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lunes, 17 de junio de 2024

 

XII DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo, nos asegura que, a lo largo de nuestra vida, el hombre no se encuentra perdido, solo, abandonado a su suerte; sino que Dios camina a nuestro lado cuidando de nosotros con amor de Padre y ofreciéndonos en todo momento la vida y la salvación.

La 1ª lectura del libro de Job, nos habla de un Dios majestuoso y omnipotente, que domina la naturaleza y que tiene un plan perfecto para el mundo.  Nosotros, a veces, no entendemos los planes de Dios, pero aun así, debemos siempre ponernos en las manos de Dios.

En nuestra vida diaria hay “luces y sombras”.  Normalmente las “sombras” nos preocupan y nos inquietan: terrorismo, violencia, nuevas enfermedades, catástrofes naturales, injusticias, etc., nos causan inseguridad, miedo y preocupación.

A veces, criticamos a Dios por las tragedias del mundo; otras veces, sentimos la tentación de mostrarle, de forma clara y lógica, cómo debería actuar Él para que el mundo fuese mejor. La lectura del Libro de Job nos invita, sobre todo, a no creernos nosotros mejores que Dios y a no exigir a Dios que actúe según nuestra manera de pensar.

Dios se ha manifestado muchísimas veces en la historia con amor y con bondad y Él no ignora los problemas de los hombres.  Dios tiene un proyecto para el mundo y para la humanidad.  El problema es que no vivimos ni hacemos realidad ese proyecto de Dios y por ello nos puede parecer que el mal está ganando terreno, pero no es así.  No olvidemos que Dios es más poderoso que el mal. 

El verdadero creyente es aquel que, aunque sin entender totalmente los proyectos de Dios, aprende a fiarse de Él, a obedecerle incondicionalmente, a verlo como la razón última de su vida y de su esperanza.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos exhorta a no valorar a nadie por criterios humanos.  En nuestra sociedad valoramos a las personas por lo que tienen, o por sus ideas políticas, o por su religión.  Toda persona tiene el mismo valor, un valor sagrado, el máximo. No es que unas personas valgan menos que otras o que unas vidas tengan más valor que otras. No, para Dios todos somos sus hijos igualmente queridos y amados.

Esto habría que explicárselo bien a los que organizan las guerras, a los que desprecian a otros porque son extranjeros o porque no son de su misma tierra, o de su misma raza o religión, o de ideas políticas diferentes, a los que abusan de los demás porque se creen superiores. Esas actitudes son intolerables en un cristiano y Dios nos pedirá responsabilidades de cómo hemos valorado y tratado a sus hijos, nuestros hermanos.

El Evangelio de San Marcos, nos asegura que nunca estamos solos en las tempestades de nuestra vida.  Nada debemos temer, porque Cristo está con nosotros, ayudándonos a vencer todos los obstáculos.

En nuestra vida, tanto personal como religiosa, muchas veces experimentamos dificultades, situaciones personales difíciles: enfermedades, dolor, falta de trabajo o de dinero, problemas con los hijos o con los padres, calumnias, injusticias, rechazos, marginación, odio, etc.

¿Cuál es nuestra reacción? ¿Miedo, angustia, temor, excesiva preocupación?  Sabes ¿por qué? porque no contamos con el Señor, porque no tenemos suficiente fe y nos apoyamos solamente en nosotros mismos, en nuestras fuerzas humanas y casi siempre el problema es mucho más grande que nosotros.

Nos olvidamos de algo muy importante: Dios está siempre con nosotros, Él todo lo puede en todo momento. Él es nuestro auxilio y seguridad. En momentos difíciles, Dios nunca se olvida de nosotros. 

A nosotros nos corresponde confiar, confiar una y otra vez.  Y dejar el miedo y lanzarnos sin temor a trabajar por un mundo mejor, porque Él está siempre con nosotros.  Y cuando nos parezca que nos hundimos, llamar al Señor, invocarlo con confianza, sabiendo que en Él nos movemos y existimos, que todo, por muy malo que sea redunda en bien para el que sabe confiar en el Señor.

