Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta XXXIII DOMINGO ORDINARIO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta XXXIII DOMINGO ORDINARIO. Mostrar todas las entradas

lunes, 10 de noviembre de 2025

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO C)


Las lecturas de hoy son una invitación a no dejarnos llevar por el miedo en las dificultades que podamos encontrar en nuestra vida actual, sino a seguir fielmente el camino del Señor, a vivir la esperanza de la nueva vida.

La 1ª lectura del profeta Malaquías nos hace ver que Dios va a intervenir en el mundo, va a derrotar al que oprime y roba la vida y va a hacer que nazca un “sol de justicia” que traiga la salvación.

Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro mundo camina hacia la perdición y que nada lo puede detener. Vemos tantas guerras y vemos tanta sangre derramada en el presente y en el futuro de tantos pueblos; contemplamos la naturaleza y la vemos devorada por los intereses de las multinacionales de la industria; vemos a tantas personas cerradas en su mundo, desinteresadas de los grandes problemas que existen.

Existen también en nuestro mundo el deseo de justicia.  El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra, justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos.

Hoy nos dice la primera lectura, que llegará el día del Señor en que finalmente habrá justicia, esa justicia que premiará a los buenos y castigara a los malos.  Mientras llega ese día, a nosotros nos toca unirnos a Jesús para luchar y trabajar por la justicia ya aquí y ahora.  Porque Dios no quiere salvarnos sin nuestra colaboración.

Los cristianos debemos saber que Dios cuenta con nosotros para construir un mundo nuevo.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses insiste en la idea de que mientras esperamos la vida definitiva, no tenemos derecho a flojear y vivir en la comodidad de no hacer nada, sin preocuparnos de los problemas del mundo y sin aportar nuestra colaboración a la construcción del Reino de Dios.

No podemos vivir esperando que todo nos caiga del cielo y olvidándonos de luchar por los demás.  Tenemos que, como cristianos, comprometernos por la construcción de un mundo más justo y fraternos, todos los días y las 24 horas del día.

Hay personas que hablan mucho y hacen poco.  Hay también personas que son parásitos de la sociedad y que lo único que hacen es consumir lo que produce la sociedad y no se esfuerzan lo más mínimo en colaborar con ningún tipo de trabajo.  No olvidemos las palabras de San Pablo: “el que no quiera trabajar, que no coma”, tenemos que saber combinar trabajo y oración.

El Evangelio de San Lucas más que hablarnos del fin del mundo, como a primera vista parece, nos habla del fin de un mundo que está podrido y lleno de toda clase de males.

Jesús no trata en ningún momento de meternos miedo. No quiere que actuemos por miedo. El miedo no deja vivir con libertad ni ser responsables de nuestros actos. El miedo es el objetivo siempre del terrorismo y de muchos políticos, que buscan tener a la gente atemorizada, para así dominarla.

Jesús lo que quiere y desea es infundirnos siempre esperanza y darnos confianza para que, a pesar de las dificultades y males que nos rodean en esta vida, seamos capaces de seguir adelante con esperanza de ir construyendo un mundo nuevo y mejor para todos.

Por eso en este evangelio nos está invitando a superar y vencer a este mundo que no nos deja vivir en paz, que nos aprisiona entre tanto mal. Trata de llenarnos de esperanza, diciendo que este mundo debe terminar y que no nos dejemos vencer por tanto mal, sino que luchemos por construir otro mundo nuevo y mejor. A este nuevo mundo le llama Reino de Dios.

El Reino de Dios es el proyecto que Jesús ha traído, por el que ha luchado hasta dar su vida. Él ha puesto los cimientos y la “primera piedra”. Nos ha dejado el plano de este Reino. Nos ha entregado los materiales y las herramientas. En el evangelio tenemos a nuestro alcance todo esto.

Ahora solo falta la mano de obra, que somos cada uno de nosotros. Esta es la responsabilidad que nos ha dado y que nosotros hemos aceptado al hacernos cristianos y sentirnos seguidores de Cristo.

