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lunes, 4 de enero de 2021

 

 EL BAUTISMO DE JESÚS (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta del Bautismo del Señor.  Con esta fiesta termina el tiempo de Navidad e iniciamos la primera parte del Tiempo Ordinario que durará hasta el miércoles de Ceniza que iniciaremos la Cuaresma.

El Señor se sometió voluntariamente a que Juan el Bautista lo bautizara.  Él no necesitaba ser bautizado.  Entonces, ¿por qué Jesús, hombre justo, sin pecado, quiso bautizarse?, ¿por qué quiso hacer caso a esta llamada a la conversión que Juan hacía?  

El Señor recibió el bautismo de Juan como un gesto de solidaridad con nosotros los pecadores.  Jesús no tiene pecado pero quiere estar entre los hombres de su tiempo y por eso se pone en la fila de los pecadores esperando turno para ser bautizado.  Con el bautismo, Jesús se hace cercano a nosotros y nos enseña a ser humildes. Sin embargo, lo que para Jesús no era necesario –ser bautizado- para nosotros sí lo es.  Para nosotros, es una obligación estar bautizados.

Hoy, al celebrar la fiesta del bautismo de Jesús, es un buen momento para recordar también nuestro bautismo.  Pero nuestro bautismo es distinto al bautismo que administraba Juan el Bautista que era un bautismo de conversión.  Era un bautismo para aquellos hombres y mujeres que querían purificarse, reorientar y comenzar una vida más digna; era para aquellos que querían hacer penitencia y volver al buen camino, para aquellos que querían poner en orden sus vidas.

Nosotros ahora, somos bautizados con el Espíritu Santo.  Esto hace una gran diferencia con el bautismo de Juan, puesto que ahora el agua no es sólo un signo de nuestro deseo de conversión sino que por la fuerza del Espíritu Santo se borra en nosotros el pecado original y todos los pecados y nos convertimos en verdaderos Hijos de Dios.

En este día, hemos de preguntarnos todos: ¿para qué he sido bautizado?  Para lo mismo que Jesús: para cumplir en nuestra vida la misión de testigos de Dios en medio de la sociedad.  Para luchar por la justicia, por la verdad, por los valores que Dios quiere hacer triunfar en la vida. Como Jesús, los bautizados tenemos que vivir en el mundo haciendo el bien y liberando del demonio y sus seducciones a nuestros semejantes, repartir alegría y amor, poner paz y entendimiento entre las gentes y los pueblos.

Ser bautizados significa, pues, no solamente haber recibido un sacramento cuando éramos niños, sino que supone el vivir como profetas, sacerdotes y reyes.  Por el bautismo nosotros somos incorporados a Cristo, a su Cuerpo Místico que es la Iglesia y hemos sido ungidos por el Espíritu Santo para continuar la misión de Jesús de ir al mundo entero y anunciar la Buena Noticia de la salvación para todos.

Nuestro compromiso bautismal, las promesas que en nuestro bautismo hicieron nuestros padres y padrinos, es un compromiso con Cristo. Tenemos que ser como Cristo, cristianos, de manera que con Pablo podamos también decir que Cristo vive en nosotros. Y, como Cristo, tenemos que hacer de nuestra vida una vida al servicio del mundo, sin limitaciones, ni escapismos.

Pero hoy, por muchos esfuerzos que hacemos en las charlas bautismales, son muchas las personas que no viven conforme a la gracia que recibieron en el bautismo ni buscan el sacramento para sus hijos pensando en dicha gracia.

Existen muchos bautizados que viven como si no fueran cristianos.  Se han quedado en la entrada y de ahí no han pasado.  No se interesan por conocer más a Dios, a quien dicen creer y a quien dice seguir.  No conocen su fe y por lo tanto no se esfuerzan en crecer y madurar esa fe.  Viven una religión de ritos externos; pensando que ser cristianos es simplemente no hacer lo que la religión nos prohíbe.  Muchas veces las prácticas religiosas se reducen a magia y supersticiones: asistir a misa en Navidad, año nuevo, miércoles de ceniza, o “cuando nos nace” y ya con eso es suficiente para todo el año.