Que el Señor aumente nuestra fe y nos permita renovar siempre la confianza en Él.

lunes, 10 de junio de 2024

 

XI DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

La liturgia de este domingo es una invitación a tener confianza en Dios, a poner en Él nuestras esperanzas, porque Dios, a diferencia de los hombres, nunca nos defrauda.

En la 1ª lectura del profeta Ezequiel, se nos recordaba cómo Dios se vale de las cosas pequeñas para actuar en el mundo.

Muchas veces, las personas ponen su confianza en la gente poderosa.  Sin embargo, los poderosos de este mundo son personas como nosotros y por lo tanto pueden defraudarnos y no solamente eso, sino que pueden volverse en contra nuestra para destruirnos.

Hoy el Señor nos dice que quien pone en Él su confianza jamás se verá defraudado, ni oprimido, ni destruido, sino que encontrará la paz y la seguridad que sólo procede de Dios, de ese Dios que nos ama fiel y eternamente.

Los cristianos, los que pertenecemos a la Iglesia no podemos estar de acuerdo con la violencia ni podemos cometer injusticias, ni explotar o aprovecharnos de nadie para lograr nuestros intereses personales, ni podemos creernos que somos más que los demás.  No pongamos, pues, nuestras esperanzas en los poderosos de este mundo, porque Dios ha escogido a los humildes, a los que aparentemente no valen, para salvar a este mundo.

La 2ª lectura de san Pablo a los Corintios, nos invitaba a tener confianza en Dios.  Por eso, debemos esforzarnos en agradar al Señor no sólo con nuestras palabras, sino con nuestras obras y con nuestra misma vida.

Nuestra fe se tiene que traducir en obras de amor y de esta manera estaremos manifestando que ya desde ahora poseemos la Vida eterna, porque estaremos con Dios y Dios en nosotros.

El Evangelio de san Marcos nos presentaba dos parábolas para decirnos cómo es el Reino de Dios.  

En la parábola de la semilla que germina y crece sin que el sembrador sepa cómo, se nos dice que el Reino de Dios es ante todo un don, un regalo. La segunda parábola, la de la semilla de mostaza nos habla de que el Reino no nace de la fuerza, ni del poder, ni de la apariencia, sino de lo pequeño, de lo humilde, de lo pobre, como la semilla de mostaza que siendo la más pequeña de las semillas se convierte en la más alta y grande de los arbustos.

Indudablemente que es más agradable cosechar y recibir los frutos, pero para que un árbol dé frutos se requiere la siembra confiada y silenciosa, el sudor y la paciencia, la fertilidad de la tierra, los abonos necesarios y un buen temporal.

El trabajo de todos los días, la educación continua en los valores del Reino, la constante relación en la familia, en la pequeña comunidad, la unidad y atención de los pequeños, son semillas del Reino que debemos sembrar siempre. Pero el ritmo de nuestros tiempos nos lleva por otros caminos. Se abandonan las cosas pequeñas como el diálogo en familia, la comunicación entre los cercanos, la oración, la escucha atenta del Evangelio, la relación con los amigos y la construcción de la pequeña comunidad… preferimos los grandes eventos, los clamorosos sucesos, la ropa y los modernos y costosos “juguetes” que nos entretienen y esclavizan.

Se rescatan los grandes grupos financieros y se olvidan las inmensas masas que a duras penas sobreviven. Y lo más triste, es que muchos han perdido la esperanza y luchan entre las dudas y el desaliento.

¿Qué podemos hacer para mejorar esta sociedad? Más de uno piensa que son los grandes y poderosos, los que tienen el poder político o económico, los que, por sí solos, han de operar el cambio que necesita esta humanidad para ser mejor y más feliz. No es así. Hay en el evangelio una llamada dirigida a todos, y que consiste en sembrar pequeñas semillas de una nueva humanidad.

