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lunes, 26 de julio de 2021

 

XVIII DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

La liturgia de este domingo nos dice que Dios está empeñado en ofrecernos el alimento que nos da la vida eterna y definitiva.

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos habla de la solicitud y del amor con el que Dios acompaña nuestro caminar durante todos los días de nuestra vida.

Muchas veces ante las dificultades y las necesidades se prefiere lo que es seguro, aunque esto implique no ser libres.

En la primera lectura, hemos visto cómo el pueblo de Israel ante las dificultades tiene miedo de seguir adelante, abandona la lucha y protesta contra quien le ha dado la libertad, incluso prefiere la muerte a seguir adelante a través del desierto: desear la muerte es enfrentarse con Dios que quiere la vida, que quiere que el pueblo viva esta experiencia de libertad. 

Vivir la libertad es un riesgo, es ser responsables con otros, como pueblo, esta posible experiencia de solidaridad. 

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos dice que ser cristiano significa un cambio radical en nuestra vida.

El cristiano es, antes de nada, alguien que ha encontrado a Cristo, que ha escuchado su llamada, que se ha adherido a su propuesta. La consecuencia de esa adhesión es pasar a vivir de una forma diferente, de acuerdo con valores diferentes, y con otra mentalidad.

El momento de nuestro Bautismo no fue un momento de folklore religioso o una ocasión para cumplir con un rito cultural cualquiera; sino que fue un verdadero momento de encuentro con Cristo, de compromiso con Él y el inicio de un camino que Dios nos llamó a recorrer, con coherencia, por la vida, hasta que lleguemos al hombre nuevo.

El Evangelio de san Juan Jesús se presenta como el “pan” de vida que baja del cielo para dar vida al mundo.

El camino que recorremos en esta tierra, es siempre un camino marcado por la búsqueda de nuestra realización, de nuestra felicidad, de una vida plena y verdadera. Tenemos hambre de vida, de amor, de felicidad, de justicia, de paz, de esperanza y procuramos, de mil formas, saciar esa hambre; pero continuamos siempre insatisfechos, tropezando con nuestra finitud, en respuestas parciales, en tentativas fallidas de realización, en esquemas equívocos, en falsas expectativas de felicidad y de realización, en valores efímeros, en propuestas que parecen seductoras pero que sólo generan esclavitud y dependencia. En verdad, el dinero, el poder, la realización profesional, el éxito, el reconocimiento social, los placeres, los amigos son valores efímeros que no llegan a “llenar” totalmente nuestra vida y a darle un sentido pleno.

Jesús de Nazaret es el “pan de Dios que baja del cielo para dar vida al mundo”. Es esta la cuestión central que el Evangelio de este Domingo nos propone. Es en Jesús y a través de Jesús como Dios sacia el hambre y la sed de todos los hombres y les ofrece la vida en plenitud.

¿Qué es preciso hacer para tener acceso a ese “pan de Dios que baja del cielo para dar la vida al mundo”? De acuerdo con el Evangelio de este Domingo, la repuesta es clara: es preciso adherirse (“creer”) a Jesús, el “pan” que el Padre envió al mundo para saciar el hambre de los hombres. Unirse a Jesús es escuchar su llamada, acoger su Palabra, asumir e interiorizar sus valores, seguirle por el camino del amor, del compartir, del servicio, de la entrega de la vida a Dios y a los hermanos. Se trata de una adhesión que debe ser consecuente y traducirse en obras concretas.

Hay que optar por Jesús y optar por Jesús es trabajar por el pan que dura para siempre: la solidaridad.  La solidaridad se basa en una experiencia de amor.

Jesús nos dice que hay que romper con el individualismo, con el pan que perece.  Jesús dice yo soy el pan de vida.  ¿Por qué no nos arriesgamos por Jesús?  ¿Por qué no optamos, decidimos por Jesús?

lunes, 19 de julio de 2021

 

XVII DOMINGO ORDINARIO(CICLO B)

La liturgia de este domingo nos muestra la preocupación de Dios por saciar el “hambre” de pan, de libertad, de justicia, de paz y de esperanza que tenemos todos los seres humanos.

La 1ª lectura del segundo libro de los Reyes, nos muestra al profeta Eliseo compartiendo su pan con los necesitados. 

