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lunes, 25 de octubre de 2021

 

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La celebración de este domingo es una invitación a que redescubramos qué es lo más importante en nuestra vida y en nuestra fe, porque quizás lo hemos olvidado y tenemos que saber qué es lo más importante para poder llevarlo a la práctica.

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta la solemne proclamación de fe que todo israelita debe hacer diariamente al amanecer, al medio día, al ponerse el sol y cuando va a morir. 

El mensaje es muy claro: “Sólo hay un Dios al que debemos amar con todo el corazón, con toda el alma y con todas nuestras fuerzas”.

A veces, nos olvidamos que Dios tiene que ser el eje fundamental sobre el cual debe girar nuestra vida y dejamos que nuestro corazón se vaya tras otras cosas y ponemos nuestra confianza, nuestra seguridad y nuestra esperanza en el dinero, el poder, el éxito, la realización profesional, la posición social, los títulos, etc.

Decir que Dios es único, es decir que Él es el único y verdadero camino para una vida en plenitud.  Nunca nos vamos a realizar plenamente como seres humanos viviendo al margen de Dios. 

Sin Dios, contando únicamente con nuestras fuerzas, no vamos a encontrar el camino para realizarnos plenamente, para encontrar la felicidad, para vivir una vida en plenitud.

Afirmar que hay que amar a Dios, supone que hay que analizar la cuestión de los ídolos, a quienes tantas veces, les entregamos la dirección de nuestra vida.

Muchas canciones hablan del olvido: del amor que fue y ya no es; se lamentan del desencuentro después del encuentro, de la distancia después de la cercanía.  Muchas canciones son interpretaciones de tantas experiencias de desengaños amorosos.  Pero muchas de esas canciones podría cantarla el mismo Dios. Muchas de esas canciones de amores y desamores, muchas de esas historias, podría tener a Dios como el protagonista.  Dios está siendo objeto de desamor, de infidelidad amorosa, de indiferencia y de olvido.

Nuestro Dios es Amor, es Pasión amorosa hacia nosotros y no se merece un trato frío, de indiferencia y olvido.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo como el sumo sacerdote que vino al mundo para realizar el proyecto salvador de Dios Padre y para ofrecer su vida en donación de amor a los hombres.

Nosotros, como creyentes, siempre estamos preocupados de cómo agradar a Dios y cómo darle culto, y a veces, nos olvidamos que a Dios lo que más le gusta es la entrega de nosotros mismos a Él.  El culto que Dios nos pide y que le agrada es que obedezcamos y hagamos realidad sus proyectos y el amor a los hermanos.

El evangelio de san Marcos nos dice hoy qué es lo central, lo primero y principal, lo fundamental para un cristiano.  Y Jesús nos dice que es el amor a Dios y el amor a los hermanos.  Esto es lo fundamental y estos dos mandamientos no se pueden separar.

Amar a Dios y al prójimo, a la vez, sin división, porque el amor al prójimo es prueba del amor que decimos profesar a Dios.   Pero hay un problema, el problema de saber qué es el amor. 

Porque quizás no haya una palabra tan maltratada y adulterada como esta del amor.  Amor romántico, amor posesivo, amor familiar, amor de pareja, hacer el amor… ¿qué es el amor?  ¿Cuál es el verdadero amor?  Nos pasamos la vida pensando que amamos a alguien y quizás lo único que estamos haciendo es comerciar con los sentimientos y las necesidades de cada uno. 

Decimos amar pero damos por supuesto siempre que tenemos que ser correspondidos. Y no hablemos ya del problema que la psicología moderna nos ha descubierto con la autoestima, porque hay muchas personas que no se aman en absoluto, personas que desprecian su imagen, su trabajo, su vida en general. Personas quizás poco agraciadas físicamente, quizás poco inteligentes, personas que cometieron graves errores, personas que nadie las amó, ni les dijo una palabra de aceptación…  ¡Cómo pedirles a estas personas que amen a los demás como a sí mismos si no se aman nada!

La solución hay que buscarla en las palabras y los gestos de Jesús, cuando en la noche del Jueves Santo revelará a sus discípulos cómo tienen que amarse: “Amaos los unos a los otros como yo os he amado” les dirá.  Así, para saber en qué consiste el amor, sabemos que no depende del sentimiento amoroso, ni de la autoestima, ni de mis necesidades, sino que el amor consiste en amar como Jesús nos ha amado, dando la vida. Y dar la vida significa estar dispuesto a gastarse en favor de los demás.  Gastar nuestro tiempo, nuestras fuerzas, nuestro dinero.  Es como dar un cheque en blanco. 

Que lleguemos a conseguir en nuestra vida amar de esta manera no es fácil.  Pero al menos tenemos claro el camino, y siempre en nuestras relaciones con los demás podremos traer a la mente el amor de Jesucristo y así estaremos seguros de nunca fallar.

Que el Señor nos enseñe a amar en la escuela de su corazón. 

