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lunes, 18 de diciembre de 2023

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Llegamos al final del Adviento.  A lo largo de estas semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos.

La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. La Navidad no puede reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, comidas, etc. Es también necesaria una preparación interior este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos concluyendo.

La 1ª lectura del segundo libro de Samuel, nos decía cómo el rey David quería construirle a Dios una casa.  El rey David tenía buen corazón y le daba pena que su Dios tuviera que vivir en una tienda de campaña, mientras él, el rey, vivía en un palacio de cedro.

David quería pagar de algún modo a Dios los dones recibidos. Y Dios no quiere que le paguemos ni con templos, ni con ofrendas, ni con sacrificios. El sacrificio que Dios quiere es un corazón contrito. La ofrenda que Dios quiere es nuestra misericordia.

Hoy, por desgracia, persiste en nuestros templos este culto mercantilista a Dios. No es cuestión de decirle a Dios: mira cuántas cosas he preparado para Ti, sino más bien: Mira, Señor, cuánto te quiero.

La casa que Dios quiere es vivir en nuestro corazón, hacerse presente en nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los romanos nos dice que  Dios tiene un plan de salvación que ofrecer a los hombres.

Dios se preocupa por nosotros y Dios nos ama, y ese amor no es un amor pasajero, sino que forma parte del ser de Dios y está siempre en la mente de Dios amarnos a todos sus hijos.  Por ello no olvidemos esto: no  somos seres abandonados a nuestra suerte, perdidos y a la deriva en un universo sin fin; sino que somos seres amados de Dios, personas únicas e irrepetibles que Dios conduce con amor a lo largo del camino de la historia y Dios tiene un proyecto eterno de vida plena, de fidelidad total, de salvación.

Prepararnos para la Navidad significa preparar nuestro corazón para acoger a Jesús, para aceptar sus valores, para comprender su manera de vivir, para adherirse al proyecto de salvación que, a través de Él, Dios Padre nos propone.

El Evangelio de san Lucas nos ha narrado la Anunciación a María.

Los días de Navidad  ya se acercan y Jesús busca casa donde nacer. No son muchas sus exigencias en cuanto a comodidades y riquezas, solamente pide corazones sencillos, compartidos y desapegados de lujos, de riquezas, de honores, y de ambiciones. Nosotros podemos ahora escuchar esa solicitud de Jesús: “Busco casa”, y apresurarnos a responder con la generosidad de María, con un sí seguro y confiado, con un “fíat” que compromete y dispone, con un “yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, confiando en un amor mucho más grande que el nuestro.

No temamos, también para cada uno de nosotros son las palabras de Gabriel: “Alégrate. El Señor está contigo”. Claro que a nosotros no nos puede decir que estamos llenos de gracia, porque nuestros delitos nos abruman y nuestras miserias saltan a la vista. Pero el Señor es tan generoso que a pesar de nuestras miserias también nos escoge para pesebre, cueva, o casita, donde pueda nacer el Salvador.

No importan las apariencias externas, lo importante es la limpieza interior y la apertura de corazón para recibir a Jesús. No olvidemos que con Jesús llegan también los pastores, los pecadores, los enfermos, los despreciados… entonces, sí exige una puerta grande y noble para aceptar a todos como hermanos. No podemos poner a la entrada el consabido: “Nos reservamos el derecho de admisión”, porque Jesús llega acompañado de todos sus hermanos, sin hacer distinciones para todo el que acepte su invitación.

Así, que si de verdad queremos ofrecer nuestro corazón como casa, preparémonos para las consecuencias porque tendremos que vivir al estilo de Jesús y pasar una Navidad bajo sus condiciones, pero si no estamos dispuestos a todos estos riesgos, ¿por qué, entonces, nos seguimos llamando cristianos?

Son los últimos días de este Adviento y el contemplar tan cerca el nacimiento de Jesús nos obliga preguntarnos: ¿Cómo voy a acoger a Dios-Niño que se hace presencia viva y concreta en medio de nosotros? ¿Cómo voy a vivir y cómo voy a expresar a este Dios ternura que se acerca hasta convertirse en uno de nosotros? ¿Cómo voy a dar calor y compañía al recién nacido en mi corazón y en mi casa?

Hoy nos alegramos con María y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón. Que María nos ayude a todos a vivir estas fiestas de Navidad saliendo con alegría de nosotros mismos al encuentro del Señor.


¡Feliz Navidad! Ningún saludo mejor para este día que el tradicional de estos días: ¡Feliz Navidad! Felicitémonos y comuniquemos a todos nuestra alegría. Y que estos buenos deseos, esta buena voluntad perduren siempre y se vayan haciendo realidad. Ninguna fiesta cristiana ha marcado como ésta la historia y posiblemente nuestra propia experiencia. La Navidad ocupa un puesto de excepción en el calendario y en la vida. En estos días nos sentimos especialmente contentos, y hasta nos parece descubrir sentimientos semejantes en los demás. El mundo y la vida nos parecen distintos. Las vacaciones, las fiestas, los regalos, las compras, las reuniones familiares y entre amigos… Todo contribuye a hacer de la Navidad una época maravillosa en el año.

Sin embargo, la noticia no saldrá en los periódicos, ni en la televisión.  Y sin embargo es la noticia más gozosa de toda la historia. Nos la ha anunciado el profeta Isaías: “Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que dice a Sión: Tu Dios es rey”.

Hoy los cristianos de todo el mundo sabemos muy bien por qué nos alegramos y qué es lo que celebramos.  Miles y miles de comunidades se están reuniendo en todo el mundo y celebran que Dios se ha hecho hombre, que ha querido nacer como uno de nuestra familia.

