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jueves, 2 de enero de 2020

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE NAVIDAD Y PARA LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
II DOMINGO DE NAVIDAD (CICLO A)
 
Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 
 
Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.
 
La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.
 
Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.
 
Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.
 
El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.
 
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.
 
Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.
 
Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”
 
Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.
 
Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.
 
Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 
 
Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”
 
Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.
 
Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
 
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
Estamos celebrando hoy la fiesta de la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús al mundo.
 

Ya desde muy antiguo, el pueblo de Israel ha esperado el nacimiento del Mesías.  La 1ª lectura, del profeta Isaías nos habla de ese Mesías que tenía que venir.  El pueblo vive en la esperanza de que nazca un día ese Salvador esperado, y esa esperanza se ha hecho ya realidad.   Eso es lo que nos presenta el evangelio de hoy: los paganos, los pueblos que no creían o no conocían a Dios, se ponen en camino hacia Cristo.  Hay 2 posturas ante Cristo que viene: la indiferencia, el miedo, la sospecha, y la otra postura: la búsqueda y la adoración.
 
Existe, pues, la postura de apartarse de Dios o de comprometerse con Dios.  Los magos son esas personas que buscan a Dios, que lo dejan todo y se ponen en movimiento a buscar al Niño que ha nacido, a buscar al Mesías, al Salvador.
 
La fiesta de la Epifanía o de los santos Reyes tiene un profundo significado muy actual y necesario para nuestra vida de cristianos.  Jesús se manifiesta como luz para todas las naciones.  Cristo no ha venido sólo para salvar a un pueblo, sino que se ha hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra, a toda la humanidad.
 
La estrella que guía a los magos busca iluminar a todos los pueblos y naciones para que seamos una sola familia.   Constantemente se ha afirmado que el mundo ahora ya no son naciones separadas, sino que es como una gran aldea donde todos participan de la misma suerte, de las mismas noticias y viven los mismos acontecimientos. Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación y comercialización han reducido el mundo a una aldea, también es cierto que las fronteras se hacen cada vez más duras, las discriminaciones más absurdas y los individualismos más obstinados.
 
La fiesta de la Epifanía nos invita a abrir nuestra manera de ver el mundo y creer que es posible construir un mundo donde todos vivamos como hermanos.  Donde a nadie veamos como un adversario, sino como un hermano con el cual podemos compartir todo lo que somos y hacemos.  Cristo viene a hacer posible esos nuevos lazos de hermandad entre todos los hombres.
 
La estrella de oriente hizo levantar a los magos de su comodidad y lanzarse a descubrir a Cristo, el nuevo Rey. Esa misma estrella causa terror e irritación a Herodes que siente que sus intereses se ven amenazados. Hoy sucede lo mismo, al escuchar la Palabra de Dios surgen en nosotros deseos por construir un mundo nuevo; pero a la vez hay personas que al escuchar la Palabra de Dios se sienten ofendidos porque ven amenazados sus intereses y su poder.
 
Sin embargo la luz de Cristo sigue brillando para nosotros y para nuestro tiempo.  Toda persona que busca a Jesús y se encuentra con el Niño Dios sabe que Jesús es su salvador y liberador y que nos invita a toda la humanidad a formar una sola familia.
 
Contemplar y seguir la estrella de Belén tendría que hacer que todos nosotros dejáramos atrás el individualismo, ya que si Dios no hace distinción de personas, tampoco nosotros deberíamos de hacerlas.  Hemos de hacer realidad aquello de que “todo hombre, todo ser humano, es mi hermano”.  No existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. Si Cristo se hace carne humana, si participa de la suerte de todo hombre ¿por qué nosotros vamos a vivir la discriminación y las distinciones absurdas?
 
La estrella de Belén nos ofrece una nueva luz y una nueva propuesta para nuestro mundo herido de gravedad por el individualismo, la injusticia y las divisiones. También hoy, se dirige a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica y moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos y nos invita como hizo con los magos diciéndonos: “Id a Belén”. Si hacemos caso a esta estrella, allí encontraremos a Cristo, nuestra esperanza. Allí encontraremos razones para levantarnos de nuestras caídas y desencuentros, allí fortaleceremos nuestros ideales y nuestras luchas. Contemplar a Cristo, que no dudó en tomar carne para hacerse uno de nosotros, nos animará a descubrir los lazos que unen a toda la humanidad: todos somos hijos de Dios. Nuestro padre es un Dios para todos sin distinciones ni discriminaciones.
 
