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martes, 4 de junio de 2019

PENTECOSTES (CICLO C)
 
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PENTECOSTES (CICLO C)
 
Hoy celebramos el día de Pentecostés.  Cincuenta días después de la resurrección del Señor, Jesús envía al Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  Con este domingo de Pentecostés terminamos el ciclo litúrgico de la Pascua.
 
A partir de este día, en el cual los apóstoles recibieron el Espíritu Santo, sus vidas cambiaron totalmente.  Los apóstoles dejaron de ocultarse. Dejaron de tener miedo.  Los apóstoles no temían a nada y a nadie gracias al poder que habían recibido del Espíritu Santo.
 
Muchos de los problemas que tenemos cada día, mucho del odio que oscurece nuestro corazón, gran parte del estrés que padecemos y muchos miedos que nos paralizan tienen como causa nuestra incapacidad de comunicarnos verdaderamente, nuestra incapacidad de perdonar de corazón y nuestra indiferencia a amar y dejarnos amar.  Y a causa de toda esa negatividad que se apodera de nuestros corazones, nosotros, al igual que los apóstoles antes de Pentecostés, tenemos miedo.  Tenemos miedo de confiar en la gente y de amar sin esperar nada a cambio.  Tenemos miedo de trabajar por la felicidad del prójimo y por nuestra propia felicidad.  Tenemos miedo de aceptar el reto de vivir. 
 
Tenemos miedo también a que nos vean que vivimos y practicamos nuestra fe; tenemos miedo a ser diferentes, a que no nos acepten y por eso nos cuesta tanto hablar de Jesús a quienes nos rodean. Y Jesús que sabía de todos estos miedos nuestros, nos dio el Espíritu Santo, nos dio el poder de cambiar nuestras vidas y sanar nuestras heridas.
 
Hay que dejar de tener miedo, hay que dejar de esconderse.  El Señor nos ha dado su Espíritu.  Tenemos ahora, gracias a Él, el poder de transformar nuestros corazones.
 
Una vez que los apóstoles reciben el Espíritu Santo y pierden el miedo, dejan de estar encerrados y salen a la calle a hablar de Dios.
 
Las ideologías modernas y cierto tipo de personas, quieren reducir la fe al ámbito de lo privado y quieren que la vida pública y social sea solamente laica, sin ninguna referencia a la religión ni a ningún símbolo religioso.  Sin embargo, la Iglesia nació precisamente cuando tuvo el valor de salir del lugar donde los apóstoles estaban encerrados y empezar a hablar en la plaza pública donde se encuentran las personas.  Es el Espíritu Santo el que da fuerza a los apóstoles que estaban encerrados en casa por miedo a los judíos, para salir a las plazas a dar testimonio de Jesús.
 
Por eso, la Iglesia no puede desentenderse de los grandes problemas que afectan al hombre y a la sociedad de nuestro tiempo.
 
Cuando el Espíritu Santo vino sobre los apóstoles, se manifestó con el don de la “glosolalia”, es decir, que les dio la posibilidad a los apóstoles de hablar en distintos idiomas y de hacerse entender por todos.
 
El Espíritu Santo hace posible el entendimiento entre las personas, hace posible la fraternidad.  El lenguaje del amor lo entiende todo el mundo.
 
La dificultad que tenemos hoy en día para entendernos no es el que hablemos diferentes idiomas.  Las dificultades para la comunicación proceden, más bien, de las incomprensiones, la falta de tolerancia y de respeto por los otros, los intereses creados y partidistas, la dominación de unos seres humanos sobre otros, las barreras sociales y económicas que pretenden imponer, controlar y anular a los demás. 
 
Cuantas veces los hombres se ven obligados a renunciar a la construcción de un mundo nuevo y mejor porque están separados y divididos por su incapacidad de hablar un mismo lenguaje, el lenguaje del amor.  La incomunicación, la ruptura del diálogo, la incomprensión, no conduce nunca a construir y levantar nada bueno.
 
Hay partidos políticos que no se esfuerzan por comprender la postura y las razones de los otros partidos.  Hay líderes políticos preocupados de imponernos sus programas sin preocuparse de lo positivo y justo que pueden tener sus oponentes.  Cuantas marchas de hombres y mujeres que gritan violentamente sus demandas con la única finalidad de que no se escuchen las demandas de los demás.
 
