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lunes, 13 de septiembre de 2021

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existen malentendidos y enfrentamientos entre personas cuyo comportamiento debería de ser un comportamiento perfecto.

La 1ª lectura del libro de Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Los malos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio. Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a Él.

Al hombre justo lo quieren hacer callar y eliminarlo si pueden. El hombre bueno estorba. Como estorban todos los que han alzado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.  El hombre justo, muchas veces es despreciado en nuestro mundo porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen mal comportamiento, por eso “lo quieren someter a prueba, lo condenarán y lo matarán”. Pero el hombre justo sale victorioso de la prueba porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.

Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y guerras están al orden del día.

La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.

Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos discutiendo sobre quién iba a ser el primero en el Reino, quien iba a mandar allí.

Jesús los interrumpe: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Servir a todos, significa vivir según el estilo de Cristo, significa quedar el último.

Entre nosotros cuando se quiere realizar algo en serio se busca a los mejores y la norma fundamental para lograrlo es la competitividad. Hay que competir para todo, superar a los demás, demostrar que lo mío, nosotros mismos somos los primeros, lo mejor. Competitividad que se ha convertido en pensamiento único y en norma intocable para desarrollar actividades en instituciones empresariales, sociales, profesionales, culturales, religiosas. Así está organizada nuestra vida con la competición para lograr un puesto de trabajo, el poder, para ser los primeros.

Entre nosotros servir a los demás, servir al pueblo, se utiliza con frecuencia comolema y consigna para prestar unos servicios en los que se busca ante todo dinero o poder. Jesús no habla de esta servicialidad sino de un servicio sin factura ni beneficios, cuyo único beneficio es humanizar a los demás, ayudar a vivir humanamente a los demás, y humanizarse uno mismo al servir.

Pero también hay personas que se comprometen a servir a los demás.  Ponen su profesión, sus bienes, su vida al servicio de organizaciones que trabajan en lograr la justicia y la paz para todos.  Hay personas que sólo son felices sirviendo a los demás, como lo hacía Jesús.

Es posible que muchas personas se engañen a sí mismas pensando que no pueden hacer prácticamente nada por los demás.  Y no podemos olvidarnos que todos, desde cualquiera que sea nuestra situación en la vida, desde nuestra ocupación, podemos servir, ofrecer algún servicio a los demás.  Lo importante es tener las ganas y el deseo sincero de ayudar.  Hasta una buena palabra, una sonrisa pueden ser ayudas, servicios inapreciables.

En definitiva, quien quiera seguir Jesús, hoy nos lo dice, está llamado a servir como Él, voluntariamente, sin olvidar que la vida se vive intensamente solo cuando amamos, cuando regalamos, cuando servimos.

lunes, 6 de septiembre de 2021

 

XXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

¿Qué buscamos en la vida?  Seguramente tener buena salud, que haya felicidad en nuestra familia, tener trabajo, buenas relaciones con la gente y con Dios.  Sin embargo, las lecturas de hoy nos van a hablar del misterio del dolor humano –tan difícil de aceptar y de comprender– y así ayudarnos a entenderlo un poco más.

En la 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla de su confianza en la protección del Señor.

Muchas veces sentimos miedo.  Tenemos miedo porque somos humanos y por lo tanto no tenemos por qué avergonzarnos de ello.  Pero no podemos vivir bajo la autoridad del miedo.  No podemos vivir escondiéndonos y ocultándonos toda la vida.  Hay que proclamar, donde sea, que somos cristianos, porque quien confía en Dios y vive en fidelidad a los planes de Dios, no quedará defraudado.

No podemos pasarnos la vida, inmersos en la cultura de la facilidad y de la comodidad.  No podemos vivir encerrados en nosotros mismos.   Es necesario adherirnos al proyecto de vida que Dios nos confía, incluso cuando lo que Dios nos pide vaya en contra de lo que dice el mundo; es necesario que asumamos el papel que Dios nos llama a desempeñar en esta vida y a comprometernos en la transformación del mundo. Hay que confiar en Dios.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos dice que la fe sin obras es una fe muerta.

La fe tiene que ser acompañada por las obras. Lo que pide Santiago es coherencia entre la fe y el estilo de vida.

Santiago denuncia la tendencia que todos tenemos a contentarnos con las palabras – palabras bonitas, solemnes – pero sin pasar a cumplirlas en la vida.

