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martes, 14 de agosto de 2018


XX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”.  En la Biblia, la sabiduría es el arte de vivir y nos ayuda para orientarnos en este mundo y así vivir y actuar mejor.  Por lo tanto optar por la sabiduría significa acoger la vida, la felicidad, la realización como persona; optar por la ignorancia es escoger la muerte, la infelicidad, el fracaso.   

Hay que saber elegir: sabiduría o ignorancia.  Si queremos triunfar en la vida, si queremos realizarnos plenamente como personas y alcanzar la felicidad hay que escoger la sabiduría.  Sin embargo, muchas veces buscamos nuestra realización plena y nuestra felicidad al margen de Dios y sus valores, al margen de esa sabiduría de Dios y Dios no puede ser excluido de nuestra vida si queremos tener éxito y ser felices.  No podemos llegar a nuestra realización plena ignorando a Dios y a sus propuestas. 

La sabiduría que procede de Dios es fuente de experiencia, y la experiencia, a su vez, es fuente de prudencia. 

La sabiduría sale a nuestro encuentro, pero cada uno es libre de aceptarla o no.  Quien la acepte será un hombre prudente y vivirá una mejor vida, quien la desprecie seguirá por el camino de la imprudencia. 

La Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos la existencia. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez.   

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias. 

La insensatez nos lleva al libertinaje; la sensatez, en cambio, es estar cerca de Dios.  Sólo la persona insensata se aparta de Dios y de esa sabiduría que procede de Dios. 

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez.

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz. 

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre. 

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena. 

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y mirar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó. 

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva. 

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira.   

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida. 

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

martes, 7 de agosto de 2018


XIX DOMINGO ORDINARIO  

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza. 

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión. 

También nosotros podemos estar cansados y en crisis.  No sólo se cansan de buscar sentido a su vida aquellos que abandonan su fe, sino que hay también muchas personas que se cansan de hacer el bien y sufren porque su voz no es oída y porque ven que se van perdiendo los valores cristianos en este mundo en el que vivimos.  Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte. 

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza. 

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la flojera, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir. 

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe. 

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica. 

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios. 

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mi, tiene vida eterna”. 

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores. 

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios. 

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios. 

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!

martes, 31 de julio de 2018


XVIII DOMINGO  ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida. 

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres. 

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.   

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.   

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida. 

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.  

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo. 

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.  

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.  

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos.

Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.  

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor. 

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?


 

 

martes, 24 de julio de 2018

XVII DOMINGO ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos muestra la preocupación de Dios por saciar el “hambre” de pan, de libertad, de justicia, de paz y de esperanza que tenemos todos los seres humanos. 

La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes, nos muestra al profeta Eliseo compartiendo su pan con los necesitados. 

Dios actúa en el mundo a través de la generosidad y del compartir de los hombres.  Así es como el pan llega a los necesitados.  Dios se sirve de los hombres para intervenir en el mundo y para hacer llegar al mundo sus dones. 

Hay en el mundo muchos hombres y mujeres generosos, que sin publicidad, tienen gestos de compartir, de solidaridad, de entrega hacia los más necesitados.  Y es a través de estas personas como Dios manifiesta su misericordia con los necesitados. 

Dios quiere acabar con el hambre del mundo, por ello la primera lectura nos invita a todos al compromiso.  Dios necesita de todos nosotros, de nuestra generosidad y bondad para ir al encuentro de nuestros hermanos necesitados y para ofrecerles vida en abundancia.

Nosotros, como cristianos, estamos llamados a ser como el profeta Eliseo, testigos de ese Dios que quiere compartir con los hombres su “pan” y esto se hará realidad si somos capaces de compartir, de ser generosos, de ser solidarios.  Ser solidarios es pensar en los demás y compartir con ellos lo que somos y tenemos.  Dios nos pide que compartamos, que no seamos egoístas, que nos mostremos solidarios con los que menos tienen. 