Hay en el mundo muchos hombres y mujeres generosos, que sin publicidad, tienen gestos de compartir, de solidaridad, de entrega hacia los más necesitados.  Y es a través de estas personas como Dios manifiesta su misericordia con los necesitados.

Dios quiere acabar con el hambre del mundo, por ello la primera lectura nos invita a todos al compromiso.  Dios necesita de todos nosotros, de nuestra generosidad y bondad para ir al encuentro de nuestros hermanos necesitados y para ofrecerles vida en abundancia.

Todos tenemos cosas que podemos compartir, sea en lo económico, en lo cultura, en lo religioso.  Siempre vamos a encontrar personas que pasan alguna clase de hambre y se sienten solas.  No siempre es dinero lo que piden, muchas veces es atención, tiempo, compañía, una mano amiga.  No hay que ser rico para compartir.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos da un mensaje de paz, de unidad y de concordia, tan necesarios hoy para nuestra sociedad y nuestro mundo.

Todos los cristianos formamos el “Cuerpo de Cristo”, Él es la cabeza, nosotros somos los miembros de esa cabeza, es decir, formamos una unidad. Por ello, no tienen sentido las divisiones, las envidias, las rivalidades, los celos, los odios que tantas veces dividen a los hermanos de una misma comunidad.

El que seamos personas diferentes, que pensemos de diferente manera no nos tiene que llevar a conflictos y divisiones sino a una unidad, construida en el respeto y la tolerancia.  La diversidad es un valor bueno que no debe anular la unidad y el amor a los hermanos.

El evangelio de san Juan, nos presenta el milagro de la multiplicación de los panes y de los pescados.

Nosotros estamos más acostumbrados al intercambio: doy para que me den.

Mientras sólo demos las sobras de lo que tenemos, nunca conseguiremos que haya para todos.  Mientras no nos eduquemos para compartir, como mucho llegaremos a tranquilizar con engaño nuestra conciencia, pero continuará faltando el pan para muchos.

Y lo que vale para los bienes materiales, también lo podemos decir de nuestras aptitudes y cualidades.  Demasiado a menudo decimos expresiones como: “pobre de mí, si soy tan poca cosa”… “eso tiene que hacerlo gente preparada y no como yo”, y decimos otras cosas parecidas para ahorrarnos el perder la tranquilidad de nuestro ir haciendo.  Y, así, olvidamos que todos podemos aportar algo al bien del conjunto de cosas que, tarde o temprano, se encontrarán a faltar.

Jesús quiere un pueblo de personas libres, que sepan compartir todo lo que son y tienen (no importa la cantidad, sino la calidad) para que todos puedan crecer en humanidad.  Jesús quiere un pueblo de personas que, porque creen en Dios, asumen plenamente su responsabilidad en el mundo; personas que, porque sólo obedecen a Dios, se hacen servidores de todos.

Y lo que quiere Jesús, es que lo que quiere Dios nuestro Padre, choca con lo que quiere la gente.  La gente quiere alguien sobre el que pueda descargar la propia responsabilidad; buscan a alguien que les pueda solucionar los problemas, les ahorre, así, tener que utilizar la cabeza y las manos; prefieren seguir unas normas claras y definidas dictadas por un líder indiscutible, antes que actuar con generosidad y amor.

Jesús se retira solo a la montaña precisamente porque no quiere poder.  Él es fiel a su misión, que cosiste en formar un pueblo libre de verdaderos hijos de Dios que piensen y actúen por sí mismos.

La comunidad sólo se podrá formar de personas libres.  Una comunidad con “un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos”.

SANTIAGO APÓSTOL

¿Qué tendrá el corazón humano que se aferra a las cosas materiales? Dicen que el poder y el dinero, sin que el hombre se dé cuenta, lo condicionan, lo manipulan y le dan la sensación de que es él quien manda.

Al celebrar este día la fiesta de Santiago, Apóstol, el evangelista San Mateo nos da la oportunidad para comprobar que aun entre los discípulos de Jesús se daban estas ambiciones y estos deseos. Por una parte la madre de Santiago y Juan, está pidiendo que sean ellos los que estén en los primeros lugares, pero enseguida aparecen las rivalidades en los reclamos de los otros discípulos. No han entendido lo que Cristo busca y aunque lo van siguiendo de cerca, aún albergan en su corazón los deseos de grandeza, de poder y de bienes. Son situaciones que también se dan en nuestras familias, en nuestras comunidades y en la misma Iglesia.