Se trata de dar fin, de destruir este mundo tan podrido que hemos construido entre todos, y de empeñarnos en implantar en nuevo, el Reino de Dios, del que ya tenemos los cimientos, los planos y todo lo que se necesita.

Sí debe desaparecer este mundo de injusticias, de opresión, de terror y violencia, para que renazca el mundo nuevo de amor y solidaridad, de convivencia y libertad, de justicia y paz.

Y ojalá que el fin de este mundo llegue cuanto antes.

lunes, 11 de noviembre de 2024

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan del final de los tiempos.  Este es un tema que siempre ha preocupado mucho a las personas de todos los tiempos y las sectas se han atrevido a dar fechas del fin del mundo con resultados de falsas alarmas una y otra vez.

La 1ª lectura del profeta Daniel nos decía: “serán tiempos difíciles como no los ha habido desde que hubo naciones hasta ahora”.  El profeta Daniel nos abre la puerta a la esperanza de un más allá. La muerte no es el final fatal, no es el fracaso total.

En su tiempo, el pueblo de Israel, sufría persecución, muerte y derrota por la persecución de los reyes de Persia. Hoy, nosotros, sufrimos también desgracias y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y la falta de honestidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la televisión, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte de sus reyes.

Pero de la misma manera que a los israelitas el profeta Daniel les abrió a la esperanza del triunfo, con la promesa de una nueva vida, de la resurrección, que la vida, pues, no termina con el desastre de la persecución y de la muerte. Hoy también corren tiempos difíciles. Pero también hoy, se hace patente la luz de la esperanza.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.

Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos puede apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.

Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.

El Evangelio de san Marcos, nos exhorta a estar atentos a aquellos acontecimientos de nuestra historia, o de nuestra vida, inclusive en las catástrofes y calamidades, en los que podemos apreciar de alguna manera la proximidad del Reino de Dios: “Aprended de esta parábola de la higuera: cuando las ramas se ponen tiernas y brotan las yemas, deducís que el verano está cerca; pues cuando veáis vosotros que esto sucede, sabed que él está cerca, a la puerta”.

No todo lo que sucede a nuestro alrededor es bueno. La violencia, la adicción a las drogas y la explotación del sexo son, por desgracia, características de nuestro tiempo, y no podemos darlas por buenas.

Pero hay también una serie de valores por ejemplo: libertad, igualdad, fraternidad, progreso, libertad de conciencia, instrucción popular, derechos de la mujer, etc. que nos preparan para el Reino de Dios.

Que no nos asusten, por tanto, las palabras severas del evangelio del fin del mundo y que no nos hagan caer en el pesimismo o el fatalismo. El evangelio de hoy nos debe impulsar a discernir, entre tantas cosas perecederas y entre tantas ideas o modas de pensamiento pasajeras, aquellas otras que, por ser conformes con el plan de Dios, pueden conducir a la humanidad a aquella plenitud y felicidad eternas para las que ha sido creada.

¡Miremos hacia adelante! Si estamos inscritos en el libro de la vida, este cambio va a ser positivo para nosotros.

No temamos. Del mismo modo que un año termina y otro empieza, que viene la noche pero renace el día, la hermana muerte temporal nos conducirá a la vida para siempre.

Nuestro futuro ya está aquí, en nosotros, en lo que vivimos cada día. No nos tendría que preocupar mucho qué sucederá el último día, sino lo que está pasando hoy y aquí, que es cuando estamos construyendo o no un futuro de salvación y de victoria, unidos a Cristo.

Las de hoy no son palabras para asustarnos, sino al contrario, para animarnos a ser constantes en el camino de fe que el Señor nos ha concedido emprender.  Que no sea, por tanto, el miedo lo que nos mueva a ser fieles a Dios. Que sea el amor.

lunes, 13 de noviembre de 2023

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos. 

