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lunes, 3 de julio de 2023

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad. 

La 1ª lectura, del libro de Zacarías, nos presenta la preocupación de Dios por salvar a su pueblo. 

Actualmente, los gobiernos de este mundo, tratan de hacer pactos, alianzas multinacionales para ser eficaces y poder imponerse a los demás.  Sin embargo, Dios nos ofrece la salvación, la liberación, en el símbolo de un Mesías que nos trae la paz desde la sencillez de su persona.  Esto que le prometió Dios a su pueblo sigue siendo un hecho para nosotros, porque Dios no ha cambiado su esencia ni sus deseos de darnos paz y salvación.

Los países creen que es necesario tener muchas armas, poderosos ejércitos, gastar mucho dinero en instrumentos de guerra, para imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  El profeta Zacarías nos dice que Dios viene desarmado, pacífico, humilde y así es como Él salva y nos libera.  Dios se manifiesta en la humildad, en la pobreza y en la sencillez.

A veces, nos sentimos decepcionados, frustrados, sin esperanza; sin ser capaces de tomar en serio nuestro futuro y dar un sentido a nuestra vida.  En esas circunstancias, somos invitados a descubrir a ese Dios que viene a nuestro encuentro, que restaura nuestra esperanza y nos ofrece la paz.

La 2ª  lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Jesús diciendo: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré”.

Hoy, Jesús nos invita a acercarnos a Él. Es claro que, para acercarnos a Cristo necesitamos dos disposiciones fundamentales: Primeramente, necesitamos reconocer que los problemas de la vida nos rebasan y que, además, estamos cansados, fatigados y agobiados por tantos asuntos. Y en segundo lugar, también necesitamos reconocer que solamente en Cristo podemos encontrar la ayuda que nos hace falta.

Muchas veces no aceptamos esta invitación de Cristo porque creemos que nosotros podemos solucionar nuestros problemas por nosotros mismos.  Para ayudarnos, Jesús nos pide dos cosas: la primera es que carguemos con su yugo. Y la segunda es que aprendamos de Él.

¿De qué yugo nos está hablando Jesús? Nos habla del yugo del amor. El yugo o mandamiento que Cristo nos da es el yugo suave del amor. Muchas de las cosas de nuestra vida se nos hacen pesadas e insoportables porque no las enfrentamos con amor. Nos falta amor a Dios y a los hermanos.

El hacer las cosas por obligación es lo que hace que las cosas se nos hagan más pesadas. El amor es lo que aligera las cargas.

Luego, después de invitarnos a cargar con su yugo, Jesús nos invita a aprender de Él, que es manso y humilde de corazón. Estos dos elementos, juntamente con el yugo de amor que Cristo nos ofrece, son los que nos van a liberar de nuestras angustias y desesperaciones.

La mansedumbre y la humildad de las que Cristo nos habla consisten, en primer lugar, en reconocer, por medio de la humildad, nuestras propias capacidades y limitaciones; y en segundo lugar, por medio de la mansedumbre, hemos de aprender a dominar nuestra agresividad.

Las cosas de la vida se nos hacen pesadas y molestas, porque en el fondo vivimos peleando y compitiendo en contra de los demás. Gran parte de la formación que se nos ha dado ha sido para competir. Y nuestros fracasos y limitaciones son los que nos hacen sentir constantemente frustrados. Esto hace que nuestras cargas se hagan cada vez más pesadas.

Hagamos las cosas lo mejor que podamos. Dios nunca nos va a pedir que demos más allá de nuestras propias capacidades. Por eso, es que nunca hemos de compararnos con los demás.

Seamos lo que somos.

lunes, 28 de junio de 2021

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a tener fe, de verdad, en Dios, a confiar en Él. La increencia, la falta de fe, no es un fenómeno de hoy, ya en tiempos de Jesús también se daba; pero hay que resaltar que la sociedad de hoy tiene una mayor abundancia de indiferencia religiosa.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice que el pueblo de Israel es caprichoso, obstinado y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir, el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios, prefería seguir sus propios caminos.