¿Cómo es nuestra conducta con los que no tienen que comer ni vestir?  No basta con decirles palabras de ánimo y no ayudarles.

Mirando a países más pobres, o mirando sencillamente a nuestro alrededor, referido a lo económico, o también a lo humano: ¡cuántos necesitan de nuestro interés, de nuestro tiempo, de nuestra acogida, de nuestra esperanza! Y podemos quedarnos en palabras muy bien sonantes – comunidad, solidaridad, justicia, democracia, amor fraterno – y no pasar a lo concreto, a una actuación coherente. También lo dice san Juan en su primera carta: “Hijos, no amemos de palabra ni de lengua, sino con obras y de verdad”

En Evangelio de San Marcos, Jesús decía: “quien quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

El seguimiento de Jesús no consiste en un camino de rosas. Para seguir sus pasos es necesario negarse uno a sí mismo, tomar nuestra propia cruz y acompañarlo. Pero no estamos solos. Podemos vivir el sufrimiento acompañados por Jesús.

El que gane su vida la perderá, el que no piense más que en todo eso que tantas veces constituye nuestra vida: el dinero, la posición social, la diversión, la salud. El que no viva más que para triunfar a toda costa en la vida humana se perderá a sí mismo.

El hombre vale, no lo que valen sus posesiones. El hombre vale lo que vale su corazón, en su tendencia hacia fuera. El hombre comienza a ser hombre de verdad cuando empieza a amar y llega al sumo de ser hombre, cuando se da del todo y da su vida por el amigo.  “el que pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará”.

Pero… ¿qué significa querer salvar nuestra vida? Significa querer aferrarnos a todo lo que consideramos que es “vida” sin realmente serlo.  Es aferrarnos a lo material, a lo perecedero, a lo temporal, a lo que nos da placer, a lo que nos da poder, a lo ilícito, etc. Si pretendemos salvar todo esto, lo perderemos y, como si fuera poco, perderemos la verdadera “Vida”. Pero si nos desprendemos de todas estas cosas, salvaremos nuestra Vida, la verdadera, porque obtendremos, como Cristo, el triunfo final: la resurrección y la Vida Eterna.

Que esta Eucaristía que ahora celebramos nos dé la fuerza que necesitamos para vivir con mayor intensidad la enseñanza de Jesús.

lunes, 30 de agosto de 2021

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven angustiadas por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo.

Jesús nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces somos sordos y mudos. No oímos lo que tendríamos que oír: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y no hablamos lo que tendríamos que hablar: en la alabanza a Dios y también en nuestras palabras de ayuda a los hermanos.

Hoy existen miles de satélites por los aires. Nuevos cables submarinos por todos los mares. Autopistas que unen naciones. Facilidades de paso por las fronteras. Todo nos lleva a una mayor comunicación y sin embargo nunca ha habido más sordos ni más mudos.

Tantas ondas, tanto ruido ha estropeado nuestro tímpano y cada vez somos menos capaces de oírnos y de oír a los demás. Y el que habla abre y cierra la boca como en el cine mudo, no nos parece que pronuncia palabras accesibles, porque nadie le presta atención.  Nunca ha habido tanta soledad. Soledad de los ancianos que, o viven solos, o en medio de las familias no encuentran a quien contar sus batallitas.  Los esposos no se entienden con los hijos y no pocas veces entre ellos.

Los jóvenes acusan a los mayores que no los entienden.  Sea por nuestro propio egoísmo, sea por las desilusiones que nos hemos llevado con lo demás, sea porque nos sentimos llenos de problemas y no nos basta con los propios para ocuparnos de los demás, el caso es que en la era de las comunicaciones estamos incomunicados unos con otros. El contacto de Tú a Tú va pasando a ser pieza de museo, o motivo de novela romántica.

Nunca ha tenido más actualidad el grito de Jesús al sordomudo del evangelio: “¡ábrete!”

Ábrete al hombre, abre tu corazón y sal al encuentro de los hombres que te necesitan y tú necesitas. Ábrete al hombre que te ofrece su amistad. Ábrete al que necesita tu cariño. Ábrete al que tiende su mano hacia ti en espera de ayuda. Ábrete y escucha al que te cuenta esos problemas que nadie más puede contar. Ábrete al que necesita tus palabras de consuelo, sal de tu mudez y deja oír tus palabras. Apártate de la muchedumbre de vez en cuando, como Jesús apartó al sordomudo para hacerle oír su voz.

lunes, 23 de agosto de 2021

 

XXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella.

Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes.

Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.

Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad.

La 2ª lectura del apóstol Santiago invita a los creyentes a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Nuestra sociedad padece una superabundancia de palabras, y la palabra se ha desvalorizado. Nos habituamos a no tomar demasiado en serio las palabras que escuchamos y a no concederles crédito.

Es necesario que demos a la Palabra que Dios nos dirige un peso infinitamente superior al de las palabras sin sentido que todos los días llenan nuestros oídos y que intoxican nuestra mente.

La Palabra de Dios es Palabra generadora de vida, de eternidad, de felicidad; por eso, debe ser tan valorada por nosotros.

Nuestra religión, sin la escucha atenta y comprometida de la Palabra de Dios, puede fácilmente convertirse en simple cumplimiento de ritos.

En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía.

Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar.

Muchas personas se les ven también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios.

Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior.

Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar.

El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?

¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

lunes, 16 de agosto de 2021

 

XXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida.

La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 

Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.

Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; que tipo de coche comprar.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”.

Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién quieres servir?”  

Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio.

Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.  

El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado.

Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia.

En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”

Jesús como hombre debió sentir una cierta angustia por el abandono de sus discípulos. 

Nosotros debemos seguir a Jesús, y seguirlo a Él significa optar por Él en cada circunstancia de nuestra vida. No basta elegirlo una sola vez y después irnos desviando poco a poco: nuestra elección tiene que ser renovada, constante y permanente. 

Por otro lado, separase de Jesús puede también ser en forma progresiva.  Dice el Evangelio: “Jesús sabía desde el principio quiénes no creían y quién lo iba a entregar.”. 

Todos nosotros que formamos su Iglesia de hoy, inicialmente elegimos a Dios, pero no basta elegir a Dios una sola vez en la vida: esa elección hay que renovarla constantemente, en especial ante ciertos conflictos.

En nuestra vida de creyentes, hay momentos en que nos encontramos ante una situación y pregunta semejantes a la que nos plantea el evangelio: ¿continuamos con Jesús?, ¿lo abandonamos?

Cuando nos cansamos de seguir haciendo el bien y buscando la verdad, de promover el amor y la justicia, cuando dejamos de ir a misa o nos resulta insoportable tal o cual persona, cuando nos pesa la fidelidad matrimonial o la familia, cuando confrontamos la enseñanza del evangelio con nuestra manera de pensar y descubrimos que tenemos miedo a comprometernos y a seguir a Cristo incondicionalmente, estamos dejando de lado al Señor.

Y Cristo podría preguntarnos también: “¿También vosotros queréis marcharos?”. Y nuestra respuesta no puede ser otra que la de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a acudir? Tú tienes palabras de vida eterna”.

lunes, 9 de agosto de 2021

 

LA ASUNCIÓN DE LA VIRGEN (CICLO B)

Esta fiesta que hoy celebramos, la fiesta de la Asunción, es una de las grandes fiestas de María.  Hoy celebramos, que Dios Padre, que escogió a María para ser madre de su Hijo, quiso también que ella participara como su Hijo de la resurrección, de la vida gloriosa con Él para siempre.

Esta fiesta reafirma nuestra esperanza cristiana. María asunta al cielo es la primera creyente, la primera cristiana que participa de la resurrección, de la gloria de Dios; ella es el anticipo de nuestra resurrección, es el signo de esperanza para nosotros, que esperamos también un día ser resucitados por Dios y participar del gozo que Cristo nos ha prometido, vivir con Dios nuestro Padre para siempre.

Cada una de las lecturas que hemos proclamado, tienen una gran enseñanza para el cristiano que lucha y quiere ser fiel. Y cada una de las lecturas tiene también un rasgo que podemos aplicar a María, como nuestra madre a quien queremos imitar.

A muchos lectores les llena de terror el pensar en los signos del Apocalipsis, y muchos escritores y sectas alarmistas se han aprovechado de estos signos para infundir miedo.  El pasaje que hoy nos ofrece el libro del Apocalipsis nos presenta dos imágenes: por una parte una mujer radiante  y llena de sol  que está a punto de dar a luz; por la otra, la bestia de siete cabezas y diez cuernos que está dispuesta a devorar al hijo que está punto de nacer.

