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martes, 4 de septiembre de 2018


XXIII DOMINGO ORDINARIO 

El mensaje que nos transmite las lecturas de este domingo es un mensaje profundamente social: hay que liberar a todo aquel que tiene algo que lo limita, lo esclaviza, le dificulta su realización personal.  Todo lo que ayuda a liberar a las personas contribuye al Reino de Dios. 
 
La 1ª lectura del profeta Isaías, hace una llamada a la alegría y a la esperanza porque Dios interviene y se manifiesta en medio de su pueblo. 
 
Para los optimistas, nuestro tiempo es un tiempo de grandes realizaciones, de grandes descubrimientos, en el que se abre todo un mundo de posibilidades para el hombre; para los pesimistas, nuestro tiempo es un tiempo de sobrecalentamiento del planeta, de subida del nivel del mar, de destrucción de la capa de ozono, de eliminación de los bosques, de riesgo de holocausto nuclear.  
 
Hay también muchas personas que viven agobiados por problemas personales, familiares y económicos.  Hay acontecimientos que nos hacen sufrir: enfermedad, falta de trabajo, accidentes, etc.  Antes esta situación no es fácil encontrar consuelo y, mucho menos, soluciones. 
 
Sin embargo, la primera lectura nos dice que no nos asustemos, que tengamos ánimo, que tengamos la certeza de la presencia salvadora y amorosa de Dios en nuestra vida y que estemos convencidos que Dios no nos dejará abandonados en las manos del mal ni de la muerte.  No nos olvidemos que Dios está ahí, que hace justicia y libera, a su tiempo, a los oprimidos. 
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos invita a no discriminar ni marginar a ningún hermano y a acoger con especial bondad a los pequeños y a los pobres. Jesucristo nunca discriminó ni nunca marginó a nadie. 
 
¿Tratamos igual al rico que al pobre? ¿Al que tiene un título universitario y al analfabeto? 
 
En nuestro trabajo e incluso en nuestra familia hay personas con las que nos llevamos bien, nos caen bien, nos entendemos bien con ellas, pero también hay personas que no las toleramos, que nos cuesta aceptarlas, tratarlas bien, con comprensión, con tolerancia, con amor.  Nos relacionamos con las personas muchas veces por su apariencia y no por lo que realmente son. 
 
Dios mira el corazón del hombre y no su posición social o su situación económica.  Nosotros estamos llamados a hacer lo mismo: a no hacer distinción de personas, porque en cuestión de fe el corazón de un pobre puede ser más rico que el del presidente de la nación. 
 
El Evangelio de San Marcos, nos muestra a Jesús curando a un sordo y tartamudo. 
 
El sordomudo representa a todos esos que no quieren escuchar a Dios, que construyen su vida sin contar con Dios.  Representa también a todos aquellos que no saben comunicarse, que no saben dialogar, que no son tolerantes. 
 
Una vida de “sordera”, es una vida vacía, estéril, triste, egoísta, cerrada, sin amor. 
 
Nosotros también, muchas veces, somos sordos.  Somos sordos de conveniencia, cuando escuchamos nada más que lo que nos conviene, lo que está de acuerdo con nuestras ideas. 
 
Vivimos en la era de la comunicación: radio, televisión, e-mail, internet, mensajes por los móviles, pero a la vez, cada día más aumenta la incomunicación y la soledad en la sociedad. En la familia hay muchas sorderas a causa de la incomunicación entre padres e hijos.  Lo que hoy nos sobra es información pero nos falta comunicación en nuestras relaciones personales. 
 
La falta de comunicación puede deberse a muchas cosas.  Pero una de las razones es el temor a confiar en los demás, el irse distanciando poco a poco de los demás para encerrarnos dentro de nosotros mismos. 
 
Somos sordomudos porque nos vamos aislado cada vez más, porque dejamos de hablar con los demás, porque pensamos que ¿qué nos pueden decir los demás que yo ya no sepa? O ¿qué puedo decir yo a los demás si cada cual va a los suyo, buscando sus propios intereses? 
 
