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lunes, 1 de diciembre de 2025

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)



La liturgia de este segundo domingo de Adviento nos invita a convertirnos a la esperanza.  Tenemos que dejar atrás todos esos valores perecederos y egoístas, a los que a veces damos demasiada importancia, y realizar un cambio de mentalidad, de forma que los valores fundamentales que dirijan nuestra vida sean los valores del Reino de Dios.

El profeta Isaías (1ª lectura) ha empleado una imagen muy expresiva: de un tronco viejo que parecía seco –el tronco de Israel- brotará un renuevo, una rama nueva, llena de vida.  Esa rama nueva es el Mesías, el enviado de Dios que viene a nuestra historia para defender a los pobres, para hacer que reine la paz y la justicia entre todos.

Dios se ha hecho hombre para instaurar un mundo diferente.  Un mundo nuevo, un mundo distinto, en el que no sólo ya no habrá división, ni violencia, ni dolor entre los hombres, sino que incluso la naturaleza, los animales, el universo entero, vivirá en paz, y todo lo que tiene vida -hombres y animales- podrán compartir la misma armonía.

Este mundo nuevo, este mundo distinto que Dios desea, será un mundo en el que desaparecerá todo lo que rompe la paz de los hombres. Un mundo en el que no habrá lucha entre los hombres porque los hombres no estarán divididos entre ricos y pobres, entre dominadores y dominados, entre gente que puede hacer daño y gente maltratada. Y todavía más: un mundo del que habrá desaparecido del corazón de cada hombre, del corazón de todos los hombres, esa tendencia que todos tenemos de no pensar en los demás, de preocuparnos por quedar bien a costa de lo que sea, de hacer daño a los demás si eso nos conviene.

Este mundo que Dios quiere, nos puede resultar como un sueño extraño y difícil de llevarse a cabo.  Pero este sueño, este deseo de Dios es precisamente lo que la celebración de Adviento nos invita a creer y a esperar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se aferran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.

Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás. 

Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.

El Evangelio de san Mateo nos presenta a Juan el Bautista invitándonos a la conversión.  La conversión, cambiar de vida, no es una tarea sencilla, ya que convertirse es cambiar de dirección, orientarse hacia Dios, lo cual supone que tenemos que acoger a Dios en nuestro corazón.  Y, ¿cómo podemos acoger a Dios si nuestro corazón está lleno de egoísmo, de orgullo, de preocupación por los bienes materiales?

Es necesario un cambio de mentalidad, de valores, de comportamientos, de actitudes, de palabras; es necesario despojarnos de todo lo que roba espacio al “Señor que viene”.

El Señor está llamando a la puerta de nuestro corazón y nos está tocando ya con su mano, invitándonos a caminar juntos, a mirar juntos hacia el mismo horizonte.

La conversión consiste en salir de nuestro aislamiento, dejar esa soledad egoísta en la que a menudo nos escondemos para que no nos moleste nadie y abrir nuestro corazón a Dios que llega a nuestra vida.

Hay un gran problema muy presente en muchos cristianos y es que no nos tomamos en serio a Dios cuando nos dice que nos quiere salvar, cuando nos dice que quiere compartir su vida con nosotros.  ¡Si fuésemos capaces de creerle!  ¡Si fuésemos capaces de comprender lo que significa vivir con Dios!  Ya no estar nunca solos, vivir en su presencia, dejar nuestro cansancio en sus manos y calmar nuestra sed de ternura en la fuente de su corazón. 

¡Si realmente empezásemos a mirar a las personas y al mundo como las mira Dios!  Quizás entonces empezaríamos a comprender que el amor y la bondad lo inundan todo, quizás entonces sentiríamos renacer en nosotros la alegría y la esperanza y nuestros ojos se iluminarían con el descubrimiento de que a pesar de todo, en este mundo nuestro, ha empezado a brillar ya la aurora de la salvación.

