Vistas de página en total

Mostrando entradas con la etiqueta IV domingo de adviento. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta IV domingo de adviento. Mostrar todas las entradas

lunes, 15 de diciembre de 2025

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan cansado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos que colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.

lunes, 16 de diciembre de 2024

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Estamos ya finalizando el Adviento, a las puertas de la Navidad, y las lecturas de hoy nos hablan de que los deseos del hombre deben ser abrirnos a Cristo que llega para darse a nosotros.

La 1ª lectura del profeta Miqueas nos anuncia el origen humilde de Belén, donde nacerá el Mesías.  En un humilde pueblo, y no en la grandiosa ciudad de Jerusalén, nacerá el Mesías que nos trae paz y liberación.

Dios elige para salvar a su pueblo a la persona y el lugar más inesperados y desecha aquellos que humanamente parecían tener mayores garantías de éxito. Nosotros solemos quedar muy satisfechos si decimos que “hemos nacido en tal ciudad”, que “tenemos una casa de muchos metros”, que disponemos de un “coche de tal marca y modelo”. ¡Siempre a lo grande!

El Señor va por otros rumbos. Piensa en la gente sencilla y humilde, en los lugares poco importantes. El profeta Miqueas, a las puertas de la Navidad, nos lo recuerda hoy.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos propone algo esencial en la fe: Dios no quiere ni holocaustos, ni víctimas expiatorias, ni sacrificios, ni ofrendas. Dios no quiere tus cosas, Dios te quiere a ti, quiere que le digas: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”.

“Aquí estoy para hacer tu voluntad” quiere ser el intento de la humanidad de corresponder al amor de Dios. Significa la disponibilidad y las ganas de colaborar con Dios, de dejarnos vencer por Dios para que en nuestra vida y en nuestro mundo puedan crecer el amor, la justicia, la libertad y la paz. Significa que en cualquier circunstancia, agradable o dolorosa, nos atrevemos a fiarnos de Dios.

El evangelio de san Lucas nos ha relatado el episodio de la Visita de María a su prima Isabel. 

Uno de los rasgos más característicos del amor cristiano es saber asistir a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

Ese es el primer gesto de María después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador. Ponerse en camino e ir aprisa junto a otra mujer que necesita en estos momentos su cercanía.

Hay una manera de amar que debemos recuperar en nuestros días y que consiste en “acompañar a vivir” a quien se encuentra hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de vida.

Estamos haciendo entre todos, una sociedad hecha sólo para los fuertes, los agraciados, los jóvenes, los sanos y los que son capaces de gozar y disfrutar de la vida.

Estamos fomentando lo que hoy llaman “el segregarismo social”. Reunimos a los niños en las guarderías, ponemos a los enfermos en los hospitales, guardamos a nuestros ancianos en asilos y encerramos a los delincuentes en las cárceles y ponemos a los drogadictos bajo vigilancia…

Así, todo nos parece que está en orden. Cada uno recibirá allí la atención que necesita, y los demás nos podremos dedicar con más tranquilidad a trabajar y disfrutar de la vida sin ser molestados. Entonces procuramos rodearnos de personas cariñosas y sin problemas que no pongan en peligro nuestro bienestar, convertimos la amistad y el amor en un intercambio mutuo de favores, y logramos vivir “bastante satisfechos”.

Sólo que así no es posible experimentar la alegría de contagiar y dar vida. Muchas personas, aun habiendo logrado un nivel elevado de bienestar y tranquilidad, tienen la impresión de que viven sin vivir y que la vida se les escapa monótonamente de entre las manos.

El que cree en la Encarnación de un Dios que ha querido compartir nuestra vida y acompañarnos en nuestra pobreza, se siente llamado a vivir de otra manera.

No se trata de hacer “cosas grandes”. Quizás sencillamente ofrecer nuestra amistad a ese vecino hundido en la soledad y la desconfianza, estar cerca de ese joven que sufre depresión, tener paciencia con ese anciano que busca ser escuchado por alguien, estar junto a esos padres que tienen a su hijo en la cárcel, alegrar el rostro de ese niño solitario marcado por la separación de sus padres.

Este amor que nos hace tomar parte en las cargas y el peso que tiene que soportar el hermano es un amor “salvador”.

