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lunes, 17 de noviembre de 2025

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO C)


Con este domingo cerramos el año litúrgico.  Y hoy la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como Señor de nuestras vidas, pues eso significa esta fiesta de Cristo Rey.    

Durante todo un año hemos celebrado, conmemorado y recordado el misterio de nuestra salvación, hoy contemplamos la historia de aquel niño que nació olvidado de todos los poderes de este mundo, la historia de aquella vida entregada en servicio a los demás, entregada hasta la última gota de sangre en la cruz,  que rechazó todo poder y autoridad de este mundo, aquella vida cuyo único objetivo fue anunciar la verdad de un Padre Dios bueno y misericordioso.   Y contemplamos los atributos de la realeza de Cristo.  Su trono: la cruz.  Su corona: las espinas.  Su manto real: la sangre corriendo por su espalda. Y su sentencia: el perdón.

Jesús es Rey pero es un rey sin trono, sin fuerza física, sin soldados, sin espadas, sin vasallos… un rey colgado de un madero que es burlado y violentado, un rey que es despreciado hasta por quien padece el mismo sufrimiento.

Jesús es Rey y vino a traernos el Reino de Dios.  El Reino de Dios es un reinado donde los últimos del mundo son los primeros; donde los publicanos y pecadores son antes que los sabios y entendidos.

Sin embargo, que diferentes son los gobiernos y reinados de nuestro mundo. Muchas veces reina el terror, la miseria, la explotación, el deseo de vivir cada vez más cómodamente, reina la venganza, el negocio incorrecto, la violencia.  Cuando en nuestro mundo reine la confianza mutua, cuando todos vivan decentemente, cuando no haya analfabetos, cuando los negocios sean honrados, cuando vivamos en paz, entonces podremos decir que Dios reina en este mundo y en nuestros corazones.

Dios debe reinar no sólo sobre el mundo, sino sobre las personas para que podamos vivir como Hijos y no como esclavos y para eso tenemos que comprometernos con Jesús para construir su Reino aquí en la tierra.

Los reyes y gobernantes de este mundo buscan y gobiernan desde el poder y el poder lo usan para convertir a sus gobernados en simple objeto al servicio de sus caprichos. El poder no se puede usar para imponerse a los demás, para pasar por encima de la vida, la dignidad y los derechos de las personas. 

Jesús no utiliza ni el poder ni el dinero ni la fuerza para implantar su Reino: su única arma es el amor, un amor pleno, un amor total. El auténtico poder, el verdadero poder se debe usar para construir y no destruir.

El verdadero poder nunca es para destruir personas, sino para dar vida. Qué diferente a nuestras mafias y gobiernos que utilizan armas, amenazas y poderosas influencias para destruir, para aniquilar con tal de permanecer en sus cotos de poder.

Los gobernantes y reyes de este mundo, muchas veces usan el poder para vengarse de sus enemigos y llegan incluso a matar para imponerse a los demás y cuantas veces están al lado de los poderoso y no de los necesitados, buscando beneficios y más poder a costa del sufrimiento de la gente sencilla.  Sin embargo, Dios busca la felicidad de todos y en eso empeña su poder.

Aquellos que están cegados por el destello limitado y fugaz del poder mundano, desprecian a Cristo, amor encarnado, como hicieron las autoridades, los soldados y uno de los malhechores en el monte Calvario.

Por eso Jesús rey cambia todo el sentido de nuestra existencia: no vivimos ni para el poder, ni para las violencias, ni para las posesiones, vivimos para el amor.

Jesús desde la cruz, nos muestra que el verdadero poder es el amor.  Sólo el amor es capaz de crear todo cuanto existe.  Sólo el amor puede vencer al pecado, al mal y a la muerte. 

La propuesta de Jesús, Rey: servir. En aquella noche del jueves Santo, noche de amor y de entrega, como signo de servicio, lavó los pies a sus discípulos. 

La enseñanza que nos da Jesús hoy es que todo reinado, todo gobierno y toda autoridad deben ser para servir y no para servirse, para limpiar y no para enlodar, para sanar y no para dejar heridos a lo largo del camino.

