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martes, 9 de abril de 2019

HOMILÍAS PARA SEMANA SANTA (CICLO C)
 
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HOMILÍAS PARA SEMANA SANTA (CICLO C)
 
 
DOMINGO DE RAMOS


 
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martes, 2 de abril de 2019

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo de Cuaresma nos hablan de novedad, de dejarnos transformar por el Señor por medio de la conversión y por lo tanto de caminar hacia delante con esperanza.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.
 
El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.
 
“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 
 
Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.
 
En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.
 
Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.
 
Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!
 
Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.
 
El Evangelio de San Juan nos enseña a no condenar a los demás, porque en el fondo todos somos pecadores y todos merecemos ser condenados por una u otra causa.
 
En nuestra vida está muy metida la actitud de condenar a los demás.  Hay personas que todo lo ven negro y encuentran siempre defectos en los demás y por lo tanto terminan despreciando a los demás.  Están también aquellos que culpan de todo a los demás: al gobierno, a la economía, a los obispos, sacerdotes, televisión, etc.  Todos tienen culpa de lo que me pasa, menos yo, porque yo soy la víctima.  Están también los que nunca están contentos con nada, ni con ellos mismos y siempre buscan a quien amargar la vida.
 
¡Con qué facilidad condenamos a los demás! Aunque todos somos imperfectos, acusando a los demás como fiscales nos creemos inocentes. Nos parece lo más natural echar la culpa a los otros.  Todos nos creemos jueces de los demás, cuando eso es competencia exclusiva de Dios. Él es el único que conoce íntegramente a la persona con sus condicionamientos psicológicos y sus limitaciones de la libertad, y por tanto la responsabilidad y culpabilidad de cada uno.
 
Jesús nos propone un camino, un camino de verdadera liberación.  Primero el perdón, buscar el perdón y la reconciliación con Dios. Él está ahí, siempre dispuesto a acogernos, en Él no encontraremos nunca condena.  Pero ¡ojo! no hagamos de Dios un Dios bonachón y tonto, dispuesto a pasar por todo. 
 
Jesús nos lo deja claro: Dios no condena al pecador pero sí al pecado.  Dios acoge al pecador pero rechaza el pecado, por eso las palabras de Jesús: "Nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, vete y no peques más".  Dios nos puede liberar de la esclavitud del pecado si nos dejamos moldear por Él, si aceptamos su ayuda.
 
En segundo lugar, tenemos que acostumbrarnos a practicar la misericordia,  tenemos que esforzarnos en impedir que esos sentimientos de condena y desprecio por los demás que surgen desde nuestro corazón a veces sin quererlo, se conviertan en gestos de auténtica condena y desprecio.
 
Tenemos que cultivar esa misericordia que nos haga comprender las circunstancias del otro, salvar siempre a la persona, solidarizarnos con el pecador.   Para así parecernos cada día más a Jesús, para así ser cada día más humanos, hombres y mujeres libres de todo prejuicio y maldad.
 

martes, 26 de marzo de 2019

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Estamos ya en la mitad de nuestro camino cuaresmal.  Este domingo es llamado en la liturgia el domingo “Laetare”, el domingo de la alegría.  Ciertamente la Cuaresma es un tiempo de austeridad, de esfuerzo espiritual, de penitencia.  Pero no debemos perder de vista que todo este “ejercicio cuaresmal” lo hacemos para prepararnos a la gran alegría de la Pascua de Resurrección.
 
La 1ª lectura del libro de Josué nos presentaba el momento en el que el pueblo de Israel entra en la Tierra Prometida y celebra gozoso la fiesta de la Pascua, la primera Pascua en libertad.
 
Como el pueblo de Israel, en este tiempo de Cuaresma, estamos invitados a acabar con todo lo que hay en nuestra vida que nos esclaviza, para poder pasar, definitivamente, a una vida nueva, la vida de la libertad y de la paz.
 