Ahora que se acerca la Navidad, hemos de preparar nuestro corazón para celebrar con gozo y profundidad la venida del Salvador. Para ello, mientras mucha gente se preocupa únicamente de comprar, regalar, felicitar, arreglar su casa y adornarla, hacer comidas y viajar, nosotros, sin despreciar nada de todo eso, preparémonos nosotros mismos por dentro para recibir a nuestro Salvador.

lunes, 18 de diciembre de 2023

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Llegamos al final del Adviento.  A lo largo de estas semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos.

La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. La Navidad no puede reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, comidas, etc. Es también necesaria una preparación interior este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos concluyendo.

La 1ª lectura del segundo libro de Samuel, nos decía cómo el rey David quería construirle a Dios una casa.  El rey David tenía buen corazón y le daba pena que su Dios tuviera que vivir en una tienda de campaña, mientras él, el rey, vivía en un palacio de cedro.

David quería pagar de algún modo a Dios los dones recibidos. Y Dios no quiere que le paguemos ni con templos, ni con ofrendas, ni con sacrificios. El sacrificio que Dios quiere es un corazón contrito. La ofrenda que Dios quiere es nuestra misericordia.

Hoy, por desgracia, persiste en nuestros templos este culto mercantilista a Dios. No es cuestión de decirle a Dios: mira cuántas cosas he preparado para Ti, sino más bien: Mira, Señor, cuánto te quiero.

La casa que Dios quiere es vivir en nuestro corazón, hacerse presente en nuestra vida.

La 2ª lectura, de San Pablo a los romanos nos dice que  Dios tiene un plan de salvación que ofrecer a los hombres.

Dios se preocupa por nosotros y Dios nos ama, y ese amor no es un amor pasajero, sino que forma parte del ser de Dios y está siempre en la mente de Dios amarnos a todos sus hijos.  Por ello no olvidemos esto: no  somos seres abandonados a nuestra suerte, perdidos y a la deriva en un universo sin fin; sino que somos seres amados de Dios, personas únicas e irrepetibles que Dios conduce con amor a lo largo del camino de la historia y Dios tiene un proyecto eterno de vida plena, de fidelidad total, de salvación.

Prepararnos para la Navidad significa preparar nuestro corazón para acoger a Jesús, para aceptar sus valores, para comprender su manera de vivir, para adherirse al proyecto de salvación que, a través de Él, Dios Padre nos propone.

El Evangelio de san Lucas nos ha narrado la Anunciación a María.

Los días de Navidad  ya se acercan y Jesús busca casa donde nacer. No son muchas sus exigencias en cuanto a comodidades y riquezas, solamente pide corazones sencillos, compartidos y desapegados de lujos, de riquezas, de honores, y de ambiciones. Nosotros podemos ahora escuchar esa solicitud de Jesús: “Busco casa”, y apresurarnos a responder con la generosidad de María, con un sí seguro y confiado, con un “fíat” que compromete y dispone, con un “yo soy la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra”, confiando en un amor mucho más grande que el nuestro.

No temamos, también para cada uno de nosotros son las palabras de Gabriel: “Alégrate. El Señor está contigo”. Claro que a nosotros no nos puede decir que estamos llenos de gracia, porque nuestros delitos nos abruman y nuestras miserias saltan a la vista. Pero el Señor es tan generoso que a pesar de nuestras miserias también nos escoge para pesebre, cueva, o casita, donde pueda nacer el Salvador.

No importan las apariencias externas, lo importante es la limpieza interior y la apertura de corazón para recibir a Jesús. No olvidemos que con Jesús llegan también los pastores, los pecadores, los enfermos, los despreciados… entonces, sí exige una puerta grande y noble para aceptar a todos como hermanos. No podemos poner a la entrada el consabido: “Nos reservamos el derecho de admisión”, porque Jesús llega acompañado de todos sus hermanos, sin hacer distinciones para todo el que acepte su invitación.

Así, que si de verdad queremos ofrecer nuestro corazón como casa, preparémonos para las consecuencias porque tendremos que vivir al estilo de Jesús y pasar una Navidad bajo sus condiciones, pero si no estamos dispuestos a todos estos riesgos, ¿por qué, entonces, nos seguimos llamando cristianos?

Son los últimos días de este Adviento y el contemplar tan cerca el nacimiento de Jesús nos obliga preguntarnos: ¿Cómo voy a acoger a Dios-Niño que se hace presencia viva y concreta en medio de nosotros? ¿Cómo voy a vivir y cómo voy a expresar a este Dios ternura que se acerca hasta convertirse en uno de nosotros? ¿Cómo voy a dar calor y compañía al recién nacido en mi corazón y en mi casa?

