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martes, 7 de mayo de 2019

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.
 
Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.
 
La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.
 
La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis de san Juan nos presenta la imagen del final de los tiempos con una nueva humanidad, formada por una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, presididos por su Pastor. Todos nosotros somos llamados a formar parte de esa nueva humanidad.
 
Cada día, tenemos la experiencia de la alegría y de la esperanza, pero también del dolor, de la incomprensión, del miedo, del sufrimiento, de la desesperación.  Caemos en el pesimismo que nos ata y nos limita, nos esclaviza y nos impide saborear el don de la vida.
 
Por ello, esta lectura nos dice que hay esperanza y que no estamos condenados al fracaso, sino destinados a formar parte de esa nueva humanidad; estamos destinados a esa vida nueva y plena; a la libertad auténtica, a la felicidad total. 
 
Lo que necesitamos para formar parte de esa nueva humanidad es acoger la salvación que Dios nos ofrece; acoger el mensaje de Jesús y seguirlo por el camino del amor, de la entrega, para que obtengamos la felicidad plena.
 
El Evangelio de san Juan nos habla de Cristo, el Buen Pastor que nos da la vida eterna.
 
En nuestro mundo hay mucha gente que “viven sin vivir”, llenos de sufrimientos, sin norte en la vida, en definitiva, como ovejas sin pastor.  El creyente, a pesar de los problemas de la vida, se siente salvado, porque tenemos la seguridad de que nada, ni nadie, puede acabar con nosotros. Tenemos la seguridad de la victoria final.  Claro, que vamos a tener dificultades en el camino de la vida, pero, como cristianos, sabemos que no podemos hacer como muchos hacen: “viviendo sin ilusiones ni esperanzas”, porque tenemos un camino que recorrer con Cristo.
 
A veces, porque somos un “rebaño débil”, nos cuesta seguir al Pastor, porque seguir a Cristo Pastor no es sabernos algunas cosas de nuestra fe.  Es aceptar a Jesús, como la verdad última de la vida, como el criterio de actuación y como la única esperanza de salvación definitiva.
 
Tenemos que escuchar y seguir a Cristo, nuestro Buen Pastor.  “Mis ovejas escuchan mi voz”.  Hay que escuchar a Cristo que nos llama en medio de tantas voces que oímos, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.  A veces, en nuestra vida, nos despistamos y nos dejamos seducir por voces de falsos pastores, o por pastos que no nos alimentan.  No nos dejemos engañar.  Escuchemos la voz de Cristo, una voz que sabemos que no nos miente nunca, una voz en la que podemos confiar.
 
Recordemos también hoy, que hay muchas personas que no pertenecen al rebaño del Señor y que hay que ayudarlas para que formen parte del único rebaño que Cristo quiere: un solo rebaño y un solo Pastor.
 
Hoy, la Iglesia nos pide que pidamos de una manera especial a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas.  Personas que dedican su vida exclusivamente a anunciar el Evangelio.
 
Pidamos, pues, a Dios, que el Buen Pastor, nos guíe a la patria de la felicidad y la alegría eternas.

martes, 30 de abril de 2019

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 
 
La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.
 
El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.
 
Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.
 
Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.
 
Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.
 
Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.
 
Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Pedro y a los apóstoles volviendo a su vida diaria de pescadores, pues piensan que Jesús ha muerto y todo ha terminado en un fracaso.  Y Jesús resucitado se les hace presente.
 
El Evangelio de hoy nos describe una realidad que se parece a la nuestra.  Pedro va a pescar y no pesca nada.  Hoy, nosotros también echamos las redes y no pescamos nada.  Ni acercamos a los que no conocen a Cristo, ni atraemos a los que se han alejado de la Iglesia.
 
En nuestras Iglesia cada vez somos menos, hay más bancas vacías, sobre todo de adolescentes y jóvenes.  Las causas son muchas.  Seguimos echando las redes, pero casi nadie cae en ellas.  Muchos papás y abuelos se sienten tristes de no haber podido transmitir la fe a sus hijos.  Muchos catequistas se preguntan, a veces, para qué sirve tanto esfuerzo y tantas energías gastadas en la catequesis.  Y muchos pueden sentirse cansados y decepcionados de tanto echar las redes y no conseguir nada.  Estamos en la noche de la fe.
 