TODOS LOS SANTOS (CICLO B)

Hoy celebramos la fiesta de Todos los Santos.  En este día la Iglesia recuerda a todos los hombres y mujeres buenos y justos, conocidos o desconocidos que han pasado por este mundo haciendo el bien.

Entre estos santos que hoy celebramos, puede que haya algún familiar, algún amigo que hayamos conocido.  Ellos nos han dado las mejores lecciones de cómo vivir en familia, cómo vivir la amistad, cómo vivir en sociedad.  Seguro que todos podemos recordar a alguna persona que ha vivido en santidad.  Todos podemos recordar a alguien que ha sido un ejemplo de vida, un santo, es decir, un hombre o mujer que ha sido un verdadero regalo, que Dios puso junto a nosotros y que nos enseñaron tantas cosas buenas.

Nosotros conocemos a algunos Santos, a nuestros patronos, los patronos de nuestros pueblos.  Conocemos otros Santos, que la Iglesia ha querido canonizar y están en los altares.  Conocemos también a otros santos más cercanos, que han vivido junto a nosotros y que es posible que aún los lloremos cuando pensamos en ellos: familiares, amigos, vecinos que han dejado un gran vacío en nuestras vidas.

Estos hombres y mujeres vivieron una vida de bondad, de fe, nos ayudaron a creer en Dios, a confiar en Dios.  Muchos de ellos han vivido una vida oculta, callados, sin darse a conocer, pero han vivido una vida santa.  Estos son los santos que hoy celebramos en esta fiesta de Todos los Santos.

Entre ellos no hay distinción de razas, ni de pueblos, ni de clases sociales, han nacido y vivido en todos los pueblos de la tierra. 

Algunos de estos santos han trabajado en la vida social, política, sindical, comprometidos y trabajando por  la justicia y la paz de sus pueblos, de sus gentes; otros han vivido lejos de la tierra en que nacieron, en tierras de misión queriendo ayudar a vivir, a enseñar la verdad; otros han vivido aquí cerca, con una vida callada, quizás sus acciones de misericordia no llamaban demasiado la atención, visitaban a ancianos en su soledad, les hacían pequeños favores, los visitaban; en una palabra, hacían el bien a todos aquellos que los necesitaban.

Hoy, todos estos hombres y mujeres viven con Dios, llenos de gozo y de alegría y desde el cielo nos acompañan en nuestra vida.  Podemos sentir su presencia cerca, muy cerca de nosotros porque no se han ido de nuestro lado.

Al celebrar esta fiesta de Todos los Santos, Dios nos llama a todos a ser santos, a que la santidad sea la meta de nuestra vida.  Sin embargo, nos damos cuenta que para muchas personas la meta de su vida no es buscar la santidad.  Para muchos la meta de su vida es tener un buen trabajo, tener una familia, viajar, tener un buen coche, tener muchos amigos, tener una buena posición social, ser inteligente, etc.  Y todo esto es legítimo, está bien, siempre y claro está que para obtener estas cosas no tengamos que sacrificar a otros ni tengamos que dejar de ser honrados.  Tener muchas cosas no nos da siempre la felicidad, sobre todo cuando descubrimos que otros no tienen ni lo mínimo para sobrevivir.  Nuestra máxima aspiración en la vida debe ser buscar la santidad.

Y ¿cómo podemos ser santos?  El Evangelio nos propone el camino de las bienaventuranzas para llegar a ser santos. Las bienaventuranzas son, a la vez que el motivo de santidad de todos los santos, el camino de la santidad para todos nosotros.

Dichosos los pobres de espíritu, los que son sencillos y humildes; los que, por no tener, es más fácil que confíen en Dios que los que tienen, que confían en sus bienes. Se puede ser más feliz viviendo la pobreza de espíritu que estando esclavo del espíritu de riqueza, que estando pendiente del tener, el poder y el gozar.

Dichosos los sufridos, los que tienen capacidad de aguante ante las adversidades y no responden con violencia a los contratiempos de la vida y de la convivencia. Se puede ser más feliz controlando la violencia que todos llevamos dentro que teniendo agresividad. Se puede ser más feliz renunciando a los propios derechos, por amor, que estando continuamente reclamando los derechos que uno tiene.

Dichosos los que lloran. Dichosos los que afrontan con entereza el dolor y las lágrimas, porque después de llorar con todas las ganas podrán reír con todas las ganas. Se puede ser más feliz asumiendo el dolor y las lágrimas que huyendo de él.

Dichosos los que tienen hambre y sed de la justicia, dichosos los que quieren que la voluntad de Dios se cumpla; la justicia es lo que se ajusta a la voluntad de Dios. Se puede llegar a la plenitud de la felicidad cumpliendo la voluntad de Dios, porque su voluntad es nuestra felicidad, más que si nos dedicamos a cumplir nuestra caprichosa voluntad.