El profeta Isaías nos decía hoy: “Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.”

Nuestro Dios es un Dios que habla, no un Dios mudo, lejano.  Su Palabra es cercana.  Antes, durante siglos había hablado Dios por medio de profetas o había enviado ángeles como mensajeros.  Ahora nos ha hablado de otra manera: nos ha enviado a su Hijo.  Esto es lo que nos decía el autor de la carta a los Hebreos.

Y es también lo que lleno de entusiasmo nos ha proclamado San Juan en el prólogo de su evangelio: “la Palabra estaba junto con Dios, la Palabra era Dios, y la Palabra se hizo hombre, y habitó entre nosotros”.

La Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo-Jesús: el Hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres.  Ese Niño que hoy adoramos es el Hijo de Dios.

Dios nos ha dirigido su Palabra.  Dios no es un Dios mudo.  Es un Dios que nos habla, y desde que nos ha enviado su Palabra, su Hijo, siempre es Navidad, porque siempre sigue viva y actual esa Palabra de Dios dirigida a nosotros en señal de amistad y de cercanía.

Este es el misterio que hoy celebramos y que nos llena de alegría. Pero es también un misterio que nos interpela.  Debemos acoger a ese Niño que es el Hijo de Dios y hermano nuestro.

¡Jesús, nacido en la pobreza de Belén, Cristo, el Hijo eterno que nos ha sido dado por el Padre, es, para nosotros y para todos, la Puerta!  ¡La Puerta de nuestra salvación!  ¡La Puerta de la vida, la Puerta de la paz!

Debemos confesar, sin embargo, que a veces la humanidad ha buscado fuera de Cristo la Verdad, que se ha fabricado falsas certezas, ha corrido tras ideologías falsas. A veces el hombre ha excluido del propio respeto y amor a los hermanos de otras razas o distintos credos, ha negado los derechos fundamentales a las personas y a las naciones.  Pero Cristo sigue ofreciendo a todos el Esplendor de la Verdad que salva.  Miremos a Cristo, Puerta de la Vida y démosle gracias por los prodigios con que has enriquecido a cada generación. 

A veces este mundo no respeta y no ama la vida.  Pero el Señor no se cansa de amarla, más aún, en el misterio de la Navidad viene a iluminar las mentes para que los legisladores y los gobernantes, hombres y mujeres de buena voluntad se comprometan a acoger, como don precioso, la vida del hombre.

Cristo nace para darnos el evangelio de la Vida.  Pongamos nuestros ojos en Cristo, Puerta de la Paz, mientras peregrinos en el tiempo, visitamos tantos lugares del dolor y de guerra, donde reposan víctimas de violentos conflictos y de crueles exterminios.  Cristo que nace, nos invita a abandonar el insensato uso de las armas, el recurso a la violencia y al odio que han marcado con la muerte a personas, pueblo y continentes.

Que no puedan decir de nosotros lo que san Juan ha dicho de los judíos de su tiempo: “En el mundo estaba… y, sin embargo, el mundo no lo conoció.  Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.  Después de siglos de espera, muchos de sus contemporáneos no supieron reconocer al enviado de Dios.  Por este salvador que nos ha nacido el mundo  tiene esperanza.  El futuro se presenta más prometedor.  Porque Él es para siempre Dios con nosotros.  Los que celebramos la Navidad no podemos vivir igual: tenemos que dejarnos ganar de la esperanza y del amor de Dios.

La Eucaristía de hoy la celebramos con una motivación especial.  El que nació de la Virgen María en la primera Navidad, hoy, como Señor glorioso y resucitado, se nos hace Pan y Vino, alimento para todos nosotros, para fortalecernos en nuestro camino.

No estamos celebrando una fecha, un aniversario.  Estamos celebrando a una persona que vive, que está presente: el Salvador.  Él es el Dios que se ha hecho hombre para darnos a todos la alegría de saber que Dios nos ha admitido a su familia como Hijos.

Celebremos la Navidad, porque celebrar la Navidad es, ante todo, creer, agradecer y disfrutar de la cercanía de Dios. En el corazón de estas fiestas en que celebramos al Dios hecho hombre, hay una llamada que todos, absolutamente todos, podemos escuchar: “Cuando no tengas ya a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando creas que todo está perdido, confía en Dios. Él está siempre junto a ti. Él te entiende y te apoya. Él es tu salvación”.

Si así lo creemos y hacemos, ¡Feliz Navidad! Y no será sólo un buen deseo, una expresión de buena voluntad, sino una hermosa y feliz realidad.

lunes, 19 de diciembre de 2022

 

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO A)


Queridos hermanos, ya desde hace milenios, nuestros antepasados en la fe rezaban: “Que los cielos destilen el rocío, y las nubes lluevan la justicia. Que se abra la tierra y germine la salvación”. (Is 45, 8). Toda la Creación sufría, gemía: la creación esperaba la Salvación anunciada. Cuando llegó la plenitud de los tiempos, el Salvador prometido nació en la Cueva de Belén.

Es, entonces, que los Ángeles anunciaron la Buena Noticia a simples pastores que velaban sus rebaños, no lejos de ahí. Es a ellos que los ángeles harán oír su canto: “Gloria a Dios en lo más Alto del Cielo y paz en la Tierra a los hombres de buena voluntad. Os ha nacido hoy un Salvador en la ciudad de David: que es Cristo, el Señor”. (Lc 2, 10-11). ¡Se trata verdaderamente de una Buena Noticia, pues numerosos son los males de los que tenemos necesidad de ser salvados!