La 1ª lectura, del libro de los Proverbios, nos ofrece hoy un canto a la mujer.

La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos.

No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres,

Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida.

Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer.

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Tesalonicenses nos hace saber que lo importante no es conocer cuándo vendrá el Señor por segunda vez sino estar vigilantes y preparados.

A nosotros no nos debe importar la fecha de la segunda venida del Señor, sino cómo esperar y preparar ese momento.  San Pablo nos dice que hay que estar vigilantes.  “Estar vigilantes” no significa mirar hacia el cielo, sin hacer nada, y olvidarnos de las cosas del mundo y de los problemas de los hombres, sino que significa vivir, día a día, de acuerdo con las enseñanzas de Jesús, esforzándonos por la transformación del mundo y la construcción del Reino de Dios.

Los creyentes, tenemos que ser hombres y mujeres de esperanza, abiertos al futuro, un futuro que tenemos que conquistar con fe y amor, pero sobre todo un con esperanza de que podremos estar con Dios para siempre.

El evangelio de san Mateo, nos presenta la parábola de los talentos.  Hemos recibido de Dios, los talentos, los valores. 

Los dones que hemos recibido no son nuestros, son dones recibidos, se nos han dado para que los administremos. La gracia de Dios no se nos da simplemente para “que vivamos en gracia”, sino para que la activemos y la hagamos fructificar.

La vocación del cristiano no es conservar. La vocación del cristiano es dar frutos, es florecer, es manifestar y revelar los dones de Dios. Por eso, el primer paso es reconocer los dones que Dios nos ha regalado porque quien no los reconoce tampoco es capaz de dar gracias por ellos. El segundo paso, es hacerlos florecer.

Los dones de Dios son para ponerlos en circulación, no para enterrarlos. Dios no quiere que se los devolvamos tal y como Él nos los ha dado, sino convertidos en nueva cosecha. El agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano le regale una espiga.

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con nuestra fe. ¿La compartimos con los demás? No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando. No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados. No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia. No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones.

De los tres de la parábola, dos negociaron sus millones y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que viven arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos momificados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor.

lunes, 7 de noviembre de 2022

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)


Estamos en la penúltima semana del año litúrgico y las lecturas de hoy nos hacen reflexionar sobre el sentido de la salvación y nos dicen que la meta final hacia la que Dios nos conduce es el nuevo cielo y la nueva tierra de felicidad plena y de vida definitiva.

La 1ª  lectura del profeta Malaquías, nos habla del final del mundo y de una especie de juicio final tanto para los injustos como para los justos.  Ese día, el día del Señor, finalmente habrá justicia, esa justicia que recompensará a los buenos y castigará a los malos.

El deseo de la justicia divina ha recorrido toda la historia de la humani­dad desde el origen hasta nuestros días.    El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra,  justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos. Ese día llegará con la venida última del Señor.  

En la 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, escuchábamos como algunos habían dejado de trabajar y San Pablo les dice que quien no trabaje que no coma. El motivo de dejar de trabajar era la proximidad, de la llegada del reino de Dios, del final del mundo.

San Pablo exhorta a los tesalonicense, y a nosotros también, que debemos ser buenos cumplidores en nuestros trabajos. San Pablo nos habla hoy sobre el valor y la dignidad del trabajo. 

Algunos cristianos vivían ociosamente. Y, a pesar de no hacer nada, a pesar de no aportar nada a la comunidad, se entremetían en todo, algo que sigue ocurriendo hoy en día.  Pablo les rogó a todos los miembros de la comunidad, por Cristo nuestro Señor, que trabajaran, que se ganaran la vida. Sabía él que el trabajo, bien hecho, es fuente de paz y alegría.  El trabajo nos dignifica, hace que nos sintamos personas útiles ya que estamos contribuyendo a hacer un mundo mejor.