Dichosos los misericordiosos.  Se puede ser más feliz siendo comprensivo, siempre, con los pecados y las miserias de los demás que “llevando cuentas del mal”, porque el amor no lleva cuentas del mal, olvida las ofensas.

Dichosos los que trabajan por la paz. Se puede ser más feliz viviendo reconciliados con Dios, con uno mismo y con los demás, que viviendo enemistados y divididos.

Este es el camino de la santidad, el camino que millones de personas como nosotros han recorrido y están recorriendo, con dificultades, pero con fe y confianza en la ayuda del Señor.

lunes, 18 de octubre de 2021

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de la preocupación que Dios tiene porque el hombre encuentre la vida verdadera y nos señala el camino que es necesario seguir para alcanzar esa meta.

La 1ª lectura del profeta Jeremías nos presenta al profeta invitando a los judíos que sufrían en el destierro una situación desesperada, a tener ánimo, porque Dios los quería liberar.

El Dios en quien creemos no es un Dios insensible y alejado de los dolores y dificultades de los hombres, sino que es un Dios sensible y atento, que cuida de sus hijos con amor de padre.

A veces, estamos tentados de mirar nuestra vida y la historia de nuestro mundo, con ojos de pesimismo, de miedo y de desesperación. El terrorismo, las dificultades económicas, las enfermedades incurables, el hambre, la miseria, parecen pintar de negro nuestro futuro y el futuro de nuestro planeta. Sin embargo, la primera lectura nos da confianza: no tengamos miedo, pues Dios camina con nosotros por la historia y, como un padre lleno de bondad que enseña a su hijo a caminar, nos conducirá de la mano al encuentro de la vida verdadera. Hay, ciertamente, un futuro para nosotros, pues Dios nos ama y camina con nosotros.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos presenta a Cristo como sacerdote, mediador entre Dios y los hombres.

Jesús, al asumir nuestra humanidad, experimentó nuestra fragilidad, nuestra debilidad; se hizo tan humano, que es capaz de comprender nuestros errores y fallos y mirarnos con ojos de bondad y misericordia.  De esta manera de mirarnos Jesús, podemos sacar dos consecuencias para nuestra vida. 

La primera, es tener plena confianza en Dios y vivir con esperanza: junto a Dios nuestro Padre, tenemos un intercesor que entiende nuestras dificultades y que, a pesar de nuestros fallos, siguen creyendo en nosotros y sigue apostando por integrarnos en la familia de Dios.

La segunda, nos lleva al compromiso con los hermanos: la solidaridad de Cristo con nosotros nos invita a la solidaridad con los pequeños, con los últimos, con los pobres, con aquellos que el mundo rechaza y margina; nos invita a trabajar por todos aquellos que son humillados, explotados e incomprendidos.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba el episodio del ciego Bartimeo. 

El ciego está “sentado, al borde del camino, pidiendo limosna”. Esto indica una situación de marginación y exclusión y cierta pasividad. Lo único especial es que el ciego conoce su situación y quiere salir de ella, por lo que suplica: “Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí”. Esta situación quiere expresar que el ser humano sin Dios es un ser que está al margen de la vida auténtica. ¡Qué necesitado está nuestro mundo de que todos los hombres reconozcamos que Dios, que pasa a nuestro lado, tenga compasión de nosotros!, ¡Qué ciego está el mundo sin Dios!

Conocida la realidad de nuestro mundo, viene otro momento importante del proceso de la fe: los intermediarios. Normalmente todos debemos nuestra fe al ejemplo de alguna persona, a la educación de alguien… En el pasaje del evangelio los intermediarios entre Jesús y el ciego tienen una doble actitud. Por un lado, le regañan para que no moleste a Jesús; por otro lado, le dicen: “Ánimo, levántate que te llama”. Todos nosotros podemos ser intermediarios en el proceso de la fe de nuestros hermanos. Y podemos ser un obstáculo o una ayuda. Ojalá que no seamos un impedimento para nadie en su fe. Pero el papel del intermediario es mediar y desaparecer, porque después viene lo que es realmente importante en el proceso de la fe: la relación personal con Jesús.

El ciego da un salto, deja el manto y se acerca a Jesús. “¿Qué quieres que te haga?… que recobre la vista… Anda, tu fe te ha salvado”. Lo importante es que el ciego y Jesús tienen un encuentro personal en el que el ciego expresa lo que desea y Jesús lo libera del mal que le entristece. En el proceso de la fe, lo importante es el encuentro personal con Jesús.

¿Cómo se puede ser cristiano, por la fuerza de la costumbre o ciertas tradiciones, sin experimentar esta relación personal con Dios en la oración y en los sacramentos?

Después del encuentro, viene el seguimiento: “Y lo seguía por el camino”. Si uno de verdad se ha encontrado con Dios, su vida se transforma; comienza a seguir a Jesús; es decir a identificarse con su mensaje, con sus valores, con su modo de entender la vida y su modo de vivirla. ¡Cuántos cristianos, bautizados, no han llegado a este nivel en el proceso de su fe!

