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lunes, 6 de noviembre de 2023

 

XXXII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo es una fuerte llamada a la esperanza.  Sin embargo, esa esperanza la hemos de vivir desde la responsabilidad y la vigilancia, pues Dios no duerme y está viniendo a nuestro encuentro, sin avisar ni el día ni la hora de su llegada.

La 1ª lectura, del libro de la Sabiduría, hacía un elogio de la sabiduría y nos invitaba a buscar la sabiduría que ilumina nuestra vida y que nunca se apaga.

 La “sabiduría” de la que nos habla la primera lectura es distinta a lo que nosotros llamamos cultura o capacidad para conocer muchas cosas.

La “sabiduría” de la que nos habla la Palabra de Dios es la capacidad de descubrir a Dios en el mundo y en sus acontecimientos; es la “luz” que nos lleva a caminar hacia el Señor en medio de las oscuridades y desconciertos de la vida. Por eso es importante “buscarla” porque nos hace amigos de Dios y nos conduce al Reino.

Es sabio quien encuentra el camino que lleva a Dios y lo recorre sin confusión, aunque carezca de cultura humana. Esa sabiduría se alcanza abriendo el corazón a Dios y practicando sus mandatos, aunque no se tengan grandes estudios. Hay grandes sabios para las ciencias, pero perfectos ignorantes para Dios. Sin embargo, hay muchísimas gentes que carecen de conocimientos científicos y son los sabios para Dios.

La 2ª lectura, de san Pablo a los Tesalonicenses, nos habla de la esperanza y la confianza en el Señor.

La certeza de la resurrección nos garantiza que Dios tiene un proyecto de salvación y de vida para cada hombre; y que ese proyecto se hará realidad cuando nos encontremos definitivamente con Dios.

Nuestra vida presente no es, una vida sin sentido y sin finalidad; es un camino, aunque a veces, con sufrimiento y dolor, hacia la vida total con Dios.  Esto no quiere decir que ignoremos las cosas buenas de este mundo, viviendo solamente a la espera de alcanzar el cielo; nuestra vida presente debe ser, ya en este mundo, una búsqueda de la felicidad, por ello, no podemos conformarnos con todo aquello que nos roba la vida y nos impide alcanzar la felicidad completa.

No podemos vivir con miedo: tenemos que comprometernos en la lucha por la justicia y por la paz, sabiendo que la injusticia y la opresión no pueden poner fin a nuestra vida inmortal.  En la medida que nos comprometamos a hacer el bien y vayamos construyendo un mundo nuevo, estamos anunciando la resurrección de todos nosotros.

El evangelio de san Mateo, nos presentaba la parábola de las 10 jóvenes que van a la boda. Con esta parábola el Señor nos está llamando a la responsabilidad.

Hay cristianos que piensan que pueden vivir su fe al margen de la Iglesia y de los sacramentos. No participan de la Eucaristía, no celebran el sacramento de la confesión. No tienen un encuentro real con Cristo a través de los sacramentos; no viven según los valores de Dios. Por ello el Señor nos dice que si somos cristianos hemos de ser responsables al vivir nuestra fe.

Y la verdad es que esta llamada a la responsabilidad no es fácil hacerla en un mundo como el nuestro. Vivimos desencantados de tantas y tantas promesas que no se han cumplido.

Y mientras tanto nuestra fe se debilita poco a poco.  Hay personas que ya no saben lo que es pecado. Algunos piensan que no tienen pecado porque no han hecho mal a nadie o no han matado. Y no nos damos cuenta de los tres grandes pecados capitales de nuestro tiempo que todos cometemos: la insolidaridad, la intolerancia y la falta de compromiso tanto a nivel social como en la Iglesia.

Hay hambre en el mundo porque somos insolidarios; hay guerras porque somos intolerantes en las ideas; no hay un verdadero desarrollo sustentable porque no nos comprometemos con nada ni con nadie.

El Señor nos llama hoy al compromiso, a revitalizar nuestra fe, a redescubrir el sentido de la vida que quizás habíamos perdido, a responsabilizarnos todos de nuestra Iglesia.

Nuestra fe nos habla de que tenemos que estar preparados para el encuentro con el Señor porque no sabemos ni el día ni la hora, pero el Señor viene ya a nuestro encuentro aquí y ahora, invitándonos a mantener viva nuestra fe, a seguir en pie ante las dificultades, a comprometernos en la lucha por un mundo mejor, cada uno desde su lugar, con sus muchas o pocas posibilidades, pero con el corazón puesto en ese día feliz en que descansaremos en los brazos del Señor.

