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lunes, 30 de septiembre de 2024

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)


Las lecturas de este domingo nos hablan de la pareja humana, del matrimonio y de la familia. Si hay una experiencia humana que más se acerque a lo que es el amor de Dios, esa es la experiencia del amor de pareja.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

“No es bueno que el hombre esté sólo”.  Estas palabras, dichas por Dios, nos hacen ver que el hombre ha sido creado como un ser social y no como un solitario.  Si queremos realizarnos como personas no lo podemos hacer siendo seres solitarios sino relacionándonos con los demás.

La persona solitaria es aquella que tiene el corazón cerrado al amor y al compartir, que es profundamente infeliz y difícilmente conocerá la felicidad plena.

Hay personas que se preocupan sólo por hacer dinero, por realizarse en su trabajo, por el éxito y para ello renuncian al amor, a tener una familia, a no tener tiempo para los amigos.  Y un día, después de haber acumulado mucho dinero o haber llegado a ser administrador de una empresa o haber obtenido la fama, se dan cuentan que están solos y que su vida ha sido una vida estéril y vacía.

La vocación del ser humano es el amor, no la soledad.  Por ello Dios creó al hombre y a la mujer y los creó iguales en dignidad.  Hombre y mujer son iguales; se complementan uno al otro y se ayudan mutuamente.  Hombre y mujer son iguales por eso el hombre y la mujer tienen que respetarse mutuamente y se debe desterrar por completo cualquier actitud que signifique dominación, esclavitud, poder de uno sobre el otro.  La relación entre el hombre y mujer debe ser desde la igualdad.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos a acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para  todos aquellos con los que compartimos la vida.

El Evangelio de san Marcos, nos presenta el proyecto ideal de Dios para el hombre y para la mujer que se aman: el sacramento del matrimonio.

El amor de un hombre y una mujer que son bendecidos por el sacramento del matrimonio tiene que ser un amor eterno e indestructible, como reflejo del amor de Dios por nosotros.

El sacramento del matrimonio pide unidad, indisolubilidad y procreación.

Igual que el oxígeno y el hidrógeno forman el agua tan necesaria para la vida, el hombre y la mujer, unidos en matrimonio forman una unidad especial para la sociedad.  El matrimonio cristiano no es un contrato sino un sacramento.

El matrimonio cristiano es indisoluble, no se puede disolver: “lo que Dios ha unido no lo separa el hombre”. 

La Iglesia sólo admite la nulidad, es decir, que aunque pareciera que hubo sacramento, pero hubo engaño o falta de libertad y no se dio el sacramento.  La Iglesia admite también la separación, es decir, que cada una de las partes se vaya a vivir por separado para salvar las dificultades de la convivencia.

Fruto del amor son los hijos.  Desde la paternidad responsable, los esposos deben decidir en conciencia cuantos hijos deben tener, los que responsablemente puedan educar.

La Iglesia sigue diciendo hoy que para los matrimonios cristianos, el divorcio no debe ser un remedio sencillo y fácil para resolver los problemas de los matrimonios.

Ahora bien, cuando no hay otro camino, otra solución que el divorcio, también hemos de tener en cuenta que por ser divorciados no han sido expulsados de la Iglesia.  Los divorciados forman parte de la Iglesia, tienen derecho a escuchar la Palabra de Dios, a asistir a misa, a colaborar en la Iglesia y a recibir la ayuda que necesiten para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

El divorcio es un mal y no está de acuerdo con el plan de Dios, pero las raíces que llegan a ese mal, están en un mal de fondo: la falta de amor verdadero a la hora de casarse y la falta de madurez humana para dar ese paso importante.

Pidamos al Señor que renueve en todos los que están casados el compromiso matrimonial que un día expresaron ante Dios y ante la Iglesia.

lunes, 2 de octubre de 2023

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Eucaristía de este domingo es una invitación para que en nuestra vida de cristianos demos frutos abundantes. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de todos los cuidados de Dios por nosotros, pero a pesar de todos los cuidados de Dios por nosotros, no sabemos darle los frutos que le corresponde.

