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martes, 9 de diciembre de 2025

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.

En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.

Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.

Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.

A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el  Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.

Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.

Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.

Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?

Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.

En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.

Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.

Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?

Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.

Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.

lunes, 9 de diciembre de 2024

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)


Cada año, este tercer domingo de Adviento nos invita a la alegría.  Por eso, en la tradición litúrgica de la Iglesia se ha conocido este domingo como el Domingo “Gaudete”.  En este domingo, ya no solamente se nos invita a prepararnos a la Navidad mediante un cambio de vida y de mentalidad; sino que se nos invita a prepararnos con “alegría” porque el Salvador está cerca.

La 1ª lectura del profeta Sofonías, nos invita a la alegría.  La causa de esa alegría es que el Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

Cuando nos pesan los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no es fácil tener serenidad, tranquilidad, paz y mucho menos alegría.  Sin embargo, la palabra de Dios, a medida que nos vamos acercando a la Navidad insiste en que vivamos en alegría.  Alegría fundada en el nacimiento de Jesucristo y en la certeza que Dios nos ama y está cercano a nosotros.

Hemos de sentir alegría porque Dios ha perdonado nuestras culpas y nuestras penas; porque “ha expulsado a tus enemigos.  Los enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos y los de fuera: pasiones, seducciones, vicios, complejos y miedos.

Pareciera que el futuro no nos invita mucho al optimismo.  No tenemos garantía de que las cosas vayan a ir mejor.  Pero sí tenemos garantía de que Dios quiere salvar a este mundo y esta garantía hace que no perdamos la confianza y que nos pongamos en las manos de Dios para superar nuestros miedos, nuestros temores. 

Quizás nos preguntamos, en muchas ocasiones, ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis hijos, de este mundo?  A nosotros nos corresponde confiar en Dios porque Dios se ha enamorado apasionadamente de ti.  Y aunque no seamos dignos de su amor, no importa.  Dios te ama.  Puedes olvidarte de Él, pero Él no se olvida de ti.  Dios te ama.  Por eso hay que estar alegres.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, insiste en que debemos estar alegres y nos invita una y otra vez: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Las razones profundas de esa alegría es la presencia del Señor Jesús, y la alegría es fruto de la fe; es reconocer cada día su presencia de amistad, es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Es descubrir cómo actúa Dios en nuestras vidas, oculto en la profundidad de los acontecimientos de cada día. Es tener la certeza que aunque todo falle, Él siempre permanece fiel a su amor. Es saber que jamás nos abandonará y dirigir nuestra mirada hacia Él.

Se hace uno de nosotros porque nos ama, se entrega en la cruz porque nos ama, resucita por amor. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. El cristiano jamás debería estar triste porque ha encontrado la razón de su vida, el tesoro escondido, la perla preciosa: El Señor Jesús que nos ama infinitamente hasta dar la vida por nosotros, y cuyo amor nunca nos faltará.

El Evangelio de san Lucas nos presentaba a las multitudes sedientas de felicidad que se acercan a Juan el bautista a preguntarle: ¿Qué debemos hacer  para alcanzar la felicidad? ¿Qué debemos hacer para encontrar en lo profundo de nuestro corazón el amor de Jesús?  Las respuestas de Juan son claras y contundentes, no coinciden nada con las propuestas comerciales que nos llegan en esta Navidad.

Primeramente es la donación, la generosidad, el amor: encontrar la felicidad en el dar, en el darse al hermano, en el compartir. Así terminaríamos con toda esta cadena de corrupción y de ambiciones que tanto nos está destrozando. Dar como Jesús dio, dar con alegría, dar con prontitud. La alegría está íntimamente unida al amor, al amor constante, al amor fiel, al amor desinteresado.

Su segunda respuesta nos lleva por el camino de la justicia: “No cobrar de más”, y no se refiere solamente a los comerciantes, sino a todas las actitudes de nuestra vida que se rigen por la ley de la selva: cobrar más, exigir más, tener más. La ambición destruye la hermandad. La justicia construye la paz y la alegría. Sólo con la justicia crece la fraternidad y hay un vínculo muy estrecho entre fraternidad y alegría.