Que el Señor nos encuentre a todos vigilantes y preparados para entrar con Él en su Reino.

lunes, 30 de octubre de 2023

 

TODOS LOS SANTOS (CICLO A)


Celebramos hoy esta fiesta grande de Todos los Santos, festejamos que Dios hace partícipes de su felicidad a todos los hombres y mujeres que han vivido en este mundo y que hoy gozan ya con Él de su felicidad para siempre. Esta fiesta que ha de colmar también nuestra esperanza y nuestros deseos de ser felices.

Aunque son muchos los santos canonizados por la Iglesia, solo representan un pequeño grupo ante esta masa grandiosa que llega de todas las partes del mundo, de todos los tiempos, de todas las culturas y religiones, entre ellos podemos reconocer a parientes, amigos nuestros. Pasaron entre nosotros dejando una huella de bondad, en muchas ocasiones casi sin hacer notar su presencia. Ellos con su vida, de la que hemos sido testigos, nos han dado las mejores lecciones por su forma de vivir y de creer.

Hemos escuchado este relato del evangelio en el que Jesús propone un proyecto de vida válido para todos los seres humanos. Un proyecto de felicidad, es un proyecto fundamentalmente ético, apropiado a nuestro mundo de hoy dominado por un sistema económico que enriquece a unos pocos a costa del sufrimiento y dolor de la gran mayoría.

Parece paradójico, pero tratemos de tomar en serio esta palabra de Jesús, las bienaventuranzas.

En las primeras Jesús invita a vivir la felicidad, presenta la pobreza, la aflicción, el desprendimiento, el hambre, la sed de justicia como fundamento, como la seguridad de alcanzar la felicidad.

En las siguientes invita a la generosidad, a la solidaridad, a tener un corazón compasivo, misericordioso, al trabajo por la paz, a la reconciliación. Es el comienzo del Reinado que ya está aconteciendo con su vida y que invita a asumir a quienes acepten su proyecto

A nosotros puede ser que nos desconcierten estas palabras, que nos den miedo, porque pensamos que la felicidad está en el goce, en el éxito, en el superar a los demás, en superar a los competidores con una posición más brillante.

Nosotros vivimos nuestras propias bienaventuranzas. Son nuestros bienes, nuestras compras, nuestros triunfos, nuestra seguridad. Jesús ha trastocado el sentido de nuestra felicidad. Ha dado un vuelco total a nuestra manera de entender la vida y nos ha descubierto que vamos contra corriente.

Jesús vivió las bienaventuranzas. Fue el camino que Él siguió, acercándose a los pobres y enfermos tratando de devolverles la salud, la felicidad. La cercanía de Jesús nos asegura siempre la cercanía de Dios, la esperanza del amor de Dios, de vivir en su gozo.

El rostro de Jesús está especialmente presente en los que sufren, en los que tienen hambre, en los maltratados, en los emigrantes; el vivir conscientes de esa presencia nos ha de dar la fuerza para tener un corazón generoso, ser misericordiosos y creadores de paz y de justicia.

Ser cristiano no es buscar el sufrimiento por sí mismo, es buscar la verdadera felicidad viviendo como hoy nos dice Jesús. Una felicidad que comienza aquí, aunque alcanza su plenitud en el encuentro final con Dios. Una felicidad radicada en lo profundo de nuestro ser al abrir el corazón al que sufre, al rebelarnos ante sus miserias y desgracias, al poner el mayor coraje en la búsqueda de la justicia en este mundo nuestro en el que están entronizados el poder y la violencia.

Debemos contemplar su presencia obrando en los acontecimientos, sobre todo en los acontecimientos que causan dolor e inquietud, en cada uno de los acontecimientos sangrantes de nuestro tiempo, que aportan tanto sufrimiento. En toda suerte de violencia, en las violencias de género, en el maltrato y desprecio a mujeres, en el y odio, la mentira, en la vida política, en los robos y distorsiones…

Esa presencia de Jesús en nuestra historia nos ha de dar valor para vivir la caridad difícil de comprometernos en trabajar por la justicia y la paz, aunque nos acarree persecuciones e incomprensión.

Esta fiesta que celebra el Padre con todos sus hijos, nos recuerda que hay otro camino de felicidad aunque nos parezca falso e increíble. Esta fiesta nos dice que la verdadera felicidad es algo que se la encuentra de paso, en el correr de la vida, como fruto del seguimiento fiel a Jesús.

Jesús nos invita hoy a todos vivir con el espíritu del sermón el monte, es el espíritu, que como nos ha dicho Juan en la segunda lectura, nos conduce a ir siendo los hijos de Dios, cada uno a su estilo, hay tantos tipos y vocaciones de santos cuantas situaciones humanas existen, pero hay algo común a todas: ser y vivir como hijos del mismo Padre, en una hermandad universal, sin esto no hay santidad. Nosotros hemos de alcanzar nuestra santidad propia, aquella a la que Jesús nos invita a cada uno.