Hagamos hoy posible declarar a Jesús Rey de nuestras vidas. Su ejemplo y el seguimiento de sus enseñanzas nos traen paz, felicidad, justicia y amor.

lunes, 18 de noviembre de 2024

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO B)


Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo terminamos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad, un nuevo año litúrgico. La fiesta de hoy es como un resumen del año, un resumen de todo lo que hemos celebrado y vivido los cristianos durante todo el año.

Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”  Efectivamente Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo. La realeza de Jesús es de otra forma, al tal grado que aunque es condenado y golpeado, sigue siendo el verdadero rey frente al poder de Pilato.

Pero, ¿Qué ha hecho el rey llamado Jesús, para ser condenado?  Jesús no ha hecho nada malo.  Pero, para nosotros los hombres, existe una persona todavía más intolerable que la que hace el mal, y esa persona es la que quiere enseñarnos a hacer el bien.   No terminamos de aceptar plenamente a una persona que quiere enseñarnos los defectos de lo que nosotros llamamos bien.

¿Cómo es la realeza de Jesús?  Al contrario de los gobernantes y reyes de la tierra, Jesús no ejerce su soberanía sobre ningún territorio concreto.  El reino de Dios no es de la tierra, sino de carne y espíritu: el reino de Dios es el corazón de los hombres que se dejan guiar por la fuerza viva del Espíritu de Dios; está en los hombres que como Jesús luchan porque en este mundo reine la verdad y la vida, la justicia, el amor y la paz.  Todo el mundo, es el territorio de Jesús el Rey.

La relación de Cristo Rey y sus gobernados nada tiene que ver tampoco con lo que sucede con los gobernantes de la tierra.  La relación de Cristo Rey con nosotros se establece por el amor: “Nadie tiene amor más grande por los amigos que aquel que da su vida por ellos…  Ya no os llamo siervos… a vosotros os llamo amigos”

Para ser amigo de Jesús hay que cumplir con sus exigencias: “Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”  Pero lo que nos manda Jesús es cumplir con el mandamiento del amor: “Que os améis los unos a los otros como yo os he amado”

Jesús le dice a Pilato: “Mi reino no es de este mundo”.  Algunas personas, erróneamente han pensado como si Jesús estuviera diciendo que a Él no le interesa el bienestar de los necesitados y solamente le preocupara lo espiritual. Pero Jesús mismo continúa con su aclaración: “Si mi Reino fuera de este mundo, mis servidores habrían luchado para que no cayera yo en manos de los judíos. Pero mi Reino no es de aquí”. Es decir, no actuará al estilo de este mundo que se rige por la fuerza y la violencia.

Jesús no ha venido a dominar ni a infundir terror, sino a servir a la verdad y a la justicia.  Jesús no se desentiende de lo que le pasa a este mundo o nos pase a nosotros.  Muy al contrario, Jesús se empeña apasionadamente por la justicia y quiso cambiar el mundo.

Jesús, se declara también testigo de la verdad.  Queremos que Cristo reine y libere a este mundo nuestro de tantos enemigos que se empeñan en destruir la verdad y la vida, la santidad y la gracia, la justicia, el amor y la paz. Queremos que todos los pueblos y naciones respeten la verdad, esa verdad de la que Cristo se declara rey y testigo.

Los cristianos debemos ser seguidores de Cristo, continuadores de su mensaje, por eso debemos defender la verdad por encima de todas las conveniencias y mentiras, de las apariencias y las medias verdades. No queremos una verdad chapucera y acomodaticia, hecha a la medida de nuestros intereses políticos y económicos; queremos la verdad de Cristo, la verdad que Cristo predicó en su evangelio, la verdad del amor y del servicio, de la vida, de la justicia y de la paz.

Quizás quienes nos decimos sus discípulos en este día mientras aclamamos y proclamamos: “Viva, Cristo Rey” tendremos que mirar a nuestro interior para ver si estamos buscando los valores del reino y vivimos en coherencia con lo que proclama y vive Jesús.