Jesús no habla de cosas grandes. El reino de Dios es algo muy humilde y modesto en sus orígenes. Algo que puede pasar tan desapercibido como la semilla más pequeña. Pero algo que está llamado a crecer y fructificar de manera insospechada. Quizás necesitamos todos aprender de nuevo a valorar los pequeños gestos. Probablemente no estamos llamados a ser héroes ni mártires cada día, pero a todos se nos invita a vivir poniendo un poco más de felicidad en cada rincón de nuestro pequeño mundo diario.

Un gesto amigable al hombre que vive perturbado, una sonrisa acogedora a quien está solo, una señal de cercanía a quien comienza a desesperar, un rayo de pequeña alegría en un corazón agobiado… no son cosas grandes. Son pequeñas semillas del reino de Dios que todos podemos sembrar en una sociedad complicada y triste, que ha olvidado el encanto de las cosas sencillas y buenas.

lunes, 3 de junio de 2024

 

X DOMINGO ORDINARIO (CICLO B)

Las lecturas que acabamos de proclamar nos hablan de la existencia del pecado desde el origen de la humanidad y la urgencia que tenemos de luchar contra el mal, con la confianza de que Cristo es más fuerte que el mal y ya lo ha vencido.

La 1ª lectura del libro del Génesis nos presentaba al pueblo de Israel preguntándose cómo había comenzado el mal en nuestro mundo.

El mal y el pecado existen en nuestra vida y en nuestra sociedad.  La tentación y el pecado es una experiencia que todos tenemos: niños y mayores, religiosos y laicos.  El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.  A veces, le echamos la culpa a los demás o al ambiente, sin embargos somos nosotros los que hacemos una opción libre por el mal.  Somos débiles, y ante el programa que Jesús nos ofrece, preferimos otros programas que las “serpientes” en turno nos van ofreciendo con sutiles argumentos.

En nuestra sociedad y en nuestro mundo existe el pecado a pesar de todos los avances tecnológicos. Esta situación de pecado es una experiencia que tenemos todos: niños y mayores.El mal existe en nuestra vida y todos caemos en él.

Ante el mal no podemos quedarnos indi­ferentes o desanimados. Somos invitados a resistir, a trabajar para que el mal no triunfe en este mundo ni en nosotros mismos.

La 2ª lectura de la 2ª carta de san Pablo a los Corintios nos narraba cómo es la vida de un apóstol y de una comunidad.

En la vida de un cristiano hay momentos de dificultades que a veces nos desaniman.  Ante estas dificultades, de las que san Pablo tiene amplia experiencia, hay una respuesta: los esfuerzos que se hagan para superar esas dificultades tienen sentido, “todo es para nuestro bien”.  A veces, vale la pena sufrir un poco porque ese sufrimiento puede ser fecundo: “la leve tribulación presente nos proporciona una inmensa e incalculable carga de gloria”, nos decía san Pablo.

Pero hay también otro “enemigo” que amenaza nuestra fidelidad: nuestra caducidad y el pensamiento de la muerte.  Hay personas que piensan que como ya les queda poco tiempo de vida ya no vale la pena seguir trabajando.  San Pablo nos recuerda que siempre debemos trabajar por el Reino de Dios porque así en nuestra vida y en nuestra muerte nos unimos a Cristo: “sabiendo que quien resucitó a Jesús también nos resucitará a nosotros”

El Evangelio de san Marcos nos hablaba del único pecado que no se puede perdonar: “todo se les podrá perdonar a los hombres: los pecados y cualquier blasfemia que digan; pero el que blasfeme contra el Espíritu Santo no tendrá perdón jamás, cargará con su pecado para siempre”.  Ese “pecado contra el Espíritu” es no querer ver la luz y la llamada de Cristo, es ignorar a Dios.

También Jesús nos ha hablado hoy de quién es su verdadera familia. 

No basta dar la vida, tener los lazos de la carne y de la sangre, o como dicen los israelitas, “ser de los mismos huesos”, se necesita mucho más para ser familia: “El que haga la voluntad de Dios, ése es mi hermano y mi hermana y mi madre”.

Para ser familia no basta estar juntos y tener la misma sangre, se requiere cumplir con la misión para la que hemos sido creados: diálogo, encuentro en relación, disposición para asumir que sólo con el otro estamos completos; ser imagen del mismo Dios.