Por ello hoy el Señor nos tiene que decir también a nosotros: “Effetá! ¡Abrete!   
 
Effetá: que nuestros oídos escuchen y nuestra lengua se suelte en la intercomunicación familiar, entre esposos, padres e hijos, sin olvidar a los mayores. 
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que se abran nuestros oídos, para que sepamos escucharnos unos a otros y también a Dios que nos habla constantemente.  Y que también aprendamos a hablarnos unos a otros, de persona a persona, con amor, de corazón a corazón.
 

martes, 28 de agosto de 2018

XXII DOMINGO ORDINARIO
La liturgia de este domingo nos habla de la “Ley de Dios”.  La Ley de Dios nos indica el camino que tenemos que seguir.  La Ley de Dios no es cumplir simplemente unos ritos, sino que es un proceso de conversión para que nos comprometamos cada vez más con el amor de Dios y con los hermanos. 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio, nos dice que cumplir las “leyes” y preceptos del Señor nos aseguran la felicidad y la vida en plenitud.  Por ello es importante que acojamos la Palabra de Dios y nos dejemos guiar por ella. 
Una ley puede ser muy legal y ser muy injusta al mismo tiempo.  Las leyes han sido dadas para que podamos vivir mejor; todas las leyes deben estar hechas para servir al hombre y no el hombre al servicio de las leyes. 
Algunas personas creen que las leyes y preceptos de Dios nos esclavizan, limitan nuestra libertad, nos quitan nuestra autonomía; para otros, las leyes y preceptos de Dios son algo que ya están superados, son una moral superada que no coincide con los valores de nuestro tiempo y que la Iglesia debería quitar todas las leyes porque ya son anticuadas.
Hoy nos recordaba la primera lectura que la Palabra de Dios es siempre actual, que libera al hombre de la esclavitud y del egoísmo.  Por lo tanto las leyes y preceptos del Señor son siempre actuales y sirven para conducirnos a la verdadera vida y a la verdadera libertad. 
“No añadáis nada a lo que yo os mando ni suprimáis nada”, nos decía la primera lectura.  No podemos nosotros adulterar las leyes de Dios, por intereses personales, no podemos adaptar las leyes de Dios según nuestros intereses personales, no podemos hacerle decir a Dios cosas que no dice.  Cumplamos las leyes de Dios sin quitarle ni ponerle nada de lo que dicen. 
La 2ª lectura de la carta del apóstol Santiago nos decía: “Poned en práctica la palabra y no os contentéis con oírla”.   
Ser cristiano no es saberse de memoria los Mandamientos, no es saberse de memoria la Biblia.  Ser cristiano es vivir el amor en compromisos concretos que se vean en la forma en que tratamos a los necesitados y que se vean en cómo nos mantenemos viviendo entre los corruptos, sin mancharnos nosotros con toda esa corrupción que nos rodea. 
La Palabra de Dios que escuchamos cada domingo, debemos acogerla en nuestro corazón y nos tiene que llevar a la acción. 
La Palabra de Dios que escuchamos tiene que llevarnos al compromiso, a la lucha por la justicia, por la paz, por la dignidad de nuestros hermanos, por los derechos de los pobres, por un mundo más fraterno y más cristiano. 
La religión que agrada a Dios no es la de la observancia de normas externas y vacías, sino la de la vivencia de la justicia, la de la atención a los necesitados, la de la honradez y la honestidad. 
En Evangelio de san Marcos, Jesús denuncia la hipocresía. 
Hoy se habla mucho de higiene, pero hemos descuidado la higiene del corazón.  No son las manos las que hay que limpiar, es nuestro corazón el que hay que limpiar. 
A muchas personas se les ve también muy preocupadas por la ropa limpia y bonita y por tener una buena apariencia externa.  Pero, ¿y nuestra alma, nuestro corazón?, ¿tratamos de mantenerlos limpios? Lo mismo que hacemos con la ropa para agradar a la gente, debemos hacerlo con nuestra alma y nuestro corazón para agradar a Dios. 
Hay que limpiarnos por dentro, porque es del interior de nosotros de donde salen los bueno o malos sentimientos, los buenos o malos deseos, los bueno o malos pensamientos.  Es de nuestro interior de donde salen las impurezas, las discordias, la violencia, los rencores y tantas y tantas cosas malas.  No hay que echarle la culpa a nadie ni a nada.  Lo que hacemos mal lo hacemos porque queremos y porque sale de nuestro interior. 
Todo lo malo que hacemos sale de un corazón corrupto.  Por lo tanto está en nuestras manos el emplear el dinero en descubrir y crear las medicinas que hagan desaparecer las enfermedades que nos destruyen, pero preferimos usar el presupuesto de nuestros países en fabricar armas para matar, en vez de usarlo para curar. 
El Señor hoy denuncia el vivir una fe sin relación con la vida.  A lo mejor cumplimos muy bien sus leyes pero hay que preguntarse qué es lo que se da en mi vida: ¿cumplimiento de las cosas de Dios o cumplo y miento?
La vida de un cristiano tiene que estar de acuerdo entre lo que dice y lo que hace, entre lo que reza y lo que practica.  Por eso hoy el Señor denuncia la hipocresía: rezar con los labios y ofrecer un culto vacío; y una doble conducta moral: contentándonos con ritos, pero olvidándonos del verdadero mandamiento, que es el amor a Dios y al prójimo. 
¿Cómo es nuestra religiosidad? Que el culto que tributamos a Dios sea en espíritu y verdad, manifestado en el amor a Él y a nuestros hermanos.