Pero el Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también.  Y una vez más el Señor nos dice: “¡Animo, volved a echar las redes!”  Pero echemos las redes no fiándonos de nuestras capacidades sino del Señor.  Gracias a nuestro pequeño esfuerzo, el Señor está realizando su pesca, aunque de momento no veamos el resultado.
 
Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes, con los hijos, con los nietos, con todas las personas que nos rodean,  insistiéndoles para que no dejen la iglesia, hablándoles de la bondad de Dios, de lo bueno que es para vivir con plenitud, tener fe y confianza en Él. Manifestando sobre todo con nuestra vida, que realmente creemos.
 
Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor tenga a bien manifestarse en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.

martes, 23 de abril de 2019

II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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II DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Estamos en el segundo domingo de Pascua, celebrando la resurrección del Señor.  Este domingo se llama el domingo de la Divina Misericordia.  En el Salmo Responsorial hemos repetido varias veces la frase “porque es eterna su misericordia”.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha presentado los comienzos de la Iglesia naciente.  Poco a poco se iban uniendo a la Iglesia nuevos creyentes que abrazaban la fe que los apóstoles predicaban. Y así, quienes se convertían a la fe en Jesús iban reuniéndose cada semana.
 
Se iba formando la primera comunidad cristiana.  ¿Qué características debe tener una comunidad cristiana?
 
Una comunidad cristiana, tiene que ser una comunidad de fe.  La fe se vive en comunidad y no por libre y en solitario.  Lo que mantiene al grupo cristiano unido a Cristo y a sus pastores, es la fe en Cristo resucitado. 
 
Otra característica que debe tener una comunidad cristiana es ser una comunidad que vive de la Eucaristía y de la oración.  En la primera comunidad cristiana eran constantes en la celebración de la Eucaristía o fracción del pan y en las oraciones.   Sin Eucaristía viva y eficaz no puede haber una comunidad cristiana.  En la Eucaristía culmina también la oración, y la oración ha de ser parte importante de nuestro vivir diario.
 
Una tercera característica que debe tener una auténtica comunidad cristiana es ser una comunidad misionera.  Hay que evangelizar, y esto es una tarea de todo bautizado: anunciar la salvación de Dios y el perdón de los pecados.
 
El libro de los Hechos de los apóstoles nos decía que el número de los creyentes iba creciendo.  Y  hoy, ¿crecemos o disminuimos en número? ¿Será que nos vamos alejando cada vez más del estilo de vida de las primitivas comunidades cristianas y por eso cada vez son menos los que viven una fe comprometida?
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta la visión que tiene san Juan de Cristo resucitado. 
 
Cristo ya no es víctima de los soldados que lo crucificaron.  Ahora Cristo es “el primero y el último, el que está vivo, el que murió pero ahora vive”  Cristo es el que tiene “las llaves de la muerte y del más allá”.
 
Nos llamamos y decimos que somos cristianos, es decir, que creemos en Cristo, lo amamos y confiamos en Él.  Y, sin embargo, muchas veces nos olvidamos del Señor, vivimos como si no existiera, nos comportamos como si su persona hubiera desaparecido para siempre.  Y no es así.  Cristo está vivo, está presente de modo real y verdadero en la Eucaristía.  Esa lámpara al lado del sagrario nos recuerda la presencia real de Cristo entre nosotros.
 
No cerremos nuestro corazón a la oportunidad que Dios nos da de salvarnos y de vivir con Él eternamente.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta la primera de las apariciones de Jesús resucitado a sus apóstoles, pero faltaba Tomás.
 
Tomas, es el que necesitaba ver para creer.  A nosotros también nos cuesta  creer, nosotros también quisiéramos ver y tocar las heridas del Señor.
 
A veces nos puede parecer que el Señor es como un fantasma que vive en nuestra imaginación.  Creer es difícil, por eso el Señor tuvo que decir: “Dichosos los que crean sin haber visto”
 
Pero ¿cómo creer? ¿Cómo experimentar hoy en nuestro corazón que el Señor está vivo?
 
