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lunes, 13 de octubre de 2025

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)



La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.

El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.

Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.


Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.

En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.

En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras. En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana.

La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.

Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 

El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la parábola del juez y la viuda.  Con esta parábola nos anima el Señor a ser perseverantes en la oración.

Hay una canción que dice: “cuando de nada nos sirve rezar”.  Y así piensan muchas gentes de hoy con respecto a la oración. Así han terminado sucumbiendo también grandes rezadores de todos los tiempos. Cuando la oración no parece eficaz; cuando nada sale como pedimos; cuando parece que Dios hace oídos sordos a nuestro clamor insistente; cuando empezamos a compararnos a quienes no rezan, en cómo les van las cosas; cuando nos duele que la injusticia parece triunfar sobre la verdad y que los débiles e indefensos continúan muriendo aplastados por la fuerza de los poderosos; cuando alguien nos acusa de que nos falta acción porque con la oración no resolvemos los problema, es entonces cuando debemos ser más perseverantes en la oración.  No debemos desanimarnos.

Debemos saber que Dios está siempre al otro lado, que siempre nos escucha, que se alegra cuando sus hijos queridos le presentan su oración en sus necesidades. ¿Resultados? No nos toca a nosotros valorarlos y muchas veces, ni siquiera verlos o recogerlos.

El desánimo y el desaliento, el abandono o el ir siempre apresurados no son propios del cristiano orante. Lo que pasa es que no nos conformamos con pedir ayuda a Dios, sino que hasta le decimos cómo y de qué manera queremos que nos ayude, y no le dejamos la libertad que le debemos.

Cuántas veces pedimos a Dios algo en concreto y no nos da eso, sino algo que no habíamos pedido.  Hay que aprovechar lo que Dios nos ha dado y no quedarnos lamentándonos por lo que hemos recibido;  quizá Dios quiere llevarnos por otro camino.  Es decir: si le pedimos a Dios patatas y nos da una lechuga, pues hagamos una ensalada; pero aprovecha y come.  Por ello es necesaria mucha fe para perseverar en la oración; es necesario no desfallecer en la oración e ir renunciando a nuestra propia voluntad para ir buscando siempre hacer la voluntad de Dios.

La oración constante nos unirá cada día más a Dios y a nuestros hermanos.

lunes, 14 de octubre de 2024

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos. Hoy celebramos también la Jornada Mundial de las Misiones (Domund).

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

Presentándonos la figura del “Siervo” insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios, la primera lectura nos recuerda que Dios, siguiendo su lógica viene, tantas veces, a nuestro encuentro en la pobreza, en la pequeñez, en la sencillez, en la fragilidad, en la debilidad.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra pereza, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, Jesús invita a los discípulos a no dejarse manipular por los sueños personales de ambición, grandeza, poder y dominio, sino a hacer de la vida un don de amor y de servicio.

Hoy, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

Muchas veces, en las relaciones entre diferentes países se da una cierta tendencia de autoridad y de súbdito, de explotador y explotado.

El evangelio de hoy encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “ya sabéis que los jefes de las naciones las gobierna como si fueran sus dueños y los poderosos os oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “Pero no debe de ser así entre vosotros:el que quiera ser el primero, que sea el esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder. Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

“El Hijo del hombre no ha venido a que lo sirvan, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

lunes, 16 de octubre de 2023

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación.

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas. 

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios.

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades. 

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo.

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer.

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión.

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad. 

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios.

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas.

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana.

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política.

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

lunes, 10 de octubre de 2022

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.

La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.

El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.

Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.


Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.

En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.

En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras. En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana.

La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.

Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 

El evangelio de San Lucas nos ha presentado hoy la parábola del juez y la viuda.  Con esta parábola nos anima el Señor a ser perseverantes en la oración.

