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martes, 12 de marzo de 2019

II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Cuaresma y las lecturas nos invitan a transfigurarnos, a convertirnos, para que la vida diaria y sus valores vayan haciéndose presentes en nuestros pensamientos y acciones.
 
La 1ª lectura del libro del Génesis nos presenta a Abraham que es modelo de fe, de obediencia y de confianza en Dios para todos los creyentes.  Abraham es un hombre que acepta los proyectos de Dios y se pone al servicio total de Dios, por ello Dios hace una alianza con él.
 
Hoy día, existen personas que quieren prescindir de Dios en la construcción de un mundo mejor.  Hoy Dios nos dice que no es posible hacer de este mundo un paraíso sin contar con Él.  Hoy como siempre, los caminos del hombre no coinciden con los de Dios.  Y los caminos de Dios nos resultan, a veces, extraños y sorprendentes.
 
El hombre de hoy, también hace coaliciones, pero sus coaliciones son con la técnica, el dinero, el poder, el placer, que son los ídolos actuales.  Sin embargo, el hombre de fe, el hombre creyente tiene que hacer alianzas con Dios, tiene que unirse a Dios, tiene que ponerse al servicio de Dios y comprometerse con el proyecto que Dios tiene para este mundo y sólo así se producirá el milagro como con Abraham.
 
La Cuaresma es el tiempo especial para ver nuestra alianza con Dios; para ver si está deteriorada o rota y decidirnos a fortalecer esa alianza con Dios.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, es una denuncia contra la actitud de ciertos cristianos que con su manera de vivir y de actuar se muestran como enemigos de la cruz de Cristo.
 
¿Cuándo somos enemigos de la cruz de Cristo?  Hay personas que llevan en el pecho la cruz, pero la llevan como un elemento de lujo o como una especie de amuleto para que los proteja.  Hay personas que se signan con la cruz en diversos momento del día: al empezar un camino, al cerrar un negocio, al hacer un examen, etc.  Muchas veces llevamos una cruz o hacemos el signo de la cruz pero sin ninguna vinculación real con la cruz de Cristo.
 
Por eso nos gusta una vida tranquila sin mucho compromiso real con la cruz de Cristo.  Preferimos la gracia barata que es el más grande y mortal enemigo de la Iglesia.  La gracia barata se manifiesta en el perdón sin arrepentimiento ni deseo de cambio en nuestra vida; en los sacramentos sin formación y sin preparación y en una fe tibia y sin compromiso real con Cristo.
 
Hay que tomar en serio la cruz de Cristo y esto significa tomar con valentía las incomodidades y los dolores de esta vida pero sin huir de este mundo, esforzándonos por mejorarlo no sólo con las fuerzas humanas sino también con la gracia de Dios.
 
Tomar la cruz es seguir al Señor hasta las últimas consecuencias, aunque seamos perseguidos por causa de la justicia, por causa de Jesús y llegar así a convertirnos en ciudadanos del cielo.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta la Transfiguración del Señor. Jesús se lleva a sus discípulos al monte, al silencio y allí les muestra su gloria, allí el Padre hace oír su mensaje: “Este es mi Hijo mi escogido; escuchadlo”.  
 
Nosotros también necesitamos esos momentos en los que compartir la intimidad del Señor, momentos de retiro, de silencio, momentos para leer la palabra de Dios en la Biblia, para escuchar su voz en nuestro interior.  Momentos para ver los acontecimientos que nos ocurren con la mirada de Dios. Momentos para discernir lo que está bien y lo que está mal. Momentos para que nuestro espíritu recobre fuerzas.  Todo eso, hermanos es la oración.  Y en esta cuaresma se nos pide hacer un esfuerzo especial por hacer oración. 
 
Orar no es hablar de Dios sino hablar con Dios, como hijos suyos. Saber rezar no es difícil; basta hablar con Dios. A veces ni siquiera es necesario hablar, pues escuchar es suficiente. La oración puede ser individual o comunitaria, mental o vocal, espontánea o ya hecha: salmos, plegarias, cantos, bendiciones, y la oración por excelencia: el Padrenuestro.
 