Hoy debemos hacer caso a Juan el Bautista que nos llama a la conversión, y empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza.  Hemos de convertirnos del pecado que anida en nuestro corazón, de nuestro egoísmo y soberbia, de la agresividad y violencia, de la mentira, del desamor, de sentirnos superiores a los demás.  Sin olvidarnos de los pecados de omisión: ¡Cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o flojedad!

Pidamos al Señor que sepamos dar verdaderos frutos de conversión con palabras y con hechos.

lunes, 4 de diciembre de 2023

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Allanar el camino es la invitación que nos hace la liturgia este segundo domingo de Adviento, para dejar de lado nuestras perspectivas en la vida y aceptar las de Dios, al mismo tiempo que aceptamos la compañía que Dios nos ofrece.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos hacía una llamada a la conversión; una llamada a preparar el camino al Señor y a quitar los obstáculos que dificultan o retrasan la venida del Señor.

Para ello se nos pide que abandonemos nuestros hábitos de comodidad, de egoísmo y de autosuficiencia y que aceptemos los retos que Dios nos presenta.

La primera lectura contiene un mensaje de consolación para todas aquellas personas que viven amargadas o desilusionadas.  Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre.  Dios viene a nuestro encuentro y nos ofrece llevarnos con amor y solicitud al encuentro de la verdadera vida y de la verdadera libertad.

El Señor trae paz y justicia, pero espera nuestra colaboración.  Nuestra tarea es preparar el camino a nuestro Dios, y para ello hemos de rebajar el monte de nuestro orgullo.  El gran pecado del hombre actual es prescindir de Dios y creerse él mismo el todopoderoso. El Adviento es el tiempo favorable para que limpiemos los caminos de nuestra vida, de forma que Dios pueda nacer en nosotros y, a través de nosotros, liberar al mundo.

La 2ª lectura, de la carta de San Pedro,  nos invitaba a la vigilancia.  San Pedro responde a los incrédulos que se burlan de la venida del Señor, tantas veces anunciada y que no acaba de llegar. No debemos olvidar que Dios es eterno y que su grandeza trasciende todas las medidas humanas, que para Él un día es como mil años, y mil años como un solo día; esto es, que Dios no tiene prisa, Él, puede hacerlo todo en un instante. Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete. Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse.

Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable. Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a Juan el Bautista.  Llama la atención su forma de vestir, su manera de alimentarse y sobre todo su forma de ser.  Invitaba a todo aquel que acudía a él a la conversión.

Juan usaba un vestido de pelo de camello.  ¿Cómo vestimos nosotros?  ¿Con la piel de la oración o con el vestido de la frialdad hacia Dios?  ¿Con qué nos alimentamos?  ¿Con la Palabra y la Eucaristía o, por el contrario, con todo aquello que es agradable a nuestros ojos, a la boca, al placer?

¿En qué dirección estamos caminando?  ¿Hacia la Navidad, preparándonos para recibir a nuestro Salvador o hacia la vanidad de disfrutar, gastar y derrochar en este tiempo de Navidad?

Juan el Bautista nos sitúa ante un dilema.  ¿Qué camino estamos construyendo para la llegada de Jesús?  ¿Estamos realmente preocupados por quitar de nuestra vida todo aquello que nos impide recibir y acoger a Cristo: envidias, orgullo, soberbia, malos modos, egoísmo, etc., todo estas cosas que hacen que nuestra fe sea algo irrelevante o simbólico?

En estos días se adornan las calles, las plazas, los centros comerciales e incluso nuestras casas con adornos navideños.  ¿Cómo vamos a adornar nuestra vida?  ¿Hasta dónde estamos dispuestos a iluminar el interior de cada uno de nosotros para que el Señor, cuando nazca pueda entrar en nuestra vida y nacer de verdad?

Ojala que en estos días que nos estamos preparando para la Navidad no nos dejemos seducir por todo aquello que ha hecho de la Navidad una fiesta comercial.  Desde ahora, hemos de comprometernos en hacer una profunda revisión de nuestra vida cristiana y enderezar todo lo que está torcido, iluminar lo que está oscuro, dejar atrás los caminos equivocados por los que hemos ido en la vida, agarrarnos al poder y fuerza de la oración para pedirle al Señor que nos ayude a convertirnos a Él, para optar por el amor y la paz que nos trae y nos da el Evangelio.