martes, 21 de agosto de 2018


XXI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
 
La liturgia de este domingo nos habla de que como personas estamos obligados a tomar decisiones en nuestra vida.  Vivir es tener que decidir.  Podemos decidir bien, pero también podemos decidir mal.  Hemos de aprender a tomar siempre buenas decisiones en nuestra vida. 
 
La 1ª lectura nos muestra a Josué invitando a las tribus de Israel, que estaban reunidas en Siquem, a escoger entre “servir al Señor” o a los falsos dioses o ídolos. 
 
Desde niños nos vemos en la necesidad de escoger: “quieres una naranja o un plátano” le dice la mamá a su hijo y el niño tiene que elegir; pero a medida que vamos creciendo, saber elegir se hace más complicado y difícil.  Cuando llega la adolescencia hay que elegir: bachillerato o formación profesional, seguir estudiando o no; entrar a un grupo de la parroquia o a una pandilla.
 
Más adelante debemos elegir una profesión que nos guste y que nos permita desarrollarnos como personas.  Hay que elegir también entre esta o aquella muchacha para que sea nuestra novia; entre comprar un coche o una moto.  Es decir, nos pasamos la mayor parte de nuestra vida teniendo que elegir, teniendo que tomar decisiones, porque “la felicidad está en escoger la mejor de mis posibilidades y realizarla”. 
 
Hoy también se nos pregunta a nosotros: “¿a quién queréis servir?”  Hay que escoger entre servir a Dios o servir al dinero, al éxito, a la fama, al poder, a la moda. 
 
Como creyentes sabemos que no podemos prescindir de Dios en nuestra vida, que tenemos que confiar plenamente en Él, porque es en Dios en quien vamos a encontrar nuestra realización plena como personas.  Dios no quiere compartir nuestro corazón con los ídolos, por ello, hoy tenemos que preguntarnos: ¿servimos al Señor porque es nuestro Dios o servimos, al mismo tiempo, a los ídolos? 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos habla de la elección que hacen el marido y la mujer, uno del otro, cuando contraen matrimonio. 
 