Pidamos a Jesús un corazón generoso que permita ver a Dios en cada uno de los hermanos de modo que vivamos con todos, especialmente con los que sufren con verdadera misericordia y seamos fieles a la misión que nos ha confiado con la esperanza de que se realizará la promesa de Jesús: Felices los que sufren, los que viven con un corazón generoso, ellos serán plenamente felices.

Todos estamos llamados a disfrutar de la felicidad y el gozo de Dios al verle cara a cara y al sentirnos amados por Él. Unámonos hoy a Todos los Santos que ya disfrutan de esta felicidad.

No lo olvidemos, el Reino de Dios comenzará en su plenitud cuando se cumplan las bienaventuranzas anunciadas por Jesús y que hoy hemos escuchado una vez más.

XXXI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


En este domingo, la Iglesia nos invita a una reflexión responsable sobre la seriedad, la verdad y la coherencia de nuestro compromiso con Dios y con el Reino.

La 1ª Lectura del Profeta Malaquías es una dura advertencia a los Sacerdotes de esa época por su mal comportamiento y por la predicación de falsas doctrinas.  Los sacerdotes de la Antigua Alianza habían olvidado sus obligaciones como hombres de Dios.  Rompieron el pacto hecho con Dios y en lugar de guiar al pueblo por buenos caminos, lo descarriaban por senderos torcidos que no conducían hasta Dios.

El Señor, les dijo a sus apóstoles que los enviaba como ovejas en medio de lobos.  Esta es una difícil tarea para los sacerdotes.  Por eso no debemos extrañarnos que a veces fallemos como sacerdotes.  Por ello este es un buen momento para que pensemos que todos los fieles deben de echar siempre una mano a los sacerdotes y que hay que rezar por ellos.  Para que seamos fieles a la misión que Dios nos ha encomendado y seamos un estímulo para que todos hagamos el bien y nunca el mal.

Hay que esforzarse por comprender a los sacerdotes, por perdonarlos, por ayudarlos, por animarlos a seguir con la ilusión del primer día por el difícil camino del sacerdocio.

Para que esta Comunidad pueda alcanzar su meta y llevar a cabo la misión del Señor, necesita de la colaboración de todos sus miembros: sacerdotes y laicos.  Unos y otros tenemos una importante misión que realizar en la Iglesia de Dios.

San Pablo, en la 2ª lectura, en su carta a los Tesalonicenses, manifiesta su alegría por la acogida que los Tesalonicenses dieron a su mensaje.  Debido a ello les habla con gran ternura y delicadeza. Pero también les manifiesta que ha trabajado y luchado fuertemente para que la palabra de Dios realizara su fruto en aquella comunidad.

El amor a la comunidad lleva al sacerdote, a ofrecer lo más valioso que tiene: Cristo, el Señor.  El amor a los fieles es lo que hace que el sacerdote no haga distinciones de ninguna clase; que siempre predique la verdad, aunque, a veces, nos incomode; que corrija a sus fieles cuando sea necesario; que cuando vea algo indigno a los ojos de Dios, sepa ser exigente, ejerciendo su autoridad como ministro de la Iglesia; que pida a sus fieles que se dejen guiar en su vida por el Evangelio.

El Evangelio de san Mateo nos habla de la hipocresía. Todos hemos de evitar caer en hipocresías, egoísmo y luchas de poder, pues todas estas actitudes dañan fuertemente a las comunidades.

El Evangelio de hoy no sólo está dirigido solamente a nosotros, los que tenemos responsabilidades en la comunidad.  Se dirige a todos, a todos los que llevamos el nombre de cristianos.

Porque de hecho, todos los que llevamos el nombre de cristianos, todos los que ahora estamos participando de esta Eucaristía, somos anunciadores del Evangelio, y por lo tanto tenemos el deber de cumplir en nuestras vida lo que anunciamos.

Llamarse cristiano significa afirmar que creemos en Jesús, en lo que nos ha dicho, en lo que nos ha enseñado; y significa que tenemos que vivir y actuar como cristianos con palabras y con hechos.  Si nos decimos cristianos pero vivimos como si no lo fuéramos, estamos actuando como esos fariseos que Jesús criticaba hoy en el Evangelio.  No podemos ser cristianos en determinados momentos y en otros no. 

Las palabras de Jesús van dirigidas a cada uno de los cristianos, pero muy especialmente a los que tienen cualquier tipo de responsabilidad en la fe de los demás.  Por ejemplo a esos papás que se dicen cristianos y que un día bautizaron a sus hijos y se comprometieron a educar en la fe a sus hijos y llegado el momento se ha olvidado de esta educación porque mintieron ante la comunidad y ahora les dicen a sus hijos que si quieren que vayan a la Iglesia y que si no quieren ir que no vayan.  ¿Qué seria si esto mismo lo aplicásemos a la escuela?  Decirles: “si quieres ir a la escuela ve y si no, no vayas”.