Hoy nos alegramos con María y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón. Que María nos ayude a todos a vivir estas fiestas de Navidad saliendo con alegría de nosotros mismos al encuentro del Señor.


¡Feliz Navidad! Ningún saludo mejor para este día que el tradicional de estos días: ¡Feliz Navidad! Felicitémonos y comuniquemos a todos nuestra alegría. Y que estos buenos deseos, esta buena voluntad perduren siempre y se vayan haciendo realidad. Ninguna fiesta cristiana ha marcado como ésta la historia y posiblemente nuestra propia experiencia. La Navidad ocupa un puesto de excepción en el calendario y en la vida. En estos días nos sentimos especialmente contentos, y hasta nos parece descubrir sentimientos semejantes en los demás. El mundo y la vida nos parecen distintos. Las vacaciones, las fiestas, los regalos, las compras, las reuniones familiares y entre amigos… Todo contribuye a hacer de la Navidad una época maravillosa en el año.

Sin embargo, la noticia no saldrá en los periódicos, ni en la televisión.  Y sin embargo es la noticia más gozosa de toda la historia. Nos la ha anunciado el profeta Isaías: “Qué hermoso es ver correr sobre los montes al mensajero que anuncia la paz, que trae la buena nueva, que dice a Sión: Tu Dios es rey”.

Hoy los cristianos de todo el mundo sabemos muy bien por qué nos alegramos y qué es lo que celebramos.  Miles y miles de comunidades se están reuniendo en todo el mundo y celebran que Dios se ha hecho hombre, que ha querido nacer como uno de nuestra familia.

El profeta Isaías nos decía hoy: “Romped a cantar a coro,
ruinas de Jerusalén, porque el Señor ha consolado a su pueblo,
ha rescatado a Jerusalén.”

Nuestro Dios es un Dios que habla, no un Dios mudo, lejano.  Su Palabra es cercana.  Antes, durante siglos había hablado Dios por medio de profetas o había enviado ángeles como mensajeros.  Ahora nos ha hablado de otra manera: nos ha enviado a su Hijo.  Esto es lo que nos decía el autor de la carta a los Hebreos.

Y es también lo que lleno de entusiasmo nos ha proclamado San Juan en el prólogo de su evangelio: “la Palabra estaba junto con Dios, la Palabra era Dios, y la Palabra se hizo hombre, y habitó entre nosotros”.

La Palabra, ya lo sabemos, se llama Cristo-Jesús: el Hijo de Dios, que desde la primera Navidad es también hijo de los hombres.  Ese Niño que hoy adoramos es el Hijo de Dios.

Dios nos ha dirigido su Palabra.  Dios no es un Dios mudo.  Es un Dios que nos habla, y desde que nos ha enviado su Palabra, su Hijo, siempre es Navidad, porque siempre sigue viva y actual esa Palabra de Dios dirigida a nosotros en señal de amistad y de cercanía.

Este es el misterio que hoy celebramos y que nos llena de alegría. Pero es también un misterio que nos interpela.  Debemos acoger a ese Niño que es el Hijo de Dios y hermano nuestro.

¡Jesús, nacido en la pobreza de Belén, Cristo, el Hijo eterno que nos ha sido dado por el Padre, es, para nosotros y para todos, la Puerta!  ¡La Puerta de nuestra salvación!  ¡La Puerta de la vida, la Puerta de la paz!

Debemos confesar, sin embargo, que a veces la humanidad ha buscado fuera de Cristo la Verdad, que se ha fabricado falsas certezas, ha corrido tras ideologías falsas. A veces el hombre ha excluido del propio respeto y amor a los hermanos de otras razas o distintos credos, ha negado los derechos fundamentales a las personas y a las naciones.  Pero Cristo sigue ofreciendo a todos el Esplendor de la Verdad que salva.  Miremos a Cristo, Puerta de la Vida y démosle gracias por los prodigios con que has enriquecido a cada generación. 

A veces este mundo no respeta y no ama la vida.  Pero el Señor no se cansa de amarla, más aún, en el misterio de la Navidad viene a iluminar las mentes para que los legisladores y los gobernantes, hombres y mujeres de buena voluntad se comprometan a acoger, como don precioso, la vida del hombre.