No podremos decirnos sus seguidores mientras exista en medio de nosotros las desigualdades, la mentira, la corrupción, el servilismo y la prepotencia. La miseria, el hambre, las desigualdades, las discriminaciones, contradicen el Reino de Jesús. El verdadero discípulo, al igual que Jesús, dejará enternecer su corazón, se unirá al que vive en el dolor y se comprometerá en serio en la construcción de un “reino mejor”. La oración, la mirada atenta a las necesidades y el servicio fraternal, serán las señales de un discípulo de este Rey que quiere construir su reinado de justicia y de paz. ¿Qué estamos haciendo? ¿A qué nos compromete nuestro seguimiento de Cristo Rey?

Hoy es un día especial para que renovemos nuestra adhesión al Señor, diciéndole que lo aceptamos como Rey y Señor de nuestras vidas, que queremos caminar un año más con Él, de su mano, con confianza de que Él nos protege, nos cuida y nos guía por el camino que conduce al Padre.

lunes, 20 de noviembre de 2023

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (CICLO A)


Con la fiesta de Jesucristo, Rey del Universo, concluye el año litúrgico, que no coincide con el año civil.  El año litúrgico empieza el primer domingo de Adviento, y tiene su culminación en la fiesta que estamos celebrando hoy.

La fiesta de Jesucristo, Rey del Universo es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año.

¿Cómo, dónde, cuándo tiene que reinar Jesucristo? Su reino no es de este mundo, por eso su forma de reinar es desde la humildad, desde la cruz… Su corona es de espinas, su cetro una caña rota, su manto un trapo de color púrpura, su trono la cruz. Reina en el corazón de cada hombre y cada mujer que se acerca a otro, descubre su necesidad y lo ayuda. Reina en aquél que descubre a Cristo en el necesitado. Cristo debe reinar en nuestro interior.

Cristo es Rey, pero Él no vino a dominar, sino a amar y a servir. Él no tiene soldados, ejércitos ni policías; tiene tan sólo la pobreza por defensa y el amor del Padre del cielo. Es el rey del amor.

La 1ª lectura del Profeta Ezequiel nos habla del momento en que “se encuentran dispersas las ovejas” y de cómo Jesús, el Buen Pastor atenderá a cada una y las apacentará.

Apacentarse a uno mismo, y no apacentar al pueblo, es provocar la corrupción política, económica…; apacentarse, y no apacentar, es buscar el lucro por encima del interés del pueblo, es dar puestos de trabajo al compañero del partido por encima de la valía de otras personas mucho mejor preparadas; apacentarse, y no apacentar, es engañar al pueblo sencillo prometiendo y no dando.

Apacentar es estar cerca del oprimido, del pobre, del que no puede devolvernos nada porque nada tiene. Apacentar es ayudar al marginado, al pobre que recorre nuestras calles para poder malvivir. Apacentar es salir en defensa del desvalido frente a los poderosos y prepotentes de la vida.

Jesús es el Buen Pastor, que sí sabe apacentarnos como nos dice el salmo Resposorial: “El Señor es mi pastor, nada me falta”.

El Evangelio de San Mateo es el famoso pasaje sobre el Juicio Universal o Juicio Final.

Nuestra suerte se decidirá a partir de nuestro comportamiento práctico ante el sufrimiento ajeno de los pobres, hambrientos, enfermos, encarcelados… Esa será la pregunta: ¿Qué has hecho tú ante ése hermano al que encontraste sufriendo en la vida?

Nosotros hemos querido resolver todo de una manera muy sencilla: dando dinero, aportando nuestra limosna y contribuyendo en las colectas.  Pero, las cosas no son tan sencillas.

El amor a los necesitados no puede quedar reducido a “dar dinero”, entre otras cosas porque no tiene sentido expresar nuestra solidaridad y compasión al necesitado con un dinero adquirido quizás de manera insolidaria y sin compasión de ninguna clase.

En la Biblia, la limosna se entiende como “justicia”.  “Dar limosna” equivale a “hacer justicia” en nombre de Dios a quienes no se la hacen los hombres.

