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martes, 1 de octubre de 2019

XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXVII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo nos invitan a crecer en la fe para que en nuestra vida demos frutos abundantes.
 
La 1ª lectura del profeta Habacuc nos muestra al profeta pidiéndole a Dios que intervenga en el mundo para poner fin a la violencia, a la injusticia y al pecado.
 
Con frecuencia encontramos personas que dicen: si Dios existe, ¿Por qué hay injusticias? ¿Por qué hay gente que muere de hambre? ¿Por qué existen las enfermedades? ¿Por qué los buenos sufren y a los malos les va bien en la vida? ¿Por qué el sufrimiento? ¿Por qué las guerras, los terremotos?
 
Cuantas veces, nosotros mismos, nos hemos quejado y enfadado con Dios, al ver todas las desgracias que hay en el mundo.  Cuantas veces, a pesar de pedir y pedir a Dios, las cosas no nos salen bien o nos salen mal.  Cuantas veces no hemos dicho: ¿Por qué permite Dios esto?
 
En primer lugar, hemos de saber, que los planes de Dios superan nuestra manera pequeña de ver las cosas.  Nunca podremos entender los planes de Dios, ya que los caminos de Dios no son iguales a los nuestros.  Dios tiene su propia manera de actuar, y la manera de actuar de Dios no es con impaciencia o de prisa.
 
En segundo lugar, necesitamos aprender a confiar en la bondad Dios, a ponernos en sus manos, a sentir que Él es un Padre que nos ama como a hijos y que hará todo, para que alcancemos vida y felicidad.
 
Dios nos llama a denunciar todo lo que impide la realización plena del proyecto de vida y felicidad que Él tiene para los hombres.  Dios intervendrá en la historia del mundo, ¿Cuándo? Solamente Dios sabe cuando.  Lo que a nosotros nos toca es tener paciencia y saber sobre todo que Dios no nos abandona.  No debemos temer.  A cada uno le llegará su día y quien saldrá vencedor será el que se ha mantenido fiel al Señor.  Como nos decía hoy el profeta Habacuc: “Mira, el altanero no triunfará; pero el justo por su fe vivirá”.
 
La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo, nos invita a renovar cada día nuestro compromiso, como cristianos, con Cristo y el Reino de Dios.
 
Hemos ido llenando nuestra vida de tantas ocupaciones, que esas ocupaciones nos alejan de servir a Dios y vivir los valores del Evangelio.  Por eso, San Pablo, nos invita hoy a vivir con entusiasmo nuestra fe, nuestra entrega y servicio a Dios y al prójimo.  Nos invita a dejar de lado la flojedad, la comodidad, el “no tengo tiempo para las cosas de Dios”  y a no avergonzarnos, a no tener miedo de dar la cara por Dios, porque quien se avergüence del Señor y de servirlo, también Dios se avergonzará de él.
 
El Evangelio de San Lucas nos habla de la fe.
 
“La fe mueve montañas”.  Cuando decimos esto, estamos diciendo que la fe tiene tal fuerza y poder que es capaz incluso de hacer lo imposible.
 
Pero, ¿Qué es la fe?  La fe no es sólo creer que existe Dios, ni creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, ni tampoco creer en la Iglesia o en la vida eterna.  La fe es sobre todo encuentro, relación y experiencia con Dios.
 
¿De qué nos sirve creer que existe Dios, si no nos relacionamos con Él?  Hay personas que dicen tener más fe que nadie, pero no vienen a la Iglesia.  Estas personas ponen la fe al servicio de sus caprichos y además tienen que saber que la fe no es cosa sólo de ello, sino que es cosa de dos: Dios y la comunidad cristiana.  El Señor ha querido que vivamos nuestra fe en comunidad, no en solitario.
 
Hay persona que viven la fe como una costumbre social: se bautizan, hacen la primera comunión, se casan y entierran a sus difuntos, porque así es costumbre.
 
Podemos venir todos los domingos a misa, podemos rezar mil rosarios, podemos tener muchas devociones.  Pero si no nos relacionamos con Dios en la oración, si no hemos aceptado en nuestras vidas el mensaje de Jesús, y si no hemos hecho un esfuerzo por cambiar de vida, todo es inútil.
 
Hay personas que ante una desgracia, ante un problema, piensan que Dios los ha abandonado y se alejan de Dios.  Esta es una fe débil y falsa.  Otros le echan la culpa de todo lo malo a Dios y se alejan de Él.  Esta es una fe inmadura e infantil.
 