El seguimiento de Jesús tiene un proceso y un momento importante de este proceso es la relación personal con Jesús, en la que uno tiene que experimentar cómo Dios lo cura de sus pecados, de su ceguera, lo libera.

El mal del que Jesús nos quiere curar quizá no sea nuestra ceguera, físicamente hablando, sino la ceguera espiritual. No hay mayor ceguera que la obstinación, la cerrazón, la cabezonería, en lo que uno piensa acerca de Dios y de los demás. También nosotros podemos estar ciegos en este sentido. Nuestro modo de concebir a Dios, a la Iglesia, puede ser un obstáculo para descubrir la novedad del mensaje del Evangelio. Por eso debemos hacer nuestra la petición del ciego: “Maestro, que pueda ver”.

Que seamos conscientes de que nuestra fe tiene un proceso, unas etapas. Que lleguemos al final de ese proceso, al seguimiento e imitación de Jesús.

lunes, 11 de octubre de 2021

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos recuerda que la lógica de Dios es diferente a la lógica del mundo. Nos invita a prescindir de nuestros proyectos personales de poder y de grandeza y a hacer de nuestra vida un servicio a los hermanos.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos presenta la figura de un “Siervo de Dios”, insignificante y despreciado por los hombres, pero a través del cual se revela la vida y la salvación de Dios.

Los valores de Dios y los valores de los hombres son diferentes. En la lógica de los hombres, los vencedores son aquellos que toman el mundo al asalto con su poder, con su dinero, con su ansia de triunfo y de dominio, con su capacidad de imponer sus ideas o su visión del mundo; son aquellos que impresionan por la forma como visten, por su belleza, por su inteligencia, por sus brillantes cualidades humanas.

En la lógica de Dios, los vencedores son aquellos que, aun viviendo en el olvido, en la humildad, en la sencillez, saben hacer de la propia vida un don de amor a los hermanos; son aquellos que, con sus actitudes de servicio y de entrega, aportan al mundo un mayor valor de vida, de liberación y de esperanza.

No nos dejemos engañar: Dios no está en aquello que brilla, seductor, majestuoso, espectacular; Dios está en la sencillez del amor que se hace don, servicio entrega humilde a los hermanos.

La carta a los Hebreos, nos habla de un Dios que ama al hombre con un amor sin límites y que, por eso, está dispuesto a asumir la fragilidad de los hombres, a descender a su nivel, a compartir su condición. Él no se esconde detrás de su poder y de su omnipotencia, sino que va al encuentro de los hombres para ofrecerles su amor.

Los seguidores de Cristo estamos invitados a asumir su ejemplo. Así como Cristo, por amor, se vistió con nuestra fragilidad y vino a nuestro encuentro, también nosotros debemos, despojándonos de nuestro egoísmo, de nuestra comodidad, de nuestra flojera, de nuestra indiferencia, ir al encuentro de nuestros hermanos, vestirnos con sus dolores y fragilidades, hacernos solidarios con ellos, compartir sus dramas, lágrimas, sufrimientos, alegrías y esperanzas.

En el Evangelio de san Marcos, con motivo de la petición de los dos discípulos de “sentarse uno a su derecha y otro a su izquierda”, hemos leído unas palabras de Jesús sobre el poder.

El deseo de poder es una de las grandes pasiones del hombre.  Todos de alguna manera queremos ejercer alguna forma de poder.  Imponemos muchas veces nuestra manera de ver las cosas; queremos decir siempre la última palabra; incluso las simples conversaciones normales son con frecuencia más una lucha que un diálogo sereno y respetuoso.

El evangelio de hoy, encontramos una descripción muy clara de los problemas del poder: “Sabéis que los que son reconocidos como jefes de los pueblos los tiranizan, y que los grandes los oprimen”. 

Jesús habla en contra del dominio, la explotación, la usurpación del poder.  San Lucas llega a hablar de una manera irónica diciendo: “y los que ejercen la autoridad se hacen llamar bienhechores”.

Jesús nos propone un camino: “No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos”.  Estas palabras son el programa cristiano ante el carácter, a veces injusto, del poder.

“el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”.  Con su palabra y con su vida Jesús condena como inhumanos la opresión y el dominio de unos seres sobre otros.

“No será así entre vosotros: el que quiera ser grande entre vosotros, que sea vuestro servidor” Jesús sabe que habla en un mundo que piensa y vive al revés, que consideran primero a quien está en lo alto de la escala social.  El mensaje de Jesús es: hay que cambiar las categorías, hay que empezar a servir abandonando las ganas de dominar y ser servido.

El error más grande es querer mandar para ser el primero y que nos sirvan.  Hay que ser como el Hijo de Dios; Él es el verdadero hombre, Él es el que se coloca al lado de los demás hombres, de todos, en actitud de acogida y de servicio, sea quien sea.