¿Qué podemos construir cuando la voz de las metralletas sustituye al diálogo de los hombres, y cuando las amenazas y la violencia están logrando que las personas no se atrevan a manifestar sus convicciones?
 
Necesitamos un Espíritu nuevo que nos enseñe a dialogar como hermanos. Un Espíritu que nos ayude a entender el lenguaje del adversario.
 
Necesitamos escuchar, dialogar, compartir más para que el lenguaje del Espíritu se haga presente en nuestro mundo, para que descubramos la riqueza que todo ser humano tiene, para que podamos alegrarnos de los diferentes carismas que Dios ha puesto en los seres humanos.
 
San Pablo nos recuerda  y nos dice que los “dones” que recibimos no pueden generar conflictos y divisiones, sino que deben servir para el bien común y para reforzar la vivencia comunitaria.

martes, 28 de mayo de 2019

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)
 
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LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO C)
 
Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión del Señor a los cielos.
 
La fiesta de la Ascensión del Señor no es una fiesta de despedida y mucho menos una fiesta de tristeza o soledad, sino todo lo contrario, es una fiesta de alegría y de esperanza, como lo expresaron los apóstoles que "regresaron a Jerusalén, llenos de gozo, y permanecían constantemente en el templo, alabando a Dios".
 
Esta fiesta nos debe llenar de alegría y optimismo porque con esta fiesta se ilumina el objetivo de nuestra vida, por qué y para qué estamos viviendo; nos debe llenar de esperanza y de certeza ya que la fiesta de la Ascensión nos muestra el camino hacia “la tierra prometida”, “la casa definitiva”, la felicidad que andamos buscando.
 
Con esta fiesta se nos da la respuesta a la pregunta: ¿Cómo acabó el destino de Jesús?  Con su Ascensión al cielo, sentándose a la derecha de Dios Padre.  Pero también se nos da la respuesta la pregunta: ¿Cuál será el destino de mi vida, cuál será el final de esa película que es mi vida?  Con una ascensión al cielo.
 
Nuestro final será una ascensión, un triunfo porque superaremos nuestras preocupaciones, nuestras angustias, nuestras miserias y pecados de toda nuestra vida.  Jesucristo, ha subido al cielo el primero y ha subido para prepararnos un sitio en el cielo.
 
Lo de aquí abajo, la vida en la tierra es provisional.  Lo de aquí abajo, en palabras de Santa Teresa, es tan solo “una mala noche en una mala posada”.  Lo de allá arriba, lo del cielo, no es una posada; es un palacio, una auténtica casa de lujo y es Dios quien nos recibe; no es un simple gerente, es Dios mismo el que nos prepara el lugar para nuestra estancia por toda la eternidad.
 
A veces, cuando comenzamos a ver una película, nos desanimamos y nos puede resultar aburrida y estamos tentados de cambiar de canal o dejar de ver esa película.  Hay que saber esperar “porque la paciencia todo lo alcanza”.
 
En nuestra vida, nos ocurre, a veces, que queremos abandonar todo, cuando surgen contrariedades, cualquier accidente, fracaso, o dificultad de cualquier tipo.  A veces, incluso, nos hemos dicho: “no es posible que Dios exista y permita estas cosas, estas calamidades, estas guerras, estos crímenes y asesinatos”.
 
Es cierto que todo esto ocurre hoy en nuestros días, pero hay que saber esperar, hay que tener un poco de paciencia que es la virtud que todo lo alcanza.  No juzguéis a Dios hasta el final, hasta que conozcáis el bien que es capaz Dios de sacar de todo este mal y dolor que nos rodea.  Recordad que una madre da a luz con dolor, da a luz y todo se olvida cuando tiene a su hijo entre sus brazos.  Así actuará Dios a su tiempo.
 
Pero además, la 1ª lectura de hoy, del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: Galileos, ¿qué hacéis ahí plantados mirando al cielo? La Ascensión es una llamada de atención a nuestra pasividad, es una llamada de atención a todos aquellos que lo esperan todo del cielo, con los brazos cruzados, sin hacer nada pero metiéndose en todo.
 