Con mucha frecuencia se celebra el bautismo con mucha ligereza, por costumbre, por conveniencia social, un motivo más para hacer fiesta o por otras motivaciones de carácter mágico.  Cuantos papás hay también que dejan a sus niños muchísimo tiempo sin bautizar, sin hacerlos hijos de Dios.  

Tomemos, pues conciencia de la importancia del sacramento del bautismo, porque por el bautismo nos convertimos en Hijos de Dios, hermanos de Cristo, templos del Espíritu Santo y no olvidemos que el bautismo es la puerta necesaria para recibir los demás sacramentos.  No olvidemos que por el simple hecho de estar bautizados no nos convertimos en cristianos, seremos auténticos cristianos, en la medida que hagamos realidad en nuestra vida los compromisos adquiridos en el bautismo.

Pidamos a Dios en esta Eucaristía que el Espíritu que se nos dio en el bautismo nos de la fuerza necesaria para continuar con la misión de Jesús y gozar un día de su mismo destino.

lunes, 28 de diciembre de 2020

 

SANTA MARÍA, MADRE DE DIOS

Este día la Iglesia celebra la solemnidad litúrgica de Santa María, Madre de Dios; pero también es la octava de Navidad y la fiesta de la circuncisión de Jesús, cuando le impusieron su nombre. La liturgia no puede dejar de tener en cuenta que hoy también es el primer día del año civil y la Jornada Mundial de la Paz.

Uno de los principios cardinales sobre los que gira la vida cristiana consiste en que “Dios comienza siempre de nuevo”.  Con Dios todo puede comenzar de nuevo. Hoy también. Ahora también. Por eso es bueno comenzar el año nuevo con voluntad de renovación.  

Hoy también deberíamos de agradecerle a Dios la vida que nos ha concedido y que nos sigue conservando para poder comenzar un año más en nuestra existencia.

Dios nos va a acompañar en nuestro caminar a lo largo de estos 12 meses y nos va a sostener y ayudar en las dificultades y en los obstáculos que podamos tener.  Nos va a dar el ánimo necesario para seguir adelante, para que no caigamos y nos hundamos; nos va a ofrecer su perdón y su reconciliación, nos va a seguir diciendo que nos ama y que desea que seamos inmensamente felices en esta vida y, definitivamente, en la del más allá.  Por ello hemos comenzado el año escuchando una especial bendición de Dios.  La 1ª lectura, del libro de los Número, nos la recordaba esa bendición de Dios y la presencia continua de Dios en el transcurso de nuestros días.

Dios va a ser nuestro compañero de camino y de fatigas a lo largo de todo este año; se va a alegrar con nuestras alegrías; se va a gozar con nuestros éxitos; le va a doler nuestros sufrimientos y va a compartir nuestras preocupaciones.

Pero hoy también al comenzar este año nuevo lo hacemos recordando y celebrando a Santa María, Madre de Dios.

La maternidad había sido siempre considerada como una bendición de Dios hacia la mujer y su marido.  En la época de Jesús, y en muchas sociedades posteriores ha significado la maternidad una bendición de Dios.  Para un cristiano así debe ser también.  Sin embargo, lamentablemente hoy la maternidad es considerada por muchas mujeres como un freno, como una condición negativa que coarta su libertad y su desarrollo humano.  Algunas mujeres ven la maternidad como algo rechazable, en vez de verlo como una bendición de Dios.  María, por el contrario, aceptó ser madre, aceptó libremente llevar a cabo los planes de Dios para salvar a este mundo.

 

II DOMINGO DESPUÉS DE NAVIDAD

Este domingo es un eco de la fiesta de la Natividad del Señor.

La 1ª lectura del libro del Eclesiástico nos ha hablado hoy de cómo la sabiduría en persona canta a sus propias excelencias.  