Es tiempo, antes de que celebremos la Navidad, de ver si nos hemos equivocado de camino para regresar al camino del Señor, no vaya a ser que Dios vaya por un camino y nosotros en dirección contraria.

lunes, 29 de noviembre de 2021

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Estamos en el segundo domingo de Adviento, tiempo que la Iglesia lo dedica a prepararnos a encontrarnos con Dios en nuestra vida.  La liturgia de este domingo es una llamada a la conversión, es decir, a que eliminemos todos los obstáculos que impiden la llegada del Señor a nuestro mundo y especialmente al corazón de los hombres.

La 1ª lectura del libro de Baruc nos ha descrito la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el profeta invita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad conducidos por Dios.

Hoy también hay mucha gente exiliada de la Iglesia, son todos aquellos que se han alejado de Dios.  El Adviento es un tiempo especial para que todas esas personas que viven bajo la esclavitud del pecado, alejados de Dios, vuelvan a recobrar la libertad, vuelvan a su tierra que es la Iglesia, y así recobren de nuevo la libertad de los hijos de Dios.

Hay que romper todas esas cadenas que nos atan al pecado, al vivir alejados de Dios y recorrer ese camino de regreso a Dios, a la Iglesia, un camino que está lleno de la bondad y de la ternura de Dios, por ello Dios va a allanar el camino para que podamos regresar  a la alegría y a la libertad de los hijos de Dios.  Por ello, examinémonos para ver cuáles son las esclavitudes que todavía nos tienen aprisionados y que nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida y rompamos con esas ataduras.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos habla de la alegría y de la esperanza que San Pablo tiene en la comunidad cristiana de los Filipenses.

Los cristianos formamos una gran comunidad que es la Iglesia, somos miembros de una gran familia extendida por todo el mundo.  Esto es una gran verdad.  Pero también es verdad que no todos viven con alegría su pertenencia a esa comunidad que es la Iglesia, ni todos se sienten gozosos de ser miembros de esa gran familia de Dios.

A veces en nuestras comunidades cristianas hay divisiones, hay murmuraciones, hay luchas de poder, deseos de manipular por intereses egoístas; hay personas que no aceptan a otras personas, que no se hablan.  ¿Cómo podremos hacer que el Señor venga a nuestra comunidad si estamos divididos y distanciados?

Hemos de superar todas esas barreras, todas esas divisiones, para que todos los alejados sientan la necesidad y la alegría de pertenecer a esta comunidad de Hijos de Dios y así, todos podamos acoger con alegría la venida del Hijo de Dios.

El Evangelio de san Lucas nos presenta la figura de Juan el Bautista, el precursor de Jesús.  El profeta que anuncia la venida del Mesías y que nos invita a la conversión del corazón para poder recibir y reconocer a Cristo.

“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor”.  Y esta voz sigue resonando en el desierto de nuestro corazón, en el desierto de nuestras relaciones rotas,  en el desierto de nuestra convivencia desgastada, en el corazón de nuestros rencores y miserias.   La voz de Dios que se manifiesta a través de nuestra conciencia sigue ahí, llamándonos a una vida nueva, invitándonos a dejar las actitudes que  matan y destruyen.   

Todos deseamos  realizarnos en esta vida.  Todos buscamos la felicidad o al menos la posibilidad de vivir con alegría y paz.   En el mundo encontramos muchas ofertas,  sólo Dios nos ofrece una oferta que es capaz de llenar todos nuestros deseos de felicidad.   Sólo Dios nos ofrece vivir la vida como relación que día a día se hace en la alegría del encuentro entre dos que se aman.   Esa relación y ese encuentro implican necesariamente cambiar de vida,  cambiar nuestras actitudes.   Un cambio que comienza por volvernos a Dios.  Volver toda nuestra mente y nuestro cuerpo hacia Él.  Recuperar la conciencia de que somos sus hijos.   Gozar de la confianza que da el sabernos amados por Él.  