La fe, es ante todo, encuentro con Dios, y no una barita mágica para resolver todos nuestros problemas, sino para vivir la vida al estilo del Señor.  Sólo así podremos entender que ser cristiano no es por afán de recompensas o por lo que podamos conseguir sino por hacer lo que debemos hacer.  Ante Dios sólo somos siervos.
 
Por ello, como los apóstoles, pidámosle a Jesús: “Auméntanos la fe”

martes, 24 de septiembre de 2019

XXVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXVI DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos propone, de nuevo, la reflexión sobre nuestra relación con los bienes de este mundo y cómo debemos comportarnos con todo aquello que nos es dado.
 
La 1ª lectura del profeta Amós es una denuncia contra todas aquellas personas que viven ociosas, que tienen grandes lujos a costa de explotar a los pobres y que no se preocupan mínimamente por el sufrimiento y la miseria de los pobres.
 
Pensemos en las fiestas de los actores, cantantes, políticos y personas importantes.  ¿Cuánto no se gastan, no ya en la fiesta, sino en ropa, joyas, perfumes, mientras hay gente que no tiene para vivir?  Pensemos en los gobernantes que malgastan el dinero público y que casi nunca son enjuiciados porque siempre hay una manera de hacer que los delitos prescriban.
 
Pensemos también en tantos trabajadores que arriesgan su vida en obras peligrosas, porque el dueño no quiere gastar nada en sistemas de seguridad; pensemos en aquellos que gana el sueldo mínimo, trabajando duramente para que se enriquezca el patrón y que al llegar la hora de pagar, no tiene para pagarle y le pide que se espere para cobrar la semana siguiente.
 
Pero, pensemos también en nosotros mismos.  ¿Cuántas veces no nos dejamos llevar por el deseo de tener y compramos tantas cosas que no son necesarias?  ¿Cuántas veces sacrificamos la economía de la familia para pagar nuestros caprichos y no pensamos en el resto de la familia que depende de nosotros para vivir?
 
Hoy, el profeta Amós nos recuerda lo que nos puede pasar cuando vivimos preocupados, nada más, por el bienestar propio, y demasiado olvidados de la solidaridad con los necesitados: calamidades y desgracias.
 
La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo es una invitación a vivir como “hombres de Dios”, es decir a vivir seriamente nuestra vida cristiana practicando las virtudes cristianas y guardando el “Mandamiento de Cristo-Jesús”.
 
El “hombre de Dios” es el cristiano que ama a los hermanos, que es justo, es alguien que no vive pensando nada más que en él mismo, sino que vive para compartir, todo lo que es y lo que tiene, con los hermanos.
 
El “hombre de Dios” es aquel que vive con entusiasmo su fe, que ama a sus hermanos y que da testimonio de la verdadera doctrina de Jesús; que no de  deja llevar por las modas o por los propios intereses.
 
Como cristianos, si queremos ser “hombres de Dios”, debemos luchar constantemente por mantenernos fieles a nuestra fe en un mundo que cada día más nos invita a dejar a un lado nuestra fe.
 
El Evangelio de San Lucas nos ha presentado la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro.
 
El evangelio nos dice que estos dos hombres vivían cerca el uno del otro, pero había un abismo inmenso imposible de cruzar.  Jesús condena el olvido, la insensibilidad, la barrera que levantamos entre los seres humanos.  Estos son dos hombres distanciados por la insolidaridad y el egoísmo.
 
Hombres y mujeres creados por Dios para ser hermanos, nos encontramos divididos por el dinero, por el poder, por el prestigio, abriendo nosotros mismos esas brechas que a veces resultan imposibles de cruzar.
 
El rico del evangelio piensa que sólo existe él y los que disfrutan con él.  Jesús nos dice que no podemos vivir ignorando a los pobres.  El que vive así termina convirtiendo su vida en un fracaso.  No podemos disfrutar de los bienes materiales dando la espalda a los pobres porque esto es incompatible con el reino de Dios.
 
Jesús nos dice hoy que cuando la riqueza excluye a los demás, cuando no es un bien, cuando no ayuda a los seres humanos, termina, la riqueza, por destruirnos y deshumanizarnos porque nos va haciendo indiferentes e insolidarios ante las desgracias ajenas y nos crea una verdadera ruina espiritual.
 
Cuantas personas hay ciegas porque no ven a los necesitados, no son capaces de comprender sus angustias y esto termina dividiendo y levantando barreras en la sociedad.
 