Día de Epifanía es día para despertar los mejores ideales tanto individuales como colectivos. Es descubrir esa luz que vence a la oscuridad, es reconocer que el cielo está siempre abierto y que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios, Padre Bueno, se hace presente en nuestras oscuridades y desconciertos para mostrarnos el rumbo cierto. El día de Epifanía surgen muchas preguntas que deberemos responder con toda sinceridad: ¿Cuáles son mis ideales por los cuáles vale la pena luchar? ¿Cómo estoy abriendo mi corazón a todos los hombres? ¿Cómo lograremos superar las divisiones y los individualismos en que nos ha encerrado este mundo materialista?
 
Nuestro mundo vive alejado de muchas maneras de Dios, pero es necesario que haya una estrella encendida para que aquellos que están en actitud de búsqueda la puedan seguir y encontrar a Cristo. 

 

 

 
 
 
 
 

 

 

jueves, 26 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA LA SAGRADA FAMILIA Y SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. (CICLO A)
 
LA SAGRADA FAMILIA (CICLO A)
 
En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.
 
La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.
 
Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.
 
¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?
 
A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.
 
Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.
 
Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.
 
La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.
 
No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?
 
Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.
 
Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?
 
Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.
 
 
SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)
Estamos iniciando un nuevo año civil, el año 2020 y lo hacemos celebrando hoy la fiesta de Santa María, Madre de Dios y la Jornada Mundial de la Paz.
 
 
Hoy primer día de este nuevo año, hoy empezamos a escribir, ya desde este momento, los nuevos renglones de un año más de nuestra existencia. Por eso con el corazón agradecido, levantamos el ánimo y acogemos como nuestra la bendición que nos ofrece el libro de los Números: “Que el Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” 

 
Hoy, los sacerdotes del antiguo Israel invocaban en la liturgia, sobre todo en el año nuevo, la bendición y la paz de Dios sobre todo el pueblo.
 
Pero nosotros los cristianos tenemos motivos muchos más plenos para alegrarnos y esperar que Dios bendiga nuestro nuevo año, haciendo prosperar la paz en torno nuestro.  La razón es como nos ha dicho hoy S. Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”.
        
El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María, para que nosotros los hombres, seamos hijos adoptivos de Dios.  Por eso podemos decir llenos de confianza: Abba, Padre.
        
Somos hijos de Dios, no esclavos.  Esa es la mejor perspectiva del año que empieza.  A lo largo de sus 12 meses podremos encontrarnos con dificultades de todo tipo.  Podremos caer enfermos, sufrir, etc.  Pero no estamos solos.  ¡Somos hijos!  Pertenecemos a la familia de Dios.  No podemos dejarnos dominar por el pesimismo o la angustia.  Nos ha nacido Jesús, el Dios-con-nosotros que nos salva.   Y Jesús nos ha enseñado que Dios es Todopoderoso y que lo podemos llamar Padre. 
 
El recuerdo de la Virgen María, hace aún más agradable esta buena noticia.  Ella, María de Nazaret, una humilde joven de pueblo, fue elegida de Dios para traer a este mundo al Salvador.  Y hoy, 1 de enero, los cristianos le dedicamos una de las fiestas más solemnes del año, recordando y celebrando su maternidad: Santa María, madre de Dios.
 
Hoy también estamos celebrando la Jornada Mundial de la Paz.  El tema que este año 2020 ha escogido el Papa Francisco es: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.
 
1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
“Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles”
 
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
“Muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no solo para evitar cometer nuevamente los mismos errores… sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras”, sostiene el Papa.
 
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. “Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo”.
 
4. La paz, camino de conversión ecológica
La falta de respeto por la Casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales, hace que necesitemos una conversión ecológica.
 
5. Se alcanza tanto cuanto se espera
“La paz no se logra si no se la espera”, indica el Papa y continúa: “Se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz” La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza.
 

martes, 17 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA EL IV DOMINGO DE ADVIENTO Y NATIVIDAD DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
Con este domingo se cierra el ciclo litúrgico de Adviento. La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.
 
