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lunes, 3 de noviembre de 2025

 

BASÍLICA DE LETRÁN (CICLO C)



El Evangelio de esta fiesta de la Dedicación de la Basílica de Letrán, en el que Jesús irrumpe para echar a los mercaderes del Templo, nos hace ver que el Hijo de Dios está movido por el amor, por el celo de la casa del Señor, que los hombres han convertido en un mercado.

Al entrar en el templo, donde se vendían bueyes, ovejas y palomas, con la presencia de los cambistas, Jesús reconoce que aquel lugar estaba poblado de idólatras, hombres dispuestos a servir al dinero en vez de a Dios. Detrás del dinero siempre está el ídolo –los ídolos son siempre de oro–, y los ídolos esclavizan. Esto nos llama la atención y nos hace pensar en cómo tratamos nuestros templos, nuestras iglesias; si de verdad son casa de Dios, casa de oración, de encuentro con el Señor; si los sacerdotes favorecen eso. O si se parecen a un mercado. Lo sé… algunas veces he visto –no aquí en Roma, sino en otra parte– una lista de precios. ¿Es que los Sacramentos se pagan? “No, es una ofrenda”. Pues si quieren dar una ofrenda –que deben darla–, que la echen en la hucha de las ofrendas, a escondidas, sin que nadie vea cuánto das. También hoy existe ese peligro: “Pero es que debemos mantener la Iglesia”. Sí, sí, sí, es verdad, pero que la mantengan los fieles en la hucha, no con una lista de precios.

Pensemos en ciertas celebraciones de Sacramentos o conmemorativas, donde vas y ves: y no sabes si la casa de Dios es un lugar de culto o un salón social. Algunas celebraciones rozan la mundanidad. Es verdad que las celebraciones deben ser bonitas –hermosas–, pero no mundanas, porque la mundanidad depende del dios dinero. Y es una idolatría. Esto nos hace pensar, y también a nosotros: ¿cómo es nuestro celo por nuestras iglesias, el respeto que tenemos allí, cuando entramos?

También lo vemos en la segunda lectura de hoy (1Cor 3,9c-11.16-17), donde dice que también el corazón de cada uno de nosotros representa un templo: el templo de Dios. Aun siendo conscientes de que todos somos pecadores, cada uno debería interrogar a su corazón para comprobar si es mundano e idólatra. Yo no pregunto cuál es tu pecado, mi pecado. Pregunto si hay dentro de ti un ídolo, si está el señor dinero. Porque cuando está el pecado está el Señor Dios misericordioso que perdona si vas a Él. Pero si está el otro señor –el dios dinero–, eres un idólatra, es decir, un corrupto: no ya un pecador, sino un corrupto. El meollo de la corrupción es precisamente una idolatría: es haber vendido el alma al dios dinero, al dios poder. Es un idólatra.

lunes, 27 de octubre de 2025

 

CONMEMORACIÓN DE LOS FIELES DIFUNTOS (CICLO C)


Celebramos hoy la conmemoración, la memoria, el recuerdo, de todos nuestros seres queridos difuntos. Queremos hoy como Iglesia, rezar por todos aquellos hermanos que ya han sido llamados por Dios, a estar en su presencia. Y podríamos decir, que este día es para nosotros, en primer lugar, como un día de recuerdo, un día de tristeza, un día en donde extrañamos la presencia física de aquellos que amamos. Pero también nos hemos reunido hoy para rezar por el eterno descanso de aquellos que ya partieron.

San Pablo nos dice: “Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con Él”.   Nuestros difuntos “viven con Cristo”, después de haber sido sepultados con Él en la muerte.  Para nuestros difuntos el tiempo de la prueba ha terminado, para pasar al tiempo de la recompensa.

Nosotros aún estamos en el tiempo de la prueba.  Durante la vida presente debemos llenar nuestras manos de obras buenas para merecer la recompensa de la vida eterna.  Jesús nos dice “Es preciso que yo haga las obras del que me envió mientras es de día; cuando la noche llega, ya nadie puede trabajar” (Jn 9, 4).  Aprovechemos el tiempo.  Mientras es de día, es decir, ahora es cuando se puede trabajar en la viña del Señor.  Con la muerte se acaba el tiempo de ganarnos la recompensa del cielo.

