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martes, 14 de enero de 2020

II DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

 
Con este Domingo comenzamos el llamado Tiempo Ordinario, que es una serie de treinta y cuatro semanas, divididas en dos partes.   En este tiempo vamos a hacer un recorrido por la vida pública de Jesús, por sus hechos más significativos que nos narran los evangelistas.
 

 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de la vocación.  Se nos invita a tomar conciencia de la vocación a la que se nos llama y de sus implicaciones. La vocación no es algo que únicamente corresponde y compromete a algunas personas especiales, sino que se trata de un desafío que Dios hace a cada uno de sus hijos, que a todos implica y que a todos compromete.
 

Estamos en un mundo en el que predomina la globalización.  La mayoría de los jóvenes visten igual; nuestras casas son decoradas muy parecidamente y de todo esto se encarga la televisión y los medios de comunicación de que todo esto sea así, y todavía más y lo que es peor, de que todos los hombres, en general, piensen igual, les gusten a misma música, las marcas de coches y el mismo standard de vida.


La realidad es que se ha conseguido un mundo de seres uniformes en los que el individuo se pierde completamente en la masa, olvidando el sentido de su identidad.

 
Por eso resulta hoy sorprendente la lectura de Isaías en la que nos encontramos con un Dios que llama personalmente a los suyos, a cada uno de los suyos, desde el vientre de su madre. Nada de masa, nada de hombres sin nombre ni rostro. El Señor ha pensado en cada uno de nosotros y nos ha llamado por nuestro nombre marcándonos un camino singular y particular que hemos de responder personalmente a esa llamada personal.
 

“Te hago luz de las naciones” dice hoy el Señor por boca del Profeta Isaías. Aceptar esa misión supone responsabilidad y compromiso personal, algo a lo que no estamos demasiado acostumbrados; aceptar esa misión supone actuar, decidir, elegir, vivir, en una palabra. Sin todas esas realidades no puede decirse que tengamos auténtica vida cristiana de la misma manera que, si en lo humano no actuamos, decidimos, elegimos, no tenemos vida.
 

San Pablo en su 1ª carta a los Corintios nos desea la gracia y la paz de Dios nuestro Padre.  La paz es el gran regalo que Dios nos puede conceder porque, parece que los hombres, no acertamos a encontrarla por nuestra propia cuenta.  Hay demasiadas guerras, demasiados conflictos. 
 

La paz es nuestra gran responsabilidad.  Debemos ser constructores de la paz. Lograremos construir la paz cuando conquistemos la meta a la que Dios nos llama a todos: la santidad.  Dios nos llama a todos los hombres a la santidad.  Es decir, a acoger a Dios en nuestra vida y vivir de acuerdo a los valores del Reino de Dios.

El evangelio de san Juan nos presenta a Juan el Bautista señalando a Jesús como “el Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”

Tenemos que vivir y experimentar a Jesús como “cordero de Dios”, tenemos que sentir a Jesús como el gran liberador, que no está de acuerdo con las injusticias; tenemos que mirar a Jesús como quien construye la unidad contra el individualismo y el egoísmo; tenemos que saber que Jesús nos purifica y nos perdona, aun viviendo en este ambiente de corrupción y de pecado en el que nos encontramos.

Jesús es el “Cordero de Dios, el que quita el pecado del mundo”.  Con frecuencia los mismos cristianos hemos olvidado el significado de pecado. Lo hemos reducido a una especie de mancha o de impureza en el “alma”, pero el pecado es algo mucho más profundo que rompe la relación del hombre con sus hermanos y termina destruyendo la comunidad. Si no vivimos felices, si no vivimos en plenitud, si hay injusticias, egoísmos, mentiras y ambición es porque el pecado se ha apoderado de nuestras vidas. 

Hay quien no quiere llamar pecado a las cosas, pero el pecado es una realidad tanto en nuestra vida, como en la sociedad.  El pecado es toda esa maldad que nos impide ser felices. Por eso cuando Juan nos presenta a Jesús nos está anunciando que Dios está de nuestra parte en esta lucha contra todo mal e injusticia.

Jesús nos ofrece todo su amor, su apoyo y fortaleza, para librarnos del mal y poder vivir en armonía, felicidad y plenitud.  Pero nosotros no podemos quedarnos sin hacer nada.  Cristo quita el pecado y es el único que lo puede hacer, pero nosotros tenemos también que luchar sincera, honesta y tenazmente contra el mal.

