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lunes, 1 de septiembre de 2025

 


Las lecturas de este domingo nos recuerdan que nos es fácil vivir en libertad, que no es fácil ser responsables de nuestros actos y tomar las decisiones correctas.  Por ello, Jesús nos invita hoy a que los sigamos a Él con todas las consecuencias.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, vemos que Salomón pide sabiduría a Dios para que lo guíe prudentemente en su gobierno; con la sabiduría de Dios, sus obras serán agradables a Dios, y podrá juzgar a su pueblo con justicia.  Si Salomón pide a Dios discernimiento para tener acierto en el enfoque y solución de los problemas terrenos, ¿cuánto más necesitamos nosotros pedir la sabiduría de Dios para cumplir su voluntad?, pues “¿qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere… si tú no le das tu Sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?”

La 2ª lectura de San Pablo a Filemón, nos plantea el problema de las clases sociales.  En la sociedad en que vivía san Pablo estaba muy marcado las clases sociales, incluso había esclavos y libres.  Pero el cristianismo acoge a todo tipo de personas de cualquier clase y condición.

Creer en Jesús, estar bautizados hace que se cambien las relaciones entre los hombres, ya no hay dominio de unos sobre otros; ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos… sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.

Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un salario de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos euros. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio, encadenada por los poderosos. Su trabajo no se puede quedar encerrado en las paredes de las iglesias. Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando fuertemente para lograrla, sino empeñándose por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una invitación de Jesús a seguirlo, tomando nuestra cruz y renunciando a todos nuestros bienes.

¿Qué significa seguir a Jesús, a qué hemos de renunciar?  Hoy hemos oído que Jesús nos pide unas renuncias concretas, pero ¿cómo entender esas renuncias: dejar padre y madre, dejar hijos, tomar la cruz y renunciar a todos los bienes? ¿Cómo seguirlo? ¿Cómo ser cristiano?

Hemos oído a Jesús que nos dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a mi antes que a su padre, madre, hijos…no puede ser mi discípulo”.  El posponer a los familiares no hemos de entenderlo hoy nosotros  como el dejar abandonados a nuestros familiares en sus necesidades o en su vejez, en triste soledad, no es eso. Jesús en la cruz, antes de morir no abandona a su madre, se la confía a Juan: “Ahí tienes a tu madre”, le dice al discípulo. Jesús jamás abandonó a su madre. Desprenderse, posponer los vínculos familiares no significa olvidar todo aquello que podamos hacer para ayudar a familiares en dificultades.  Dios no quiere que no tengamos familia sino que lo que quiere, es que todas las cosas las usemos, las tengamos, las utilicemos, las hagamos teniendo como horizonte la causa de su Reino.   Eso significa que en la familia lo importante es el diálogo, el respeto de unos por otros, el perder el tiempo en la escucha del otro, la ayuda, la presencia, etc.  

Jesús nos pide también hoy estar dispuestos a renunciar a los bienes materiales y tomar la cruz.  Jesús nos pide que renunciemos a nuestra vida cómoda y egoísta porque esto es lo que de verdad nos impide seguir sinceramente a Jesús. 

Jesús nos ha dicho: “quien no tome su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. No nos preocupemos demasiado por buscar cruces. La cruz va llegando a lo largo de la vida. No hay que buscarla, llega…lo que hemos de hacer es no renunciar a ella, asumirla con valentía y generosidad. Dios no nos creó para sufrir, los dolores hemos de evitarlos, pero hemos de asumir con valor todo aquello que suponga renuncia, que suponga generosidad, que suponga ayudar a tanta necesidad que encontraremos a nuestro lado.

La cruz, el sufrimiento llega, llega con el paso de los días, con el paso de la vida, pero además, ¿quién puede vivir feliz ante escándalos, injusticias, los pecados, las miserias que cometemos y que se cometen a nuestro alrededor? Sabemos que el hacer lo posible por remediarlo  traerá cruz, a esa cruz también nos llama Jesús.

“El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. El dinero que podamos tener ha de estar siempre dirigido no sólo para nuestro disfrute personal, sino sobre todo para compartirlo con los que no lo tienen.