El pueblo de Israel, mientras estuvo por el desierto fue alimentado por Dios con el maná, a partir de la primera fiesta de la Pascua se alimentará de los frutos de la tierra.  A veces, también, nosotros queremos alimentar nuestra fe de milagros y de hechos extraordinarios.  Sin embargo tenemos que vivir nuestra fe en Dios desde la experiencia de cada día, desde la lucha de cada día, desde el trabajo de cada día.  Tener fe y tener confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que tenemos que vivir nuestra fe y ver la mano de Dios en todos los momentos normales de nuestra vida.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
 
Reconciliarse nos llena de paz, pero puede ser duro y difícil.  Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas, dejar atrás muchas cosas y abrir nuevos caminos.  En definitiva, reconciliarse con Dios, es salir de nuestra comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir una aventura con Dios.  Reconciliarse con Dios, significa estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejar atrás ese pasado, por más que nos siga siendo atractivo.
 
Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta solamente acudir al sacramento de la confesión para recibir el perdón de Dios, hay también que arrancar del alma las causas por las cuales nos alejamos de Dios y llenar nuestro corazón del amor a Dios.
 
Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.
 
El Evangelio de san Lucas nos presentaba la parábola del Hijo Pródigo, o mejor dicho la parábola del padre bueno y misericordioso.
 
El hijo menor de la parábola quiere vivir la vida y por lo tanto termina con todo lo que significa la familia para él.  Obliga a su padre a darle su parte de la herencia y se va de casa.  Con dinero se encuentra de todo, sobran amigos, pero de su padre no se acuerda.  Cuando ya no tiene nada y por lo tanto tampoco amigos, recuerda que tiene un padre y que merece una vida distinta y mejor y regresa buscando el perdón de su padre.
 
El hijo mayor vive con su padre en casa. Es el hijo siempre fiel, obediente, trabajador. ¿Es buen hijo? Al llegar a casa y oír la fiesta, rechaza a su hermano, rechaza a su padre. No ha comprendido aún el corazón de su padre, la bondad de su corazón. Se enfrenta con él, abandona la fiesta familiar, abandona la casa.
 
Esta historia es la descripción de una triste realidad que todos constatamos. Hombres y mujeres, llamados todos a disfrutar de una misma felicidad y no somos capaces de acogernos y convivir como hermanos.  Esta es la historia de muchas familias.
 
Unos contra otros, ¿por qué?  A veces ni se sabe por qué.  ¡Cuántas divisiones entre los mismos miembros de una familia!  Cuantos enfrentamientos, odios entre hermanos.  Esta es la tragedia de muchas familias, de una humanidad incapaz de entenderse, de pueblos que no se aceptan, de hermanos que no se toleran.
 
Quienes no creen en el amor, quienes lo rechazan de su corazón, destruyen la familia, se autoexcluyen de la fiesta, como este hermano mayor de la parábola.
 
Para muchas personas su deseo de vivir sus propias ideas, su propia vida les lleva a separarse de su familia, a olvidarse de quien le ha dado la vida.  Vivir, es para algunos disfrutar, malgastar cuanto somos y tenemos, sin aceptar ninguna norma, sin pensar ni recordar a nadie.
 
Una vida así, sólo nos lleva al vacío de la vida, al fracaso y ojalá estas experiencias nos sirvan para descubrir que hay una vida nueva, distinta, mejor y para ello nos decidamos volver a casa, a la Casa de Dios y descubramos el amor, la generosidad y el perdón de Dios, nuestro Padre.

martes, 19 de marzo de 2019

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

 
Las lecturas que acabamos de proclamar en este tercer domingo de Cuaresma son una invitación a corregir nuestra mentalidad.  No se trata de hacer más cosas sino de hacerlas con el espíritu de Dios.  Hay que dejar que Dios nos libere para que nos transformemos en hombres nuevos, libres de la esclavitud del egoísmo y del pecado, para que en nosotros se manifieste la vida en plenitud, la vida de Dios.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.
 
La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.
 
Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.
 
Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.
 
Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.
 
San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 
 
Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.
 
Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.
 
El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús.  También entonces, como ahora, ocurrían tragedias y catástrofes que impresionaban a la gente.
 
La tragedia de los galileos y de los que mueren aplastados por la torre no es un castigo de Dios.  Las tragedias forman parte de la vida, de la limitación y debilidad del hombre.
 
