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lunes, 12 de agosto de 2024

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida.

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios,  nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”. 

En nuestro mundo encontramos un campo enorme de ofertas que venden felicidad, pero esa falsa felicidad que nos vende el mundo nos aleja de vivir una vida auténtica.  Hay personas que buscan progresar a costa de los demás; que huyen del esfuerzo, del riesgo y del dolor y buscan una felicidad individualista a cualquier precio.

La Sabiduría nos ofrece otro camino mucho más humano: aprender serenamente lo que es bueno, honrado y justo; descubrir la alegría en el encuentro con los hermanos y con la creación; cultivar la gratuidad y la donación; crear la cercanía solidaria con el dolor ajeno; empeñarnos seriamente en la construcción de un mundo más fraterno; y todo esto hacerlo llevando el proyecto de Dios en nuestro corazón.

La forma en que lo presenta es una invitación a una mesa: “Venid a comer de mi pan, a beber el vino que he mezclado; dejad la inexperiencia y viviréis, seguid el camino de la inteligencia”. Participar de la misma vida de Dios, participar de su misma bondad, nos llevará a la verdadera sabiduría y a la vida plena.

Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez. 

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias.

Todos podemos tropezar y caer, pero no tenemos derecho a quedarnos tirados en el suelo. Debemos transformar cada instante, y hacerlo pleno y valioso.

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz.

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre.

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena.

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y girar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó.

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva.

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira. 

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida.

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

lunes, 14 de agosto de 2023

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos manifiestan que Dios quiere que todos los hombres se salven, a todos nos llama a la salvación sin distinción de raza ni lugar.  Todos somos uno en la fe.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, hayan rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios ha permitido que todos cayéramos en la rebeldía, para manifestarnos a todos su misericordia”.

El evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, gritando y pidiendo curación para su hija.  Esta mujer es un ejemplo de fe y de cómo tenemos que orar, es decir, pedirle a Dios.

A veces Dios no nos responde. Es lo que le sucedió a esta mujer en tiempos de Jesús. El Evangelio especifica que la mujer era “cananea” para significar que no era judía, sino pagana.

Y Jesús se hace el que no escucha. Así es Dios a veces: simula no escucharnos. Y ¿por qué? O, más bien ¿para qué? … Para reforzar nuestra fe. Se habla de “poner a prueba” nuestra fe. Pero no se trata de una prueba como un examen, sino más bien como un ejercicio que fortalece la fe.

Cuando el Señor parece esconderse o parece no hacernos caso puede ser que esté tratando de reforzar nuestra fe débil.

Ahora bien, hay otro tema en la Liturgia de este Domingo: la salvación es para todos, judíos y no judíos.

¿Qué difícil es a veces compartir nuestra fe y nuestra vida con quienes son distintos a nosotros? No solamente los extranjeros, sino incluso dentro de nuestra misma sociedad o familia muchas veces “designamos” personas que no son “dignas” de nuestra atención o de nuestro cariño. Relegamos a quienes son distintos, criticamos a quienes piensan diferente, e incluso atacamos a quienes tienen valores diversos. Si Jesús fue capaz de aprender de una “mujer extranjera” ¿no seremos nosotros capaces de aprender de quienes nos rodean? Abrir nuestro interior para aprender de nuestra pareja que “siempre parece ser tan necio(a)”, para aprender de nuestros hijos, nuestros compañeros de trabajo, del pobre o de nuestros padres.

Para el Señor no existen las fronteras puestas por los límites familiares, nacionales, religiosos, sociales, políticos. Dios es para todos. En Él no hay distinción de personas.

Uno de los deberes de nuestra Iglesia es aceptar a todos, y aceptarlos con alegría y con amor, dejándoles entrar plenamente en las actividades de la comunidad.  Pero, por desgracia, esto no siempre pasa en nuestras comunidades eclesiales. Si no aceptamos a los nuevos como Cristo nos pide que lo hagamos nos estaremos comportando de la misma manera que se comportaba el pueblo judío en los tiempos de Cristo.