La muerte es una realidad que nos supera; la vemos rodeada de misterio. Una realidad que, lo queramos o no, nos lleva a pensar en Dios. Él es el único que puede iluminarnos para despejar este misterio, para dar sentido a esta realidad que, humanamente, no sabemos explicar. Ante el hecho de la muerte, nos preguntamos: ¿Dónde están los difuntos?; ¿qué pasa después de la muerte?; ¿volveremos de nuevo a la vida?; ¿existen el cielo y el infierno?; ¿qué valor tiene para nosotros la resurrección de Cristo?

El pensamiento de la muerte se ilumina con la muerte de Cristo.  Ya que Cristo murió y venció la muerte, asimismo nuestra muerte ha sido vencida por la victoria de Cristo sobre la muerte.  Cristo resucitó a la vida pasando por la muerte.  Nosotros también, como creyentes en Cristo estamos llamados a la resurrección y a la vida eterna a través de la muerte.  Para el hombre que muere con el alma en gracia la muerte es el momento del encuentro con Dios, es el principio de la vida que no tendrá fin.

Cristo murió por nosotros.  En Cristo brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección.  A pesar de la tristeza que nos causa la certeza de morir, tenemos el consuelo de la futura inmortalidad. La muerte es el paso de la vida terrena a la vida eterna. Después de la muerte comienza una eternidad de gloria para todas aquellas personas que, a pesar de su fragilidad y debilidad -propias de la condición humana-, amaron a Dios y cumplieron sus mandamientos.

Jesús, en su infinita misericordia, ha querido asociarse tanto al misterio de la humanidad, que ha querido ofrecer la vida por nosotros, y asociarse también al misterio del sufrimiento, de la muerte y del dolor, muriendo por todos. Y al contemplar a Jesús descubrimos que la muerte, no tiene la última palabra en la vida de aquellos que tenemos fe.

Dios nos ha creado para la vida, para la vida plena, para la vida resucitada, para compartir la gloria del cielo; como tantos, creemos hoy más que nunca, que nuestros seres queridos difuntos, asociados por la misericordia de Dios, al misterio de su cruz y de su muerte, también son asociados, por esa misma misericordia, a la Vida Nueva de la Resurrección.

Y hoy rezamos entonces, por los seres queridos difuntos, los que recordamos y también aquellos por los que nadie reza, para que estén gozando, de la plenitud, del gozo, de la vida eterna, del cielo, de la presencia para siempre junto a Dios.

Qué importante es que hoy también, todos nosotros, reunidos celebrando la Eucaristía, volvamos a creer aquello que proclamamos, cada vez que rezamos el credo, cuando decimos “creo en la comunión de los santos”. Creemos que nuestra vida se une  a la vida de aquellos, que ya viven para siempre juntos a Dios.

Pidámosle al Señor en este día que aumente nuestra fe. Que esa fe sea para nosotros siempre consuelo, fortaleza, esperanza, y que esa fe también en el día a día nos anime a vivir, sabiendo que el cielo, lo empezamos a vivir aquí en la tierra, cuando amamos, cuando perdonamos, cuando ayudamos, cuando hacemos el bien.

Que hoy el Señor nos conceda la gracia de redescubrir, ese llamado que recibimos el día de nuestro bautismo, yo no te llamo a la vida para que mueras, sino que te llamo a la vida, para que junto a mí, vivas eternamente.

lunes, 20 de octubre de 2025

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico  define a Dios como a un “juez justo”, que no se deja sobornar por las ofrendas de los poderosos que practican la injusticia con el prójimo.

Qué necesitados estamos de justicia, qué necesitados estamos de imparcialidad. Fácilmente somos juzgados con ligereza, con falta de rectitud. Se interpretan mal nuestras acciones, o no se aprecian en su debido valor.

Cuántos inocentes que son condenados y cuántos culpables que son absueltos. Y cuánto héroe desconocido, cuánto sacrificio oculto, cuánto genio incomprendido, cuanto santo menospreciado. Por eso consuela el pensar que Dios es justo e imparcial, un juez inteligente que no se deja llevar de las apariencias, que mide con exactitud las intenciones…

Cuántos que brillaron en la tierra quedarán apagados en el más allá. Y por el contrario, muchos que aquí pasaron desapercibidos brillarán eternamente como estrellas de primera magnitud… Esta realidad nos ha de mover a vivir de cara a Dios, libres del aplauso de los hombres, conscientes de que el juicio que realmente cuenta, el que será definitivo, no es el juicio de los hombres, sino el juicio de Dios.

Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.

Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.

Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.

En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, pero desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador  y se arrepiente ante Dios.

Hoy sigue habiendo fariseos.  Fariseo es aquel que se cree satisfecho de sí mismo y seguro de su valer.  Es el hombre que cree tener siempre la razón.  Es el que cree poseer en exclusividad la verdad y por eso juzga y condena a los demás.

El fariseo cree que no tiene que cambiar, no se arrepiente de nada, no se corrige. No se siente cómplice de ninguna injusticia. Por eso, exige siempre a los demás cambiar, renovarse y ser más justos, pero siempre los otros, él nunca.

Quizá sea éste uno de los males más graves de nuestra sociedad. Queremos cambiar las cosas. Lograr una sociedad más pacífica, más humana y más habitable. Queremos transformar la historia de los hombres y hacerla mejor. Pero, creemos que podemos cambiar la sociedad sin cambiar ninguno de nosotros, sin revisarnos ni corregir nada de cada uno de nosotros mismos.

Queremos paz y reconciliación y va creciendo en nosotros la actitud de resaltar los errores y defectos de los demás, olvidando u ocultando los propios y eso no es sólo cosa que hacen los políticos.

Queremos proclamar y defender la verdad y nuestras conversaciones están llenas de mentiras y palabras injustas que reparten condenas y siembran sospechas. Palabras dichas sin amor y sin respeto, que envenenan la convivencia y hacen daño.

Queremos una familia unida y en nuestras relaciones familiares no somos capaces de acercarnos unos a otros, de escucharnos, de respetarnos, de dialogar.

Todos podemos actuar como esos grupos a los que Jesús critica en su parábola porque “teniéndose por justos, se sentían seguros de sí mismos y despreciaban a los demás”.

Todos somos pecadores, aunque sólo sea por nuestra pasividad o por nuestra indiferencia. Y todos debemos decir como el publicano: “Dios mío, apiádate de mí, que soy un pecador’”

lunes, 13 de octubre de 2025

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)



La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.

El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.

Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.


Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.

En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.

En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras. En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana.

La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.

Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 

El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la parábola del juez y la viuda.  Con esta parábola nos anima el Señor a ser perseverantes en la oración.

Hay una canción que dice: “cuando de nada nos sirve rezar”.  Y así piensan muchas gentes de hoy con respecto a la oración. Así han terminado sucumbiendo también grandes rezadores de todos los tiempos. Cuando la oración no parece eficaz; cuando nada sale como pedimos; cuando parece que Dios hace oídos sordos a nuestro clamor insistente; cuando empezamos a compararnos a quienes no rezan, en cómo les van las cosas; cuando nos duele que la injusticia parece triunfar sobre la verdad y que los débiles e indefensos continúan muriendo aplastados por la fuerza de los poderosos; cuando alguien nos acusa de que nos falta acción porque con la oración no resolvemos los problema, es entonces cuando debemos ser más perseverantes en la oración.  No debemos desanimarnos.

Debemos saber que Dios está siempre al otro lado, que siempre nos escucha, que se alegra cuando sus hijos queridos le presentan su oración en sus necesidades. ¿Resultados? No nos toca a nosotros valorarlos y muchas veces, ni siquiera verlos o recogerlos.

El desánimo y el desaliento, el abandono o el ir siempre apresurados no son propios del cristiano orante. Lo que pasa es que no nos conformamos con pedir ayuda a Dios, sino que hasta le decimos cómo y de qué manera queremos que nos ayude, y no le dejamos la libertad que le debemos.

Cuántas veces pedimos a Dios algo en concreto y no nos da eso, sino algo que no habíamos pedido.  Hay que aprovechar lo que Dios nos ha dado y no quedarnos lamentándonos por lo que hemos recibido;  quizá Dios quiere llevarnos por otro camino.  Es decir: si le pedimos a Dios patatas y nos da una lechuga, pues hagamos una ensalada; pero aprovecha y come.  Por ello es necesaria mucha fe para perseverar en la oración; es necesario no desfallecer en la oración e ir renunciando a nuestra propia voluntad para ir buscando siempre hacer la voluntad de Dios.

