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lunes, 6 de octubre de 2025

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)



Las lecturas de este domingo, nos dan una lección siempre actual: que hemos de saber dar gracias a Dios.  El amor de Dios es universal y hay que saber corresponder a ese amor con nuestra gratitud.

La 1ª  lectura del 2° Libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria, sanado de la lepra por el Profeta Eliseo.

Naamán, rey de Siria, estaba afectado de lepra. Ni sus curanderos ni sus sacerdotes habían podido curarlo. Pero uno de sus sirvientes había oído hablar de un profeta de Israel que obraba prodigios. El rey se presentó ante Eliseo, pero se sorprendió de su receta: lavarse siete veces en el Jordán. Pero no es el agua la que cura, sino la fe.

El rey recuperó la salud por obedecer la orden de Eliseo. Y con la salud recibió la fe en el Dios de Israel.    Naamán al recobrar la salud se encuentra con el Dios verdadero.  Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado.

Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo conocido. Por eso, hoy es un buen día para colocarnos al lado de Naamán y del leproso del evangelio y ponernos con ellos a los pies de Jesús y suplicarle que nos diga la frase más importante que podemos escuchar en nuestra vida: Vete. Tu fe te ha salvado.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos recordaba san Pablo que la Palabra de Dios no está encadenada. Tal vez nosotros tengamos que padecer mucho por la Palabra; mas no por eso nos quedaremos mudos, pues aún en medio de grandes tormentos hemos de proclamar el amor que Dios tiene a todos los suyos.  Y no importa que por el Evangelio tengamos que entregar nuestra vida; pues no es la muerte, sino la vida la que tendrá la última palabra en nosotros.  Seamos, pues, fieles a la Palabra de Dios.

El Evangelio de san Lucas En el Evangelio de san Lucas, Jesús se queja diciendo: “¿No eran diez los que quedaron limpios? ¿Dónde están los otros nueve?”

Esta queja de Jesús nos tiene que cuestionar a todos nosotros.  Mucha gente de hoy piensa más en sus derechos que en ser agradecidos.

En nuestra sociedad cada vez somos menos agradecidos, hoy todo lo aseguramos y hacemos las cosas por contrato.  Hoy todo se intercambia, se presta, se debe, se exige, es la ley del mercado.  Cada uno tiene lo que ha conseguido o ha ganado con su trabajo.  A nadie se le regala nada.  Los favores y regalos suelen ser interesados para alcanzar algo a cambio.

Todos luchamos por los derechos de la persona, pero hay una virtud por la que tendríamos que luchar y conquistar: la gratitud, el ser agradecidos.

Es la llamada de Jesús hoy, recordarnos que no podemos ser humanos sin ser agradecidos, sin dar las gracias por todo lo que recibimos en la vida: salud, inteligencia, amistad, amor.

Con frecuencia, los cristianos nos preocupamos más de cumplir los mandamientos que de darle gracias a Dios.  Vivimos compitiendo con los demás y nos olvidamos de darle gracias a Dios por el don de la vida que nos ha dado y por tantas otras cosas como Dios diariamente nos da.

Cuando somos agradecidos nos abrimos a las personas, nos relacionamos con ellas con confianza, sin prejuicios, sin rencores y se favorece el entendimiento humano.

Jesús siempre se manifestó agradecido en toda su vida.  Siempre que hacía un milagro o realizaba algo importante decía: “Te doy gracias Padre”.  Esta es la actitud de la persona humilde que sabe que nada puede hacer ella sola, que reconoce la ayuda de los demás con agradecimiento.

Pero hay muchas personas que van por la vida repitiendo que “yo no le debo nada a nadie”.  Estas personas no encuentran ningún motivo para ser agradecidos.  Incluso les cuesta orar alabando a Dios, dándole gracias.  Cuando llegan a rezar es sólo para pedirle a Dios, no para agradecerle nada.

Preguntémonos hoy: ¿Cuándo fue la última vez que expresamos agradecimientos a nuestros padres? ¿A tus hijos? ¿A tu marido, a tu mujer? ¿A Dios?