La respuesta final que nos ofrece San Juan en este pasaje está conectada con la verdad: no engañar, no extorsionar. La mentira nos corroe el corazón y nos hace infelices y desgraciados. No se puede vivir con una careta y encontrar la felicidad, pues tarde o temprano acaba por destruirnos la mentira.

Cada una de las respuestas que da San Juan a sus oyentes, son también respuestas que debemos escuchar, asumir y aplicar cada uno de nosotros. Son indicadores muy concretos del camino de la alegría, de nuestra conversión y de nuestro acercamiento al Señor. Son la mejor forma de encontrar al Señor: retomar la fraternidad, buscar la verdad y la justicia, construir un mundo de paz.

¿Dónde buscamos nuestra felicidad? ¿Estaremos alegres en esta Navidad? ¿Cómo podemos hacer nuestros los caminos que propone san Juan?

lunes, 11 de diciembre de 2023

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)


Este tercer domingo de adviento es conocido como el domingo de la alegría (Gaudete). La lecturas nos hablan de ello y la alegría se hace patente porque ya está muy cercana la Navidad, ese gran acontecimiento que llevamos preparando durante todo este tiempo de Adviento.

La 1ª lectura, del libro del profeta Isaías, nos presenta a Dios, a un Dios que se preocupa de los que sufren, de los desheredados de la tierra, de los excluidos, de los marginados.

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Por ello, Dios nos quiere liberar del mal que existe en nosotros, de nuestros pecados, del daño que causamos a los demás y del daño que nos causamos a nosotros mismos.  Hay que vivir en amistad con Dios para vernos libres de todas las esclavitudes y liberar también a este mundo.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Tesalonicenses, nos invitaba a preparar la llegada del Señor, y a vivir con alegría este acontecimiento.

No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Podemos hoy vivir alegres? ¿Tenemos derecho a estar alegres? Cuando pensamos en los problemas que nos rodean, cuando experimentamos la crisis económica y la inseguridad, cuando ha muerto una persona querida… ¿podemos estar alegres? Cuando muchas personas mueren de hambre, cuando muchos pueblos están en guerra, cuando es pisoteada la dignidad de tantas personas… ¿podemos estar alegres? Con todo, san Pablo nos ha dicho en la segunda lectura: “Estad siempre alegres”.  Esto significa que la alegría es posible. Los cristianos debemos reivindicar la alegría, porque creemos y tenemos esperanza. Los problemas que he dicho al principio son reales, existen de veras. Pero no nos podemos resignar a quedarnos sin hacer nada. Debemos aportar una solución.

Cuando trabajamos para que las relaciones entre las personas sean sinceras, cuando procuramos ser justos para con todos, cuando nos esforzamos por crear lazos de solidaridad, cuando colaboramos con personas que luchan por construir un mundo más justo, que luchan por la dignidad de la persona, entonces el mundo empieza a transformarse, empieza a mejorar.

En medio de los problemas podemos experimentar la alegría, porque el mundo puede cambiar. Armados con la fe, la esperanza y la alegría, podemos hacer mucho más de lo que podemos imaginar. Sí, una persona sola puede hacer muchísimo. Puede crear un clima distinto a su alrededor, porque cree en Jesús que le da fuerza.

El Evangelio de san Juan  nos presenta a Juan el Bautista como enviado por Dios, como testigo para dar testimonio de la luz.

Muchas veces en la vida nos encontramos como en un túnel de oscuridad y necesitamos el “guía” que nos muestre la pequeña lucecita que nos conduce a la claridad y a la libertad.

Hoy, la Palabra de Dios, nos invita a que nosotros nos convirtamos en testigos de la luz, en testigos de Jesús.  Para ser testigos se requieren varias condiciones.  En primer lugar es necesario reconocer y aceptar lo que somos y lo que no somos.  Nunca podremos ocupar el lugar de la luz, es decir, nunca podremos ocupar el lugar de Dios.  Juan lo dijo claramente: “Yo no soy el Mesías”.  No podemos vivir de apariencias ni de títulos.

En segundo lugar, no podemos creernos más de lo que somos, creyendo que ya lo sabemos todo acerca de Jesús y de su Evangelio.  No podemos decir que conocemos a Jesús si le damos la espalda; no podemos decir que nos ha iluminado, aunque tengan mil luces artificiales nuestros nacimientos, si nuestro corazón sigue en tinieblas.