Cristo es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, pero nosotros somos sus discípulos y también debemos emprender una lucha sin cuartel contra todo lo que sea pecado, el pecado que mata y divide, el que provoca hambre y desigualdades, el que engaña, el que denigra y humilla. 

Hoy nosotros no podemos ser cómplices silenciosos de tanta injusticia. Callar es un pecado cuando se está destruyendo la naturaleza, la fraternidad y la convivencia.

La fuerza y la gracia de Jesús nos acompañan hoy y siempre en la lucha sincera contra la maldad personal y comunitaria.  No podemos quedarnos indiferentes ante el pecado.

 

martes, 7 de enero de 2020

EL BAUTISMO DEL SEÑOR (CICLO A)
El lunes celebrábamos la fiesta de la Epifanía, es decir, la Manifestación del Señor a todos los pueblos de la tierra.  Y hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor que es la manifestación de Dios que proclama a Jesús como su Hijo amado, que vino al mundo con la misión de salvar y liberar a los hombres. 
 
La 1ª lectura, del profeta Isaías nos decía: “La caña cascada no la quebrará, la mecha vacilante no la apagará”. 
 
La caña cascada ya no sirve para nada, le falta consistencia. Mejor es tirarla, terminar de quebrarla, hacerla astillas para el fuego. Y la mecha que humea da poca luz, apenas si alumbra. También dan ganas de apagarla de una vez y encender otra luz más fuerte y segura.  Así pensamos los hombres.
 
Tenemos poca paciencia los unos con los otros.  Nos aguantamos con dificultad, nos echamos en cara los defectos, prescindimos rápidamente de los que nos estorban, eliminamos a los que no rinden.  Dios no actúa así, Dios sabe esperar, Dios tiene una gran paciencia. Y al débil lo anima para que siga caminando, al que está triste le infunde la esperanza de una eterna alegría, y al que lucha y se afana le promete una victoria final, una victoria definitiva.
 
La 2ª lectura, de los Hechos de los Apóstoles, nos dice que Jesús “pasó por el mundo haciendo el bien” y liberando a todos los que vivían oprimidos. Nosotros también debemos pasar por el mundo haciendo el bien.  Como bautizados debemos dar testimonio con gestos concretos de la bondad, la misericordia, el perdón y el amor de Dios por los hombres.  Hemos de comprometernos a liberar a los oprimidos por el demonio del egoísmo, de la injusticia, de la explotación, de la soledad, de la enfermedad, del analfabetismo, del sufrimiento.
 
También nos decía hoy la 2ª lectura que “Dios no hace acepción de personas”.  Por ello, nosotros hemos de aceptar a todos las personas, hemos de reconocer la igualdad y la dignidad de todo ser humano.  No podemos, ni debemos discriminar a nadie por su color, raza, sexo, etc.
 
El Evangelio de san Mateo nos ha narrado el bautismo de Jesús en el río Jordán por Juan el Bautista.  El bautismo de Jesús marcó el comienzo de su actividad pública como Mesías de Dios.
 
El bautismo de Juan el Bautista era un signo de muerte y de vida nueva: los que lo recibían se sumergían bajo el agua para indicar que allí quedaba sepultada todas sus injusticias y pecados que habían cometido, indicando con ello que daban muerte al estilo de vida que habían llevado hasta entonces.  La salida del agua era el signo de un compromiso: no volver a comportarse como antes, sino tratar de poner en práctica la justicia de Dios.
 
Jesús pide el Bautismo de Juan, pero Él estaba totalmente limpio y no tenía nada de qué arrepentirse, por eso Juan el Bautista se resistía a bautizarlo.  Jesús no era cómplice ni mucho menos culpable de ninguna injusticia, ni tenía ningún pecado.
 
Jesús se bautizó porque quiso ser solidario con los pecadores.  Quiso mezclarse con los pecadores, quiso ponerse al lado de la gente de mal vivir.  Toda la vida del Señor fue buscar a los pecadores para salvarlos, para que cambiaran de vida y construyeran una sociedad en la que nadie tuviera que robar, matar ni cometer injusticias, una sociedad donde nadie quedara excluido.
 