Debemos crecer siempre en la oración, al igual que en la fe. Necesitamos orar, ya sea en medio de los quehaceres de cada día, ya sea retirándonos a solas con Dios.  Pero siempre la oración debe ser escuchar a Jesús, porque escuchándolo a Él, escuchamos a Dios, nuestro Padre.
 
Hoy, hay crisis de oración entre los cristianos; rezamos poco o rezamos mal, porque estamos materializados y nos creemos autosuficientes.
 
No hay cristiano sin oración. Igual que en la vida de Jesús, la oración lo es todo en nuestra vida cristiana.  No hay cristiano, no hay apóstol, no hay testigo, sin oración personal y comunitaria.
 
Hay que hacer oración para escuchar al Hijo amado del Padre.  Por ello hoy es un buen momento para preguntarnos: ¿Rezo yo en mi vida: mucho, poco, nada?

martes, 5 de marzo de 2019

I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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I DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Hoy celebramos el primer domingo de Cuaresma, y las lecturas nos invitan a reflexionar sobre las tentaciones a las que nos enfrentamos día a día y que ponen a prueba la confianza que debemos tener en el Señor y nos hacen olvidar el camino del bien.
 
La 1ª lectura del libro del Deuteronomio es una manifestación de fe.  El pueblo tiene que recordar su historia para no olvidarse de todo lo que Dios ha hecho por ellos.
 
Una persona o un pueblo que desconoce su historia es como un árbol sin raíces o un edificio sin bases. Está abocado a repetir los mismos errores del pasado. Una de las características del hombre actual, es precisamente su poco interés por la historia y por todo aquello que implique esfuerzo y sacrificio. El hombre de hoy prefiere las cosas prácticas, fáciles y rápidas.
 
Algunas personas pobres que lograron por algún medio cierta capacidad económica, son quienes más desprecian y explotan a sus hermanos.  Algunos padres de familia que pasaron una niñez difícil, y tuvieron que trabajar fuerte para progresar, hacen hasta lo imposible para ofrecerles a sus hijos todo lo necesario y hasta más, con el fin de evitarles las fatigas y sufrimientos que a ellos les tocó vivir. Muchos de estos niños y jóvenes crecen como en una caja de cristal, totalmente protegidos y dependientes. Se convierten en personas duras de corazón, miedosas e incapaces de hacer compromisos serios por su vida y por los demás. Se avergüenzan del pasado de sus padres y hasta preferirían tener otro apellido de más tradición.
 
Esta primera lectura pretende mantener viva la memoria histórica en el pueblo. Para que el pueblo valore y agradezca la entrega de sus antepasados y la acción de Dios en él. Para que no desprecie a los más pobres, pues él mismo fue pobre y esclavo. Para que acoja a los forasteros, pues él fue forastero en otros países. Para que comparta solidariamente con los hambrientos, pues él también pasó hambre. Para que no se convierta en explotador, pues él también fue explotado. Para que en tiempo de crisis luche por estar mejor, pues la voluntad salvífica de Dios es la plena libertad y la felicidad para sus hijos.
 
Vale la pena que como personas, como familia y como pueblo, mantengamos viva nuestra memoria histórica.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos dice que nuestros labios pueden pronunciar la mejor oración dirigida a Dios si las palabras son una auténtica confesión de que Jesús es nuestro único Señor. Nada ni nadie debe ocupar nuestra mente ni nuestro corazón por encima de Él. Ningún otro señor de esta tierra puede satisfacer nuestras ansias de plenitud. Más bien, nos dejan más sedientos e insatisfechos. Dios desea liberarnos, sacarnos de la muerte. Dejemos a Dios que actúe en nuestra vida.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado las tentaciones de Jesús en el desierto.  Las tentaciones son símbolo del mal y de todo lo que nos aleja de Dios. Nosotros también somos tentados.
 
Primera tentación: “No sólo de pan vive el hombre”.  Cuántas personas viven pensando que la felicidad depende de las cosas que tienen, de los bienes, de las cualidades, de las capacidades.  Valoramos a las personas por lo que tienen.  Llegamos incluso a querer ser dueños de las personas.  Nos sentimos autosuficientes, sin necesitar de Dios ni de los demás.  Nos encerramos en nosotros mismos y negamos la acción de la gracia de Dios en nuestra vida.  Jesús comprendió muy bien que la comida era importante, pero que no sólo de pan vivía el hombre.
 