Al escoger esposo o esposa, la mujer y el hombre tienen que renunciar a todos los demás candidatos y todas las demás candidatas posibles y a todas las personas que por más maravillosas que pudieran ser se encuentre uno en el futuro.   
 
El matrimonio cristiano no puede convertirse en una competición para ver quien tiene más derechos o más obligaciones sino en una comunión de vida de personas que, a ejemplo de Cristo hacen de su vida un compartir y un servicio a todos los hermanos que caminan a su lado. 
 
San Pablo utiliza en la lectura de hoy, una palabra que no podemos absolutizar: “sumisión”.  Esta palabra hay que entenderla y situarla en la época en que fue escrita esta carta.  En aquella época el marido era considerado el dueño y señor de la familia.  Hoy, no podemos seguir manteniendo este tipo de relación de la esposa con el marido.  No podemos discriminar a la mujer, no podemos exigir sumisión de la mujer al marido, ya que hombre y mujer tienen la misma dignidad. 
 
Lo importante es que ambos, marido y mujer, vivan unidos por un amor mutuo a ejemplo del amor de Cristo a la Iglesia. 
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús le pregunta a sus discípulos y nos pregunta también hoy a nosotros: “¿También vosotros queréis marcharos?”. 
 
Jesús hoy nos cuestiona con toda claridad y nos pregunta si estamos dispuestos a seguirlo con todas sus consecuencias y cada uno de nosotros hemos de responder. 
 
No podemos vivir una fe ligth, no podemos servir a Dios y al diablo, no podemos vivir una fe sin exigencias.  No debemos preocuparnos tanto del número de personas que llenan la Iglesia sino de la manera cómo vivimos y damos testimonio de nuestra fe ante el mundo. 
 
Muchos se dicen cristianos pero se quedan en un cristianismo de ritos y tradiciones.  Les parece bonito el bautismo, les parece bonito ver a un niño con la ropa de primera comunión, les parece bonito entrar la novia por el pasillo central de la Iglesia, pero nada más, no hay compromiso. 
 
La fe, cada vez más, va a depender de una decisión personal y no de que me bautizaron cuando era niño.  Será cristiano quien tome la decisión consciente de aceptar y seguir a Jesucristo.  Tenemos que pasar de un cristianismo por nacimiento a un cristianismo por elección. 
 
Hay muchas personas que abandonan su fe porque piensan que les va a ir mejor.  Y tú, ¿también quieres dejar a Jesús? 
 
Si caminamos con Jesús podremos descubrir que son ciertas las palabras de Pedro: “Señor, ¿a quién vamos a ir? ¡Tú tienes palabras de vida eterna!” 

martes, 14 de agosto de 2018


XX DOMINGO ORDINARIO 

Las lecturas de hoy nos invitan a estar atentos y dispuestos a escuchar a Dios, para vivir el presente de manera positiva; es decir, que abandonemos la ignorancia y busquemos el camino del conocimiento y de la verdadera sabiduría de la vida. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos hace una invitación para que optemos por la “sabiduría”.  En la Biblia, la sabiduría es el arte de vivir y nos ayuda para orientarnos en este mundo y así vivir y actuar mejor.  Por lo tanto optar por la sabiduría significa acoger la vida, la felicidad, la realización como persona; optar por la ignorancia es escoger la muerte, la infelicidad, el fracaso.   

Hay que saber elegir: sabiduría o ignorancia.  Si queremos triunfar en la vida, si queremos realizarnos plenamente como personas y alcanzar la felicidad hay que escoger la sabiduría.  Sin embargo, muchas veces buscamos nuestra realización plena y nuestra felicidad al margen de Dios y sus valores, al margen de esa sabiduría de Dios y Dios no puede ser excluido de nuestra vida si queremos tener éxito y ser felices.  No podemos llegar a nuestra realización plena ignorando a Dios y a sus propuestas. 

La sabiduría que procede de Dios es fuente de experiencia, y la experiencia, a su vez, es fuente de prudencia. 