Tendremos que estar muy atentos. Las familias sufren cuando no se da el primer lugar a las personas y sus miembros parecen pasar a segundo término importando más los negocios, el gusto o las decisiones egoístas de los papás.

No es raro que una familia acabe destruida por los pleitos y envidias a causa de las herencias, de las preferencias o de los bienes. También en nuestras comunidades el dinero y el deseo de autoridad suelen causar graves destrozos.

Si nosotros como Iglesia no somos capaces de tomar en serio las palabras de Jesús respecto a ser servidores, si anteponemos nuestra autoridad o nuestros caprichos, estaremos también destruyendo la obra de Jesús.

Hoy son igualmente válidas sus palabras: “Que no sea así entre ustedes. El que quiera ser grande que sea el que los sirva”. Si el discípulo se hace servidor, si está dispuesto y atento a las necesidades de los demás, si es capaz de mirar en cada ser humano, una persona y un hijo de Dios a quien servir, estaremos siguiendo el camino de Jesús.

La acusación que Jesús hace a las naciones de destrucción y de pleitos que tiranizan y oprimen, también hoy tiene su actualidad. También hoy se dan estas injusticias y necesitamos igual que Jesús, seguir insistiendo en el derecho de los pequeños a ser tratados con dignidad y con justicia. Si callamos, seremos cómplices de estas injusticias.

¿Cómo es nuestro servicio y nuestra disposición? ¿Qué buscamos realmente en nuestro corazón?

lunes, 12 de julio de 2021

 

XVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla del amor y el cuidado que Dios tiene por todos nosotros.  Un amor que se traduce en una oferta de vida plena que Dios hace a todos los seres humanos.

En la 1ª lectura del profeta Jeremías, Dios condena a los pastores indignos que utilizan a las personas para sus propios intereses personales.

La primera lectura de hoy es pues una denuncia contra los malos pastores, contra los malos líderes del mundo, contra los malos gobernantes, es decir, contra aquellas personas que están encargadas de cuidar a la comunidad y utilizan a los ciudadanos para beneficio propio y han herido, torturado, robado, asesinado, privando de la vida y de la felicidad a esas personas que Dios les confió.

La Palabra de Dios nos asegura que Dios es el “Pastor” que se preocupa de nosotros, que está atento a cada una de sus “ovejas”; Él cuida de nuestras necesidades y está permanentemente dispuesto a intervenir en nuestra historia para conducirnos por caminos seguros y para ofrecernos la vida y la paz. En Él tenemos que confiar.

La 2ª lectura de San Pablo a los Efesios, nos dice que para Dios nos hay distinciones de personas ya que todos somos hijos amados de Dios.  Dios es un Padre que no margina a ninguno de sus hijos.

Vivimos en un mundo globalizado que supuestamente nos acerca más a los seres humanos en esta casa común que es el mundo.  Sin embargo, el odio nos hace ser intolerantes y levantamos muros entre los seres humanos por diferencias raciales, políticas, religiosas y sociales que nos hacen que no podamos vivir esa fraternidad universal a la que nos llama Dios.

En nuestra vida personal y familiar y en nuestra experiencia de camino comunitario, aparecen frecuentemente muros que nos dividen, que impiden la comunicación, el encuentro, la comunión. Los grandes sufrimientos de nuestra humanidad son debido a que levantamos muros que nos separan, a nosotros y los demás; muros tanto morales como físicos.

Hoy el Señor nos dice que esos muros pueden y deben ser destruidos.

El Evangelio de San Marcos, nos decía que “Jesús vio una multitud y se compadeció de ella, porque andaban como ovejas que no tienen pastor”, es decir andaban desorientados.

¡Cuántas personas hoy en día andan como ovejas sin pastor: desorientados y separados de las demás! Personas heridas por innumerables sufrimientos: enfermedades, muertes, incomprensiones, insatisfacciones, frustraciones… Personas sin futuro, sin esperanza, sin horizonte. No hay cosa peor en la vida que estar desorientado, sin rumbo, sin un sitio al que ir, sin un horizonte en la vida, sin un por qué para seguir viviendo.