Hoy como siempre se nos pide dar un vaso de agua a quien encontremos sediento. Pero se nos pide además, ir transformando nuestra sociedad al servicio de los más necesitados y desposeídos. Ante las injusticias concretas de nuestra sociedad, un cristiano no puede pretender una neutralidad, diciendo que no se quiere “meter en política”. De una manera o de otra, con nuestras actuaciones o con nuestra pasividad, todos “hacemos política”, los individuos y las instituciones.

Un creyente que escucha las palabras de Jesús, siga el partido que siga, sólo puede hacer una política: la que favorezca a los más necesitados y abandonados.

Nos decía hoy Jesús: “Venid vosotros, benditos de mi Padre; heredad el reino preparado para vosotros desde la creación del mundo”. Sólo tienen un lugar reservado en el Reino aquellos que han amado, aquellos que han vivido la caridad: “En verdad os digo que cada vez que lo hicisteis con uno de estos, mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis”.

Si queremos formar parte del Reino de Dios hemos de seguir el camino que Jesús nos propone.  Y, además, es tan enorme y grande el amor a los más necesitados que Jesús mismo se identifica con ellos, al decir: “conmigo lo hicieron”.

Basta con observar a nuestro entorno: nuestra familia, los vecinos, los compañeros de trabajo, aquellas personas con las que me cruzo a diario y descubrir a las personas necesitadas. Todos son hermanos nuestros. Y los más necesitados, son los predilectos de Jesús, son Jesús mismo.

lunes, 14 de noviembre de 2022

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO C)


Celebramos en este domingo la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.  Con esta fiesta de hoy, la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como el Señor de nuestras vidas.

La 1ª lectura del 2° Libro de Samuel nos habla del rey David.  Fue durante el reinado de David cuando los hebreos experimentaron de manera más efectiva a Dios en medio de su pueblo.  David era el rey pero los bienes que el pueblo recibió en aquellos años hacían sentir a todos que Dios estaba guiando, defendiendo y fortaleciendo a los suyos.

El rey David es el “rey-pastor”.  Habiendo sido él mismo pastor de ovejas en su juventud, David conoció que significa guiar al rebaño pero también qué quiere decir dar la vida por el rebaño o buscar los mejores pastos y las aguas más limpias. La enseñanza de esto es que hay dos maneras de gobernar: hay unos que gobiernan para sí mismos, preocupándose de su gloria, su fama, sus riquezas, su bienestar y nada más. Hay en cambio otros, como David, que tienen por norma gobernar cuidando de los que gobiernan. Y tal es el reinado de Cristo: nuestro rey de hecho ha dado su vida por nosotros.

La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es un himno que celebra la realeza y la soberanía de Cristo sobre toda la creación.  San Pablo le da gracias a Dios Padre que “nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”.  Esto quiere decir, que ya desde aquí y ahora nosotros participamos de la dignidad real de Cristo.

El Evangelio de san Lucas nos presenta a Cristo reinando desde la cruz.  Vemos que nuestro rey es un rey distinto a los reyes y gobernantes de este mundo.  Nuestro rey es un rey clavado en una cruz.

La fiesta de Cristo Rey es una llamada a servir y no a dominar. Es como un grito a los que ostentan el poder político, económico, intelectual y religioso, para que se preocupen de los demás, especialmente de los pobres y marginados. A trabajar por una sociedad más justa en la que todos estén incluidos.

El reino de Cristo no es como los reinados de este mundo, que con frecuencia se imponen a base del poderío económico, militar o político. Su reino es de servicio, de entrega generosa y desinteresada al bienestar de la humanidad. Reina dando la vida por nosotros desde la cruz.

El trono de Cristo rey: la cruz.  Su corona: las espinas.  Su manto real: la sangre corriendo por su espalda. Y su sentencia: el perdón.  Y nos preguntamos qué tiene que ver la realeza de Cristo con la realeza y el poder de este mundo: porque el poder de Cristo es servicio y no opresión, su riqueza está en desprenderse  y no en robar a los demás, su gobierno es ofrecimiento  y no imposición, su autoridad no le viene de nadie sino que surge del ejemplo y coherencia de su vida, su esplendor y gloria no le viene por el título de rey sino por su humildad y obediencia al Padre.