Jesús lo que hace es sacar una enseñanza práctica para la vida de cada día.  Y la enseñanza es la necesidad urgente de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos no hay esperanza para después de la muerte.
 
Jesús quiere que no desaprovechemos este momento de gracia que se nos concede.  Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad.  Hay personas que piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado.  Pero el tiempo se nos acaba y no se da ese cambio.
 
El tiempo pasa y en cualquier momento, nuestra vida llega a su final por un accidente, una enfermedad mortal, una caída, un ataque al corazón, etc., y es mejor tener frutos listos para presentarlos al Señor que ser arrojados al fuego eterno.
 
Dios nos llama a través de las desgracias, de los sufrimientos para que cambiemos y hagamos un mundo mejor.  Dios nos llama a que nos convirtamos, a que demos frutos.
 
Hay que escuchar el grito de alerta de Jesús: si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”
 
No esperemos a que los desastres y desgracias toquen a nuestra puerta para convertirnos porque podría ser demasiado tarde.
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que renueve en nuestros corazones el deseo de convertirnos, que nos dé fuerzas y ganas para conseguirlo.

 

martes, 12 de marzo de 2019

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.
 
Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.
 
El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.
 
La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.
 
¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.
 
Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.
 
Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.
 
Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Este es mi Hijo mi escogido; escuchadlo”.  
 
Nosotros también necesitamos esos momentos en los que compartir la intimidad del Señor, momentos de retiro, de silencio, momentos para leer la palabra de Dios en la Biblia, para escuchar su voz en nuestro interior.  Momentos para ver los acontecimientos que nos ocurren con la mirada de Dios. Momentos para discernir lo que está bien y lo que está mal. Momentos para que nuestro espíritu recobre fuerzas.  Todo eso, hermanos es la oración.  Y en esta cuaresma se nos pide hacer un esfuerzo especial por hacer oración. 
 
Orar no es hablar de Dios sino hablar con Dios, como hijos suyos. Saber rezar no es difícil; basta hablar con Dios. A veces ni siquiera es necesario hablar, pues escuchar es suficiente. La oración puede ser individual o comunitaria, mental o vocal, espontánea o ya hecha: salmos, plegarias, cantos, bendiciones, y la oración por excelencia: el Padrenuestro.
 
Debemos crecer siempre en la oración, al igual que en la fe. Necesitamos orar, ya sea en medio de los quehaceres de cada día, ya sea retirándonos a solas con Dios.  Pero siempre la oración debe ser escuchar a Jesús, porque escuchándolo a Él, escuchamos a Dios, nuestro Padre.
 
Hoy, hay crisis de oración entre los cristianos; rezamos poco o rezamos mal, porque estamos materializados y nos creemos autosuficientes.
 
No hay cristiano sin oración. Igual que en la vida de Jesús, la oración lo es todo en nuestra vida cristiana.  No hay cristiano, no hay apóstol, no hay testigo, sin oración personal y comunitaria.
 
Hay que hacer oración para escuchar al Hijo amado del Padre.  Por ello hoy es un buen momento para preguntarnos: ¿Rezo yo en mi vida: mucho, poco, nada?

martes, 5 de marzo de 2019

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y las lecturas nos invitan a reflexionar sobre las tentaciones a las que nos enfrentamos día a día y que ponen a prueba la confianza que debemos tener en el Señor y nos hacen olvidar el camino del bien.
 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.
 
Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.
 
Algunas personas pobres que lograron por algún medio cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.
 
Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.
 
Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.
 
Primera tentación: “No sólo de pan vive el hombre”.  Cuántas personas viven pensando que la felicidad depende de las cosas que tienen, de los bienes, de las cualidades, de las capacidades.  Valoramos a las personas por lo que tienen.  Llegamos incluso a querer ser dueños de las personas.  Nos sentimos autosuficientes, sin necesitar de Dios ni de los demás.  Nos encerramos en nosotros mismos y negamos la acción de la gracia de Dios en nuestra vida.  Jesús comprendió muy bien que la comida era importante, pero que no sólo de pan vivía el hombre.
 
Segunda tentación: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás”.  Hay muchas personas que esperan la solución y la salvación de este mundo a través del poder político sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones.
 