Antes de manifestarse a los hombres, la sabiduría preexistía ya junto a Dios, se identifica por una parte con la palabra de Dios, presentada en forma de persona, y por otra como una niebla que cubre la tierra, a la manera del espíritu que cubra la superficie del caos al comienzo de la creación.

La lectura de hoy nos habla de la Sabiduría con mayúsculas; no de la del hombre, sino la de Dios.  Es todo un himno del papel que tiene la sabiduría en las relaciones de Dios con el mundo y con los hombres.

Nosotros, debemos vivir de acuerdo a la sabiduría divina, es decir, vivir de acuerdo a los valores más fundamentales de la vida, con un comportamiento justo, honrado y humanista; en definitiva eso es vivir con sabiduría.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos hace ver que Dios, desde siempre, nos ha contemplado a nosotros, desde su Hijo.  Dios mira a la humanidad desde su Hijo y por eso no nos ha condenado, ni nos condenará jamás a la ignominia.

Dios tiene que ser bendecido por nosotros porque previamente Dios ha derramado sobre la humanidad, toda clase de bendiciones espirituales.

El Evangelio de san Juan, nos dice lo que es Dios, lo que es Jesucristo y lo que es el hecho de la Encarnación con esa expresión tan inaudita: “el Verso se hizo carne y habitó entre nosotros” La encarnación se expresa mediante lo más profundo que Dios tiene: su Palabra.

“Tanto amó Dios al mundo que envió a su propio Hijo” (Jn 3,16). Toda la historia de la humanidad, reflejada en la historia de Israel, es una historia de salvación. Con el envío de su Hijo, Dios nos hace el regalo supremo de su Palabra definitiva. Él es su “última Palabra”. “La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros” (Jn 1,14). Puso su tienda entre nosotros, como un vecino más, como un hermano más.

Decimos en el Credo: “Por nosotros… se hizo hombre”. Cuando pronunciamos este “por nosotros”, no hemos de entenderlo como referido a una humanidad abstracta, que no existe, sino a cada uno. Hemos de decir: se encarnó por mí, se hizo hombre por mí, para hacerse solidario conmigo, para hacerse mi hermano, mi amigo, mi compañero de viaje. Él pronuncia el nombre de cada persona y piensa en cada uno al verificar el milagro de amor y generosidad de “plantar su tienda entre nosotros”.

Frente a la incomprensible generosidad de Dios Padre, Hijo y Espíritu, san Juan nos presenta el reverso del misterio: el rechazo por parte de su pueblo: “Vino a su casa, pero los suyos no lo recibieron” 

Si Dios hubiera venido como Dios ¿quién no lo hubiera recibido? Si el Mesías se hubiera presentado en plan Mesías, ¿quién lo hubiera despreciado? El problema es que no se le conoció. Sabemos la vida de Jesús. Sabemos que no se pareció en nada al Mesías esperado. Sabemos que resultaba desconcertante: que el mismo Juan Bautista llegó a dudar de él… Problema pues de ceguera. Pero problema también de corazón.  Sólo un puñado de “pobres de Yahvé”, el pequeño resto, los sencillos de corazón, lo reconocen y lo escuchan.

Hoy, la actitud más frecuente con respecto a Jesús no es el rechazo, sino la indiferencia. Se le da un asentimiento teórico, pero se vive al margen de su mensaje. Incluso muchos “cristianos” ignoran su Palabra. Se “aceptan” dogmas como verdades indispensables, se “cumplen” normas y se “reciben” ritos, pero no se vive pendiente de su Palabra ni en realidad se le sigue.

Con respecto a la Palabra de Dios, los hombres de hoy tenemos mayor responsabilidad que los judíos, porque tenemos mayor facilidad de acceso y comprensión. Nosotros tenemos todas las facilidades. Sabemos que quien nos habla es el mismísimo Hijo de Dios. Y ¡nos es tan fácil escucharlo!  