La sabiduría sale a nuestro encuentro, pero cada uno es libre de aceptarla o no.  Quien la acepte será un hombre prudente y vivirá una mejor vida, quien la desprecie seguirá por el camino de la imprudencia. 

La Sabiduría es saber vivir, es saborear la vida, es encontrarle gusto a lo que somos y hacemos, y disfrutar con las personas con quienes compartimos la existencia. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos invita a ser sensatos y actuar con sensatez.   

La insensatez es caer y seguir cayendo en los mismos errores.  Si caemos y no aprendemos, perdemos dos veces.  Si caemos y aprendemos de nuestros errores, ganamos.  El problema no es caer en los errores sino seguir cayendo en los mismos errores y por las mismas circunstancias. 

La insensatez nos lleva al libertinaje; la sensatez, en cambio, es estar cerca de Dios.  Sólo la persona insensata se aparta de Dios y de esa sabiduría que procede de Dios. 

Cuando nos alejamos de Dios nos comportamos como imprudentes e insensatos; cuando nos acercamos a Dios andamos por los caminos de la sabiduría y de la sensatez.

El alejamiento de Dios lleva a la insensatez. La vida cerca de Dios nos hace vivir una vida más en plenitud, más feliz. 

En el Evangelio de san Juan, nos invita Jesús a comer su carne y a beber su sangre. 

Se dice que nuestro cuerpo se compone de lo que uno come.  Pues algo parecido pasa con nuestra vida espiritual.  Si nosotros nos alimentamos de rencores, egoísmos, envidias, etc., no podremos vivir una vida de felicidad profunda ni plena. 

Jesús hoy se nos presenta como el verdadero alimento para esta vida y para la vida eterna.  Él mismo es ese alimento.  Comulgar o comer a Cristo significa no sólo alimentarnos de Él, sino también vivir comprometidos con nuestra felicidad y la de los otros; salir de nuestros egoísmos y mirar a ver a nuestro alrededor; dejar la indiferencia y tomar las riendas de nuestra vida; significar perdonar como Jesús perdonó; orar como Él oro, y amar como Él nos lo enseñó. 

La Eucaristía no puede ser solamente un rito más en nuestra vida al que asistimos por obligación, sino que es un encuentro con Cristo que viene a nosotros para ofrecernos la vida plena y definitiva. 

Celebrar la Eucaristía es identificarse con Jesús, es vivir en unión con Él, es tener los mismos sentimientos que Él.  No podemos celebrar la Eucaristía y sembrar divisiones, envidias, conflictos e indiferencias ante las necesidades de los hermanos.  Si hacemos esto, entonces, la Eucaristía que celebramos y participamos se convierte en una mentira.   

Comer la carne de Jesús y beber su sangre significa que tenemos que comprometernos con el mismo proyecto que Jesús llevó a cabo a lo largo de su vida. 

Nadie puede dar lo que no tiene; por eso alimentémonos de Jesús, verdadero alimento de vida eterna, para poder así nosotros junto con Él, y guiados por el Espíritu dar frutos que perduren, frutos de vida eterna.

martes, 7 de agosto de 2018


XIX DOMINGO ORDINARIO  

Todos nosotros hemos sentido momentos de tristeza, e incluso de desesperanza. ¿Quién no ha sentido la tentación de dejarlo todo ante las dificultades de la vida o ante las exigencias de la fe? La Palabra de Dios de este domingo nos ofrece un mensaje de confianza y esperanza. 

La 1ª lectura, del primer libro de los Reyes, nos muestra al profeta Elías que ya no puede más; se siente cansado, agotado, decepcionado y desanimado porque no ha podido cambiar el corazón de su pueblo y por ello ha desistido seguir luchando e incluso prefiere morir que continuar con su misión. 