Los cristianos somos enviados para hacer presente a Cristo en medio de la familia, en la sociedad, en la economía, en la política; somos enviados a hacer realidad el proyecto de vida de Jesús para nuestro mundo.  Los cristianos no podemos quedarnos mirando al cielo, sino que hay que trabajar aquí en la tierra para construir un mundo conforme al plan de Dios y así poder llegar al cielo como Cristo nuestra cabeza ya está en el Cielo.
 
Los cristianos debemos unir nuestros esfuerzos a los esfuerzos de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para construir un mundo más humano y conforme al proyecto de Dios.  Cada uno de nosotros debe perfeccionar y dignificar su pequeño mundo en el que vive, aquello que está a su alcance y así nuestro mundo cambiará.
 
No permitamos que sean otros los que decidan por nosotros lo que tenemos que hacer para resolver nuestros problemas.  Somos nosotros los que tenemos que tomar esa responsabilidad.
 
Debemos trabajar por los derechos humanos de todo hombre y mujer; trabajar para que haya más seguridad en nuestras calles, para que se acabe la violencia, el desempleo y la contaminación que amenaza nuestras vidas y nuestro planeta.
 
No debemos permitir que personas corruptas, porque son más poderosos, tomen las decisiones que nos corresponden a nosotros tomar.  Como cristianos debemos asumir nuestras responsabilidades, dejándonos iluminar por Dios.
 
La Ascensión es la fiesta de la tierra, es la fiesta de la esperanza, es la fiesta del compromiso con este mundo y con sus gentes, es la fiesta para que hagamos presente a Cristo en nuestro mundo llevando a cabo la misión que nos ha encomendado.

martes, 21 de mayo de 2019

VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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VI DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo de Pascua nos presenta la promesa de Jesús de acompañar permanentemente a su comunidad.  No estamos solos en la vida, Jesús resucitado va siempre con nosotros.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta un problema muy serio que vivieron las primeras comunidades cristianas y que provocó fuertes enfrentamientos dentro de ellas.
 
Algunos de los primeros cristianos no se habían desprendido de todas las leyes judías y defendían que había que cumplir ciertas leyes judías.  Con esto, cerraban la puerta a muchos que querían hacerse cristianos pero no eran judíos. 
 
Los apóstoles, reunidos en asamblea y bajo la luz del Espíritu Santo decidieron que para ser cristiano era suficiente seguir la doctrina y el Evangelio de Cristo.  No era necesario hacerse judío para ser cristiano.
 
Nos decía la lectura: “hemos decidido el Espíritu Santo y nosotros”  Nuestro mundo de hoy está marcado por el individualismo, fruto de ideologías y de nuestra misma cultura que nos hace que nos aislemos de los demás.  Por nuestra forma de pensar y nuestra manera de vivir confundimos, a veces, la verdad, con nuestra verdad, y creemos que siendo la nuestra la única verdad, los que no piensan como nosotros, los que no están de acuerdo con nosotros, están equivocados.  Por eso surgen las confrontaciones y las divisiones.  Para evitar esta dificultad y llegar a un consenso, nada mejor que encontrarse en diálogo sincero, nada mejor que dejarnos guiar por el Espíritu Santo a la hora de tomar una decisión importante en nuestra vida.
 
La Iglesia de hoy, al igual que las Comunidades cristianas primeras, están constituidas por hombres y no por ángeles y, por consiguiente, no podemos desprendernos de nuestra condición humana en nuestros aciertos y en nuestros errores. Pero la Iglesia, a pesar de estar integrada por hombres, es la Iglesia de Cristo Jesús, y está iluminada y orientada por el Espíritu de Dios.
 
Los errores e incertidumbres se resuelven, por consiguiente, bajo la iluminación del Espíritu Santo y la presencia del mismo Jesús "hasta el final de los tiempos".
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis nos presenta la imagen de la Iglesia celestial.
 
Todos estamos llamados a formar parte de esa Iglesia celestial.  Para ello debemos, ya desde ahora, ir asemejándonos cada vez más a Cristo.  Por eso, sabiéndonos pecadores, no debemos dejarnos llenar más de tinieblas en nuestra vida, tinieblas que nacen de la maldad del corazón, sino que hemos de estar en una continua conversión, para manifestar al mundo nuestra fe en el Señor.
 