Nos duele, y lo consideramos una insensatez, que hijos, nietos o sobrinos no quieran escucharnos y aprovechar la riqueza de nuestra ciencia y de nuestra experiencia. ¿Cuál es la gravedad de nuestra insensatez si no nos acercamos a escuchar la Palabra del mismísimo Dios? ¿La escucho de verdad? Un cristiano tiene que ser un “oyente de la Palabra”. “Mi madre y mis hermanos son -afirma Jesús- los que escuchan el mensaje de Dios y lo ponen en práctica” 

Jesús no ha venido sólo a ofrecernos asombrosas orientaciones para nuestra vida. Los ángeles no cantan: os ha nacido un legislador, sino “os ha nacido un Salvador, Emmanuel” (Dios con nosotros). Jesús se revela como “la fuerza de nuestra fuerza y la fuerza de nuestra debilidad”. 

Jesús nos dice: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.  Y asegura: “Sin mí no podéis hacer nada”, pero con Él podemos decir: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”.

 

EPIFANIA DEL SEÑOR

Estamos celebrando la fiesta de la Epifanía o manifestación del Señor a todos los hombres y a todos los pueblos de la tierra, representados por estos tres personajes misteriosos que son los Magos.

Los Magos representan a la humanidad y, por tanto, cualquier pueblo, cualquier hombre o mujer de buena voluntad, que busque sinceramente el bien, la justicia y la paz puede verse representado en ellos. Son todos los que buscan la verdad y el amor, los que guiados por ese anhelo, como si fuera una estrella, encontraremos a Jesús y le podremos ofrecer lo mejor de nosotros mismos, porque reconocemos en Él al mismo Dios hecho hombre.

Celebrar la Epifanía significa que la Iglesia tiene una dimensión universal, que toda la humanidad, que toda la familia humana es sujeto de la salvación de Dios.  Todos los hombres de buena voluntad, estamos llamados a la salvación.

Al principio de su búsqueda, estos Magos siguen la estrella buscando algo, pero más tarde se dan cuenta que no es algo lo que busca sino a alguien y ese alguien es Jesús.  Y vemos como estos sabios, investigadores del universo, terminan de rodillas ante el Niño Jesús adorándolo.

Adorar a Dios es reconocer el misterio de amor que nos supera, nos envuelve y se nos da gratis, es valorar el don recibido de la fe y sentirse agradecidos con Dios.

Ante un Dios del que no sólo sabemos sino que diariamente lo experimentamos como amor, no cabe otra cosa más que adorarlo y darle gracias.  Por eso, cuando en nuestra vida experimentemos problemas y las tinieblas se apoderen de nosotros; cuando ni siquiera sintamos deseos por hacer oración, ni por estar en la presencia del Señor, levantemos nuestras cabezas hacia el cielo, pues por encima de lo que somos, de lo que nos suceda o hacemos, está el amor de Dios que nos da fortaleza y nos da esperanza para vivir en positivo: siempre habrá una estrella, una señal de Dios que nos guía hacia la felicidad, hacia el bien, y aunque a veces, se nos oculte esa estrella, esa señal de Dios, siempre volverá de nuevo a aparecer en nuestra vida para guiarnos y conducirnos a la felicidad verdadera.

Los magos nos enseñan a buscar, a no estancarnos en lo que conocemos o en lo que vivimos, nos enseñan a buscar esa estrella capaz de iluminar y guiar nuestra vida.  Y esto nos hace preguntarnos a nosotros si realmente buscamos las respuestas a la vida dejándonos iluminar y guiar por Dios, o nos conformamos con las que otros nos dan.

Los magos nos enseñan a ir al encuentro del Señor no como simples espectadores sino cargados con nuestros regalos: el oro, el incienso y la mirra representan lo más valioso que tenemos, es decir, nosotros mismos.  Nosotros mismos debemos ser el mejor regalo que le ofrezcamos al Niño Dios.