Cristo nace para darnos el evangelio de la Vida.  Pongamos nuestros ojos en Cristo, Puerta de la Paz, mientras peregrinos en el tiempo, visitamos tantos lugares del dolor y de guerra, donde reposan víctimas de violentos conflictos y de crueles exterminios.  Cristo que nace, nos invita a abandonar el insensato uso de las armas, el recurso a la violencia y al odio que han marcado con la muerte a personas, pueblo y continentes.

Que no puedan decir de nosotros lo que san Juan ha dicho de los judíos de su tiempo: “En el mundo estaba… y, sin embargo, el mundo no lo conoció.  Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron”.  Después de siglos de espera, muchos de sus contemporáneos no supieron reconocer al enviado de Dios.  Por este salvador que nos ha nacido el mundo  tiene esperanza.  El futuro se presenta más prometedor.  Porque Él es para siempre Dios con nosotros.  Los que celebramos la Navidad no podemos vivir igual: tenemos que dejarnos ganar de la esperanza y del amor de Dios.

La Eucaristía de hoy la celebramos con una motivación especial.  El que nació de la Virgen María en la primera Navidad, hoy, como Señor glorioso y resucitado, se nos hace Pan y Vino, alimento para todos nosotros, para fortalecernos en nuestro camino.

No estamos celebrando una fecha, un aniversario.  Estamos celebrando a una persona que vive, que está presente: el Salvador.  Él es el Dios que se ha hecho hombre para darnos a todos la alegría de saber que Dios nos ha admitido a su familia como Hijos.

Celebremos la Navidad, porque celebrar la Navidad es, ante todo, creer, agradecer y disfrutar de la cercanía de Dios. En el corazón de estas fiestas en que celebramos al Dios hecho hombre, hay una llamada que todos, absolutamente todos, podemos escuchar: “Cuando no tengas ya a nadie que te pueda ayudar, cuando no veas ninguna salida, cuando creas que todo está perdido, confía en Dios. Él está siempre junto a ti. Él te entiende y te apoya. Él es tu salvación”.

Si así lo creemos y hacemos, ¡Feliz Navidad! Y no será sólo un buen deseo, una expresión de buena voluntad, sino una hermosa y feliz realidad.

lunes, 12 de diciembre de 2022

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


Llegamos hoy al último domingo de Adviento y nos encontramos ya en las puertas de la solemnidad de la Navidad del Señor.  La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos ha presentado a Ajaz que se niega pedirle una señal a Dios. Ajaz se encuentra entre dos opciones: aliarse con los reyes vecinos o aliarse con Dios.  El profeta Isaías anima a Ajaz a tener fe y no hacer alianzas con nadie. Ajaz no quiere dejarse guiar por Dios, no quiere poner su confianza en Dios, no confía en apoyarse única y exclusivamente en la fe y prefiere buscar apoyos humanos.

También nosotros adoptamos a veces esa postura de Ajaz.  Tenemos miedo, nos angustiamos y nos preocupamos hasta perder la paz. Hay veces que uno, agobiado por los problemas, o por la desesperación, siente que Dios no lo escucha, que Dios no le habla, que Dios no se manifiesta. Y en esos momentos, a veces uno le pide a Dios que le dé una señal.

Otras veces, uno tiene que tomar decisiones muy serias en la vida, y uno también espera, o aguarda una señal de Dios. Pero hay veces que Dios no da esas señales, o por lo menos no da las que nosotros estamos esperando. Otras veces Dios da señales cuando no se las estamos pidiendo.

Hay veces que la preocupación lo lleva a uno a pedir señales, pero hay veces que uno está tan agobiado, que no se atreve a pedir las señales.

¿Y sabéis por qué? Porque uno teme que Dios no vaya a respondernos como nosotros queremos o que no sea del agrado de Dios lo que le estamos pidiendo.

Dios se ha manifestado como el Dios con nosotros, como el que está siempre a nuestro lado; tomados de su mano y sabiendo que va con nosotros en el camino, podemos enfrentarnos a cualquier problema, a cualquier desafío. Tenemos que creer y esperar en Dios; hemos de amar y adorar al Señor Todopoderoso e infinitamente bueno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio. 

Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.

Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 

Hoy quizá las palabras valen poco, porque están muy devaluadas, por ello debemos predicar la Buena Nueva, sobre todo, con el ejemplo.  Con una vida comprometida con los más desfavorecidos, con el ejemplo diario de bondad y de amor.

El Evangelio de San Mateo nos ha presentado cómo Dios pide el consentimiento de María y de José para que su Hijo se haga Hombre en su familia.