Cuando no tenemos tiempo para la relación, cuando rehusamos mirarnos a los ojos, cuando negamos nuestra mano al hermano, no bastan los lazos de la carne para ser hermanos. Por el contrario, cuando asumimos nuestra relación como hijos del verdadero Dios y miramos a Cristo como nuestro hermano que nos amplía los horizontes, descubrimos que la fraternidad no se cierra entre cuatro paredes, sino que se abre para recibir a todos los hombres y mujeres que cumplen la voluntad del Padre.

En lugar de negar a la familia, le está dando Jesús mayor fortaleza, mayor seguridad y bases más seguras.

Es pues muy importante que descubramos la fraternidad en nuestras familias, y formar nuevas familias siempre abiertas a recibir otros miembros, más allá de la sangre, que la enriquezcan y la lleven a construir el Reino, sueño de Jesús para todos los hermanos. Las relaciones en casa deben superar nuestros egoísmos y educarnos para una vida en fraternidad en todos los ámbitos. Miremos nuestras familias, miremos nuestra sociedad y preguntémonos si estamos siendo fieles a la misión o si nos hemos extraviado por los caminos. ¿Cómo es la vida en familia y cómo construimos relaciones de amistad, comprensión y amor dentro de ella?

lunes, 27 de mayo de 2024

 

CORPUS CHRISTI (CICLO B)


Una de las fiestas más luminosas y más profundas de nuestra religión, es la fiesta que estamos celebrado, la fiesta del Corpus Christi, fiesta de luz, porque Cristo, Luz del mundo, vino a nosotros, se entregó por nosotros y se quedó con nosotros para acompañarnos en el camino de nuestra vida, durante esta peregrinación que realizamos en esta tierra. Vino a quedarse, y por amor y su decisión se encerró en un pedazo de Pan y en un sorbo de Vino, para fortalecer nuestros pasos y para ser compañero de camino.

Sin comida no se puede caminar, sin alimento no se puede crecer en el amor al Evangelio.

Jesús, en la última Cena, se hizo “pan”. Cuando hablamos de pan todos entendemos que es un alimento que nos sustenta y nos fortalece. Jesús quiso ser eso para nosotros: un alimento que nos hiciera más fuertes por dentro. ¿Cómo? Pues transmitiéndonos, cuando comulgamos, todos los valores que Él vivió y enseño a sus discípulos.

Comulgando de ese pan aprendemos a ser como fue Jesús: generosos con los demás, caritativos con los que menos tienen, creando lazos de comunión con las personas, sin importarnos las diferencias, respetando la dignidad y los derechos de cada uno, sirviendo a los demás, sin servirnos de ellos, haciendo las cosas gratuitamente, sin esperar nada a cambio, y sobre todo, amando al máximo, hasta entregarnos, hasta hacernos nosotros también “pan”, como Jesús.

Jesús también se hizo “vino”. Y el vino expresa fiesta, alegría… Brindamos en los grandes momentos de nuestra vida. El vino es religioso porque con él Jesús quiso expresar que la vida, la fiesta y la alegría son la mejor manera de expresar nuestra religión. Además, el pan y el vino saben mejor cuando se comparten y cuando se toman con compañía. Jesús quiso hacerse “pan” y “vino” para estar siempre cerca de nosotros, para que lo tuviéramos a mano, para que entendiéramos que Él es el alimento, la fuerza que necesitamos para “andar el camino” de la vida.

Jesús en la última cena dijo: “haced esto en memoria mía”.   “Esto” es lo que mandó Cristo a sus discípulos, cuando instituyó su eucaristía: que cada vez que se reunieran para celebrar la fracción del pan lo hicieran pensando en lo que Él había hecho e iba a ahora a consumar: entregar su cuerpo y derramar su sangre por amor a todos nosotros.