A los sacerdotes nos corresponde ofrecer una catequesis, preparar los programas, animar a los miembros de la comunidad a ejercer un apostolado, un servicio a Dios y a su Iglesia, pero a los papás cristianos les corresponde la responsabilidad de mandar a sus hijos a la catequesis y de interesarse por la formación cristiana de sus hijos, y también le corresponde a los papás preocuparse por la asistencia a misa de sus hijos.

Ahora bien, muchos padres, ¿cómo van a enviar a sus hijos a la catequesis o a misa si ellos no vienen nunca?

Hoy, estas palabras duras de Jesús, deberían hacer reflexionar a muchos padres y madres cristianas que han olvidado su cristianismo y su compromiso como educadores cristianos de sus hijos.

Pidamos, al Señor, que todos seamos capaces de vivir de acuerdo a nuestra fe.  Todos: los que tenemos responsabilidades en la Iglesia y en las familias.

lunes, 23 de octubre de 2023

 

XXX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que el amor es lo que Dios pide, o incluso, el amor es lo que Dios exige a cada creyente. 

La 1ª lectura del libro del Éxodo nos ha relatado cómo el pueblo de Israel, una vez que se estableció como pueblo y se organizaron socialmente se olvidaron que una vez fueron pobres y cerraron su corazón a los necesitados y muchas veces se convirtieron en opresores, aprovechándose de los inmigrantes pobres, viudas y huérfanos. 

Si le echamos una mirada a nuestro mundo, vamos a descubrir que esta situación que se denuncia en esta lectura sigue estando presente entre nosotros.  Hay muchísimos pobres que sólo cuentan con sus manos para trabajar, que no tienen tierra, ni dinero, ni conocimientos, ni influencias y por lo tanto son mano de obra barata. 

Cuantas personas hoy son explotadas, utilizadas, maltratadas, condenadas a una vida solitaria.  Cuántos enfermos incurables son abandonados, condenados a la soledad, y a veces los escondemos y evitamos que los vean.  Necesitamos aprender que todos los hombres y mujeres, sobre todo los más débiles, los más necesitados, los más abandonados, deben ser respetados, protegidos y amados.

Dios no acepta un mundo construido de esta forma y por lo tanto, nosotros como creyentes, no podemos tolerar estas situaciones en las que se violan los derechos y la dignidad de los pobres.  ¿Podemos ser cristianos y a la vez se explotadores de los más necesitados? 

Hoy Dios nos dice que Él está a favor de los débiles, de los necesitados.

La 2ª lectura de san Pablo a los Tesalonicenses nos pone el ejemplo de unos cristianos: los tesalonicenses.  Ellos son el prototipo, son ejemplo de una comunidad cristiana, de una Iglesia, que se destacó por su fidelidad al Evangelio de Jesús.

Estas personas habían experimentado que los ídolos no salvaban a nadie.  Y aceptaron el mensaje evangélico.  Por eso san Pablo da gracias a Dios. 

El buen ejemplo, la buena conducta, es como una semilla que ofrece muy grandes cosechas calladamente.  La fe cristiana es como una semilla que germina en buenas obras.  Por eso es necesario sembrar el mensaje de Dios, practicarlo, difundirlo, proclamarlo.  No lo podemos callar.  Es pues, con nuestro ejemplo como tenemos que evangelizar a este mundo que quiere prescindir de Dios.

Por ello, quien conoce a Dios, debe abandonar los ídolos, quien conoce el bien tiene que alejarse del mal, quien conoce la verdad tiene que dejar atrás el engaño.  Seamos ejemplo de vida cristiana para todos los que nos conozcan.

El Evangelio de san Mateo nos recuerda lo esencial, lo verdaderamente importante, el único mandamiento que realmente hay que cumplir, porque cumpliendo éste se cumple con todo lo demás.

Hay que amar al Señor durante toda la vida, pero hay que amar al prójimo también con corazón sincero. 

El amor a Dios y al prójimo hay que expresarlo con todas las facultades del hombre: corazón, alma, ser.  Hay que amar a Dios y al prójimo en plenitud.  Por lo tanto lo que no te gusta a ti, no se lo hagas al prójimo.  Hay que amar al prójimo como a uno mismo.

Pero no olvidemos esto que Jesús nos dice amar al prójimo como a ti mismo.  Hay un deber de amarnos a nosotros mismos, esto no quiere decir ser egoísta.  Hay que aceptarse a uno mismo, amarse a uno mismo para poder amar a los demás.  Yo creo que muchos cristianos son incapaces de amar y aceptar a los demás, porque son incapaces de amarse y aceptarse a sí mismos.

Hay que aprender a amar y esto sólo lo haremos si empezamos amándonos.  El amor al prójimo es la medida para amar a Dios.