El trabajo es el medio normal de subsistencia en este mundo pero también es el medio en el cual el ser humano desarrolla las virtudes humanas. La fe cristiana nos enseña a no dejar nuestro trabajo para que lo hagan otros.  La persona que deja el trabajo para el compañero da un mal ejemplo cristiano.

El Evangelio de San Lucas nos habla del fin del mundo.  El fin del mundo es algo que llegará, eso, todos lo sabemos y lo aceptamos, pero lo que no sabemos es cuándo llegará.  Lo que si es cierto es que todos estamos, poco a poco, fabricando ese fin del mundo.

Hoy también debemos nosotros escuchar la advertencia de Jesús    “Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos”.

Hoy hay muchos que nos quieren engañar.  Nos engaña la publicidad que pretende convertir al hombre en un “ser-para-consumir”, y terminamos trabajando para poder comprar cada día más cosas.

Nos engañan los políticos, para quienes el pueblo no es más que un voto cada elección, y el hombre sólo un resignado consumidor de esperanzas no cumplidas, de palabras engañosas.

Nos engaña la ciencia y la técnica asegurándonos que lo van a resolver todo o casi todo a muy breve plazo.  Aunque los médicos sigan sin tener una vacuna realmente eficaz contra algo tan viejo como la gripe.  Es cierto que la ciencia progresa, que muchos problemas se van resolviendo, pero ¿lo resolverá todo?

Nos engañan los medios de comunicación social, tan frecuentemente parciales, vendidos al mejor postor, o incluso transmitiendo falsedades nacidas unas veces de mala voluntad, otras del interés partidista y algunas de la ignorancia.  Y pretenden engañarnos al querer decirnos qué y cómo debemos pensar, razonar, valorar, buscar, entender y hacer.

Nos pretenden engañar la droga, la música, el vídeo, la moda, la astrología, las «escuelas de meditación trascendental», el deporte…, cosas muy sanas muchas de ellas, si permaneciesen en su lugar de “medios de entretenimiento” en lugar de convertirse -como ha sido para muchos- en “fines en la vida”.

Jesús nos dice hoy: “Que nada de todo esto os engañe; nada de todo esto es la salvación del hombre, ni el sentido de su vida, ni su primordial preocupación”. Todas ésas son cosas que deben ponerse en su sitio, no supravalorarlas. Entonces, ¿qué es lo importante? Lo importante es ganar la vida; ganarla de verdad y del todo. Porque hay un engaño muy frecuente: “Creer que” uno está ganando la vida porque gana dinero, fama, poder, prestigio, comodidad, placer.

Jesús no invita hoy a mantenernos firmes en nuestra fe, a pesar de todos estos engaños de felicidad que nos ofrece la sociedad, porque la vida, la verdadera vida solo nos la da Dios.

lunes, 8 de noviembre de 2021

 

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Estamos acabando el año litúrgico, y las lecturas nos hablan del final de los tiempos, del final del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Daniel nos muestra al pueblo judío que no goza de paz porque está siendo perseguido y en estas circunstancias el profeta Daniel les anuncia que Dios va a intervenir para liberar al pueblo fiel. En su tiempo, el pueblo de Israel, sufría persecución, muerte y derrota por la persecución de los reyes de Persia.

Hoy, nosotros, sufrimos también desgracias y desesperanzas en esta sociedad moderna, donde a veces perdemos las ilusiones y hasta las mismas esperanzas, y nos dan ganas de echarlo todo a rodar, cuando vemos cómo la inmoralidad y la falta de honestidad nos las imponen en los mismos hogares, a través de la televisión, jugando con nuestros instintos y pasiones y  destruyendo la moral de nuestros hijos, niños y jóvenes; cuando vemos que grupos fuertes de narcotraficantes imponen su ley de muerte con la venta de drogas, enfrentándose y amordazando a los mismos gobiernos, que nosotros hemos elegido para que nos administren con honestidad y justicia y para que nos defiendan; cuando vemos también y sufrimos tantas injusticias, sintiéndonos impotentes y derrotados, como aquel pueblo de Israel ante la persecución a muerte de sus reyes.