Hay que escuchar la voz de Dios para dejarnos corregir por Él cuando nos desviamos del camino.

Convertirnos a Dios significa esto, comenzar a considerar a Dios como alguien importante en nuestras vidas,  no como al juez que nos condena en cuanto caemos en el pecado, sino como el Padre cariñoso que nos invita a levantarnos una y otra vez, y nos impulsa a colaborar con Él para que este mundo sea cada día un poco más humano, más fraterno, más solidario.  

Y si Dios es alguien importante eso significa que tenemos que dedicarle tiempo para escuchar su palabra, tiempo para encontrarnos con Él en la oración y en la eucaristía,   tiempo para reflexionar sobre nuestras actitudes y en qué estamos fundamentando nuestra vida. E intentar allanar la montaña de nuestro egoísmo y levantar el valle tenebroso de nuestra tristeza:   Dios está viniendo ahora y siempre a cada uno de nosotros, detrás de cada palabra, detrás de cada acontecimiento, esperando siempre el momento para que le abramos nuestro corazón y unirse a nosotros en un abrazo de amor que no termine nunca.

Reavivemos en nosotros en este tiempo de Adviento, el deseo de encontrarnos con el Señor, el deseo de cambiar aquellas actitudes nuestras que le impiden darnos su alegría y su paz.  

lunes, 30 de noviembre de 2020

 

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

Hoy celebramos el segundo domingo de Adviento.  Las lecturas que hemos escuchado hoy nos ayudan a descubrir los obstáculos con los que vamos tropezando en nuestra vida diaria, en nuestro caminar hacia Dios, y, a la vez nos ofrecen esperanza para convertir nuestro corazón a Dios y vivir en justicia y paz.

La 1ª lectura, el profeta Isaías nos habla del don de la Consolación de Dios hacia su pueblo.  Dios, a pesar de los pecados del pueblo, permanece fiel. 

Dios no nos ha abandonado ni nos ha olvidado.  Hoy podemos sentirnos hundidos y fracasados porque la violencia y el terrorismo llenan de sangre y sufrimiento la vida de tantas personas o porque los pobres y lo débiles son olvidados y no son tenidos en cuenta, o porque la sociedad global se construye con egoísmo, con indiferencia.  Sin embargo Dios es fiel a los compromisos con nosotros sus hijos, Dios no está al margen de lo que nos ocurre. 

En nuestros días quedan muchas barreras por derribar y muchos obstáculos por superar para que el pueblo de Dios pueda vivir tranquilamente en su casa, en medio de un mundo pacífico, unido y fraterno. Un mundo en el que los más pequeños sean los más queridos, y las relaciones humanas pasen por el corazón más que por las armas. Muchas veces, la tarea parece imposible, pero no es imposible, porque sabemos que Dios viene a consolarnos.

Dios nunca nos ha abandonado, somos nosotros los que nos alejamos del calor y del cariño de Dios, por eso la primera lectura de hoy nos invita a volver a casa, porque Dios quiere caminar con nosotros, para ello enderecemos todo lo torcido que haya en nuestra vida, igualemos todo lo que nos hace crear diferencias entre los seres humanos, todos somos iguales, y entonces, Dios mismo acompañará nuestro regreso a casa.

San Pedro, en la 2ª lectura, responde a los incrédulos que no creen en la segunda venida del Señor.

Si Dios tarda, no es porque le cueste mucho cumplir lo que promete. Es porque tiene misericordia y da tiempo a los que necesitan tiempo para convertirse.

Dios es grande y su misericordia infinita, su amor a los hombres inagotable. Lo que a nosotros nos parece tardanza no es otra cosa que paciencia y misericordia con los pecadores, pues “Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva”.

Sin embargo, los hombres no debemos abusar de tanta misericordia y perder el tiempo que Dios nos da para convertirnos. Pues lo cierto es que el día del Señor llegará cuando menos se piense, repentinamente, como llega un ladrón sin dar aviso. Hay que vigilar en todo momento.