Todos somos hijos del mismo Padre, por lo tanto, hermanos.  No podemos habituarnos a las desgracias de tantas personas que viven junto a nosotros y que sufren necesidades y no darnos cuenta de este gran problema.
 
Nuestra sociedad no puede avanzar, no puede buscar progreso ni bienestar olvidando el sufrimiento de los más débiles y desafortunados.
 
Hay tantos necesitados cerca de nosotros pero tan ignorados y olvidados como Lázaro. No seamos sordos y ciegos ante las necesidades de tantos hermanos nuestros. 

martes, 17 de septiembre de 2019

XXV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
Las lecturas de este domingo son una llamada de atención a nuestra conciencia para que aprendamos a poner tanto el dinero como los demás bienes materiales en su justo lugar y que sepamos hacer de ellos un uso adecuado.
 
La 1ª lectura del profeta Amós es una denuncia contra todas aquellas personas que sin ningún tipo de escrúpulos se enriquecen a costa del pobre.
 
Una de las constantes en la historia de la humanidad es que hay gente que engaña a los demás para su propio beneficio.  La corrupción está, por desgracia, muy presente en nuestro mundo.  Hay gente que cobra más de la cuenta; aumentan los precios; utilizan pesos con trampa. Cuantas veces nos venden como bueno un producto que en realidad es malo.
 
Cuánta especulación no se hace con los productos de primera necesidad.  Pensemos lo que sucede con los medicamentos, indispensables para combatir las enfermedades y que son vendidos a precios que no los pueden comprar muchas personas.
 
Pensemos también en todos esos productos adulterados, que algunos comerciantes venden y que ponen en peligro la salud de las personas.
 
Pensemos en los bancos, cuantas veces obtenemos un crédito y cuánto dinero más hemos de pagar por ese crédito que nos han dado.  ¡Cuánta impunidad hay, porque la explotación está legítimamente organizada!
 
Cuántas personas hay que pisotean al pobre, lo compran por dinero y como hay necesidad de trabajar se explota al trabajador con sueldos mínimos.
 
Pues Dios, nos dice hoy el profeta Amós, no soporta la injusticia y la opresión.  Dios no está del lado de los opresores, y cualquier injusticia contra el prójimo es un crimen contra Dios.
 
La 2ª lectura de San Pablo a Timoteo nos recomienda que recemos por todos los hombres, para que todos se salven.
 
Hay que rezar, pero no solamente rezar por nosotros, por la solución de nuestros problemas, o rezar sólo por nuestra familia, hay que rezar por todos: conocidos y desconocidos, amigos y enemigos, buenos y malos.  No es posible rezar y al mismo tiempo, sentir odio, división, intolerancia.
 
Cuántos males existen hoy porque no rezamos suficientemente; cuánto odio, envidia y divisiones porque no rezamos suficientemente.  Debemos orar por todos como lo hacia Jesús.
 
El Evangelio de san Lucas terminaba diciendo: “No podéis servir a Dios y al dinero”.
 
El mundo en el que vivimos ha convertido al dinero en un dios, y para algunos en el dios fundamental y todo lo demás deja de tener importancia.  Para ganar más dinero, hay personas que trabajan doce o más horas al día, y prescinde de la familia y de los amigos.
 
Por dinero, hay quien no le importa sacrificar su vida y la de los demás y venden drogas y armas que matan.  Por dinero, hay quien es injusto y explota a sus trabajadores.
 
¿Qué seríamos capaces nosotros de hacer por dinero?
 
Frente a servir al dinero, Jesús nos dice que hay que servir a Dios.  Servir a Dios, consiste en pasar por la vida haciendo el bien a los demás.
 
Dios quiere que todas las personas tengamos lo necesario para vivir con dignidad, el problema es que nuestra única meta en la vida sea hacer dinero, acumular dinero, cuando hay quienes no tienen lo suficiente para vivir con dignidad.
 
El vivir para hacer dinero es convertirse en siervo, en esclavo del dinero y por lo tanto dejamos de ser servidores de Dios.
 
No olvidemos que somos administradores de los bienes que poseemos y que las riquezas deben servir para que todos tengan lo necesario.  Si somos administradores, debemos usar los bienes que poseemos para cubrir las necesidades de todos, no solamente nuestros deseos personales.
 