Segunda tentación: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él sólo servirás”.  Hay muchas personas que esperan la solución y la salvación de este mundo a través del poder político sea cual sea su sistema, democrático, dictatorial o totalitario. Todo sistema político en el fondo pretende una adhesión más o menos incondicional de los miembros de la comunidad social para poder funcionar. Para ello suele prometer la felicidad y la solución de todos los problemas humanos. Son pocos los políticos que se atreven a decir que hay problemas humanos que no se pueden resolver políticamente sino que necesitan otro tipo de soluciones.
 
No sólo los totalitarismos sino también las democracias pretenden ofrecer la
salvación a los pueblos. En nombre de los valores democráticos se hace la
guerra para imponer la democracia en otros países. El sistema del poder se convierte en una especie de Dios que pide reconocimiento absoluto.  Jesús nos recuerda que el hombre debe adorar solamente a Dios, que es el único Señor que nos constituye en personas libres.
 
La tercera tentación: “No tentarás al Señor, tu Dios”.  Es querer tener un Dios para nuestros caprichos.  Querer que Dios sea como yo soy.  Desconfiamos de Dios cuando las cosas no salen como yo quiero sino como Dios quiere.
 
Hoy es un momento propicio para tomar conciencia de cuáles son nuestras tentaciones, las mayores dificultades que experimentamos para  ser cristianos.  Hoy hemos de mirar al Señor, que también experimentó la tentación, y pedirle: no nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal.

martes, 26 de febrero de 2019

VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 

La Palabra de Dios de este domingo nos quiere invitar a preguntarnos acerca de nuestra mirada, nuestras acciones y nuestras palabras, para que busquemos siempre una coherencia entre nuestra vida y nuestras palabras.

 
La 1ª lectura del libro del libro del Eclesiástico, es un breve poema que nos invita a no equivocarnos a la hora de valorar a las personas.

 
¿Cómo conocer a los hombres?  La primera lectura nos señala tres criterios: la criba, el horno y el fruto. Igual que la criba separa el trigo de la cascarilla y la suciedad, así la bondad o la maldad de los hombres se reflejan en sus acciones y en sus palabras.
 
Igual que los fallos en las piezas de alfarería se ven a la hora de ser cocida en el horno, así las pasiones de los hombres se revelan en el calor de la discusión. Y lo mismo que los árboles se conocen por sus frutos, así los pensamientos y los corazones de los hombres se traslucen en sus palabras y en sus obras.
 
Por lo tanto para conocer bien a una persona, es necesario conocer antes su modo de pensar, hablar y obrar.  Por ello, la sabiduría nos recomienda extremada prudencia a la hora de juzgar a los demás, ya que sólo Dios conoce el interior de cada persona.  Así que no nos precipitemos a la hora de emitir juicios sobre las personas.
 
La 2ª lectura de la Primera carta de San Pablo a los Corintios, termina la exposición que hemos venido oyendo sobre la forma de la resurrección de los cuerpos, y especialmente en torno a la forma de transformación de quienes estén todavía vivos en ese momento.
 
Tenemos que darle gracias a Dios que nos ha dado la victoria sobre la muerte gracias a Jesucristo. La vida cristiana ha de ser por lo tanto optimista y libre de temor.  El cristiano es un vencedor de la muerte en Cristo resucitado, por ello, en la vida del cristiano no hay lugar alguno para la tristeza, ni existe nada que nos quite la certeza de participar en la gloria en Jesucristo.  La muerte es tránsito a la gloria.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado una breve comparación o parábola: “¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?”.
 
En las parroquias comprobamos muy a menudo que se utilizan medidas diferentes para juzgar a las personas: cuando nos referimos al sacerdote, siempre le criticamos por lo que no hace y que nosotros creemos que debería hacer; cuando hablamos de los políticos o sindicalistas les dejamos verdes; cuando hablamos del compañero de trabajo, de la vecina o de la suegra, siempre son ellos los malos. Pero cuando hemos de hablar de nosotros mismos, entonces no tenemos gran cosa de que convertirnos, porque no mato, no robo, y de vez en cuando hago una visita relámpago a mis padres, a mis abuelos.
 