El evangelio de San Marcos nos pone la figura de Juan el Bautista.  Desde la austeridad, la justicia y la honradez, Juan se dirige a sus contemporáneos y les anuncia que la llegada de Dios está muy cercana.

Para ello, nos invita a preparar el camino para el Señor.  Esto significa optar por un modo nuevo de vivir como personas, como el Señor quiere, y para ello hay que convertirse. 

La conversión no es invitación para dejar nuestra vida y tomar la de otros.  La conversión que Dios quiere es que seamos sus hijos, que vivamos como hermanos entre nosotros. Dios nos ha dado la posibilidad de disfrutar de lo bueno y lo bello, de que hagamos el bien, nos ha hecho capaces de amar y nos ha dado el dominio del mundo, pero ¿estará Él conforme de cómo lo hacemos, de cómo lo llevamos entre nuestras manos?

Por eso grabemos hoy con claridad en nuestra mente lo que significa conversión.  La llamada a la conversión es una llamada que viene del Dios que nos ama, que quiere nuestro bien. La conversión consiste ante todo en que echemos una mirada a nuestro interior para descubrir cuales son de verdad nuestros deseos, nuestra voluntad y purificarlos ante el criterio del amor. Lo que Dios quiere y desea de cada uno de nosotros es que amemos.

Hemos de convertirnos de nuestro egoísmo y nuestra superioridad, de la agresividad y violencia, de la mentira y del desamor, del pecado que se aloja en nuestro corazón, para empezar a ser generosos, humildes y pacíficos, acogedores y serviciales, sinceros y testigos de esperanza. Sin olvidar los pecados de omisión: ¡cuánto bien dejamos de hacer y cuánto testimonio dejamos de dar por cobardía, comodidad o descuido!

La figura de Juan el Bautista nos recuerda en este tiempo de Adviento, que todo creyente, si lo es de verdad, estamos llamados a acercarnos a Jesús, a reflexionar ante Él en nuestra propia vida. A tratar de vivir el camino verdadero que nos lleve a ser lo que Dios espera de cada uno y a dar testimonio, ser luz y testigos de Jesús, de su palabra, de sus valores ante nuestros hermanos.

Así nos iremos convirtiendo y prepararemos el camino del Señor como nos pide el Bautista, para que esta Navidad, el Señor pueda entrar en nuestra vida, en nuestras familias, en nuestra historia y en nuestro mundo.

martes, 3 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A) Y PARA LA INMACULADA CONCEPCIÓN
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 

Las Lecturas de este Segundo Domingo de Adviento nos invitan a vivir el reinado de paz y de justicia que viene a instaurar Jesucristo, el Mesías prometido.
 
Cristo es el Príncipe de la Paz, Él ya ha venido y nos ha dejado su paz, pero seguimos viviendo tiempos de violencia y terror, de inseguridad y de angustia. Por eso es preciso recordar que la paz, además de ser un don de Dios es tarea de todos, a cada uno nos toca construirla.
 
La 1ª Lectura del Profeta Isaías nos describe al Mesías y también describe ese ambiente de justicia y de paz que Él vendrá a traernos.
 
Y el Profeta lo hace con un relato simbólico en que nos presenta a animales      -que por instinto son enemigos entre sí- viviendo en convivencia pacífica: el lobo con el cordero, el leopardo con el cabrito, el novillo con el león... y hasta un niño con la serpiente.
 
Con esta descripción hecha por Isaías, en la cual nos presenta una situación aparentemente imposible, Dios quiere exigir a los seres humanos a que vivamos en paz. Nos está invitando el Señor a que, a pesar de nuestra naturaleza de pecado, por la que a veces también tendemos a ser opuestos y rivales unos de los otros -como los animales que presenta el Profeta- intentemos vivir en paz y en justicia. Y podremos convivir en paz y en justicia, si recibimos al Mesías, si aceptamos su Palabra, si vivimos de acuerdo a ella.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos invita a formar una comunidad cristiana donde reine el amor, el compartir con los demás, la armonía, la acogida.  Sin embargo, muchas veces, nuestras comunidades cristianas están divididas, se critican los unos a los otros por la espalda, hay agresividad, se discriminan a ciertas personas; algunos se agarran al poder y hacen todo lo que sea para dominar a los demás.
 