Nuestras eucaristías deben ser un memorial de la vida, pasión y gloriosa resurrección de nuestro Señor Jesucristo. Un memorial que no sólo consiste en recordar, sino en celebrar, en unir nuestra vida a la vida de Cristo, en comulgar con Él, en unir nuestro destino a su destino. Sólo el que celebra la eucaristía estando dispuesto a entregar su vida por los demás, lo hace realmente en memoria de Cristo. Esto es lo que los cristianos debemos proclamar hoy, día del Corpus: que nosotros somos la memoria viva de Jesús.

Que cuando las demás personas nos miren y nos vean a los cristianos, vean en realidad a Cristo, se acuerden de Él, vean en nosotros la memoria de Él. Para eso, los cristianos debemos ser vistos hoy más como humildes continuadores de la caridad de Cristo, que como insignes portadores de su grandeza y poder. No se nos pide hoy a los cristianos, en esta celebración del día del Corpus, que exhibamos nuestra fuerza y poder, sino nuestra caridad y amor.

Debemos ser conscientes de que cada vez que participamos en la eucaristía, lo que estamos haciendo es hacer memoria de la vida, muerte y resurrección de Jesús. Celebrando la presencia del Señor en medio de nosotros. Una presencia sacramental que se da, reparte y comparte con todos nosotros, en forma de Palabra, de pan y vino, porque nosotros somos sus amigos, para que nosotros a nuestra vez, nos demos, repartamos y compartamos nuestra palabra y nuestro pan.

Cada eucaristía es un Banquete en el que Dios mismo es a la vez el anfitrión y el alimento. Un banquete en el que los pobres y necesitados tienen preferencia, un banquete en el que los humildes son los primeros. Un Banquete que denuncia nuestros banquetes en los que excluimos a tantas personas por enemistad o por insolidaridad.

Hoy tendremos la procesión con el Santísimo.  Sacar el Cuerpo de Cristo a la calle indica una fe muy grande en Jesús, en que Él nos puede y nos quiere ayudar a vivir más felices.  Al igual que el pan se transforma, por la fuerza del Espíritu Santo, en el Cuerpo de Cristo, al sacarlo a la calle los cristianos, también con la fuerza del Espíritu, tenemos la tarea de transformar a ese Cristo en pan para los más necesitados.

Que Jesús Sacramentado bendiga nuestros hogares, nuestras familias, a los enfermos y a los más necesitados, a los que no tienen trabajo y lo buscan, a los que sufren por cualquier razón.

lunes, 20 de mayo de 2024

 

SANTÍSIMA TRINIDAD (CICLO B)


Después de haber celebrado los misterios de Cristo, en su pasión, muerte y resurrección, y también celebrado la efusión del Espíritu Santo en la Iglesia, celebramos hoy el Misterio de la Santísima Trinidad.

El misterio de la Santísima Trinidad es un gran misterio: un solo Dios en tres Personas, misterio grande pues se refiere a la esencia misma de Dios, y grande también por lo imposible de entender y de captar cabalmente, menos aún de explicar, pues es una verdad que sobrepasa infinitamente las capacidades intelectuales del ser humano. 

Creemos y profesamos nuestra fe en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. En un solo Dios y tres personas distintas.

En las Sagradas Escrituras, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, encontramos muchísimas referencias a este ser único de Dios.  Uno y Trino. 

La 1ª lectura del libro del Deuteronomio nos presenta a la primera persona de la Trinidad: a  Dios Padre como el único Dios verdadero. 

Es Dios quien crea el mundo, quien crea al hombre.  Es Dios el que vive con el hombre de todos los tiempos una verdadera historia de Salvación, una verdadera historia de amor.  Es Dios quien salva a su pueblo de la esclavitud y le entrega la Tierra Prometida.  El pueblo escogido tiene muy claro que Dios es solamente Uno.

La 2ª lectura de San Pablo a los Romanos nos presenta a Dios Espíritu Santo.  San Pablo nos recuerda que es el Espíritu Santo quien guía, sostiene, alienta, fortalece e inspira al Pueblo de Dios.

El Evangelio de San Mateo nos recuerda la grandeza de Jesucristo, la segunda persona de la Trinidad que se encarnó, se hizo hombre para salvarnos.