Pues bien, el Evangelio de hoy nos invita a la autocrítica: si no soy capaz de ver la viga que tengo en mi ojo, ¿cómo podré ver la mota que tiene el vecino en el suyo?
 
No tenemos derecho a juzgar a nadie por las apariencias -pues estas frecuentemente engañan-, ni mucho menos debemos condenar a nadie. ¿Qué sabemos de esa persona a la que ligeramente juzgamos? ¡Hay tantos dramas encerrados en el interior de la persona, tantos sufrimientos físicos y psicológicos que desconocemos, tantas razones ocultas!
 
Necesitamos una buena dosis de amor, misericordia y tolerancia ante las diferencias.  Por sus frutos se conoce si un árbol es bueno o malo. Diríamos también que por las palabras podemos conocer cómo es el corazón del hombre. Hay palabras duras, hirientes, que matan. Son el fruto de un corazón de piedra que no sabe amar. ¡Cuánto daño podemos hacer con nuestras palabras envenenadas! Con la palabra podemos ridiculizar, engañar, humillar, hundir... a nuestro prójimo.
 
¡Con qué facilidad detectamos los defectos de los demás y cuánto nos cuesta ver los nuestros!
 
Pensemos... ¿cómo reaccionamos cuando se nos denuncia algún defecto propio? ¿Excusándonos? ¿Negándolo? ¿Esperando que los demás también nos excusen y nos acepten así? ¿O tal vez -por casualidad- aceptamos la corrección y tratamos de cambiar? De eso se trata la seria advertencia del Señor hoy en el Evangelio.
 
Dios nos ama a pesar de nuestros defectos, y conoce muy bien nuestras “máscaras”.
 
Por eso es tan importante ir disminuyendo los defectos y aumentando las cualidades, que es lo mismo que decir: ir borrando pecados y creciendo virtudes.
 
Un buen programa de vida para esta semana: que nuestra palabra sea constructiva y no destructiva, que esté guiada por el amor y el deseo de hacer el bien.
 
 
 

 
 

martes, 19 de febrero de 2019

VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Ser cristiano, ser discípulo de Cristo no es fácil.  Hay una asignatura que a todos se nos hace cuesta arriba.  Nos cuesta amar a todos, nos cuesta perdonar.  Sin embargo la liturgia de este domingo nos pide un amor total, un amor sin límites, incluso para con nuestros enemigos. Nos invita a dejar de lado la violencia y a sustituirla por el amor. 
 

La 1ª lectura del Primer libro de Samuel nos presenta el ejemplo de David.  David tenía la posibilidad de matar a su enemigo Saúl, en cambio, en lugar de matarlo, escoge perdonarlo.
 
La violencia se ha adueñado de nuestras vidas, de la historia de la humanidad.  En los últimos 100 años hemos conocido dos guerras mundiales y muchísimas pequeñas guerras por todas partes.  Como resultado, han muerto y siguen muriendo, muchos millones de seres humanos y el sufrimiento de muchas familias.  Existe también el miedo de una guerra nuclear y vemos diariamente en las noticias la violencia por todas partes y la violencia dentro de la propia familia.
 
La violencia no puede ser la solución para construir un mundo en paz, no puede ser la solución para solucionar los conflictos tanto personales como mundiales. No podemos aplicar la ley del Talión: Ojo por ojo y diente por diente.  Hay que aprender a perdonar, a amar. 
 
La vida humana es sagrada y no tenemos derecho a quitársela a nadie.  Por ello, en ningún caso se justifica ni podemos estar de acuerdo con la pena de muerte. 
 
Tenemos el derecho de exigir justicia cuando nos han causado algún daño y esto está bien, pero si sabemos perdonar al que nos ha causado ese daño, habremos actuado como auténticos cristianos.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos sigue hablando, como el domingo pasado, de la resurrección de Cristo y de la nuestra.
 
