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martes, 26 de noviembre de 2019

I DOMINGO DE ADVIENTO(CICLO A)
 
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I DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
 
Comenzamos hoy el Adviento. Dios decide hacerse hombre, quiere compartir nuestra naturaleza con sus grandezas y debilidades, quiere vivir entre nosotros para trasmitirnos su palabra y su vida.
 
Adviento es tiempo de espera del Señor.  Las cuatro semanas del Adviento representan una llamada a la esperanza ante el nacimiento de Dios en la Navidad y su manifestación a toda la humanidad en la Epifanía. Será nuestro encuentro con Jesús el Dios niño, que ha querido nacer y crecer como uno de nosotros.
 
Adviento es el tiempo en el que oiremos a Jesús que nos predica que el Reino de Dios está cerca, ya está entre nosotros, que preparemos los caminos del Señor.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías ilumina un momento de oscuridad que vivía el pueblo de Israel.  El pueblo vive en el exilio, sin esperanzas, sin ánimos.  El profeta les recuerda que hay futuro para el pueblo.  Que las armas de destrucción y muerte se pueden convertir e instrumentos para el trabajo y la justicia y la paz pueden reinar para siempre.
 
Nuestra vida puede estar pasando por un momento de oscuridad. Como ocurrió con el pueblo escogido, Dios quiere que salgamos de ella. Para eso tendremos que mirar adelante con esperanza.  No podemos estar pensando y recreándonos en nuestro propio dolor y estar siempre autocompadeciéndonos porque entonces no avanzaremos nunca hacia delante.
 
Pero para salir de nuestra oscuridad, habremos de caminar a la luz del Señor.  Dejemos que su luz penetre en nuestra mente y en nuestro corazón porque será capaz de ayudarnos a estrenar una vida nueva, esa vida con la que tantas veces hemos podido soñar: la vida de paz y de amor que el Padre pensó para nosotros desde la creación del mundo.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos decía: ya es hora de despertaros del sueño”…  dejemos, pues, las obras de las tinieblas y pongámonos las armas de la luz
 
Es decir, ya es hora de dejar atrás una vida sin sentido, esa vida sin sentido que tantas veces llevamos y ya es hora por tanto de revestirnos del Señor viviendo de acuerdo a su evangelio.  Ya es hora de vivir una vida más cristiana, más de acuerdo al proyecto de vida que nos ofrece Jesús.
 
El evangelio de san Mateo nos ha hablado del fin de los tiempos.  Nos pone frente a la venida última del Señor.
 
Para los cristianos hay 2 venidas de Cristo: una es a la que nos estamos preparando ahora: nacimiento de Jesús; y la segunda venida será cuando Cristo, envuelto en luz, venga a juzgarnos.
 
El evangelio nos dice que el cristiano tiene que vivir en estado de espera, nuestra mirada ha de estar puesta en dirección a estas 2 venidas de Cristo.
 
Nosotros no sabemos cuándo va a llegar Cristo a juzgarnos, a pedirnos cuentas de lo que hemos hecho.  La segunda venida de Cristo no sabemos cuándo será.
 
Solamente el velar permite no ser tomados de improviso por Cristo.   Hay que estar preparado porque no sabemos cuándo va a venir el Señor. El sueño representa la indiferencia, el no tomar en serio las cosas de Dios; el dejar a Dios siempre para más tarde.  El sueño es no querer ocuparnos de Dios.
 
Jesús en el evangelio nos ha recordado los tiempos de Noé, cuando la gente comía y bebía descuidadamente sin preocuparse de lo fundamental de su vida: su relación con Dios.  Y así, mientras ellos andaban comiendo y bebiendo, llegó el diluvio.                        
 
No podemos seguir con el sueño del desinterés por Cristo, no podemos seguir sintiéndonos lejanos de Cristo.  Esperar al Salvador, significa sentirse interesados por Cristo, reconocer que tenemos necesidad de salvación. Esperar al Salvador, significa que en medio de nuestras preocupaciones cotidianas, darnos cuenta que es necesario preocuparse de un negocio fundamental: Dios. 
 