La oración constante nos unirá cada día más a Dios y a nuestros hermanos.

lunes, 6 de octubre de 2025

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo, nos dan una lección siempre actual: que hemos de saber dar gracias a Dios.  El amor de Dios es universal y hay que saber corresponder a ese amor con nuestra gratitud.

La 1ª  lectura del 2° Libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria, sanado de la lepra por el Profeta Eliseo.

Naamán, rey de Siria, estaba afectado de lepra. Ni sus curanderos ni sus sacerdotes habían podido curarlo. Pero uno de sus sirvientes había oído hablar de un profeta de Israel que obraba prodigios. El rey se presentó ante Eliseo, pero se sorprendió de su receta: lavarse siete veces en el Jordán. Pero no es el agua la que cura, sino la fe.

El rey recuperó la salud por obedecer la orden de Eliseo. Y con la salud recibió la fe en el Dios de Israel.    Naamán al recobrar la salud se encuentra con el Dios verdadero.  Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado.

Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo conocido. Por eso, hoy es un buen día para colocarnos al lado de Naamán y del leproso del evangelio y ponernos con ellos a los pies de Jesús y suplicarle que nos diga la frase más importante que podemos escuchar en nuestra vida: Vete. Tu fe te ha salvado.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos recordaba san Pablo que la Palabra de Dios no está encadenada. Tal vez nosotros tengamos que padecer mucho por la Palabra; mas no por eso nos quedaremos mudos, pues aún en medio de grandes tormentos hemos de proclamar el amor que Dios tiene a todos los suyos.  Y no importa que por el Evangelio tengamos que entregar nuestra vida; pues no es la muerte, sino la vida la que tendrá la última palabra en nosotros.  Seamos, pues, fieles a la Palabra de Dios.

El Evangelio de san Lucas En el Evangelio de san Lucas, Jesús se queja diciendo: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?”

Esta queja de Jesús nos tiene que cuestionar a todos nosotros.  Mucha gente de hoy piensa más en sus derechos que en ser agradecidos.

En nuestra sociedad cada vez somos menos agradecidos, hoy todo lo aseguramos y hacemos las cosas por contrato.  Hoy todo se intercambia, se presta, se debe, se exige, es la ley del mercado.  Cada uno tiene lo que ha conseguido o ha ganado con su trabajo.  A nadie se le regala nada.  Los favores y regalos suelen ser interesados para alcanzar algo a cambio.

Todos luchamos por los derechos de la persona, pero hay una virtud por la que tendríamos que luchar y conquistar: la gratitud, el ser agradecidos.

Es la llamada de Jesús hoy, recordarnos que no podemos ser humanos sin ser agradecidos, sin dar las gracias por todo lo que recibimos en la vida: salud, inteligencia, amistad, amor.

Con frecuencia, los cristianos nos preocupamos más de cumplir los mandamientos que de darle gracias a Dios.  Vivimos compitiendo con los demás y nos olvidamos de darle gracias a Dios por el don de la vida que nos ha dado y por tantas otras cosas como Dios diariamente nos da.

Cuando somos agradecidos nos abrimos a las personas, nos relacionamos con ellas con confianza, sin prejuicios, sin rencores y se favorece el entendimiento humano.

Jesús siempre se manifestó agradecido en toda su vida.  Siempre que hacía un milagro o realizaba algo importante decía: “Te doy gracias Padre”.  Esta es la actitud de la persona humilde que sabe que nada puede hacer ella sola, que reconoce la ayuda de los demás con agradecimiento.

Pero hay muchas personas que van por la vida repitiendo que “yo no le debo nada a nadie”.  Estas personas no encuentran ningún motivo para ser agradecidos.  Incluso les cuesta orar alabando a Dios, dándole gracias.  Cuando llegan a rezar es sólo para pedirle a Dios, no para agradecerle nada.

Preguntémonos hoy: ¿Cuándo fue la última vez que expresamos agradecimientos a nuestros padres? ¿A tus hijos? ¿A tu marido, a tu mujer? ¿A Dios?