Hoy hay mucha gente desesperada; es decir, que han perdido la esperanza en un futuro mejor, aquí en la tierra y en el cielo.  Hay otra mucha gente que, ante la falta de perspectiva de futuro, se han instalado en el presente. Lo único que les preocupa es el presente: vivamos lo mejor posible, «comamos y bebamos que mañana moriremos».  Hay también mucha gente que se ha quedado anclada en el pasado, lo que les impide vivir el presente y esperar un futuro mejor.

Es fácil comprobar el vacío existencial de muchas personas. En forma de desgana de vivir, ansiedad, depresiones, consumidos por el consumo desenfrenado, como veletas que giran para donde sopla el viento, como ovejas sin pastor. Una multitud que camina, pero sin rumbo, sin una palabra orientadora, sin pastores que le acompañen.

Una oveja sin pastor no puede encontrar el camino, ni tampoco tiene defensa frente a los peligros que le acechan. Una persona alejada de Dios no tiene sentido para la vida, ni solución para la muerte.

Cristo es el único que puede orientar nuestra vida, el único que puede dar sentido a nuestra existencia.  Dejémonos guiar por Él.

lunes, 5 de julio de 2021

 

XV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos recuerda que Dios actúa en el mundo a través de hombres que Él llama y envía.  Pero cuando somos enviados por Dios debemos ser fieles a los proyectos de Dios y no buscar nuestros propios intereses o privilegios.

La 1ª lectura nos presenta el ejemplo del profeta Amós.  Amós es escogido, llamado y enviado por Dios para enseñar a los hombres, con verdad y coherencia, los planes y los caminos que Dios tiene para el mundo.

Verdadero profeta es sólo aquel que es llamado por Dios, y que recibe la misión de hablar en nombre de Dios.  Un verdadero profeta es aquel que transmite el mensaje que Dios le ha confiado.  Cuando un profeta cae en la tentación de pronunciar palabras propias, o palabras ajenas a las que Dios le ha confiado, está traicionando a Dios.

Un verdadero profeta es aquel que no se deja manipular por los poderosos ni busca intereses personales.  El profeta es un hombre libre que no puede callarse ante la injusticia, la opresión, la explotación, ante todo lo que va en contra de la realización plena del ser humano.

Muchas veces, la palabra del profeta duele en quien lo escucha, levanta ampollas en los cristianos cómodos, en los que quieren vivir a gusto, sin compromisos con Dios ni con la Iglesia.

Por eso, hay que preguntarse: nosotros, ¿cómo actuamos cuando la Palabra de Dios nos exige o nos pide que renunciemos a algo? ¿Nos rebelamos, nos justificamos o buscamos mil y un pretexto para seguir haciendo o diciendo lo que nos resulta más fácil?  ¿Protestamos contra los que, en nombre de Dios y enviados por Dios, nos exigen justicia, verdad, humildad y compromiso?

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios nos ha presentado uno de los himnos más bellos y profundos de alabanza y agradecimiento a Dios.

¡Qué alegría saber que Dios nos eligió -desde antes de crear el mundo- a ser sus hijos y a ser santos y puros ante sus ojos!  Y si Dios nos ha elegido, también tiene un proyecto de vida para cada uno de nosotros, un proyecto que desde siempre ha estado presente en la mente de Dios.  

No somos un accidente de la creación, somos los actores principales de esa historia de amor que Dios siempre soñó para este mundo.  En medio de todos nuestros problemas y sufrimientos, de nuestros miedos y pecados, no olvidemos que somos hijos amados de Dios que nos ofrece siempre una vida plena y una felicidad verdadera.

En el Evangelio de san Marcos, Jesús envía en misión a sus discípulos para que anuncien el Reino de Dios y luchen contra todo aquello que esclaviza al hombre y que le impide ser feliz.

¿Qué hay que anunciar?  Vivimos una religiosidad que podríamos llamar “ligth”, en la que cada uno quiere escoger lo que quiere y cuando quiere; donde queremos que Dios se acomode a nuestra manera de pensar y de ser. 

Lo que hay que anunciar es lo que dijo Jesús: el Reino de Dios.  El Reino de Dios es un mundo mejor que tenemos que construir los cristianos aquí en la tierra, desde los valores del Evangelio, y que llegará a su plenitud en el cielo. Que todo en nuestra sociedad “funcione” desde los criterios del Evangelio. Para ello es necesario anunciar la conversión; es decir, el cambio de mentalidad, hay que abandonar los criterios de este mundo: el poder, el tener, el gozar.

