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lunes, 16 de noviembre de 2020

 

JESUCRISTO, REY DEL UNIVERSO (CICLO A)

Hoy celebramos la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo.   Hoy es el final del año litúrgico cristiano.   La fiesta de “Jesucristo, Rey del universo” es la culminación de todas las fiestas del Señor que hemos celebrado a lo largo del año. 

La 1ª lectura, del profeta Ezequiel, utilizaba la imagen del Buen Pastor para representar a Dios y para definir su relación con los hombres.  La imagen del Buen Pastor nos muestra la preocupación, el cariño, el cuidado, el amor de Dios por su Pueblo.  

En el Antiguo Testamento al rey se le representaba muchas veces bajo la figura del pastor que debía hacer justicia de acuerdo a las necesidades de cada uno de las personas de su pueblo.  Sin embargo, esto no había sido así. 

Apacentarse a uno mismo, y no apacentar al pueblo, es provocar la corrupción política, económica...; apacentarse, y no apacentar, es buscar el lucro por encima del interés del pueblo, es dar puestos de trabajo al compañero del partido por encima de la valía de otras personas mucho mejor preparadas; apacentarse, y no apacentar, es engañar al pueblo sencillo prometiendo y no dando. 

Apacentar es estar cerca del oprimido, del pobre, del que no puede devolvernos nada porque nada tiene. Apacentar es tratar con el marginado, con el pobre que recorre nuestras calles para poder malvivir. Apacentar es salir en defensa del desvalido frente a los poderosos y prepotentes de la vida. 

Trabajemos todos por una sociedad más justa que es lo que todos anhelamos y es la meta que todos deseamos para vivir en un mundo más feliz.  Esto es lo que esperamos y deseamos de todas las autoridades: que hagan justicia igual para todos y que construyan un mundo más justo.  

La 2ª lectura de la primera carta de San Pablo a los Corintios nos dice que la meta final del hombre es el Reino de Dios. 

Contrariamente a lo que suelen prometer las autoridades y gobernantes de este mundo, Cristo promete a sus discípulos, a quienes quieran pertenecer a su Reino: sufrimientos, persecuciones, duros trabajos, etc.  Parece que este no es un programa demasiado atractivo comparado con lo que ofrecen los gobernantes: triunfo, éxitos, puestos importantes, seguridad, comodidades, etc.  Pero hay algo especial que ofrece el mensaje de Jesús y que no pueden ofrecernos los demás.  Es lo que nos decía hoy san Pablo: “Cristo ha resucitado de entre los muertos”… “en Cristo todos serán vivificados.” 

Con la destrucción de la muerte, Cristo ha destruido también todo poder y dominación del maligno en este mundo y así un día, cuando llegue la total purificación y destrucción de todo mal en el mundo, podremos reinar también nosotros con Cristo en el cielo para siempre.  Ese es nuestro destino, esa es nuestra meta: el Cielo. 

El evangelio de San Mateo, nos presentaba ese juicio de Dios, ese encuentro último y definitivo de Jesucristo Rey del Universo con todos los hombres y mujeres de todas las naciones, de toda la humanidad. 

Dios no está lejos, Dios está cerca, nos lo decía el evangelio de hoy.  Dios está en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el marginado.  Y Jesús nos dice hoy que no son nuestras creencias ni nuestros sentimientos, ni nuestras palabras lo que va a tener en cuenta para salvarnos, sino nuestras obras de ayuda solidaria.  Es decir el amor al hermano necesitado, es por tanto, la condición esencial para formar parte del Reino de Dios. 

No nos confundamos, no nos escudemos diciendo que el bienestar de los pobres depende de los políticos, no se trata de hacer política o no, sino de pensar a quiénes estamos apoyando nosotros como cristianos.  Un creyente debe apoyar a las organizaciones que favorezcan mejor a los más necesitados y abandonados. 

Hoy como siempre se nos pide dar un vaso de agua a quien encontremos sediento, pero además se nos pide ir transformando nuestra sociedad con justicia, al servicio de los más necesitado y desposeídos. 

Dios reina donde hay hombres y mujeres, cuya preocupación no es sólo trabajar para ganar dinero, sino que su vocación es hacer el bien no sólo gratuitamente sino también eficazmente, por eso hay que apoyar a las instituciones que trabajar por establecer la justicia, por crear condiciones en las que la vida sea verdaderamente humana. 