Esta lectura es toda una historia de amor, una historia que no termina porque Dios continúa derramando sobre nosotros, todos los días, su amor, su bondad y su misericordia. Pero es una historia de amor no correspondido. Cada uno de nosotros somos cuidados por Dios.  Dios nos ha dado la vida, una familia, un hogar, una casa, una educación, nos ha hecho sus hijos, nos da su gracia. 

La mayoría de nosotros hemos sido, desde niños, elegidos por Dios; en nuestra familia empezamos a aprender las primeras oraciones.  Tenemos la suerte de poder haber ido a la escuela y tener, por medio de la catequesis, una educación cristiana.  Nos prepararon bien para recibir a Cristo en la primera comunión.  Posteriormente siguieron educándonos en la fe para recibir la confirmación y así reafirmar nuestra fe, pero llegamos al bachiller o nos vamos a la Universidad y ahí se acabó toda nuestra vivencia religiosa, todo nuestro compromiso con Dios. Por eso, hoy, hay que preguntarse: ¿Por qué habiendo recibido tantos cuidados de parte de Dios, damos frutos malos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos dice cómo debemos actuar para que nuestra respuesta a Dios dé frutos sabrosos.

En muchas ocasiones solemos escuchar, y también lo decimos nosotros, que ahora no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo porque ¡todo ha cambiado!

Por ello, es muy importante poner en práctica lo que San Pablo recomendaba a los cristianos de Filipo.  Como cristianos debemos vivir en el mundo, pero todo lo que hagamos tiene que tener un sentido cristiano.

El Señor no pide a la Iglesia hacer cosas sorprendentes y raras, sino hacer, sencillamente, lo que es bueno, lo que es justo, sentirse solidarios con todo lo que es verdadero y noble.

El evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola de los viñadores asesinos.

Todos nosotros formamos parte de este “viñedo divino”, de este Pueblo del Señor, y como parte de él estamos llamados a dar frutos.

¿Cuáles son los frutos amargos que estamos dando  en nuestros días?

El afán de poseerqueva configurando normalmente un estilo de hombre insolidario, preocupado casi exclusivamente de sus bienes, indiferente al bien común de la sociedad. El resultado es una sociedad estructurada en función de los intereses de los más poderosos, y no al servicio de los más necesitados.

Por otra parte, el deseo ilimitado de adquirir, conservar y aumentarlos propios bienes, va creando un hombre que lucha egoístamente por lo suyo y se organiza para defenderse de los demás. Va surgiendo así una sociedad que separa y enfrenta a los individuos empujándolos hacia la rivalidad y la competencia, y no hacia la solidaridad y el mutuo servicio.

El deseo de poder quehace surgir una sociedad asentada sobre la agresividad y la violencia, y donde, con frecuencia, sólo cuenta la ley del más fuerte y poderoso. No lo olvidemos. En una sociedad se recogen los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras instituciones políticas, nuestras estructuras sociales y nuestras comunidades religiosas.

Dios nos ha bendecido con toda clase de dones, materiales y espirituales, ahora nos toca a nosotros regresarle a Dios su parte. Entreguemos lo que Dios nos pida con alegría, con gratitud.

El Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.  Así quiere que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos.

En nuestra Parroquia hay  grupos y actividades en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. La pasividad y la apatía son desastrosas para la Iglesia. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres miserablemente, sé generoso. La mayoría de edad del laico dentro de la Iglesia debe manifestarse dando testimonio en medio del mundo, que es el lugar donde se desenvuelve su actividad. Dejemos que cada cual aporte su granito de arena en la construcción del Reino.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos ayude a descubrir el sentido de nuestro trabajo y nos anime a ser generosos y a hacerlo todo con alegría y esperanza.

lunes, 26 de septiembre de 2022

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Las lecturas de este domingo nos invitan a crecer en la fe para que en nuestra vida demos frutos abundantes.

La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.

Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?

Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enfadado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?

En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o de prisa.

En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad.

Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres.  Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuando.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”.

La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos invita a renovar cada día nuestro compromiso, como cristianos, con Cristo y el Reino de Dios.