Es imposible ser fiel a un Dios que es Padre de todos y vivir, al mismo tiempo, sirviendo al dinero, esclavo del dinero y del propio interés. Sólo hay una manera de vivir como hijo de Dios, es vivir como hermano de los demás. El que vive al servicio de sus bienes, dinero e intereses, no podrá preocuparse de sus hermanos y no podrá por tanto, vivir como hijo fiel de Dios.

lunes, 9 de septiembre de 2019

XXIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXIV DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)

La liturgia de este domingo nos hablan de cómo Dios ama infinita e incondicionalmente al hombre y por eso siempre esta dispuesto a ofrecernos su perdón.
 
La 1ª lectura del libro del Éxodo nos presenta a Moisés intercediendo ante Dios por su pueblo. Dios había sacado al pueblo de Israel de la esclavitud en Egipto y poco después, este pueblo se había desviado del camino adorando a una imagen de metal. Dios deseaba castigar a ese pueblo, pero Moisés pide al Señor que no lo destruya, y Dios perdonó al pueblo.
 
Cuántas personas hay que son capaces de “vender su alma al diablo” para ser importantes, para tener éxito, para llegar a los primero puestos. Cuántas personas hay que son capaces de sacrificar los valores más sagrados para ser populares, conocidos, famosos, para que la gente les tenga envidia, o para tener influencias.
 
Esta clase de personas son capaces de abandonar al Dios verdadero y hacerse adoradores de ídolos para llegar a ser importantes. Hoy los hombres siguen fabricando ídolos: dinero, placer, comodidad, etc. Nos entusiasmamos con Dios y le juramos lealtad y, al rato, lo dejamos para seguir otros caminos. 
 
Dios es siempre fiel, si nos hemos equivocado y hemos ido tras los ídolos de este mundo, podemos pedirle perdón y volver de nuevo a Él. Dios sabe perdonar, aunque nos exige fidelidad a Él. 
 
En la 2ª lectura de san Pablo a Timoteo San Pablo reconoce haber sido blasfemo y perseguidor de la Iglesia de Cristo. Y habla de cómo el Señor -a pesar de todo eso- le había tenido confianza para ponerlo a su servicio.
 
San Pablo le asegura a Timoteo que Cristo Jesús vino a este mundo a salvar a los pecadores. Recordemos eso nosotros: el propósito de la venida de Cristo al mundo fue para buscar y salvar a los pecadores. Como hizo con Pablo, quien se confiesa el más grande pecador.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta tres parábolas de la misericordia de Dios: la oveja perdida, la moneda perdida y el hijo pródigo. 
 
Lo primero que podemos decir de estas tres parábolas es que el protagonista no es la oveja perdida o la moneda o el hijo prodigo, sino Dios.
 
Jesús nos dice que Dios se alegra cuando nos encuentra, o más bien cuando nos dejamos encontrar; Dios se alegra cuando nos arrepentimos; Dios se alegra cuando regresamos a su casa; Dios se alegra cuando nos ve sentados a su mesa, cuando participamos de la misa que Él mismo nos ha preparado.
 
Algunos podrían pensar: sin hay más alegría por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos… si hay más fiesta por el hijo que malgastó todos los bienes y regresa a casa que por el hijo que estuvo con su padre, entonces pequemos para luego arrepentirnos y así Dios se alegre y haga fiesta.
 
Pensar así seria mal interpretar lo que nos quiere decir Jesús y tomar un camino equivocado.
 
Jesús con estas parábolas esta criticando la actitud de ciertas personas que piensan que están bien, que no tienen que arrepentirse de nada. El que no siente nunca necesidad de volver a la cada del Padre, el que no siente la necesidad del arrepentimiento, el que cree que nada de lo que hace o deja de hacer es malo, es un síntoma de soberbia, de que está enfermo espiritualmente.
 
Todos tenemos que aceptar que somos pecadores, todos tenemos que reconocer la necesidad de arrepentirnos, todos tenemos necesidad de saber que la misericordia de Dios es más grande que nuestras miserias y pecados.
 
Frente a esas personas que señalan, critican y condenan los pecados de los demás, porque ellos creen que no tienen pecado, Jesús nos dice que Dios nos ama misericordiosamente y que nos invita al arrepentimiento de nuestros pecados.
 
Frente a la pérdida de la conciencia de pecado, Jesús nos invita a la conversión y a hacer fiesta con Dios porque Él siempre busca a los alejados y pecadores para ofrecerles su amor y su misericordia.
 

martes, 3 de septiembre de 2019

XXIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXIII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos invita a tomar conciencia de que optar por el camino del Reino de Dios no es optar por un camino de facilidad, sino que hay que escoger un camino de renuncia y de entrega de la vida.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos hace ver que necesitamos pedirle a Dios que nos de su sabiduría para poder tomar decisiones correctas en nuestra vida.
 