No podemos ser como esos hombres que nacen, viven y mueren sin haberse comprometido con Dios, sin haber servido siquiera una vez a Dios.  Esperar al Salvador es hacer que cada día, el trabajo y nuestras responsabilidades tengan como referencia a Dios.
 
Los cristianos tenemos que centrar nuestra esperanza en una Persona viva, presente ya desde hace más de dos mil años en nuestra historia: Cristo Jesús. Cristo es la respuesta de Dios a los deseos y las preguntas de la humanidad. No nos va a salvar la política ni la economía ni los adelantos de la ciencia y la técnica, nos va a salvar Dios.
 

martes, 19 de noviembre de 2019

XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
JESUCRISTO REY DEL UNIVERSO
 
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XXXIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Celebramos en este domingo la fiesta de Jesucristo Rey del Universo.  Con esta fiesta de hoy, la Iglesia nos propone que reconozcamos a Cristo como el Señor de nuestras vidas.
 
La 1ª lectura del segundo libro de Samuel nos presenta el momento en el que David se convirtió en rey de todo Israel.  Con él, se inició un tiempo de felicidad, de abundancia, de paz, que quedó en la memoria de todo el Pueblo de Dios. 
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses es un himno que celebra la realeza y la soberanía de Cristo sobre toda la creación.  San Pablo le da gracias a Dios Padre que nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor”.  Esto quiere decir, que ya desde aquí y ahora nosotros participamos de la dignidad real de Cristo.
 
Tenemos que ser y sentirnos hijos e hijas de Dios, y esto significa que tenemos que vivir de acuerdo con tal dignidad y nobleza y empeñarnos, con todas nuestras fuerzas, en honrar, respetar y hacer crecer la dignidad de cada persona, y luchar contra cualquier gesto, acción o palabra que constituya una humillación hacia las personas por cualquier razón: raza, país, edad, sexo, condición social, etc.  Ser y sentirnos hijos de Dios significa vivir como hermanos.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a Cristo reinando desde la cruz.  Vemos que nuestro rey es un rey distinto a los reyes y gobernantes de este mundo.  Nuestro rey es un rey clavado en una cruz.
 
El “salón del trono” de nuestro Rey es el Calvario.  Tiene por trono la cruz de un condenado a muerte; por corona una de espinas, por cetro los clavos que lo sujetan en la cruz.
 
El pueblo presencia la escena “mirando”.  Los soldados burlándose, dándole a beber vinagre.  Uno de los ladrones, crucificado con Él, insultándolo.  El mismo letrero de la Cruz es una burla.
 
Pero está también el buen ladrón.  Capaz de reconocer en aquel condenado a muerte, al enviado de Dios.  Reconoce que en Jesús, que muere por amor, que se humilla hasta morir, está la verdadera realeza.  Y le pide que se acuerde de él en su Reino.  Muchos no reconocieron a Cristo como el Hijo de Dios, cuando pasaba curando enfermos y haciendo milagros.  Sin embargo el buen ladrón lo reconoce como salvador cuando Cristo está en la cruz.
 
Hoy Jesús nos invita a todos a trabajar por su Reino.  Tenemos que presentar ante el mundo la Palabra de Dios, los valores que Jesús vivió y ésta es una tarea de todos. 
 
Tenemos que reconocer que nos cuesta aceptar la Palabra y el estilo de vida del Señor.  Nos cuesta ser cristianos responsables con todas sus consecuencias.  Nos cuesta ser solidarios con los que sufren.  Nos cuesta comprometernos con la justicia, con la paz que son las cosas que nos acercan al verdadero deseo de Jesús.
 
Cada uno de nosotros puede ser constructor del Reino de Dios si trabajamos por la paz y la justicia, si somos capaces de servir como lo hizo el mismo Jesús, de perdonar como Él, de luchar por la vida y la fraternidad.
 
Jesús desde la cruz nos muestra una actitud de respeto total al hombre, y nos cuestiona a todos en nuestro estilo de vida.  No avanzaremos hacia una sociedad más humana, si, para lograrla, tenemos que violar los derechos de los hombres, pisotear su dignidad y destruir incluso la vida.
 
Por ello,  el Reino de Dios no se impone a nadie, se propone.  Cuántas veces en nuestro mundo se impone los poderes políticos y económicos.
 