Hoy celebramos un hecho: Hace dos mil veintidós años nació un niño, un niño que cambió el rumbo y el curso del mundo. A diferencia de cuando nosotros celebramos nuestro propio cumpleaños, recordamos que nos estamos haciendo más viejos y cada año se añade una velita más al pastel. Pero en Navidad no celebramos el que Jesús sea muy viejo. Nos alegramos porque Dios ha entrado en nuestra vida como un niño recién nacido, en los comienzos de la vida.

En esta noche santa, sólo una imagen y una estampa en el centro de nuestra celebración y de nuestra liturgia. La imagen y la estampa de un pesebre y de un niño. Al igual como los pastores, nos dejamos sorprender por esta imagen y esta estampa, Dos mil veintidós años, dos mil veintidós navidades, ese niño que nace hoy, sigue poniéndose en nuestras manos, confiado, como si nos dijera: “¡Ánimo! No temáis. Sólo soy el ‘Dios con vosotros’, el Dios contigo”.

El niño de Belén nos lleva a contemplar el increíble amor de un Dios que se preocupa por la vida y la felicidad de los hombres y que envía a su propio Hijo al encuentro de los hombres para presentarles un proyecto de salvación – liberación. En ese niño de Belén, Dios nos muestra la radicalidad de su amor por nosotros.

El nacimiento nos presenta la lógica de Dios que no es, como tantas veces, igual a la lógica de los hombres: la salvación de Dios no se manifiesta en la fuerza de las armas, en una autoridad prepotente, en los jefes de gobierno, en los consejos de las empresas, en los salones donde se concentran las estrellas de la moda, el cine o el canto, sino en una cueva de pastores donde brilla la fragilidad, la ternura, la sencillez, la dependencia de un bebé recién nacido. ¿Cuál es la lógica con la que nos presentamos ante el mundo, la lógica de Dios o la lógica de los hombres?

La presencia liberadora de Jesús en este mundo es una “buena noticia” que debería llenar de felicidad a los pobres, a los débiles, a los marginados, al decirles que Dios vino a su encuentro para ofrecerles la salvación – liberación. Hoy es noche buena, el día en que la luz nace en un humilde portal olvidado y reservado para los animales, en donde quizás ni al más mísero se le hubiera ocurrido nacer, solo a Dios se le ocurrió enseñarnos con este acontecimiento.

Hoy celebramos una noche especial, una noche en la cual nos juntamos y contemplamos un pesebre adornado con viejos adornos que recuerdan nuestra vieja fragilidad humana.

Nochebuena de recuerdos, de nostalgia de los seres queridos que ya no están con nosotros, de los amigos ausentes… Que eso y todo en esta noche santa gire en torno al recuerdo de Belén, la casa del pan, del “pan de vida” que hace dos mil veintidós años nos regaló el Padre, del “pan nuestro de cada día” que nos da esta noche, del pan que, dentro de la eucaristía, se nos ofrecerá como banquete; del pan que esta noche nos hace a todos un poco más hermanos, un poco más amigos, un poco más niños, un poco mejores.

Nosotros, los cristianos, tomemos conciencia en esta noche que Cristo no nació hace veintiún siglos, Cristo está naciendo hoy en nuestro pueblo, en nuestro corazón, en la medida en que cada cristiano trate de vivir la integridad el evangelio, la vida cristiana, las consignas de la Iglesia verdadera de Dios, en esa medida cada uno de nosotros es como el apóstol, es como María, es como el pastor que da gloria a Dios, y canta la alegría de haber conocido a Cristo y trata de llevar esa noticia a otros como los pastorcitos de Belén.

Para esto es necesario convertirse sinceramente a Cristo, convertirse al amor que nos visita, hacer eco a la bondad infinita de Dios que nos trae la redención; no rechazarla, no ser tiniebla, ser corazón abierto como una cuna para que nazca Cristo en cada alma esta noche y desde entonces se inunde de luz cada corazón para cantar con los ángeles el anuncio que tenemos que llevar a todos los hombres, a toda la sociedad, a todo el mundo: “Os ha nacido un salvador”.

Hermanos, desde este mensaje de la gloria de Dios, de la paz a los hombres, quiero decirles respaldado por la palabra divina: ¡FELIZ NAVIDAD!

MISA DE NAVIDAD (CICLO A)

En el centro de nuestra eucaristía siempre está Jesús. Él es el corazón de la Iglesia. Hoy de manera especial lo proclamamos. Es más, lo colocamos visiblemente delante de nuestros ojos para verlo, y bendecirlo. Al final de la misa, tendremos la ocasión de besar la imagen del niño Jesús, y reconocer que Dios no deja de visitar a su pueblo.

Hoy, es Navidad.  En Navidad celebramos que Dios, autor de cuanto existe, se nos acerca de tal manera que se hace uno de nosotros y entra en nuestro mundo y en nuestra historia para rescatarnos de la soledad del pecado y de su más terrible consecuencia: la muerte. Jesús nace en Belén para comunicarnos al Espíritu Santo, convocarnos en su Iglesia y hacernos hijos de Dios.

¡Jesús viene para hacernos partícipes de la vida plena y eternamente feliz de Dios!

Jesús, nacido en Belén, se nos ofrece como una luz que ilumina el camino que debemos seguir para superar todos los problemas y los males sociales que padecemos.

En su nacimiento, Jesús experimentó muchas adversidades: la carencia de un lugar para que su Madre lo diera a luz; la amenaza de Herodes, que obligó a su Familia a refugiarse en Egipto. Sin embargo, no se dejó vencer, sino que fue capaz de transformar definitivamente la historia humana con el poder del amor.