Seamos, conforme al mandato del Señor, luz que ilumine a todas las naciones, pues la Iglesia es el regalo que Dios ha dado al mundo, para que por medio de la Iglesia y unidos al Señor encontremos la salvación y el camino que nos conduce a Dios.
 
El Evangelio de san Juan nos decía: El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él”.
 
Dios, la Trinidad, con toda su grandeza, poder y eternidad vive en el interior de cada uno de nosotros.  ¡Cuánta ternura y amor de Dios por cada uno de nosotros!  ¿Habéis pensado esto en serio, alguna vez en vuestra vida?  Dios vive dentro de mí. Si escuchamos su palabra y la guardamos, Dios habitará en nosotros.
 
Vivir en la presencia de Dios, significa no estar ya nunca solos porque tenemos unos brazos donde descansar, sentirnos hermanos y amigos de Jesús, sentir la paz y la alegría perfectas que sólo Él puede darnos, dejarnos guiar por el Espíritu Santo en la seguridad y con la confianza de que a donde Él nos lleve es a donde mejo podemos ir.
 
Ésta es la vida santa a la que todos deberíamos aspirar, porque no hay mayor felicidad para el hombre que vivir con Dios, por Dios y para los hermanos.  Sólo Dios puede llenar nuestro corazón tan necesitado de cariño y comprensión, sólo Dios puede dar respuestas a todas nuestras preguntas.
 
Por eso deberíamos en todos los momentos de nuestra vida, pedir lo único que necesitamos, lo único que realmente nos puede dar la felicidad perfecta: que el Espíritu de Dios habite en nosotros.  Ésa debería ser nuestra única petición, porque todo lo demás, los problemas, las enfermedades, la misma muerte, son superados con la ayuda del Espíritu de Dios.
 
Dios es alguien que está Vivo, que vive dentro de nosotros, que nos ha hecho sus hijos y que nos llama a vivir junto a Él  y con Él. 
 
Que podamos sentir en nuestro corazón la presencia de Dios y que nos demos cuenta, de verdad, que Dios vive en nuestro interior.

martes, 14 de mayo de 2019

V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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V DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan hoy del amor.  El amor es lo que identifica a los seguidores de Jesús.  Para poder amar, como Jesús nos lo pide hoy, hay que cambiar muchas cosas en nuestra vida y a muchos no les gustan los cambios porque es más cómodo vivir de la manera a la que estamos acostumbrados.
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos ha narrado el trabajo concreto de Pablo y Bernabé de ir llevando el Evangelio a todas partes.  Vemos también, como la Iglesia, al ir aumentado el número de creyentes y de comunidades cristianas, necesitaba organizarse.
 
Igual que todo grupo humano necesita líderes, las comunidades cristianas también los necesitan.  Por ello, Pablo y Bernabé, animados con la oración y la fuerza del Espíritu Santo, nombraron obispos y presbíteros en las comunidades que se iban formando.
 
Pero Pablo y Bernabé también les recuerda a los cristianos que “hay que perseverar en la fe y que hay que pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios”.
 
El Señor ya había anunciado muchas veces y Él lo experimentó personalmente, que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y la “puerta es estrecha”, aunque nunca está cerrada.
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos habla de “un cielo nuevo y una tierra nueva”.
 
Es cierto que el camino del Reino de Dios está sembrado de dificultades y que la puerta es estrecha, pero si alcanzamos ese cielo nuevo, entramos a un mundo transformado, prometedor y alegre; entramos a un mundo nuevo “donde no habrá llanto, ni duelo, ni sufrimiento”.  El mundo del sufrimiento y de la lucha diaria dejará lugar al mundo de la felicidad, del descanso y de la paz.
 
Pero ya desde ahora, estamos llamados a construir esa “tierra nueva”, a superar todas aquellas cosas que impiden al ser humano vivir en plena libertad, a superar un mundo de oscuridad que nos sumerge en la cultura de la muerte y de la infelicidad.  Estamos llamados a superar el egoísmo, la codicia, los rencores, la vanidad, los miedos, las inseguridades.  Estamos llamados a construir un mundo nuevo que no esté dominado por la injusticia, la dominación de unos sobre otros, la muerte, la violencia y tantas cosas negativas como tiene hoy nuestro mundo.
 