Somos imagen del hombre terreno, pero estamos llamados a ser imagen del hombre celestial.  Por eso no hemos nacido para quedarnos aquí en la tierra sino para ir un día al cielo.  El hombre ha soñado siempre con ser un superhombre, pero el despertar de este sueño ha sido siempre trágico.  Los nazis quisieron crear un superhombre y para ello mataron a 6 millones de judíos.
 
Sin embargo, Cristo, que es el último Adán, nos garantiza este sueño no de ser superhombres, sino algo mejor: hombres celestiales.  Con la resurrección, Dios nos garantiza que vamos a ser transformados y vamos a vivir una nueva vida no como hombres terrenales sino como hombres celestiales.
 
El Evangelio de san Lucas nos habla de amar a los enemigos, de perdonar, de hacer el bien.
 
En el mundo en el que vivimos, es un signo de debilidad y de cobardía no responder a una agresión o no pagar con la misma moneda a quien nos hace mal; y es un signo de valor y de fuerza pagar el mal con mal, si es posible, con un mal todavía mayor.
 
Estos principios generan, inevitablemente, guerras entre los pueblos, separaciones y divisiones entre los miembros de una misma familia, enemistades y conflictos entre los compañeros de trabajo, relaciones difíciles y poco fraternas entre los miembros de la misma comunidad cristiana o religiosa.
 
Pareciera no haber otro camino para resolver los problemas que el recurso a la violencia. La violencia genera siempre más violencia.  Jesús tiene la convicción profunda de que al mal no se le puede vencer con la fuerza, el odio y la violencia.  Al mal solo se le vence con el bien.  Sólo el amor desarma la agresividad y transforma los corazones de los malos y de los violentos.
 
Nadie puede decir que es fácil perdonar.  Perdonar es difícil.  El perdón nace de un corazón cristiano.  El cristiano perdona porque se sabe perdonado por Dios.  Perdonar no significa que nos quedemos de brazos cruzados ante las injusticias.  Perdonar significa que no debemos odiar a quien nos hace el mal.
 
Amar a los enemigos no quiere decir que esa persona forme parte del círculo de mis amigos, sino que tengo que tener una actitud positiva hacia ellos, tengo que tener respeto por su dignidad humana, tengo que preocuparme por su bien y no excluirlo.
 
Perdonar y amar a nuestros enemigos no significa renunciar a que se nos haga justicia, pero hay que curarse del daño que nos han hecho y no odiar.  Perdonar exige también tiempo.
 
El que perdona se siente mejor.  Es capaz de desear el bien a todos incluso a quienes lo habían herido.  Amar a los enemigos es romper el mal, pero no a base de más violencia sino a fuerza de bien.
 
Hoy Jesús nos llama a renunciar al odio y a la violencia hacia cualquier persona para resolver las injusticias y nuestros conflictos.
 
 
 
 

martes, 12 de febrero de 2019

VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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VI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos hablan de la verdadera felicidad.  Muchas personas se pasan toda su vida persiguiendo la felicidad, felicidad que para muchos está fuera de su alcance, y para otros, cuando creen que la han alcanzado, la felicidad desaparece como una burbuja de jabón.
 
El profeta Jeremías, en la primera lectura, llama maldito al hombre que confía en el hombre, y llama bendito al hombre que confía en Dios.
 
Confiar en el hombre es confiar en las propias fuerzas, es sentirse autosuficiente, es rechazar cualquier tipo de ayuda, cualquier tipo de auxilio de Dios.  Es creer que el ser humano es más que Dios. 
 
Hay personas que sólo confían en el hombre, en el poder humano y buscan la felicidad hecha a su medida y al margen de Dios, y normalmente esa felicidad está muy alejada de la felicidad que Dios quiere para nosotros.  El que confía en el hombre es aquel que no quiere formar parte de la aventura que Dios nos ha preparado.
 
El que confía en el hombre es aquel que sólo cree en su cuenta bancaria, en amistades influyentes, en la posición social.  En definitiva, el que construye su vida la margen de Dios.
 
Estas personas, puede que aparentemente les vaya bien, pero tarde o temprano será una persona sola y desamparada.
 