El evangelio de hoy nos cuestiona con esta pregunta: ¿qué hago yo por remediar, por ayudar a los hermanos que sé están sufriendo en esta vida? 

No lo olvidemos si queremos formar parte de ese Reino de Dios, todo depende de lo que hagamos con los necesitados de este mundo, y así iremos construyendo el Reino de Dios desde aquí y ahora.

lunes, 9 de noviembre de 2020

 XXXIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios confía en nosotros más de lo que quizás nosotros confiamos en nosotros mismos.  Dios nos ha dado muchas cosas en la vida y todas ellas las tenemos que hacer fructificar para no llegar al encuentro de Dios con las manos vacías. 

La 1ª lectura del libro de los Proverbios hace un elogio de la mujer ideal dentro de la familia. 

La igualdad entre el hombre y la mujer no es algo que ya vivamos.  En parte porque, en muchos sectores de la vida la mujer sigue ocupando un puesto secundario.  Tenemos que admitir que hombre y mujer somos iguales en dignidad, en derechos, en oportunidades, porque ambos somos seres humanos. 

No podemos ignorar la marginación y la sumisión en que la mayoría de los países ha tenido y sigue teniendo a la mujer.  Es una pena que muchos hombres que se llaman cristianos han explotado a las mujeres a través de los siglos.  En la casa han mirado a las mujeres como objetos de deseo.  En el trabajo han pagado a las mujeres menos que a los hombres y a menudo han exigido más horas de trabajo que a los hombres.  Por eso podemos hablar de los pecados contra las mujeres que hemos cometido a lo largo de los siglos.  

Hoy, se insiste en la igualdad del hombre y de la mujer, y esto es así, porque Dios ha creado al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza.  Ahora bien esta igualdad no ha de hacer que la mujer olvide el sentido de la maternidad que no está reñido con su desarrollo ni con un trabajo profesional.  La mujer debe tener en alta estima el ser madre, en ser transmisora de la vida. 

Como cristianos debemos esforzarnos cada día para que la mujer crezca cada día más como personas, que sea cada día más ser humano y no sólo objeto de placer, que la mujer sea cada día más mujer. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses nos decía que la vida del cristiano ha de estar marcada por una actitud de vigilancia y preparación. 

Hoy día, de vez en cuando, se alzan voces diciendo que el fin del mundo está próximo. De ahí que San Pablo nos dice que no debemos estar preocupados por el momento de la venida del Señor, sino por estar preparados para cuando esa venida tenga lugar. Mientras llega el día de la muerte, el cristiano ha de encarnarse en “el trabajo de cada día”, que es la única forma de presentarse ante Dios, pronto o tarde, con las manos medianamente llenas de amor al hombre. 

El Evangelio de san Mateo nos hablaba de las cuentas que el hombre ha de rendir a Dios. En la época de Jesucristo, un “talento” significaba unos 35 kilos de metal precioso. En esta parábola el Señor usa los talentos para significar las capacidades que Dios da a cada uno de nosotros, las cuales debemos hacer fructificar. 

Dios nos ha hecho a cada uno administradores de sus bienes y dones.  Mientras hay personas que invierten en la Bolsa, en los Bancos o en otros negocios, Dios invierte todo en nosotros.  Nosotros somos la Bolsa de inversiones de Dios. 

Los dones que hemos recibido no son nuestros, son de Dios que nos los ha dado para que los pongamos a trabajar.  Dios no quiere que se los devolvamos tal y como Él nos lo ha dado, sino convertidos en nueva cosecha.  Un agricultor siembra sus granos de trigo no para recoger luego otro grano, sino para que cada grano dé una espiga. 

Esto nos obliga a preguntarnos no si tenemos fe, sino qué hacemos con nuestra fe. ¿La compartimos con los demás? No es cuestión de preguntarnos si tenemos esperanza, sino cómo compartimos nuestra esperanza para que también los demás sigan esperando.

No es cuestión de preguntarnos si tenemos amor en nuestros corazones, sino a cuántos amamos y cuántos se sienten amados. No es cuestión de preguntarnos si somos Iglesia sino qué hacemos nosotros con la Iglesia. Si le damos vida a la Iglesia, creamos más Iglesia, hacemos más bella la Iglesia.