Jesús siempre nos habla de la Santísima Trinidad: habla siempre del Padre, de Él que es el Hijo y del Espíritu Santo, que nos ha enviado.

Son muchos los momentos importantes en la vida de Cristo en los que aparece la acción de la Santísima Trinidad: La Anunciación: El ángel habla a María de parte de Dios Padre, le dice que por obra y Gracia del Espíritu Santo, concebirá en su seno a Jesús el Hijo bendito de Dios.  El Bautismo del Señor: Jesús recibe de manos de Juan el bautismo en el Jordán, se oye una voz del cielo, del Padre, que dice: “este es mi Hijo…” y descienda sobre Él el Espíritu Santo. La Ascensión: Jesús dice a sus apóstoles: “Id por todos los pueblo bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”.

Lo importante de este misterio central de nuestra fe no es explicarlo, sino vivirlo. Y aquí en la tierra somos llamados a participar de la vida de Dios Trinitario. Ciertamente, mientras estemos aquí en la tierra, podremos vivir este misterio de una manera oscura,  incompleta.  Sin embargo, en el Cielo podremos vivirlo a plenitud, porque veremos a Dios tal cual es.

La Santísima Trinidad es, entonces, uno de los misterios escondidos de Dios, que no puede ser conocido a menos de que Dios nos lo dé a conocer. Y Dios nos lo ha dado a conocer revelándose como Padre, como Hijo y como Espíritu Santo: Tres Personas distintas, pero un mismo Dios. 

Muchas veces recordamos nuestra pertenencia gozosa a Dios Trino.

Al principio de nuestra vida cristiana ya fuimos bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”; ¿Cuántas veces trazamos sobre nosotros mismos la señal de la cruz, invocando a las tres Personas? ¿Cuántas veces decimos el “Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo”, expresándole nuestra alabanza y gratitud?

Al inicio de cada Eucaristía, el sacerdote nos saluda deseándonos la gracia y la paz de Dios Padre y del Hijo y del Espíritu, y al final nos despide bendiciéndonos en el mismo santo nombre.

Cuando profesamos nuestra fe, decimos creer en Dios Padre, en Cristo Jesús que murió y resucitó, y en el Espíritu Santo, que anima a la Iglesia y la lleva a la unidad.

Nuestra vida es claramente trinitaria.

No todo en la vida es demostrable, medible. Esto no significa que no exista. ¿Quién puede medir la cantidad de amor de una madre a un hijo? ¿Quién puede medir y pesar el amor verdadero entre dos personas? El que no podamos medir el amor, no quiere decir que no exista. 

Así es el misterio de la Santísima Trinidad, el que no podamos explicarlo no quiere decir que no exista. 

lunes, 13 de mayo de 2024

 

PENTECOSTÉS (CICLO B)


Hoy, al cumplirse las siete semanas de la Pascua celebramos la fiesta de Pentecostés, con la cual terminamos el tiempo litúrgico pascual. Al celebrar hoy el día de Pentecostés, estamos celebrando el día de la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles y sobre la Iglesia.  El Espíritu es el mayor regalo que el Padre ha hecho a los hombres por medio de Cristo. Esto nos compromete a vivir nuestra fe, a mantener la esperanza, a ser fuertes en la dificultad.

La 1ª lectura de los Hechos de los Apóstoles nos cuenta el cambio radical que se dio en los Apóstoles cuando bajó sobre ellos el Espíritu Santo.

Al recibir el Espíritu Santo en forma de lenguas, los apóstoles comenzaron a hablar una lengua que todos entendían.  Pentecostés es lo contrario de Babel.  Sólo con el don del Espíritu Santo los hombres podemos hablar una sola lengua, la lengua del amor.  La lengua de Pentecostés es la oposición a la lengua del orgullo y de la soberbia que es la lengua de Babel.