¿Y quién es mi prójimo?  Los que me caen bien y los que me caen mal, todos son mis prójimos.

Un día Jesús dijo: “Amaos los unos a los otros”  y nosotros hemos entendido: “Armaos los unos contra los otros”.

“Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios.  Quien no ama a su hermano a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve”.

lunes, 16 de octubre de 2023

 

XXIX DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos dice que Dios es nuestra prioridad y que es a Él a quien debemos subordinar toda nuestra existencia; pero nos avisa también que Dios nos convoca a un compromiso efectivo en la construcción del mundo.

La 1ª lectura del profeta Isaías nos recordaba que Dios es el verdadero Señor de la historia y que Él es el que nos conduce a la felicidad y realización plena.  Los hombres somos instrumentos de los que Dios se sirve para realizar sus proyectos de salvación.

Sólo Dios es grande, sólo Dios es el Señor.  Por eso quienes dan culto a un hombre, quien se apoya en el hombre, comete la simpleza de agarrarse a una rama seca y quebradiza, pensando que así podrá salvarse de morir enterrado.

Siempre que el pueblo prescinde de Dios, cava una fosa a sus pies y prepara la ruina, mientras no se produzca la conversión y la vuelta, porque Dios es el único bien total del hombre.  No nos engañemos.  Sólo Dios es los suficientemente fuerte para agarrarnos a Él.  Sólo Él puede salvarnos, sólo en Dios está la solución de todos nuestros problemas. 

Fuera de Dios nadie podrá hacer nada que realmente nos sirva de algo.  “Yo soy el Señor y no hay otro; fuera de mí no hay dios”, nos decía hoy la primera lectura.

La 2ª lectura de San Pablo a los Tesalonicenses nos presenta el ejemplo de una comunidad cristiana que pone a Dios en el centro de su camino y que, a pesar de las dificultades, se compromete con los valores y los esquemas de Dios.

Hoy, una comunidad cristiana que viva, con fidelidad y entusiasmo, la fe, la esperanza y la caridad, no es noticia; sin embargo, los medios de comunicación social explotan, con gusto, la vida de una comunidad cristiana que esté marcada por escándalos, por infidelidades. 

Nos estamos volviendo, poco a poco, insensibles a las cosas bellas y buenas y nos dejamos impresionar por los escándalos, por lo malo, por lo negativo.  Por eso san Pablo nos invita a fijarnos en los testimonios de fe, de amor y de esperanza que hay a nuestro alrededor y a que veamos ahí la presencia y la acción de Dios en el mundo.

El Evangelio de San Mateo nos presentaba hoy esa frase tan polémica: “dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Más de una vez se ha usado esta frase para defender la total separación entre el ámbito político y el ámbito religioso o también se ha utilizado como excusa para no afrontar los deberes ciudadanos frente al bien común.  No se refería a esto Jesús cuando dijo esta famosa frase.  Todo cristiano tiene que cumplir al mismo tiempo con sus obligaciones políticas y con sus obligaciones religiosas, tanto se trate de la obligación de mandar como de la obligación de obedecer.

Lo que Cristo condena con toda claridad es la manipulación de la religión a favor de un partido o gobierno, pero al mismo tiempo también denuncia al gobierno que impone una religión.

Siempre han existidos gobernantes que confunden su propio proyecto político con la causa de Dios, pero también ha habido representantes de Dios que han querido tener poder político.  Por eso se han manipulado autoridades pero también nos hemos callado antes injusticias con nuestro silencio e indiferencia, como si el cristiano no tuviera que exigir justicia y verdad. 

Por supuesto que Jesús no pone a Dios y al César al mismo nivel.  Jesús afirma la primacía de Dios.

Devolver a Dios lo que es de Dios supone reconocer que sólo Él es el Señor, pero también supone devolverle el pueblo, la creación y su proyecto de justicia y fraternidad. Nadie queda excluido de la obligación de promover una verdadera justicia y nadie puede esconderse en la sacristía en los momentos de crisis donde urge la presencia, la valentía y el dinamismo de los cristianos. Pero tampoco nadie puede apropiarse la inteligencia y la bondad divina utilizando la religión para sus proyectos personales o partidistas.

Si el ser humano es la imagen de Dios, éste es propiedad de Dios y con él no se puede jugar con otros intereses. Queda desautorizada cualquier pretensión de dominio absoluto sobre el pueblo, la tierra y la persona humana.

El verdadero cristiano no puede permanecer indiferente ante la política como si la religión fuera un tranquilizante; al contrario, hay que llevar el Evangelio y la presencia de Dios a la vida social, económica y política.