Si recordásemos los regalos recibidos con la misma intensidad que las ofensas recibidas, seriamos mucho más felices, y más justos con nosotros y con los demás. Para recordar los regalos recibidos hay solo un modo: ser agradecidos.  Jesús nos interpela hoy a todos. Seamos agradecidos.

lunes, 7 de octubre de 2024

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre las elecciones que hacemos; nos recuerda que no siempre lo que reluce es oro y que es necesario, a veces, renunciar a ciertos valores perecederos, a fin de adquirir los valores de la vida verdadera y eterna.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos invita a buscar la verdadera sabiduría que es un don de Dios.

Los programas de estudio de los escolares y profesionales, son cada vez más duros, más exigentes. A los profesionales se les pide una mayor y mejor preparación para desempeñar debidamente su oficio.

La gente, por tanto, estudia más, está mejor preparada y sabe más. Pero hay una sabiduría que no se aprende en los libros, sino que viene de Dios; procede de un corazón recto y tiene su origen en la humildad del hombre y grandeza de Dios. De esta sabiduría nos habla la primera lectura de hoy.

Sabiduría es saborear la vida, es saber vivir en armonía con el mundo, con los demás seres humanos y con Dios. Ser sabio no equivale a ser un científico. La sabiduría es más un conocimiento de la vida, de Dios y de todo lo necesario para vivir bien y ser feliz. Sabiduría y felicidad van de la mano.

La sabiduría es lo máximo a lo que un ser humano puede aspirar. De nada vale todo el conocimiento científico, todas las riquezas del mundo, toda la fama y todo el poder, la salud y la belleza, si no se sabe vivir en armonía con Dios, con los demás seres humanos y con el mundo, si no se aprende a amar, a disfrutar y a ser felices.

Quien quiera ser “sabio de verdad”, ha de ponerse a hablar con Dios y recibir de Él la Sabiduría como regalo que de Él procede. Quien se deje guiar por la luz de esta sabiduría, está en el camino de Dios.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

La Palabra de Dios, es Dios mismo que nos habla, nos guía, nos alienta, nos anima y también nos juzga. 

La Palabra de Dios nos ayuda a discernir el bien y el mal y a realizar las opciones correctas. Cualquier persona que se acerque a la Palabra de Dios va a encontrar algo que le resulte interesante para su vida. Tenemos que descubrir la necesidad de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede aclarar nuestra vida, discernir nuestras intenciones, ayudarnos a crecer.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

No parece que muchas personas estén interesadas en ganarse la vida eterna. Aparecen muchos libros y recetas para ganar dinero, éxito, poder, pero casi nadie parece estar interesado en saber cómo ganarse la vida eterna, la plenitud de la vida.

El joven rico le dice a Jesús que cumple todos los mandamientos, pero el Señor le dice que sólo le falta una cosa para ganarse la vida eterna: “vende lo que tienes, dáselo a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo”.

La ambición del dinero, aunque a veces no lo tengamos, nos lleva a destruir y destruirnos con tal de tenerlo.  El rico nunca se conforma con lo que ya tiene, siempre desea más y destruye lo que sea para tener más dinero.

El grave problema de nuestro mundo no es la falta de alimento pues Dios ha hecho un mundo donde hay recursos suficientes para todos los seres humanos.  El problema está en las desigualdades económicas existentes.  Hay zonas muy pobres, pero a la vez en esas mismas zonas unos pocos gozan de unas riquezas inmensas derrochando y consumiendo sin preocuparse para nada de los que menos tienen.

El verdadero problema es la ambición. La ambición provoca la corrupción, la violación de derechos humanos, la ilegalidad, la destrucción del medio ambiente a favor de unos cuantos, miseria y pobreza. Nuestro planeta, semidestruido y agotado, nos grita que ha sido testigo en carne propia, de ambiciones que lo han saqueado y puesto al borde de su destrucción.