Nos decía el evangelio de hoy de san Juan: “Él era la vida, y la vida era la luz de los hombres. La luz brilla en las tinieblas y las tinieblas no la recibieron… Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”. 

Navidad es la invitación que nos hace Jesús a optar por la luz.  Y Jesús es la luz verdadera que viene a iluminar a todo hombre. Sin embargo, el mundo en vez de dejarse guiar por la luz de Cristo sigue la lógica de la oscuridad y las tinieblas.

En nuestro mundo sigue habiendo mucha noche, mucha oscuridad. Es el poder de lo mundano, la lógica de la inhumanidad, que se visualiza en la oscuridad que produce: guerras crueles, explotación de personas, empobrecimiento masivo, desesperanza en las gentes.

Es por ello que, hoy igual que hace dos mil veintidós años, podemos exclamar que “la Palabra era la luz verdadera, que alumbra a todo hombre. Al mundo vino, y en el mundo estaba; el mundo se hizo por medio de ella, y el mundo no la conoció”. Como veis, la navidad no tiene nada de ingenua: sabe del dolor de tantas personas. Este día también los queremos tener presente.

Pero en este día de la Navidad, tenemos que tener un corazón que vive con alegría, porque el mensaje de esta fiesta es el mensaje de la esperanza.  Gracias al nacimiento de Jesús, los hombres estamos salvados, estamos redimidos.  La Navidad debe ser unos días especiales para no andar con prisas y recobrar esos momentos para estar con los hijos, los abuelos, con toda la familia.

También para esta Navidad debemos tener cuatro actitudes para celebrar exitosamente la Navidad.

1. Oración: Darnos tiempo para que baje a nuestro corazón la Palabra hecha carne.  Una bonita forma de rezar estos días, puede ser delante del niño Dios. 

2. Pobreza: descubrámonos como personas, tal y como somos.  Dejemos nuestras máscaras de ser quien no somos y dejemos que Dios nos visite tal como somos.

3. Ternura: cercanía con los demás.  No es posible celebrar a un Dios recién nacido sin que se nos escape una mirada tierna.  Transmitamos esta actitud a los demás.  Navidad es solidaridad y encuentro.

4. Alegría auténtica, de quien se sabe redimido, y de quien sabe que el mundo hoy es más hogar.

Recatemos el verdadero sentido de la Navidad. Lo que dio origen y sustenta la Navidad es el Niño de Belén; sin Él los regalos, aguinaldos, adornos, vacaciones y otras expresiones se vacían de su sentido y finalidad principal. Navidad es el sí de Dios a la vida, a la redención y superación de cada persona, de toda familia y sociedad; el Niño de Belén es la respuesta a los anhelos y preguntas que se hacen y pueden hacerse las personas, es luz ante la oscuridad y confusión, serenidad ante preocupaciones, perdón ante las ofensas, unidad en la división, paz ante la violencia y enfrentamientos.

¡Feliz Navidad! a todos los niños, adolescentes y jóvenes que, en su hambre de superación y de felicidad, las buscan a veces por caminos equivocados; a los padres y madres de familia para que su hogar crezca en el amor. ¡Feliz Navidad! a los gobernantes, dirigentes, comunicadores y líderes de nuestra sociedad para que, desde su servicio, experimenten la alegría de impulsar la justicia y la paz social.

Que el Niño de Belén nazca para vosotros, os proteja y os bendiga a todos.

lunes, 20 de diciembre de 2021

 

NOCHEBUENA, NAVIDAD Y SAGRADA FAMILIA

MISA DE NOCHEBUENA (CICLO C)

¡Feliz Noche!, ¡Feliz Navidad! Son las palabras más repetidas hoy. En medio de la noche, en la plenitud de los tiempos, ha aparecido la salvación de Dios. Esto, hermanos, se convierte esta noche, en el centro, la novedad y en la gran noticia que debemos dar al mundo: ha nacido Dios.

Navidad para los que no creen puede ser motivo de borrachera y vandalismo, para nosotros no. Navidad es Dios hecho carne de nuestra carne, como un hermano de sangre. Un hermano tan hermano de cada uno de nosotros que se toma la libertad de sentarse en la silla junto a la mía y decirme que es hermano mío, y que tiene otros hermanos que lo son también míos. Nos da su Padre, que lo es también mío.

En la oscuridad irradiando luz celeste, en un pesebre, encontramos la razón de estas fiestas. El amor de Dios nos hace reunirnos como familia; el amor de Dios nos hace preparar comida especial; el amor de Dios nos lleva a exteriorizar, en luces y estrellas, nacimientos y en árboles de navidad, la alegría que llevamos dentro: ¡Ha venido a nuestro encuentro el Señor! ¡Ha nacido el Salvador!

En la apariencia de un niño, un simple niño, Dios despliega el gran secreto que nos trae esta noche santa: un amor sin condiciones al hombre.

En la humildad de un pesebre, Dios, comparte también la pobreza del ser humano. Siendo rico quiso hacerse como uno de nosotros. Pudo presentarse en carroza; lo hizo en una fría cueva; pudo revelarse anticipado por trompetas y ejércitos celestiales, quiso hacerse presente, rodeado de un pequeño grupo de pastores.

Ese niño Dios que nace esta noche, toma nuestra condición, “se hace hombre para divinizarnos a nosotros”.  Ahora Jesús viene a nosotros y podemos descubrirle en los pobres y necesitados. Muchas veces no le queremos ver cuando llama a nuestra puerta, lo rechazamos como fueron también rechazados José y María. Este el gran drama del hombre: el rechazo de Dios y del hermano.