Hemos ido llenando nuestra vida de tantas ocupaciones, que esas ocupaciones nos alejan de servir a Dios y vivir los valores del Evangelio.  Por eso, San Pablo, nos invita hoy a vivir con entusiasmo nuestra fe, nuestra entrega y servicio a Dios y al prójimo.  Nos invita a dejar de lado la flojedad, la comodidad, el “no tengo tiempo para las cosas de Dios”  y a no avergonzarnos, a no tener miedo de dar la cara por Dios, porque quien se avergüence del Señor y de servirlo, también Dios se avergonzará de él.

El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.

Los discípulos le piden al Señor: “Auméntanos la fe”.  Esto es como decirle al Señor: ¡Ayúdanos Señor, ayúdanos a creer que lo que nos dices es lo mejor para nosotros, ayúdanos a confiar en Ti, ayúdanos a seguirte porque nos sentimos débiles, incapaces de compartir nuestros bienes, incapaces de perdonar, incapaces de comprometernos en la lucha por un mundo mejor!  Como aquellos discípulos nosotros hoy le hacemos al Señor esa misma petición: “¡Auméntanos la fe, Señor, ayúdanos! Ayúdanos porque sabemos que tienes razón, pero también sabemos que el egoísmo nos tiene apresado el corazón”.

Y hoy, como hace dos mil años, el Señor nos dice a nosotros: «Si tuvieran un poco de fe, si confiaran en Mí, serían capaces de todo, hasta de mover montañas».

El Señor nos invita a hacer una revolución en nuestro corazón,  pasar de confiar en las cosas, en los bienes, en nosotros mismos, a poner definitivamente nuestra confianza en el Señor. Se trata de caer en la cuenta que cuando vivimos en amistad con Dios, todo recobra otro sentido, la vida con sus conflictos se nos hace más llevadera, los demás empiezan a verse no como competidores sino como hermanos, descubrimos la alegría de las cosas sencillas, comprendemos que sólo Dios puede darnos la paz y la alegría perfectas.

Confiar en el Señor y dejarle que Él realice el milagro de levantar la montaña de nuestro egoísmo y descubrir el verdadero rostro de nuestro corazón, un corazón de hijos y hermanos.  Confiar en Dios y dejarle que en la noche de nuestra muerte, su mano mueva la losa de nuestro sepulcro y nos levante a gozar del día luminoso de la vida eterna.

¡Señor, auméntanos la fe!  Esta es nuestra petición hoy al Señor, una petición que la hacemos desde el fondo de nuestro corazón, con humildad y sinceridad.

lunes, 27 de septiembre de 2021

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo presentan, como tema principal, el proyecto ideal de Dios para la mujer y para el hombre: formar una comunidad de amor, estable e indisoluble, que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

Dios no ha creado al hombre para vivir en soledad, sino en relación, en compañía. La compañía de los animales es buena, pero es insuficiente, no basta para el hombre. Es una relación de dominio, es una relación desigual, que no da plenitud de realización y de gozo al ser humano. La única relación plena, satisfactoria, regocijante, es la relación con quien es igual que él, “carne de su carne”. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice Dios. Es una bella forma de decir que estamos hechos no para la soledad y el individualismo, sino para la relación, la comunicación, la comunión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos y acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.

El evangelio de Marcos nos invita a pensar en una realidad actual, ante la que los cristianos no podemos cerrar los ojos: los matrimonios separados o los divorciados. Entre nosotros encontramos cada vez más personas, que han fracasado en su primer matrimonio y se han vuelto a casar civilmente o viven en unión libre. Es una realidad compleja, delicada, con frecuencia muy dolorosa. No podemos ser indiferentes ante esta realidad.

Cada vez parece más normal romper con la pareja, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. Sin embargo, detrás de cada separación hay casi siempre mucho sufrimiento y desilusión. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable?

Lo primero, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir.

Es importante también recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error continuar una relación de pareja de manera apresurada, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. ¡Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un “te amo”, que no era verdad!

Tampoco hay que olvidar que “amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Por eso sólo el amor sin condiciones es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede dar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor crece cuando uno es feliz haciendo feliz al otro.

El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no sentirse el dueño. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando.