Cada día nos sentimos más confundidos porque somos bombardeados por diferentes teorías, retos, caminos diferentes, opiniones diversas y a veces contradictorias, y ante esta perspectiva, muchas veces, no sabemos qué elegir.
 
A veces elegimos, pero manipulados, por los medios de comunicación, por los políticos, por la moda,  por los antivalores que nos quieren imponer, o por ideas de personas que nos rodean.  Con mucha frecuencia, son otros los que nos imponen lo que tenemos que pensar, lo que tenemos que decir, lo que tenemos que hacer, ¿podemos llamar a esto vida plena, realización total, felicidad completa?
 
Para nosotros como creyentes, el criterio para juzgar la validez o no de lo que tenemos que hacer, de la elección que debemos tomar es el Evangelio, aunque muchas veces, el Evangelio está en absoluta contradicción con los antivalores que la sociedad intenta imponernos.  Por eso necesitamos pedirle a Dios que nos envíe su Espíritu para que sea la sabiduría de Dios la que rija nuestras decisiones y nos haga ver la diferencia entre lo agradable a Dios y el pecado.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Filemón nos plantea el problema de las clases sociales. 
 
Creer en Jesús, ser cristiano nos convierte a todos en hermanos.  Ya no hay esclavos y libres, opresores y oprimidos, potentados y aplastados, amos y siervos... sólo hay hermanos.  Dios no quiere que veamos a algunas personas como si fuesen de una condición humana inferior a la de los demás.  Todos somos iguales ante Dios.
 
Es cierto  que muchos continúan considerando a las demás personas como si fueran sus esclavos, haciéndoles trabajar más de lo debido y dándoles un sueldo de hambre. Aún podemos ver que muchos compran a su prójimo por unos céntimos. Ante estas situaciones de injusticia la Iglesia no puede guardar silencio. 
 
Es necesario trabajar por lograr una auténtica justicia social, no sólo hablando para lograrla, sino empeñándonos por hacer esto realidad en los diversos ambientes en que se desarrolle la Vida de quienes creemos en Cristo. Entonces recibiremos a nuestro prójimo no como a una persona cualquiera, sino como al mismo Cristo.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Jesús diciéndonos cuales son las condiciones para seguirlo.
 
La primera condición que pone Jesús a sus discípulos es un deslinde claro de la familia. La decisión de seguir a Jesús no está supeditada a la familia, ni tiene sus únicas raíces en la familia. Es más, muchas veces la familia ata y condiciona.
 
Es cierto, las familias trasmiten amor, pero a veces las familias trasmiten otros valores muy negativos (incluso odio de unas familias contra otras), que un discípulo de Jesús no puede asumir, ni respetar.
 
Una segunda condición para seguir a Jesús es tomar la cruz.  Un discípulo ha de olvidarse de sí mismo, renunciar a sus intereses y vivir en adelante centrado en Jesús.  Con frecuencia reducimos el tomar la cruz a pequeños sacrificios o a soportar las dificultades propias de nuestro estado de vida. Pero la cruz, verdaderamente entendida, implica la más radical decisión de seguir a Jesús, a pesar de todas las dificultades, en su opción por construir el Reino simbolizado en esos dos maderos: el amor a Dios y el amor al prójimo.
 
No bastan pequeños sacrificios, ni pequeñas abstenciones de gustos y placeres.  Tomar la cruz significa estar dispuestos a afrontar el conflicto, el rechazo y la agresión de una sociedad que aniquila y destruye a todo aquel que se opone a los supuestos valores que nos quiere imponer esta sociedad moderna.
 
La tercera condición es renunciar a las riquezas, a los propios bienes.  Los bienes materiales atraen y esclavizan el corazón humano y lo alejan de la atención a Dios, que debe ser total y absoluta. Para el discípulo de Cristo, el dinero siempre tendrá categoría de medio y nunca de ser un fin en sí mismo para no caer ni en idolatría ni en soberbia.
 
Seguir a Jesús conlleva riesgos y por eso deja muy claras sus condiciones.  Quien se apunte a ser discípulos del Señor tiene que tener muy claro estas condiciones.  Antes de dar el sí, debe medir sus fuerzas, porque Dios no admite cristianos a medias.  Decidirnos a seguir a Jesús es optar por una vida más allá de los sufrimientos, contrariedades y problemas que podamos encontrar.  ¿Estamos dispuestos a seguir a Jesús cumpliendo estas condiciones?

martes, 27 de agosto de 2019

XXII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
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XXII DOMINGO ORDINACIO (CICLO C)
 
 
 
La liturgia de este domingo nos habla de los valores de la humildad, la gratuidad y el amor desinteresado.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos decía: “Cuanto más grande seas, más debes humillarte, y así alcanzarás el favor del Señor.”. 
 
