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lunes, 23 de agosto de 2021

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

La 2ª lectura del apóstol Santiago invita a los creyentes a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Nuestra sociedad padece una superabundancia de palabras, y la palabra se ha desvalorizado. Nos habituamos a no tomar demasiado en serio las palabras que escuchamos y a no concederles crédito.

Es necesario que demos a la Palabra que Dios nos dirige un peso infinitamente superior al de las palabras sin sentido que todos los días llenan nuestros oídos y que intoxican nuestra mente.

La Palabra de Dios es Palabra generadora de vida, de eternidad, de felicidad; por eso, debe ser tan valorada por nosotros.

Nuestra religión, sin la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Dios, puede fácilmente convertirse en simple cumplimiento de ritos.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar.

Muchas personas se les ven también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios.

Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior.

Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar.

El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?

¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

lunes, 16 de agosto de 2021

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; que tipo de coche comprar.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién quieres servir?”  

Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.  

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”

Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. 

Nosotros debemos seguir a Jesús, y seguirlo a Él significa optar por Él en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente. 

Por otro lado, separase de Jesús puede también ser en forma progresiva.  Dice el Evangelio: “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.”. 

Todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy, inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida: esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertos conflictos.

En nuestra vida de creyentes, hay momentos en que nos encontramos ante una situación y pregunta semejantes a la que nos plantea el evangelio: ¿continuamos con Jesús?, ¿lo abandonamos?

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscando la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

lunes, 9 de agosto de 2021

 

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN (CICLO B)

Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Asunción, es una de las grandes fiestas de María.  Hoy celebramos, que Dios Padre, que escogió a María para ser madre de su Hijo, quiso también que ella participara como su Hijo de la resurrección, de la vida gloriosa con Él para siempre.

Esta fiesta reafirma nuestra esperanza cristiana. María asunta al cielo es la primera creyente, la primera cristiana que participa de la resurrección, de la gloria de Dios; ella es el anticipo de nuestra resurrección, es el signo de esperanza para nosotros, que esperamos también un día ser resucitados por Dios y participar del gozo que Cristo nos ha prometido, vivir con Dios nuestro Padre para siempre.

Cada una de las lecturas que hemos proclamado, tienen una gran enseñanza para el cristiano que lucha y quiere ser fiel. Y cada una de las lecturas tiene también un rasgo que podemos aplicar a María, como nuestra madre a quien queremos imitar.

A muchos lectores les llena de terror el pensar en los signos del Apocalipsis, y muchos escritores y sectas alarmistas se han aprovechado de estos signos para infundir miedo.  El pasaje que hoy nos ofrece el libro del Apocalipsis nos presenta dos imágenes: por una parte una mujer radiante  y llena de sol  que está a punto de dar a luz; por la otra, la bestia de siete cabezas y diez cuernos que está dispuesta a devorar al hijo que está punto de nacer.

Si miramos a través de estos signos, que podrían parecernos aterradores, descubriremos la lucha que libraban las primeras comunidades cristianas, que débiles y pequeñas, trataban de evangelizar y cristianizar el mundo. Estos primeros cristianos se oponían a un monstruo que con múltiples cabezas y cuernos de poder económico, político, social y hasta religioso, estaba dispuesto a destruir a la Iglesia naciente.

El libro de Apocalipsis trata de dar esperanza y seguridad a los cristianos confiando no en sus propias fuerzas, sino en la fuerza de Jesús, a quien se le da todo el poder.

Muchas generaciones han visto en esta imagen de la mujer, una referencia a María: la pequeña que en manos del Todopoderoso, dio a luz al que sería el salvador del mundo. Estas mismas imágenes nos deben llevar también a nosotros a descubrir las nuevas cabezas que tiene el mal, denunciar sus cuernos de poder, pero también a fortalecer nuestra esperanza en el triunfo, no personal ni individualista, sino uniéndonos a Jesús resucitado. Así María, en este día de su Asunción, se convierte para cada uno de nosotros en una fuerza que nos alienta en la lucha contra toda clase de mal y que nos llena de confianza sabiendo en quién hemos puesto toda nuestra fe.