El Evangelio de este día nos recuerda que hay que escuchar siempre la palabra de Dios, por encima de cualquier otro interés, y que no se puede arrinconar a Dios al mundo de lo privado. No podemos convertirnos en esclavos de las cosas, del poder ni de la religión, sino en servidores del Dios vivo.

lunes, 9 de octubre de 2023

 

XXVIII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


Las lecturas de este domingo son una invitación de parte de Dios a que seamos felices, porque Dios lo que desea para todos es la felicidad y por eso cada vez que celebramos la eucaristía somos invitados al banquete festivo con su Hijo Jesús.

La 1ª lectura, del profeta Isaías, nos dice que la salvación es una realidad que se dará en el cielo.  La salvación consistirá en gozar eternamente de Dios y vernos libres de todos los males.  El cielo será como una gran fiesta, como una comida festiva permanente, donde Dios secará nuestras lágrimas y destruirá la muerte para siempre.

Hoy como ayer, en medio de un mundo que nos ofrece muchos remedios para ser felices y para salvarnos, la lectura del profeta Isaías es una llamada a la esperanza en Dios.    Es Dios el que nos va a salvar.  Nuestra vida no terminará con la muerte.  Hay esperanza más allá de la muerte para todos los hombres que buscan a Dios.  El Dios de la vida no puede permitir que los hombres y mujeres que Él ha creado tengan como destino final la muerte.

La 2ª lectura, de San Pablo a los Filipenses, es una llamada a la solidaridad en las necesidades básicas.

Dios nos recompensa ampliamente cuando ayudamos a los necesitados.  Hemos de compartir no sólo el Evangelio sino también nuestra ayuda material con los que menos tienen.

Nos decía también San Pablo: “Todo lo puedo en aquel que me conforta”. Aunque tengamos problemas y tentaciones, podemos vencerlas porque tenemos con nosotros, en nosotros, a Jesucristo que es nuestra fuerza.

La fuerza de Cristo nos da el poder para cumplir con nuestras obligaciones diarias;  la fuerza de Cristo nos da la paciencia para soportar las adversidades.  Una persona que ama la justicia y la verdad tiene siempre que soportar adversidades de todo tipo; tiene que soportar incomprensiones y ataques de los enemigos.

La fuerza de Cristo nos da el valor para vencer nuestros miedos y desconfianzas.  No tenemos que tener miedo de luchar por el bien.  Con Cristo hay esperanza para nosotros y para nuestro mundo, para un mundo mejor.

La fuerza de Cristo nos da nos da las energías para cumplir con nuestra misión en la vida.  Cada uno tiene su propia misión en esta vida y no siempre sentimos la fuerza para llevarla a cabo y es Cristo el que nos fortalece  para no caer.  Todo lo podemos, si estamos unidos a Cristo.

El Evangelio de San Mateo nos habla del Reino de Dios y nos lo presenta bajo la figura de un banquete.

Para los judíos un banquete era signo de unidad y de fraternidad.  Ser invitado era un honor, no se invitaba a la gente por compromiso sino por amistad.

Tenemos que tener muy claro que es Dios quien toma la iniciativa de llamarnos a la salvación.  Invitarnos a participar en el Reino es un gesto de amor por parte de Dios. Dios ha puesto su mirada en nosotros y ha tomado la iniciativa de invitarnos porque nos ama. 

Dios nos invita y sin embargo a veces, hemos rechazado las invitaciones que Dios nos hace.

Ante las llamadas de Dios, preferimos encerrarnos en nuestros asuntos y no hacemos caso a lo que Dios nos pide. Le damos mucho más valor a las invitaciones que el mundo nos hace, aunque sean invitaciones para cosas sin importancia. Preferimos un programa de Televisión, un partido de fútbol, una fiesta con los amigos, cualquier cosa vale en vez de acoger la invitación que Dios nos hace. 

La violencia que se vive en el mundo es fruto del rechazo a las invitaciones de Dios. Nos viene del olvidarnos de Dios o de ponerlo en un segundo lugar. 

Nunca podremos llegar a ser verdaderas personas humanas mientras le demos las espaldas a Dios.

Toda persona humana, sin distinción alguna, está invitada a participar del Reino de Dios. Lo único que se necesita es aceptar la invitación de Dios. De nosotros depende aceptar o rechazar esta invitación. 

Pero nuestra respuesta debe ser en serio. No se trata de decirle sí al Señor y después vivir como se nos dé la gana. Debemos ser consecuentes con nuestra Fe. Vivir lo que creemos y creer lo que vivimos. Por eso es que no basta con decir que aceptamos a Cristo, sino que hay que manifestar en nuestras obras que lo hemos aceptado y que creemos en Él.  