Nosotros también somos muchas veces rebeldes para con Dios, somos rebeldes para obedecerlo y por ello nuestra sociedad cada vez más es también una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios; una sociedad que cada vez se está alejando más de los mandamientos de Dios.

Pareciera que existe una lucha constante entre Dios y nosotros: le ofrecemos a Dios buenas palabras y Él obtiene malas obras; le hacemos a Dios buenos propósitos y demasiadas veces no los cumplimos.  Y Dios sigue esperándonos y enviándonos mensajes para que volvamos al buen camino.

¡Cuántas veces ofendemos la santidad de Dios por nuestros pecados y rebeldías!  Y sin embargo, el Señor sigue enviándonos profetas y dándonos mensajes para que no nos olvidemos que nos está esperando.

No seamos rebeldes a la voluntad y a los planes de Dios, no sustituyamos a Dios por ídolos que lo único que hacen es conducir nuestra vida hacia la perdición.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, hace alusión a una enfermedad, a una gran tentación que sufre san Pablo: “Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne”

Hay muchas personas que presumen de que todo lo hacen bien.  Muchas veces tenemos la tentación de creernos mejores que los demás, de pensar que somos indispensables, e incluso hasta llegamos a pensar que el mundo iría muy mal si nosotros no existiéramos, es decir nos creemos los mejores e imprescindibles.  El que tiene esa imagen de sí mismo, el orgulloso, es incapaz de reconocer la fuerza de Dios.

Dios no utiliza métodos espectaculares para mostrarse e imponerse a los seres humanos, sino que casi siempre Dios utiliza la debilidad y la sencillez para darnos a conocer sus caminos.

Nosotros nos dejamos impresionar por los grandes espectáculos; nos dejamos impresionar más por la botella, por el envase que por el contenido y por eso muchas veces no captamos la presencia humilde, sencilla, débil de hacerse presente Dios en nuestra vida.

Necesitamos aprender a mirar al mundo, a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios y a descubrir a ese Dios que, en la debilidad, en la sencillez, en la pobreza, en la fragilidad, viene a nuestro encuentro y nos indica los caminos de la vida. 

El evangelio de san Marcos nos muestra la actitud de sus paisanos de no reconocer a Jesús porque se muestra como un hombre sencillo y humilde. 

Sus paisanos despreciaron a Jesús, al hombre sencillo diciendo: ¿no es éste el carpintero, el hijo de María?  

Nosotros también decimos: “tanto tienes, tanto vales”.  Medimos el valor de las personas por el peso de su cartera, por los títulos académicos que pueda presumir, por el poder que tiene, por el número de trabajadores a los que puede mandar, por la familia de la que procede, y últimamente por las veces que sale en televisión.

A quien no tiene nada de eso no lo escuchamos.  No lo tomamos en cuenta, aunque sea una persona buena.  Jesús tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar.

Pero no puede ser así, no podemos mirar a nadie por encima del hombro, pues quizás al infravalorar a la persona descubramos después que hemos despreciado a Dios. Cada hombre es único e irrepetible, cada hombre es un misterio de profundidad inalcanzable. No nos dejemos llevar por nuestros prejuicios sobre las personas y aprovechemos lo bueno que todo ser humano tiene.

lunes, 29 de junio de 2020


XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este domingo nos enseñan dónde encontrar a Dios.  Dios se da a conocer en la sencillez, en la humildad.  

La 1ª lectura del profeta Zacarías nos recuerda que Dios es un Dios humilde, pacífico que le gusta lo sencillo y se alegra en la verdad.

Nuestro mundo actual está lleno de ambición, de esclavitud, de armas, de sangre y muerte.  Cada minuto los gobiernos se gastan millones de euros en armamento.

Muchas personas creen hoy, que para lograr la paz en el mundo hay que tener ejércitos poderosos, gastar muchísimo dinero del presupuesto de un país en instrumentos de muerte, y así imponer, por la fuerza y por el miedo, la paz y la seguridad del mundo.  