El hombre, como los Magos debe ser un buscador de Dios, un peregrino al encuentro de Dios.  Ante Jesús no podemos permanecer indiferentes: o lo aceptamos o lo rechazamos

¡Qué gran lección nos dan los Magos!  Ellos no quieren darle la espalda a Dios.  Nosotros queremos, muchas veces, un Dios a nuestro capricho, a nuestro servicio y antojo.  Pero, somos nosotros los que debemos ir hasta Dios, somos nosotros los que debemos trabajar por nuestra Iglesia, somos nosotros los que debemos buscar y adorar a Dios.

Hemos de buscar a Dios para ofrecerle el oro de nuestra vida, una vida que debe ser una entrega diaria al señor, una vida renovada por la gracia; el incienso del testimonio de nuestra fe, de nuestra oración y nuestro compromiso evangelizador y la mirra del sacrificio, de la aceptación paciente de trabajos, sufrimientos y dificultades en nuestra vida y de la valentía cristiana.

En el evangelio, aparece también la figura de Herodes. Herodes representa al hombre que no quiere estar en gracia, que no le interesa la Palabra de Dios. Tenemos que darnos cuenta que hay muchos “Herodes” en nuestra vida, esos “Herodes” que son los falsos dioses.  Existe la idolatría de quien rechaza a Dios para servir a los ídolos.  Pero la idolatría peor es aquella de quien habiendo encontrado a Dios, convive con ídolos y no adora al único y verdadero Dios.  

Siempre existe el riesgo de perder la fe por la superficialidad, el cansancio en la búsqueda, la comodidad, la vanidad o por llenar nuestro corazón con los dioses del poder, del tener y del placer.

Los Magos, al ver la estrella se pusieron en camino.  Nosotros también tenemos que ponernos en camino.  Ponerse en camino puede significar hoy para nosotros, recuperar el interés por nuestra fe, buscar nuestra formación, la participación asidua en los sacramentos y en la vida de la comunidad.

En esta eucaristía presentemos al Señor nuestras vidas como el mejor regalo que podemos ofrecerle, para que Él la transforme y nos haga testigos de su presencia en el mundo.

sábado, 26 de diciembre de 2020

SAGRADA FAMILIA

El montaje comercial ha establecido un “día de la madre”, un “día del padre” y un “día del niño”.  La Iglesia nos propone, en este domingo dentro de la octava de Navidad, el “día de la madre, el padre y los niños”, o sea el día de la familia.  Por eso celebramos hoy la fiesta de la Sagrada Familia.  Dios quiso que su hijo naciera y viviera durante años en una familia.

En la familia encontramos las condiciones más aptas para iniciar la vida y formar la personalidad. Si los papás viven con amor, entonces la familia es la mejor escuela para la vida y la formación de los hijos.   Son los papás, los transmisores de la vida, quienes ofrecen a sus hijos la ayuda necesaria para que éstos puedan crecer tanto física como espiritualmente.

Hoy se están dando grandes cambios en la sociedad que afecta directamente a la familia y se insiste fuertemente en una pérdida o confusión de los valores morales tradicionales, culturales y religiosos que propician la desintegración familiar.

Hoy se discute sobre cómo debe ser la familia.  Las nuevas costumbres y las modas que vivimos en nuestra sociedad hacen que afecte a la familia y por eso encontramos muchísimas personas que viven en pareja de hecho o sin el sacramento del matrimonio. Los divorcios y el erotismo que viven nuestros jóvenes son causa de esa pérdida del sentido de la familia.  Vemos también el poco entendimiento que hay entre padres e hijos, causando esto una ruptura entre generaciones; vemos también el olvido de los ancianos; el trabajo profesional de la mujer con su mayor ausencia obligada del hogar.  Existen hoy instituciones públicas y privadas que desempeñan las funciones de la familia: cuidado de los niños y su educación.  Algunos padres se sienten liberados así de tener que educar a sus hijos y piensan que esta función le corresponde a la escuela, al gobierno o a la Iglesia.