Otra razón por la cual Jesús se bautizó fue para comprometerse a morir por la humanidad.  Jesús no tenía que morir a ninguna injusticia, su bautismo fue el anuncio de la muerte que estaba dispuesto a sufrir.  Al bautizarse Jesús se está comprometiendo a cumplir todo lo que Dios quiere, es decir, a luchar por una humanidad nueva que viva la fraternidad y la solidaridad.
 
El bautismo de Jesús nos invita a pensar hoy en nuestro bautismo.  Muchos ven el bautismo como una fiesta social, o como un pretexto para una fiesta familiar.  Otros lo ven como un requisito, pero el bautismo no es un pasaporte a la eternidad.  El bautismo es un regalo de Dios y un compromiso personal de vivir al estilo de Jesús. 
 
El bautismo nos tiene que llevar a renunciar al pecado, al egoísmo y a la cultura de la muerte, y al compromiso de creer firmemente en Dios.  Por el bautismo formamos parte del Cuerpo Místico de Cristo y nos hacemos templos del Espíritu Santo.
 
Hoy, algunas personas piden el bautismo para sus hijos pero sin someterse a ninguna reflexión sobre la responsabilidad de educar en la fe a esos hijos, sin aceptar, por tanto, ninguna preparación, o haciéndolo a regañadientes.
 
El bautismo no es un rito mágico. El bautismo ha de partir de la fe, porque nos hace Hijos de Dios y nos hace formar parte de una gran familia.
 
Preguntémonos hoy: ¿Qué sentido le hemos dado a nuestro bautismo? ¿Cómo estoy viviendo mi dignidad de Hijo de Dios? ¿Cómo estoy viviendo mis compromisos bautismales?
 
 

jueves, 2 de enero de 2020

HOMILÍAS PARA EL II DOMINGO DE NAVIDAD Y PARA LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
II DOMINGO DE NAVIDAD (CICLO A)
 
Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor. Y lo es, además, porque mañana celebraremos la Epifanía.
 
La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias. 
 
Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.
 
La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.
 
Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.
 
La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.
 
Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.
 
El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.
 
“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.
 
Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.
 
Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron”
 
Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.
 
Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.
 
Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo! 
 
Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica”
 
Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”.
 
Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.
 
LA EPIFANÍA DEL SEÑOR. (CICLO A)
 
Estamos celebrando hoy la fiesta de la Epifanía del Señor, la manifestación de Jesús al mundo.
 

Ya desde muy antiguo, el pueblo de Israel ha esperado el nacimiento del Mesías.  La 1ª lectura, del profeta Isaías nos habla de ese Mesías que tenía que venir.  El pueblo vive en la esperanza de que nazca un día ese Salvador esperado, y esa esperanza se ha hecho ya realidad.   Eso es lo que nos presenta el evangelio de hoy: los paganos, los pueblos que no creían o no conocían a Dios, se ponen en camino hacia Cristo.  Hay 2 posturas ante Cristo que viene: la indiferencia, el miedo, la sospecha, y la otra postura: la búsqueda y la adoración.
 
Existe, pues, la postura de apartarse de Dios o de comprometerse con Dios.  Los magos son esas personas que buscan a Dios, que lo dejan todo y se ponen en movimiento a buscar al Niño que ha nacido, a buscar al Mesías, al Salvador.
 
La fiesta de la Epifanía o de los santos Reyes tiene un profundo significado muy actual y necesario para nuestra vida de cristianos.  Jesús se manifiesta como luz para todas las naciones.  Cristo no ha venido sólo para salvar a un pueblo, sino que se ha hecho hombre para salvar a todos los pueblos de la tierra, a toda la humanidad.
 
La estrella que guía a los magos busca iluminar a todos los pueblos y naciones para que seamos una sola familia.   Constantemente se ha afirmado que el mundo ahora ya no son naciones separadas, sino que es como una gran aldea donde todos participan de la misma suerte, de las mismas noticias y viven los mismos acontecimientos. Pero, si bien es cierto que los medios de comunicación y comercialización han reducido el mundo a una aldea, también es cierto que las fronteras se hacen cada vez más duras, las discriminaciones más absurdas y los individualismos más obstinados.
 