También nosotros podemos estar cansados y en crisis.  No sólo se cansan de buscar sentido a su vida aquellos que abandonan su fe, sino que hay también muchas personas que se cansan de hacer el bien y sufren porque su voz no es oída y porque ven que se van perdiendo los valores cristianos en este mundo en el que vivimos.  Quizás en algunos momentos de nuestra vida podemos sentirnos con ganas de “tirar la toalla”, de dimitir de lo que estamos haciendo e incluso desearnos la muerte. 

Cuando nos sentimos así, la solución no es bajar los brazos y abandonar la lucha.  Cuando parece que nuestra misión es superior a nuestras fuerzas, cuando parece que todo es un fracaso en nuestra vida, es en Dios en quien tenemos que confiar y es en Él en quien tenemos que poner nuestra esperanza. 

A veces, le pedimos a Dios que resuelva milagrosamente nuestros problemas y nosotros queremos quedarnos de brazos cruzados.  Dios no fomenta la flojera, sino que Él está a nuestro lado siempre que lo necesitamos para darnos fuerza para vencer las dificultades e indicarnos el camino a seguir. 

Las dificultades y las desilusiones sólo se pueden superar desde Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Efesios, nos dice que ser cristiano y seguir a Cristo implica dejar de lado la ira, la violencia, la envidia, el orgullo, la maldad. Ya sufrimos bastantes guerras, enfrentamientos, odios y violencia en este mundo, para que nuestras relaciones con los demás estén basadas en estos vicios y pecados.  Todas estas cosas tienen que ser eliminadas de nuestra vida.  Todas estas cosas son comportamientos del hombre que no tiene fe. 

Dios no se complace en las rivalidades y los enfrentamientos, sino en la paciencia, la comprensión y el amor mutuos, para que exista entre nosotros una vida de convivencia armónica y fraternal, más justa y pacífica. 

El amor de Cristo tiene que ser ejemplo y modelo para todo cristiano, de modo que se pueda expresar en actitudes de bondad, comprensión y perdón de unos para con otros. Así, haciendo como Cristo, podremos complacer al Espíritu de Dios. 

En el Evangelio de san Juan, nos decía Jesús: “El que cree en mi, tiene vida eterna”. 

¿Qué es lo que puede hacer que la vida de una persona no sea una vida plena?  Algunos dirán que la falta de dinero, de salud o de amor.  Sin embargo Jesús nos dice que lo que hace que una vida no sea plena es la falta de fe, la falta de sentido de la vida, la falta de valores. 

Quien no cree, dice san Juan, ya está condenado.  Hay mucha gente que no cree en nada, que no tienen un sentido religioso.  Para que la vida sea plena, el ser humano tiene que estar abierto a Dios. 

Cuando una persona renunciar a comer, es decir, es anoréxica, no lo vemos normal porque atenta contra su vida; si uno renuncia a hablar (autismo) no lo vemos normal, atenta contra la relación personal.  Si uno renuncia a la fe, a su sentido religioso, a su formación como creyente, está limitando su plenitud de vida.  La vida sin Dios no puede ser una vida plena, no puede ser una vida con sentido. 

La incredulidad es una tentación siempre presente en nuestra vida y que empieza a echar raíces en nuestro corazón desde el momento mismo en que nos vamos organizando nuestra vida de espaldas a Dios. 

Cristo es el pan de la vida. Ha venido para que tengamos vida eterna. Podemos saber si estamos participando de esa vida en la medida que vivamos y practiquemos nuestra fe, en la medida que nuestra vida tenga sentido. ¡Que Cristo sea nuestra vida!

martes, 31 de julio de 2018


XVIII DOMINGO  ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida. 

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres. 

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad.   

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad.   

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida. 

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.  

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo. 

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.  

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.  

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos.

Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.  

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor. 

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?


 

 

martes, 24 de julio de 2018

XVII DOMINGO ORDINARIO

La liturgia de este domingo nos muestra la preocupación de Dios por saciar el “hambre” de pan, de libertad, de justicia, de paz y de esperanza que tenemos todos los seres humanos. 