Dios no hace las cosas sin contar con nosotros.  Para el nacimiento y el cuidado de Jesús fueron imprescindibles José y María.  Dios quiso contar con el “sí” de María al ángel y la aceptación de la misión que le encargaba a san José, aunque éste no entendiera.  Todos los seres humanos somos pieza clave para que los planes de Dios se hagan realidad y no puras fantasías.

El “sí” de la Virgen y de san José permitió que Cristo naciese y se desarrollase.  Hay otros “sí” de otras muchas personas que han colaborado para que el mundo avance en bondad.  Si este mundo no es el que deseamos, el diseñado y querido por Dios, es porque no le hemos dicho “sí” a Dios, porque no hemos arrimado el hombro para que el mensaje de Jesús sea verdaderamente salvador.  No nos quejemos de lo que no hay si no le hemos sabido decir sí a Dios.  Jesús sigue curando dolencias y sufrimientos, sanando y liberando, a condición de que le prestemos nuestros labios, nuestros ojos, nuestros pies y nuestro tiempo.

Algunas personas piensan: “qué importa que uno más o uno menos colabore y participe en la Iglesia”.  A los que piensan así hay que decirles: si la piedra dijese: una piedra no puede levantar una pared, no habría casa.  Si el hombre dijese: Un gesto de amor no puede salvar a la humanidad, no habría justicia, ni paz, ni dignidad, ni felicidad sobre la tierra.

Todos, pues, somos responsables con nuestro sí o con nuestro no de la eficacia, de la utilidad o inutilidad de la venida de Cristo al mundo.

Pidamos a María, madre de Cristo y madre nuestra y a San José que nos preparen para decirle sí a su Hijo Jesús, en esta Navidad y que lo recibamos en nuestra casa y en nuestro corazón.

lunes, 13 de diciembre de 2021

 

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

Celebramos el último domingo de Adviento y la liturgia nos propone a María como modelo de fe y de esperanza en el Señor.  Igual que ella se preparó para recibir a Jesús, así nos tenemos que preparar nosotros.

La 1ª lectura del profeta Miqueas nos dice que del pueblito de Belén nacerá el Mesías que viene a traernos la paz y la liberación.

Ahora que se acerca la Navidad, hemos de preparar nuestro corazón para celebrar con gozo y profundidad la venida del Liberador. Para ello, mientras que mucha gente se preocupa únicamente de comprar, regalar, felicitar, preparar su casa y adornarla, programar comidas y viajes, nosotros, sin despreciar nada de todo aquello, pondremos nuestra determinación más generosa en prepararnos nosotros mismos por dentro, mientras pedimos con perseverancia al Señor que nos renueve y nos permita ver el resplandor de su mirada, para que seamos salvados.

A pesar del egoísmo y del pecado de los hombres, Dios continúa preocupándose por nosotros, queriéndonos indicar qué caminos recorrer para encontrar la felicidad.

La 2ª lectura de la carta a los hebreos nos propone algo esencial para vivir auténticamente nuestra fe: Dios ya no quiere ni holocaustos, ni sacrificios, ni víctimas expiatorias sino nuestra obediencia; no quiere nuestra “muerte” sino nuestra liberación; no quiere nuestra “sangre” sino nuestro amor hasta la sangre. Dios no quiere tus cosas, Dios te quiere a ti, que le ofrezcas tu persona, que le llegues a decir: “Aquí estoy para hacer tu voluntad”

El Evangelio de San Lucas nos presenta el encuentro de dos mujeres embarazadas: María e Isabel.  Dos mujeres que se abrazan y se llenan de alegría por las maravillas que Dios ha hecho con ellas.

María va a la montaña a ayudar a su prima Isabel, que ya mayor, espera su primer hijo. En aquel encuentro emocionado en el que cruzan palabras tan bellas, Isabel  le dice: “dichosa, feliz tú porque has creído”.

Estamos en puertas de la Navidad y estamos inmersos en esta tensión de buscar regalos y compras y preparar la fiesta y desearnos felicidad en estos días. Tal vez nos preguntamos por qué, ¿por qué una sociedad cada día más secularizada celebra con tanto entusiasmo una fiesta cristiana, una de las más significativas de nuestra religión, cuando el hijo de Dios aparece hermano de los hombres, igual a nosotros? ¿No será que en el fondo deseamos y necesitamos ante todo ser felices y que esperamos serlo estos días con todo lo que damos y recibimos y el adorno de nuestras casas y la música y  todo eso?