El Evangelio nos dice que Tomás no estaba con los discípulos cuando se presentó Jesús.  Aquí hay una llamada a no abandonar la comunidad.  Hay que ver cómo está nuestra participación en esta comunidad en la que vivimos, quizás estamos abandonando nuestra participación en la misa y en los sacramentos, quizás no rezamos, quizás nuestra vida moral deja mucho que desear.
 
El Evangelio nos dice que Tomás no creyó a sus compañeros.  Y nosotros no nos tendremos que preguntar si a base de tanto criticar a los obispos, a los sacerdotes, a los catequistas, a todos lo que hacen algo en la Iglesia, no hemos terminado desconfiando de aquellos que nos trasmiten el mensaje del Señor.  Porque todos somos criticables, ¿pero sabemos criticar con cariño?
 
El Señor invita a Tomás a tocar sus heridas.  El Señor también nos invita a ver y tocar las heridas de todos los que sufren en nuestro mundo para sanarlas.
 
Este es el camino para creer. Un camino que pasa por permanecer en la comunidad, confiar en el testimonio de los apóstoles y de todos los que a lo largo de los siglos han creído y nos han transmitido su fe, y por último salir a remediar el sufrimiento de nuestros hermanos que sufren.   Quizás entonces, Dios tenga a bien revelarnos su rostro, dejarnos experimentar en el corazón la alegría profunda del Resucitado, quizás entonces, como Tomás, saldrán también de nuestra boca aquellas palabras de adoración y reconocimiento: ¡Señor mío y Dios mío!

martes, 9 de abril de 2019

HOMILÍAS PARA SEMANA SANTA (CICLO C)
 
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HOMILÍAS PARA SEMANA SANTA (CICLO C)
 
 
DOMINGO DE RAMOS


 
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martes, 2 de abril de 2019

V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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V DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo de Cuaresma nos hablan de novedad, de dejarnos transformar por el Señor por medio de la conversión y por lo tanto de caminar hacia delante con esperanza.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos decía: “No recordéis lo de antaño,
no penséis en lo antiguo; mirad que realizo algo nuevo
”.  Esto es lo que dice el Señor a su pueblo para que olviden su pasado pecador y se abran al futuro que el Señor nos está dando.
 
El profeta Isaías nos invita a mirar hacia delante.  Lo pasado ya no volverá.  Los errores cometidos no se podrán corregir.  Los éxitos alcanzados no se repetirán.  Lo que quedó roto no se podrá pegar.  El pasado fue pero ya no existe.  Nada podemos hacer por cambiarlo. Sucedió así y se acabó.
 
“Yo voy a realizar algo nuevo”, nos decía el Señor.  El que se quede mirando al pasado se va a perder eso nuevo que Dios quiere hacer con nosotros. No podemos quedarnos mirando el sufrimiento del pasado porque no tiene ningún sentido. 
 
Muchas personas viven arrastrando cargas pesadas de su pasado.  Traen al presente una y otra vez lo que quedó en el pasado.  Ya lo han superado, pero aún lo arrastran como una pesada carga a la que creen estar condenadas y de la que no pueden liberarse.  Incluso mucha gente que viene a confesarse se acusan  “de todos los pecados de mi vida pasada”.  Como si no hubieran quedado ya perdonados.  Como si Dios, después de haberlos perdonado, aún tuviera en cuenta esos pecados.  Como si Dios se resistiera a olvidar lo que ya ha perdonado.  Si vivimos así no estaremos entendiendo a este Dios que quiere olvidar nuestro pasado y comenzar algo nuevo con nosotros.
 
En este tiempo de Cuaresma, se nos invita a dejar definitivamente atrás el pasado y adherirnos a la vida nueva que Dios nos propone.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses es una llamada a liberarnos de la “basura” que nos impide encontrarnos de verdad con Cristo e identificarnos con Él.
 
Hay personas que toda su vida se la pasan codiciando cosas, sin embargo, para quien quiere seguir a Cristo, nada ni nadie es más importante que la fe y llegar a un conocimiento de Cristo.  Tenemos que esforzarnos, día a día, por alcanzar el mejor premio: conocer más a Cristo y vivir la caridad.
 