El agua, el aire, los árboles, las minas, lejos de ser una fuente de ingresos y bienestar para todos los hombres, se han convertido en botín de unos cuantos que saquean y arrebatan y al final dejan las zonas estériles y vacías. La afirmación de Jesús: ¡Qué difícil les será entrar en el reino de Dios a los que tienen riquezas!”, es muy dura si nos la tomamos en serio.

Seguir a Jesús es muy exigente. La invitación que hace con amor a ser uno de los suyos exige tener el corazón libre. No sólo hay que dejar todos los bienes, sino que hay que repartirlo a los pobres. No basta respetar la justicia, hay que ir a la raíz del mal y fundamento de la injusticia: la ambición de la riqueza.

Acerquémonos a Jesús con todas nuestras posesiones, pocas o muchas, y veamos si no nos están atando el corazón. Miremos si nuestra ambición no ha dañado a personas, a la naturaleza, a la familia, o nuestra relación con Dios. Descubramos juntos con Jesús qué es lo que nos hace falta para encontrar una vida verdadera y plena. Y entonces escuchemos las palabras amorosas de Jesús: “Ven y sígueme”.

sábado, 3 de agosto de 2024

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.  

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.  

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad. 

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo. 

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

Nadie tiene derecho a utilizar el hambre como arma para controlar la voluntad de una persona o de un pueblo. Saciar el hambre es un primer paso en la búsqueda de la dignidad de la persona, pero nunca a costa de la esclavitud. Con frecuencia el progreso va unido a nuevas formas de esclavitud y explotación que atan y deshumanizan a la persona. 

Es urgente buscar caminos que acaben con el hambre; pero no basta, se requieren nuevas formas de acercar a la mesa a los hermanos en unidad y fraternidad, compartiendo y construyendo un mundo donde los individuos y los pueblos alcancen un desarrollo integral y pleno. Cristo propone una nueva visión de la persona que incluye su realización plena: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura para la vida eterna”. 

La persona requiere además del alimento, su reconocimiento, su realización y su integración en la comunidad. Requiere también esa vida en plenitud con Dios donde encuentra sentido su existencia. Por eso Cristo se presenta como el nuevo pan.

Cristo ha escogido el pan como signo de su presencia y de su integración a cada uno de nosotros. El pan tan común en su cultura, tan insignificante y tan indispensable. Compuesto de pequeños granos triturados, descompuesto para dar vida, sostiene a la persona y le da energía para su trabajo. Llega a ser parte de la misma persona y así se transforma en vida al morir. Cristo ha escogido este signo y se hace para nosotros pan de vida. Se une a nosotros, pasa desapercibido y se convierte en parte nuestra, o, quizás sea mejor decir, nos convierte en parte suya para seguir dando vida. 

Quizás no hemos reflexionado profundamente en toda esta transformación y no hemos dado gracias suficientes por este regalo de Jesús que se quiere quedar tan dentro de nosotros hasta formar parte de nosotros mismos, hacerse cuerpo nuestro, hacernos cuerpo suyo. Es Pan de comunión que nos une con el Padre pero que también nos une con los hermanos.

Creer en esta presencia, creer en esta comunión, creer en Él, es la exigencia que este día nos presenta. Si tomáramos en serio este signo, cómo cambiaría nuestra vida en cada comunión. Nos unimos a Cristo, Él se une a nosotros, y así también nos unimos a todos los hermanos.

lunes, 9 de octubre de 2023

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una invitación de parte de Dios a que seamos felices, porque Dios lo que desea para todos es la felicidad y por eso cada vez que celebramos la eucaristía somos invitados al banquete festivo con su Hijo Jesús.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos dice que la salvación es una realidad que se dará en el cielo.  La salvación consistirá en gozar eternamente de Dios y vernos libres de todos los males.  El cielo será como una gran fiesta, como una comida festiva permanente, donde Dios secará nuestras lágrimas y destruirá la muerte para siempre.