San Pablo, en su Carta a los Corintios, proclama la razón de nuestra esperanza: “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.” María aceptó el riesgo de llevar a Jesús en sus entrañas, es la primera favorecida con la resurrección y  quien se convierte en el testigo más creíble del Señor.

Hoy, con María, estamos llamados nosotros a seguir a Cristo a obedecer su Palabra para que cuando termine nuestra lucha en la tierra podamos resucitar para alcanzar el cielo.

San Lucas nos ha presentado el Magníficat. 

María se sabe pequeña pero en manos de “El que todo lo puede”; se sabe humillada y servidora pero portadora de vida; se sabe con dolor pero con una alegría que hace que su espíritu se llene de gozo y que su alma glorifique al Señor. Así también nosotros sus hijos, debemos parecernos a María. Hemos de reconocernos pecadores y sumergidos en un mar borrascoso, pero con una estrella que nos guía hasta Jesús. No debemos sucumbir a las pruebas y a la tormenta, porque tenemos nuestra ayuda en Dios y Él es nuestro auxilio. Igual que María, nuestra esperanza la debemos poner en la presencia del Señor en medio de nosotros. Pero igual que María tendremos que proclamarnos servidores, pequeños y acoger en nuestro corazón la fuerza de su Palabra.

Es cierto que hay graves dificultades, al igual que en las primeras comunidades, pero hoy María anima nuestra esperanza y nuestro compromiso para transformar este mundo, para convertir en realidad el deseo de Jesús: un lugar de fraternidad, donde todos tengamos un puesto en la mesa que nos ha preparado Dios.

Que hoy María, al despertar en nosotros el deseo de la alabanza y la acción de gracias, nos conceda descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros. Si sabemos a dónde vamos no podemos perder el rumbo. Con María, en su Asunción, se despierta nuestra esperanza. También nosotros queremos parecernos a nuestra Madre.

lunes, 2 de agosto de 2021

 

XIX DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza.

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión.

También a nosotros se nos hace insoportable el camino, cansados de luchar, cansados de los demás y de nosotros mismos, hasta molestos con Dios… y el camino de la vida se nos hace largo.

Largo porque no miramos más que las piedras con que tropezamos, cuando deberíamos mirar hacia arriba, hacia esa cumbre cada vez más cercana de esa vida que Jesús nos promete y que ya llevamos dentro por nuestra Fe en Él.

Largo porque no sabemos gozar de las pequeñas maravillas que Dios nos regala cada día en la vida.

El camino se hace tranquilo o se hace insoportable dependiendo del compañero que lo comparte con nosotros. Y Jesús se ha hecho nuestro compañero en el camino de la vida.

Dios está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe.

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “el que cree tiene vida eterna”.

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores.

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios.

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido.

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios.

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!

lunes, 26 de julio de 2021

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad. 

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos. Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor.

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?

lunes, 19 de julio de 2021

 

XVII DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

La liturgia de este domingo nos muestra la preocupación de Dios por saciar el “hambre” de pan, de libertad, de justicia, de paz y de esperanza que tenemos todos los seres humanos.

La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes, nos muestra al profeta Eliseo compartiendo su pan con los necesitados. 

Hay en el mundo muchos hombres y mujeres generosos, que sin publicidad, tienen gestos de compartir, de solidaridad, de entrega hacia los más necesitados.  Y es a través de estas personas como Dios manifiesta su misericordia con los necesitados.

Dios quiere acabar con el hambre del mundo, por ello la primera lectura nos invita a todos al compromiso.  Dios necesita de todos nosotros, de nuestra generosidad y bondad para ir al encuentro de nuestros hermanos necesitados y para ofrecerles vida en abundancia.

Todos tenemos cosas que podemos compartir, sea en lo económico, en lo cultura, en lo religioso.  Siempre vamos a encontrar personas que pasan alguna clase de hambre y se sienten solas.  No siempre es dinero lo que piden, muchas veces es atención, tiempo, compañía, una mano amiga.  No hay que ser rico para compartir.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos da un mensaje de paz, de unidad y de concordia, tan necesarios hoy para nuestra sociedad y nuestro mundo.