Hay personas, hoy en día, que son “perseguidos” por ser fieles a los valores cristianos, y si acaso no son perseguidos sangrientamente, sí, muchas veces no son tomadas en cuenta estas personas o son motivo de risa, de marginación o de rechazo.

La lectura de hoy nos dice que Dios no abandona a aquellas personas que le son fieles y que la victoria final será para aquellos que se mantienen fieles a Dios y que siguen su camino.  Tenemos que ser muy conscientes que Dios no nos va a abandonar y que el justo, es decir, el que ha permanecido fiel a Dios despertará para la vida eterna; los otros, los que no han sido fieles a Dios despertarán para la tribulación perpetua.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda que Jesús vino al mundo para liberar al hombre del pecado, para hacernos hombres justos.

Cuando en nuestra vida tomamos decisiones equivocadas, que incluso nos pueden apartar de Dios, Él no nos abandona.  Todo el mal que, a veces, hay en nuestra vida, en nuestro interior, no tiene la última palabra.  La última palabra es siempre el amor misericordioso de Dios, un amor que siempre está buscando nuestra salvación.

Que no seamos nosotros quienes hagamos inútil o estéril la muerte de Jesús, sino que avivemos nuestra fe en el Señor y la esperanza en su perdón. Porque Jesucristo vino al mundo para cumplir una única misión: salvar y liberar a los hombres de su pecado.

El Evangelio de san Marcos nos habla del fin del mundo.

El Evangelio de hoy nos invita a pensar en el futuro, a pensar en el destino final de la humanidad y de nuestra historia, a pensar el destino final de cada uno de nosotros.  ¿Hacia dónde vamos?  ¿Qué pasará al final de los tiempos?  A veces, hacernos estas preguntas nos da miedo y por eso no pensamos mucho en el final de los tiempos.

La ciencia nos dice que esta tierra con todos los seres vivos y el universo entero llegará un día en que desaparecerán.  El Sol, dicen los científicos, en sus últimos años de vida, aumentará de tamaño y se comerá la Tierra, después explotará quedando sólo un pequeño resto de materia que se irá apagando poco a poco.  Y como el Sol todas las demás estrellas del universo, irán apagándose y desapareciendo.  Esto pasará dentro de miles de millones de años.  Quizás la humanidad haya desaparecido mucho antes, y desde luego cada uno de nosotros ya no existirá. Por eso nos preguntamos ¿cuál es nuestro destino? ¿Desaparecer? 

El Señor, anticipándose a los descubrimientos de los científicos también nos predijo que el cielo y la tierra pasarían, pero nos dijo que sus Palabras, sus promesas permanecerán para siempre.  Al final, nuestro destino no es desaparecer para siempre sino encontrarnos con el Señor.  El Dios que nos dio la vida es el mismo que también estará presente al final de la historia.  Por eso todos los días de nuestra vida, se nos invita a confiar en Dios, a confiar en su Palabra, a confiar en su promesa de vida eterna.

Confiar en el Señor no es solamente para consolarnos a la hora de la muerte, sino que hemos de confiar en el Señor porque sabemos que al final de la vida nos vamos a encontrar con Él cara a cara, pero ya desde ahora nos encontramos también con Dios todos los días en cada acontecimiento de la vida.

Si Dios está al final de la vida, lo está también ahora y aquí, por eso tenemos que saber descubrir a Dios en el sufrimiento, sintiendo a Dios solidarios con nosotros e invitándonos a resistir al mal.  Tenemos que descubrir a Dios también en las alegrías dejando que brote en nosotros la alabanza y el agradecimiento a Dios.  Tenemos que vivir la vida sabiendo que Dios está a nuestro lado en lo bueno y en lo malo.  Dios está aquí queriendo encontrarse con nosotros, queriendo que ya desde ahora vivamos la alegría de ese encuentro definitivo que tendremos con Él en la vida eterna.

lunes, 9 de noviembre de 2020

 XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Dios nos ha dado muchas cosas en la vida y todas ellas las tenemos que hacer fructificar para no llegar al encuentro de Dios con las manos vacías. 