Hoy como ayer, en medio de un mundo que nos ofrece muchos remedios para ser felices y para salvarnos, la lectura del profeta Isaías es una llamada a la esperanza en Dios.    Es Dios el que nos va a salvar.  Nuestra vida no terminará con la muerte.  Hay esperanza más allá de la muerte para todos los hombres que buscan a Dios.  El Dios de la vida no puede permitir que los hombres y mujeres que Él ha creado tengan como destino final la muerte.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas.

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen.

Nos decía también San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza.

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias;  la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos.

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor.

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece  para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos habla del Reino de Dios y nos lo presenta bajo la figura de un banquete.

Para los judíos un banquete era signo de unidad y de fraternidad.  Ser invitado era un honor, no se invitaba a la gente por compromiso sino por amistad.

Tenemos que tener muy claro que es Dios quien toma la iniciativa de llamarnos a la salvación.  Invitarnos a participar en el Reino es un gesto de amor por parte de Dios. Dios ha puesto su mirada en nosotros y ha tomado la iniciativa de invitarnos porque nos ama. 

Dios nos invita y sin embargo a veces, hemos rechazado las invitaciones que Dios nos hace.

Ante las llamadas de Dios, preferimos encerrarnos en nuestros asuntos y no hacemos caso a lo que Dios nos pide. Le damos mucho más valor a las invitaciones que el mundo nos hace, aunque sean invitaciones para cosas sin importancia. Preferimos un programa de Televisión, un partido de fútbol, una fiesta con los amigos, cualquier cosa vale en vez de acoger la invitación que Dios nos hace. 

La violencia que se vive en el mundo es fruto del rechazo a las invitaciones de Dios. Nos viene del olvidarnos de Dios o de ponerlo en un segundo lugar. 

Nunca podremos llegar a ser verdaderas personas humanas mientras le demos las espaldas a Dios.

Toda persona humana, sin distinción alguna, está invitada a participar del Reino de Dios. Lo único que se necesita es aceptar la invitación de Dios. De nosotros depende aceptar o rechazar esta invitación. 

Pero nuestra respuesta debe ser en serio. No se trata de decirle sí al Señor y después vivir como se nos dé la gana. Debemos ser consecuentes con nuestra Fe. Vivir lo que creemos y creer lo que vivimos. Por eso es que no basta con decir que aceptamos a Cristo, sino que hay que manifestar en nuestras obras que lo hemos aceptado y que creemos en Él.  

A la invitación que nos hace el Señor hay que ir con el traje de fiesta que es revestirnos de Cristo, es decir, vivir la Caridad, vivir el perdón, ser constructores de la Paz, ser serviciales con los demás, vivir nuestra intimidad con Dios, rechazar el pecado y vivir en la gracia de Dios

No basta, pues, decir que somos cristianos y que pertenecemos a la Iglesia, hay que vivir revestidos de Cristo.

lunes, 3 de octubre de 2022

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo, nos dan una lección siempre actual: que hemos de saber dar gracias a Dios.  El amor de Dios es universal y hay que saber corresponder a ese amor con nuestra gratitud.

La 1ª  lectura del 2° Libro de los Reyes, nos recuerda la curación de Naamán de Siria, sanado de la lepra por el Profeta Eliseo.

Naamán, rey de Siria, estaba afectado de lepra. Ni sus curanderos ni sus sacerdotes habían podido curarlo. Pero uno de sus sirvientes había oído hablar de un profeta de Israel que obraba prodigios. El rey se presentó ante Eliseo, pero se sorprendió de su receta: lavarse siete veces en el Jordán. Pero no es el agua la que cura, sino la fe.

El rey recuperó la salud por obedecer la orden de Eliseo. Y con la salud recibió la fe en el Dios de Israel.    Naamán al recobrar la salud se encuentra con el Dios verdadero.  Encontrarse con Dios es el gran reto del hombre sobre la tierra. Quiera o no reconocerlo, así es. Encontrarse con Dios es, sobre todo, el gran reto para un cristiano que, por el hecho de serlo, no quiere decir que lo haya ya encontrado.