En la 1ª lectura, del profeta Isaías, Dios dialoga con Ajaz y le dice que le pida una señal.  Pero el rey no tiene interés en pedirle algo a Dios. En realidad, le trae sin cuidado lo que Dios diga. Ajaz vive de espaldas al designio divino y no cuenta con Dios en sus planes.
 
No resulta difícil encontrar un paralelismo entre esta situación y nuestra situación social actual. Nuestra sociedad vive de espaldas a Dios. Como Ajaz, no ama a Dios, no le interesa, mira para otro lado, no quiere saber de Dios porque lo ha expulsado de su vida.
 
Ajaz confiaba más en la seguridad de los ejércitos extranjeros que en Dios. ¿En qué pone el hombre de hoy su confianza y su esperanza? Para que tengamos una sociedad más justa y fraterna, ¿es en los políticos en quienes podemos confiar? Para sentirnos seguros y confortables, ¿es en el dinero en quien hemos de confiar? Para evitar la enfermedad y la muerte, ¿debemos confiar solamente en los nuevos medicamentos o en los progresos de la medicina?
 
Ajaz no quiso o no supo “leer” los “signos” que Dios colocó delante de sus ojos, no consiguió realizar la elección acertada y acabó conduciendo a su Pueblo por caminos de muerte y de desgracia. Esto nos sitúa ante el problema de las “señales”; un error en la lectura del radar puede destrozar un avión o un navío; una falla en la señalización luminosa, causa un desastre.
 
¿Estamos atentos a las “señales” que Dios coloca en el camino de nuestra vida a través de los cuales nos indica el camino a seguir, o caminamos en una alegre inconsciencia, a favor de corriente, desviándonos por atajos que nos apartan del objetivo y que nos hacen sufrir?  ¿Confiamos de verdad en Dios?, o ¿buscamos soluciones por otro lado al margen de Dios?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio.  
 
Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.  Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 
 
El evangelio de San Mateo nos ha narrado la “anunciación a san José”.
 
En la anunciación a san José el ángel le pide que le ponga al niño Dios el nombre de Jesús, porque Él es el Emmanuel, es decir el Dios con nosotros.
 
Dios está con nosotros. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
 
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En Él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
 
Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comprende, Él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.
 
Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.
 
Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.
 
Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna.
 
Dios está con nosotros. Esto es lo que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.
 
Hermanos, preparemos la Navidad, preparemos nuestra propia Navidad, la de cada uno de nosotros, dejemos que la Palabra de Dios, crezca en nuestro interior hasta que un día ilumine con todo su resplandor nuestra vida.
 
Si dejamos que Jesús nazca en nosotros seremos mucho más felices y ayudaremos a ser felices también a quienes nos rodean.
 

NATIVIDAD DEL SEÑOR 

Hoy nos ha nacido un Niño que con el correr del tiempo se ha manifestado como verdadero Dios y verdadero hombre. Él ha cambiado el rostro de la historia y es el parte aguas de esta historia en la cual los hombres podemos encontrar la paz y la dicha que tanto necesitamos en un mundo tan lleno de pruebas y tribulaciones, pero que necesita también vivir de esperanza, anhelando una era de concordia, en la cual todos nos reconozcamos como hermanos, bajo la mirada de nuestro Padre común, quien ha querido que su Hijo se hiciera hombre para mostrarnos su maravilloso plan de salvación. Contemplemos pues, hoy, a Jesús que nace en un pesebre en Belén, en compañía de San José y María su Madre.
 
La celebración de la Navidad es tan rica de contenido y -al mismo tiempo- decimos y oímos estos días tantas palabras sobre la Navidad, que no es fácil que muchos celebren una Navidad cristiana.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad no se quede fuera de nosotros, para que la Navidad entre realmente en nosotros, en el corazón de nuestra vida? En algunos de nuestros hogares hemos hecho una representación sencilla del Nacimiento, un Belén. Es como un símbolo de lo que quisiéramos: que la Navidad entre y esté en el hogar de nuestra vida. Que no sea sólo una fiesta externa sino también que sea una gracia de Dios que se haga presente en nuestra vida y la fecunde.
 