La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer ideal dentro de la familia. 

La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos. 

No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres.  Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  

Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida. 

Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses nos decía que la vida del cristiano ha de estar marcada por una actitud de vigilancia y preparación. 

Hoy día, de vez en cuando, se alzan voces diciendo que el fin del mundo está próximo. De ahí que San Pablo nos dice que no debemos estar preocupados por el momento de la venida del Señor, sino por estar preparados para cuando esa venida tenga lugar. Mientras llega el día de la muerte, el cristiano ha de encarnarse en “el trabajo de cada día”, que es la única forma de presentarse ante Dios, pronto o tarde, con las manos medianamente llenas de amor al hombre. 

El Evangelio de san Mateo nos hablaba de las cuentas que el hombre ha de rendir a Dios. En la época de Jesucristo, un “talento” significaba unos 35 kilos de metal precioso. En esta parábola el Señor usa los talentos para significar las capacidades que Dios da a cada uno de nosotros, las cuales debemos hacer fructificar. 

Dios nos ha hecho a cada uno administradores de sus bienes y dones.  Mientras hay personas que invierten en la Bolsa, en los Bancos o en otros negocios, Dios invierte todo en nosotros.  Nosotros somos la Bolsa de inversiones de Dios. 

Los dones que hemos recibido no son nuestros, son de Dios que nos los ha dado para que los pongamos a trabajar.  Dios no quiere que se los devolvamos tal y como Él nos lo ha dado, sino convertidos en nueva cosecha.  Un agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano dé una espiga. 

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con nuestra fe. ¿La compartimos con los demás? No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando.

No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados. No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia.

No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones. 

De los tres de la parábola, dos negociaron sus talentos y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que vivan arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos embalsamados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor. Cristianos que saben dar la cara por Él. Cristianos que saben compartir con los demás los dones que han recibido. 

En la Iglesia de Dios no hay discapacitados. Todos valemos para algo. No podemos enterrar nuestro talento. Si no valemos para hacer las grandes cosas, valemos para cosas pequeñas. Tenemos los dones que el Señor nos ha dado y delante de nosotros está un mundo inmenso para trabajar. Que el Señor no nos llame nunca “siervo inútil y holgazán”.

martes, 12 de noviembre de 2019

XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 
Te invito a visitar mi nueva página web donde encontrarás: homilía dominical, homilía diaria, misal diario (con oraciones y lecturas), subsidios litúrgicos para la sede, artículos de liturgia, artículos sobre la catequesis, artículos sobre Realismo Existencial, Artículos sobre el Rostro humano de Internet, Artículos y opiniones, Videos y Fotos.

La dirección web es : http://igfergon.com.mx


XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO C)
 

Estamos en la penúltima semana del año litúrgico y las lecturas de hoy nos hacen reflexionar sobre el sentido de la salvación y nos dicen que la meta final hacia la que Dios nos conduce es el nuevo cielo y la nueva tierra de felicidad plena y de vida definitiva.
 
La 1ª lectura del profeta Malaquías nos hace ver que Dios va a intervenir en el mundo, va a derrotar al que oprime y roba la vida y va a hacer que nazca un “sol de justicia” que traiga la salvación.
 
Muchas veces tenemos la sensación de que nuestro mundo camina hacia la perdición y que nada lo puede detener. Vemos tantas guerras y vemos tanta sangre derramada en el presente y en el futuro de tantos pueblos; contemplamos la naturaleza y la vemos devorada por los intereses de las multinacionales de la industria; vemos a tantas personas cerradas en su mundo, desinteresadas de los grandes problemas que existen.
 