¿A quién anunciar este mensaje? A todos, porque no todos los que se dicen llamar cristianos lo son.  El mensaje del Señor tiene que cambiar nuestros intereses, nuestras opciones, nuestras preocupaciones, nuestras actitudes, nuestros pensamientos.

¿Cómo anunciar el mensaje?  El evangelio nos decía que sólo tenemos que llevar bastón, sandalias y una túnica; esto quiere decir que sólo nos basta con apoyarnos en Dios.  Hay personas que creen que el evangelio hay que anunciarlo con todas las técnicas modernas, y lo importante es apoyarse en Dios, lo demás es secundario.  Lo importante es que esta evangelización se tiene que hacer con palabras y con obras. No se trata sólo de hablar de Dios, sino que hay que vivir desde Dios, es nuestra vida la que tiene que pregonar qué es lo que creemos. Hoy se necesitan más testigos que maestros. 

Dios siempre ha necesitado de las personas para llevar adelante su mensaje. Hoy necesita de ti. Si el Evangelio no llega a todos los rincones del ser humano y de todos los seres humanos, quizás sea por responsabilidad tuya. Colabora con Dios.

lunes, 28 de junio de 2021

 

XIV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son una invitación a tener fe, de verdad, en Dios, a confiar en Él. La increencia, la falta de fe, no es un fenómeno de hoy, ya en tiempos de Jesús también se daba; pero hay que resaltar que la sociedad de hoy tiene una mayor abundancia de indiferencia religiosa.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice que el pueblo de Israel es caprichoso, obstinado y rebelde para con Dios y su mensaje; es decir, el pueblo de Israel no hacía caso de la voluntad de Dios, prefería seguir sus propios caminos.

Nosotros también somos muchas veces rebeldes para con Dios, somos rebeldes para obedecerlo y por ello nuestra sociedad cada vez más es también una sociedad rebelde contra la voluntad de Dios; una sociedad que cada vez se está alejando más de los mandamientos de Dios.

Pareciera que existe una lucha constante entre Dios y nosotros: le ofrecemos a Dios buenas palabras y Él obtiene malas obras; le hacemos a Dios buenos propósitos y demasiadas veces no los cumplimos.  Y Dios sigue esperándonos y enviándonos mensajes para que volvamos al buen camino.

¡Cuántas veces ofendemos la santidad de Dios por nuestros pecados y rebeldías!  Y sin embargo, el Señor sigue enviándonos profetas y dándonos mensajes para que no nos olvidemos que nos está esperando.

No seamos rebeldes a la voluntad y a los planes de Dios, no sustituyamos a Dios por ídolos que lo único que hacen es conducir nuestra vida hacia la perdición.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, hace alusión a una enfermedad, a una gran tentación que sufre san Pablo: “Para que no me engría, se me ha dado una espina en la carne”

Hay muchas personas que presumen de que todo lo hacen bien.  Muchas veces tenemos la tentación de creernos mejores que los demás, de pensar que somos indispensables, e incluso hasta llegamos a pensar que el mundo iría muy mal si nosotros no existiéramos, es decir nos creemos los mejores e imprescindibles.  El que tiene esa imagen de sí mismo, el orgulloso, es incapaz de reconocer la fuerza de Dios.

Dios no utiliza métodos espectaculares para mostrarse e imponerse a los seres humanos, sino que casi siempre Dios utiliza la debilidad y la sencillez para darnos a conocer sus caminos.

Nosotros nos dejamos impresionar por los grandes espectáculos; nos dejamos impresionar más por la botella, por el envase que por el contenido y por eso muchas veces no captamos la presencia humilde, sencilla, débil de hacerse presente Dios en nuestra vida.

Necesitamos aprender a mirar al mundo, a los hombres y a las cosas con los ojos de Dios y a descubrir a ese Dios que, en la debilidad, en la sencillez, en la pobreza, en la fragilidad, viene a nuestro encuentro y nos indica los caminos de la vida. 

El evangelio de san Marcos nos muestra la actitud de sus paisanos de no reconocer a Jesús porque se muestra como un hombre sencillo y humilde. 