No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la
salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la
guerra para imponer la democracia en otros países. El sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.  Jesús nos recuerda que el hombre debe adorar solamente a Dios, que es el único Señor que nos constituye en personas libres.
 
La tercera tentación: “No tentarás al Señor, tu Dios”.  Es querer tener un Dios para nuestros caprichos.  Querer que Dios sea como yo soy.  Desconfiamos de Dios cuando las cosas no salen como yo quiero sino como Dios quiere.
 
Hoy es un momento propicio para tomar conciencia de cuáles son nuestras tentaciones, las mayores dificultades que experimentamos para  ser cristianos.  Hoy hemos de mirar al Señor, que también experimentó la tentación, y pedirle: no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

martes, 26 de febrero de 2019

VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 

La Palabra de Dios de este domingo nos quiere invitar a preguntarnos acerca de nuestra mirada, nuestras acciones y nuestras palabras, para que busquemos siempre una coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras.

 
La 1ª lectura del libro del libro del Eclesiástico, es un breve poema que nos invita a no equivocarnos a la hora de valorar a las personas.

 
¿Cómo conocer a los hombres?  La primera lectura nos señala tres criterios: la criba, el horno y el fruto. Igual que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus acciones y en sus palabras.
 
Igual que los fallos en las piezas de alfarería se ven a la hora de ser cocida en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión. Y lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras.
 
Por lo tanto para conocer bien a una persona, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.  Por ello, la sabiduría nos recomienda extremada prudencia a la hora de juzgar a los demás, ya que sólo Dios conoce el interior de cada persona.  Así que no nos precipitemos a la hora de emitir juicios sobre las personas.
 
La 2ª lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios, termina la exposición que hemos venido oyendo sobre la forma de la resurrección de los cuerpos, y especialmente en torno a la forma de transformación de quienes estén todavía vivos en ese momento.
 
Tenemos que darle gracias a Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte gracias a Jesucristo. La vida cristiana ha de ser por lo tanto optimista y libre de temor.  El cristiano es un vencedor de la muerte en Cristo resucitado, por ello, en la vida del cristiano no hay lugar alguno para la tristeza, ni existe nada que nos quite la certeza de participar en la gloria en Jesucristo.  La muerte es tránsito a la gloria.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado una breve comparación o parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.
 
En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer; cuando hablamos de los políticos o sindicalistas les dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra, siempre son ellos los malos. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos.
 
Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo?
 
No tenemos derecho a juzgar a nadie por las apariencias -pues estas frecuentemente engañan-, ni mucho menos debemos condenar a nadie. ¿Qué sabemos de esa persona a la que ligeramente juzgamos? ¡Hay tantos dramas encerrados en el interior de la persona, tantos sufrimientos físicos y psicológicos que desconocemos, tantas razones ocultas!
 
Necesitamos una buena dosis de amor, misericordia y tolerancia ante las diferencias.  Por sus frutos se conoce si un árbol es bueno o malo. Diríamos también que por las palabras podemos conocer cómo es el corazón del hombre. Hay palabras duras, hirientes, que matan. Son el fruto de un corazón de piedra que no sabe amar. ¡Cuánto daño podemos hacer con nuestras palabras envenenadas! Con la palabra podemos ridiculizar, engañar, humillar, hundir... a nuestro prójimo.
 
¡Con qué facilidad detectamos los defectos de los demás y cuánto nos cuesta ver los nuestros!
 
Pensemos... ¿cómo reaccionamos cuando se nos denuncia algún defecto propio? ¿Excusándonos? ¿Negándolo? ¿Esperando que los demás también nos excusen y nos acepten así? ¿O tal vez -por casualidad- aceptamos la corrección y tratamos de cambiar? De eso se trata la seria advertencia del Señor hoy en el Evangelio.
 
Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y conoce muy bien nuestras “máscaras”.
 
Por eso es tan importante ir disminuyendo los defectos y aumentando las cualidades, que es lo mismo que decir: ir borrando pecados y creciendo virtudes.
 
Un buen programa de vida para esta semana: que nuestra palabra sea constructiva y no destructiva, que esté guiada por el amor y el deseo de hacer el bien.