Nosotros vivimos en un mundo movido por hombres, como también nosotros, por mil intereses.  Hay que amar hasta servir.  Cuando sabemos servir entregando incluso trozos de vida, entenderemos la verdadera grandeza del Evangelio.

Hay que crear hombres nuevos según el Evangelio, ésta debe ser la repuesta cristiana.

lunes, 4 de octubre de 2021

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo nos invita a reflexionar sobre qué cosas son importantes en nuestra vida.

La 1ª lectura del libro de la Sabiduría nos pone el ejemplo de Salomón que, antes que la belleza, la riqueza o la salud, prefirió la Sabiduría para poder gobernar a su pueblo.  La sabiduría de la que nos habla la primera lectura no se refiere a la sabiduría de saberes humanos, sino la Sabiduría que viene de Dios.

Ser sabio no es saber muchas cosas o tener grandes conocimientos.  Es tener paz interior para ver las cosas desde los ojos de Dios y encontrar así el sentido de la vida.

Vivimos de lo que dicen los periódicos, de los chismes, de esas personas que admiramos por sus muchos conocimientos. Algunas personas son un auténtico depósito de conocimientos. Tienen una memoria prodigiosa que les permite hablar de todo, de casi todo. Pero, ¡vana es la ciencia! Lo que vale es “la sabiduría”. Es un don divino. Un poco de sabiduría vale más que mil libros, que mil periódicos.  Debemos preferir la Sabiduría de Dios a cualquier otra cosa si realmente queremos ser felices.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos nos invita a escuchar y a acoger la Palabra de Dios.

Cuántas veces no nos hemos sentido defraudados ante las palabras. Hay quienes tienen como tarea decir muchas palabras. Todo lo dicen. Pero, sin embargo, la palabra no llega, no resuelve nada. Es como el polvo, “innecesario”. Y, sin embargo, hay algunas palabras que nunca pasan. Hay palabras capaces de herir hasta en lo más profundo del ser. ¡Llegan! ¡Llegan tanto… que resultan inolvidables! ¿Quién de nosotros podrá olvidar algunas frases que escuchó, una vez, y desde entonces han formado parte de su vida? Así es la Palabra de Dios: Viva, eficaz, tajante, penetrante.

Hemos de descubrir la importancia de confrontar nuestra vida con la Palabra de Dios, ella nos puede ayudar a aclarar nuestra vida, a tomar decisiones importantes, a ayudarnos a crecer, y a discernir el bien del mal. Por eso, la Palabra de Dios que leemos en cada misa siempre tiene un mensaje importante para el ser humano.

El Evangelio de san Marcos nos ha presentado al joven rico que le pregunta a Jesús qué tiene que hacer para salvarse.

Un antiguo proverbio dice: “Todos nacemos con los puños cerrados pero todos debemos morir con las manos abiertas”.  Los puños cerrados y las manos abiertas simbolizan el espíritu de posesión y el espíritu de desprendimiento.

No podemos disfrutar de algo, al menos que tengamos libertad para soltarlo y dejarlo.  Sin esta libertad, lo que poseemos nos posee.  Nos convertimos en esclavos de nuestras posesiones.

Dios nos dice que debemos amar a las personas y usar las cosas.  Jesús nos dice: “guarda tu corazón para amar a las personas: tu familia, tus vecinos, Dios”. 

Jamás le des tu corazón a una cosa, porque si lo haces, esa cosa, sea lo que sea, se convertirá en tu dueño.  Si entregamos nuestro corazón a las cosas, eso nos causará ansiedad y nos quitará hasta el sueño.  Cuando empiezas a amar las cosas, comienzas a usar las personas para conseguir cada vez más abundantes cosas.

La Biblia no dice que el dinero sea la raíz de todos los males, sino que el amor al dinero es la raíz de todos los males.

Tener dinero no es un mal, pero entregarle el corazón al dinero es una tragedia y un pecado.  Acumular riquezas, olvidándonos de los demás no nos da paz, no nos hace crecer como persona humana, sino que nos destruye y nos deshumaniza, nos va haciendo indiferentes e insolidarios antes las desgracias ajenas

Si entregas tu corazón a las cosas de este mundo, pronto empezarás a competir con los demás a ver quién tiene más.  Empezarás a vivir a toda prisa, a fin de hacerte cada vez más rico.  Y esto producirá hipertensión, úlceras, ansiedad y depresión.  Si escoges este camino, pronto estará uno tratando de hacer trampas o engañar a otros para conseguir más.

Tenemos que estar dispuestos a abrir nuestras manos y a desprendernos de las cosas.  Seremos dichosos si entregamos nuestro corazón solamente al amor de Dios y a las personas.