No es cuestión de preguntarnos si creemos en Dios, sino qué significa Dios en nuestras vidas y que hacemos con Dios en nuestros corazones. 

De los tres de la parábola, dos negociaron sus talentos y uno se los guardó por miedo a perderlo. Dios no quiere cobardes que viven del miedo sino que vivan arriesgándose cada día por Él. Dios no quiere cajas fuertes donde guardamos sus dones, sino cristianos que se arriesgan por Él. Dios no necesita de cobardes, Dios no necesita de cristianos embalsamados, sino de cristianos que viven, que se arriesgan y hacen fructificar los dones del Señor. Cristianos que saben dar la cara por Él. Cristianos que saben compartir con los demás los dones que han recibido. 

En la Iglesia de Dios no hay discapacitados. Todos valemos para algo. No podemos enterrar nuestro talento. Si no valemos para hacer las grandes cosas, valemos para cosas pequeñas. Tenemos los dones que el Señor nos ha dado y delante de nosotros está un mundo inmenso para trabajar. Que el Señor no nos llame nunca “siervo inútil y holgazán”.

lunes, 2 de noviembre de 2020

 XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)

La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada. 

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga. 

 La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas. 

La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino. 

Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios. 

La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor. 

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios. 

Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa. 

No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros. 

El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad. 

Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe. 

Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido. 

Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia. 

Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie. 

El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia. 

Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor. 

Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.

lunes, 26 de octubre de 2020

 TODOS LOS SANTOS (CICLO A)

Hoy recordamos a todas aquellas personas que gozan de la compañía de Dios en el cielo. Santos no son sólo los que están en los altares “vestidos de blanco”. Dice el libro del Apocalipsis que es “una muchedumbre inmensa” que nadie podría contar. 

Hoy no es un día de tristeza, aunque muchos acudan a los cementerios a recordar a sus seres queridos y añoren su presencia entre nosotros. Hoy es un día de alegría porque muchos hermanos nuestros han llegado a la meta del encuentro con Dios Padre. 

La Iglesia de Dios tiene muchos años de historia. A través de los siglos, en la Iglesia ha habido muchas personas que se han esforzado por vivir los valores del evangelio. Desde el principio, a todos los cristianos se les llamaba santos, pero en las comunidades cristianas pronto se empezó a mirar con admiración y con un respeto especial a las personas que habían vivido con intensidad su vida cristiana. 

En las comunidades cristianas, esas personas eran ejemplo, los héroes, los modelos a seguir. Sin duda, esas personas ayudaban a todos a vivir más auténticamente su vida cristiana. Se les llamó santos porque en sus vidas se veía un cierto reflejo de la bondad y la santidad de Dios. Luego, con el paso de los siglos, ha habido tanta gente buena en la Iglesia de Dios que no era posible incluirlos a todos en una lista, ni siquiera recordar sus nombres. Por eso, la Iglesia instituyó la fiesta de Todos los Santos para dar gracias a Dios por tantas personas buenas y para recordarnos a todos nuestra vinculación con ellas. 

La primera lectura hablaba de una muchedumbre inmensa, que nadie podía contar, de toda nación, razas, pueblos y lenguas. Nos decía que vienen de la gran tribulación. Es decir: no vienen de una vida cómoda, sin esfuerzos, sin luchas. Son personas que abrazaron en sus vidas el evangelio de Jesús y contribuyeron a cambiar nuestro mundo, cada uno desde su sitio y con los dones que Dios les dio. 

A algunas de esas personas las hemos conocido y hemos llegado a saber sus nombres y algo de su historia. Son los santos, canonizados o reconocidos oficialmente como tales. Pero a otros muchos no los hemos conocido ni hemos llegado a saber sus nombres. Son para nosotros santos anónimos que pasaron su vida haciendo el bien y que, gracias a ellos, nuestro mundo funciona un poco mejor. 

Jesús, en el evangelio, enumera algunos detalles de sus vidas. Son pobres porque no pusieron las riquezas como lo principal de sus vidas. Son sufridos porque fueron personas capaces de aguantar mucho y de sufrir malos ratos sin echarse para atrás. 