Podemos vivir toda una vida llamándonos cristianos y no haber descubierto de verdad a Dios, ni siquiera haberlo conocido. Por eso, hoy es un buen día para colocarnos al lado de Naamán y del leproso del evangelio y ponernos con ellos a los pies de Jesús y suplicarle que nos diga la frase más importante que podemos escuchar en nuestra vida: Vete. Tu fe te ha salvado.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos recordaba san Pablo que la Palabra de Dios no está encadenada. Tal vez nosotros tengamos que padecer mucho por la Palabra; mas no por eso nos quedaremos mudos, pues aún en medio de grandes tormentos hemos de proclamar el amor que Dios tiene a todos los suyos.  Y no importa que por el Evangelio tengamos que entregar nuestra vida; pues no es la muerte, sino la vida la que tendrá la última palabra en nosotros.  Seamos, pues, fieles a la Palabra de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la curación de 10 leprosos.

Tanto los enfermos de lepra como los extranjeros eran marginados en tiempos de Jesús. ¿Por qué? Los enfermos de lepra estaban marginados por dos razones: Nunca se ha dado un trato de privilegio a los enfermos. Pero menos aún si se sospechaba que podían contagiar a los sanos, como era el caso de los leprosos, obligados a vivir en el campo, sin entrar en la población; o se les tenía por impuros y relacionados con los malos espíritus.

Pero, además, por incluirlos entre los pecadores; creían muchas veces que las enfermedades las mandaba Dios como un castigo por los pecados cometidos.

El mensaje de las lecturas de este domingo es tremendamente claro: Jesús está con los marginados de su tiempo, no con los que se creen los elegidos de Dios. También el Señor nos dice con este evangelio que Dios no castiga con las enfermedades. Las enfermedades son degeneraciones de la naturaleza de la que estamos hechos, pero nunca un castigo de Dios porque uno haya pecado. Esto es muy  importante porque en la creencia popular hay muchísimos comportamientos que se deben a esta mentalidad: ¿Qué habré hecho yo para merecer esto?, se preguntan ante cualquier accidente o enfermedad en un hijo o en uno mismo. Y hay que hacer alguna penitencia o promesa para alejar el posible “maleficio” o condena divina. Dios no castiga a nadie y menos con enfermedades.

El evangelio de hoy también nos habla de ser agradecidos.  De los diez leprosos curados uno solo le da las gracias a Jesús por su curación.

Ser agradecido es muy importante. Serlo en las cosas pequeñas, en casa, o  en el trabajo. Y serlo en las cosas  grandes, cuando hemos pedido ayuda y alguien nos ha sacado de una dificultad grave.  Es muy importante ser agradecido porque eso nos hace la vida más amable. Más amable  para quien recibe el agradecimiento, porque se siente apreciado y reconocido. Y más  amable para nosotros, porque así reconocemos la importancia que tienen los demás en  nuestra vida, y sentimos la alegría de poder contar con ellos. 

De hecho, el agradecimiento es una manera de estrechar los lazos entre las personas, y  romper el aislamiento y el egoísmo que a veces cultivamos en nuestra sociedad. 

Y al mismo tiempo que somos agradecidos con los demás, no debemos olvidarnos de ser  agradecidos con Dios. Bien lo sabemos que Él es nuestro Padre y que somos fruto de su  amor. Pero a veces no nos acordamos.  No nos acordamos muchas veces de ponernos ante Dios y decirle gracias porque Él está con nosotros y nos acompaña siempre y nos da  fuerzas para seguir adelante.

Ante el amor, la bondad y la misericordia de Dios sólo cabe la respuesta agradecida del creyente. Gracias Señor.

lunes, 4 de octubre de 2021

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre qué cosas son importantes en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos pone el ejemplo de Salomón que, antes que la belleza, la riqueza o la salud, prefirió la Sabiduría para poder gobernar a su pueblo.  La sabiduría de la que nos habla la primera lectura no se refiere a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios.

Ser sabio no es saber muchas cosas o tener grandes conocimientos.  Es tener paz interior para ver las cosas desde los ojos de Dios y encontrar así el sentido de la vida.