Pero nosotros, que pretendemos ser cristianos, en víspera de la Navidad, es fácil que nos preguntemos si de verdad estamos celebrando la verdadera navidad y cómo celebrarla.

El evangelio de san Lucas que hemos escuchado nos sitúa en el verdadero camino. Estas dos mujeres son felices y proclaman su felicidad, ¿qué han hecho? María, después de acoger con fe la misión de ser madre del Salvador, se pone en camino y marcha aprisa junto a su prima, que necesita en estos momentos de su cercanía, de su ayuda: este es uno de los rasgos más característicos del cristiano, lo primero que nos va a pedir ese hijo suyo es acudir junto a quien puede estar necesitando nuestra presencia.

Hay una manera humana y cristiana de vivir que debemos recuperar en nuestros días y consiste en “acompañar a vivir” a quien lo necesite, a quien se encuentre hundido en la soledad, bloqueado por la depresión, atrapado por la enfermedad o sencillamente vacío de toda alegría y esperanza de la vida. Cuántos viven así.

María no va a la montaña en busca de su felicidad, va a ayudar a su prima, que la necesita y en esa ayuda encuentra la felicidad profunda del espíritu, el ser feliz.  El compartir genera alegría. El compartir en verdad produce un efecto de satisfacción y de alegría que viene directamente de Dios. Y tal vez, el no compartir nos empequeñece, nos desasosiega, nos avergüenza.

María en su visita a Isabel  nos dice que solo se puede ser alegre ayudando a quienes nos necesitan, en comunión con los que sufren y en solidaridad con los que lloran. Sólo puede ser feliz quien se esfuerza por hacer felices a otros. Por eso, no pretendamos ser felices solos.

Aprovechemos estas fiestas para crear solidaridad y generosidad entre todos los que convivamos. 

Antes de entrar a celebrar el Nacimiento del Hijo de Dios, es bueno que miremos a María, protagonista de la Navidad, para imitarla.  Hemos de imitar a la Virgen en su fidelidad a la voluntad de Dios. Hemos de imitar a la Virgen en su disponibilidad para servir a todos. Hemos de imitar a la Virgen en su dicha, en su alegría

Sigamos los pasos de María y con seguridad que alguien nos dirá: “feliz tu porque has creído en  el mensaje de hoy”

martes, 17 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA EL IV DOMINGO DE ADVIENTO Y NATIVIDAD DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
Con este domingo se cierra el ciclo litúrgico de Adviento. La Palabra de Dios nos ha ido preparando durante todo el Adviento para que la Navidad no sea una fiesta vacía y sin sentido, sino que nos sirva para renovar nuestro encuentro y nuestro compromiso con Jesús.
 
En la 1ª lectura, del profeta Isaías, Dios dialoga con Ajaz y le dice que le pida una señal.  Pero el rey no tiene interés en pedirle algo a Dios. En realidad, le trae sin cuidado lo que Dios diga. Ajaz vive de espaldas al designio divino y no cuenta con Dios en sus planes.
 
No resulta difícil encontrar un paralelismo entre esta situación y nuestra situación social actual. Nuestra sociedad vive de espaldas a Dios. Como Ajaz, no ama a Dios, no le interesa, mira para otro lado, no quiere saber de Dios porque lo ha expulsado de su vida.
 
Ajaz confiaba más en la seguridad de los ejércitos extranjeros que en Dios. ¿En qué pone el hombre de hoy su confianza y su esperanza? Para que tengamos una sociedad más justa y fraterna, ¿es en los políticos en quienes podemos confiar? Para sentirnos seguros y confortables, ¿es en el dinero en quien hemos de confiar? Para evitar la enfermedad y la muerte, ¿debemos confiar solamente en los nuevos medicamentos o en los progresos de la medicina?
 
Ajaz no quiso o no supo “leer” los “signos” que Dios colocó delante de sus ojos, no consiguió realizar la elección acertada y acabó conduciendo a su Pueblo por caminos de muerte y de desgracia. Esto nos sitúa ante el problema de las “señales”; un error en la lectura del radar puede destrozar un avión o un navío; una falla en la señalización luminosa, causa un desastre.
 