Hoy se necesitan testigos. Testigos de la verdad, de la luz, de la justicia, de la solidaridad, de la paz, de la alegría, del Evangelio, de Cristo, de Dios. Testigos firmes que no se doblen ante las dificultades o ante las promesas y los halagos. Testigos creíbles y responsables que hablen más con sus obras que con sus palabras. Testigos que sean una voz que anuncia buena nueva en medio de tantas falsedades. Testigos de la luz en medio de tanta oscuridad que nos ahoga y desanima. Testigos de Cristo.

La Navidad se presta mucho para decir que somos cristianos pero teniendo un conocimiento muy superficial de Jesús; se presta para organizar fiestas y tener pretextos para nuestras diversiones.  Sin embargo la Navidad es tiempo para conocer realmente a Jesús, para que su mensaje tenga repercusión en nuestra vida y marque nuestra conducta e ilumine nuestra historia.

En este domingo de la alegría debemos preguntarnos: ¿Quién soy yo, que digo de mí mismo? ¿Cuáles son mis valores? ¿Estoy anunciando a Cristo?  ¿Soy testigo de Cristo ante el mundo y ante mi familia?

lunes, 5 de diciembre de 2022

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)


El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.

En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.

Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.

Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.

A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.

Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.

Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.

Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.

El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?

Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.

En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.

Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.

Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?

Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.

Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.

lunes, 6 de diciembre de 2021

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO C)

El que tenga dos túnicas, que se las reparta con el que no tiene; y el

Cada año, este tercer domingo de Adviento nos invita a la alegría.  Por eso, en la tradición litúrgica de la Iglesia se ha conocido este domingo como el Domingo “Gaudete”.  En este domingo, ya no solamente se nos invita a prepararnos a la Navidad mediante un cambio de vida y de mentalidad; sino que se nos invita a prepararnos con “alegría” porque el Salvador está cerca.

La 1ª lectura del profeta Sofonías, nos invita a la alegría.  La causa de esa alegría es que el Señor ha cancelado tu condena, ha expulsado a tus enemigos.

Cuando nos pesan los problemas, las preocupaciones o los sufrimientos no es fácil tener serenidad, tranquilidad, paz y mucho menos alegría.  Sin embargo, la palabra de Dios, a medida que nos vamos acercando a la Navidad insiste en que vivamos en alegría.  Alegría fundada en el nacimiento de Jesucristo y en la certeza que Dios nos ama y está cercano a nosotros.

Hemos de sentir alegría porque Dios ha perdonado nuestras culpas y nuestras penas; porque “ha expulsado a tus enemigos.  Los enemigos que tenemos dentro de nosotros mismos y los de fuera: pasiones, seducciones, vicios, complejos y miedos.

Pareciera que el futuro no nos invita mucho al optimismo.  No tenemos garantía de que las cosas vayan a ir mejor.  Pero sí tenemos garantía de que Dios quiere salvar a este mundo y esta garantía hace que no perdamos la confianza y que nos pongamos en las manos de Dios para superar nuestros miedos, nuestros temores. 

Quizás nos preguntamos, en muchas ocasiones, ¿qué será de mí? ¿Qué será de mis hijos, de este mundo?  A nosotros nos corresponde confiar en Dios porque Dios se ha enamorado apasionadamente de ti.  Y aunque no seamos dignos de su amor, no importa.  Dios te ama.  Puedes olvidarte de Él, pero Él no se olvida de ti.  Dios te ama.  Por eso hay que estar alegres.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses, insiste en que debemos estar alegres y nos invita una y otra vez: “Estad siempre alegres en el Señor; os lo repito, estad alegres”.

Las razones profundas de esa alegría es la presencia del Señor Jesús, y la alegría es fruto de la fe; es reconocer cada día su presencia de amistad, es volver a poner nuestra confianza en Él, es crecer en su conocimiento y en su amor. Es descubrir cómo actúa Dios en nuestras vidas, oculto en la profundidad de los acontecimientos de cada día. Es tener la certeza que aunque todo falle, Él siempre permanece fiel a su amor. Es saber que jamás nos abandonará y dirigir nuestra mirada hacia Él.