Todos tenemos cosas que podemos compartir, sea en lo económico, en lo cultura, en lo religioso.  Siempre vamos a encontrar personas que pasan alguna clase de hambre y se sienten solas.  No siempre es dinero lo que piden, muchas veces es atención, tiempo, compañía, una mano amiga.  No hay que ser rico para compartir. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos da un mensaje de paz, de unidad y de concordia, tan necesarios hoy para nuestra sociedad y nuestro mundo. 

Todos los cristianos formamos el “Cuerpo de Cristo”, Él es la cabeza, nosotros somos los miembros de esa cabeza, es decir, formamos una unidad. Por ello, no tienen sentido las divisiones, las envidias, las rivalidades, los celos, los odios que tantas veces dividen a los hermanos de una misma comunidad. 

El que seamos personas diferentes, que pensemos de diferente manera no nos tiene que llevar a conflictos y divisiones sino a una unidad, construida en el respeto y la tolerancia.  La diversidad es un valor bueno que no debe anular la unidad y el amor a los hermanos. 

Frente a la diversidad de opiniones que pueda haber en la comunidad; frente a los diferentes criterios o formas de ver las cosas; existe algo que no puede faltar y ha de ser compartido por todos: la comprensión, la unidad, la fraternidad y la paz. 

El evangelio de san Juan, nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los pescados. 

El hambre que la multitud siente y que Jesús quiere saciar, es un símbolo del hambre de vida que tienen muchas personas.  Los que tienen hambre hoy son los explotados, los que viven en soledad, los que tienen que dejar su tierra y su cultura, los marginados, los niños víctimas de la violencia y de la explotación. 

En nuestro tiempo hay también muchos seres humanos que dejan de existir porque no tienen alimento, no porque no haya qué comer, pues cada año las grandes compañías de alimentos destruyen toneladas de sus productos con el objetivo de hacer subir los precios.  Nuestro planeta tiene capacidad para alimentar al triple de la población actual; pero cuando la riqueza se pone como valor absoluto, no importar sacrificar vidas humanas.  No es posible que en nuestro mundo mientras unos mueren de hambre otros no saben qué hacer con los alimentos que les sobran. 

¿Qué podemos hacer nosotros frente al hambre?  No basta con dar unas cuantas monedas.  Esto, a veces, lo hacemos para tranquilizar nuestra conciencia.  Tenemos que comprometernos en buscar condiciones que brinden una mejor calidad de vida para todos.  Tenemos que poner lo poco o lo mucho que tenemos en las manos de Jesús, es decir, cuando, nuestras manos son la extensión de las manos de Jesús, alcanza para todos y sobra.  ¡Cuidado con no desperdiciar, con no malgastar!