Si miramos a través de estos signos, que podrían parecernos aterradores, descubriremos la lucha que libraban las primeras comunidades cristianas, que débiles y pequeñas, trataban de evangelizar y cristianizar el mundo. Estos primeros cristianos se oponían a un monstruo que con múltiples cabezas y cuernos de poder económico, político, social y hasta religioso, estaba dispuesto a destruir a la Iglesia naciente.

El libro de Apocalipsis trata de dar esperanza y seguridad a los cristianos confiando no en sus propias fuerzas, sino en la fuerza de Jesús, a quien se le da todo el poder.

Muchas generaciones han visto en esta imagen de la mujer, una referencia a María: la pequeña que en manos del Todopoderoso, dio a luz al que sería el salvador del mundo. Estas mismas imágenes nos deben llevar también a nosotros a descubrir las nuevas cabezas que tiene el mal, denunciar sus cuernos de poder, pero también a fortalecer nuestra esperanza en el triunfo, no personal ni individualista, sino uniéndonos a Jesús resucitado. Así María, en este día de su Asunción, se convierte para cada uno de nosotros en una fuerza que nos alienta en la lucha contra toda clase de mal y que nos llena de confianza sabiendo en quién hemos puesto toda nuestra fe.

San Pablo, en su Carta a los Corintios, proclama la razón de nuestra esperanza: “Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.” María aceptó el riesgo de llevar a Jesús en sus entrañas, es la primera favorecida con la resurrección y  quien se convierte en el testigo más creíble del Señor.

Hoy, con María, estamos llamados nosotros a seguir a Cristo a obedecer su Palabra para que cuando termine nuestra lucha en la tierra podamos resucitar para alcanzar el cielo.

San Lucas nos ha presentado el Magníficat. 

María se sabe pequeña pero en manos de “El que todo lo puede”; se sabe humillada y servidora pero portadora de vida; se sabe con dolor pero con una alegría que hace que su espíritu se llene de gozo y que su alma glorifique al Señor. Así también nosotros sus hijos, debemos parecernos a María. Hemos de reconocernos pecadores y sumergidos en un mar borrascoso, pero con una estrella que nos guía hasta Jesús. No debemos sucumbir a las pruebas y a la tormenta, porque tenemos nuestra ayuda en Dios y Él es nuestro auxilio. Igual que María, nuestra esperanza la debemos poner en la presencia del Señor en medio de nosotros. Pero igual que María tendremos que proclamarnos servidores, pequeños y acoger en nuestro corazón la fuerza de su Palabra.

Es cierto que hay graves dificultades, al igual que en las primeras comunidades, pero hoy María anima nuestra esperanza y nuestro compromiso para transformar este mundo, para convertir en realidad el deseo de Jesús: un lugar de fraternidad, donde todos tengamos un puesto en la mesa que nos ha preparado Dios.

Que hoy María, al despertar en nosotros el deseo de la alabanza y la acción de gracias, nos conceda descubrir la presencia de Dios en medio de nosotros. Si sabemos a dónde vamos no podemos perder el rumbo. Con María, en su Asunción, se despierta nuestra esperanza. También nosotros queremos parecernos a nuestra Madre.

lunes, 2 de agosto de 2021

 

XIX DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza.

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión.

También a nosotros se nos hace insoportable el camino, cansados de luchar, cansados de los demás y de nosotros mismos, hasta molestos con Dios… y el camino de la vida se nos hace largo.

Largo porque no miramos más que las piedras con que tropezamos, cuando deberíamos mirar hacia arriba, hacia esa cumbre cada vez más cercana de esa vida que Jesús nos promete y que ya llevamos dentro por nuestra Fe en Él.

Largo porque no sabemos gozar de las pequeñas maravillas que Dios nos regala cada día en la vida.

El camino se hace tranquilo o se hace insoportable dependiendo del compañero que lo comparte con nosotros. Y Jesús se ha hecho nuestro compañero en el camino de la vida.

Dios está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe.

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “el que cree tiene vida eterna”.

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores.

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios.

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido.

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios.

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!