Dios se hace hombre sin demasiada publicidad. Es significativo ver cómo tuvieron que ir fuera de los muros de la ciudad, cómo los primeros que se dieron cuenta del nacimiento del Niño Dios fueron los excluidos de aquella época, los pastores.  Los que reciben la noticia del nacimiento de Jesús son los pastores, los cuales tenían muy mala fama en el Israel de tiempos de Jesús, casi se les consideraba delincuentes.

Mucha gente no se enteró de ese Nacimiento.  Y esa elección de los pastores ya marcaba el deseo de Dios de acercarse a los “malos” y hacerlos “buenos”. Siempre ha querido estar cerca de los humildes, de los pequeños, de la gente alegre que acepta sin reservas un mensaje de paz y alegría.

Hoy María y José siguen llamando a nuestra puerta.

Dios se acerca al hombre hasta el punto de hacerse uno de ellos. Pero sólo los humildes, los pastores, fueron capaces de descubrirlo. El misterio de la Encarnación, es el misterio del Amor de Dios al hombre. Demos gracias a Dios en este día de Navidad por el Niño-Dios hecho hombre por nosotros.

¿Sientes que ha nacido el Salvador por ti? ¿Sabes que Dios se hace pequeño por ti? ¿No te da escalofríos el pensar que Dios se ponga a tu misma altura?

Esta noche, es igual pero es distinta; parece como si las guerras se detuviesen. Como si los hombres, teniendo a Dios más cerca que nunca, entendiesen que hay más razones para el amor que para el odio; más para la justicia que para la injusticia; más para la paz que para la guerra.

¡Ha nacido el Salvador! Y, como los pastores, no podemos hacer otra cosa sino adorarlo. ¿Y cómo hacerlo? ¿De qué manera? Humillándonos. Dejando bien guardados los rebaños de nuestros egoísmos y egocentrismos; de nuestras envidias y luchas; de nuestras cobardías e incredulidades.

Lo que nos dice la Navidad es que Cristo, el Salvador, está aquí para nosotros. El misterioso mensaje del nacimiento de un Niño en Belén a quien se llamó –y es– “Salvador del mundo”

Esta noche, cuando nuestros corazones buscan abrirse para celebrar el nacimiento de Jesús, vale la pena preguntarnos qué fue lo que Dios vio, palpó y escuchó en el corazón humano que lo movió a hacerse como nosotros y traernos la salvación.


¿Qué vio Dios en nosotros? Dios vio en nosotros, mujeres y hombres, merecedores de su salvación. Dios vio en nosotros mujeres y hombres merecedores de Su Amor, de Su Vida, merecedores de ser amados y perdonados, merecedores de Su Vida Eterna. Dios nos vio, nos palpó y nos escuchó y de Su Corazón solo pudo salir un amor sin límites.

Celebramos esta noche que a pesar de que somos frágiles y débiles, somos merecedores del amor de Dios. Somos lo suficientemente buenos ante los ojos de Dios para que Él vuelva a nacer una vez más en nuestro ser.

¡Ha nacido el Salvador! Y, este gran misterio de Fe, lo hemos ido preparando en estas cuatro semanas de adviento. Ha sido un tiempo de esperanza, de vigilancia y de preparar nuestros sentimientos y nuestros corazones para que, el Señor, no pase de largo esta Navidad.

MISA DE NAVIDAD (CICLO C)

Hoy, hace 2021 años, en Belén de Judá, en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada, de María Virgen, esposa de José el Carpintero, de la casa y familia de David, nació Jesús, Dios verdadero y hombre verdadero. Él es el Salvador que los hombres esperaban.

Aquí tienen la señal: encontrarán un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre. No lo busquéis disfrazado con otros ropajes, ni en otros sitios que no lo vais a encontrar. Envuelto en pañales y en un pesebre, esa es la señal que dieron los ángeles. Un Dios pobre y que vive cercano a los pobres.

Hace 2021 el mundo vivió la primera Navidad.  El Mesías, anunciado por miles de años, había llegado por fin al mundo pero no mostrando su majestad y su poderío como se esperaba.  En vez de eso, llegó revestido de pobreza en un pesebre.  En ese momento de su nacimiento, ni siquiera las autoridades locales sabían que había llegado al mundo el Rey de Reyes.  

Desde entonces Dios vino a nuestra tierra, a caminar por nuestros caminos, a compartir el pan y las penas, las alegrías y tristezas, a contarnos historias que ayudan a vivir con sentido y a morir con esperanza, a pedirnos que seamos dichosos y felices, a decirnos que no somos esclavos, somos hijos del Padre Dios que nos quiere con locura.


Desde entonces, el amor de Dios sigue presente en el mundo entero, para cada hombre y cada mujer, cada anciano, cada niño, cada joven, que quiera aceptarlo.


Desde entonces, nosotros, cada uno de nosotros, somos llamados a dar testimonio de su amor en la familia y en el trabajo, en barrio y en el pueblo, en los grupos y asociaciones, y en la labor al servicio a los que sufren cerca de nosotros o en cualquier lugar del mundo.

Desde entonces, hace hoy 2021 años, el perdón, la misericordia, la salvación de Dios se sigue derramando inagotablemente sobre cada uno de nosotros y sobre toda persona.


Nosotros, que hemos experimentado la cercanía de Jesús en nuestra vida: hemos de ser mensajeros y testigos del amor nacido en Belén. Hemos de anunciar por los caminos de la vida esta Buena Noticia, para que el mensaje de la Navidad sea luz y salvación para todos.