Dios nos llama y nos invita a formar otro mundo, un mundo que se abra a la gracia de Dios.  Un mundo donde el mal y todas sus consecuencias ya no existan. 
 
El Señor, con su vida, con su palabra y su obra, hizo nuevas todas las cosas y empezó a hacer realidad un mundo nuevo sostenido con otros valores, valores diferentes a los que viven hoy la mayoría de las personas.  Es tarea nuestra ir construyendo ese “cielo nuevo y esa tierra nueva” a la que Dios nos invita.
 
En el Evangelio de san Juan, Jesús nos deja su testamento: que os améis unos a otros; como yo os he amado”.
 
Este mundo nuevo al que estamos llamados a construir, no lo vamos a hacer con la violencia de las armas, ni por el poder, ni por el afán de lucro, porque todo esto nos llevará al fracaso.
 
Este mundo nuevo sólo es posible construirlo con la fuerza del amor.  Pero no con cualquier amor, porque en la humanidad todos hablamos del amor, pero cada uno lo entiende a su manera.  La palabra “amor” es, tantas veces utilizada para definir comportamientos egoístas, interesados, que utilizan al otro, que hacen mal, que roban la libertad.  No cualquier cosa es amor.  Muchas veces disfrazamos el egoísmo y la avaricia con ropaje que aparenta ser amor. 
 
El amor con el que tenemos que construir ese mundo nuevo es el amor al estilo de Jesús.  Un amor sincero, servicial, cercano, entregado; un amor que respeta la dignidad y la libertad del otro, que no discrimina, ni margina, sino que siempre busca el bien del otro.
 
Como seguidores de Jesús, tenemos que afirmar que el amor es lo único que puede salvar al hombre, porque el amor es lo único que nos diferencia de los animales.  Es el amor incluso al enemigo, la única arma que puede vencer y convertir al enemigo.
 
No nos dejemos llevar por el odio, y la violencia, no dejemos que la venganza anide en nuestro corazón, porque si lo hacemos acabaremos por convertirnos en el mismo tipo de persona que ahora rechazamos.
 
Es tiempo de amar, de amar al estilo de Jesús.  Amar defendiendo la vida, todas las vidas, toda la vida que está amenazada. 
 
Amar al estilo de Jesús es lo único que puede hacer que construyamos aquí en la tierra ese “cielo nuevo y esa tierra nueva”.  Hagamos realidad ese mandato del Señor: “amaos los unos a los otros, como yo os he amado”.

martes, 7 de mayo de 2019

IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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IV DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Estamos en el cuarto domingo de Pascua.  Este domingo es el domingo del Buen Pastor.  El Buen Pastor es una imagen que emplea el Señor para referirse a sí mismo. 
 
La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos presenta a Pablo y a Bernabé en su actividad evangelizadora.  Son enviados por Jesús, para salvar no sólo a los judíos, sino a todos los que quieren recibir el mensaje del Señor.
 
Dios ha enviado a su Hijo para salvar a todos aquellos que acepten en libertad esta oferta de salvación de parte de Dios.  La Iglesia naciente, empieza a abrir sus puertas a la universalidad.  Los apóstoles no se quedan encerrados en predicar sólo a los judíos sino a todos los hombres, a todos los pueblos.  Esto crea envidias y celos por parte de los dirigentes religiosos judíos.
 
La Iglesia tiene la misión de cumplir con el mandato del Señor: “Id por todas partes y predicad el Evangelio”.   Hay que anunciar la salvación a todos los hombres a todos los pueblos.  Pero la misión de la Iglesia no es ganar seguidores sea como sea, para aumentar el número de sus fieles, ni para presumir de ser más que otros, ni para imponerse sobre otras religiones o culturas. La Iglesia tampoco busca hacer propaganda barata para aumentar su influencia en la sociedad, para controlar las creencias de las personas o para obtener mayores beneficios económicos.
 
La Iglesia católica se define, como su nombre indica, por su universalidad y ésta es la gran misión de la Iglesia, para esto existe para ser universal, porque esto es lo que Cristo le pidió a sus apóstoles: que todos los hombres de todo tiempo y lugar sepan del amor con que Dios los ama; sepan que Dios es su Padre y que quiere la felicidad de todos sus hijos; sepan que han sido elegidos por Dios para la vida eterna, de modo que la muerte no será una realidad definitiva sino el paso hacia la vida eterna, hacia la vida sin fin.
 