Existen también en nuestro mundo el deseo de justicia.  El hombre, ante la adversidad siempre ha dirigido sus ojos al cielo pidiendo justicia.  Justicia para los que lo pasan mal, justicia para los explotados de esta tierra, justicia para los pobres y enfermos, justicia ante la muerte injusta de los buenos.
 
Hoy nos dice la primera lectura, que llegará el día del Señor en que finalmente habrá justicia, esa justicia que premiará a los buenos y castigara a los malos.  Mientras llega ese día, a nosotros nos toca unirnos a Jesús para luchar y trabajar por la justicia ya aquí y ahora.  Porque Dios no quiere salvarnos sin nuestra colaboración.
 
Los cristianos debemos saber que Dios cuenta con nosotros para construir un mundo nuevo y debemos saber que todo lo que hagamos aquí, por muy poco que sea: perdonar, compartir, denunciar la opresión, defender al pobre y al oprimido, todo esto está ya preparando la venida del Reino de Dios y su justicia.
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses insiste en la idea de que mientras esperamos la vida definitiva, no tenemos derecho a ser perezosos y vivir en la comodidad de no hacer nada, sin preocuparnos de los problemas del mundo y sin aportar nuestra colaboración a la construcción del Reino de Dios.
 
No podemos vivir esperando que todo nos caiga del cielo y olvidándonos de luchar por los demás.  Tenemos que, como cristianos, comprometernos por la construcción de un mundo más justo y fraternos, todos los días y las 24 horas del día.
 
Hay personas que hablan mucho y hacen poco y muchas veces se aprovechan del trabajo de los demás para quedar bien ante los otros.  Hay también personas que son parásitos de la sociedad y que lo único que hacen es consumir lo que produce la sociedad y no se esfuerzan lo más mínimo en colaborar con ningún tipo de trabajo.  No olvidemos las palabras de San Pablo: “si alguno no quiere trabajar, que no coma”, tenemos que saber combinar trabajo y oración.
 
El Evangelio de San Lucas nos ofrece una reflexión sobre el camino que debemos recorrer hasta la segunda venida del Señor.
 
Jesús nos recuerda hoy que un día llegará el día del juicio sobre la humanidad entera y ante este día no podremos permanecer indiferentes.
 
Los discípulos del Señor le preguntan: “¿cuándo va a ser eso?, ¿y cuál será la señal de que todo eso está para suceder?” Jesús no contesta a la primera pregunta, pero sí contesta a las señales que sucederán: habrá guerras, revoluciones, terremotos, epidemia y hambre.  Como veis, son señales que se dan en nuestro mundo actual; por ello, algunos pueden pensar que el final del mundo está cerca.
 
Sin embargo, Jesús nos advierte: “Mirad que nadie os engañe. Porque muchos vendrán en mi nombre diciendo: “Yo soy”, o bien: “Está llegando el tiempo”; no vayáis tras ellos”.
 
En el mundo de hoy se levantan voces engañosas que ofrecen falsas respuestas a los problemas del mundo y nos proponen caminos extraños para alcanzar la felicidad.  Hay grupos que nos venden libros esotéricos que carecen de todo fundamento filosófico, teológico y científico y que ofrecen recetas de espiritualidad y de realización personal.  Hay todo un mercado de amuletos, inciensos, cristales de cuarzo, bebidas, etc., que pretenden darnos paz y felicidad.  Hay quienes aprovechando el dolor de la muerte de un familiar se ofrecen como “médium” para que nos comuniquemos con nuestro ser muerto.  Jesús nos pone en guardia frente a las ofertas de estos mentirosos. 
 
No pongamos nuestra mirada ni nuestra esperanza en falsos mesías que nos prometen la felicidad aquí y ahora, haciéndonos olvidar la vida que nos espera junto a Jesús.
 
Jesús no quiere que hagamos de adivinos, quiere que abramos nuestro corazón a su venida, con esperanza y con un profundo deseo de estar preparados, aunque no sepamos ni el día ni la hora.