Sin embargo, el profeta Zacarías nos decía: “Mira que viene tu rey,
justo y triunfador, pobre y montado en un borrico, en un pollino de asna... Suprimirá los carros de Efraín y los caballos de Jerusalén;
romperá el arco guerrero”.  

Dios es un Dios de paz que no está de acuerdo que en nuestro mundo se malgaste tanto dinero en fabricar armas de muerte, mientras hay tantas personas que no tienen trabajo ni lo más mínimo para vivir con dignidad.

Los cristianos debemos luchar por la paz en el mundo, pero no solamente con palabras y oraciones.  Debemos ir más allá: objeción de conciencia, objeción fiscal, denuncia de la práctica armamentista de los gobiernos.  El cristiano vive los problemas del mundo, los sufre y lucha para solucionarlos, pero tiene también que trabajar por la paz y por la construcción de un mundo de hermanos.

Hay que abandonar las políticas armamentistas de los gobiernos y que nuestros gobernantes renuncien a todo sueño de mesianismo político y triunfalista. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Romanos nos invita a vivir “según el Espíritu” y no “según la carne”.

Vivimos una época de grandes descubrimientos, todos ellos van encaminados a conseguir una vida cada vez más agradable y cómoda.  Sin embargo, aunque vivimos mejor cada día, no somos más felices, porque como nos dice San Pablo la felicidad no puede consistir en dar rienda suelta a los deseos humanos del cuerpo.

Como cristianos no nos podemos dejar dominar por la carne, es decir, por una vida de pecado, porque el pecado es rebeldía contra Dios.  Hemos de dejar que sea el Espíritu de Dios el que habite en nosotros para cambiar las obras del pecado por obras de bien, obras responsables, obras de Dios.  El cristiano debe dar muestras en su vida de ser guiado por Dios y no por el pecado.

En el evangelio de san Mateo, Jesús nos dice que Él ha venido para los sencillos y que podemos acudir a Él cuando nos sintamos agobiados.

Para entender el mensaje de Jesús hay que ser humilde de corazón.  Los sabios, o aquellos que se tienen por sabios y entendidos, difícilmente pueden entender a Dios.  Si uno cree que ya lo sabe todo, ¿qué le vamos a enseñar?

Ser humilde no quiere decir ser tonto o de pocas luces. Hay mucha gente inteligente y son sencillos como niños. Y por otra parte, creerse sabio no equivale a ser inteligente.

Jesús nos invita hoy también a que cuando estemos agobiados, cuando suframos depresiones, cuando tengamos graves problemas personales, que acudamos a Él para que nos alivie y consuele.  Jesús nos dice que Él vino para ayudarnos a soportar el peso de la vida diaria, a librarnos de nuestras cargas, echándoselas sobre sí mismo. 

Si recurrimos a Cristo en nuestras aflicciones, en nuestras enfermedades, en cualquiera de nuestros sufrimientos, Él nos ayudará.  Cuando estuvo en el mundo curó enfermos y resucitó muertos.  Hoy en día, Él está también entre nosotros y quiere aligerarnos nuestras preocupaciones.  

Pero pensemos que cuando pedimos ayuda a Cristo en nuestras necesidades, Él nos pide que nosotros también pongamos algo de nuestra parte.  Nos pide que lo imitemos en nuestra manera de vivir, en nuestra manera de actuar.  En el Evangelio el Señor nos dice que su yugo es ligero.  El yugo está hecho para ser llevado entre dos.  Lo que nos dice el Señor en el evangelio es que Él hará lo que tiene que hacer para ayudarnos en nuestra vida diaria pero nosotros también tenemos que aguantar nuestra parte de la carga.  

Acudamos a Cristo, con sencillez, y estemos seguros, que en Él encontraremos descanso. 


martes, 2 de julio de 2019

XIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a seguir a Jesús y dar testimonio de su Reino.
 
La 1ª lectura del libro del profeta Isaías invita al pueblo de Israel a la alegría y a la esperanza. Los israelitas vuelven del exilio y se encuentran con su país destruido e invadido por otros pueblos.  El profeta Isaías invita a los israelitas a unirse en la reconstrucción de su pueblo y a confiar en Dios.
 