Todos los cristianos formamos el “Cuerpo de Cristo”, Él es la cabeza, nosotros somos los miembros de esa cabeza, es decir, formamos una unidad. Por ello, no tienen sentido las divisiones, las envidias, las rivalidades, los celos, los odios que tantas veces dividen a los hermanos de una misma comunidad.

El que seamos personas diferentes, que pensemos de diferente manera no nos tiene que llevar a conflictos y divisiones sino a una unidad, construida en el respeto y la tolerancia.  La diversidad es un valor bueno que no debe anular la unidad y el amor a los hermanos.

El evangelio de san Juan, nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los pescados.

Nosotros estamos más acostumbrados al intercambio: doy para que me den.

Mientras sólo demos las sobras de lo que tenemos, nunca conseguiremos que haya para todos.  Mientras no nos eduquemos para compartir, como mucho llegaremos a tranquilizar con engaño nuestra conciencia, pero continuará faltando el pan para muchos.

Y lo que vale para los bienes materiales, también lo podemos decir de nuestras aptitudes y cualidades.  Demasiado a menudo decimos expresiones como: “pobre de mí, si soy tan poca cosa”… “eso tiene que hacerlo gente preparada y no como yo”, y decimos otras cosas parecidas para ahorrarnos el perder la tranquilidad de nuestro ir haciendo.  Y, así, olvidamos que todos podemos aportar algo al bien del conjunto de cosas que, tarde o temprano, se encontrarán a faltar.

Jesús quiere un pueblo de personas libres, que sepan compartir todo lo que son y tienen (no importa la cantidad, sino la calidad) para que todos puedan crecer en humanidad.  Jesús quiere un pueblo de personas que, porque creen en Dios, asumen plenamente su responsabilidad en el mundo; personas que, porque sólo obedecen a Dios, se hacen servidores de todos.

Y lo que quiere Jesús, es que lo que quiere Dios nuestro Padre, choca con lo que quiere la gente.  La gente quiere alguien sobre el que pueda descargar la propia responsabilidad; buscan a alguien que les pueda solucionar los problemas, les ahorre, así, tener que utilizar la cabeza y las manos; prefieren seguir unas normas claras y definidas dictadas por un líder indiscutible, antes que actuar con generosidad y amor.

Jesús se retira solo a la montaña precisamente porque no quiere poder.  Él es fiel a su misión, que cosiste en formar un pueblo libre de verdaderos hijos de Dios que piensen y actúen por sí mismos.

La comunidad sólo se podrá formar de personas libres.  Una comunidad con “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos”.

SANTIAGO APÓSTOL

¿Qué tendrá el corazón humano que se aferra a las cosas materiales? Dicen que el poder y el dinero, sin que el hombre se dé cuenta, lo condicionan, lo manipulan y le dan la sensación de que es él quien manda.

Al celebrar este día la fiesta de Santiago, Apóstol, el evangelista San Mateo nos da la oportunidad para comprobar que aun entre los discípulos de Jesús se daban estas ambiciones y estos deseos. Por una parte la madre de Santiago y Juan, está pidiendo que sean ellos los que estén en los primeros lugares, pero enseguida aparecen las rivalidades en los reclamos de los otros discípulos. No han entendido lo que Cristo busca y aunque lo van siguiendo de cerca, aún albergan en su corazón los deseos de grandeza, de poder y de bienes. Son situaciones que también se dan en nuestras familias, en nuestras comunidades y en la misma Iglesia.

Tendremos que estar muy atentos. Las familias sufren cuando no se da el primer lugar a las personas y sus miembros parecen pasar a segundo término importando más los negocios, el gusto o las decisiones egoístas de los papás.

No es raro que una familia acabe destruida por los pleitos y envidias a causa de las herencias, de las preferencias o de los bienes. También en nuestras comunidades el dinero y el deseo de autoridad suelen causar graves destrozos.

Si nosotros como Iglesia no somos capaces de tomar en serio las palabras de Jesús respecto a ser servidores, si anteponemos nuestra autoridad o nuestros caprichos, estaremos también destruyendo la obra de Jesús.

Hoy son igualmente válidas sus palabras: “Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande que sea el que los sirva”. Si el discípulo se hace servidor, si está dispuesto y atento a las necesidades de los demás, si es capaz de mirar en cada ser humano, una persona y un hijo de Dios a quien servir, estaremos siguiendo el camino de Jesús.