A la invitación que nos hace el Señor hay que ir con el traje de fiesta que es revestirnos de Cristo, es decir, vivir la Caridad, vivir el perdón, ser constructores de la Paz, ser serviciales con los demás, vivir nuestra intimidad con Dios, rechazar el pecado y vivir en la gracia de Dios

No basta, pues, decir que somos cristianos y que pertenecemos a la Iglesia, hay que vivir revestidos de Cristo.

lunes, 2 de octubre de 2023

 

XXVII DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La Eucaristía de este domingo es una invitación para que en nuestra vida de cristianos demos frutos abundantes. 

La 1ª lectura del profeta Isaías nos habla de todos los cuidados de Dios por nosotros, pero a pesar de todos los cuidados de Dios por nosotros, no sabemos darle los frutos que le corresponde.

Esta lectura es toda una historia de amor, una historia que no termina porque Dios continúa derramando sobre nosotros, todos los días, su amor, su bondad y su misericordia. Pero es una historia de amor no correspondido. Cada uno de nosotros somos cuidados por Dios.  Dios nos ha dado la vida, una familia, un hogar, una casa, una educación, nos ha hecho sus hijos, nos da su gracia. 

La mayoría de nosotros hemos sido, desde niños, elegidos por Dios; en nuestra familia empezamos a aprender las primeras oraciones.  Tenemos la suerte de poder haber ido a la escuela y tener, por medio de la catequesis, una educación cristiana.  Nos prepararon bien para recibir a Cristo en la primera comunión.  Posteriormente siguieron educándonos en la fe para recibir la confirmación y así reafirmar nuestra fe, pero llegamos al bachiller o nos vamos a la Universidad y ahí se acabó toda nuestra vivencia religiosa, todo nuestro compromiso con Dios. Por eso, hoy, hay que preguntarse: ¿Por qué habiendo recibido tantos cuidados de parte de Dios, damos frutos malos?

La 2ª lectura de San Pablo a los Filipenses nos dice cómo debemos actuar para que nuestra respuesta a Dios dé frutos sabrosos.

En muchas ocasiones solemos escuchar, y también lo decimos nosotros, que ahora no se sabe lo que es bueno ni lo que es malo porque ¡todo ha cambiado!

Por ello, es muy importante poner en práctica lo que San Pablo recomendaba a los cristianos de Filipo.  Como cristianos debemos vivir en el mundo, pero todo lo que hagamos tiene que tener un sentido cristiano.

El Señor no pide a la Iglesia hacer cosas sorprendentes y raras, sino hacer, sencillamente, lo que es bueno, lo que es justo, sentirse solidarios con todo lo que es verdadero y noble.

El evangelio de San Mateo nos presentaba la parábola de los viñadores asesinos.

Todos nosotros formamos parte de este “viñedo divino”, de este Pueblo del Señor, y como parte de él estamos llamados a dar frutos.

¿Cuáles son los frutos amargos que estamos dando  en nuestros días?

El afán de poseerqueva configurando normalmente un estilo de hombre insolidario, preocupado casi exclusivamente de sus bienes, indiferente al bien común de la sociedad. El resultado es una sociedad estructurada en función de los intereses de los más poderosos, y no al servicio de los más necesitados.

Por otra parte, el deseo ilimitado de adquirir, conservar y aumentarlos propios bienes, va creando un hombre que lucha egoístamente por lo suyo y se organiza para defenderse de los demás. Va surgiendo así una sociedad que separa y enfrenta a los individuos empujándolos hacia la rivalidad y la competencia, y no hacia la solidaridad y el mutuo servicio.

El deseo de poder quehace surgir una sociedad asentada sobre la agresividad y la violencia, y donde, con frecuencia, sólo cuenta la ley del más fuerte y poderoso. No lo olvidemos. En una sociedad se recogen los frutos que se van sembrando en nuestras familias, nuestras escuelas, nuestras instituciones políticas, nuestras estructuras sociales y nuestras comunidades religiosas.

Dios nos ha bendecido con toda clase de dones, materiales y espirituales, ahora nos toca a nosotros regresarle a Dios su parte. Entreguemos lo que Dios nos pida con alegría, con gratitud.

El Señor nos dice que nos ha elegido para que demos fruto y nuestro fruto permanezca.  Así quiere que cada uno de nosotros seamos una viña fructífera que dé buenos frutos.

En nuestra Parroquia hay  grupos y actividades en las que los miembros de la comunidad pueden colaborar. La pasividad y la apatía son desastrosas para la Iglesia. Has recibido un carisma por parte de Dios, no lo entierres miserablemente, sé generoso. La mayoría de edad del laico dentro de la Iglesia debe manifestarse dando testimonio en medio del mundo, que es el lugar donde se desenvuelve su actividad. Dejemos que cada cual aporte su granito de arena en la construcción del Reino.

Que la Eucaristía que estamos celebrando nos ayude a descubrir el sentido de nuestro trabajo y nos anime a ser generosos y a hacerlo todo con alegría y esperanza.

lunes, 25 de septiembre de 2023

 

XXVI DOMINGO ORDINARIO (CICLO A)


La liturgia de este domingo nos invita a comprometernos seria y coherentemente con Dios, un Dios que quiere construir un mundo nuevo de justicia y de paz para todos.