La invitación de Jesús es provocativa. Jesús no quiere que caigamos en la tentación de vivir un cristianismo light, como tantas cosas que se llevan ahora.  O somos o no somos cristianos.

lunes, 2 de septiembre de 2024

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos habla de un Dios comprometido con la vida y la felicidad del hombre, continuamente empeñado en renovar, en transformar, en recrear a la persona, para hacerle alcanzar la vida plena del Hombre Nuevo.

La 1ª lectura del profeta Isaías,  hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto?

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordomudo.

Es horrible no poder hablar, no poder escuchar, sentir soledad en medio de la multitud, que no puedas comunicarte.

Nos encontramos en un país de sordos y mudos.  A los pobres, a los necesitados no se les hace caso.  Hay tantas personas que tienen graves problemas y necesidades y por más que se cansan de gritar, de pedir, no son escuchados.  Quienes tienen la autoridad, el poder, el dinero y las posibilidades de solucionar problemas, se han vuelto incapaces de escuchar los gritos de angustia y de dolor del pueblo.

En nuestro tiempo, se ha empeorado este problema fundamental de la comunicación y el lenguaje. En lugar de hacer más fácil el entendernos, nos quedamos solos, nos aislamos o solamente nos relacionamos con nuestro grupito.

Somos sordos que cerramos los oídos para no ver realidades que nos están gritando: un ecosistema que se agota, una naturaleza que ya no aguanta nuestra destrucción, hermanos que claman de hambre y necesidades, pero que no encuentran respuesta. Hemos cerrado nuestros oídos y no vemos estos gritos desgarradores. Hemos perdido la capacidad de propiciar un encuentro cálido, cordial y amable con los demás.

Estamos mudos cuando cerramos por orgullo los labios y preferimos el silencio,  mientras que una palabra podría suscitar soluciones, romper hielos y devolver paz y armonía. Vivimos en un mundo de silencio, aislamiento y soledad provocado por nuestros orgullos, por la injusticia y por la discriminación.  Necesitamos romper el silencio con el lenguaje del amor, para escuchar y para hablar.

La imagen del sordomudo podría también representar a las personas incomunicadas no solamente con sus semejantes, sino también con Dios. No tenemos tiempo para escuchar su palabra, no queremos oír sus mensajes, no estamos dispuestos a dejarlo entrar en nuestro interior.

Hoy Jesús grita también para nosotros su potente “¡Effetá!” “¡Ábrete!” que nos lleva a abrir el corazón a Dios, a los hermanos y a nosotros mismos. ¿Seremos capaces de abrir nuestro corazón a la Palabra de Dios? ¿Escucho el sentir y el dolor de los hermanos? ¿Permanezco mudo ante las injusticias, la mentira y el dolor?

lunes, 4 de septiembre de 2023

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo nos hace ver la responsabilidad que tenemos con nuestros hermanos que están cerca de nosotros.  No podemos ser indiferentes ante aquello que amenaza la vida y la felicidad de un hermano porque todos somos responsables de corregir y aceptar la corrección.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.  El profeta debe ser el vigilante de sus hermanos, por eso debe estar siempre con los oídos bien abiertos y los ojos bien despiertos para escuchar y ver los peligros que acechan a su comunidad.

El profeta debe denunciar todo aquello que está mal tanto en el mundo como en la vida de las personas.  Es verdad que Dios juzgará a cada uno según su propia conducta, pero también es verdad que somos responsables del mal que otros hacen por culpa nuestra o del bien que dejan de hacer por falta de ejemplo o de colaboración.

Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.

Cuantas veces sabemos de algún joven que se droga y nos callamos, o de una personas alcohólica y nos callamos, o de un esposo agresivo y nos callamos y cuando ocurre una desgracia por culpa de nuestro silencio, entonces decimos: “Yo sospechaba algo” o “ah, si hubiera hecho”, “si hubiera dicho” ¿Pero ya para qué?  Por eso, no nos callemos ante el mal y esforcémonos por corregir a todo aquel que anda en malos pasos.

La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.

Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.

Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.