Alegrémonos. Celebramos la Buena Noticia, la mejor noticia de toda la historia de la humanidad: el Nacimiento de Jesús de Nazaret. Que suene la fiesta, que nazca la paz y la alegría en el corazón de todos los hombres y mujeres de Buena voluntad, que canten los oprimidos, que se alegren los tristes, que se llenen de gozo los que andan perdidos en la noche de las penas y la angustia. Porque Dios está con nosotros, es un Dios cercano que ama y que nos salva y quiere que todos tengamos en Él vida plena.

Es cierto que las fiestas de Navidad son días de alegría para disfrutarlos y celebrarlos.  Pero también es cierto que siempre debemos recordar a quien debemos esta gran festividad, quien debe estar en el centro de esta fiesta.  Navidad es primeramente la celebración del nacimiento del Verbo Encarnado, el Príncipe de la Paz.  Y durante estas fechas tan señaladas, debemos tratar que en nuestras casas, entre nuestros familiares y entre nuestros amigos, reine la paz mucho más que la opulencia. 

En muchas casas, esta Navidad no estará Dios.  Para las personas que no celebran la Navidad con Dios, estos días pueden parecer vacíos y ruidosos.  No experimentarán la plenitud del amor y la paz que el nacimiento de Nuestro Señor entre nosotros debe traernos.  En una palabra, para esas personas  son fiestas tristes y aburridas.  Pero para nosotros, los cristianos, deben ser fiestas de oración y de unidad.  Nosotros sabemos que esas dos cosas son las que nos traen la verdadera felicidad y la paz duradera.

Solamente recordar que en un día como hoy, hace 2021 años nació nuestro Salvador, es suficiente motivo para alegrarnos.  La venida del Mesías constituye, en sí, el hecho central de las fiestas navideñas.  Cristo vino a traernos el regalo más precioso de la vida, la salvación. 

Hoy, lo irrelevante para el mundo (lo casi invisible), cobra importancia. El Dios de los cielos se deja tocar, acariciar, besar, adorar por todos nosotros. Para nosotros, este acontecimiento de la Navidad, no es algo del pasado. No ha quedado olvidado en un pesebre con telarañas de más de 2021 años. ¡Dios ha nacido! ¡Dios nace en cada persona que lo busca! ¡En las personas que, como los pastores, saben dejar algo de sí mismas y buscar al Dios escondido en la humilde figura de un niño recién nacido!

¿Dónde tienes tú a Dios? ¿Cómo lo vives? ¿Has hecho de tu corazón un pesebre para que Dios nazca?

Dios, que es amor, quiere un lugar donde vivir. Un rincón donde ese amor se pueda cuidar, crecer y prolongarse a través de nosotros en los demás. Esa habitación, ese pesebre es el corazón de los creyentes.

¡Sí, hermanos! ¡Feliz Navidad! Porque Dios se ha puesto a nuestra altura, a nuestro alcance para que comprendamos la gran vida que nos espera en el cielo.

Día de Navidad. Día de felicitar a Dios por el alumbramiento de su Hijo. Día de felicitar a María por darnos a Jesucristo, camino y garantía de salvación. Día de felicitarnos mutuamente porque un Niño se nos ha dado, porque contamos con un hermano que compartirá nuestros gozos y nuestras miserias, nuestros dolores y nuestros éxitos, nuestros sufrimientos y nuestras alegrías. ¡Feliz Navidad! ¡Feliz Nacimiento de Cristo!

SAGRADA FAMILIA (CICLO C)

El domingo siguiente al día de Navidad, se celebra la fiesta de la Sagrada Familia.  José, María y Jesús son ejemplo para nuestras familias, por ello hoy las lecturas nos ofrecen indicaciones prácticas para ayudarnos a construir familias felices.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos habla de la bendición que trae consigo una buena relación entre padres e hijos.

Los hijos deben respetar, honrar y servir a sus padres, lo mismo que se debe hacer con Dios.  El respeto a los padres es fuente de las mejores bendiciones y gracias que Dios nos puede dar.

Los padres son instrumentos de Dios creador.  ¿Somos agradecidos con nuestros padres porque nos han dado la vida?  ¿Les demostramos nuestra gratitud?

Hoy se lucha mucho por los derechos humanos y la dignidad de las personas, pero hoy es cuando más personas ancianas se encuentran marginadas, abandonadas, solas, por la misma sociedad y por los mismos hijos.  ¿Cómo puede haber hijos que se “deshagan” de sus padres, de aquellos que fueron, para nosotros, instrumentos del Dios creador y fuente de vida?

Hoy como ayer, el respetar, honrar y ayudar a los padres es grato a los ojos de Dios.

La 2ª lectura de san Pablo a los Colosenses nos presenta la familia como el lugar donde debe existir la misericordia, la bondad, la humildad, la dulzura, la comprensión, la ayuda mutua, el perdón y el amor.

La familia, al igual que la comunidad cristiana, no tiene una vida sin problemas, sin faltas, sin pecados.  En la familia por ser humana existe esos defectos.  Pero ante los problemas y dificultades que puedan surgir en la familia hay que poner en práctica las virtudes cristianas del amor, la comprensión y el perdón como fuente de armonía y de paz entre todos los miembros de la familia.

Una familia en la que reine el amor, como en la familia de Nazaret, estará colaborando eficazmente en la formación de una sociedad más fraternal y pacífica.