Que diferente es la propuesta que Jesús nos hace de vivir el Reino de Dios a la propuesta de las revoluciones de este mundo.  Las revoluciones siempre se autoproclaman defensoras de las libertades, de la justicia, de la verdad y de todo lo bueno que requiere el ser humano para ser feliz. Pero la gran mayoría de éstas han terminado oprimiendo al mismo ser humano que dicen defender.
 
La revolución marxista que vivió Rusia, una vez que estuvieron en el poder cayó en los mismos errores por los que habían luchado.  Todo aquel que cuestionara el ejercicio del poder era considerado un enemigo de la revolución y, por lo tanto, debía ser eliminado.
 
Los “padres de la patria”, en cuyas manos quedó el destino de muchos de nuestros pueblos latinoamericanos después de la independencia, siguieron con la misma lógica de poder y se convirtieron en los nuevos tiranos.
 
Las revoluciones armadas además de no haber logrado el cambio, se convirtieron en una jauría de lobos hambrientos de dinero y poder, que terminaron oprimiendo a los mismos pobres por los cuales decían luchar.
 
Jesús sí ha hecho la más grande de las revoluciones.  La historia nos demuestra cada día que Jesús tenía razón: ante todo tenemos que cambiar la lógica del poder que domina, oprime y genera muerte, por la lógica del amor que sirve, levanta y genera vida.
 
Pidamos en esta Eucaristía que nos dé fuerza y coraje para ser capaces de extender su Reino para construir un mundo más justo, más fraterno, más solidario y más humano.
 

martes, 12 de noviembre de 2019

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
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XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 

Estamos en la penúltima semana del año litúrgico y las lecturas de hoy nos hacen reflexionar sobre el sentido de la salvación y nos dicen que la meta final hacia la que Dios nos conduce es el nuevo cielo y la nueva tierra de felicidad plena y de vida definitiva.
 
La 1ª lectura del profeta Malaquías nos hace ver que Dios va a intervenir en el mundo, va a derrotar al que oprime y roba la vida y va a hacer que nazca un “sol de justicia” que traiga la salvación.
 
Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro mundo camina hacia la perdición y que nada lo puede detener. Vemos tantas guerras y vemos tanta sangre derramada en el presente y en el futuro de tantos pueblos; contemplamos la naturaleza y la vemos devorada por los intereses de las multinacionales de la industria; vemos a tantas personas cerradas en su mundo, desinteresadas de los grandes problemas que existen.
 
Existen también en nuestro mundo el deseo de justicia.  El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra, justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos.
 
Hoy nos dice la primera lectura, que llegará el día del Señor en que finalmente habrá justicia, esa justicia que premiará a los buenos y castigara a los malos.  Mientras llega ese día, a nosotros nos toca unirnos a Jesús para luchar y trabajar por la justicia ya aquí y ahora.  Porque Dios no quiere salvarnos sin nuestra colaboración.
 
Los cristianos debemos saber que Dios cuenta con nosotros para construir un mundo nuevo y debemos saber que todo lo que hagamos aquí, por muy poco que sea: perdonar, compartir, denunciar la opresión, defender al pobre y al oprimido, todo esto está ya preparando la venida del Reino de Dios y su justicia.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses insiste en la idea de que mientras esperamos la vida definitiva, no tenemos derecho a ser perezosos y vivir en la comodidad de no hacer nada, sin preocuparnos de los problemas del mundo y sin aportar nuestra colaboración a la construcción del Reino de Dios.
 
No podemos vivir esperando que todo nos caiga del cielo y olvidándonos de luchar por los demás.  Tenemos que, como cristianos, comprometernos por la construcción de un mundo más justo y fraternos, todos los días y las 24 horas del día.
 
Hay personas que hablan mucho y hacen poco y muchas veces se aprovechan del trabajo de los demás para quedar bien ante los otros.  Hay también personas que son parásitos de la sociedad y que lo único que hacen es consumir lo que produce la sociedad y no se esfuerzan lo más mínimo en colaborar con ningún tipo de trabajo.  No olvidemos las palabras de San Pablo: “si alguno no quiere trabajar, que no coma”, tenemos que saber combinar trabajo y oración.
 