Si los deportistas se preparan duramente para ganar una medalla en las olimpiadas, San Pablo nos invita a alcanzar un premio decisivo: ¡la posesión de Dios!
 
Hay que avivar nuestra fe para lograr un mayor acercamiento al Señor.
 
El Evangelio de San Juan nos enseña a no condenar a los demás, porque en el fondo todos somos pecadores y todos merecemos ser condenados por una u otra causa.
 
En nuestra vida está muy metida la actitud de condenar a los demás.  Hay personas que todo lo ven negro y encuentran siempre defectos en los demás y por lo tanto terminan despreciando a los demás.  Están también aquellos que culpan de todo a los demás: al gobierno, a la economía, a los obispos, sacerdotes, televisión, etc.  Todos tienen culpa de lo que me pasa, menos yo, porque yo soy la víctima.  Están también los que nunca están contentos con nada, ni con ellos mismos y siempre buscan a quien amargar la vida.
 
¡Con qué facilidad condenamos a los demás! Aunque todos somos imperfectos, acusando a los demás como fiscales nos creemos inocentes. Nos parece lo más natural echar la culpa a los otros.  Todos nos creemos jueces de los demás, cuando eso es competencia exclusiva de Dios. Él es el único que conoce íntegramente a la persona con sus condicionamientos psicológicos y sus limitaciones de la libertad, y por tanto la responsabilidad y culpabilidad de cada uno.
 
Jesús nos propone un camino, un camino de verdadera liberación.  Primero el perdón, buscar el perdón y la reconciliación con Dios. Él está ahí, siempre dispuesto a acogernos, en Él no encontraremos nunca condena.  Pero ¡ojo! no hagamos de Dios un Dios bonachón y tonto, dispuesto a pasar por todo. 
 
Jesús nos lo deja claro: Dios no condena al pecador pero sí al pecado.  Dios acoge al pecador pero rechaza el pecado, por eso las palabras de Jesús: "Nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno, vete y no peques más".  Dios nos puede liberar de la esclavitud del pecado si nos dejamos moldear por Él, si aceptamos su ayuda.
 
En segundo lugar, tenemos que acostumbrarnos a practicar la misericordia,  tenemos que esforzarnos en impedir que esos sentimientos de condena y desprecio por los demás que surgen desde nuestro corazón a veces sin quererlo, se conviertan en gestos de auténtica condena y desprecio.
 
Tenemos que cultivar esa misericordia que nos haga comprender las circunstancias del otro, salvar siempre a la persona, solidarizarnos con el pecador.   Para así parecernos cada día más a Jesús, para así ser cada día más humanos, hombres y mujeres libres de todo prejuicio y maldad.
 

martes, 26 de marzo de 2019

IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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IV DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
Estamos ya en la mitad de nuestro camino cuaresmal.  Este domingo es llamado en la liturgia el domingo “Laetare”, el domingo de la alegría.  Ciertamente la Cuaresma es un tiempo de austeridad, de esfuerzo espiritual, de penitencia.  Pero no debemos perder de vista que todo este “ejercicio cuaresmal” lo hacemos para prepararnos a la gran alegría de la Pascua de Resurrección.
 
La 1ª lectura del libro de Josué nos presentaba el momento en el que el pueblo de Israel entra en la Tierra Prometida y celebra gozoso la fiesta de la Pascua, la primera Pascua en libertad.
 
Como el pueblo de Israel, en este tiempo de Cuaresma, estamos invitados a acabar con todo lo que hay en nuestra vida que nos esclaviza, para poder pasar, definitivamente, a una vida nueva, la vida de la libertad y de la paz.
 
El pueblo de Israel, mientras estuvo por el desierto fue alimentado por Dios con el maná, a partir de la primera fiesta de la Pascua se alimentará de los frutos de la tierra.  A veces, también, nosotros queremos alimentar nuestra fe de milagros y de hechos extraordinarios.  Sin embargo tenemos que vivir nuestra fe en Dios desde la experiencia de cada día, desde la lucha de cada día, desde el trabajo de cada día.  Tener fe y tener confianza en Dios no puede alimentarse de cosas que estén fuera de lo normal, sino que tenemos que vivir nuestra fe y ver la mano de Dios en todos los momentos normales de nuestra vida.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos decía: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.”
 