Todos los seres humanos somos hijos de Dios, debemos vivir como hermanos entre nosotros, compartiendo y así podremos llamar a Dios, Padre.  Dios ha creado el mundo para todos; el mundo es de todos y todos tenemos derecho a disfrutar de él y de sus riquezas.  Y mientras que no compartamos solidariamente estamos apropiándonos indebidamente de lo que Dios ha puesto en el mundo para que lo disfrutemos todos y no sólo unos pocos.

lunes, 27 de septiembre de 2021

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo presentan, como tema principal, el proyecto ideal de Dios para la mujer y para el hombre: formar una comunidad de amor, estable e indisoluble, que les ayude mutuamente a realizarse y a ser felices.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos dice que Dios creó al hombre y a la mujer para que se complementen, para que se ayuden, para que se amen.

Dios no ha creado al hombre para vivir en soledad, sino en relación, en compañía. La compañía de los animales es buena, pero es insuficiente, no basta para el hombre. Es una relación de dominio, es una relación desigual, que no da plenitud de realización y de gozo al ser humano. La única relación plena, satisfactoria, regocijante, es la relación con quien es igual que él, “carne de su carne”. “No es bueno que el hombre esté solo”, dice Dios. Es una bella forma de decir que estamos hechos no para la soledad y el individualismo, sino para la relación, la comunicación, la comunión.

La 2ª lectura de la carta a los Hebreos, nos recuerda el amor tan grande que Dios tiene por nosotros.  Dios ama tanto a los hombres, que envió al mundo a su Hijo único para salvarnos.

Por eso, nosotros tenemos que vivir escuchando y obedeciendo a Dios, porque cuando prescindimos de Dios y queremos vivir según nuestros proyectos y nuestros caminos, nos convertimos en personas ambiciosas, orgullosas, injustas e inhumanas.

Sin embargo, cuando escuchamos y acogemos a Dios en nuestra vida, aprendemos a amar de verdad, a compartir, a perdonar y nos convertimos en fuente de bendición para todos aquellos con los que compartimos la vida.

El evangelio de Marcos nos invita a pensar en una realidad actual, ante la que los cristianos no podemos cerrar los ojos: los matrimonios separados o los divorciados. Entre nosotros encontramos cada vez más personas, que han fracasado en su primer matrimonio y se han vuelto a casar civilmente o viven en unión libre. Es una realidad compleja, delicada, con frecuencia muy dolorosa. No podemos ser indiferentes ante esta realidad.

Cada vez parece más normal romper con la pareja, buscarse un nuevo amor y volver a empezar. Todo parece así más fácil y llevadero. Sin embargo, detrás de cada separación hay casi siempre mucho sufrimiento y desilusión. Hay a veces humillación. ¿No es posible vivir en pareja de manera más estable?

Lo primero, es no confundir el amor con los sentimientos y el deseo erótico. Por lo general, la primera atracción del amor es muy intensa pero casi nunca se mantiene así. El deseo cambia y evoluciona. Quien identifica el amor con la atracción se dedica a enamorarse una y otra vez de alguien distinto. En cada comienzo disfruta. Luego, sufre y hace sufrir.

Es importante también recordar que, si no hay una decisión y compromiso por buscar el bien del otro, no hay todavía amor. Por eso, es un error continuar una relación de pareja de manera apresurada, si no estamos dispuestos a hacer feliz al otro. En esto no hay que mentirse ni mentir. ¡Cuántos sufrimientos se hubieran evitado si no se hubiera pronunciado nunca un “te amo”, que no era verdad!

Tampoco hay que olvidar que “amar es fundamentalmente dar, no recibir”. Por eso sólo el amor sin condiciones es duradero. Si cada uno vive buscando sólo lo que el otro le puede dar, el futuro de la pareja está en peligro. Nunca la persona amada responde perfectamente a lo que desearíamos. El amor crece cuando uno es feliz haciendo feliz al otro.

El mayor error es ignorar que amar significa respetar a la persona amada, no sentirse el dueño. Cuando no se respeta la manera de pensar, de sentir y de ser del otro, se está arruinando el amor. Sólo amando con respeto se le ayuda al otro a crecer y a dar lo mejor que hay en él. Por el contrario, cuando hay manipulación y utilización interesada, la pareja se está ya separando.

Pero hoy también, hemos de entender con más serenidad la posición de la Iglesia ante el divorcio y ver con claridad que la defensa de la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio no ha de impedir nunca una postura de comprensión, acogida y ayuda para con los divorciados o separados.

Los cristianos no podemos rechazar ni marginar a esas parejas, víctimas muchas veces de situaciones enormemente dolorosas, que están sufriendo o han sufrido una de las experiencias más amargas que pueden darse: la destrucción de un amor que realmente existió.Y muchos de ellos necesitan ayuda, de Dios y de los hombres y esa ayuda hemos de estar dispuestos a ofrecérsela los que nos decimos seguidores de Jesús.

Como todos los demás cristianos, también ellos tienen derecho a escuchar la palabra de Dios, a tomar parte en la asamblea eucarística, a colaborar en diferentes apostolados y a recibir la ayuda que necesitan para vivir su fe, para educar cristianamente a sus hijos.