Con frecuencia vemos cómo algunas personas muestran abiertamente hostilidad, y hasta desprecio, frente a los que tratan de integrarse en nuestras comunidades. Hay personas que se sienten amenazadas, como si alguien les fuera  a arrebatar su puesto en la comunidad. Lo que olvidan es que la Iglesia pertenece a todos y que hay que compartir.

En esta Eucaristía roguémosle al Señor, por intercesión de María, la humilde Sierva del Señor, que nos conceda entrañas de misericordia para con los demás, para velar por sus derechos.

lunes, 8 de agosto de 2022

 

XX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)

Las lecturas de este domingo nos invitan a no sucumbir en la fe y nos recomienda que permanezcamos fieles en la lu­cha contra el pecado con los ojos fijos en Dios.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo la vida de Jeremías es toda una tragedia: ama a su pueblo y desea para todos lo mejor, pero tiene que anunciarles lo peor.  Sin embargo Jeremías cumple su misión y anuncia a todos la amarga verdad que le ha sido revelada.  Esto le acarrea la persecución de sus paisanos.

El auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte. La «verdad» siempre es algo duro de pelar, acarrea más momentos de tristeza que de gozo y de alegría.  Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.

Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.

El Evangelio de san Lucas  nos dice hoy que la Buena Nueva es una noticia inquietante, que puede engendrar la división hasta en la propia familia.

Seguir a Cristo requiere una opción personal consciente. En el evangelio de hoy nos lo dice el mismo Cristo con imágenes muy expresivas. No ha venido a traer paz, sino guerra. El mismo que luego diría: “mi paz os dejo, mi paz os doy”, nos asegura que esa paz suya debe ser distinta de la que ofrece el mundo.

Nos asegura que ha venido a prender fuego en el mundo: quiere transformar, cambiar, remover. Y nos avisa que esto va a dividir a la humanidad: unos lo van a seguir, y otros, no. Y eso dentro de una misma familia. Cristo -ya lo anunció al anciano Simeón a María- se convierte en signo de contradicción. Si sólo buscamos en el evangelio, y en el seguimiento de Cristo, un consuelo y un bálsamo para nuestros males, o la garantía de obtener unas gracias de Dios, no hemos entendido su intención más profunda. El evangelio, la fe, es algo revolucionario, dinámico, hasta inquietante.

El ser fieles al evangelio de Jesús muchas veces también a nosotros nos produce conflictos. Estamos en medio de un mundo que tiene otra longitud de onda, que aprecia otros valores, que razona con una mentalidad que no es necesariamente la de Cristo. Y muchas veces reacciona con indiferencia, hostilidad, burla o incluso con una persecución más o menos solapada ante nuestra fe. Tener fe hoy, y vivir de acuerdo con ella, es una opción seria. No se puede compaginar alegremente el mensaje de Cristo con el de este mundo. No se puede «servir a dos señores»

Siempre resulta incómodo luchar contra el sentir ambiental, sobre todo si es más atrayente, al menos superficialmente, y menos exigente en sus demandas. La visión del mundo que Jesús nos va ofreciendo en las páginas de su evangelio tiene muchas veces puntos contradictorios con la visión humana de las cosas. Ser cristiano es optar por la mentalidad de Cristo. No se puede seguir adelante con medias tintas y con compromisos.

El evangelio es un programa de vida para fuertes y valientes. No nos exigirá siempre heroísmo -aunque sigue habiendo mártires también en nuestro tiempo-, pero sí nos exigirá siempre coherencia en la vida de cada día, tanto en el terreno personal como en el familiar o sociopolítico.

La paz de Cristo, la verdadera, está hecha de fuego y de lucha.

Cada vez que celebramos la Eucaristía, ciertamente nos dejamos envolver en la paz y el consuelo de Dios. Pero a la vez esta celebración nos compromete a una vida según Cristo, y a una lucha por defender nuestra fe.

lunes, 10 de agosto de 2020

 

XX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la universalidad de la salvación que se ofrece a todas las personas y a todos los pueblos.  Dios quiere que todos los hombres se salven.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos hace un anuncio maravilloso y esperanzador: Dios llama a todos los hombres de la tierra a participar en su salvación.