Reconciliarse nos llena de paz, pero puede ser duro y difícil.  Pide un cambio, y como todo cambio en la vida exige romper esquemas, dejar atrás muchas cosas y abrir nuevos caminos.  En definitiva, reconciliarse con Dios, es salir de nuestra comodidad y rutina, y lanzarnos a vivir una aventura con Dios.  Reconciliarse con Dios, significa estar dispuesto a mirar el pasado con ojos de arrepentimiento y a dejar atrás ese pasado, por más que nos siga siendo atractivo.
 
Para reconciliarse de verdad con Dios y con nuestros hermanos, no basta solamente acudir al sacramento de la confesión para recibir el perdón de Dios, hay también que arrancar del alma las causas por las cuales nos alejamos de Dios y llenar nuestro corazón del amor a Dios.
 
Todo hombre, si es sincero consigo mismo, se da cuenta de que está necesitado, en un mayor o menor grado, de reconciliación. Reconcíliate tú primero, y luego ayuda a los demás a conseguir una auténtica reconciliación.
 
El Evangelio de san Lucas nos presentaba la parábola del Hijo Pródigo, o mejor dicho la parábola del padre bueno y misericordioso.
 
El hijo menor de la parábola quiere vivir la vida y por lo tanto termina con todo lo que significa la familia para él.  Obliga a su padre a darle su parte de la herencia y se va de casa.  Con dinero se encuentra de todo, sobran amigos, pero de su padre no se acuerda.  Cuando ya no tiene nada y por lo tanto tampoco amigos, recuerda que tiene un padre y que merece una vida distinta y mejor y regresa buscando el perdón de su padre.
 
El hijo mayor vive con su padre en casa. Es el hijo siempre fiel, obediente, trabajador. ¿Es buen hijo? Al llegar a casa y oír la fiesta, rechaza a su hermano, rechaza a su padre. No ha comprendido aún el corazón de su padre, la bondad de su corazón. Se enfrenta con él, abandona la fiesta familiar, abandona la casa.
 
Esta historia es la descripción de una triste realidad que todos constatamos. Hombres y mujeres, llamados todos a disfrutar de una misma felicidad y no somos capaces de acogernos y convivir como hermanos.  Esta es la historia de muchas familias.
 
Unos contra otros, ¿por qué?  A veces ni se sabe por qué.  ¡Cuántas divisiones entre los mismos miembros de una familia!  Cuantos enfrentamientos, odios entre hermanos.  Esta es la tragedia de muchas familias, de una humanidad incapaz de entenderse, de pueblos que no se aceptan, de hermanos que no se toleran.
 
Quienes no creen en el amor, quienes lo rechazan de su corazón, destruyen la familia, se autoexcluyen de la fiesta, como este hermano mayor de la parábola.
 
Para muchas personas su deseo de vivir sus propias ideas, su propia vida les lleva a separarse de su familia, a olvidarse de quien le ha dado la vida.  Vivir, es para algunos disfrutar, malgastar cuanto somos y tenemos, sin aceptar ninguna norma, sin pensar ni recordar a nadie.
 
Una vida así, sólo nos lleva al vacío de la vida, al fracaso y ojalá estas experiencias nos sirvan para descubrir que hay una vida nueva, distinta, mejor y para ello nos decidamos volver a casa, a la Casa de Dios y descubramos el amor, la generosidad y el perdón de Dios, nuestro Padre.

martes, 19 de marzo de 2019

III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)
 
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III DOMINGO DE CUARESMA (CICLO C)

 
Las lecturas que acabamos de proclamar en este tercer domingo de Cuaresma son una invitación a corregir nuestra mentalidad.  No se trata de hacer más cosas sino de hacerlas con el espíritu de Dios.  Hay que dejar que Dios nos libere para que nos transformemos en hombres nuevos, libres de la esclavitud del egoísmo y del pecado, para que en nosotros se manifieste la vida en plenitud, la vida de Dios.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos recuerda cómo Dios elige a Moisés para ser el líder que libere a su pueblo de la esclavitud.
 