Sin embargo, la Iglesia, hoy, sigue diciéndonos que el ideal del matrimonio no es separarse, sino llegar a “ser una sola carne”. Lo decía Jesús hoy.

lunes, 20 de septiembre de 2021

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de este domingo nos hablan de que “Nadie tiene el monopolio de Dios”. Esto quiere decir que nadie controla a Dios, ni nadie tiene la exclusividad de Dios. Nadie tiene el monopolio de Dios, pero nadie puede hacer con Dios y su Iglesia lo que él quiera. Todo tiene que ser conforme a los valores del Evangelio.

La 1ª lectura del libro de los Números nos cuenta cómo Moisés tiene colaboradores, los 70 ancianos, para llevar a cabo su misión; pero Dios elige a dos, Eldad y Medad, que no estaban en la reunión.  Moisés no tuvo celos, ni envidia, ni miedo de aceptar que otras personas lo ayudaran en la misión que Dios le había encomendado. 

A veces, pensamos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otras personas. Los celos representan un grave problema tanto en la convivencia familiar, como en las relaciones de trabajo, en las relaciones humanas.

Los celos hacen que nos dé tristeza todo aquello que los demás hacen bien; los celos nos impiden reconocer las capacidades del otro.  Por desgracia hay celos en lo deportivo, en lo político, en lo religioso.

Por celos caemos en fanatismos, en intransigencias e intolerancia e impedimos que otras personas, que pueden ser muy valiosas, nos ayuden al bien de la comunidad.  Por celos no dejamos que los demás nos ayuden, no compartimos el peso de la responsabilidad porque creemos que sólo nosotros somos capaces de hacer las cosas bien y evitamos aceptar la ayuda de otros.

¡Cuánto bien podríamos hacer por el bien común, por el bien de nuestra propia vida personal si no actuáramos por celos sino por el bien de la comunidad, compartiendo responsabilidades y no actuando por celos!

La 2ª lectura del apóstol Santiago nos hablaba de los ricos.  La acumulación de riquezas es un pecado que clama al cielo, porque esta riqueza acumulada implica que junto a ella se acumula al mismo tiempo pobreza y muerte.  Y el que tiene la riqueza como objetivo de su vida no puede al mismo tiempo seguir a Jesús: son incompatibles.

Pero cuando el apóstol Santiago nos dice que “el jornal de los obreros que segaron vuestros campos, el que vosotros habéis retenido, está gritando… a los oídos del Señor”, no solo se refiere a los ricos.  Porque no sólo los ricos, sino los medio ricos y los pobres también cometemos fraudes: cuando no damos las muestras de cariño y horas de convivencia al cónyuge y a los hijos, comentemos fraude contra la familia.

Cuando no trabajamos las horas estipuladas, comentemos fraude a quien nos paga; cuando pagamos menos de lo establecido, porque necesitan el trabajo, comentemos fraude contra los trabajadores; cuando el alumno no estudia lo suficiente, cometemos fraude contra nuestros padres; cuando no damos el cariño y la ayuda a los ancianos, comentemos fraude contra los ancianos; cuando no votamos o lo hacemos sin reflexionar, comentemos fraude contra nuestra patria; cuando no ayudamos y colaboramos en la Iglesia, comentemos fraude contra nuestra parroquia; cuando no educamos cristianamente a nuestros hijos, comentemos fraude contra nuestra fe.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos enfadados porque otras personas expulsaban demonios en el nombre del Señor y se lo quisieron impedir. La respuesta de Jesús es una llamada a la tolerancia: “No se lo impidáis, porque quien hace un milagro en mi nombre no puede luego hablar mal de mí”.

Quitar demonios significa humanizar, liberar a las personas de los miedos, de la opresión, de las injusticias, de la violencia.  Es decir, de todo aquello que impide que el Reino de Dios se haga realidad en nosotros y en el mundo.

Nosotros como cristianos deberíamos valorar y apoyar a todas las personas y a todos los grupos que trabajan por la justicia, por el bien, desde la política, la economía o la vida social.  Nosotros, debemos colaborar, en la medida de nuestras posibilidades, apoyando a todos aquellos que realizan una labor social con autenticidad y verdad.

Los políticos que trabajan por una sociedad más justa, los periodistas que se arriesgan por defender la verdad y la libertad, los sindicatos que defienden a sus trabajadores, los educadores que se desviven por educar responsablemente a sus alumnos; en general, todo aquel que se esfuerza en su vida por trabajar por la justicia, por la verdad, aunque nos sean “de los nuestros”, como decían los discípulos, “están a favor nuestro”, como decía Jesús, si se esfuerzan por un mundo más humano.

Como cristianos debemos apoyar a todas esas personas, a todos esos grupos que aunque no sean de Iglesia, pero trabajan por el bien de nuestro mundo, por el bien del ser humano.