martes, 17 de julio de 2018

XVI DOMINGO ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos habla del amor y el cuidado que Dios tiene por todos nosotros. Un amor que se traduce en una oferta de vida plena que Dios hace a todos los seres humanos.
En la 1ª lectura del profeta Jeremías, Dios condena a los pastores indignos que utilizan a las personas para sus propios intereses personales.
En nuestra vida, hay momentos en los que nos sentimos huérfanos, perdidos y abandonados. Las catástrofes que afectan al mundo, las guerras que dividen a los pueblos, la miseria, los cambios que sufre diariamente nuestro mundo, la pérdida de valores, las enfermedades, los conflictos laborales, los problemas padres-hijos, etc., nos hacen sentir nuestra pequeñez e impotencia frente a los grandes desafíos que el mundo nos presenta hoy.
Nos sentimos, entonces, “ovejas” sin rumbo y sin sentido, abandonados a nuestra suerte. A veces, en nuestra desesperación, apostamos por “pastores” humanos que, en lugar de conducirnos hacia la vida y hacia la felicidad, nos utilizan para satisfacer sus deseos de protagonismo y para realizar sus proyectos egoístas.
La primera lectura de hoy es pues una denuncia contra los malos pastores, contra los malos líderes del mundo, contra los malos gobernantes, es decir, contra aquellas personas que están encargadas de cuidar a la comunidad y utilizan a los ciudadanos para beneficio propio y han herido, torturado, robado, asesinado, privando de la vida y de la felicidad a esas personas que Dios les confió.
La Palabra de Dios nos asegura que Dios es el “Pastor” que se preocupa de nosotros, que está atento a cada una de sus “ovejas”; Él cuida de nuestras necesidades y está permanentemente dispuesto a intervenir en nuestra historia para conducirnos por caminos seguros y para ofrecernos la vida y la paz. En Él tenemos que confiar.
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que para Dios nos hay distinciones de personas ya que todos somos hijos amados de Dios.
Dios es un Padre que no margina a ninguno de sus hijos; y, si tiene alguna predilección, no es por aquellos a los que el mundo admira y endiosa, sino por aquellos más débiles, por los más pequeños, por los oprimidos, por los que más sufren.
Vivimos en un mundo globalizado que supuestamente nos acerca más a los seres humanos en esta casa común que es el mundo. Sin embargo, el odio nos hace ser intolerantes y levantamos muros entre los seres humanos por diferencias raciales, políticas, religiosas y sociales que nos hacen que no podamos vivir esa fraternidad universal a la que nos llama Dios.
En nuestra vida personal y familiar y en nuestra experiencia de camino comunitario, aparecen frecuentemente muros que nos dividen, que impiden la comunicación, el encuentro, la comunión. Los grandes sufrimientos de nuestra humanidad son debido a que levantamos muros que nos separan, a nosotros y los demás; muros tanto morales como físicos.
Hoy el Señor nos dice que esos muros pueden y deben ser destruidos.
El Evangelio de San Marcos, nos decía que “una multitud andaban como ovejas sin pastor”, es decir andaban desorientados.
¡Cuántas personas hoy en día anda como ovejas sin pastor: desorientados y separados de las demás! Personas heridas por innumerables sufrimientos: enfermedades, muertes, incomprensiones, insatisfacciones, frustraciones... Personas sin futuro, sin esperanza, sin horizonte. No hay cosa peor en la vida que estar desorientado, sin rumbo, sin un sitio al que ir, sin un horizonte en la vida, sin un por qué para seguir viviendo.
Hoy hay mucha gente desesperada; es decir, que han perdido la esperanza en un futuro mejor, aquí en la tierra y en el cielo. Hay otra mucha gente que, ante la falta de perspectiva de futuro, se han instalado en el presente. Lo único que les preocupa es el presente: vivamos lo mejor posible, "comamos y bebamos que mañana moriremos". Hay también mucha gente que se ha quedado anclada en el pasado, lo que les impide vivir el presente y esperar un futuro mejor.
Es fácil comprobar el vacío existencial de muchas personas. En forma de desgana de vivir, ansiedad, depresiones, consumidos por el consumo desenfrenado, como veletas que giran para donde sopla el viento, como ovejas sin pastor. Una multitud que camina, pero sin rumbo, sin una palabra orientadora, sin pastores que le acompañen.
Una oveja sin pastor no puede encontrar el camino, ni tampoco tiene defensa frente a los peligros que le acechan. Una persona alejada de Dios no tiene sentido para la vida, ni solución para la muerte.
Cristo es el único que puede orientar nuestra vida, el único que puede dar sentido a nuestra existencia. Dejémonos guiar por Él.

martes, 10 de julio de 2018

XV DOMINGO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios actúa en el mundo a través de hombres que Él llama y envía.  Pero cuando somos enviados por Dios debemos ser fiel a los proyectos de Dios y no buscar nuestros propios intereses o privilegios.
 
La 1ª lectura nos presenta el ejemplo del profeta Amós.  Amós es escogido, llamado y enviado por Dios para enseñar a los hombres, con verdad y coherencia, los planes y los caminos que Dios tiene para el mundo.
 
Un verdadero profeta es aquel que no se deja manipular por los poderosos ni busca intereses personales.  El profeta es un hombre libre que no puede callarse ante la injusticia, la opresión, la explotación, ante todo lo que va en contra de la realización plena del ser humano.
 