La persona que confía en el Señor es aquella que produce abundantes frutos, es aquella que se entrega absoluta e incondicionalmente a Dios.  La persona que confía en el Señor, cuando llegan los momentos duros como una enfermedad, quedarse sin trabajo, estar sólo, etc., se mantiene firme en su fe, y sigue dando frutos. 
 
Prescindir de Dios es nuestra vida es andar por caminos de muerte y renunciar a la felicidad y a una vida plena.  Hemos pues de hacer una opción fundamental en nuestra vida: confiar en el Señor o confiar en el hombre. 
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos habla hoy de la certeza de la resurrección.
 
Si nuestra vida terminara aquí, en la tierra, entonces, sí que lo único importante en esta vida sería llenarnos solamente de bienes materiales.  Pero nuestra vida no termina, se transforma con la muerte y comenzamos a vivir la vida de Cristo resucitado.
 
La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para todos nosotros.  Si no hubiera resurrección no tendría sentido cree en Dios, no tendría sentido nuestros esfuerzos por más atractiva que fuera esta vida.  La resurrección es la base y el fundamento de nuestra fe y de nuestra esperanza.  No olvidemos que en la vida y en la muerte somos del Señor.
 
En el Evangelio de San Lucas hemos escuchado las bienaventuranzas, es decir el camino para ser felices, según Jesús.
 
Todos buscamos ser felices.  Estamos hechos para la felicidad.  Lo que sucede es que no coincidimos ni en qué es la felicidad, ni cómo conseguirla.
 
El mundo nos propone una felicidad barata, que nos deslumbra en un primer instante, pero que es de quita y pon.  Una felicidad solitaria y egoísta que alegra los sentidos pero nos deja vacíos por dentro.  Una felicidad que a la larga nos deja insatisfechos.
 
El mundo dice que es feliz el que más tiene, el que posee más comodidades y seguridades; el que más se divierte, el que va a más fiestas, el que más viaja, el que más vacaciones tiene.  El mundo nos dice que es más feliz el que disfruta más de placer, el que viste con ropas más caras, el que gasta más.
 
Para Jesús la felicidad no está en poseer, ni en tener, sino en dar; la felicidad no está en reír, sino en solidarizarnos con los que lloran; la felicidad no está en gozar, sino en acompañar a los que sufren.
 
Por eso se comprende que los pobres no son felices por su pobreza, ni los hambrientos lo son por pasar hambre, Dios no quiere la pobreza, ni el hambre; Dios no quiere el sufrimiento del ser humano; lo que Dios nos dice es que mientras haya personas pobres, que pasan hambre, que lloran y sufren, el único camino para ser felices en este mundo es solidarizarnos con esas personas, compartiendo con ellos lo que somos y tenemos.  ¿Por qué? Sencillamente, porque una familia no puede ser feliz si un hermano sufre o pasa hambre. Y todos formamos parte de la familia humana que tiene a Dios como Padre y en la que todos somos hermanos.
 
Jesús nos plantea hoy una opción: hay que elegir de qué lado estamos, que felicidad nos interesa más: la de este mundo o la que Él nos propone.  ¿A quién queremos complacer?: ¿a Dios o a los hombres?  En definitiva: queremos o no pertenecer al Reino de Dios.  Cada uno tome su decisión.
 

martes, 5 de febrero de 2019

V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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V DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos presentan el tema de la vocación.  Todos hemos sido llamados por Dios y de Él hemos recibido una misión para llevarla a cabo en el mundo.
 
La 1ª lectura nos ha narrado la vocación del profeta Isaías.  El profeta, ante el llamado de Dios, tiene miedo porque él sabe que él es un pecador y por eso no merece estar en la presencia de Dios.  Pero el amor misericordioso de Dios lo purificó y lo preparó para ser profeta purificando sus labios para que sea un instrumento que anuncie la Palabra de Dios.
 
Todos hemos sido llamados para algo.  Cuántas veces hemos oído decir a alguien: “yo he nacido para esto” y también hemos oído decir: “yo no he estoy hecho para esto”.  Todo hombre y toda mujer se sienten llamados a desempeñar algún papel, a ejercer una función, a tener un objetivo en la vida.
 