Casi nunca estamos satisfechos del momento presente y de cómo lo vivimos.  Siempre estamos pensando en el futuro y alimentamos la esperanza de que el mañana será mejor.  El niño pequeño desea ser grande; el adolescente desea ser mayor de edad; el universitario desea terminar su carrera y encontrar trabajo; el soltero desea formar una familia; el casado desea su primer hijo; el campesino espera la buena cosecha; el enfermo desea la salud.
 
La vida del creyente, también se alimenta de esperanza basada en la promesa de Dios que nos dice: “alegraos”, confiad en Mí, “como una madre consuela a su niño, así os consolaré yo”. 
 
Que importante es que tengamos en cuenta siempre estas palabras porque puede que haya momentos difíciles en nuestra vida o en nuestra familia o en nuestro pueblo o en el mundo entero.  El miedo y las preocupaciones no pueden ser nuestros compañeros de viaje, porque el amor y la bondad de Dios nos acompañan, nos consuela y hace amanecer para nosotros, todos los días, un mundo nuevo de vida en plenitud.
 
Hoy podemos llevar luto, pero con la gracia de Dios podemos reconstruirlo todo.  Necesitamos no dejarnos tentar por la increencia, resistir al mal, trabajar con fe, con esperanza y con la confianza puesta siempre en nuestro Padre Dios.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Gálatas nos recuerda que el encuentro personal de San Pablo con Cristo fue decisivo en su vida y que desde entonces todo lo demás ha dejado de tener importancia en su vida.
 
Como cristianos tenemos que unirnos a la cruz de Cristo.  Esto quiere decir que seremos blanco de persecuciones, de críticas y esto nos debe alegrar porque significa que llevamos en nosotros la marca del Señor y que lo servimos con lealtad hasta la muerte si fuera necesario.
 
En cambio quien sólo reciba halagos, alabanzas y aplausos de los hombres, por su forma de hablar de Cristo, quiere decir que no es un auténtico apóstol de Señor.  Que nuestra gloria no sean las recompensas humanas, sino la cruz de nuestro Señor Jesucristo.
 
El Evangelio de San Lucas nos muestra a Jesús enviando a sus discípulos a anunciar la Buena Nueva del Evangelio y a anunciar la paz.
 
La invitación a vivir en paz es parte del mensaje del Señor.  La paz a la que nos invita Jesús se apoya en el amor a los hermanos.
 
Todo cristiano, cada uno de nosotros, somos enviados por Jesús para anunciar el Evangelio, para difundir su paz.
 
Cuando hablamos de paz solemos pensar casi siempre en la paz social, en los grandes problemas que tiene nuestra sociedad y nos olvidamos de otros espacios en los que también hemos de preocuparnos de que haya paz verdadera.
 
En primer lugar, para poder sembrar paz, es necesario vivir en paz con nosotros mismos, alcanzar la paz interior.  La persona egoísta, indiferente, no trabaja por la paz.
 
Hay que, en segundo lugar, llevar paz a la familia y con los amigos.
 
La paz en nuestras familias es necesaria porque en las familias muchas veces se da el olvido, el egoísmo y hasta la violencia.  La paz en nuestras familias nos lleva a pensar, que el encuentro de quienes viven en familia, necesita, a veces de calma, de tranquilidad para vivir con más plenitud la generosidad del afecto, la comprensión mutua y el apoyo mutuo de todos sus miembros.
 
Es necesario, dentro de la familia, el encuentro de padres e hijos para ayudar a la formación de la personalidad, de la educación y de la conciencia de los hijos, y si no hay paz, difícilmente se darán estos encuentros.
 
Hemos de esforzarnos para que haya un buen entendimiento, respeto y disposición de ayuda entre los amigos y entre todas las personas con las que convivimos diariamente.
 
Pidamos al Señor que siempre confiemos en Él, que nuestra gloria sea la cruz de Cristo y que nos llenemos de la paz que El Señor nos da hoy y siempre.