Vivimos de lo que dicen los periódicos, de los chismes, de esas personas que admiramos por sus muchos conocimientos. Algunas personas son un auténtico depósito de conocimientos. Tienen una memoria prodigiosa que les permite hablar de todo, de casi todo. Pero, ¡vana es la ciencia! Lo que vale es “la sabiduría”. Es un don divino. Un poco de sabiduría vale más que mil libros, que mil periódicos.  Debemos preferir la Sabiduría de Dios a cualquier otra cosa si realmente queremos ser felices.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Cuántas veces no nos hemos sentido defraudados ante las palabras. Hay quienes tienen como tarea decir muchas palabras. Todo lo dicen. Pero, sin embargo, la palabra no llega, no resuelve nada. Es como el polvo, “innecesario”. Y, sin embargo, hay algunas palabras que nunca pasan. Hay palabras capaces de herir hasta en lo más profundo del ser. ¡Llegan! ¡Llegan tanto… que resultan inolvidables! ¿Quién de nosotros podrá olvidar algunas frases que escuchó, una vez, y desde entonces han formado parte de su vida? Así es la Palabra de Dios: Viva, eficaz, tajante, penetrante.

Hemos de descubrir la importancia de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede ayudar a aclarar nuestra vida, a tomar decisiones importantes, a ayudarnos a crecer, y a discernir el bien del mal. Por eso, la Palabra de Dios que leemos en cada misa siempre tiene un mensaje importante para el ser humano.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

Un antiguo proverbio dice: “Todos nacemos con los puños cerrados pero todos debemos morir con las manos abiertas”.  Los puños cerrados y las manos abiertas simbolizan el espíritu de posesión y el espíritu de desprendimiento.

No podemos disfrutar de algo, al menos que tengamos libertad para soltarlo y dejarlo.  Sin esta libertad, lo que poseemos nos posee.  Nos convertimos en esclavos de nuestras posesiones.

Dios nos dice que debemos amar a las personas y usar las cosas.  Jesús nos dice: “guarda tu corazón para amar a las personas: tu familia, tus vecinos, Dios”. 

Jamás le des tu corazón a una cosa, porque si lo haces, esa cosa, sea lo que sea, se convertirá en tu dueño.  Si entregamos nuestro corazón a las cosas, eso nos causará ansiedad y nos quitará hasta el sueño.  Cuando empiezas a amar las cosas, comienzas a usar las personas para conseguir cada vez más abundantes cosas.

La Biblia no dice que el dinero sea la raíz de todos los males, sino que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

Tener dinero no es un mal, pero entregarle el corazón al dinero es una tragedia y un pecado.  Acumular riquezas, olvidándonos de los demás no nos da paz, no nos hace crecer como persona humana, sino que nos destruye y nos deshumaniza, nos va haciendo indiferentes e insolidarios antes las desgracias ajenas

Si entregas tu corazón a las cosas de este mundo, pronto empezarás a competir con los demás a ver quién tiene más.  Empezarás a vivir a toda prisa, a fin de hacerte cada vez más rico.  Y esto producirá hipertensión, úlceras, ansiedad y depresión.  Si escoges este camino, pronto estará uno tratando de hacer trampas o engañar a otros para conseguir más.

Tenemos que estar dispuestos a abrir nuestras manos y a desprendernos de las cosas.  Seremos dichosos si entregamos nuestro corazón solamente al amor de Dios y a las personas.

Todos los seres humanos somos hijos de Dios, debemos vivir como hermanos entre nosotros, compartiendo y así podremos llamar a Dios, Padre.  Dios ha creado el mundo para todos; el mundo es de todos y todos tenemos derecho a disfrutar de él y de sus riquezas.  Y mientras que no compartamos solidariamente estamos apropiándonos indebidamente de lo que Dios ha puesto en el mundo para que lo disfrutemos todos y no sólo unos pocos.

lunes, 5 de octubre de 2020

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

El mensaje que nos quiere transmitir las lecturas de este domingo es que Dios nos ha elegido, nos ha invitado a entrar en comunión con Él, a gozar de su salvación.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de un banquete donde Dios nos dará su paz y secará las lágrimas de nuestros ojos. 