¿Estamos atentos a las “señales” que Dios coloca en el camino de nuestra vida a través de los cuales nos indica el camino a seguir, o caminamos en una alegre inconsciencia, a favor de corriente, desviándonos por atajos que nos apartan del objetivo y que nos hacen sufrir?  ¿Confiamos de verdad en Dios?, o ¿buscamos soluciones por otro lado al margen de Dios?
 
La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos lleva a descubrir que nuestra vocación y el verdadero reto que tenemos como cristianos es llevar a toda persona la Buena Noticia de la Salvación, es decir, todos debemos proclamar el Evangelio.  
 
Ser apóstoles del Señor, ser cristianos no es una carga, sino una gracia, un verdadero privilegio, ya que Dios nos ha escogido para realizar la obra de la salvación.  Anunciar el Evangelio, tarea que todos debemos hacer, hay que hacerlo con amor y con espíritu de servicio. 
 
El evangelio de San Mateo nos ha narrado la “anunciación a san José”.
 
En la anunciación a san José el ángel le pide que le ponga al niño Dios el nombre de Jesús, porque Él es el Emmanuel, es decir el Dios con nosotros.
 
Dios está con nosotros. Está con los que lo invocan y con los que lo ignoran, pues habita en todo corazón humano, acompañando a cada uno en sus gozos y sus penas. Nadie vive sin su bendición.
 
Dios está con nosotros. No grita. No fuerza a nadie. Respeta siempre. Es nuestro mejor amigo. Nos atrae hacia lo bueno, lo hermoso, lo justo. En Él podemos encontrar luz humilde y fuerza vigorosa para enfrentarnos a la dureza de la vida y al misterio de la muerte.
 
Dios está con nosotros. Cuando nadie nos comprende, Él nos acoge. En momentos de dolor y depresión, nos consuela. En la debilidad y la impotencia nos sostiene. Siempre nos está invitando a amar la vida, a cuidarla y hacerla siempre mejor.
 
Dios está con nosotros. Está en los oprimidos defendiendo su dignidad, y en los que luchan contra la opresión alentando su esfuerzo. Y en todos está llamándonos a construir una vida más justa y fraterna, más digna para todos, empezando por los últimos.
 
Dios está con nosotros. Despierta nuestra responsabilidad y pone en pie nuestra dignidad. Fortalece nuestro espíritu para no terminar esclavos de cualquier ídolo. Está con nosotros salvando lo que nosotros podemos echar a perder.
 
Dios está con nosotros. Está en la vida y estará en la muerte. Nos acompaña cada día y nos acogerá en la hora final. También entonces estará abrazando a cada hijo o hija, rescatándonos para la vida eterna.
 
Dios está con nosotros. Esto es lo que celebramos los cristianos en las fiestas de Navidad. Esta fe sostiene nuestra esperanza y pone alegría en nuestras vidas.
 
Hermanos, preparemos la Navidad, preparemos nuestra propia Navidad, la de cada uno de nosotros, dejemos que la Palabra de Dios, crezca en nuestro interior hasta que un día ilumine con todo su resplandor nuestra vida.
 
Si dejamos que Jesús nazca en nosotros seremos mucho más felices y ayudaremos a ser felices también a quienes nos rodean.
 

NATIVIDAD DEL SEÑOR 

Hoy nos ha nacido un Niño que con el correr del tiempo se ha manifestado como verdadero Dios y verdadero hombre. Él ha cambiado el rostro de la historia y es el parte aguas de esta historia en la cual los hombres podemos encontrar la paz y la dicha que tanto necesitamos en un mundo tan lleno de pruebas y tribulaciones, pero que necesita también vivir de esperanza, anhelando una era de concordia, en la cual todos nos reconozcamos como hermanos, bajo la mirada de nuestro Padre común, quien ha querido que su Hijo se hiciera hombre para mostrarnos su maravilloso plan de salvación. Contemplemos pues, hoy, a Jesús que nace en un pesebre en Belén, en compañía de San José y María su Madre.
 
La celebración de la Navidad es tan rica de contenido y -al mismo tiempo- decimos y oímos estos días tantas palabras sobre la Navidad, que no es fácil que muchos celebren una Navidad cristiana.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad no se quede fuera de nosotros, para que la Navidad entre realmente en nosotros, en el corazón de nuestra vida? En algunos de nuestros hogares hemos hecho una representación sencilla del Nacimiento, un Belén. Es como un símbolo de lo que quisiéramos: que la Navidad entre y esté en el hogar de nuestra vida. Que no sea sólo una fiesta externa sino también que sea una gracia de Dios que se haga presente en nuestra vida y la fecunde.
 