De todos estos problemas que afectan a la familia, uno de los más importantes es el trabajo profesional de la mujer, sin duda alguna legítimo y aún necesario, pero que de hecho las aleja largas horas del hogar.  Todos sabemos que el papel de la mamá es muy necesario para la formación y afianzamiento de la personalidad de los hijos. Resulta preocupante que en muchas familias los niños no encuentran en su hogar más educador que la televisión o el ordenador a través del cual buscan información, no siempre la mejor ni la más acertada, sin presencia ni ayuda pedagógica alguna. Todo esto y otras situaciones, afectan hoy a la familia.

Hemos de aceptar el papel fundamental de la familia como educadora, transmisora de valores, necesarios para consolidar la personalidad de las personas y la moral en una sociedad. Es un verdadero don el que los hijos hayan tenido unos padres dispuestos al dialogo con ellos.  No hay grupo alguno, ni grupo social mejor dotado que la familia para trasmitir los criterios, las ideas, los valores fundamentales en los que apoyar la vida personal y social de los hijos.

Qué decir de la religiosidad. La familia, que es un lugar de importancia decisiva para el afianzamiento cultural de la persona, lo es también para la iniciación en la religiosidad. La familia puede ofrecer al niño la apertura a la fe en un clima de afecto y confianza, difícil de encontrar en otro grupo. En el hogar el niño puede captar conductas, valores, símbolos, experiencias religiosas, con afecto, que es el modo más convincente y humano, en una proximidad personal en la que no cabe engaño. Si falla esto en la familia, qué difícil que los niños se abran a la fe, a pesar de la instrucción religiosa de la catequesis.

Es un don que el niño haya podido tener unos padres creyentes, a los que haya visto orar, leer con frecuencia el evangelio, tomar decisiones serias en la vida por sus convicciones religiosas. Es un verdadero don el percibir la presencia de Dios como algo valioso, porque esto hará que en los hijos se vayan despertando el sentido de Dios.

Cada familia ha de encontrar su estilo de orar y dialogar en casa: junto al niño pequeño y junto al adolescente, junto al joven y junto al adulto. Acertar a buscar el momento en el que juntos acudan a Dios, manifestando agradecimiento por la vida, por lo que tenemos y nos da, proclamando la alegría y confianza de vivir en su presencia, encontrando en Él seguridad, confianza, alegría en el vivir.

Todo esto no se puede conseguir sin amor. Sin el amor nada ni nadie puede constituir a la familia en lo que debe ser: espacio humano de encuentro y diálogo, comunión de vida, estructura de promoción liberadora, lugar de realización personal de los esposos y de los hijos. 

Si muere el amor, todo está perdido; entonces la familia y la casa no es más que un hotel, un dormitorio y un encierro para todos: marido y mujer, padres e hijos.  El amor es la base y el fundamento del hogar, es la única posibilidad de vida, felicidad y progreso personal entre los miembros de la familia. 

Que esta eucaristía, celebrada en estos días en los que conmemoramos el Nacimiento de Jesús, nos ayude a enriquecer nuestras familias en afecto, confianza, fidelidad entre todos los que la integran, en la fe y también en el respeto hacia todos los que se esfuerzan en vivir en familia.

 


lunes, 14 de diciembre de 2020

IV DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B) 

Llegamos al final del Adviento. Hemos completado la iluminación del altar con la cuarta vela de nuestra corona.  A lo largo de tres semanas, la Iglesia ha querido prepararnos para la venida de Jesús en la Navidad y para su venida definitiva al final de los tiempos. 


La Navidad no se improvisa, hay que prepararla. La Navidad no puede reducirse a preparativos ambientales de nacimientos, árboles, villancicos, luces, comidas, etc. Es también necesaria una preparación interior este es el sentido y la finalidad del Adviento que estamos concluyendo.


La 1ª lectura del segundo libro de Samuel nos ha relatado cómo el rey David, que sabe que todo lo que es y todo lo que tiene se lo debe a Dios, quiere construir un templo para Dios. El rey David decía: “yo habito en una casa de cedro, mientras el Arca de Dios habita en una tienda”. 