Hoy como ayer, el mundo nos ofrece muchos supuestos “salvadores” de todos nuestros problemas, por eso el profeta Isaías nos llama a la esperanza porque sabemos que Dios nos va a salvar y podremos celebrar gozosos con Él nuestra salvación. 

Dios tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, y ese proyecto de vida es para todos, nadie queda excluido, a no ser que él no quiera.  Hay personas que piensan que Dios nos ha abandonado, y no es así.  Nosotros sus hijos no somos una humanidad abandonada a su suerte, somos personas a las que Dios ama, a quienes invita a formar parte de su familia y a quienes ofrece la vida plena y definitiva.  Tenemos que tomar conciencia de que no vamos solos por el mundo, Dios nos acompaña, por eso hemos de tener esperanza y confianza en nuestro caminar por esta tierra. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas. 

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen. 

Nos decía también San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.   Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza. 

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias; la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos. 

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor. 

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola del banquete de bodas. 

El Reino de Dios es como un banquete de bodas, como una fiesta.  Dios quiere que todos participemos plenamente de la alegría, de la vida, que seamos felices de verdad.  Dios nos llama a la vida y a la alegría. 

Dios nos llama, nos invita, pero siempre estamos ocupados para Dios. Nuestro teléfono da siempre ocupado cuando Dios llama. Como en la parábola, nos justificamos para no responder a esta invitación que Dios nos hace y ponemos excusas diciendo que tenemos cosas más importantes que hacer.  Siempre estamos ocupados para Dios.  

Dios nos llama y en vez de atender su invitación, le damos la espalda. Dios nos ofrece la oportunidad de ir a su fiesta y de tener la felicidad para siempre, y... ¿cómo respondemos? ¿No preferimos los negocios temporales a las invitaciones eternas? ¿No preferimos los banquetes de la tierra al Banquete Celestial? 

En nuestra vida diaria hay muchas cosas que nos hacen estar siempre ocupados: el deseo de ganar mucho dinero para tener una vida mejor, el deporte, la televisión, el estudio, etc., ¡De qué manera nos entregamos a las cosas del mundo, las cuales nos absorben tanto, que no nos queda tiempo para atender a Dios!

Puede ocurrir también que aceptemos la invitación del Señor pero no llevemos el traje de fiesta.  ¿Y cuál es ese traje de fiesta? Es el vestido del amor y de la aceptación. No podemos excluir a nadie de nuestro corazón. 

Cerrar la puerta a los demás, no acogerlos bien, es rechazar el banquete de Jesús, es ir sin el vestido de fiesta, porque la fiesta de Jesús es el amor y el perdón. 

No seamos sordos a la invitación divina, no dejemos pasar ocasión alguna de aceptar lo que nos ofrece. Aunque por ello tengamos que privarnos de otra cosa, estemos convencidos de que al final siempre saldremos ganando.

martes, 8 de octubre de 2019

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo son una invitación a la acción de gracias, a la alabanza, al reconocimiento agradecido de la salvación que Dios nos regala.
 
La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes nos muestra a Dios curando a Naamán, el sirio, que era leproso y extranjero.  A través de una cosa tan sencilla como lavarse en el río Jordán, se logra el milagro que se pide.  Y es que Dios no exige cosas imposibles; solamente “creer y confiar en Él”.
 
En nuestros días, somos invitados, diariamente, a poner nuestra confianza, nuestra esperanza y nuestra seguridad en los ídolos.  Para algunas personas su confianza la depositan en los brujos y adivinos que, supuestamente, les garantizan la solución para todas las enfermedades, males de amor, fracasos en los negocios, etc., pero cobrándoles una suma de dinero; para la mayoría de la gente su confianza la depositan en el dinero, el poder, la moda, la comodidad, el éxito, el coche, etc.
 