El Evangelio de San Lucas nos ofrece una reflexión sobre el camino que debemos recorrer hasta la segunda venida del Señor.
 
Jesús nos recuerda hoy que un día llegará el día del juicio sobre la humanidad entera y ante este día no podremos permanecer indiferentes.
 
Los discípulos del Señor le preguntan: “¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” Jesús no contesta a la primera pregunta, pero sí contesta a las señales que sucederán: habrá guerras, revoluciones, terremotos, epidemia y hambre.  Como veis, son señales que se dan en nuestro mundo actual; por ello, algunos pueden pensar que el final del mundo está cerca.
 
Sin embargo, Jesús nos advierte: “Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos”.
 
En el mundo de hoy se levantan voces engañosas que ofrecen falsas respuestas a los problemas del mundo y nos proponen caminos extraños para alcanzar la felicidad.  Hay grupos que nos venden libros esotéricos que carecen de todo fundamento filosófico, teológico y científico y que ofrecen recetas de espiritualidad y de realización personal.  Hay todo un mercado de amuletos, inciensos, cristales de cuarzo, bebidas, etc., que pretenden darnos paz y felicidad.  Hay quienes aprovechando el dolor de la muerte de un familiar se ofrecen como “médium” para que nos comuniquemos con nuestro ser muerto.  Jesús nos pone en guardia frente a las ofertas de estos mentirosos. 
 
No pongamos nuestra mirada ni nuestra esperanza en falsos mesías que nos prometen la felicidad aquí y ahora, haciéndonos olvidar la vida que nos espera junto a Jesús.
 
Jesús no quiere que hagamos de adivinos, quiere que abramos nuestro corazón a su venida, con esperanza y con un profundo deseo de estar preparados, aunque no sepamos ni el día ni la hora.

martes, 5 de noviembre de 2019

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
 
Las lecturas de hoy son una reflexión sobre la vida, la muerte y la resurrección.  La vida nos enseña que la muerte es compañera de viaje, pero la muerte no es el punto final, sino un punto y seguido, es un paso doloroso, pero un paso hacia Dios nuestro Padre.
 
La 1ª lectura del segundo libro de los Macabeos nos cuenta la historia de la persecución, tortura y martirio de 7 hermanos por causa de la fe.  Estos hermanos no consintieron renunciar a sus tradiciones religiosas de comer algo impuro y prefirieron morir antes que serles infiel a Dios.
 
Cuando se da la vida por algo, siempre se hace porque, como cristianos, sabemos que la vida aquí en la tierra no lo es todo, sabemos que hay otra vida.
 
¿Qué sentido tendría nuestra vida, nuestros sueños, nuestras metas tan deseadas, si lo que nos espera es, inevitablemente la muerte?  ¿Cómo puede ser que nuestro destino sea perder todo aquello que amamos? ¿Cómo puede ser que la muerte sea el viaje fatal en dirección hacia la nada?
 
La fe nos da la certeza de que la vida continúa más allá de esta tierra.  Lo que motivó a los 7 hermanos mártires y lo que motiva a tantos mártires de ayer y de hoy para enfrentar la tortura y la muerte es la certeza de que Dios reserva la vida eterna a aquellos que, en este mundo viven con fidelidad.
 
Quien cree en la resurrección no puede dejarse paralizar por el miedo, porque el miedo muchas veces nos impide defender los valores en los que creemos.  Quien cree en la resurrección es la persona que puede comprometerse en la lucha por la justicia y por la verdad, porque sabe que la muerte no lo puede vencer ni destruir.
 
En un mundo en el que lo que es verdad por la mañana, dejar de serlo en la tarde, en que parecen legítimos cualquier medio para alcanzar ciertos fines, la primera lectura de hoy nos cuestiona sobre si somos capaces de defender, con verdad y determinación aquello en lo que creemos; si somos capaces de luchar, aún contra corriente, por los valores verdaderos y auténticos.  ¿Somos capaces de defender lo que creemos hasta la muerte?
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos exhorta a vivir con constancia nuestra fe: una fe expresada en buenas obras. 
 