Si recordásemos los regalos recibidos con la misma intensidad que las ofensas recibidas, seriamos mucho más felices, y más justos con nosotros y con los demás. Para recordar los regalos recibidos hay solo un modo: ser agradecidos.  Jesús nos interpela hoy a todos. Seamos agradecidos.

miércoles, 1 de octubre de 2025

 XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)



Las lecturas de este domingo nos hablan del tema tan importante para nosotros como es la Fe.

 La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.

 Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?

 Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enojado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?

 En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o apurado.

 En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad. Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres. 

 Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuándo.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “el malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe”.

 La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, Timoteo nos habla de otro aspecto de la Fe. Nos habla de una consecuencia de la Fe: la obligación que tenemos de comunicarla. La Fe, si es verdadera, nos lleva a anunciarla a los demás, a comunicar a los demás eso que creemos.

 Es indudable que siempre habrá dificultades para vivir nuestra fe en medio del mundo y cara a los demás. San Pablo y Timoteo también las tuvieron. Se encontraron con duras dificultades en su mundo y en sus mismas comunidades cristianas. No era fácil llevar a cabo la misión de proclamar el Evangelio y comportarse como cristianos en un mundo tan hostil.

 Por eso, San Pablo nos exhorta a que renovemos nuestra fe, a pesar de las dificultades por las que atravesemos. Uno de nuestros mayores pecados contra la fe es la desconfianza y el desánimo frente a las pruebas que se nos plantean.

 El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.

 “La fe mueve montañas”.  Cuando decimos esto, estamos diciendo que la fe tiene tal fuerza y poder que es capaz incluso de hacer lo imposible.

 Pero, ¿Qué es la fe?  La fe no es sólo creer que existe Dios, ni creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, ni tampoco creer en la Iglesia o en la vida eterna.  La fe es sobre todo encuentro, relación y experiencia con Dios.

 ¿De qué nos sirve creer que existe Dios, si no nos relacionamos con Él?  Hay personas que dicen tener más fe que nadie, pero no vienen a la Iglesia.  Estas personas ponen la fe al servicio de sus caprichos y además tienen que saber que la fe no es cosa sólo de ello, sino que es cosa de dos: Dios y la comunidad cristiana.  El Señor ha querido que vivamos nuestra fe en comunidad, no en solitario.

 Hay persona que viven la fe como una costumbre social: se bautizan, hacen la primera comunión, se casan y entierran a sus difuntos, porque así es costumbre.

 Podemos venir todos los domingos a misa, podemos rezar mil rosarios, podemos tener muchas devociones.  Pero si no nos relacionamos con Dios en la oración, si no hemos aceptado en nuestras vidas el mensaje de Jesús, y si no hemos hecho un esfuerzo por cambiar de vida, todo es inútil.

 Hay personas que ante una desgracia, ante un problema, piensan que Dios los ha abandonado y se alejan de Dios.  Esta es una fe débil y falsa.  Otros le echan la culpa de todo lo malo a Dios y se alejan de Él.  Esta es una fe inmadura e infantil.

 La fe, es ante todo, encuentro con Dios, y no una barita mágica para resolver todos nuestros problemas, sino para vivir la vida al estilo del Señor.  Sólo así podremos entender que ser cristiano no es por afán de recompensas o por lo que podamos conseguir sino por hacer lo que debemos hacer.  Ante Dios sólo somos siervos.

 Por ello, como los apóstoles, pidámosle a Jesús: “Auméntanos la fe”


lunes, 22 de septiembre de 2025

 


Un domingo más, la palabra de Dios, vuelve a prevenirnos contra los peligros que conlleva el acumular riqueza y poner nuestro corazón en los bienes materiales. 

La 1ª lectura del profeta Amós es una denuncia contra aquellas personas  que viven rodeados de lujos y comodidades a espaldas del sufrimiento de los oprimidos.

Amós denuncia a aquellos que viven ciegos ante los sufrimientos y desgracias de los demás.  No podemos desentendernos del sufrimiento del hermano; no puede ser que sólo nos preocupemos de nuestro propio bienestar; que nos hagamos de la vista gorda ante el dolor ajeno; que no seamos solidarios con los que viven peor que nosotros; que ignoremos la necesidad del hermano.  Todas estas actitudes Dios las reprueba.