Sus paisanos despreciaron a Jesús, al hombre sencillo diciendo: ¿no es éste el carpintero, el hijo de María?  

Nosotros también decimos: “tanto tienes, tanto vales”.  Medimos el valor de las personas por el peso de su cartera, por los títulos académicos que pueda presumir, por el poder que tiene, por el número de trabajadores a los que puede mandar, por la familia de la que procede, y últimamente por las veces que sale en televisión.

A quien no tiene nada de eso no lo escuchamos.  No lo tomamos en cuenta, aunque sea una persona buena.  Jesús tuvo que soportar las consecuencias de esta manera de pensar.

Pero no puede ser así, no podemos mirar a nadie por encima del hombro, pues quizás al infravalorar a la persona descubramos después que hemos despreciado a Dios. Cada hombre es único e irrepetible, cada hombre es un misterio de profundidad inalcanzable. No nos dejemos llevar por nuestros prejuicios sobre las personas y aprovechemos lo bueno que todo ser humano tiene.

lunes, 21 de junio de 2021

 

XIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo son un canto a la vida y nos presentan a Dios apasionado por la vida y a Jesús como el Señor de la vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos explica el origen de la muerte.  Dios creó al hombre inmortal, la muerte es una consecuencia del pecado, y “de la envidia del diablo”, no de Dios.

Demasiadas veces oímos decir que hemos nacido para morir. Y no es verdad. Hemos nacido para vivir en plenitud. Dios ha hecho al hombre y la mujer para que vivan de verdad. Para que superen, incluso el mal trago de la muerte, como un episodio pasajero. 

Si vivimos con Dios y para Dios, la muerte física es sólo un paso más para la eternidad, para vivir para siempre en el infinito gozo y felicidad de la vida con Dios y en Dios.  Y esa felicidad será eterna: para siempre.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos habla de solidaridad.

San Pablo organiza una colecta a favor de los cristianos de Jerusalén que se encontraban pasando escasez debido a las malas cosechas en el año anterior, “año sabático”, en que los judíos no sembraban, pues debían dejar descansar la tierra.

Los que tienen más medios económicos deben ayudar a los que menos tienen.  Y los que no tienen, algún día podrán ayudar a los que ahora si tienen.  Sin duda esto puede ser interpretado como aquel dicho popular: “hoy por ti, mañana por mí”.  Cuando compartimos con los que menos tienen, estamos enriqueciendo con gracias espirituales a los que sí tienen.  La solidaridad enriquece espiritualmente al que da, porque de esa manera “guarda un tesoro para el cielo”

Y para estimular a los Corintios y a nosotros a ser generosos, San Pablo nos recuerda cómo Cristo, “siendo rico, se hizo pobre por ustedes, para que ustedes se hicieran ricos con su pobreza”. 

El Evangelio de san Marcos nos presenta a Jesús curando a una niña y a una mujer.

En tiempo de Jesús, las mujeres eran uno de los grupos sociales más olvidados, más despreciados de la sociedad judía.  Jesús rompe con esos condicionamientos sociales y le devuelve la salud, la dignidad, el gozo de vivir a esta mujer y a esta niña.

Es cierto que en nuestra sociedad se va despertando una sensibilidad colectiva sobre el derecho de las mujeres a realizar su vida con plena dignidad, también somos más conscientes de las injusticias, la violencia, y las agresiones que la mujer padece. La violencia de género sigue siendo una de las vergüenzas de nuestra sociedad.

Somos aún poco conscientes del sufrimiento oculto y de la tragedia de tantas mujeres frustradas en su ser más íntimo. Mujeres perdidas, olvidadas en el anonimato de los hogares y de las labores caseras cuya dedicación y entrega apenas se valora.

A muchas mujeres se les paga un menor salario que a los hombres y padecen tantas injusticias que ni las leyes civiles contemplan esos atropellos contra la dignidad de la mujer.

No digamos la manipulación de la publicidad que utiliza a la mujer como mero objeto de placer y como un símbolo sexual y cómo fomentan los medios de comunicación este tipo de publicidad.

Cuantos países fundamentalistas someten a la mujer a duros maltratos con matrimonios forzados, y ropas que tapan por completo el rostro de la mujer.  Hay países donde a la mujer infiel se la lapida.