La 2ª lectura del libro del Apocalipsis de san Juan nos presenta la imagen del final de los tiempos con una nueva humanidad, formada por una muchedumbre inmensa que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas, presididos por su Pastor. Todos nosotros somos llamados a formar parte de esa nueva humanidad.
 
Cada día, tenemos la experiencia de la alegría y de la esperanza, pero también del dolor, de la incomprensión, del miedo, del sufrimiento, de la desesperación.  Caemos en el pesimismo que nos ata y nos limita, nos esclaviza y nos impide saborear el don de la vida.
 
Por ello, esta lectura nos dice que hay esperanza y que no estamos condenados al fracaso, sino destinados a formar parte de esa nueva humanidad; estamos destinados a esa vida nueva y plena; a la libertad auténtica, a la felicidad total. 
 
Lo que necesitamos para formar parte de esa nueva humanidad es acoger la salvación que Dios nos ofrece; acoger el mensaje de Jesús y seguirlo por el camino del amor, de la entrega, para que obtengamos la felicidad plena.
 
El Evangelio de san Juan nos habla de Cristo, el Buen Pastor que nos da la vida eterna.
 
En nuestro mundo hay mucha gente que “viven sin vivir”, llenos de sufrimientos, sin norte en la vida, en definitiva, como ovejas sin pastor.  El creyente, a pesar de los problemas de la vida, se siente salvado, porque tenemos la seguridad de que nada, ni nadie, puede acabar con nosotros. Tenemos la seguridad de la victoria final.  Claro, que vamos a tener dificultades en el camino de la vida, pero, como cristianos, sabemos que no podemos hacer como muchos hacen: “viviendo sin ilusiones ni esperanzas”, porque tenemos un camino que recorrer con Cristo.
 
A veces, porque somos un “rebaño débil”, nos cuesta seguir al Pastor, porque seguir a Cristo Pastor no es sabernos algunas cosas de nuestra fe.  Es aceptar a Jesús, como la verdad última de la vida, como el criterio de actuación y como la única esperanza de salvación definitiva.
 
Tenemos que escuchar y seguir a Cristo, nuestro Buen Pastor.  “Mis ovejas escuchan mi voz”.  Hay que escuchar a Cristo que nos llama en medio de tantas voces que oímos, porque sólo Él tiene palabras de vida eterna.  A veces, en nuestra vida, nos despistamos y nos dejamos seducir por voces de falsos pastores, o por pastos que no nos alimentan.  No nos dejemos engañar.  Escuchemos la voz de Cristo, una voz que sabemos que no nos miente nunca, una voz en la que podemos confiar.
 
Recordemos también hoy, que hay muchas personas que no pertenecen al rebaño del Señor y que hay que ayudarlas para que formen parte del único rebaño que Cristo quiere: un solo rebaño y un solo Pastor.
 
Hoy, la Iglesia nos pide que pidamos de una manera especial a Dios por las vocaciones sacerdotales y religiosas.  Personas que dedican su vida exclusivamente a anunciar el Evangelio.
 
Pidamos, pues, a Dios, que el Buen Pastor, nos guíe a la patria de la felicidad y la alegría eternas.

martes, 30 de abril de 2019

III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
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III DOMINGO DE PASCUA (CICLO C)
 
Las lecturas de hoy nos piden que tengamos la fuerza y la valentía de comportarnos como lo hicieron los apóstoles, que sigamos a Cristo cumpliendo fielmente la misión que Dios nos ha encomendado.  Cada uno tiene una misión que cumplir.  Nos han dado una vocación.  Pero no podremos desempeñarla sin la ayuda del Señor. 
 
La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos presenta el testimonio que los apóstoles dan de Jesús resucitado frente a las autoridades.
 
El mensaje del Señor es un mensaje liberador, que no hace pactos con esquemas egoístas, injustos y opresores.  El mensaje del Señor nos cuestiona nuestra forma de vida, rechaza todo lo que genere injusticia, muerte y opresión.  Por eso el mensaje de Jesús es muchas veces rechazado y combatido por aquellos que quieren dominar el mundo, por aquellos que quieren oprimir a los débiles y a los pobres.
 