En muchas de las palabras que escuchamos estos días, la Navidad es como una efusión de buenos deseos, de sentimientos de paz y de bondad, de fraternidad. Y esto está muy bien, es bueno que en casi todo nuestro mundo hoy los hombres y las mujeres parezcamos mejores de lo que somos porque es como si nos dijéramos: ¡Así querríamos ser!, ¡Así querríamos que fuera nuestra sociedad! Pero también es verdad que sabemos que este ambiente pasará y probablemente todo volverá a ser como antes, porque estas buenas palabras, estos buenos deseos, muchas veces sabemos que están faltos de la necesaria fuerza interior, del necesario peso de realidad, para que sean algo más que buenas palabras y buenos sentimientos.
 
Y diría también que para nosotros, los cristianos que queremos celebrar religiosamente la Navidad, es posible que fácilmente la vivamos demasiado como un recuerdo, casi como una nostalgia. Y, si es así, tampoco nuestra celebración tendrá suficiente fuerza ni suficiente peso real para cambiar algo en nuestra vida.
 
Es bueno que recordemos aquel hecho sucedido hace más de dos mil años, allí, en las afueras de Belén, entre aquella gente sencilla del pueblo. Es bueno, evidentemente, que recordemos lo que fue anunciado en aquella noche como “la buena noticia, la gran alegría para todo el pueblo”. Pero si para nosotros la Navidad es sólo un hermoso recuerdo, un hecho del pasado que ya pasó (como si no fuera un hecho también de nuestro hoy y aún de nuestro futuro), entonces tampoco tiene bastante fuerza para entrar en nuestra vida y cambiar algo en ella.
 
¿Qué podemos hacer para que la Navidad entre realmente en el corazón de nuestra vida y en ella tenga fuerza, peso real? No bastan las buenas palabras y los buenos deseos, no basta el simple recuerdo de aquella antigua noche aunque sea un recuerdo conmovedor. Me parece que lo fundamental, lo decisivo en nuestra celebración cristiana de la Navidad, es que la vivamos como una gracia de Dios, como un don de Dios. O dicho de otro modo, como una nueva venida de Dios a nosotros, a cada uno de nosotros.
 
Decimos a veces que la Navidad se ha de vivir de algún modo con espíritu de niño. Y es verdad si quiere decir que, como los niños, no hemos de poner nuestra confianza tanto en nosotros como en los demás. Es decir, que hemos de valorar más lo que recibimos que no lo que damos. Celebrar la Navidad quiere decir, sobre todo, darnos cuenta de que Dios comparte nuestra vida (en la debilidad), hace camino con nosotros. Por eso es, sobre todo, la celebración de la gran gracia y del gran don: Dios no nos ha hecho sólo a su imagen y semejanza sino que ha querido injertar su vida personal -injertarse Él mismo- en la historia del hombre al hacerse carne, al hacerse hombre.
 
Por eso la Navidad es una invitación actual, dirigida a cada uno de nosotros. Dios ha establecido una nueva relación con cada hombre por el hecho que Él ha plantado su tienda entre nosotros, por el hecho que se ha hecho “Jesús”, es decir, un hombre concreto, hijo de una madre, nacido en una familia del pueblo. Desde aquel momento, Dios no es ya sólo el Padre que está en el cielo, sino un hombre que ha seguido un camino humano que culminó en su acto total de amor por cada hombre al entregar su vida hasta la muerte.
 
Conseguir que la Navidad entre en el corazón de nuestra vida, es abrirnos a esta buena noticia, a esta gran alegría para todo el pueblo: Dios es también nuestro hermano, el hombre Jesús de Nazaret. Que hoy quiere ser recordado como el Niño envuelto en pañales y acostado en el pesebre de las afueras de Belén para que ninguno de nosotros tema acercarse a Él.
 
La ternura que suscita el nacimiento de cualquier niño se enriquece además hoy por el sorprendente anuncio: este Niño es Dios-con-nosotros. Y de ahí surge una invitación a cada hombre para que tengamos una relación distinta     -más humana- con este Dios que comparte nuestra humanidad.
 
Esta es la buena noticia, la gran alegría que celebramos en la Eucaristía de este día. Porque, además, ya que Dios se ha hecho carne, puede ser también el pan y el vino que alimenta y alegra nuestro corazón, nuestro camino de cada día, nuestro amor abierto a todos los hermanos.