En el evangelio de san Mateo Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”.  Es el  camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús. 

Poco ha cambiado el ser humano. Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. Como desperdiciamos tanto tiempo de nuestra vida en hablar mal de los demás.

¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Los programas televisivos que más audiencia tienen son los que sacan al aire los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme y hablar de los demás?  No hay conversación en la que no hablemos mal de alguien.

Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contrario. El Señor sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice: “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámale y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.

Para Jesús mucho más importante que el pecado es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor. La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.

Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.

La misma Iglesia impone un secreto absoluto al confesor. Un confesor que revelase los pecados de alguien queda suspendido en el ejercicio de su ministerio. Es que la persona es sagrada y también sus debilidades.

Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie. Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.

Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra.

lunes, 29 de agosto de 2022

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos recuerdan que nos es fácil vivir en libertad, que no es fácil ser responsables de nuestros actos y tomar las decisiones correctas.  Por ello, Jesús nos invita hoy a que los sigamos a Él con todas las consecuencias.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría, vemos que Salomón pide sabiduría a Dios para que lo guíe prudentemente en su gobierno; con la sabiduría de Dios, sus obras serán agradables a Dios, y podrá juzgar a su pueblo con justicia.  Si Salomón pide a Dios discernimiento para tener acierto en el enfoque y solución de los problemas terrenos, ¿cuánto más necesitamos nosotros pedir la sabiduría de Dios para cumplir su voluntad?, pues “¿qué hombre conoce el designio de Dios, quién comprende lo que Dios quiere… si tú no le das tu Sabiduría enviando tu santo Espíritu desde el cielo?”

La 2ª lectura de San Pablo a Filemón, nos plantea el problema de las clases sociales.  En la sociedad en que vivía san Pablo estaba muy marcado las clases sociales, incluso había esclavos y libres.  Pero el cristianismo acoge a todo tipo de personas de cualquier clase y condición.

Creer en Jesús, estar bautizados hace que se cambien las relaciones entre los hombres, ya no hay dominio de unos sobre otros; ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos… sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.

Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un salario de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos euros. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio, encadenada por los poderosos. Su trabajo no se puede quedar encerrado en las paredes de las iglesias. Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando fuertemente para lograrla, sino empeñándose por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.

El evangelio de san Lucas nos presenta una invitación de Jesús a seguirlo, tomando nuestra cruz y renunciando a todos nuestros bienes.

¿Qué significa seguir a Jesús, a qué hemos de renunciar?  Hoy hemos oído que Jesús nos pide unas renuncias concretas, pero ¿cómo entender esas renuncias: dejar padre y madre, dejar hijos, tomar la cruz y renunciar a todos los bienes? ¿Cómo seguirlo? ¿Cómo ser cristiano?

Hemos oído a Jesús que nos dice: “Si alguno quiere seguirme y no me prefiere a mi antes que a su padre, madre, hijos…no puede ser mi discípulo”.  El posponer a los familiares no hemos de entenderlo hoy nosotros  como el dejar abandonados a nuestros familiares en sus necesidades o en su vejez, en triste soledad, no es eso. Jesús en la cruz, antes de morir no abandona a su madre, se la confía a Juan: “Ahí tienes a tu madre”, le dice al discípulo. Jesús jamás abandonó a su madre. Desprenderse, posponer los vínculos familiares no significa olvidar todo aquello que podamos hacer para ayudar a familiares en dificultades.  Dios no quiere que no tengamos familia sino que lo que quiere, es que todas las cosas las usemos, las tengamos, las utilicemos, las hagamos teniendo como horizonte la causa de su Reino.   Eso significa que en la familia lo importante es el diálogo, el respeto de unos por otros, el perder el tiempo en la escucha del otro, la ayuda, la presencia, etc.  

Jesús nos pide también hoy estar dispuestos a renunciar a los bienes materiales y tomar la cruz.  Jesús nos pide que renunciemos a nuestra vida cómoda y egoísta porque esto es lo que de verdad nos impide seguir sinceramente a Jesús. 