Aquellos que quieren dominar el mundo, aquellos que quieren mediante leyes injustas imponer su voluntad, estas personas no quieren escuchar el mensaje del Señor, no quieren ser cuestionados ni molestados por las enseñanzas de Jesús, por las enseñanzas de la Iglesia.
 
Los cristianos no podemos quedarnos mudos e impotentes, sea por miedo o por amenazas o por cualquier tipo de intimidación física o moral frente a aquellos que quieren “asesinar” el mensaje de Jesús y que quieren construir un mundo al margen de Dios, al margen de su mensaje de vida y de liberación.
 
Qué pena y que tristeza que haya personas que están dispuestas a obedecer a los hombres antes que a Dios; que están dispuestas a defender los oscuros intereses y a hacer alianzas con aquellos que oprimen al hombre con la “mala noticia” de la muerte, de la humillación y de la privación de los más elementales derechos humanos.  Estas personas que defienden la muerte no representan la voz del pueblo, menos la voz de Dios.  Sólo representan la voz de sus mezquinos intereses y por lo tanto no tenemos porqué obedecerlos.
 
Por ello “es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres” por muchas complicaciones que eso lleve consigo.  ¿Para vosotros, qué es más importante: obedecer a Dios o a los hombres?
 
La 2ª lectura del Apocalipsis de san Juan nos presenta a los ángeles y a todas las criaturas en el cielo alabando a Cristo que recibió todo poder de la mano de Dios.  Cristo es pues nuestro rey y Señor, no los políticos, no los gobernantes de este mundo.
 
Por ello no tengamos miedo, ya que Jesús, “el Cordero” inmolado venció la muerte y nos trajo a los hombres la liberación definitiva.  No tengamos miedo porque nuestra liberación está a punto de llegar.  Tenemos que revivir nuestra fe, nuestra esperanza. Hay que fortalecer nuestra capacidad de enfrentarnos a las injusticias, al egoísmo, al sufrimiento, al pecado.  Sólo a Dios hay que darle nuestra obediencia, nuestro honor, nuestro poder y gloria, hoy, mañana y siempre.
 
El Evangelio de san Juan nos presenta a Pedro y a los apóstoles volviendo a su vida diaria de pescadores, pues piensan que Jesús ha muerto y todo ha terminado en un fracaso.  Y Jesús resucitado se les hace presente.
 
El Evangelio de hoy nos describe una realidad que se parece a la nuestra.  Pedro va a pescar y no pesca nada.  Hoy, nosotros también echamos las redes y no pescamos nada.  Ni acercamos a los que no conocen a Cristo, ni atraemos a los que se han alejado de la Iglesia.
 
En nuestras Iglesia cada vez somos menos, hay más bancas vacías, sobre todo de adolescentes y jóvenes.  Las causas son muchas.  Seguimos echando las redes, pero casi nadie cae en ellas.  Muchos papás y abuelos se sienten tristes de no haber podido transmitir la fe a sus hijos.  Muchos catequistas se preguntan, a veces, para qué sirve tanto esfuerzo y tantas energías gastadas en la catequesis.  Y muchos pueden sentirse cansados y decepcionados de tanto echar las redes y no conseguir nada.  Estamos en la noche de la fe.
 
Pero el Señor está ahí, en la orilla, sigue estando aquí también.  Y una vez más el Señor nos dice: “¡Animo, volved a echar las redes!”  Pero echemos las redes no fiándonos de nuestras capacidades sino del Señor.  Gracias a nuestro pequeño esfuerzo, el Señor está realizando su pesca, aunque de momento no veamos el resultado.
 
Los discípulos consiguieron aquél día una gran pesca, porque se fiaron del Señor. Nosotros estamos llamados también a fiarnos de Él, a seguir echando las redes, con los hijos, con los nietos, con todas las personas que nos rodean,  insistiéndoles para que no dejen la iglesia, hablándoles de la bondad de Dios, de lo bueno que es para vivir con plenitud, tener fe y confianza en Él. Manifestando sobre todo con nuestra vida, que realmente creemos.
 
Que esta eucaristía nos ayude a tomarnos en serio nuestra vida cristiana, y que el Señor tenga a bien manifestarse en nuestro corazón para darnos ánimo y alegría.