Pero hoy también, hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda para con los divorciados o separados.

Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.Y muchos de ellos necesitan ayuda, de Dios y de los hombres y esa ayuda hemos de estar dispuestos a ofrecérsela los que nos decimos seguidores de Jesús.

Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la palabra de Dios, a tomar parte en la asamblea eucarística, a colaborar en diferentes apostolados y a recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

Sin embargo, la Iglesia, hoy, sigue diciéndonos que el ideal del matrimonio no es separarse, sino llegar a “ser una sola carne”. Lo decía Jesús hoy.

lunes, 28 de septiembre de 2020

 XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 Hoy la Palabra de Dios nos invita a descubrir cómo el Señor nos mira con afecto y ternura, cuenta con nosotros.  Dios confía en nosotros. Por eso nos ofrece trabajar en su viña.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado la historia de Dios con su pueblo.  Una historia de un amor no correspondido.  Dios se acerca al hombre, lo cuida, lo defiende, pero la respuesta no suele ser un “fruto bueno” sino un “fruto amargo”.

 Dios se ha volcado en nuestra vida, nos ha mimado a lo largo de los años. Se ha desvivido con la solicitud con que un campesino cuida a su viña. Y al cabo de tanto tiempo y de tanto amor, Dios ha esperado nuestra respuesta con la misma ilusión con que el agricultor espera los frutos de su viña.

 Dios siempre tiene esperanza de que demos buenos frutos, y aunque no le demos buenos frutos, Dios no “castiga”, sino que nos deja que sigamos nuestro camino y nos demos cuenta por nosotros mismos, las desventajas que tenemos en nuestra vida al separarnos del Señor.

 Dios nos cuida, cuida de la Iglesia, cuida de nosotros miembros de la Iglesia.  Por ello hemos de esforzarnos por ofrecer a Dios una gran cosecha, no de frutas amargas sino dulces.  Hemos recibido mucho de Dios y debemos corresponder, no con palabras sino con hechos, con frutos. 

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos invita a no dejarnos llevar por la angustia y el miedo, sino a poner nuestra confianza en Dios y a elegir los valores verdaderos: la verdad, la justicia, la amabilidad, la pureza y la vida. 

Como cristianos no tenemos que vivir intranquilos y preocupados, porque somos de Cristo, y por lo tanto las dificultades son accidentes del camino que no nos tienen que apartar de Dios, porque nuestra meta es estar con Dios para siempre en el Cielo.

 El evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola de los viñadores asesinos.

 Hoy, Jesús, con esta parábola nos está diciendo: “Hijo, no mates a Dios en tu corazón”. No sólo los hombres corremos el peligro de que nos maten. También Dios hoy está en peligro.

 La gran tentación de la cultura actual es querer matar a Dios.  Silenciar a Dios.  Hay personas que creen que el hombre y el mundo sólo podrán lograr su verdadera libertad e independencia si quitamos a Dios de nuestra vida.  Ven a Dios como el gran enemigo del hombre y de su libertar.  Piensan que hay que matar a Dios para que viva el hombre. 

Pero más muere el que mata que el que muere.  Cuando intentamos matar a Dios, terminamos por morirnos nosotros mismos.  Porque sin Dios ¿qué es y qué sentido tiene el hombre?  Si destruimos la brújula y destruimos el faro, ¿a dónde nos dirigimos? 

Hay muchas maneras de querer matar a Dios. 

La primera, el silencio sobre Dios. ¿Podemos hablar de Dios hoy en la calle, en política, en economía, en nuestra vida social?  ¿Se puede hablar de Dios hoy en las reuniones de amigos, en las reuniones sociales?

 La segunda, es la indiferencia. El no ver que Dios tenga sentido en nuestras vidas y vivir como si no existiese. ¿Acaso el silencio y la indiferencia no matan más que las mismas armas?  Cuando siento que nadie habla de mí o cuando siento la indiferencia de los demás, siento que no existo para nadie.

 El silencio sobre Dios es una de las formas de “matar a Dios” de nuestra cultura contemporánea.  Pero silencio sobre Dios no sólo en la sociedad sino en el seno de las familias que se dicen cristianas.