Jesús nos ha dicho: “quien no tome su cruz detrás de mí no puede ser discípulo mío”. No nos preocupemos demasiado por buscar cruces. La cruz va llegando a lo largo de la vida. No hay que buscarla, llega…lo que hemos de hacer es no renunciar a ella, asumirla con valentía y generosidad. Dios no nos creó para sufrir, los dolores hemos de evitarlos, pero hemos de asumir con valor todo aquello que suponga renuncia, que suponga generosidad, que suponga ayudar a tanta necesidad que encontraremos a nuestro lado.

La cruz, el sufrimiento llega, llega con el paso de los días, con el paso de la vida, pero además, ¿quién puede vivir feliz ante escándalos, injusticias, los pecados, las miserias que cometemos y que se cometen a nuestro alrededor? Sabemos que el hacer lo posible por remediarlo  traerá cruz, a esa cruz también nos llama Jesús.

“El que no renuncia a todos sus bienes, no puede ser discípulo mío”. El dinero que podamos tener ha de estar siempre dirigido no sólo para nuestro disfrute personal, sino sobre todo para compartirlo con los que no lo tienen.

La invitación de Jesús es provocativa. Jesús no quiere que caigamos en la tentación de vivir un cristianismo light, como tantas cosas que se llevan ahora.  O somos o no somos cristianos.

lunes, 30 de agosto de 2021

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios.

La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo.

Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.

Hay también muchas personas que viven angustiadas por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones.

Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie.

En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son.

Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas.

El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo.

Jesús nos tendría que curar también a nosotros, porque a veces somos sordos y mudos. No oímos lo que tendríamos que oír: la Palabra de Dios, o también las palabras de nuestros hermanos. Y no hablamos lo que tendríamos que hablar: en la alabanza a Dios y también en nuestras palabras de ayuda a los hermanos.

Hoy existen miles de satélites por los aires. Nuevos cables submarinos por todos los mares. Autopistas que unen naciones. Facilidades de paso por las fronteras. Todo nos lleva a una mayor comunicación y sin embargo nunca ha habido más sordos ni más mudos.

Tantas ondas, tanto ruido ha estropeado nuestro tímpano y cada vez somos menos capaces de oírnos y de oír a los demás. Y el que habla abre y cierra la boca como en el cine mudo, no nos parece que pronuncia palabras accesibles, porque nadie le presta atención.  Nunca ha habido tanta soledad. Soledad de los ancianos que, o viven solos, o en medio de las familias no encuentran a quien contar sus batallitas.  Los esposos no se entienden con los hijos y no pocas veces entre ellos.

Los jóvenes acusan a los mayores que no los entienden.  Sea por nuestro propio egoísmo, sea por las desilusiones que nos hemos llevado con lo demás, sea porque nos sentimos llenos de problemas y no nos basta con los propios para ocuparnos de los demás, el caso es que en la era de las comunicaciones estamos incomunicados unos con otros. El contacto de Tú a Tú va pasando a ser pieza de museo, o motivo de novela romántica.

Nunca ha tenido más actualidad el grito de Jesús al sordomudo del evangelio: “¡ábrete!”

Ábrete al hombre, abre tu corazón y sal al encuentro de los hombres que te necesitan y tú necesitas. Ábrete al hombre que te ofrece su amistad. Ábrete al que necesita tu cariño. Ábrete al que tiende su mano hacia ti en espera de ayuda. Ábrete y escucha al que te cuenta esos problemas que nadie más puede contar. Ábrete al que necesita tus palabras de consuelo, sal de tu mudez y deja oír tus palabras. Apártate de la muchedumbre de vez en cuando, como Jesús apartó al sordomudo para hacerle oír su voz.

lunes, 31 de agosto de 2020

 

XXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

Las lecturas de este Domingo nos presentan una faceta importante, aunque muy delicada, del amor al prójimo. Se trata de la corrección fraterna; es decir, de cómo corregir a los demás de acuerdo a las instrucciones que nos da Jesús en el Evangelio.
 
La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos presenta la responsabilidad que tiene un profeta de corregir el mal de su pueblo.
 