El Reino de Dios es la utopía de la justicia. Es una utopía porque es algo difícil de conseguir, pero es posible. La justicia no se entiende en la Biblia como el simple pronunciamiento de una sentencia imparcial entre dos personas que están en litigio. La justicia de Dios es el amparo real de los desvalidos, la protección de los débiles, la elevación de los pobres. Un mundo en el que reina la justicia es aquel en el que, desaparecido el egoísmo y la explotación, no hay opresores ni oprimidos; en el que todo se ajusta a la voluntad de Dios.

El Reino de Dios es la utopía de la paz. Las espadas se convertirán en rejas para el arado y del hierro de las lanzas se harán hoces y podaderas. El Reino de Dios viene a anunciar la gran reconciliación entre Dios y los hombres y entre unos hombres con otros.  

El Reino de Dios es la utopía de la vida. Ningún mal aflige tanto al hombre como la vejez, la enfermedad y la muerte. Cuando los profetas divisan los tiempos mesiánicos, ve en ellos la desaparición de las lágrimas, la prolongación de la vida, la aniquilación de la muerte. Se refiere principalmente a la vida eterna, pero incluyen también la vida temporal. Jesús quiere para todos la vida plena.

El Reino de Dios es la utopía del amor. El proyecto de una humanidad ideal sólo es posible si los hombres abandonan sus tendencias egoístas y se deciden a vivir amándose unos a otros. El amor al prójimo debe ser universal y abarcar a todos, sin discriminar a nadie; ha de ser desinteresado, sin buscar la recompensa, y tan generoso que no tenga más límites que las necesidades ajenas y las posibilidades propias.

¡Qué distintos son los que reinan según los criterios de este mundo! Hay quienes se imaginan reinar por su belleza física, por su musculatura, por sus títulos universitarios, por su habilidad en los negocios, por el cargo que tienen, por su facilidad de palabra para agredir e insultar, por su astucia en el manejo de las armas, por su habilidad en usar las leyes para su conveniencia, por sus influencias y por su amistad con personas importantes. Hay quienes se sienten reyes porque abusan del poder que tienen, sea económico, político, cultural, partidista e incluso religioso.

Pidamos hoy, al Señor, que Él reine en nuestros corazones, para que podamos vivir los valores del Evangelio, los valores del reino: justicia, paz, vida y amor.  ¡Que Dios reine en nuestra vida!

lunes, 15 de noviembre de 2021

 

JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO (CICLO B)

Con esta fiesta de Jesucristo Rey del Universo concluimos el presente Año Litúrgico, para comenzar el próximo domingo con el Adviento, en preparación para la Navidad.  La fiesta de hoy es como un resumen del año, un resumen de todo lo que hemos celebrado y vivido los cristianos durante todo el año.

La 1ª lectura del profeta Daniel, anuncia que Dios va a intervenir en el mundo, para eliminar la crueldad, la ambición, la violencia, la opresión que marcan la historia de los reinos humanos.

Muchos gobiernos de este mundo están basados en el poder y son generadores de explotación, de miseria, de violencia.  Esta forma de gobernar, será tarde o temprano destruida, ya que el reino del mal no será eterno porque Dios intervendrá en la historia para destruir las fuerzas de muerte que impiden al hombre alcanzar la libertad, la paz y una vida plena.  Dios espera y desea unos gobiernos y una forma de gobernar más humana, más cercana al pueblo.

La 2ª lectura del libro del Apocalipsis, nos presenta Jesús como el principio y el fin de todas las cosas. 

En este mundo, hay unas pocas personas que son importantes, que tienen infinidad de privilegios, sin embargo, la mayoría de las personas que formamos parte de un pueblo, de una nación somos considerados como la mano de obra, los que no cuentan, los que no tienen derechos, los que no son escuchados.  Para Dios, todos somos importantes, porque nos ha convertidos a todos los seres humanos en reyes, es decir, hijos de Dios y herederos del Reino de Dios.