Se hace uno de nosotros porque nos ama, se entrega en la cruz porque nos ama, resucita por amor. La contemplación de un amor tan grande da a nuestros corazones una esperanza y una alegría que nada puede destruir. El cristiano jamás debería estar triste porque ha encontrado la razón de su vida, el tesoro escondido, la perla preciosa: El Señor Jesús que nos ama infinitamente hasta dar la vida por nosotros, y cuyo amor nunca nos faltará.

El Evangelio de san Lucas nos presentaba la pregunta que la gente le hacía a Juan Bautista: “¿qué debemos hacer?” La respuesta que nos da Juan es actuar con generosidad y con justicia.

Solemos pensar que la sociedad sería más justa y humana si los demás cambiaran.  Pensamos que las injusticias, los abusos de todo tipo, los hacen otros, pero no nosotros.

Cada uno de nosotros, hemos de asumir nuestra responsabilidad personal ante las injusticias.  Todos hemos de practicar la justicia y el amor. 

Nuestra familia, nuestra comunidad, nuestro país cambiará con la ayuda de todos.  No podemos estar siempre echándole la culpa de todo lo que pasa a los demás.  No podemos seguir diciendo que la sociedad está mal por culpa sólo de los políticos.  No olvidemos que somos ciudadanos y por lo tanto nosotros los hemos elegido y es nuestra responsabilidad exigir que actúen con honestidad.

Por desgracia, cada vez más vemos que en la sociedad lo importante no son las personas, sino la función que ejercen.  Vemos a la persona como una pieza más del engranaje: en el  trabajo es un empleado, en el consumo un cliente, en la política un voto, en el hospital un número de cama.

Las palabras del Bautista nos obligan a pensar que la raíz de las injusticias, del egoísmo, de esta situación en que vivimos, está en nuestro corazón.  Si pusiéramos en práctica lo que nos dice hoy Juan el Bautista: compartir lo que cada uno tenemos con los necesitados, ¿qué pasaría?  Pues que este mundo y nuestro pueblo experimentarían una profunda revolución social, seguramente la revolución social más efectiva que se haya dado en la historia.

“¿Qué podemos hacer?”  Es hora de actuar. No podremos quitar todo el mal del mundo, pero podemos empezar a limpiar un poco nuestra vida.

lunes, 7 de diciembre de 2020

 

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO B)

El tercer domingo de Adviento se llama “Gaudete”, es decir domingo de la alegría.  La alegría es el gran signo de Dios.  La alegría es parte de una Iglesia que confía en Dios, que mira compasiva a los necesitados, que celebra la vida y que apuesta por ser signo de un Niño que seguirá transformando corazones y renovando la humanidad.

El profeta Isaías, en la 1ª lectura, nos recuerda su vocación y la misión que Dios le ha encomendado. Ha sido “ungido”, es decir consagrado para una extraordinaria aventura: llevar el gozo, la alegría a quienes carecen de ella.

Dios cumple sus promesas y esta es la señal: los pobres reciben la Buena Noticia.  Esto quiere decir que Dios cura los corazones rotos: ¡hay tanto desamor en nuestro mundo!; proclama el perdón a los cautivos, la libertad a los prisioneros: ¡cuántas esclavitudes nos domina!  Dios viene a dignificar a todos los seres humanos: ¡no basta con ayudar al pobre, sino que debemos hacer de él un hombre digno!

Dios pregona el año de gracia del Señor: ¡Sólo es posible que la gracia llegue a todos si eliminamos la pobreza y sus causas injustas!  Es decir tenemos que trabajar por un nuevo orden internacional donde el hombre deje de ser explotado por el propio hombre.

Hoy seguimos, como en épocas pasadas, excluyendo a una parte importante de la población mundial del derecho a una vida digna.  La falta de justicia se manifiesta como una constante a lo largo de la historia y hoy se justifica esa falta de justicia mediante una sutil manipulación de las fuentes de información.  La exclusión, la pobreza, no sólo no disminuyen sino que van adoptado nuevas formas y se propagan con mayor velocidad. 

Por eso el hombre necesita urgentemente un Salvador, pero un salvador que sea hombre entero y verdadero, pero que sea también un Dios. Necesita un Salvador que aporte luz a sus pasos inciertos, que lo cure de muchas enfermedades, que le dé razones para vivir, que le enseñe lo que es la vida, que entone el himno de la libertad y de la alegría. Un Salvador que nos diga dónde está la verdad del hombre y de Dios. Este Salvador es Jesús.