Son hombres y mujeres que tienen hambre y sed de justicia porque tuvieron hambre y sed de hacer las cosas bien y reflejaron en sus vidas la bondad de Dios. Son misericordiosos, compasivos, capaces de disculpar y perdonar a todos, pero, sobre todo, capaces de compadecerse de los más miserables del mundo. 

Son limpios de corazón, transparentes como los niños, sin malas intenciones, diciendo siempre la verdad con sus palabras y con sus vidas. Y dice Jesús que les llamarán “hijos de Dios” porque trabajaron por la paz. Son esas personas que contagiaron paz, que daba gusto estar con ellas, que infundían ánimos y esperanza. Recordamos que la paz de Dios nace de las cosas bien hechas. 

Pero esas personas, igual que Jesús, también sufrieron el rechazo y la oposición de otras gentes. También en eso reprodujeron en sus vidas los rasgos de Jesús. Cada santo es una obra hermosa de Dios, un regalo maravilloso de Dios para nuestro mundo. 

Todas esas personas recibieron en sus almas la bondad y la santidad de Dios y han hecho más humano y más habitable nuestro mundo. Nosotros también debemos participar de esa santidad que regala Dios.  

Este día también es nuestra fiesta, para que hagamos de nuestro mundo, un mundo más humano y más habitable. Podemos sentirnos miembros de esa familia inmensa de santos en la que Dios también nos regala a nosotros sus rasgos más hermosos. 

¿Cómo podemos santificarnos nosotros? A veces da la sensación de que tenemos que hacer lo que hizo éste o aquél santo para llegar al cielo.  Para llegar a ser santo, no se trata de poner un listón que todos tenemos que saltar para llegar a la santidad.  Cada persona se santifica a su modo, con sus cualidades, con los dones que le ha dado el Señor.  

Es santo aquél que vive según el espíritu de las bienaventuranzas. Como todo ideal es imposible de cumplir -entonces dejaría de ser ideal- pero la cuestión está en vivir según ese estilo e intentar ser manso, pacífico, misericordioso, pobre de espíritu, sufrido, luchador en favor de la justicia, limpio de corazón. Esta manera de vivir contrasta con lo que dice el mundo, pero es la única manera de seguir a Jesús. Es su principal mensaje, lo que distingue a un cristiano, pues de los que viven a así “es el Reino de los cielos”. 

Hoy es un día muy especial para dar gracias a Dios por tantas personas buenas que nos han precedido en la fe.  No tengamos miedo nosotros de ser santos en esta vida y en la vida eterna, aunque seamos santos anónimos.

lunes, 19 de octubre de 2020

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente.  Que nuestro corazón se sumerja en el amor.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos.  

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata.  

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Me refiero a esas personas que tienen sida, y son expulsados de sus hogares, condenados a vivir una vida de sombras, lejos, muchas veces, de sus hogares; cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados. 

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados?  

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús. 

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios.  

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios. 

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan. 

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás. 

El amor, sí el amor, esa palabra que tanto significa y que tan mal utilizamos, a veces.  El amor, esa asignatura que reprobamos demasiadas veces.  El amor, eso que tanto necesitamos y que tan pocas veces saboreamos. 

Amar a Dios, amar al prójimo y amarse a uno mismo.  Esto es lo que nos pedía Jesús.  Quizás el problema de tanto desamor en el mundo es que no hemos aprendido a amarnos a nosotros mismos.  Hemos querido amar a Dios y al prójimo y nos faltaba algo fundamental: el amor hacia nuestra propia persona, eso que los psicólogos llaman autoestima, tan necesaria para vivir con plenitud.  Un amor hacia nosotros mismos que nada tiene que ver con el egoísmo y el orgullo. 

Y ¿cómo podemos edificar nuestra autoestima?  Primero necesitamos humildad, mucha humildad para aceptarnos con nuestros defectos y cualidades; humildad para aceptar nuestra historia con todo lo bueno y malo que hay en ella; humildad para reconocernos poca cosa, y a la vez como lo más importante del mundo, porque cada uno de nosotros es únicos y queridos por Dios. 