El profeta Natán le hace ver a David que esa no es la voluntad de Dios, que eso no es lo que Dios quiere.  Dios no quiere templos ostentosos, sino que para Él la mejor morada es la persona humana misma.  Dios quiere habitar con su pueblo, ser Dios con nosotros.  Cada cristiano, en la medida que acoge a Dios en su interior, se convierte en templo de Dios.  


¿Qué acogida encuentra Cristo en nuestro corazón y en nuestra vida?


La 2ª lectura, de San Pablo a los romanos, nos dice que Dios tiene un plan de salvación que ofrecer a los hombres.


Dios se preocupa por nosotros y Dios nos ama, y ese amor no es un amor pasajero, sino que forma parte del ser de Dios y está siempre en la mente de Dios amarnos a todos sus hijos.  Por ello no olvidemos esto: no  somos seres abandonados a nuestra suerte, perdidos y a la deriva en un universo sin fin; sino que somos seres amados de Dios, personas únicas e irrepetibles que Dios conduce con amor a lo largo del camino de la historia y Dios tiene un proyecto eterno de vida plena, de fidelidad total, de salvación. 


Prepararnos para la Navidad significa preparar nuestro corazón para acoger a Jesús, para aceptar sus valores, para comprender su manera de vivir, para adherirse al proyecto de salvación que, a través de Él, Dios Padre nos propone.


El Evangelio de san Lucas nos ha narrado la Anunciación a María.


De María debemos aprender las actitudes básicas que tenemos que tener para poder encontrarnos con el Señor.  La primera actitud es la fe.  Fe, es decir, confianza en Dios, confianza en que Dios cumplirá sus promesas de salvarnos, aunque nosotros no comprendamos, a veces, los caminos y los métodos de Dios.


La segunda actitud a imitar de María es la esperanza.  Esperanza de que el mundo y nosotros mismos a pesar de nuestras debilidades y errores, nos dirigimos hacia el encuentro definitivo con Dios.  Y en tercer lugar, hemos de aprender de María la disponibilidad.  La disponibilidad que se desprende de esas palabras de María: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra”.  Hemos de estar disponibles para que Dios haga de nosotros lo que quiera, para aceptar sus indicaciones para nuestra vida.  En una palabra disponibilidad para tomar a Dios en serio, y dejar que Él sea el centro de nuestra vida.


Hemos de aprender también de María a aceptar los planes de Dios.  Gracias a María, el Hijo de Dios se hizo hombre y vino a cambiar el sentido de nuestro mundo.  Vino a construir el Reino de Dios entre los hombres, a decirnos que la humanidad puede y debe vivir en convivencia de paz, de justicia, de libertad, que podemos formar una humanidad de verdaderos hermanos.  Este es el proyecto que Dios quiere para nuestro mundo, para nuestra sociedad.


María nos enseña también a vivir la vida, la vida de cada día optando por hacer el bien, porque a esto nos llama Dios, a vivir comprometidos cada día haciendo todo el bien que podamos.


Gracias a María, Jesús entró en nuestra historia, se hizo el Dios con nosotros, y esto no es un cuento.  Esta es la gran verdad que nos recuerda la Navidad, a pesar de que muchas personas se olvidan de esta gran verdad de la Navidad.  Dios se hace hombre, para acompañarnos en la vida y para que vayamos realizando en nuestra vida la construcción del Reino de Dios, un reino de justicia, paz y libertad.  Para esto se hace hombre.


La gran noticia para la Navidad es que Jesús nos da la oportunidad a todos de poder ser y vivir como verdaderos hermanos entre nosotros, ser los hijos de Dios.  Esta es la gran noticia, la gran alegría que se le comunica hoy a María, porque nos nace el Salvador.


Alegrémonos hoy con María y con todos los hombres y mujeres de buena voluntad que a lo largo de los siglos han dejado que Dios naciese en su corazón.  