La otra imagen por la cual se hace visible el Espíritu Santo en Pentecostés es el fuego.  Jesús ya lo había anunciado diciendo: “He venido a traer fuego a la tierra, y cuanto deseo que ya esté ardiendo”.  Ese fuego es el amor, el amor del corazón de Cristo, ese fuego es el que tenían los primero cristianos, por eso cuando la gente los veía exclamaban: “Mirad como se aman”.  Si queremos que el Reino de Dios se haga presente, si queremos neutralizar el egoísmo tanto individual como colectivo, si queremos que cese la violencia, debemos dejarnos invadir por el Espíritu Santo para poder amar con dichos y hechos.

La tercera forma de manifestarse el Espíritu Santo en Pentecostés fue el viento.  El aire puede ser suave como brisa que acaricia y fuerte como un huracán violento.  Así es el amor, es suave viento que acaricia y vendaval que arrastra.  Hay que dejar de vivir encerrado en uno mismo para dejar que actúe el lenguaje del Espíritu Santo que es el lenguaje del amor.

La 2ª lectura de la 1ª  carta de san Pablo a los Corintios nos hablaba de la diversidad de servicios dentro de la Iglesia, pero todos son para el bien común.

Los dones que tenemos son un regalo gratuito de Dios.  Los hemos recibido no para que los guardemos, sino para ponerlos al servicio de la comunidad.

Todos somos miembros del cuerpo de Cristo, pero al igual que ocurre en el cuerpo humano, cada miembro desempeña una función.  Sin la colaboración de todos los miembros un cuerpo no puede funcionar. Si un miembro se echa para atrás o se resiente, todos sufren. Así es la Iglesia. En ella todos somos importantes, por ello es urgente que los laicos, que son la mayoría de los cristianos, encuentren su lugar y su carisma dentro de la Iglesia.  Pero para ello el laico tiene que abandonar su pasividad y participar plenamente en la vida de su comunidad.

En el Evangelio de san Juan vemos a Jesús soplando sobre los apóstoles y diciéndoles: “Recibid el Espíritu Santo” y “Se llenaron todos del Espíritu Santo”.

El Espíritu Santo es luz y quiere entrar en nuestras almas, busca hacerse huésped dentro de nuestro corazón para llenarnos de su amor y de su fuerza. Es fuente de vida y del mayor consuelo, es tregua, es brisa, es gozo que enjuga nuestras lágrimas y nos reconforta en nuestros duelos.

Hoy también es Pentecostés para nosotros, pues viene a nuestro interior el Espíritu. Debemos dejar a un lado nuestras sospechas y recelos, quitar los temores y las suspicacias y abrir las puertas y ventanas de nuestro ser.

El Espíritu es para nuestra alma como el sol y el agua para la tierra, si nos falta quedamos estériles, nos deshacemos por dentro. Sin el Espíritu, la sociedad se convierte en cuartel de guerra y en lucha de poderes, en una batalla en la que ganan los más fuertes, los que mejor mienten, los que abusan de sus recursos.

Una sociedad donde falta el Espíritu será una sociedad desigual y radicalmente injusta, en la que no tendrán cabida ni los más débiles, ni los más pobres, ni los menos afortunados, ni los más sencillos.

El Espíritu nos pone en movimiento para crear vida y formar nuevas comunidades llenas de unidad y armonía. Jesús sabe que la misión es difícil porque no luchamos contra enemigos de carne y hueso, sino contra estructuras de opresión e injusticia. Por eso nos regala su Espíritu para que quedemos llenos de su presencia, seamos capaces de enfrentar la dominación, de derribar la mentira y de quitar la oscuridad.

Si nuestro corazón está vacío, dejémonos llenar del Espíritu Santo y digámosle: Ven, Espíritu Santo, inúndame con tu poder y concédeme construir un mundo de paz y armonía.

lunes, 6 de mayo de 2024

 

LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR (CICLO B)


Celebramos hoy la fiesta de la Ascensión de Jesús al cielo. Jesús se va al cielo y ahora es nuestro turno. Nosotros tenemos que llevar a cabo la misión de Jesús; nosotros tenemos que continuar el trabajo que Jesús comenzó: Anunciar la Buena Noticia a los hombres y ser testigos del amor de Dios.