La fiesta de la Epifanía nos invita a abrir nuestra manera de ver el mundo y creer que es posible construir un mundo donde todos vivamos como hermanos.  Donde a nadie veamos como un adversario, sino como un hermano con el cual podemos compartir todo lo que somos y hacemos.  Cristo viene a hacer posible esos nuevos lazos de hermandad entre todos los hombres.
 
La estrella de oriente hizo levantar a los magos de su comodidad y lanzarse a descubrir a Cristo, el nuevo Rey. Esa misma estrella causa terror e irritación a Herodes que siente que sus intereses se ven amenazados. Hoy sucede lo mismo, al escuchar la Palabra de Dios surgen en nosotros deseos por construir un mundo nuevo; pero a la vez hay personas que al escuchar la Palabra de Dios se sienten ofendidos porque ven amenazados sus intereses y su poder.
 
Sin embargo la luz de Cristo sigue brillando para nosotros y para nuestro tiempo.  Toda persona que busca a Jesús y se encuentra con el Niño Dios sabe que Jesús es su salvador y liberador y que nos invita a toda la humanidad a formar una sola familia.
 
Contemplar y seguir la estrella de Belén tendría que hacer que todos nosotros dejáramos atrás el individualismo, ya que si Dios no hace distinción de personas, tampoco nosotros deberíamos de hacerlas.  Hemos de hacer realidad aquello de que “todo hombre, todo ser humano, es mi hermano”.  No existe razón alguna para despreciar a nadie, ni por su raza, ni por su lengua, ni por su religión, ni por su particular cultura, ni por su condición social, ni por ninguna razón. Si Cristo se hace carne humana, si participa de la suerte de todo hombre ¿por qué nosotros vamos a vivir la discriminación y las distinciones absurdas?
 
La estrella de Belén nos ofrece una nueva luz y una nueva propuesta para nuestro mundo herido de gravedad por el individualismo, la injusticia y las divisiones. También hoy, se dirige a la familia humana profundamente marcada por una grave crisis económica y moral, y por las dolorosas heridas de guerras y conflictos y nos invita como hizo con los magos diciéndonos: “Id a Belén”. Si hacemos caso a esta estrella, allí encontraremos a Cristo, nuestra esperanza. Allí encontraremos razones para levantarnos de nuestras caídas y desencuentros, allí fortaleceremos nuestros ideales y nuestras luchas. Contemplar a Cristo, que no dudó en tomar carne para hacerse uno de nosotros, nos animará a descubrir los lazos que unen a toda la humanidad: todos somos hijos de Dios. Nuestro padre es un Dios para todos sin distinciones ni discriminaciones.
 
Día de Epifanía es día para despertar los mejores ideales tanto individuales como colectivos. Es descubrir esa luz que vence a la oscuridad, es reconocer que el cielo está siempre abierto y que hay estrellas para guiar nuestros pasos, que hay ángeles humanos a nuestro lado, que podemos hacernos tiernos como niños, que el mundo puede ser nuevo y que Dios, Padre Bueno, se hace presente en nuestras oscuridades y desconciertos para mostrarnos el rumbo cierto. El día de Epifanía surgen muchas preguntas que deberemos responder con toda sinceridad: ¿Cuáles son mis ideales por los cuáles vale la pena luchar? ¿Cómo estoy abriendo mi corazón a todos los hombres? ¿Cómo lograremos superar las divisiones y los individualismos en que nos ha encerrado este mundo materialista?
 
Nuestro mundo vive alejado de muchas maneras de Dios, pero es necesario que haya una estrella encendida para que aquellos que están en actitud de búsqueda la puedan seguir y encontrar a Cristo. 

 

 

 
 
 
 
 

 

 

jueves, 26 de diciembre de 2019

HOMILÍAS PARA LA SAGRADA FAMILIA Y SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS. (CICLO A)
 
LA SAGRADA FAMILIA (CICLO A)
 
En este último domingo del año celebramos una fiesta entrañable. En el ambiente de la Navidad tenemos un recuerdo de la familia de Jesús, María y José en Nazaret. No sabemos muchas cosas de su vida. Pero una sí es segura: Jesús quiso nacer y vivir en una familia, quiso experimentar nuestra existencia humana y por añadidura, en una familia pobre, trabajadora, que tendría muchos momentos de paz y serenidad, pero que también supo de estrecheces económicas, de emigración, de persecución y de muerte.
 