El Señor es muy severo con respecto a personas que, teniendo la obligación de corregir a otros, no lo hacen. Aquéllos que teniendo responsabilidad para con otros, prefieren no corregir a quienes hay la obligación de corregir y dejan pasar las cosas por miedo a ser rechazados, por miedo a perder popularidad, por miedo a ser tachados de intransigentes o por miedo al conflicto, corren el riesgo de ser ellos mismos regañados por Dios por no cumplir su responsabilidad.
 
Cuando vemos el mal en el mundo y en las personas y nos callamos, guardamos silencio, nos convertimos en cómplices de ese mal y esto conlleva consecuencias muy negativas tanto para las personas, como para las familias, como para una comunidad.
 
El creyente no puede ante el mal y el pecado, ante la injusticia y el desprecio de los derechos humanos que tienen su última raíz en Dios, el creyente no es libre de callar sino que sobre él pesa la grave responsabilidad de “reprender” y de no enmudecer.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los romanos nos invita a poner como centro de nuestra vida cristiana, el mandamiento del amor.
 
Amor.  Que palabra tan grande y tan profunda, pero también tan manipulada.  En nombre del amor se engaña, se estafa, se mal forman a los hijos, se malogran vidas.  El amor del que nos habla san Pablo, nada tiene que ver con el engaño utilizado para fundamentar actitudes egoístas.  Cuantas veces decimos que es amor y lo que en realidad es egoísmo.  Pablo habla del amor que hace crecer, que genera vida.
 
Amor no significa no corregir lo que está mal o permitir que los hijos hagan lo que quieren.  El amor verdadero genera vida y felicidad.  El amor debe manifestarse en la ternura, en el abrazo, en la bienvenida, en la sonrisa sincera, en la lágrima de la despedida y en el beso sincero, pero también en la exigencia, en la disciplina y en la corrección cuando sea necesario.
 
En el Evangelio de san Mateo, Jesús nos dice lo que tenemos que hacer con el hermano pecador.
 
Jesús nos dice hoy “Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”…es el camino que Jesús nos señala si queremos ayudar a alguien en sus defectos o pecados, hablar a solas con él. Cuánto bien haríamos si hiciéramos caso a Jesús.
 
Con qué facilidad nuestras conversaciones preferidas son los defectos, lo malo que vemos en los demás. ¡Cómo desperdiciamos horas y horas en nuestra vida en proclamar los defectos de los demás!
 
¡Qué distinto es Jesús de todos nosotros! A nosotros nos encanta airear la vida de los demás. Hoy hay programas de televisión que se dedican a eso, y cómo le gusta esos programas a la gente: sacar los trapitos sucios de los demás.  ¿Será que a nosotros nos gusta el chisme, y el escándalo?
 
Si nos reunimos no hay conversación si no comenzamos a criticar a todo el mundo.
 
Sin embargo, el Evangelio de hoy nos dice todo lo contario. Jesús sabe que podemos fallar, que podemos pecar, pero luego nos dice. “Si tu hermano peca”, no lo lleves a la TV, ni lo lleves al Club de los chismosos, sino que nos dice: “Llámalo y corrígelo a solas.” Que no se enteren los demás. Que su pecado quede entre los dos y que tu amor salve al que ha pecado.
 
Para Jesús mucho más importante que el pecado mismo es la persona. Para Él, la persona, aunque haya pecado, se merece toda nuestra atención, comprensión y amor.  La murmuración y la crítica no sanan a nadie. El amor silencioso puede curar muchas heridas. La murmuración y la crítica, en vez de curar las heridas, las hacen más grandes, mientras que el amor y la comprensión las curan y las cierra.
 
Nadie tiene derecho a murmurar y criticar al otro si antes no lo ha amado, lo ha comprendido y lo ha corregido fraternalmente.
 