En el Evangelio de san Juan, Pilato le pregunta a Jesús: “¿Eres tú el rey de los judíos?”  Efectivamente Jesús es rey, pero no como los reyes de este mundo.

Lo que diferencia el reino de Cristo de los otros reinos o repúblicas de este mundo es la manera de gobernar.  El Reino de Dios no gobierna por la fuerza sino por la verdad. Los gobernantes de este mundo tienen que usar muchas veces las medias verdades e incluso las mentiras para atraerse a los ciudadanos. Otras veces tienen que consentir a los ciudadanos siguiendo simplemente las encuestas de la opinión pública, sin preocuparse si las decisiones contribuyen a la realización de la persona humana y de la paz social.

Poder hacer lo que a cada uno le da la gana es considerado como signo de un país libre. Jesús, en cambio, dijo: “la verdad os hará libres”. Él vino para dar testimonio de la verdad. Decir la verdad delante de las autoridades religiosas y civiles llevó a Jesús a la muerte.

La verdad que Jesús nos anuncia no es algo que se puede aprender en la Universidad o en los libros. Es más bien su propia persona.

El problema de nuestra cultura es que ha renunciado a la verdad o la identifica simplemente con la opinión de la mayoría o con lo que se dice en la televisión.  Muchas veces no importa la verdad de las personas, ni la verdad de las cosas, sino que el sistema funcione aunque sea a base de mentiras.  Esto fue lo que hizo Pilato, lavarse las manos ante el problema de la verdad de la inocencia de Jesús.  Para Pilato, no importaba la verdad, lo que importaba era conservar su cargo, complacer a los judíos.

Cuantos gobiernos hay que se apoyan en la violencia de las armas, y se apoyan en la violencia de sus mentiras para gobernar.  Las mentiras de muchos gobernantes hacen que muera mucha gente.  Cuantos pueblos hay que sufren el terror de los que en nombre de la paz y la democracia mueren por defender su libertad; cuantos países subdesarrollados, en nombre de la libertad de mercado, son mantenidos en la pobreza y la miseria; cuantas naciones, en nombre de la globalización de la economía son sometidos a condiciones comerciales que acaban con la soberanía y la libertad de las naciones pobres.

Nosotros, como cristianos, tenemos que estar a favor de la verdad y esto supone y exige estar en total desacuerdo con la mentira.  No podemos ser neutrales.

La fuerza de la verdad, sin embargo, se impone por sí sola. Por eso los creyentes reconocemos a Jesús como nuestro único Señor, como nuestro único Rey. 

Por todo esto y de esta manera el Reino de Dios no es de este mundo y Jesús no es rey como los de este mundo. No porque no tenga nada que decir acerca de los problemas de esta tierra, sino porque tiene mucho que decir; y porque para que su reinado se establezca plenamente en él, este mundo tiene mucho que cambiar, este mundo tiene que convertirse en ese otro mundo posible y necesario que desean los que tienen hambre y sed de justicia.

Jesús nunca buscó el éxito, su muerte en la cruz no fue un fracaso, sino la manifestación del amor de Dios Padre que hace que nosotros nos convirtamos en ciudadanos del Reino de Dios.  Un Reino de verdad, de justicia, de amor, de gracia y de paz.

martes, 19 de noviembre de 2019

XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
 
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XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Celebramos en este domingo la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.  Con esta fiesta de hoy, la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como el Señor de nuestras vidas.
 
La 1ª lectura del segundo libro de Samuel nos presenta el momento en el que David se convirtió en rey de todo Israel.  Con él, se inició un tiempo de felicidad, de abundancia, de paz, que quedó en la memoria de todo el Pueblo de Dios. 
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es un himno que celebra la realeza y la soberanía de Cristo sobre toda la creación.  San Pablo le da gracias a Dios Padre que “nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”.  Esto quiere decir, que ya desde aquí y ahora nosotros participamos de la dignidad real de Cristo.
 