Existen dos tipos de profetas, dos tipos de sacerdotes.  Uno es el que actúa como el profeta Amós.  El profeta que no se calla ni se vende que está dispuesto a arriesgar todo, incluso su propia vida, que no busca simpatías personales, sino defender la verdadera doctrina y defender a los pequeños y a los débiles.
 
El segundo tipo de profeta, de sacerdote, es el que nos presenta también hoy la primera lectura: Amasías.  Amasías representa al que se pone del lado de los poderosos, que busca ser popular aún a costa de no ser fiel a las enseñanzas de Dios, que vende su conciencia para mantener su puesto y que se asocia con la injusticia para no incomodar a los poderosos.
 
El profeta Amós y los que son como él nos pueden resultar incómodos y nos pueden molestar su presencia y por ello querer callarlos; Amasías puede que no nos incomode ni nos moleste nuestra conciencia, pero no es un ejemplo a seguir. 
 
¿Qué tipo de profeta, que tipo de persona es para vosotros un ejemplo a seguir?  ¿Amós o Amasías?
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, es un canto de alabanza a Dios porque Dios nos ha elegido y nos ha llamado a la existencia por amor.
 
Dios, tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, un proyecto que desde siempre ha estado presente en la mente de Dios.  No somos un accidente de la creación, somos los actores principales de esa historia de amor que Dios siempre soñó para este mundo.  En medio de todos nuestros problemas y sufrimientos, de nuestros miedos y pecados, no olvidemos que somos hijos amados de Dios que nos ofrece siempre una vida plena y una felicidad verdadera.
 
Dios “nos eligió en Cristo... para que fuéramos santos e irreprochables a sus ojos”.  Esto quiere decir que descubramos cuales son los planes, los proyectos de Dios para nuestra vida y que los hagamos realidad cada día con verdad y fidelidad.  Por ello hay que preguntarse: en medio de todas las actividades diarias que hacemos ¿tenemos tiempo para Dios y para descubrir sus proyectos y sus propuestas?
 
En el Evangelio de san Marcos, Jesús envía en misión a sus discípulos para que anuncien el Reino de Dios y luchen contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz.
 
Jesús envía a sus discípulos de dos en dos.  Dos, son la comunidad más pequeña que existe.  Si uno cae el otro lo levanta; si se desanima el otro lo apoya; si se equivoca el otro lo corrige. 
 
Hoy en día, donde desconfiamos de los demás, el Señor nos invita a tener por lo menos a alguien cerca para que nos sirva de apoyo en nuestro caminar diario.  No solamente hay que dejarnos acompañar por Dios, sino también andar nuestro camino con los demás, en comunidad, no solo y aislado.
 
“Les dio poder sobre los espíritus inmundos”.  La lucha del cristiano no es contra las ideologías o contra las personas.  Nuestra auténtica lucha es combatir la maldad que puede hacer que una ideología o una persona se conviertan en inhumanos.  Si dejamos actuar la maldad que hay dentro de nosotros, vamos transformando negativamente nuestros sentimientos y hacemos que los demás sean nuestros enemigos en lugar de nuestros hermanos.  Si no luchamos eficazmente contra la maldad, nos iremos alejando cada vez más de Dios.
 
La tarea de la Iglesia hoy y de sus ministros: Obispos, sacerdotes y diáconos es denunciar el mal, la injusticias, expulsar los demonios del egoísmo, la insolidaridad, el pecado y de tantas cosas que hacen que el ser humano no sea feliz y curar a muchas personas de sus amarguras, y tristezas.  Esta es la misión que Jesús encargó a sus apóstoles y que hoy nos encarga a todos. Cada uno de los cristianos estamos llamados a ser esos misioneros de hoy en la casa, en la escuela, en el trabajo.
 