Por eso, San Pablo nos propone hoy algo que, mientras se hace realidad ese mundo ideal que Dios quiere, nosotros podemos hacer: hay que acogernos unos a otros como Cristo nos acoge.  Sin tener en cuenta los gustos, las simpatías o antipatías de los demás.  
 
Hay que “tener los mismos sentimientos” de Cristo hacia los demás, a pesar de las diferencias que puedan existir.  Tenemos que llegar a ser una sola voz, contribuir a crear una sola comunidad donde todos los creyentes tengamos “una sola alma con un solo corazón”.  Esto es lo que nos pide Dios para que vayamos construyendo el Reino de Dios en este mundo.
 
El Evangelio de san Mateo nos prestaba hoy a Juan Bautista diciendo: “Convertíos, porque está cerca el reino de los cielos… “Preparad el camino del Señor, allanad sus senderos”.
 
Se nos pide que ya cercanos a la Navidad, para poder celebrar bien la venida de Cristo a nuestra existencia, nos convirtamos a Él, que reorientemos nuestra vida. Que tomemos en serio la vida cristiana. Nuestra vida, se ha convertido en un estar siempre haciendo cosas, en estar siempre ocupados, y vemos que eso no nos llena, no nos hace felices.
 
Por eso hay que buscar a Dios en la soledad y el silencio, para que nuestra vida tenga sentido.  Hay que encontrarse con Dios a través de la soledad y el silencio, no para huir del mundo, ni evadirse, sino para darnos cuenta que Dios nos habla, lo hace para construir un mundo mejor, más justo, más solidario.
 
Juan el Bautista nos invita a la conversión, o sea, que cambiemos nuestra forma de pensar y valorar, que nuestra vida cambie de rumbo. Hoy se puede afirmar que hay miedo en las calles, sobre todo a determinadas horas y por ciertos sectores de cualquier ciudad. Es verdad también que la sangre salta con demasiada frecuencia, y con excesiva cercanía, a las páginas de los periódicos. También podemos decir, sin exageraciones, que la degradación moral está destruyendo los cimientos de nuestro viejo mundo, que se rompe la familia, sin que haya formas adecuadas para recomponerla una vez rota. Se busca con demasiada frecuencia el placer y el confort por encima de todo y a costa de lo que sea. Sí, sin ponernos trágicos, hay que reconocer que cada día ocurren cosas de las que hemos de lamentarnos, o que hemos de temer.
 
Ante todo esto podemos pensar que el hombre de hoy anhela con ansiedad la salvación, ese nuevo Mesías que nos redima otra vez, sin considerar que ya estamos redimidos y que lo que hay que hacer es cooperar con Dios para hacer realidad sus planes de redención. Por ello las palabras del Bautista tienen plena vigencia. Sí, también nosotros tenemos que convertirnos, hacer penitencia y preparar nuestro espíritu para la llegada del Señor. Convertirnos y hacer penitencia. Volver a Dios, que eso es convertirse a Él. Dejar nuestra situación de pecado, o de tibieza.
 
Tenemos que convertirnos a cambiar nuestros pensamientos, a cambiar el estar pensando siempre en nosotros mismos, en nuestros negocios, en nuestros intereses, y orientar nuestra vida hacia Dios.
 
La conversión es cambiar nuestra vida a Dios, es volver nuestra mirada a Dios, es hacer presente a Dios en nuestra vida en todo momento.  Dios no es para un momento, Dios no es para un día a la semana.  Dios es para todos los momentos de nuestra vida.
 
INMACULADA CONCEPCIÓN

La fiesta que estamos celebrando hoy es para que todos nos llenemos de alegría y esperanza.  No sólo es la fiesta de una mujer, María de Nazaret, concebida por sus padres ya sin mancha alguna de pecado porque iba a ser la Madre del Mesías. 

Hoy es la fiesta también de todos los que nos sentimos de alguna manera representados por ella. 