La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes, nos muestra al profeta Eliseo compartiendo su pan con los necesitados. 

Dios actúa en el mundo a través de la generosidad y del compartir de los hombres.  Así es como el pan llega a los necesitados.  Dios se sirve de los hombres para intervenir en el mundo y para hacer llegar al mundo sus dones. 

Hay en el mundo muchos hombres y mujeres generosos, que sin publicidad, tienen gestos de compartir, de solidaridad, de entrega hacia los más necesitados.  Y es a través de estas personas como Dios manifiesta su misericordia con los necesitados. 

Dios quiere acabar con el hambre del mundo, por ello la primera lectura nos invita a todos al compromiso.  Dios necesita de todos nosotros, de nuestra generosidad y bondad para ir al encuentro de nuestros hermanos necesitados y para ofrecerles vida en abundancia.

Nosotros, como cristianos, estamos llamados a ser como el profeta Eliseo, testigos de ese Dios que quiere compartir con los hombres su “pan” y esto se hará realidad si somos capaces de compartir, de ser generosos, de ser solidarios.  Ser solidarios es pensar en los demás y compartir con ellos lo que somos y tenemos.  Dios nos pide que compartamos, que no seamos egoístas, que nos mostremos solidarios con los que menos tienen. 

Todos tenemos cosas que podemos compartir, sea en lo económico, en lo cultura, en lo religioso.  Siempre vamos a encontrar personas que pasan alguna clase de hambre y se sienten solas.  No siempre es dinero lo que piden, muchas veces es atención, tiempo, compañía, una mano amiga.  No hay que ser rico para compartir. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos da un mensaje de paz, de unidad y de concordia, tan necesarios hoy para nuestra sociedad y nuestro mundo. 

Todos los cristianos formamos el “Cuerpo de Cristo”, Él es la cabeza, nosotros somos los miembros de esa cabeza, es decir, formamos una unidad. Por ello, no tienen sentido las divisiones, las envidias, las rivalidades, los celos, los odios que tantas veces dividen a los hermanos de una misma comunidad. 

El que seamos personas diferentes, que pensemos de diferente manera no nos tiene que llevar a conflictos y divisiones sino a una unidad, construida en el respeto y la tolerancia.  La diversidad es un valor bueno que no debe anular la unidad y el amor a los hermanos. 

Frente a la diversidad de opiniones que pueda haber en la comunidad; frente a los diferentes criterios o formas de ver las cosas; existe algo que no puede faltar y ha de ser compartido por todos: la comprensión, la unidad, la fraternidad y la paz. 

El evangelio de san Juan, nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los pescados. 

El hambre que la multitud siente y que Jesús quiere saciar, es un símbolo del hambre de vida que tienen muchas personas.  Los que tienen hambre hoy son los explotados, los que viven en soledad, los que tienen que dejar su tierra y su cultura, los marginados, los niños víctimas de la violencia y de la explotación. 

En nuestro tiempo hay también muchos seres humanos que dejan de existir porque no tienen alimento, no porque no haya qué comer, pues cada año las grandes compañías de alimentos destruyen toneladas de sus productos con el objetivo de hacer subir los precios.  Nuestro planeta tiene capacidad para alimentar al triple de la población actual; pero cuando la riqueza se pone como valor absoluto, no importar sacrificar vidas humanas.  No es posible que en nuestro mundo mientras unos mueren de hambre otros no saben qué hacer con los alimentos que les sobran. 

¿Qué podemos hacer nosotros frente al hambre?  No basta con dar unas cuantas monedas.  Esto, a veces, lo hacemos para tranquilizar nuestra conciencia.  Tenemos que comprometernos en buscar condiciones que brinden una mejor calidad de vida para todos.  Tenemos que poner lo poco o lo mucho que tenemos en las manos de Jesús, es decir, cuando, nuestras manos son la extensión de las manos de Jesús, alcanza para todos y sobra.  ¡Cuidado con no desperdiciar, con no malgastar!