Y no nos olvidemos quien recibe a un discípulo de Jesús, a Jesús recibe.  Quien los rechaza, al mismo Dios rechaza.


martes, 3 de julio de 2018

 
XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)
 
La liturgia de este domingo es una invitación a tener una fe verdadera en Dios y ser testigos de Él en el mundo sin importar nuestras flaquezas y debilidades, ya que la fuerza de Dios, actúa en el mundo a pesar de nuestras condiciones humanas. 
La 1ª lectura del profeta Ezequiel, nos decía que el pueblo de Israel era un pueblo testarudo, caprichoso y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios y prefería seguir sus propios caminos. 
Nosotros también somos muchas veces rebeldes para con Dios, somos rebeldes para obedecerlo y por ello nuestra sociedad cada vez más es también una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios; una sociedad que cada vez se está alejando más de los mandamientos de Dios. 
Pareciera que existe una lucha constante entre Dios y nosotros: le ofrecemos a Dios buenas palabras y Él obtiene malas obras; le hacemos a Dios buenos propósitos y demasiadas veces no los cumplimos.  Y Dios sigue esperándonos y enviándonos mensajes para que volvamos al buen camino. 
¡Cuántas veces ofendemos la santidad de Dios por nuestros pecados y rebeldías!  Y sin embargo, el Señor sigue enviándonos profetas y dándonos menajes para que no nos olvidemos que nos está esperando. 
No seamos rebeldes a la voluntad y a los planes de Dios, no sustituyamos a Dios por ídolos que lo único que hacen es conducir nuestra vida hacia la perdición. 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, hace alusión a una enfermedad, a una gran tentación que sufre san Pablo: “Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne” 
Hay muchas personas que presumen de que todo lo hacen bien, lejos de presumir hemos de ser conscientes de que nos falta mucho para decir que todo lo hacemos bien. Dios se vale de la debilidad humana para hacer cosas importantes. 
Muchas veces tenemos la tentación de creernos mejores que los demás, de pensar que somos indispensables, e incluso hasta llegamos a pensar que el mundo iría muy mal si nosotros no existiéramos, es decir nos creemos los mejores e imprescindibles.  El que tiene esa imagen de sí mismo, el orgulloso, es incapaz de reconocer la fuerza de Dios. 
Dios no utiliza métodos espectaculares para mostrarse e imponerse a los seres humanos, sino que casi siempre Dios utiliza la debilidad y la sencillez para darnos a conocer sus caminos. 
Nosotros nos dejamos impresionar por los grandes espectáculos; nos dejamos impresionar más por la botella, por el envase que por el contenido y por eso muchas veces no captamos la presencia humilde, sencilla, débil de hacerse presente Dios en nuestra vida. 
Necesitamos aprender a mirar al mundo, a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios y a descubrir a ese Dios que, en la debilidad, en la sencillez, en la pobreza, en la fragilidad, viene a nuestro encuentro y nos indica los caminos de la vida.  
El evangelio de san Marcos, nos muestra cómo fue recibido Jesús por sus paisanos. El evangelio de hoy nos muestra la actitud de no reconocer a Jesús porque se muestra como un hombre sencillo y humilde.  
Cuando nosotros nos cerramos a la novedad de Cristo y nos sentimos instalados en nuestras verdades y sobre todo cuando creemos que ya lo sabemos todo sobre Dios, no somos capaces de reconocer a ese Dios humilde y sencillo que se nos manifiesta en nuestra vida. 
Queremos un Dios fuerte y majestuoso, que se imponga a la fuerza a los que no creen o practican su fe y Jesús no encaja en ese perfil.  Nos fabricamos un Dios a nuestra imagen y nos cuesta renunciar a esa imagen de Dios que nos hemos fabricado. 
Por ello el evangelio de hoy nos invita a no dejarnos llevar por nuestros prejuicios y esquemas mentales.  Muchas veces tenemos prejuicios con personas: los juzgamos, los catalogamos y los etiquetamos y esto hace que no acojamos a esas personas y que no aprovechemos todo lo bueno que esa persona pueda tener. 
Purifiquémonos de nuestras rebeldías y de nuestros prejuicios para que con toda humildad reconozcamos la presencia humilde de Cristo en nuestra vida.