La Virgen, es el inicio de la Iglesia.  Ya desde la primera página de la historia humana, como escuchamos en la primera lectura, cuando los hombres cometieron el primer pecado, Dios tomó la iniciativa y anunció la llegada del Salvador que llevaría a término la victoria sobre el mal.  Y junto a Él ya desde el libro del Génesis aparece "la Mujer", su Madre, asociada de algún modo a esta victoria. 
 
Hoy celebramos con gozo que María fue la primera salvada, la que participó de modo privilegiado de ese nuevo orden de cosas que su Hijo vino a traer a este mundo.  En la primera oración de la misa decíamos: "Preparaste una digna morada a tu Hijo" y en previsión de su muerte, "preservaste a María de toda mancha de pecado". 
 
Pero si estamos celebrando el "Sí" que Dios ha dado a la raza humana en la persona de María, también nos gozamos hoy de cómo Ella, María de Nazaret, cuando le llegó la llamada de Dios, le respondió con un "Sí" decidido.  El "sí" de María, podemos decir que es el "Sí"  de tanto y tantos millones de personas que a lo largo de los siglos han tenido fe en Dios, personas que tal vez no veían claro, que pasaban por dificultades, pero se fiaron de Dios y dijeron como María: "Cúmplase en mí lo que me has dicho". 
 
María, la mujer creyente, la mejor discípula de Jesús, la primera cristiana.  Ella no era una persona importante de su tiempo.  Era una mujer sencilla de pueblo, una muchacha pobre, novia y luego esposa de un humilde trabajador.  Pero Dios se complace en los humildes, y la eligió a Ella como Madre del Mesías.  Y Ella desde su sencillez, supo decir "Sí" a Dios.
 
Pero a la vez, se puede decir que esta fiesta es también nuestra.  
   
La Virgen María, en el momento de su elección y de su "Sí" a Dios, fue "imagen y comienzo de la Iglesia".   Cuando Ella aceptó el anuncio del ángel, de parte de Dios, se puede decir que empezó la Iglesia: la humanidad empezó a decir sí a la salvación que Dios ofrecía con la llegada del Mesías. 
 
En María quedó bendecida toda la humanidad: la podemos mirar como modelo de fe y motivo de esperanza y alegría. 
 
Tenemos en María una buena maestra para este Adviento y para la Navidad.  Nosotros queremos prepararnos a acoger bien en nuestras vidas la venida del Salvador.  Ella, María, la Madre, fue la que mejor vivió en sí misma el Adviento y la Navidad y la manifestación de Jesús como el Salvador. 
 
Que nuestras Eucaristía de hoy, sea una entrañable acción de gracia a Dios, porque ha tomado la iniciativa para salvarnos y porque ya lo ha empezado a realizar en la Virgen María.

miércoles, 5 de diciembre de 2018

II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Adviento, tiempo que la Iglesia lo dedica a prepararnos a encontrarnos con Dios en nuestra vida.  La liturgia de este domingo es una llamada a la conversión, es decir, a que eliminemos todos los obstáculos que impiden la llegada del Señor a nuestro mundo y especialmente al corazón de los hombres.
 
La 1ª lectura del libro de Baruc nos ha descrito la ciudad de Jerusalén vacía y triste porque sus habitantes no están allí, sino en el exilio.  Pero el profeta invita a Jerusalén a alegrarse porque sus hijos desterrados volverán a la ciudad conducidos por Dios.
 
Hoy también hay mucha gente exiliada de la Iglesia, son todos aquellos que se han alejado de Dios.  El Adviento es un tiempo especial para que todas esas personas que viven bajo la esclavitud del pecado, alejados de Dios, vuelvan a recobrar la libertad, vuelvan a su tierra que es la Iglesia, y así recobren de nuevo la libertad de los hijos de Dios.
 