Naamán entendió que su curación no fue cosa de magia o brujería sino del poder gratuito de Dios.  Al tiempo que fue liberado de la lepra, entendió que ese milagro no podía tener otra explicación más que el poder de Dios, que, por la misma razón, ha de ser el único Dios de toda la tierra.
 
Naamán es un símbolo de todos los hombres que buscan el favor del único Dios verdadero y una vez que lo encuentran creen sólo en Él y le dan culto.  Podríamos decir que Naamán es el tipo de persona que vive alejado de su fe y que, una vez que ve lo que el Dios misericordioso hace por él, responde a la fe con un ánimo agradecido.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una exhortación a la fidelidad a Dios.  Jesucristo es nuestra razón de vivir, de continuar, de esperar.  Tener miedo a los riesgos que puedan derivarse del anuncio del Evangelio, sería renegar de Jesús.
 
Los hombres no pueden encadenar ni silenciar la Palabra de Dios.  Hoy que se habla de libertad religiosa, sigue existiendo persecución contra algunas personas que hablan de Dios y que proclaman su Palabra a las gentes.  Hay persecución porque la Palabra de Dios nos cuestiona, denuncia todo lo que no está de acuerdo con la realización plena del hombre. 
 
No tenemos que tener miedo de proclamar la Palabra de Dios, porque el Señor ha prometido el éxito para quienes son perseverantes en su labor de proclamar su Palabra sin miedo.  No podemos encadenar ni silenciar la Palabra de Dios.
 
En el Evangelio de san Lucas, Jesús se queja diciendo: “¿No han quedado limpios los diez?; los otros nueve, ¿dónde están?”
 
Esta queja de Jesús nos tiene que cuestionar a todos nosotros.  Mucha gente de hoy piensa más en sus derechos que en ser agradecidos.
 
En nuestra sociedad cada vez somos menos agradecidos, hoy todo lo aseguramos y hacemos las cosas por contrato.  Hoy todo se intercambia, se presta, se debe, se exige, es la ley del mercado.  Cada uno tiene lo que ha conseguido o ha ganado con su trabajo.  A nadie se le regala nada.  Los favores y regalos suelen ser interesados para alcanzar algo a cambio.
 
Todos luchamos por los derechos de la persona, pero hay una virtud por la que tendríamos que luchar y conquistar: la gratitud, el ser agradecidos.
 
Es la llamada de Jesús hoy, recordarnos que no podemos ser humanos sin ser agradecidos, sin dar las gracias por todo lo que recibimos en la vida: salud, inteligencia, amistad, amor.
 
Con frecuencia, los cristianos nos preocupamos más de cumplir los mandamientos que de darle gracias a Dios.  Vivimos compitiendo con los demás y nos olvidamos de darle gracias a Dios por el don de la vida que nos ha dado y por tantas otras cosas como Dios diariamente nos da.
 
Cuando somos agradecidos nos abrimos a las personas, nos relacionamos con ellas con confianza, sin prejuicios, sin rencores y se favorece el entendimiento humano.
 
Jesús siempre se manifestó agradecido en toda su vida.  Siempre que hacía un milagro o realizaba algo importante decía: “Te doy gracias Padre”.  Esta es la actitud de la persona humilde que sabe que nada puede hacer ella sola, que reconoce la ayuda de los demás con agradecimiento.
 
Pero hay muchas personas que van por la vida repitiendo que “yo no le debo nada a nadie”.  Estas personas no encuentran ningún motivo para ser agradecidos.  Incluso les cuesta orar alabando a Dios, dándole gracias.  Cuando llegan a rezar es sólo para pedirle a Dios, no para agradecerle nada.
 
Preguntémonos hoy: ¿Cuándo fue la última vez que expresamos agradecimientos a nuestros padres? ¿A tus hijos? ¿A tu marido, a tu mujer? ¿A Dios?
 
Si recordásemos los regalos recibidos con la misma intensidad que las ofensas recibidas, seriamos mucho más felices, y más justos con nosotros y con los demás. Para recordar los regalos recibidos hay solo un modo: ser agradecidos.  Jesús nos interpela hoy a todos. Seamos agradecidos.