La acusación que Jesús hace a las naciones de destrucción y de pleitos que tiranizan y oprimen, también hoy tiene su actualidad. También hoy se dan estas injusticias y necesitamos igual que Jesús, seguir insistiendo en el derecho de los pequeños a ser tratados con dignidad y con justicia. Si callamos, seremos cómplices de estas injusticias.

¿Cómo es nuestro servicio y nuestra disposición? ¿Qué buscamos realmente en nuestro corazón?

lunes, 12 de julio de 2021

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla del amor y el cuidado que Dios tiene por todos nosotros.  Un amor que se traduce en una oferta de vida plena que Dios hace a todos los seres humanos.

En la 1ª lectura del profeta Jeremías, Dios condena a los pastores indignos que utilizan a las personas para sus propios intereses personales.

La primera lectura de hoy es pues una denuncia contra los malos pastores, contra los malos líderes del mundo, contra los malos gobernantes, es decir, contra aquellas personas que están encargadas de cuidar a la comunidad y utilizan a los ciudadanos para beneficio propio y han herido, torturado, robado, asesinado, privando de la vida y de la felicidad a esas personas que Dios les confió.

La Palabra de Dios nos asegura que Dios es el “Pastor” que se preocupa de nosotros, que está atento a cada una de sus “ovejas”; Él cuida de nuestras necesidades y está permanentemente dispuesto a intervenir en nuestra historia para conducirnos por caminos seguros y para ofrecernos la vida y la paz. En Él tenemos que confiar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que para Dios nos hay distinciones de personas ya que todos somos hijos amados de Dios.  Dios es un Padre que no margina a ninguno de sus hijos.

Vivimos en un mundo globalizado que supuestamente nos acerca más a los seres humanos en esta casa común que es el mundo.  Sin embargo, el odio nos hace ser intolerantes y levantamos muros entre los seres humanos por diferencias raciales, políticas, religiosas y sociales que nos hacen que no podamos vivir esa fraternidad universal a la que nos llama Dios.

En nuestra vida personal y familiar y en nuestra experiencia de camino comunitario, aparecen frecuentemente muros que nos dividen, que impiden la comunicación, el encuentro, la comunión. Los grandes sufrimientos de nuestra humanidad son debido a que levantamos muros que nos separan, a nosotros y los demás; muros tanto morales como físicos.

Hoy el Señor nos dice que esos muros pueden y deben ser destruidos.

El Evangelio de San Marcos, nos decía que “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor”, es decir andaban desorientados.

¡Cuántas personas hoy en día andan como ovejas sin pastor: desorientados y separados de las demás! Personas heridas por innumerables sufrimientos: enfermedades, muertes, incomprensiones, insatisfacciones, frustraciones… Personas sin futuro, sin esperanza, sin horizonte. No hay cosa peor en la vida que estar desorientado, sin rumbo, sin un sitio al que ir, sin un horizonte en la vida, sin un por qué para seguir viviendo.

Hoy hay mucha gente desesperada; es decir, que han perdido la esperanza en un futuro mejor, aquí en la tierra y en el cielo.  Hay otra mucha gente que, ante la falta de perspectiva de futuro, se han instalado en el presente. Lo único que les preocupa es el presente: vivamos lo mejor posible, «comamos y bebamos que mañana moriremos».  Hay también mucha gente que se ha quedado anclada en el pasado, lo que les impide vivir el presente y esperar un futuro mejor.

Es fácil comprobar el vacío existencial de muchas personas. En forma de desgana de vivir, ansiedad, depresiones, consumidos por el consumo desenfrenado, como veletas que giran para donde sopla el viento, como ovejas sin pastor. Una multitud que camina, pero sin rumbo, sin una palabra orientadora, sin pastores que le acompañen.

Una oveja sin pastor no puede encontrar el camino, ni tampoco tiene defensa frente a los peligros que le acechan. Una persona alejada de Dios no tiene sentido para la vida, ni solución para la muerte.

Cristo es el único que puede orientar nuestra vida, el único que puede dar sentido a nuestra existencia.  Dejémonos guiar por Él.