La 1ª lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles nos decía: “qué hacéis ahí plantados mirando al cielo”

La Ascensión nos invita a estar en la tierra, haciendo lo que aquí tengamos que hacer, todo dentro de la Voluntad de Dios y llevando a todos los que podamos la Palabra de Dios.  Pero debemos estar en la tierra sin perder de vista el Cielo, la Casa del Padre, a donde nos va llevando Cristo.

A los cristianos se nos ha acusado muchas veces de estar demasiado atentos al cielo futuro, y poco comprometidos en la tierra presente. Pero, ciertamente, son bastantes los cristianos que actualmente han dejado de mirar al cielo. Las consecuencias pueden ser graves. Olvidar el cielo no conduce automáticamente a preocuparse con mayor responsabilidad de la tierra. Ignorar al Dios que nos espera y nos acompaña hacia la meta final, no da una mayor eficacia a nuestra acción social y política. No recordar nunca la felicidad a la que estamos llamados, no acrecienta nuestra fuerza para el compromiso diario.

Por otra parte, obsesionados por el logro inmediato de bienestar, atraídos por pequeñas y variadas esperanzas, atrapados en la rueda del trabajo y el consumo, quizás necesitamos que alguien nos grite: “Creyentes, ¿qué hacéis en la tierra sin mirar nunca al cielo?”.

La 2ª lectura de san Pablo a los Efesios, nos invita a la esperanza.  Nuestra esperanza es vivir en plena comunión con Dios.  Pero para ello, hemos de tomar conciencia de que no estamos solos, sino que vamos por la vida unidos a nuestros hermanos y formando parte de un mismo cuerpo que es Cristo.  En ese cuerpo, que formamos todos, Cristo es la cabeza y vive en la Iglesia y es en la Iglesia donde hoy se hace presente Cristo para todos nosotros.

En nuestra peregrinación por el mundo, tenemos que tener siempre presente “la esperanza a la que hemos sido llamados”: la resurrección.  Formamos un “cuerpo” con Cristo destinados a la vida plena y eterna.

Decir que formamos parte del “Cuerpo de Cristo” significa que debemos vivir en comunión con Dios, pero también significa vivir en comunión, en solidaridad con todos nuestros hermanos, miembros del mismo “cuerpo”, alimentados por la misma vida.

Tenemos, como cristianos, que hacernos presentes en el mundo para llevar a plenitud el proyecto liberador de Dios.  Esta tarea de liberación estará acabada cuando para todos los creyentes, Cristo sea “uno en todos”.

En el Evangelio de san Marcos Jesús nos dice: “Id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”.  Estas son las palabras de Jesús resucitado antes de subir al cielo.  Estas palabras de Jesús son un mandato.  Y el objetivo de la predicación es el Evangelio.

Este Evangelio se tiene que dirigir a toda creatura.  Nosotros, bautizados y confirmados, hemos recibido el Espíritu que nos hace apóstoles y por eso cada uno de nosotros tenemos la obligación de anunciar el evangelio.

Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. Desde el día de la Ascensión, los seguidores de Jesús conocemos que nuestra meta final es estar donde está Jesús, con el Padre.

Celebrar la fiesta de la ascensión del Señor es celebrar que Jesús ha adquirido la plenitud más allá de las posibilidades humanas: en Dios. Es creer que Jesús hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, es partícipe de su divinidad. Es celebrar que está en el cielo, es decir que tiene un lugar en el corazón de Dios, en una existencia nueva, plena y feliz. Que tiene a Dios en plenitud y vive su amor.

La ascensión de Jesús no es sólo su triunfo; es también el nuestro, porque sube con nuestra carne. Por eso, en esta fiesta celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo.

Es celebrar que nuestra meta es: el cielo. Dios es el cielo.

No te conformes con los horizontes estrechos de este mundo; tú aspira a un amor sin egoísmos ni ambigüedades, aspira a una vida plena en la que se realicen todos los sueños humanos de felicidad, vida, amor y armonía. Aspira al cielo. Pero, sin olvidarte, que el único camino que tenemos para ir al cielo es la tierra.