La familia es la promotora y educadora de la fe. Sólo se puede aprender y asimilar el verdadero amor de Dios, viviéndolo en comunidad, y la primera y mejor comunidad es la familia. La familia da la verdadera sustancia de la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el inicio de las relaciones interpersonales más cercanas como con los parientes, las amistades y el pequeño grupo; sino que también da el verdadero sentido de la comunidad humana, como en las relaciones sociales, económicas y políticas.
 
Jesús encuentra en José y María el pequeño círculo que lo va haciendo madurar y entender la protección de su Padre Dios. Con ellos aprende las oraciones de todo judío, las tradiciones y las costumbres, que le descubren a un Dios que es fiel a su pueblo. Pero al mismo tiempo queda abierto para la nueva experiencia del amor con los demás, de la universalidad del amor de su Padre Dios y del verdadero culto y adoración al Señor.
 
¿Qué sentido de Dios vivimos en la familia? ¿Hay una verdadera educación y enseñanza del amor de Dios, de la búsqueda de la hermandad y del sentido de nuestras prácticas religiosas? ¿Es nuestra familia una oportunidad de encuentro con Dios?
 
A Jesús se le conoce como “el hijo de José el carpintero”. Como en todos nuestros pueblos y comunidades aprendería desde pequeño el mismo oficio de su padre José, y sabría la forma de irse ganando la vida, confiando en la providencia pero “sudando para llevar el pan a la mesa”. Sin embargo la migración y el cambio de sistema, no favorecen ni la convivencia ni la educación para el trabajo.
 
Los niños y los jóvenes pasan demasiado tiempo ociosos, solos y sin beneficio. O bien, desde muy pequeños son obligados a sostener y aportar a las familias, no en compañía de los padres, sino con riesgos y peligros del trabajo en la calle o en economías informales. El estar sin trabajo durante mucho tiempo, o la dependencia prolongada de la asistencia pública o privada, mina la libertad y la creatividad de la persona y sus relaciones familiares y sociales, con graves daños en el plano psicológico y espiritual.
 
Los salarios, con su raquítico aumento frente a la constante inflación, no permiten una sana educación, una buena alimentación, y un tiempo de eficaz convivencia. Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona ¿Cómo vivir más y mejores momentos de relación entre padres e hijos y aun con la misma pareja? Son fuertes retos que tiene que afrontar toda familia.
 
La educación, el ir creciendo de la mano de los padres, se ha ido perdiendo y va quedando bajo la responsabilidad de la escuela, de la calle y de los medios de comunicación. Y aunque hay quienes aportan y ofrecen medios para hacer madurar la persona, son tan pocos y están tan opacados, que es difícil que lleguen a la mayoría de los niños y los jóvenes, que frecuentemente se ven sometidos a un bombardeo y agresiva oferta de pornografía y permisividad que los ahoga y los induce al alcohol, a la droga y al vida fácil.
 
No se educa para el amor ni para la responsabilidad. No se enseña a tener iniciativas propositivas y planes formativos. No se propicia un ambiente de servicio y de compartir, sino de competencia, individualismo y gozo personal. ¿Qué tendríamos que cambiar para educar mejor a los jóvenes y a los niños?
 
Nos vemos amenazados, además, por graves problemas de secuestros, de trata de menores, de pornografía, de drogadicción y pandillerismo, y optamos por encerrarnos y proteger cuanto podemos a los pequeños, pero apenas se les ofrece libertad, la confunden con libertinaje, con corrupción y ambición.
 
Hoy más que nunca tenemos que buscar caminos que fortalezcan la familia, la pareja, la relación entre los hermanos y la convivencia con los demás. El modelo de la Sagrada Familia aparece como un ideal al que debemos tender: crecer en edad, sabiduría y gracia delante de Dios y de los hombres. ¿En qué tendremos que poner más atención para mejorar nuestras familias? ¿Buscamos a los hijos como lo hacían María y José?
 
Pidamos hoy a Dios nuestro Padre, Él que nos dio en la Sagrada Familia de su Hijo un modelo perfecto para nuestras familias, que sepamos practicar las virtudes domésticas y estar unidos por los lazos del amor para que podamos ir un día a gozar con la Sagrada Familia de las alegrías eternas.
 