Es inmoral silenciar y vivir a espaldas de las necesidades de los hermanos.  No podemos estar rodeados de lujos, viviendo en una celebración de fiesta constante, ignorando al mismo tiempo la solidaridad y la justicia, haciendo oídos sordos al clamor del hermano necesitado.

Dios no puede aguantar que haya gente con un corazón tan duro que sea capaz de vivir sin darse cuenta de la tragedia de tantos otros.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo es una llamada a la lucha por la fe.

El hombre piadoso, religioso, sabe que en este mundo, mantener la fe, no es fácil, porque las cosas de Dios y del evangelio no se imponen por sí mismas. Otros dioses, otros poderes, roban el corazón de los hombres y es necesario mantener la perseverancia. Por ello San Pablo nos urge a vivir seriamente nuestra vida cristiana practicando las virtudes y guardando el “Mandamiento de Jesús”.

El cristiano debe luchar por mantenerse fiel a las exigencias de su fe, en medio de un mundo adverso a ella. Nuestra fidelidad, nos llevará a poseer la vida en el Reino de Dios, a la que todos hemos sido llamados. Pero es preciso dar testimonio de nuestra fe cristiana.

Como cristianos, si queremos ser “hombres de Dios”, debemos luchar constantemente por mantenernos fieles a nuestra fe en un mundo que cada día más nos invita a dejar a un lado nuestra fe.

En el evangelio de San Lucas, hemos escuchado la parábola del rico epulón y  el pobre Lázaro.  Esta parábola pudiéramos llamarla la “parábola de la indiferencia e insensibilidad”.

El rico de la parábola estaba encerrado en su egoísmo y despilfarraba lo que otro necesitaba, dejando que el pobre soportara hambre y dolor.   Pero un día murió y fue al lugar de castigo, no por haber sido rico, sino por no haber sido compasivo.

Lo que Jesús reprueba en esta parábola es la actitud egoísta y abusiva del rico que no fue capaz de compartir, ni de preocuparse por los demás, lo único que le interesaba era su propio bienestar.  Esta actitud, esta manera de vivir es el reflejo de muchas personas hoy en día, sólo piensan en ellas mismas.

¡Cuánta gente tiene por meta en la vida lucir una figura fenomenal, hacer dinero y gozar de todos los placeres! Nunca tienen tiempo para orar, para conocer su fe, para convivir con su familia o para hacer algo en favor de los demás; pero siempre encuentra horas para hacer negocios, aunque sean “ilícitos”, e ir al gimnasio o al “antro”. Nunca tienen dinero para colaborar con alguna obra de caridad, pero sí lo tiene cuando se trata de comprar y divertirse. De esta manera, como el rico de la parábola, están arriesgándose a ser infelices por toda la eternidad ¡Qué pésima inversión! ¿Cuál es el error? Ser egoístas, ser indiferentes.

La indiferencia hacia los demás nos encierra en una burbuja de soledad, nos hace ajenos a todo y a todos.  La indiferencia nos hace sentir que los demás no existen, que los demás no tienen importancia, nos hace insolidarios con los problemas y dolores de los demás.

La indiferencia nos hace además “insensibles”. Y la insensibilidad es una de las señales de que uno está muerto por dentro, por muy suculentamente que comamos y bebamos.

El verdadero problema del rico “Epulón”, no era ser rico, ni el vestir de púrpura, ni el banquetear espléndidamente. Su problema era que por dentro estaba muerto. Su corazón no tenía sensibilidad. Su corazón era insensible ante el pobre Lázaro. Su corazón no tenía sentimientos. Su corazón era incapaz de reaccionar “ni aunque un muerto resucite”.

La inmensa mayoría de nuestros problemas humanos tenemos que encontrarlos en nuestro corazón. La indiferencia y la insensibilidad no nos impiden ver la realidad, pero sí pone anestesia en nuestro corazón para no sentir nada.

A veces, lo que los demás necesitan no es que les solucionemos sus problemas. Sólo nos piden que nos seamos indiferentes e insensibles con ellos.

No cerremos nuestro corazón y nuestros ojos a los problemas de los demás, porque entonces nos estaremos cerrando a gozar de la felicidad de Dios.