Nuestro mundo cree que la felicidad, está en tener muchas cosas, en ser más que nadie, en aparentar.  Pero Dios nos propone otro camino, el camino de ser hijos suyos y hermanos todos.  Hay que empezar por reconocernos como hijos de Dios y hermanos.  Hay que descubrir que nuestra dignidad no depende de las cosas que tengo, ni de mis cualidades, ni de lo que hago, sino del amor que Dios me tiene. 

Es triste que poco a poco, la falta de amor vaya haciendo de nosotros un ser solitario, un ser nunca satisfecho, que la falta de amor vaya deshumanizando nuestros esfuerzos y luchas por obtener unos determinados objetivos políticos y sociales. 

Si nos falta amor nos falta todo. Hemos perdido nuestras raíces. Hemos abandonado la fuente más importante de vida y felicidad. Dios nos ha creado para amar.


lunes, 12 de octubre de 2020

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación. 

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado. 

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas.  

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura. 

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios. 

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades.  

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. 

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer. 

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión. 

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad.  

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios. 

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas. 

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana. 

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política. 

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

lunes, 5 de octubre de 2020

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A) 

El mensaje que nos quiere transmitir las lecturas de este domingo es que Dios nos ha elegido, nos ha invitado a entrar en comunión con Él, a gozar de su salvación.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de un banquete donde Dios nos dará su paz y secará las lágrimas de nuestros ojos. 

Hoy como ayer, el mundo nos ofrece muchos supuestos “salvadores” de todos nuestros problemas, por eso el profeta Isaías nos llama a la esperanza porque sabemos que Dios nos va a salvar y podremos celebrar gozosos con Él nuestra salvación. 

Dios tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, y ese proyecto de vida es para todos, nadie queda excluido, a no ser que él no quiera.  Hay personas que piensan que Dios nos ha abandonado, y no es así.  Nosotros sus hijos no somos una humanidad abandonada a su suerte, somos personas a las que Dios ama, a quienes invita a formar parte de su familia y a quienes ofrece la vida plena y definitiva.  Tenemos que tomar conciencia de que no vamos solos por el mundo, Dios nos acompaña, por eso hemos de tener esperanza y confianza en nuestro caminar por esta tierra. 

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas. 

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen. 

Nos decía también San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.   Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza. 

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias; la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos. 

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor. 

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo. 

El Evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola del banquete de bodas. 

El Reino de Dios es como un banquete de bodas, como una fiesta.  Dios quiere que todos participemos plenamente de la alegría, de la vida, que seamos felices de verdad.  Dios nos llama a la vida y a la alegría. 

Dios nos llama, nos invita, pero siempre estamos ocupados para Dios. Nuestro teléfono da siempre ocupado cuando Dios llama. Como en la parábola, nos justificamos para no responder a esta invitación que Dios nos hace y ponemos excusas diciendo que tenemos cosas más importantes que hacer.  Siempre estamos ocupados para Dios.  

Dios nos llama y en vez de atender su invitación, le damos la espalda. Dios nos ofrece la oportunidad de ir a su fiesta y de tener la felicidad para siempre, y... ¿cómo respondemos? ¿No preferimos los negocios temporales a las invitaciones eternas? ¿No preferimos los banquetes de la tierra al Banquete Celestial? 

En nuestra vida diaria hay muchas cosas que nos hacen estar siempre ocupados: el deseo de ganar mucho dinero para tener una vida mejor, el deporte, la televisión, el estudio, etc., ¡De qué manera nos entregamos a las cosas del mundo, las cuales nos absorben tanto, que no nos queda tiempo para atender a Dios!

Puede ocurrir también que aceptemos la invitación del Señor pero no llevemos el traje de fiesta.  ¿Y cuál es ese traje de fiesta? Es el vestido del amor y de la aceptación. No podemos excluir a nadie de nuestro corazón. 

Cerrar la puerta a los demás, no acogerlos bien, es rechazar el banquete de Jesús, es ir sin el vestido de fiesta, porque la fiesta de Jesús es el amor y el perdón. 

No seamos sordos a la invitación divina, no dejemos pasar ocasión alguna de aceptar lo que nos ofrece. Aunque por ello tengamos que privarnos de otra cosa, estemos convencidos de que al final siempre saldremos ganando.