El Evangelio de San Lucas nos presentaba el episodio del Niño Jesús perdido y hallado en el Templo.

La Sagrada Familia es ejemplo para nosotros porque supieron enfrentar las dificultades y los problemas buscando soluciones en el amor mutuo y en la fe en Dios.   

La familia cristiana tiene que recuperar hoy los valores familiares como son: fidelidad, obediencia, respeto mutuo entre los padres y los hijos.  Por desgracias estos valores familiares cristianos no se promueven mucho hoy ni en la familia ni en la sociedad.

La familia cristiana tiene el deber sagrado de transmitir la fe a sus hijos.  Los papás deben ser los primeros que enseñen a sus hijos a rezar, y a rezar juntos papás e hijos; deben ser los que acerquen a sus hijos a los sacramentos, a la vida de la Iglesia.

La familia es la estructura idónea para venir al mundo, para crecer, para educarse, y ello porque se hace en el amor, desde el amor y mediante el amor. La mejor manera de acoger a un niño que acaba de venir al mundo es por medio del amor. Su crecimiento y su progreso en el conocimiento y la educación son óptimos cuando tienen su fundamento en el amor. Su relación con los demás y con su entorno irá siendo más adecuado cuanto más enraizado esté en el amor que recibe de sus más allegados.

Psiquiatras y psicólogos coinciden en afirmar que un niño crece más sano y de adulto es más estable cuanto mayor es el amor que ha recibido desde su infancia hasta su adolescencia y juventud. Un niño sonríe cuando ha visto sonreír a su madre, cuando ha visto sonreír a los que lo rodean.

Educar sólo es posible desde el amor. El amor fue, es y será siempre el alma de la familia. Pero vivir el amor es una asignatura difícil de aprobar porque no consiste sólo en recibir, sino que es entrega y sacrificio para hacer feliz al otro. Y el espacio por excelencia para crecer en el amor es la familia.

Sin familia, no sabríamos convivir con nadie. Sin familia, los niños son unas víctimas de todas las crueldades de las que el ser humano es capaz.  Pero sin Dios, la familia crece sin un amor estable, duradero, fiel, entregado y sufrido. 

Este tiempo de Navidad cobra un especial protagonismo la Sagrada Familia como modelo y espejo donde deben mirarse las familias cristianas.

Que Dios bendiga en este día a todas las familias cristianas, que las haga crecer en el amor y vivir según el ejemplo de fidelidad de la Sagrada Familia. Que auxilie a los padres, les dé sabiduría y acierto con los hijos, unidad creciente ente ellos, un amor que no se acabe nunca, capacidad de entrega y de sacrificio y que les dé también el premio de ver recompensados sus desvelos.

martes, 17 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA EL IV DOMINGO DE ADVIENTO Y NATIVIDAD DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
Con este domingo se cierra el ciclo litúrgico de Adviento. La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.
 
En la 1ª lectura, del profeta Isaías, Dios dialoga con Ajaz y le dice que le pida una señal.  Pero el rey no tiene interés en pedirle algo a Dios. En realidad, le trae sin cuidado lo que Dios diga. Ajaz vive de espaldas al designio divino y no cuenta con Dios en sus planes.
 
No resulta difícil encontrar un paralelismo entre esta situación y nuestra situación social actual. Nuestra sociedad vive de espaldas a Dios. Como Ajaz, no ama a Dios, no le interesa, mira para otro lado, no quiere saber de Dios porque lo ha expulsado de su vida.
 
Ajaz confiaba más en la seguridad de los ejércitos extranjeros que en Dios. ¿En qué pone el hombre de hoy su confianza y su esperanza? Para que tengamos una sociedad más justa y fraterna, ¿es en los políticos en quienes podemos confiar? Para sentirnos seguros y confortables, ¿es en el dinero en quien hemos de confiar? Para evitar la enfermedad y la muerte, ¿debemos confiar solamente en los nuevos medicamentos o en los progresos de la medicina?
 
Ajaz no quiso o no supo “leer” los “signos” que Dios colocó delante de sus ojos, no consiguió realizar la elección acertada y acabó conduciendo a su Pueblo por caminos de muerte y de desgracia. Esto nos sitúa ante el problema de las “señales”; un error en la lectura del radar puede destrozar un avión o un navío; una falla en la señalización luminosa, causa un desastre.
 
¿Estamos atentos a las “señales” que Dios coloca en el camino de nuestra vida a través de los cuales nos indica el camino a seguir, o caminamos en una alegre inconsciencia, a favor de corriente, desviándonos por atajos que nos apartan del objetivo y que nos hacen sufrir?  ¿Confiamos de verdad en Dios?, o ¿buscamos soluciones por otro lado al margen de Dios?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio.  
 
Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.  Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 
 
El evangelio de San Mateo nos ha narrado la “anunciación a san José”.
 
En la anunciación a san José el ángel le pide que le ponga al niño Dios el nombre de Jesús, porque Él es el Emmanuel, es decir el Dios con nosotros.
 
Dios está con nosotros. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
 
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En Él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
 
Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comprende, Él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.
 
Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.
 
Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.
 
Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna.
 
Dios está con nosotros. Esto es lo que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.
 
Hermanos, preparemos la Navidad, preparemos nuestra propia Navidad, la de cada uno de nosotros, dejemos que la Palabra de Dios, crezca en nuestro interior hasta que un día ilumine con todo su resplandor nuestra vida.
 
Si dejamos que Jesús nazca en nosotros seremos mucho más felices y ayudaremos a ser felices también a quienes nos rodean.
 