La humanidad exige hoy una liberación política, cultura y económica: los pueblos luchan por su libertad, no queremos hoy dictaduras, aunque sean disfrazadas de democracias; los pobres luchan para liberarse de la miseria, de la ignorancia, de la enfermedad; los obreros luchan por el derecho a un trabajo digno; las mujeres luchan por la defensa de su dignidad; los estudiantes luchan por un sistema educativo que los prepare bien para desempeñar un papel útil en la sociedad.
 
Tenemos que ser conscientes que donde haya una persona que trabaje por un mundo más justo y más humano, allí está Dios, ese Dios que no está de brazos cruzados ante las injusticias.
 
Dios actúa en nuestra vida y en nuestra historia a través de hombres y mujeres de buena voluntad que aceptan, como Moisés, ser instrumentos de Dios para mejorar este mundo.
 
Ante los sufrimientos e injusticias hay que preguntarse: ¿qué estoy haciendo?  ¿Vivimos con la pasividad de quien cree que ya ha hecho lo suficiente y que ahora les toca a los demás? O ¿Somos como Moisés que colaboramos con Dios en la construcción de un mundo más justo y más humano?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Corintios nos advierte que cumplir ritos externos y vacíos no es lo importante; lo importante es estar en comunión con Dios, hacer la voluntad de Dios y vivir de acuerdo a los planes de Dios.
 
San Pablo nos dice que en el éxodo, todos cruzaron el mar rojo y todos se alimentaron de la misma comida y bebida, pero no todos llegaron a la tierra prometida.  El que todos los cristianos hayan recibido el mismo bautismo y participen de la misma Eucaristía, puede que tampoco sea suficiente para alcanzar la salvación. 
 
Los sacramentos no son ritos mágicos que produzcan su efecto mecánicamente; exigen nuestra colaboración de fe y de vida.  El pertenecer a la Iglesia “no es un seguro de vida”.  Lo importante es como dice Jesús: “escuchar y practicar la Palabra de Dios”.
 
Hay que dejar de aparentar ser cristiano y optar por ser cristiano de verdad.
 
El Evangelio de San Lucas nos ha relatado unos hechos trágicos que ocurrieron en tiempos de Jesús.  También entonces, como ahora, ocurrían tragedias y catástrofes que impresionaban a la gente.
 
La tragedia de los galileos y de los que mueren aplastados por la torre no es un castigo de Dios.  Las tragedias forman parte de la vida, de la limitación y debilidad del hombre.
 
Jesús lo que hace es sacar una enseñanza práctica para la vida de cada día.  Y la enseñanza es la necesidad urgente de convertirnos porque no sabemos ni el día ni la hora, porque si no nos convertimos no hay esperanza para después de la muerte.
 
Jesús quiere que no desaprovechemos este momento de gracia que se nos concede.  Jesús nos invita a tomarnos la vida con responsabilidad.  Hay personas que piensan que siempre hay tiempo para cambiar, quizás el año que viene, quizás unos momentos antes de morir me arrepentiré, pediré perdón y todo arreglado.  Pero el tiempo se nos acaba y no se da ese cambio.
 
El tiempo pasa y en cualquier momento, nuestra vida llega a su final por un accidente, una enfermedad mortal, una caída, un ataque al corazón, etc., y es mejor tener frutos listos para presentarlos al Señor que ser arrojados al fuego eterno.
 
Dios nos llama a través de las desgracias, de los sufrimientos para que cambiemos y hagamos un mundo mejor.  Dios nos llama a que nos convirtamos, a que demos frutos.
 
Hay que escuchar el grito de alerta de Jesús: “si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera”
 
No esperemos a que los desastres y desgracias toquen a nuestra puerta para convertirnos porque podría ser demasiado tarde.
 
Pidamos al Señor en esta Eucaristía que renueve en nuestros corazones el deseo de convertirnos, que nos dé fuerzas y ganas para conseguirlo.