 En muchos hogares ya no se habla de Dios. Los niños no pueden aprender a ser creyentes junto a sus padres. Nadie en casa les inicia en la fe. Lo que se transmite de padres a hijos no es fe, sino indiferencia y silencio religioso.

 No es, pues, extraño que encontremos entre nosotros un número cada vez más elevado de niños sin fe. ¿Cómo van a creer en Aquel de quien no han oído hablar? ¿Cómo se va a despertar su fe religiosa en un hogar indiferente?

 Hay padres que, aun sintiéndose creyentes, renuncian fácilmente de su propia responsabilidad y lo dejan todo en manos de los catequistas. Parecen ignorar que nada puede sustituir el ambiente de fe del propio hogar y el testimonio vivo de unos padres creyentes.

 No es posible transmitir lo que no se vive. No se puede enseñar a rezar al hijo cuando uno no reza nunca. No se le puede explicar por qué el domingo es fiesta si en casa no se celebra ese día de manera cristiana.

 Preguntémonos: ¿Qué espera Dios de mi hoy?

martes, 1 de octubre de 2019

XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

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XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a crecer en la fe para que en nuestra vida demos frutos abundantes.
 
La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.
 
Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?
 
Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enfadado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?
 
En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o de prisa.
 
En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad.
 
Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres.  Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuando.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”.
 
La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos invita a renovar cada día nuestro compromiso, como cristianos, con Cristo y el Reino de Dios.
 
Hemos ido llenando nuestra vida de tantas ocupaciones, que esas ocupaciones nos alejan de servir a Dios y vivir los valores del Evangelio.  Por eso, San Pablo, nos invita hoy a vivir con entusiasmo nuestra fe, nuestra entrega y servicio a Dios y al prójimo.  Nos invita a dejar de lado la flojedad, la comodidad, el “no tengo tiempo para las cosas de Dios”  y a no avergonzarnos, a no tener miedo de dar la cara por Dios, porque quien se avergüence del Señor y de servirlo, también Dios se avergonzará de él.
 
El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.
 
“La fe mueve montañas”.  Cuando decimos esto, estamos diciendo que la fe tiene tal fuerza y poder que es capaz incluso de hacer lo imposible.
 
Pero, ¿Qué es la fe?  La fe no es sólo creer que existe Dios, ni creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, ni tampoco creer en la Iglesia o en la vida eterna.  La fe es sobre todo encuentro, relación y experiencia con Dios.
 
¿De qué nos sirve creer que existe Dios, si no nos relacionamos con Él?  Hay personas que dicen tener más fe que nadie, pero no vienen a la Iglesia.  Estas personas ponen la fe al servicio de sus caprichos y además tienen que saber que la fe no es cosa sólo de ello, sino que es cosa de dos: Dios y la comunidad cristiana.  El Señor ha querido que vivamos nuestra fe en comunidad, no en solitario.
 
Hay persona que viven la fe como una costumbre social: se bautizan, hacen la primera comunión, se casan y entierran a sus difuntos, porque así es costumbre.
 
Podemos venir todos los domingos a misa, podemos rezar mil rosarios, podemos tener muchas devociones.  Pero si no nos relacionamos con Dios en la oración, si no hemos aceptado en nuestras vidas el mensaje de Jesús, y si no hemos hecho un esfuerzo por cambiar de vida, todo es inútil.
 
Hay personas que ante una desgracia, ante un problema, piensan que Dios los ha abandonado y se alejan de Dios.  Esta es una fe débil y falsa.  Otros le echan la culpa de todo lo malo a Dios y se alejan de Él.  Esta es una fe inmadura e infantil.
 
La fe, es ante todo, encuentro con Dios, y no una barita mágica para resolver todos nuestros problemas, sino para vivir la vida al estilo del Señor.  Sólo así podremos entender que ser cristiano no es por afán de recompensas o por lo que podamos conseguir sino por hacer lo que debemos hacer.  Ante Dios sólo somos siervos.
 
Por ello, como los apóstoles, pidámosle a Jesús: “Auméntanos la fe”