 
SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS (CICLO A)
Estamos iniciando un nuevo año civil, el año 2020 y lo hacemos celebrando hoy la fiesta de Santa María, Madre de Dios y la Jornada Mundial de la Paz.
 
 
Hoy primer día de este nuevo año, hoy empezamos a escribir, ya desde este momento, los nuevos renglones de un año más de nuestra existencia. Por eso con el corazón agradecido, levantamos el ánimo y acogemos como nuestra la bendición que nos ofrece el libro de los Números: “Que el Señor te bendiga y te proteja, haga resplandecer su rostro sobre ti y te conceda su favor. Que el Señor te mire con benevolencia y te conceda la paz” 

 
Hoy, los sacerdotes del antiguo Israel invocaban en la liturgia, sobre todo en el año nuevo, la bendición y la paz de Dios sobre todo el pueblo.
 
Pero nosotros los cristianos tenemos motivos muchos más plenos para alegrarnos y esperar que Dios bendiga nuestro nuevo año, haciendo prosperar la paz en torno nuestro.  La razón es como nos ha dicho hoy S. Pablo: “Dios envió a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estábamos bajo la ley, a fin de hacernos hijos suyos”.
        
El Hijo de Dios se ha hecho hombre en el seno de la Virgen María, para que nosotros los hombres, seamos hijos adoptivos de Dios.  Por eso podemos decir llenos de confianza: Abba, Padre.
        
Somos hijos de Dios, no esclavos.  Esa es la mejor perspectiva del año que empieza.  A lo largo de sus 12 meses podremos encontrarnos con dificultades de todo tipo.  Podremos caer enfermos, sufrir, etc.  Pero no estamos solos.  ¡Somos hijos!  Pertenecemos a la familia de Dios.  No podemos dejarnos dominar por el pesimismo o la angustia.  Nos ha nacido Jesús, el Dios-con-nosotros que nos salva.   Y Jesús nos ha enseñado que Dios es Todopoderoso y que lo podemos llamar Padre. 
 
El recuerdo de la Virgen María, hace aún más agradable esta buena noticia.  Ella, María de Nazaret, una humilde joven de pueblo, fue elegida de Dios para traer a este mundo al Salvador.  Y hoy, 1 de enero, los cristianos le dedicamos una de las fiestas más solemnes del año, recordando y celebrando su maternidad: Santa María, madre de Dios.
 
Hoy también estamos celebrando la Jornada Mundial de la Paz.  El tema que este año 2020 ha escogido el Papa Francisco es: “La paz como camino de esperanza: diálogo, reconciliación y conversión ecológica”.
 
1. La paz, camino de esperanza ante los obstáculos y las pruebas
“Nuestra comunidad humana lleva, en la memoria y en la carne, los signos de las guerras y de los conflictos que se han producido, con una capacidad destructiva creciente, y que no dejan de afectar especialmente a los más pobres y a los más débiles”
 
2. La paz, camino de escucha basado en la memoria, en la solidaridad y en la fraternidad
“Muchos ofrecen en todo el mundo a las generaciones futuras el servicio esencial de la memoria, que debe mantenerse no solo para evitar cometer nuevamente los mismos errores… sino también para que esta, fruto de la experiencia, constituya la raíz y sugiera el camino para las decisiones de paz presentes y futuras”, sostiene el Papa.
 
3. La paz, camino de reconciliación en la comunión fraterna
Se trata de abandonar el deseo de dominar a los demás y aprender a verse como personas, como hijos de Dios, como hermanos. “Lo que afirmamos de la paz en el ámbito social vale también en lo político y económico, puesto que la cuestión de la paz impregna todas las dimensiones de la vida comunitaria: nunca habrá una paz verdadera a menos que seamos capaces de construir un sistema económico más justo”.
 
4. La paz, camino de conversión ecológica
La falta de respeto por la Casa común y la explotación abusiva de los recursos naturales, hace que necesitemos una conversión ecológica.
 
5. Se alcanza tanto cuanto se espera
“La paz no se logra si no se la espera”, indica el Papa y continúa: “Se trata de creer en la posibilidad de la paz, de creer que el otro tiene nuestra misma necesidad de paz” La cultura del encuentro entre hermanos y hermanas rompe con la cultura de la amenaza.