En muchas de las palabras que escuchamos estos días, la Navidad es como una efusión de buenos deseos, de sentimientos de paz y de bondad, de fraternidad. Y esto está muy bien, es bueno que en casi todo nuestro mundo hoy los hombres y las mujeres parezcamos mejores de lo que somos porque es como si nos dijéramos: ¡Así querríamos ser!, ¡Así querríamos que fuera nuestra sociedad! Pero también es verdad que sabemos que este ambiente pasará y probablemente todo volverá a ser como antes, porque estas buenas palabras, estos buenos deseos, muchas veces sabemos que están faltos de la necesaria fuerza interior, del necesario peso de realidad, para que sean algo más que buenas palabras y buenos sentimientos.
 
Y diría también que para nosotros, los cristianos que queremos celebrar religiosamente la Navidad, es posible que fácilmente la vivamos demasiado como un recuerdo, casi como una nostalgia. Y, si es así, tampoco nuestra celebración tendrá suficiente fuerza ni suficiente peso real para cambiar algo en nuestra vida.
 
Es bueno que recordemos aquel hecho sucedido hace más de dos mil años, allí, en las afueras de Belén, entre aquella gente sencilla del pueblo. Es bueno, evidentemente, que recordemos lo que fue anunciado en aquella noche como “la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo”. Pero si para nosotros la Navidad es sólo un hermoso recuerdo, un hecho del pasado que ya pasó (como si no fuera un hecho también de nuestro hoy y aún de nuestro futuro), entonces tampoco tiene bastante fuerza para entrar en nuestra vida y cambiar algo en ella.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad entre realmente en el corazón de nuestra vida y en ella tenga fuerza, peso real? No bastan las buenas palabras y los buenos deseos, no basta el simple recuerdo de aquella antigua noche aunque sea un recuerdo conmovedor. Me parece que lo fundamental, lo decisivo en nuestra celebración cristiana de la Navidad, es que la vivamos como una gracia de Dios, como un don de Dios. O dicho de otro modo, como una nueva venida de Dios a nosotros, a cada uno de nosotros.
 
Decimos a veces que la Navidad se ha de vivir de algún modo con espíritu de niño. Y es verdad si quiere decir que, como los niños, no hemos de poner nuestra confianza tanto en nosotros como en los demás. Es decir, que hemos de valorar más lo que recibimos que no lo que damos. Celebrar la Navidad quiere decir, sobre todo, darnos cuenta de que Dios comparte nuestra vida (en la debilidad), hace camino con nosotros. Por eso es, sobre todo, la celebración de la gran gracia y del gran don: Dios no nos ha hecho sólo a su imagen y semejanza sino que ha querido injertar su vida personal -injertarse Él mismo- en la historia del hombre al hacerse carne, al hacerse hombre.
 
Por eso la Navidad es una invitación actual, dirigida a cada uno de nosotros. Dios ha establecido una nueva relación con cada hombre por el hecho que Él ha plantado su tienda entre nosotros, por el hecho que se ha hecho “Jesús”, es decir, un hombre concreto, hijo de una madre, nacido en una familia del pueblo. Desde aquel momento, Dios no es ya sólo el Padre que está en el cielo, sino un hombre que ha seguido un camino humano que culminó en su acto total de amor por cada hombre al entregar su vida hasta la muerte.
 
Conseguir que la Navidad entre en el corazón de nuestra vida, es abrirnos a esta buena noticia, a esta gran alegría para todo el pueblo: Dios es también nuestro hermano, el hombre Jesús de Nazaret. Que hoy quiere ser recordado como el Niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre de las afueras de Belén para que ninguno de nosotros tema acercarse a Él.
 
La ternura que suscita el nacimiento de cualquier niño se enriquece además hoy por el sorprendente anuncio: este Niño es Dios-con-nosotros. Y de ahí surge una invitación a cada hombre para que tengamos una relación distinta     -más humana- con este Dios que comparte nuestra humanidad.
 
Esta es la buena noticia, la gran alegría que celebramos en la Eucaristía de este día. Porque, además, ya que Dios se ha hecho carne, puede ser también el pan y el vino que alimenta y alegra nuestro corazón, nuestro camino de cada día, nuestro amor abierto a todos los hermanos.