Que María nos ayude a todos a vivir estas fiestas de Navidad con alegría porque, como ella, preparamos nuestro corazón para que pueda nacer en nosotros nuestro Mesías, nuestro Salvador.


lunes, 7 de diciembre de 2020

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

El tercer domingo de Adviento se llama “Gaudete”, es decir domingo de la alegría.  La alegría es el gran signo de Dios.  La alegría es parte de una Iglesia que confía en Dios, que mira compasiva a los necesitados, que celebra la vida y que apuesta por ser signo de un Niño que seguirá transformando corazones y renovando la humanidad.

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, nos recuerda su vocación y la misión que Dios le ha encomendado. Ha sido “ungido”, es decir consagrado para una extraordinaria aventura: llevar el gozo, la alegría a quienes carecen de ella.

Dios cumple sus promesas y esta es la señal: los pobres reciben la Buena Noticia.  Esto quiere decir que Dios cura los corazones rotos: ¡hay tanto desamor en nuestro mundo!; proclama el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros: ¡cuántas esclavitudes nos domina!  Dios viene a dignificar a todos los seres humanos: ¡no basta con ayudar al pobre, sino que debemos hacer de él un hombre digno!

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Por eso el hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un salvador que sea hombre entero y verdadero, pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos inciertos, que lo cure de muchas enfermedades, que le dé razones para vivir, que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la alegría. Un Salvador que nos diga dónde está la verdad del hombre y de Dios. Este Salvador es Jesús.

San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos habla de la alegría. 

No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Podemos hoy vivir alegres? ¿Tenemos derecho a estar alegres? Cuando pensamos en los problemas que nos rodean, cuando experimentamos la crisis económica y la inseguridad, cuando ha muerto una persona querida… ¿podemos estar alegres? Cuando muchas personas mueren de hambre, cuando muchos pueblos están en guerra, cuando es pisoteada la dignidad de tantas personas… ¿podemos estar alegres? Con todo, san Pablo nos ha dicho hoy: “Estad siempre alegres”.  Esto significa que la alegría es posible. Los cristianos debemos reivindicar la alegría, porque creemos y tenemos esperanza. Los problemas que he dicho al principio son reales, existen de veras. Pero no nos podemos resignar a quedarnos sin hacer nada. Debemos aportar una solución.

En medio de los problemas podemos experimentar la alegría, porque el mundo puede cambiar. Armados con la fe, la esperanza y la alegría, podemos hacer mucho más de lo que podemos imaginar.

El Evangelio de san Juan nos presenta la figura humilde y sincera de Juan el Bautista.

Juan es obligado a decir quién es y él responde: “Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”. 

Hoy en día hay muchas voces que gritan por todas partes: en los mercados, en las plazas, en las calles, en los periódicos, en la televisión, etc.  Son voces que nos obligan a comprar, a protestar, a aceptar ciertas mentiras, a hacernos más egoístas e insolidarios.  Son voces que nos hablan de guerras, violencia, placer, etc.  Sin embargo, la voz de Juan es única: “Allanad el camino del Señor”.  Con esto nos dice Juan que por otros caminos no encontraremos a Dios.

Nuestro testimonio como cristianos es ser en medio de este mundo una voz diversa.  Una voz que denuncia aquellos caminos que no conducen a Dios, esos caminos que son el egoísmo, el engaño, la mentira, la injusticia,  esos caminos no nos llevan a Dios.

Juan, una vez que se ha definido como la voz, también aclara los equívocos sobre su persona, él no es el Mesías, el Mesías es otro que viene detrás de él.  Juan es simplemente un testigo.

Juan es el testigo que Jesús ha querido enviar, y Jesús quiere seguir enviando testigos a nuestro mundo. Dispongámonos para serlo también nosotros, para ser su voz y su luz, y como hemos oído al Bautista, “allanemos el camino” para que nos resulte más fácil recibir internamente el Espíritu que Jesús nos quiere comunicar y llegar a sentir la experiencia gozosa de su presencia.

Alegrémonos en este domingo en el Señor, porque Él está en medio de nosotros y nos invita a ser más humanos, más fraternos, más solidarios, para así poder celebrar una Navidad más cristiana.