Si los que han caído encontrasen alguien que les eche una mano, es posible que hoy estuviesen en pie.  Si los que han pecado encontrasen en su camino alguien que, a pesar de todo, los ama, es posible que hoy fuesen buena gente y hubiesen abandonado el pecado.
Dios es más comprensivo que nosotros que, por lo demás, también somos pecadores. Dios es más comprensivo que nosotros y mucho más respetuoso con la persona y su dignidad. Dios no es de los que airean los pecados de los demás, sino que los perdona y los borra. “Sepultaré tus pecados”, para que nadie los vea ni se entere.

martes, 3 de septiembre de 2019

XXIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XXIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de que optar por el camino del Reino de Dios no es optar por un camino de facilidad, sino que hay que escoger un camino de renuncia y de entrega de la vida.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos hace ver que necesitamos pedirle a Dios que nos de su sabiduría para poder tomar decisiones correctas en nuestra vida.
 
Cada día nos sentimos más confundidos porque somos bombardeados por diferentes teorías, retos, caminos diferentes, opiniones diversas y a veces contradictorias, y ante esta perspectiva, muchas veces, no sabemos qué elegir.
 
A veces elegimos, pero manipulados, por los medios de comunicación, por los políticos, por la moda,  por los antivalores que nos quieren imponer, o por ideas de personas que nos rodean.  Con mucha frecuencia, son otros los que nos imponen lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que decir, lo que tenemos que hacer, ¿podemos llamar a esto vida plena, realización total, felicidad completa?
 
Para nosotros como creyentes, el criterio para juzgar la validez o no de lo que tenemos que hacer, de la elección que debemos tomar es el Evangelio, aunque muchas veces, el Evangelio está en absoluta contradicción con los antivalores que la sociedad intenta imponernos.  Por eso necesitamos pedirle a Dios que nos envíe su Espíritu para que sea la sabiduría de Dios la que rija nuestras decisiones y nos haga ver la diferencia entre lo agradable a Dios y el pecado.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Filemón nos plantea el problema de las clases sociales. 
 
Creer en Jesús, ser cristiano nos convierte a todos en hermanos.  Ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos... sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.
 
Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un sueldo de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos céntimos. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio. 
 
Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando para lograrla, sino empeñándonos por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús diciéndonos cuales son las condiciones para seguirlo.
 
La primera condición que pone Jesús a sus discípulos es un deslinde claro de la familia. La decisión de seguir a Jesús no está supeditada a la familia, ni tiene sus únicas raíces en la familia. Es más, muchas veces la familia ata y condiciona.
 
Es cierto, las familias trasmiten amor, pero a veces las familias trasmiten otros valores muy negativos (incluso odio de unas familias contra otras), que un discípulo de Jesús no puede asumir, ni respetar.
 
Una segunda condición para seguir a Jesús es tomar la cruz.  Un discípulo ha de olvidarse de sí mismo, renunciar a sus intereses y vivir en adelante centrado en Jesús.  Con frecuencia reducimos el tomar la cruz a pequeños sacrificios o a soportar las dificultades propias de nuestro estado de vida. Pero la cruz, verdaderamente entendida, implica la más radical decisión de seguir a Jesús, a pesar de todas las dificultades, en su opción por construir el Reino simbolizado en esos dos maderos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
 
No bastan pequeños sacrificios, ni pequeñas abstenciones de gustos y placeres.  Tomar la cruz significa estar dispuestos a afrontar el conflicto, el rechazo y la agresión de una sociedad que aniquila y destruye a todo aquel que se opone a los supuestos valores que nos quiere imponer esta sociedad moderna.
 
La tercera condición es renunciar a las riquezas, a los propios bienes.  Los bienes materiales atraen y esclavizan el corazón humano y lo alejan de la atención a Dios, que debe ser total y absoluta. Para el discípulo de Cristo, el dinero siempre tendrá categoría de medio y nunca de ser un fin en sí mismo para no caer ni en idolatría ni en soberbia.
 
Seguir a Jesús conlleva riesgos y por eso deja muy claras sus condiciones.  Quien se apunte a ser discípulos del Señor tiene que tener muy claro estas condiciones.  Antes de dar el sí, debe medir sus fuerzas, porque Dios no admite cristianos a medias.  Decidirnos a seguir a Jesús es optar por una vida más allá de los sufrimientos, contrariedades y problemas que podamos encontrar.  ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús cumpliendo estas condiciones?