada día para que esta sociedad cambie y se acerque más a Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es una catequesis sobre el Bautismo.
 
Por el bautismo nos incorporamos a la muerte y resurrección de Cristo: morimos al pecado para renacer como hijos de Dios.  Nos incorporamos también a formar parte de una comunidad parroquial, ya no somos seres aislados y solitarios formamos parte de la gran familia de los hijos de Dios.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a los discípulos pidiéndole a Jesús que los enseñe a orar.
 
Parecería extraña y fuera de lugar en nuestros tiempos la súplica de los discípulos que piden: “Señor, enséñanos a orar”. ¿Por qué orar en nuestros tiempos? ¿Tendrá sentido la oración en un mundo tan lleno de ciencia y de técnica que parece que ya todo lo sabemos, todo lo podemos y todo lo prevenimos?
 
Hoy más que nunca necesitamos hacer la misma petición a Jesús: “Señor, enséñanos a orar”. Y no tanto porque necesitemos oraciones o novenas que como ritos mágicos nos alcancen el favor que estamos pidiendo; no padrenuestros dichos corriendo para cumplir con las obligaciones de un rito. 
 
Orar es ponerme frente a Dios. Sin más preocupaciones.  Nosotros que tenemos tantas actividades y nos hemos llenado de preocupaciones y evasiones, debemos  aprender a “estar” calladamente delante de Dios que sabemos que nos ama. No es posible vivir la fe cristiana ni nuestra vocación humana sin orar.
 
Al rezar hemos de invocar a Dios como “Padre nuestro”.  Dios es ese Padre bueno que siempre nos escucha.  Pero además al decir Padre nuestro estamos saliendo de nuestro individualismo, estamos reconociendo en todo hombre la misma dignidad de ser hijos de Dios. 
 
No podemos decir que Dios es Padre “nuestro”, si damos la espalda y rechazamos la construcción del Reino de Dios que se hace con todos los hermanos; no podemos pedir que se haga la voluntad del Padre buscando injustamente sólo nuestros intereses a costa del dolor de los hermanos.
 
Pedir el pan es dejar a un lado las ambiciones egoístas que nos llevan a esconder y acumular los bienes de todos, haciendo sufrir y creando estructuras injustas que empobrecen a muchos hermanos nuestros. Pedir el pan de cada día es confiar en la Providencia y tender la mano abierta a compartir el pan que hoy Dios mi Padre me ha regalado.
 
Perdonar y ser perdonados.  No hay peor cosa que el rencor, la envidia, la mentira, la injusticia y la venganza. Necesitamos purificar nuestro interior y pedir que alcancemos la gracia de estar en paz tanto con los que nos han ofendido como con aquellos a quienes hemos ofendido nosotros.
 
Hoy necesitamos aprender nuevamente el Padre Nuestro, aprender a recitarlo y a vivirlo, hacer vida cada una de las palabras contenidas en el Padre Nuestro.
 
 

martes, 31 de julio de 2018


XVIII DOMINGO  ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida. 

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres. 

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.   

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.   

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida. 

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.  

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo. 

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.  

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.  

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos.

Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.  

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor. 

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?