Hay una canción que dice: “cuando de nada nos sirve rezar”.  Y así piensan muchas gentes de hoy con respecto a la oración. Así han terminado sucumbiendo también grandes rezadores de todos los tiempos. Cuando la oración no parece eficaz; cuando nada sale como pedimos; cuando parece que Dios hace oídos sordos a nuestro clamor insistente; cuando empezamos a compararnos a quienes no rezan, en cómo les van las cosas; cuando nos duele que la injusticia parece triunfar sobre la verdad y que los débiles e indefensos continúan muriendo aplastados por la fuerza de los poderosos; cuando alguien nos acusa de que nos falta acción porque con la oración no resolvemos los problema, es entonces cuando debemos ser más perseverantes en la oración.  No debemos desanimarnos.

Debemos saber que Dios está siempre al otro lado, que siempre nos escucha, que se alegra cuando sus hijos queridos le presentan su oración en sus necesidades. ¿Resultados? No nos toca a nosotros valorarlos y muchas veces, ni siquiera verlos o recogerlos.

El desánimo y el desaliento, el abandono o el ir siempre apresurados no son propios del cristiano orante. Lo que pasa es que no nos conformamos con pedir ayuda a Dios, sino que hasta le decimos cómo y de qué manera queremos que nos ayude, y no le dejamos la libertad que le debemos.

Cuántas veces pedimos a Dios algo en concreto y no nos da eso, sino algo que no habíamos pedido.  Hay que aprovechar lo que Dios nos ha dado y no quedarnos lamentándonos por lo que hemos recibido;  quizá Dios quiere llevarnos por otro camino.  Es decir: si le pedimos a Dios patatas y nos da una lechuga, pues hagamos una ensalada; pero aprovecha y come.  Por ello es necesaria mucha fe para perseverar en la oración; es necesario no desfallecer en la oración e ir renunciando a nuestra propia voluntad para ir buscando siempre hacer la voluntad de Dios.

La oración constante nos unirá cada día más a Dios y a nuestros hermanos.

lunes, 11 de octubre de 2021

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra flojera, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

El evangelio de hoy, encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder.

“el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

“No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

Nosotros vivimos en un mundo movido por hombres, como también nosotros, por mil intereses.  Hay que amar hasta servir.  Cuando sabemos servir entregando incluso trozos de vida, entenderemos la verdadera grandeza del Evangelio.

Hay que crear hombres nuevos según el Evangelio, ésta debe ser la repuesta cristiana.

lunes, 12 de octubre de 2020

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación. 

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado. 

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas.  

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura. 

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios. 

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades.  

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. 

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer. 

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión. 

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad.  

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios. 

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas. 

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana. 

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política. 

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

martes, 15 de octubre de 2019

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
DOMUND
 
La Palabra de Dios hoy nos invita a mantener una estrecha relación con Dios.  Hay que saber pedirle a Dios con insistencia por medio de la oración.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo, quiere ofrecernos, no tanto el detalle de una batalla de guerra, cuanto el hecho de que es Dios quien salva al pueblo elegido.
 
El éxito de nuestras luchas y preocupaciones, depende de la perseverancia (a pesar del cansancio) y de la solidaridad, ayudándonos unos a otros.
A Moisés, en su oración, se le doblan los brazos de puro cansancio, pero se sobrepone a ello ayudado por sus compañeros y alcanzan la victoria sobre sus enemigos.
 
Hay que entender que los brazos levantados son un signo de oración, de invocación a Dios. Así, pues, mientras el pueblo, a través de su intercesor Moisés, pone la confianza en Dios, obtiene lo que necesita. En cambio, cuando prescinde de Dios, todo va mal.

Es el ejemplo para nosotros hoy: no desanimarse en la lucha, aunque sintamos la tentación del cansancio en el orar, o no veamos los frutos de nuestros ruegos de modo inmediato. Insistir en la oración como Moisés lo hizo, y la victoria estará de nuestra parte.
 
En la 2ª lectura, de San Pablo a Timoteo, San Pablo exhorta a todos los sacerdotes, catequistas, educadores cristianos a que tengamos como base de nuestros trabajos, de nuestra acción pastoral y de nuestro compromiso la Sagrada Escritura.
 