Hay una virtud muy olvidada hoy en día y es la virtud de la humildad.  A la gente le gusta que los admiren y que los señalen como personas importantes, famosas, poderosas, influyentes.
 
La Palabra de Dios nos dice que la humildad, es una virtud muy querida por Dios.  La persona que se cree grande e importante le cierra a Dios las puertas de su corazón.  El orgulloso, el vanidoso, el creído, se enfrenta a Dios y le cierra la puerta de su vida.
 
Sin embargo, la persona que es humilde, sencilla, y que no es vanidosa, tiene mucho sitio en su corazón para Dios.  Y Dios está y vive en esa persona.  El humilde se abre a Dios y Dios vive en él, por eso el humilde es una persona servicial y buena.
 
Tenemos dos ejemplos (entre otros muchos) muy edificantes para nosotros: el de la Virgen María cuando dijo: “he aquí la esclava del Señor”; y porque Dios vio su humildad, el Señor se encarnó en ella. Y el ejemplo de Jesús: que se humilló hasta la muerte en cruz. Y por eso ha merecido la salvación para todos nosotros.
 
La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a acercarnos a Dios, ya que Dios es nuestro Padre, no es un Dios lejano o distante, sino un Dios que se preocupa por nosotros.
 
Dios está a nuestro lado para darnos esa mano que necesitamos; y ofrecernos su ayuda para llegar al final del camino: ¡al Reino de Dios!
 
Cuando un niño está dando los primeros pasos, necesita la ayuda de una persona mayor para no caerse cada dos por tres.  Así sucede en nuestra vida cristiana. Aunque seamos personas adultas, estamos dando primeros pasos hacia Dios: ¡estamos caminando hacia el Reino!  Por eso necesitamos de una mano amiga que nos ayude para no caer cada dos por tres en nuestro inseguro caminar. Y esa mano amiga es Dios. 
 
El Evangelio de san Lucas nos dice cómo debemos prepararnos para entrar al Reino de los Cielos.
 
Los hombres somos como los árboles: los hay que crecen libremente y buscan alcanzar las alturas, dan sombra y frutos. Hay otras plantas que son parásitas, que no conformes con alimentarse de otro árbol, lo ahogan, lo estrangulan y acaban secándolo.  Igual que lo hacen algunas personas.
 
Hay personas que suben a los primeros puestos pero ahogando, como los árboles a otras muchas personas.  Nos cuesta ceder el paso, darle atención al otro, buscarle un lugar a quien lo necesita. La vida se ha vuelto una competencia desenfrenada por conquistar lugares, por subir a lo más alto, no importa que se tenga que aplastar a los demás.
 
Para muchas personas la única meta de su vida es tener más, ser el más importante, tener más poder, aparecer como el mejor, y esto hace que con frecuencia llevemos una vida hueca, triste y vacía porque nunca tenemos bastante, nunca nos sentimos satisfechos con lo que tenemos o somos.  En el afán por tener más, por subir más alto, muchos terminan llevando una vida sin sentido, insatisfechos por no alcanzar sus metas, siempre deseando lo que no se tiene.  Y se buscan entonces los primero lugares, la ostentación y la apariencia.
 
La sociedad nos obliga a buscar los primero puestos; Jesús nos invita a ser servidores unos de otros, a buscar los últimos lugares no para eludir responsabilidades, sino para darnos cuenta que todos somos iguales.  Mientras que la sociedad alaba y ensalza a los grades, Jesús nos dice lo contrario: “el que se enaltece será humillado; y el que se humilla será enaltecido”.
 
La amistad no se puede usar para beneficio propio.  La amistad siempre debe hacernos crecer, nunca debemos manipular a las personas. “¿Qué provecho puedo sacar de esta persona?”  Es el pensamiento del mundo, y con mucha frecuencia las relaciones que se establecen tienen fines utilitarios y es difícil vivir de manera desinteresada. Muchos se preguntan cuánto han recibido y de quién esperan un reconocimiento, por el contrario Jesús enseña que lo importante no es recibir, sino dar, dar con alegría, dar con prontitud, dar con gratuidad.