El profeta Isaías quiere construir un pueblo, una comunidad agradable a Dios, una comunidad formada por todos los grupos de personas que vivían en Israel.  Pero Isaías encuentra dificultades, porque los israelitas se creían el único pueblo de Dios y por ello cometían injusticias y divisiones contra los extranjeros.

Nosotros también, muchas veces, queremos ponerle límites a Dios.  Hemos construido fronteras artificiales para separar un país de otro; nos aislamos de las personas que no piensan como nosotros o que no son como nosotros.  Incluso vemos cómo nacen y se mantienen guerras por la independencia de un país o de una región.

Sin embargo, a Dios no le gustan las fronteras.  No le gusta la discriminación por ser de una familia concreta, de una lengua, de una nación o de una raza.  Para Dios la salvación es universal: para todos los hombres y para todos los pueblos.

Tengamos nosotros también esta visión universalista para acoger a todos los seres humanos, vengan de donde vengan, tengan la cultura que tengan, sean de la raza que sean.

La 2ª lectura de san Pablo a los romanos nos habla también de la universalidad de la salvación. 

San Pablo se dirige especialmente a los que no son judíos y se lamenta de que los judíos, los de su raza, han rechazado a Cristo.

Y nosotros. ¡Cuántas veces no hemos rechazado a Cristo! ¡Cuántas veces no le hemos dado la espalda a Dios!  ¡Cuántas veces porque Dios no nos concede lo que le hemos pedido nos alejamos de Él!  ¡Cuántas veces, porque Dios no nos cumple nuestro capricho o nos hace esperar un poco, le protestamos o incluso nos alejamos de Él!

Por eso san Pablo no decía hoy: “Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos”.

El Evangelio de san Mateo nos ha presentado a una mujer cananea, es decir, no judía, que pide ayuda a Jesús para su hija.

Puede sorprendernos hoy la actitud de Jesús en el evangelio.  En un primer momento, Jesús muestra indiferencia y permanece callado ante la angustia de esta mujer.  Luego le dice a la mujer: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.  Cualquier persona ante esta actitud pasiva de Jesús se hubiera desistido de seguir suplicando.  Sin embargo ella siguió confiando.

Hay dos rasgos en la mujer cananea que es importante destacar: la solidez de su fe. La fe de esta mujer está fundamentada en la total confianza en Jesús, a quien reconoce como Mesías, de ahí que Jesús le diga: “Mujer, ¡qué grande es tu fe! Que se cumpla lo que deseas”.

En segundo lugar hay que reconocer su constancia en la oración. ¡Qué bueno es orar!  Hoy también, para nosotros en necesario orar.  En medio de nuestras ocupaciones y de nuestras prisas, entre el ruido y el desasosiego, por encima de los compromisos sociales, en la casa o en la iglesia, ¡qué bueno encontrar tiempo para rezar!

¿Cómo podríamos vivir si no encontramos momentos para hablar con las demás personas, con nuestros amigos y familiares?

¿Qué pasaría con unos novios que nunca hablasen entre ellos? ¿Podríamos decir que existe amor entre un matrimonio en el cual los esposos no tuvieran nada que decirse? ¿Pueden ser amigos unas personas que no se hablan?  ¿Qué pensaríamos de unos padres que no hablasen con sus hijos?  Si el hombre no habla con aquellos que lo rodean y, sobre todo, con aquellos con los que comparte su vida, es que está perdiendo una de sus más preciosas facultades y está fabricándose un mundo de soledad y de angustia. Cuando falla el hablar entre los novios, o el matrimonio, o los amigos, o los hijos, es que se está acabando el amor y la amistad.

Pues así es lo que le pasa a un cristiano con Dios, un Dios personal con el que se comparte la vida, con todas sus ilusiones y sus decepciones, un Dios con el que se habla, con el que se cuenta, a quien se pide, como la Cananea, y a quien se agradece.