En ocasiones parece como si nos sintiéramos desorientados en nuestras vidas; como si no supiéramos cómo actuar para hacerlo bien. Estamos presionados por las dudas.  San Pablo nos dice hoy que en nuestras dudas, prestemos atención a la Palabra de Dios, a las Sagradas Escrituras.

En ellas encontraremos luz suficiente para actuar siempre en la línea de la fe cristiana. La Palabra de Dios orienta nuestro proceder. Y no solamente debemos acudir a ella para encontrar la luz que nos oriente, sino que debemos proclamarla con decisión, con claridad y ejemplaridad.
 
Por ello debemos frecuentar la lectura, meditación, reflexión sobre la Palabra de Dios, pues esto es fundamental, imprescindible, tanto personalmente como en el servicio de la evangelización.  Si no conocemos la Palabra de Dios, no sabremos hablar de Dios. 
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado la parábola de la viuda pobre que reclama justicia a un juez que no le temía a Dios ni respetaba a los hombres.
 
Este juez injusto decidió un día hacer justicia pero sus motivos no eran rectos, lo hacía por la insistencia de la viuda y para que ya no lo siguiera molestando.
 
Desde entonces, no ha cambiado mucho la situación que se vive en nuestros días.  Hoy las tinieblas intentan vencer a la luz, hay una lucha permanente por parte de las tinieblas para querer vencer a la luz.
 
La imagen de la viuda débil e impotente es el reflejo de nuestra situación actual donde vivimos acosados por la injusticia, donde nuestros gritos buscando soluciones se ahogan en la sangre de los inocentes, en la corrupción de las instituciones y en el miedo de muchos ciudadanos.  Corremos el peligro hoy de encerrarnos en nosotros mismos y pensar que mientras no nos toque a nosotros la desgracia hay que dejar que todo siga como está.
 
En nuestra sociedad se hace palpable la injusticia, injusticia que golpea sobre todo a los marginados e inocentes.  El grito de la viuda es el mismo grito que no cesa día y noche, es la oración de los oprimidos para que cambie este  sistema injusto y esta guerra sin sentido. Es el grito desesperado del pequeño y débil que se siente impotente y sin confianza en sí mismo y que no tiene más remedio que acudir a Dios para resolver sus conflictos.
 
Es urgente restablecer un ambiente social de justicia, en el que las instituciones cumplan con su deber, en el que las leyes justas se apliquen sin miramientos ni concesiones, en el que el imperio de la ley este al servicio del bien de la persona y de la sociedad.
 
Los cristianos debemos ser conscientes de que Dios está a nuestro lado y que Él nos impulsa a trabajar por la justicia y la fraternidad, por eso es muy importante no desfallecer en la oración, insistir en la oración, pidiéndole a Dios fuerzas para que su Reino se implante en este mundo.  Sólo la oración nos dará esperanza en un mundo mejor.  Pero no olvidemos que la oración nos tiene que llevar a la acción, al esfuerzo por mejora la justicia en este mundo.
 
¿Somos cristianos que nos mantenemos en oración y que buscamos la justicia sin miedo a las dificultades?  Jesús nos prometió: “Yo os digo que os haré justicia sin tardar”
 
El papa Francisco nos ha invitado a celebrar un Mes Misionero Extraordinario. El Santo Padre quiere que despertemos en nosotros la conciencia de la misión ad gentes y retomemos con nuevo impulso la responsabilidad de la Iglesia entera en proclamar el Evangelio a todos. La urgencia de este anuncio nos exige una auténtica "conversión misionera", para cumplir el mandato pascual de Jesús: "Id al mundo entero y proclamad el Evangelio" (Mc 16,15).
 
El lema "Bautizados y enviados" nos habla de que todos hemos sido llamados a caminar por el mundo llevando en el corazón, en los labios y en la vida el más precioso regalo: la Buena Noticia de Jesús.
 
Todos los bautizados –y, entre ellos, por supuesto, los jóvenes– hemos de llenar de ardor y pasión misionera nuestra vida. Nuestro espejo son los misioneros, que se entregan a los más pobres para que todos los rincones del mundo donde hay oscuridad se llenen de la luz y el gozo que proyecta la presencia del Resucitado.