Nos pide también que hagamos oración para que el Evangelio sea conocido por todos y que no nos desanimemos si vemos que hay personas que no aceptan el Evangelio, porque como nos dice san Pablo, la fe no la aceptan todos.  Para algunos la fe no es suya porque nunca la han tenido, ni se les ha concedido ese don.  Para otros la fe es algo que tuvieron en algún momento de su vida pero que la dejaron adormecer.  Otros, simplemente no la han cultivado ni la han dejado crecer y se les ha quedado pequeña.
 
Por eso, alegrémonos nosotros por el don de la fe y haber sido elegidos por el Señor.
 
El Evangelio de san Lucas nos presenta a unos saduceos que le plantean a Jesús una pregunta capciosa, una pregunta para ridiculizar la creencia en la resurrección.  Basándose en la “Ley del levirato”, por la que el hermano del esposo debía casarse con la viuda si ésta no tenía descendencia, le preguntan a Jesús: Cuando llegue la resurrección, ¿de cuál de ellos será la mujer? Porque los siete la tuvieron como mujer”.
 
Jesús afirma la existencia de otra vida después de la muerte.  Pero también nos dice que la vida eterna no es continuación de la actual.
 
Jesús responde a los saduceos diciendo que no se imaginen la vida eterna según el modelo de la vida actual. La resurrección no debe ser imaginada como la reanimación de un cadáver. La vida eterna no es, una mera prolongación de la vida de este mundo; ya no está sujeta a la muerte. La resurrección es una forma de existencia totalmente nueva y transformada. Se trata de una nueva vida, de la participación plena en la vida de Dios.
 
Los cristianos estamos llamados a tener un convencimiento total en la existencia de otra vida después de la muerte.
 
Dios creó la vida y nos la regala.  Lo que Dios ama no puede terminar, no puede tener fin en el tiempo, el amor de Dios ha de vivir para siempre como Él.  Somos sus hijos y por eso nos ha dado a su propio Hijo para que tengamos vida y superemos la muerte.  Dios nos resucitará un día para vivir con Él.
 
La muerte acaba con nuestra vida biológica, pero no puede terminar con la vida que brota de Dios.  El creador de la vida es más fuerte que la muerte, porque “nuestro Dios, no es un Dios de muertos, sino de vivos”.
 
Porque Dios es un Dios de vivos, todos nosotros debemos apostar por la vida.  Tenemos que cuidar nuestra vida aquí y la vida en definitiva en el más allá.  Hay que luchar por la vida y esforzarnos por tener una vida digna para nosotros y para todos.  Optar por la vida es, por lo tanto, optar por Dios, es no apoyar los antivalores de muerte que se propagan en nuestro mundo, como la violencia, el odio, la miseria, etc.
 
Hoy, Jesús nos invita a fortalecer nuestra fe en la resurrección y a creer en un Dios que es Padre y que nos ha dado una vida maravillosa que la continuaremos después de la muerte.

martes, 29 de octubre de 2019

 
                                   XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos invita a contemplar el amor de Dios.  Dios ama a todas las criaturas, porque todos encontramos en el amor de Dios nuestra razón de ser.
 
La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos presenta una reflexión sobre el mundo, sobre lo hombres, sobre la historia, todo ello desde la luz de la fe en Dios creador de todo lo que existe.
 
El mundo que Dios creó, lo creó bueno y todas las cosas buenas nos las regaló Dios a nosotros los hombres.  Sin embargo, existen cosas malas e injustas, que no proceden de Dios, sino que proceden del hombre.
 
Existe el mal porque los poderosos abusan del poder y cometen injusticias, porque saben que su poder es limitado.  El poderoso es injusto, porque ambiciona más poder, porque teme perder el poder, por codicia, porque no ama al prójimo, sino que se ama a sí mismo.
 
Dios, por el contrario, es un Dios lleno de bondad, de misericordia, que no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta.
 
Ante la gran misericordia de Dios, podemos tener diferentes posturas.  Hay personas que piensan: “Si Dios está dispuesto siempre a perdonarme, da lo mismo hacer el bien que el mal”.  Esto nos puede llevar a burlarnos del amor de Dios y por supuesto pensar así es un terrible pecado. 
 
Dios nos llama a corregir todas aquellas cosas que hacemos mal, nos invita a reconocer nuestros pecados y a cambiar nuestra mentalidad y nuestra forma de vivir.  Dios es grande, y espera siempre nuestra conversión para poder salvarnos.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos da una serie de consejos para que no nos equivoquemos en la manera de seguir al Señor.
 