Dios y el cristiano son dos amigos que comparten la vida, que van juntos siempre.  Y esto no se puede hacer sin orar.  Es inconcebible una auténtica relación con Dios vivida en el silencio que supone la ausencia de oración.

Pidámosle al Señor que fortalezca nuestra fe y que esa fe alimente nuestra oración confiada al Señor, a imitación de la mujer cananea.

martes, 13 de agosto de 2019

XX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XX DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a no sucumbir en la fe y nos recomienda que permanezcamos fieles en la lu­cha contra el pecado con los ojos fijos en Dios.
 
La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta cómo la vida de Jeremías es toda una tragedia: ama a su pueblo y desea para todos lo mejor, pero tiene que anunciarles lo peor.  Sin embargo Jeremías cumple su misión y anuncia a todos la amarga verdad que le ha sido revelada.  Esto le acarrea la persecución de sus paisanos.
 
El auténtico mensajero de Dios debe siempre anunciar la verdad aunque le cueste la cárcel y la muerte. La "verdad" siempre es algo duro de pelar, acarrea más momentos de tristeza que de gozo y de alegría.  Jeremías es odiado por los ministros del rey e incluso por el mismo pueblo por quien tanto trabajó durante cuarenta años para obtener su conversión.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos se dirige a una comunidad cansada y vacilante en la fe. Los peligros a que se refiere son los de la segunda generación. Ha desaparecido el primer entusiasmo, la novedad del mensaje se ha convertido en costumbre, se dejan sentir las dificultades internas y externas y el camino de la cruz y de la resurrección se presenta como una carga pesada. La comunidad es muy distinta de lo que cabía esperar.
 
Hoy son muchos los cristianos y las comunidades inseguros en su fe. Son cristianos comprometidos, quieren instruirse, se plantean los problemas actuales, pero no saben qué camino tomar. Es el momento de aceptar la sabiduría de la cruz. Estar bajo la ley de la cruz significa, para la comunidad, soportar las tensiones y contradicciones en el interior de la comunidad, de la Iglesia, y perseverar a la espera del que da razón de nuestra fe: Cristo Jesús.
 
El Evangelio de san Lucas  nos dice hoy que la Buena Nueva es una noticia inquietante, que puede engendrar la división hasta en la propia familia.
 
Hoy por todas partes se nos quiere vender la felicidad, al precio que sea.  Pero los cristianos no nos podemos apuntar a esta oferta y más aún: nos atrevemos a decir que éste no es el camino y decimos que el camino que conduce al gozo de vivir, a la felicidad es otro.
 
La sociedad dice: “dichosos los ricos, los que ríen, los bien vestidos y considerados”; y nosotros los cristianos tenemos que decir: dichosos los pobres, los humildes, los perseguidos por causa de la justicia.   Para nosotros, sobre el pecado nada se puede edificar, porque lleva a la destrucción.
 
La felicidad llega por el camino del esfuerzo por construir un mundo justo y libre, por la lucha y por la fidelidad a las propias convicciones, por la rebelión contra el mal.  Este es un camino duro, pero extraordinariamente alentador.    Debemos tener una capacidad de resistencia infinita.  En este camino de lucha por la felicidad de todos no nos cansaremos ni perderemos el ánimo.
 
“He venido a prender fuego a la tierra, ¡y cuánto deseo que ya esté ardiendo! ¿Pensáis que he venido a traer paz a la tierra? No, sino división. Nos decía hoy Jesús en el evangelio. 
 
Ser fieles a Jesús y su evangelio, buscar la felicidad por los caminos de Dios, inevitablemente trae enfrentamientos.  Estamos en un mundo de muchas desigualdades y como cristianos queremos que la situación cambie, que vivamos en un mundo justo y de acuerdo al evangelio, y esto trae la división.
 
Los poderosos de la tierra, los privilegiados no quieren perder su situación y por eso los creyentes tenemos que seguir luchando para mejorar este mundo.   Dios ha sembrado en el corazón de los hombres una semilla de vida y de bondad, de felicidad y alegría. 
 
Pidamos a Dios que esta semilla germine, fructifique y se convierta en un árbol frondoso.