San Pablo, en su carta a los Tesalonicenses, nos habla de la alegría. 

No parece fácil mantener un ritmo de alegría y gozo en estos tiempos nuestros marcados por el desencanto, el desengaño y el pesimismo.

Podríamos preguntarnos: ¿Podemos hoy vivir alegres? ¿Tenemos derecho a estar alegres? Cuando pensamos en los problemas que nos rodean, cuando experimentamos la crisis económica y la inseguridad, cuando ha muerto una persona querida… ¿podemos estar alegres? Cuando muchas personas mueren de hambre, cuando muchos pueblos están en guerra, cuando es pisoteada la dignidad de tantas personas… ¿podemos estar alegres? Con todo, san Pablo nos ha dicho hoy: “Estad siempre alegres”.  Esto significa que la alegría es posible. Los cristianos debemos reivindicar la alegría, porque creemos y tenemos esperanza. Los problemas que he dicho al principio son reales, existen de veras. Pero no nos podemos resignar a quedarnos sin hacer nada. Debemos aportar una solución.

En medio de los problemas podemos experimentar la alegría, porque el mundo puede cambiar. Armados con la fe, la esperanza y la alegría, podemos hacer mucho más de lo que podemos imaginar.

El Evangelio de san Juan nos presenta la figura humilde y sincera de Juan el Bautista.

Juan es obligado a decir quién es y él responde: “Yo soy la voz que grita en el desierto: “Allanad el camino del Señor”. 

Hoy en día hay muchas voces que gritan por todas partes: en los mercados, en las plazas, en las calles, en los periódicos, en la televisión, etc.  Son voces que nos obligan a comprar, a protestar, a aceptar ciertas mentiras, a hacernos más egoístas e insolidarios.  Son voces que nos hablan de guerras, violencia, placer, etc.  Sin embargo, la voz de Juan es única: “Allanad el camino del Señor”.  Con esto nos dice Juan que por otros caminos no encontraremos a Dios.

Nuestro testimonio como cristianos es ser en medio de este mundo una voz diversa.  Una voz que denuncia aquellos caminos que no conducen a Dios, esos caminos que son el egoísmo, el engaño, la mentira, la injusticia,  esos caminos no nos llevan a Dios.

Juan, una vez que se ha definido como la voz, también aclara los equívocos sobre su persona, él no es el Mesías, el Mesías es otro que viene detrás de él.  Juan es simplemente un testigo.

Juan es el testigo que Jesús ha querido enviar, y Jesús quiere seguir enviando testigos a nuestro mundo. Dispongámonos para serlo también nosotros, para ser su voz y su luz, y como hemos oído al Bautista, “allanemos el camino” para que nos resulte más fácil recibir internamente el Espíritu que Jesús nos quiere comunicar y llegar a sentir la experiencia gozosa de su presencia.

Alegrémonos en este domingo en el Señor, porque Él está en medio de nosotros y nos invita a ser más humanos, más fraternos, más solidarios, para así poder celebrar una Navidad más cristiana.

martes, 10 de diciembre de 2019

III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
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III DOMINGO DE ADVIENTO (CICLO A)
 
El tercer domingo de Adviento se llama el domingo “Gaudete” (Alegraos). Las lecturas nos invitan a llenarnos de alegría por la salvación que Dios nos trae.  Por eso en este tiempo de Adviento decimos: “Ven, Señor Jesús, y sálvanos”.
 
La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta una situación de desesperanza y desencanto que vive el pueblo de Israel.  El profeta invita al pueblo a poner la mirada en Dios y a ver cómo hay razones para la esperanza porque Dios mismo intervendrá a favor de su pueblo.
 
En medio de las dificultades, en medio de las tinieblas que envuelven nuestra vida y la vida del mundo, también, el profeta Isaías, nos invita hoy, a nosotros, a la alegría, a dejar de lado nuestro miedos, a llenar nuestra alma de paz.
 