A lo largo de nuestra vida, es necesario estar atentos para saber discernir lo que es verdad de lo que es mentira, lo cierto de lo equivocado, lo que es de Dios y lo que es solamente palabra humana.  Hay personas que por buscar ser protagonistas, perturban y engañan a la gente, enseñando o predicando un evangelio distinto a que nos transmitió el Señor. 
 
El camino para descubrir lo cierto de lo equivocado está en la Palabra de Dios y en una vida de comunión y de intimidad con Dios en su Iglesia.
 
También, hoy, San Pablo, nos decía que hay problemas tanto sociales como personales y familiares que no están en nuestras manos resolverlos y por ello nos invita a la oración para pedir al Señor su ayuda y su solución.
 
El Evangelio de san Lucas nos ha presentado el episodio de Zaqueo.  Zaqueo era un publicano, cobrador de impuestos, que además de cobrar los impuestos, cobraba una comisión para él. Zaqueo se encuentra con el Señor, se convierte y devuelve lo que ha robado.
 
Búsqueda, encuentro y conversión.  Estos son los tres momentos por los que pasa Zaqueo y deben ser los tres momentos por los que nosotros también tenemos que pasar si realmente queremos convertirnos, si realmente queremos encontrar un sentido a nuestra vida.
 
La actitud de búsqueda, es una actitud que por desgracia no se da mucho entre las personas.
 
En el terreno religioso, nos hemos acostumbrado a cumplir con los ritos, una misa por mis difuntos, una misa para celebrar las bodas de plata o de oro, la misa dominical, el bautismo y la primera comunión para no ser menos que los demás.  Y así nos hemos acostumbrado a vivir con un cumplir, con un aparentar.  Viviendo superficialmente, sin plantearnos ni el sentido de lo que hacemos ni por qué lo hacemos.
 
Zaqueo se subió a la higuera para ver a Jesús.  Nosotros también tenemos que hacer un esfuerzo, empezando por interesarnos por lo que pasa a nuestro alrededor, cuestionar nuestra vida, preguntarnos por el sentido de lo que hacemos.  Intentar ser coherentes en todo lo que hacemos.  Como ciudadanos asumiendo nuestra responsabilidad en lo político, y si a los políticos les pedimos honradez, empecemos nosotros a ser honrados también.  Como empresarios y obreros, denunciemos las injusticias, pero cumpliendo también con honradez con nuestro contrato de trabajo, y como cristianos asumiendo nuestra responsabilidad en la Iglesia y siendo coherentes con nuestra fe.
 
Como Zaqueo, tampoco nosotros estamos contentos con nuestra vida, como Zaqueo también nosotros nos hemos aprovechado de los demás, y como Zaqueo nosotros también hemos oído hablar de Jesús y hemos de dejarlo que entre en nuestra casa, en nuestra vida para que la cambie por completo.
 
Por eso, hoy pidamos en esta Eucaristía que el Señor nos ayude a ponernos en actitud de búsqueda, a salir de nuestra comodidad y superficialidad, a dejar al Señor que entre en nuestro corazón, para que podamos encontrarnos con Él y seamos felices.
 

martes, 22 de octubre de 2019

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
La liturgia de este domingo nos muestra que Dios siente “debilidad” por los humildes, por los pobres y marginados y no por aquellos que se sienten seguros de sí mismo.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico manifiesta la actitud de Dios para quien acude a Él pidiendo protección.  Dios es un “juez justo” que no se deja sobornar por nadie.
 
La verdadera religión es aquella que vive y pone en práctica el mandamiento del amor hacia los más necesitados.  No es verdadera religión la de aquellos que dan dinero a la parroquia o a obras de caridad, pero no pagan justamente a sus obreros; no es verdadera religión la de aquellos que el domingo dan una buena limosna, pero no respetan la dignidad y la libertad de los otros; no es verdadera religión la de aquellos que le hacen promesas a Dios para que les vaya bien en sus negocios chuecos o para hacerle daño a alguna persona.
 
Una religión desligada de la vida es una religión falsa, hipócrita, con la cual Dios no quiere tener nada que ver.
 