Hay que romper todas esas cadenas que nos atan al pecado, al vivir alejados de Dios y recorrer ese camino de regreso a Dios, a la Iglesia, un camino que está lleno de la bondad y de la ternura de Dios, por ello Dios va a allanar el camino para que podamos regresar  a la alegría y a la libertad de los hijos de Dios.  Por ello, examinémonos para ver cuáles son las esclavitudes que todavía nos tienen aprisionados y que nos impiden acoger al Señor que viene a nuestra vida y rompamos con esas ataduras.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos habla de la alegría y de la esperanza que San Pablo tiene en la comunidad cristiana de los Filipenses.
 
Los cristianos formamos una gran comunidad que es la Iglesia, somos miembros de una gran familia extendida por todo el mundo.  Esto es una gran verdad.  Pero también es verdad que no todos viven con alegría su pertenencia a esa comunidad que es la Iglesia, ni todos se sienten gozosos de ser miembros de esa gran familia de Dios.
 
A veces en nuestras comunidades cristianas hay divisiones, hay murmuraciones, hay luchas de poder, deseos de manipular por intereses egoístas; hay personas que no aceptan a otras personas, que no se hablan.  ¿Cómo podremos hacer que el Señor venga a nuestra comunidad si estamos divididos y distanciados?
 
Hemos de superar todas esas barreras, todas esas divisiones, para que todos los alejados sientan la necesidad y la alegría de pertenecer a esta comunidad de Hijos de Dios y así, todos podamos acoger con alegría la venida del Hijo de Dios.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta la figura de Juan el Bautista, el precursor de Jesús.  El profeta que anuncia la venida del Mesías y que nos invita a la conversión del corazón para poder recibir y reconocer a Cristo.
 
“Una voz grita en el desierto: Preparad el camino del Señor”.  Y esta voz sigue resonando en el desierto de nuestro corazón, en el desierto de nuestras relaciones rotas,  en el desierto de nuestra convivencia desgastada, en el corazón de nuestros rencores y miserias.   La voz de Dios que se manifiesta a través de nuestra conciencia sigue ahí, llamándonos a una vida nueva, invitándonos a dejar las actitudes que  matan y destruyen.   
 
Todos deseamos  realizarnos en esta vida.  Todos buscamos la felicidad o al menos la posibilidad de vivir con alegría y paz.   En el mundo encontramos muchas ofertas,  sólo Dios nos ofrece una oferta que es capaz de llenar todos nuestros deseos de felicidad.   Sólo Dios nos ofrece vivir la vida como relación que día a día se hace en la alegría del encuentro entre dos que se aman.   Esa relación y ese encuentro implican necesariamente cambiar de vida,  cambiar nuestras actitudes.   Un cambio que comienza por volvernos a Dios.  Volver toda nuestra mente y nuestro cuerpo hacia Él.  Recuperar la conciencia de que somos sus hijos.   Gozar de la confianza que da el sabernos amados por Él.  
 
Hay que escuchar la voz de Dios para dejarnos corregir por Él cuando nos desviamos del camino.
 
Convertirnos a Dios significa esto, comenzar a considerar a Dios como alguien importante en nuestras vidas,  no como al juez que nos condena en cuanto caemos en el pecado, sino como el Padre cariñoso que nos invita a levantarnos una y otra vez, y nos impulsa a colaborar con Él para que este mundo sea cada día un poco más humano, más fraterno, más solidario.  
 
Y si Dios es alguien importante eso significa que tenemos que dedicarle tiempo para escuchar su palabra, tiempo para encontrarnos con Él en la oración y en la eucaristía,   tiempo para reflexionar sobre nuestras actitudes y en qué estamos fundamentando nuestra vida. E intentar allanar la montaña de nuestro egoísmo y levantar el valle tenebroso de nuestra tristeza:   Dios está viniendo ahora y siempre a cada uno de nosotros, detrás de cada palabra, detrás de cada acontecimiento, esperando siempre el momento para que le abramos nuestro corazón y unirse a nosotros en un abrazo de amor que no termine nunca.  
 
Reavivemos en nosotros en este tiempo de Adviento, el deseo de encontrarnos con el Señor, el deseo de cambiar aquellas actitudes nuestras que le impiden darnos su alegría y su paz.