La 1ª lectura del profeta Ezequiel nos dice hoy que cada uno es responsable de lo que hace; no se vale echarles la culpa a los demás o a Dios.

Las personas nunca quieren echarse la culpa de nada de lo que ocurre.  Hay personas que no tienen lo más mínimo para vivir dignamente.  La culpa es de la economía internacional.  Hay situaciones de violencia y de injusticia.  La culpa es del gobierno que no cumple las leyes ni pone suficientes policías.

Esta manera de pensar hace que siempre encontremos una excusa a los males presentes ya que pensamos que son otros los que los causan.  Es cierto que somos solidarios en los pecados sociales y comunitarios, pero Dios juzgará a cada uno según su personal responsabilidad y conducta.  Por eso el profeta Ezequiel levantó su voz para decir que cada uno es responsable de lo que hace sea para bien o para mal.

Ciertamente que a veces, la familia o las circunstancias en las que vivimos pueden influirnos a la hora de hacer el bien o el mal, pero siempre tendremos la oportunidad de cambiar. No debemos decir que no podemos cambiar porque venimos de una familia desintegrada o vivimos en un barrio de gente de mal vivir.  No podemos decir que porque mis padres son ladrones yo también tengo que serlo y así justificarnos para no cambiar y dejarlo que todo siga igual. 

Es cada persona quien dará cuentas al Señor de su conducta.  Y no se vale echarle la culpa a los papás, o a la sociedad en la que vivimos.  Tenemos que ver cuál es nuestra responsabilidad en tantos males como hay en la sociedad y no echarles siempre la culpa a los demás de lo que ocurre o de lo que soy.

La 2ª lectura de san Pablo a los Filipenses nos invita a que nos comportemos y vivamos de modo humilde y servicial como lo hizo Jesús.

Los valores que vivió Cristo, no son demasiado apreciados en muchos ambientes de nuestro mundo.  Para la sociedad, los grandes ganadores no son los que ponen su vida al servicio de los demás con humildad y sencillez, sino que son los que se enfrentan al mundo con agresividad, con autosuficiencia y se esfuerzan por ser los mejores, aunque eso signifique emplear cualquier medio para alcanzar sus metas y superar a los demás. 

Nosotros tenemos que seguir el ejemplo de Cristo que con su humildad y su servicio nos ha salvado.

El evangelio de san Mateo nos presenta la parábola de los dos hijos llamados a trabajar en la viña.  Uno dice sí pero no va; el otro dice no pero sí va a trabajar a la viña de su padre.

Hay personas que piensan: “Las palabras y las promesas no valen, se pueden tirar a la basura”.  Que tristes es que haya tanta incongruencia entre lo que decimos y lo que hacemos: “Mañana te pago”, “En un  rato entrego tu trabajo”, “Prometo que voy a hacerlo” y un largo etcétera. Esto es una  lacra de nuestra humanidad que hace perder el valor de la palabra.

Hay quien dice sí y luego es no; hay quien dice que no, pero después actúa positivamente. Evidentemente que Dios se complace más en aquellos que dicen sí y que lo hacen de verdad.

Esta parábola es una crítica de Jesús contra aquellos que se declaran cristianos, que alardean de su fe, pero que sus acciones no convencen a nadie.  A las palabras deben seguir las acciones; a los principios, la conducta coherente; y a las enseñanzas, el ejemplo personal.

La parábola delinea perfectamente nuestro tibio cristianismo porque le decimos a Dios: “Ya voy, Señor”, pero demoramos nuestras acciones hasta lo infinito. Con que facilidad decimos si, que no implica ningún compromiso. Gritamos y alabamos a la Virgen, hacemos peregrinaciones y entonamos vivas a Cristo Rey, pero después pisoteamos los valores del Reino, nos mostramos intransigentes con el prójimo, rechazamos el perdón y no dudamos en herir, en humillar y en despreciar.

Aun confesándonos católicos, vivimos de hecho alejados de la fe, abandonando las prácticas religiosas y perdiendo progresivamente la propia identidad de creyentes.  Hay bastantes cristianos que terminan por instalarse cómodamente en una fe aparente, sin que su vida se vea afectada en lo más mínimo por su relación con Dios.

Decimos una cosa y hacemos otra. Quizás hoy lo más urgente será descubrir las contradicciones de nuestra vida y ponerlas delante de Dios, ponerlas sin miedo y sinceramente, para que Él nos cure y purifique, para que Él nos vaya purificando y nos haga libres.

Aprendamos a decir sí, con alegría y prontitud, y después cumplir con fidelidad la palabra empeñada con Dios y con el prójimo.