Aún hoy existen la explotación de la mujer mediante la prostitución y el turismo sexual.

En el mundo de hoy, las grandes conquistas que han conseguido las mujeres han sido porque ellas se han arriesgado, las han exigido, las han conquistado a veces con riesgos hasta de su vida, la historia lo atestigua. Es así nuestro mundo y es así el egoísmo de quienes se sienten protegidos por unas leyes que discriminan a la mujer.

Jesús alaba el coraje de esta mujer que se acerca a Él y pide su curación, y alaba a este padre preocupado por la salud de su hija.  Jesús alaba a toda persona que trabaje por la dignidad de todos los seres humanos, por la igualdad del hombre y de la mujer.

Nuestro deber es defender, ayudar a que todo ser humano tenga una vida digna.  Esto es lo que Jesús nos recuerda hoy con estas curaciones a estas dos mujeres.

lunes, 14 de junio de 2021

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos habla de las diferentes “tempestades” por las que podemos pasar a lo largo de nuestra vida y cuál debe de ser nuestra actitud cristiana ante esas situaciones.

La 1ª lectura del libro de Job es la respuesta de Dios a los reclamos, lamentos y preguntas que Job le hacía, motivado por sus desgracias, sus sufrimientos y las pérdidas que había sufrido en su familia, su salud, sus bienes.  Dios da a entender a Job, y a todos nosotros, que no podemos luchar, discutir con Dios, ni reclamarle.

Muchas veces a lo largo de la historia los creyentes han tenido la impresión de que el mundo se le ha escapado de las manos a Dios y ha caído bajo el poder del mal. Job, en su discusión contra Dios, expresaba ya esa visión pesimista del mundo.

Dios le abre los ojos a Job para mostrarle y mostrarnos como Él está continuamente luchando contra el mal.  El mal a pesar de todo el daño que nos hace y que hace a este mundo tiene establecidos unos límites, no tiene la última palabra.

Los lamentos de tantos cristianos ante la situación del mundo y de la Iglesia son fruto de la falta de fe.  La fe significa apoyarse sobre el fundamento sólido de Dios.  Cuando no hay una fe sólida, somos capaces hasta de juzgar a Dios.  Lo que tenemos que hacer es confiar en Dios y así estaremos serenos en las tempestades, alegres en los sufrimientos y llenos en las carencias.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados. 

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

En el Evangelio de san Marcos Jesús reprende a sus discípulos por su falta de fe al dejarse llevar por el miedo.

Jesús también nos reprende hoy a nosotros y nos invita a pensar en nuestros miedos y cobardías y en sus consecuencias por nuestra falta de fe. Nos invita el Señor a pensar en nuestras cobardías ante la presencia del mal tanto en nuestra vida como en la sociedad.

El enemigo principal de nuestra fe es el miedo.  El miedo paraliza la capacidad de pensar y de actuar.  El miedo nos quita la posibilidad de decir lo que pensamos; nos condena al silencio.  El miedo hace que nos hagamos fuertes con los débiles y débiles ante los fuertes.  Cuando actuamos así, no podemos decir que sea Jesús quien conduce nuestra vida, al contrario, nuestra vida se convierte en un juguete de múltiples intereses.

El miedo nos aparta de nuestro deber de hacer justicia, nos hace apropiarnos de lo que no nos pertenece, a callarnos ante las injusticias y ante los injustos, a no cumplir con nuestra obligaciones legales, a apoyar con nuestro voto a candidatos que sabemos que no van a trabajar por buscar soluciones de paz y justicia, sino que van a trabajar para ellos mismos.

El miedo nos impide cumplir lo que el Señor nos pide.  Jesús nos dice que no nos podemos dejar dominar por el miedo, que hemos de controlarlo.

Ante la realidad del mal, del dolor, de la injusticia, de la violencia, la respuesta humana ha de ser responder haciendo lo posible por suprimirlo o al menos disminuirlo.

Hemos de empezar por perder el miedo a decir “no sabemos, no entendemos, no lo tenemos claro”… porque sabemos que contamos con la ayuda del Señor.
Nuestra fuerza es la fe y la esperanza en el Dios que nos ama y nos sostiene. Solo así con amor y esperanza es posible seguir en la barca, luchando contra la tempestad, contra los males aunque no los comprendamos, sabiendo que Jesús está con nosotros.