NATIVIDAD DEL SEÑOR 

Hoy nos ha nacido un Niño que con el correr del tiempo se ha manifestado como verdadero Dios y verdadero hombre. Él ha cambiado el rostro de la historia y es el parte aguas de esta historia en la cual los hombres podemos encontrar la paz y la dicha que tanto necesitamos en un mundo tan lleno de pruebas y tribulaciones, pero que necesita también vivir de esperanza, anhelando una era de concordia, en la cual todos nos reconozcamos como hermanos, bajo la mirada de nuestro Padre común, quien ha querido que su Hijo se hiciera hombre para mostrarnos su maravilloso plan de salvación. Contemplemos pues, hoy, a Jesús que nace en un pesebre en Belén, en compañía de San José y María su Madre.
 
La celebración de la Navidad es tan rica de contenido y -al mismo tiempo- decimos y oímos estos días tantas palabras sobre la Navidad, que no es fácil que muchos celebren una Navidad cristiana.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad no se quede fuera de nosotros, para que la Navidad entre realmente en nosotros, en el corazón de nuestra vida? En algunos de nuestros hogares hemos hecho una representación sencilla del Nacimiento, un Belén. Es como un símbolo de lo que quisiéramos: que la Navidad entre y esté en el hogar de nuestra vida. Que no sea sólo una fiesta externa sino también que sea una gracia de Dios que se haga presente en nuestra vida y la fecunde.
 
En muchas de las palabras que escuchamos estos días, la Navidad es como una efusión de buenos deseos, de sentimientos de paz y de bondad, de fraternidad. Y esto está muy bien, es bueno que en casi todo nuestro mundo hoy los hombres y las mujeres parezcamos mejores de lo que somos porque es como si nos dijéramos: ¡Así querríamos ser!, ¡Así querríamos que fuera nuestra sociedad! Pero también es verdad que sabemos que este ambiente pasará y probablemente todo volverá a ser como antes, porque estas buenas palabras, estos buenos deseos, muchas veces sabemos que están faltos de la necesaria fuerza interior, del necesario peso de realidad, para que sean algo más que buenas palabras y buenos sentimientos.
 
Y diría también que para nosotros, los cristianos que queremos celebrar religiosamente la Navidad, es posible que fácilmente la vivamos demasiado como un recuerdo, casi como una nostalgia. Y, si es así, tampoco nuestra celebración tendrá suficiente fuerza ni suficiente peso real para cambiar algo en nuestra vida.
 
Es bueno que recordemos aquel hecho sucedido hace más de dos mil años, allí, en las afueras de Belén, entre aquella gente sencilla del pueblo. Es bueno, evidentemente, que recordemos lo que fue anunciado en aquella noche como “la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo”. Pero si para nosotros la Navidad es sólo un hermoso recuerdo, un hecho del pasado que ya pasó (como si no fuera un hecho también de nuestro hoy y aún de nuestro futuro), entonces tampoco tiene bastante fuerza para entrar en nuestra vida y cambiar algo en ella.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad entre realmente en el corazón de nuestra vida y en ella tenga fuerza, peso real? No bastan las buenas palabras y los buenos deseos, no basta el simple recuerdo de aquella antigua noche aunque sea un recuerdo conmovedor. Me parece que lo fundamental, lo decisivo en nuestra celebración cristiana de la Navidad, es que la vivamos como una gracia de Dios, como un don de Dios. O dicho de otro modo, como una nueva venida de Dios a nosotros, a cada uno de nosotros.
 
Decimos a veces que la Navidad se ha de vivir de algún modo con espíritu de niño. Y es verdad si quiere decir que, como los niños, no hemos de poner nuestra confianza tanto en nosotros como en los demás. Es decir, que hemos de valorar más lo que recibimos que no lo que damos. Celebrar la Navidad quiere decir, sobre todo, darnos cuenta de que Dios comparte nuestra vida (en la debilidad), hace camino con nosotros. Por eso es, sobre todo, la celebración de la gran gracia y del gran don: Dios no nos ha hecho sólo a su imagen y semejanza sino que ha querido injertar su vida personal -injertarse Él mismo- en la historia del hombre al hacerse carne, al hacerse hombre.
 
Por eso la Navidad es una invitación actual, dirigida a cada uno de nosotros. Dios ha establecido una nueva relación con cada hombre por el hecho que Él ha plantado su tienda entre nosotros, por el hecho que se ha hecho “Jesús”, es decir, un hombre concreto, hijo de una madre, nacido en una familia del pueblo. Desde aquel momento, Dios no es ya sólo el Padre que está en el cielo, sino un hombre que ha seguido un camino humano que culminó en su acto total de amor por cada hombre al entregar su vida hasta la muerte.
 
Conseguir que la Navidad entre en el corazón de nuestra vida, es abrirnos a esta buena noticia, a esta gran alegría para todo el pueblo: Dios es también nuestro hermano, el hombre Jesús de Nazaret. Que hoy quiere ser recordado como el Niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre de las afueras de Belén para que ninguno de nosotros tema acercarse a Él.
 
La ternura que suscita el nacimiento de cualquier niño se enriquece además hoy por el sorprendente anuncio: este Niño es Dios-con-nosotros. Y de ahí surge una invitación a cada hombre para que tengamos una relación distinta     -más humana- con este Dios que comparte nuestra humanidad.
 
Esta es la buena noticia, la gran alegría que celebramos en la Eucaristía de este día. Porque, además, ya que Dios se ha hecho carne, puede ser también el pan y el vino que alimenta y alegra nuestro corazón, nuestro camino de cada día, nuestro amor abierto a todos los hermanos.