Nuestra vida, puede ser una vida vacía y estéril, una vida árida como el desierto.  Podemos sentirnos inútiles, podemos sentir que no tenemos nada que presentarle a Dios.  Podemos tener la sensación de no haber hecho nada que tenga realmente valor para Dios.  Podemos sentirnos como esa tierra seca y estéril.
 
Hoy nos dice Dios, que si nosotros dejamos que Él actúe en nuestra vida, esa vida seca y estéril la puede transformar como transforma el desierto en un vergel para que no vivamos una vida sin pena ni gloria.
 
A veces, el miedo, la timidez, el creernos poca cosa, ahogan la grandeza de nuestro corazón, ahogan nuestras más grandes aspiraciones hasta hacernos caer en una vida sin sentido, sin esperanza.  Siempre vamos de prisa, y esto hace que aumenten las enfermedades, los infartos, los complejos, la angustia.  No tengamos miedo, ahí tenemos a nuestro Dios que viene a salvarnos.  No nos angustiemos, tengamos confianza en el amor y en el poder de Dios.  Podemos estar seguros que el Señor viene a salvarnos y a ofrecernos una vida mejor.
 
La 2ª lectura del apóstol Santiago nos invita a no desesperarnos y a tener paciencia.
 
Hay muchas personas que diariamente sufren la injusticia, el miedo y se les priva de su dignidad.  El apóstol Santiago nos dice que a pesar del sufrimiento, Dios no nos abandona ni nos olvida, sino que viene a liberarnos.  Hay que esperar en Dios, y hay que esperarlo, no con el corazón lleno de deseos de venganza sino con esperanza y confianza.
 
Esto no significa que nos quedemos de brazos cruzados, sin hacer nada.  Lo que Dios nos pide es que no dejemos que los sentimientos agresivos y destructivos tomen posesión de nosotros, porque Dios no puede salvar a una persona que su corazón esté dominado por el odio, por el rencor o por el deseo de venganza. Cultivemos la virtud de la paciencia, como el agricultor o como la mujer que tiene que esperar 9 meses hasta que da a luz.
 
Seamos pacientes porque Dios nos dice que la situación de injusticia y de pecado no tendrá la última palabra.
 
El Evangelio de San Mateo nos presenta a Juan Bautista, encarcelado por Herodes, por ser fiel al mensaje de Dios, que envía a sus discípulos para preguntarle a Jesús: “Tú, quién eres”.  ¿Eres tú nuestro Salvador?
 
Cuando el hombre para superar sus angustias, sus preocupaciones ve que no puede hacerlo por sí mismo busca a alguien que lo ayude a liberarse de sus problemas, necesita de alguien que sea capaz de resolver lo que él no puede.
 
En esta situación de impotencia el hombre busca uno o varios “salvadores” y en ellos pone sus esperanzas, sus ilusiones; estos salvadores se presentan como la solución definitiva a nuestros problemas.  Además la sociedad nos crea necesidades falsas que todavía nos hacen sentirnos más preocupados y necesitados de salvadores.
 
Tenemos, pues, una serie de necesidades y una serie de salvadores en quienes depositamos, en muchas ocasiones, nuestras esperanzas porque nos han prometido resolver nuestras necesidades, angustias y problemas: nos encontramos con los políticos que prometen resolverlo todo; con los adivinos y lectores de cartas que tienen recetas para todo; con los predicadores protestantes que nos van a curar de todas nuestras enfermedades y vicios.  En otras ocasiones ponemos nuestras ilusiones en cantantes, futbolistas, actores y los convertimos en nuestros ídolos.
 
Pero todos estos “salvadores” ¿son el verdadero salvador que necesitamos?  El Evangelio de hoy nos da la clave para saber si estos salvadores son el verdadero salvador: “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”  ¿Qué respuesta darán los supuestos salvadores de nuestro mundo a esta pregunta?  ¿Acaso pueden responder con la misma firmeza con que respondió Jesús?
 
Nuestros falsos y pequeños salvadores actuales no pueden salvar al hombre, podrán, quizás, resolver algún problema, pero son incapaces del salvar al hombre.  Sólo Jesús nos puede salvar.
 
Preparémonos para recibir en la Navidad ya cercana al único que nos salva y que nos llena de alegría, al único que puede romper todas nuestras ataduras que nos impiden realizarnos como auténticas personas: Cristo Jesús.