Por eso, Dios tiene debilidad y compasión por los pobres, por los débiles, por los oprimidos, por aquellos a los que el mundo no los toma en cuenta.  Dios los ama a todos ellos y no se olvida de ninguna injusticia cometida contra ellos, ni se olvida cuando violamos la dignidad de hijos de Dios.
 
Nosotros, como hijos de Dios que somos, tenemos que luchar contra todo lo que genera muerte, infelicidad, explotación, injusticia y opresión.
 
No olvidemos, pues, que quien acude a Dios con humildad, con confianza, con esperanza no quedará defraudado.
 
La 2ª lectura de san Pablo a Timoteo es una invitación a vivir nuestra vida cristiana con entusiasmo, con entrega, con ánimo.
 
Ser cristiano, implica muchas veces renunciar a los falsos valores del mundo; implica ser incomprendido y, algunas veces, maltratado y difamado.
 
Sin embargo, aquel que elige a Cristo, no está sólo, aunque haya sido abandonado y traicionado por los amigos y conocidos; aunque seamos criticados por anunciar el evangelio, por vivir auténticamente nuestra fe, el Señor está a nuestro lado, nos da fuerza, nos anima y nos libra de todo mal. No nos olvidemos que no estamos solos.  Contamos con la fuerza de Dios.
 
En el Evangelio de san Lucas, Jesús confronta dos tipos de religiosidad que se dan en todas partes: la del fariseo que se cree bueno por lo que hace, por lo que piensa y dice, por sus prácticas religiosas, y desprecia y acusa a los demás, y la del publicano que se reconoce pecador, se avergüenza, quiere cambiar y se arrepiente ante Dios. 
El evangelio de hoy nos dice una cosa muy clara: para acercarnos a Dios debemos sentir que lo necesitamos de verdad.  Debemos sentir que sin su ayuda y su fuerza no somos nada.  Debemos sentir que, por mucho que nos esforcemos por ser buenos, siempre nos quedará un gran camino que recorrer para llegar a amar a Dios como Él nos ama.
 
Hoy, como ayer, nadie se considera fariseo.  Pero esto no quiere decir que los fariseos hayan desaparecido.  Jesús llama fariseos a “quienes teniéndose por justos, se sienten seguros de sí mismos y desprecian a los demás”.
 
Queremos cambiar las cosas, lograr una sociedad más humana, pero pensamos cambiar la sociedad sin cambiar nosotros.  Posiblemente sea éste uno de los males más perjudiciales de nuestros días.
 
Queremos paz y nos hacemos insensibles a la violencia: hasta cuando hablamos de la paz, lo hacemos de forma violenta; cuando luchamos contra la violencia, estamos provocando una nueva violencia, insultando, atacando a los demás.  Pensamos estar libres de toda culpa, porque condenamos a los demás.
 
El fariseo de ayer y de hoy es esencialmente el mismo.  Un hombre que se siente satisfecho de sí mismo y seguro de lo que vale.  Un hombre que se cree siempre con la razón.  Que se cree que tiene la verdad absoluta y por eso se atreve a juzgar y condenar a los demás. 
El fariseo juzga, condena y se cree con las manos limpias.  El fariseo no cambia, no se arrepiente de nada, no se corrige.  No siente que comete injusticias.  Por eso exige siempre a los demás que cambien, que se renueven que sean más justos.
 
Con demasiada facilidad nos comparamos con los demás y nos convertimos en sus jueces, pero eso sí, nosotros somos siempre, o casi siempre, los buenos, los justos, los que hacemos las cosas buenas y bien.
 
Hoy podríamos hacer un examen de conciencia, es decir, repasar las cosas que hacemos mal.  O las cosas que deberíamos hacer y no las hacemos, en casa, en el trabajo, en nuestra relación con los demás, en el uso de nuestro dinero o de nuestro tiempo, en el servicio a la comunidad, en la ayuda a los pobres, en nuestra relación con Dios.  Seguro que ya sabemos en qué cosas estamos fallando más.  Pues, recordemos todas esas cosas y reconozcamos nuestros pecados ante Dios y pidámosle ayuda para seguir adelante y no ser o actuar como el fariseo.