Tenemos que ser y sentirnos hijos e hijas de Dios, y esto significa que tenemos que vivir de acuerdo con tal dignidad y nobleza y empeñarnos, con todas nuestras fuerzas, en honrar, respetar y hacer crecer la dignidad de cada persona, y luchar contra cualquier gesto, acción o palabra que constituya una humillación hacia las personas por cualquier razón: raza, país, edad, sexo, condición social, etc.  Ser y sentirnos hijos de Dios significa vivir como hermanos.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Cristo reinando desde la cruz.  Vemos que nuestro rey es un rey distinto a los reyes y gobernantes de este mundo.  Nuestro rey es un rey clavado en una cruz.
 
El “salón del trono” de nuestro Rey es el Calvario.  Tiene por trono la cruz de un condenado a muerte; por corona una de espinas, por cetro los clavos que lo sujetan en la cruz.
 
El pueblo presencia la escena “mirando”.  Los soldados burlándose, dándole a beber vinagre.  Uno de los ladrones, crucificado con Él, insultándolo.  El mismo letrero de la Cruz es una burla.
 
Pero está también el buen ladrón.  Capaz de reconocer en aquel condenado a muerte, al enviado de Dios.  Reconoce que en Jesús, que muere por amor, que se humilla hasta morir, está la verdadera realeza.  Y le pide que se acuerde de él en su Reino.  Muchos no reconocieron a Cristo como el Hijo de Dios, cuando pasaba curando enfermos y haciendo milagros.  Sin embargo el buen ladrón lo reconoce como salvador cuando Cristo está en la cruz.
 
Hoy Jesús nos invita a todos a trabajar por su Reino.  Tenemos que presentar ante el mundo la Palabra de Dios, los valores que Jesús vivió y ésta es una tarea de todos. 
 
Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar la Palabra y el estilo de vida del Señor.  Nos cuesta ser cristianos responsables con todas sus consecuencias.  Nos cuesta ser solidarios con los que sufren.  Nos cuesta comprometernos con la justicia, con la paz que son las cosas que nos acercan al verdadero deseo de Jesús.
 
Cada uno de nosotros puede ser constructor del Reino de Dios si trabajamos por la paz y la justicia, si somos capaces de servir como lo hizo el mismo Jesús, de perdonar como Él, de luchar por la vida y la fraternidad.
 
Jesús desde la cruz nos muestra una actitud de respeto total al hombre, y nos cuestiona a todos en nuestro estilo de vida.  No avanzaremos hacia una sociedad más humana, si, para lograrla, tenemos que violar los derechos de los hombres, pisotear su dignidad y destruir incluso la vida.
 
Por ello,  el Reino de Dios no se impone a nadie, se propone.  Cuántas veces en nuestro mundo se impone los poderes políticos y económicos.
 
Que diferente es la propuesta que Jesús nos hace de vivir el Reino de Dios a la propuesta de las revoluciones de este mundo.  Las revoluciones siempre se autoproclaman defensoras de las libertades, de la justicia, de la verdad y de todo lo bueno que requiere el ser humano para ser feliz. Pero la gran mayoría de éstas han terminado oprimiendo al mismo ser humano que dicen defender.
 
La revolución marxista que vivió Rusia, una vez que estuvieron en el poder cayó en los mismos errores por los que habían luchado.  Todo aquel que cuestionara el ejercicio del poder era considerado un enemigo de la revolución y, por lo tanto, debía ser eliminado.
 
Los “padres de la patria”, en cuyas manos quedó el destino de muchos de nuestros pueblos latinoamericanos después de la independencia, siguieron con la misma lógica de poder y se convirtieron en los nuevos tiranos.
 
Las revoluciones armadas además de no haber logrado el cambio, se convirtieron en una jauría de lobos hambrientos de dinero y poder, que terminaron oprimiendo a los mismos pobres por los cuales decían luchar.
 
Jesús sí ha hecho la más grande de las revoluciones.  La historia nos demuestra cada día que Jesús tenía razón: ante todo tenemos que cambiar la lógica del poder que domina, oprime y genera muerte, por la lógica del amor que sirve, levanta y genera vida.
 
Pidamos en esta Eucaristía que nos dé fuerza y coraje para ser capaces de extender su Reino para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario y más humano.