Jesús fue tolerante con todos aquellos que hacían el bien y trabajaban por un mundo mejor.  Seamos también nosotros tolerantes con todas aquellas personas que, aunque no sean de los nuestros, hacen el bien, trabajan por la justicia, la verdad y nos ayudan a quitar los demonios que nos deshumanizan cada día más.

lunes, 13 de septiembre de 2021

 

XXV DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas de hoy nos hablan de que existen malentendidos y enfrentamientos entre personas cuyo comportamiento debería de ser un comportamiento perfecto.

La 1ª lectura del libro de Sabiduría, nos presenta la eterna lucha entre el bien y el mal.

La conducta del Justo (Jesucristo, Hijo de Dios) y de todos los que tratan de ser justos, siempre resulta una amenaza para los que no desean ser justos. La conducta de los buenos es como el espejo de la maldad de los malos. Los malos reaccionan maniobrando contra los buenos, calumniando o criticando, para tratar de quitarlos del medio. Esto fue así muy especialmente para Jesús, pero lo es también para todo el que trata de seguirlo a Él.

Al hombre justo lo quieren hacer callar y eliminarlo si pueden. El hombre bueno estorba. Como estorban todos los que han alzado su voz profética a lo largo de la historia denunciando injusticias o tiranías.  El hombre justo, muchas veces es despreciado en nuestro mundo porque su vida resulta como una denuncia para los que tienen mal comportamiento, por eso “lo quieren someter a prueba, lo condenarán y lo matarán”. Pero el hombre justo sale victorioso de la prueba porque Dios está con él.

La 2ª lectura del apóstol Santiago, nos enseña cómo hay muchas personas que hacen el mal, y son además presumidos que no soportan que nadie los corrija.

Vivimos en nuestra sociedad una cultura competitiva: competencia para tener más, queremos tener más que los demás; competencia en el saber, haber quien tiene más títulos; competencia en el poder; competencia en quien es más influyente, etc. A causa de esto, como nos dice Santiago, codiciamos lo que no podemos tener y acabamos asesinando.  Desgraciadamente, nos llegan noticias a diario sobre asesinatos por estas causas, y las luchas y guerras están al orden del día.

La ambición, la envidia, el orgullo, la competitividad, el egoísmo, crean divisiones y destruyen la comunidad y a las personas.

Los robos, los asesinatos y la mayoría de los males que ocurren en nuestra sociedad tienen su origen en querer tener mayor capacidad económica, ser más fuertes, ser más importantes, más respetados y no importa destruir todo lo que se interponga en nuestro camino para conseguir estas cosas.

¡Cuidado, pues, con dejarnos invadir en la vida por la ambición, la codicia, el prestigio o el poder!

El Evangelio de san Marcos nos presentaba a los discípulos discutiendo sobre quién iba a ser el primero en el Reino, quien iba a mandar allí.

Jesús los interrumpe: “Quien quiera ser el primero, que sea el último de todos y el servidor de todos”. Servir a todos, significa vivir según el estilo de Cristo, significa quedar el último.

Entre nosotros cuando se quiere realizar algo en serio se busca a los mejores y la norma fundamental para lograrlo es la competitividad. Hay que competir para todo, superar a los demás, demostrar que lo mío, nosotros mismos somos los primeros, lo mejor. Competitividad que se ha convertido en pensamiento único y en norma intocable para desarrollar actividades en instituciones empresariales, sociales, profesionales, culturales, religiosas. Así está organizada nuestra vida con la competición para lograr un puesto de trabajo, el poder, para ser los primeros.

Entre nosotros servir a los demás, servir al pueblo, se utiliza con frecuencia comolema y consigna para prestar unos servicios en los que se busca ante todo dinero o poder. Jesús no habla de esta servicialidad sino de un servicio sin factura ni beneficios, cuyo único beneficio es humanizar a los demás, ayudar a vivir humanamente a los demás, y humanizarse uno mismo al servir.

Pero también hay personas que se comprometen a servir a los demás.  Ponen su profesión, sus bienes, su vida al servicio de organizaciones que trabajan en lograr la justicia y la paz para todos.  Hay personas que sólo son felices sirviendo a los demás, como lo hacía Jesús.

Es posible que muchas personas se engañen a sí mismas pensando que no pueden hacer prácticamente nada por los demás.  Y no podemos olvidarnos que todos, desde cualquiera que sea nuestra situación en la vida, desde nuestra ocupación, podemos servir, ofrecer algún servicio a los demás.  Lo importante es tener las ganas y el deseo sincero de ayudar.  Hasta una buena palabra, una sonrisa pueden ser ayudas, servicios inapreciables.

En definitiva, quien quiera seguir Jesús, hoy nos lo dice, está llamado a servir como Él, voluntariamente, sin olvidar que la vida se vive intensamente solo cuando amamos, cuando regalamos, cuando servimos.