Cada uno de nosotros tiene su historia de vocación: de muchas formas Dios entra en nuestra vida, nos desafía para una misión, y pide una respuesta positiva a lo que Él nos propone.  Dios, día a día nos va diciendo lo que quiere de nosotros.
 
La misión que Dios nos propone está, muchas veces, llena de dificultades, de sufrimientos, de conflictos, de enfrentamientos.  Por eso, cuando Dios nos encomienda una misión en esta vida, esa misión puede resultarnos una cruz difícil de llevar, de ahí, que muchas veces rehusamos y evitamos cumplir con la misión que Dios nos encomienda.
 
Por ello, hemos de vencer la apatía, y la comodidad que nos impide llevar a cabo la misión a la que Dios nos ha destinado.  Es preciso también que tomemos conciencia de nuestras limitaciones y defectos, pero éstos no pueden servir de disculpa para no realizar la misión que Dios nos quiere confiar.  Si Dios nos pide un servicio, Dios nos dará la fuerza para superar nuestras limitaciones y para cumplir lo que me pide.  Lo que hemos de hacer siempre es hacer la voluntad de Dios.
 
¿Estamos listos, como el profeta Isaías, para decirle a Dios: “Aquí estoy Señor, envíame?”  Hay que ponerse a la disposición de Dios, para lo que Él quiera.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos presenta a san Pablo reconociendo que él fue un perseguidor de la Iglesia, pero ahora se siente orgulloso de haber sido elegido y enviado por Dios a predicar.
 
Lo que san Pablo enseña, él lo ha recibido de los apóstoles, los cuales iban repitiendo lo que Jesús había hecho y enseñado.
 
El cristianismo se irá extendiendo de una generación a otra de un modo parecido a como una antorcha olímpica o una carrera de relevos, la llama o el protagonismo va pasando de unos a otros.
 
Nosotros hemos recibido la fe gracias a los que la han vivido antes que nosotros y nos la han transmitido. Ahora somos nosotros los llamados a pasarla a quienes vienen después. No digamos ahora que, en nuestra generación, la cadena se está rompiendo. Que los hijos no aceptan lo que les transmiten sus padres. Que somos incapaces de cumplir esta misión.
 
Todos tenemos que dar testimonio de nuestra fe y ser transmisores de la Tradición de la Iglesia, todos tenemos que ser continuadores de la tarea de los primeros apóstoles.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha relatado el encuentro de Jesús con Pedro, Santiago, Juan y sus compañeros pescadores.  Jesús se acerca a ellos, les pide que tengan confianza y los invita a echar de nuevo las redes.  Y se realizó lo imposible, la pesca abundante.
 
En este episodio se encierra como resumido todo lo que es y supone nuestro ser cristiano.   Primero el encuentro con Jesús. Y esto es fundamental.  Y aquí se impone que nos preguntemos por nuestra fe.  ¿Por qué soy yo cristiano?
 
Para ser cristiano no es suficiente con haber nacido en un pueblo y en una familia cristiana.  Para ser cristianos hay que encontrarse con Cristo.  ¿Y cómo encontrarnos con Cristo si no lo conocemos, si rezamos poco y cuando lo hacemos es para pedir cosas? ¿Y cómo podemos encontrarnos con Cristo si no somos solidarios con los demás?
 
Jesús sigue llamándonos a todos a adherirnos a Él, a que no haya nadie ni nada más importante que Él en nuestras vidas.  Jesús sigue llamándonos por medio de la Iglesia, de los que nos rodean, de todos los que nos necesitan. 
 
Jesús nos llama a ser su voz que anuncia el amor de Dios y denuncia la injusticia,  Jesús nos llama a ser sus manos que consuelan y socorren al desvalido,  Jesús nos llama a ser sus pies para recorrer el mundo y anunciar por todos los caminos la Buena Noticia de un Dios que nos ama con locura. 
 
Aquellos pescadores, Pedro, Juan y Santiago, se dejaron seducir por Jesús, ¿seremos nosotros capaces también de dejarnos seducir por Él y ser tan valientes como ellos para dejar nuestra comodidad para seguirlo a Él?